Hay un cuento muy lindo de una niña que estaba enamorada de la luna, y
no la podían sacar al jardín cuando había luna en el cielo, porque le
tendía los bracitos como si la quisiera coger, y se desmayaba de la
desesperación porque la luna no venía; hasta que un día, de tanto
llorar, la niña se murió, en una noche de luna llena.
_La Edad de Oro_ no se quiere morir, porque nadie debe morirse mientras
pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas, que no debe
deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer
lo que no se puede volver a hacer. El que se mata, es un ladrón. Pero
_La Edad de Oro_ se parece a la niñita del cuento, porque siempre quiere
escribir para sus amigos los niños más de lo que cabe en el papel, que
es como querer coger la luna. ¿No les ofreció la _Historia de la
Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo_ para este número? Pues no cupo. Ni
otras muchas cosas más que les tenía escritas. Así es la vida, que no
cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer. Los niños debían
juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quien podían
hacerle algún bien, todos juntos.
Y ahora nos juntaremos, el hombre de _La Edad de Oro_ y sus amiguitos, y
todos en coro, cogidos de la mano, les daremos gracias con el corazón,
gracias como de hermano, a las hermosas señoras y nobles caballeros que
han tenido el cariño de decir que _La Edad de Oro_ es buena.
La exposición de París.
Los pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en París.
Hasta hace cien años, los hombres vivían como esclavos de los reyes, que
no los dejaban pensar, y les quitaban mucho de lo que ganaban en sus
oficios, para pagar tropas con que pelear con otros reyes, y vivir en
palacios de mármol y de oro, con criados vestidos de seda, y señoras y
caballeros de pluma blanca, mientras los caballeros de veras, los que
trabajaban en el campo y en la ciudad, no podían vestirse más que de
pana, ni ponerle pluma al sombrero: y si decían que no era justo que los
holgazanes viviesen de lo que ganaban los trabajadores, si decían que un
país entero no debía quedarse sin pan para que un hombre solo y sus
amigos tuvieran coches, y ropas de tisú y encaje, y cenas con quince
vinos, el rey los mandaba apalear, o los encerraba vivos en la prisión
de la Bastilla, hasta que se morían, locos y mudos: y a uno le puso una
mascara de hierro, y lo tuvo preso toda la vida, sin levantarle nunca la
máscara. En todos los pueblos vivían los hombres así, con el rey y los
nobles como los amos, y la gente de trabajo como animales de carga, sin
poder hablar, ni pensar, ni creer, ni tener nada suyo, porque a sus
hijos se los quitaba el rey para soldados, y su dinero se lo quitaba el
rey en contribuciones, y las tierras, se las daba todas a los nobles el
rey. Francia fue el pueblo bravo, el pueblo que se levantó en defensa de
los hombres, el pueblo que le quitó al rey el poder.
Eso era hace cien años, en 1789. Fue como si se acabase un mundo, y
empezara otro. Los reyes todos se juntaron contra Francia. Los nobles de
Francia ayudaban a los reyes de afuera. La gente de trabajo, sola contra
todos, peleó contra todos, y contra los nobles, y los mató en la guerra
y con la cuchilla de la guillotina. Sangró Francia entonces, como cuando
abren un animal vivo y le arrancan las entrañas. Los hombres de trabajo
se enfurecieron, se acusaron unos a otros, y se gobernaron mal, porque
no estaban acostumbrados a gobernar. Vino a París un hombre atrevido y
ambicioso, vio que los franceses vivían sin unión, y cuando llegó de
ganarles todas las batallas a los enemigos, mandó que lo llamasen
emperador, y gobernó a Francia como un tirano. Pero los nobles ya no
volvieron a sus tierras. Aquel rey del oro y la seda, ya no volvió
nunca. La gente de trabajo se repartió las tierras de los nobles y las
del rey. Ni en Francia, ni en ningún otro país han vuelto los hombres a
ser tan esclavos como antes. Eso es lo que Francia quiso celebrar
después de cien años con la Exposición de París. Para eso llamó Francia
a París, en verano, cuando brilla más el sol, a todos los pueblos del
mundo.
Y eso vamos a ver ahora, como si lo tuviésemos delante de los ojos.
Vamos a la Exposición, a esta visita que se están haciendo las razas
humanas. Vamos a ver en un mismo jardín los árboles de todos los pueblos
de la tierra. A la orilla del río Sena, vamos a ver la historia de las
casas, desde la cueva del hombre troglodita, en una grieta de la roca,
hasta el palacio de granito y ónix. Vamos a subir, con los noruegos de
barba colorada, con los negros senegaleses de cabello lanudo, con los
anamitas de moño y turbante, con los árabes de babuchas y albornoz, con
el inglés callado, con el yanqui celoso, con el italiano fino, con el
francés elegante, con el español alegre, vamos a subir por encima de las
catedrales más altas, a la cúpula de la torre de hierro. Vamos a ver en
sus palacios extraños y magníficos a nuestros pueblos queridos de
América. Veremos, entre lagos y jardines, en monumentos de hierro y
porcelana, la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho
desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega por lo alto
del aire y lo hondo de la mar. En un templo de hierro, tan ancho y
hermoso que se parece a un cielo dorado, veremos trabajando a la vez
todas las máquinas y ruedas del mundo. De debajo de la tierra, como de
un volcán de joyas, vamos a ver salir, en lluvias que parecen de piedras
finas, trescientas fuentes de colores, que caen chispeando en un lago
encendido. Vamos a ver vivir, como viven en sus países de luz, al
javanés en su casa de cañas, al egipcio cantando detrás de su burro, al
argelino que borda la lana a la sombra del palmar, al siamés que trabaja
la madera con los pies y las manos, al negro del Sudán, que sale
ojeando, con la lanza de punta, de su conuco de tierra, al árabe que
corre a caballo, disparando la espingarda, por la calle de dátiles, con
el albornoz blanco al viento. Bailan en un café moro. Pasan las
bailarinas de Java, con su casco de plumas. Salen de su teatro, vestidos
de tigres, los cómicos cochinchinos. Hombres de todos los pueblos andan
asombrados por las calles morunas, por las aldeas negras, por el caserío
de bambú javanés, por los puentes de junco de los malayos pescadores,
por el jardín criollo de plátanos y naranjos, por el rincón donde, de su
techo labrado como un mueble rico, levanta su torre ceñida de serpientes
la pagoda. Y para nosotros, los niños, hay un palacio de juguetes, y un
teatro donde están como vivos el pícaro Barba Azul y la linda Caperucita
Roja. Se le ve al pícaro la barba como el fuego, y los ojos de león. Se
le ve a la Caperucita el gorro colorado, y el delantal de lana. Cien mil
visitantes entran cada día en la Exposición. En lo alto de la torre
flota al viento la bandera de tres colores de la República Francesa.
Por veintidós puertas se puede entrar a la Exposición. La entrada
hermosa es por el palacio del Trocadero, de forma de herradura, que
quedó de una Exposición de antes, y está ahora lleno de aquellos
trabajos exquisitos que hacían con plata para las iglesias y las mesas
de los príncipes los joyeros del tiempo de capa y espadón, cuando los
platos de comer eran de oro, y las copas de beber eran como los cálices.
Y del palacio se sale al jardín, que es la primera maravilla. De rosas
nada más, hay cuatro mil quinientas diferentes: hay una rosa casi azul.
En una tienda de listas blancas y rojas venden unas mujeres jóvenes las
podaderas afiladas, los rastrillos de acero pulido, las regaderas como
de juguete con que se trabaja en los jardines. La tierra está en
canteros, rodeados de acequias, por donde corre el agua clara, haciendo
a los canteros como islotes. Uno está lleno de pensamientos negros; y
otro de fresas como corales, escondidas entre las hojas verdes; y otro
de chícharos, y de espárragos, que dan la hoja muy linda. Hay un cantero
rojo y amarillo, que es de tulipanes. Un rincón es de enredaderas, y el
de al lado de helechos gigantescos, con hojas como plumas. En un
laberinto flotan sobre el agua la ninfea, y el nelumbio rosado del
Indostán, y el loto del río Nilo, que parece una lira. Un bosque es de
árboles de copa de pico: pino, abeto. Otro es de árboles desfigurados,
que dan la fruta pobre, porque les quitan a las ramas su libertad
natural. Dentro de un cercado de cañas están los lirios y los cerezos
del Japón, en sus tibores de porcelana blanca y azul. Al pie de un
palmar, con las paredes de cuanto tronco hay, está el pabellón de Aguas
y Bosques, donde se ve cómo se ha de cuidar a los árboles, que dan
hermosura y felicidad a la tierra. A la sombra de un arce del Japón,
están, en tazas rústicas, la wellingtonia del Norte, que es el pino más
alto, y la araucaria, el pino de Chile.
Por sobre un puente se pasa el río de París, el Sena famoso, y ya se ven
por todas partes los grupos de gente asombrada, que vienen de los
edificios de orillas del río, donde está la Galería del Trabajo, en que
cuecen los bizcochos en un horno enorme, y destilan licor del alambique
de bronce rojo, y en la máquina de cilindro están moliendo chocolate con
el cacao y el azúcar, y en las bandejas calientes están los dulceros de
gorro blanco haciendo caramelos y yemas: todo lo de comer se ve en la
Galería, una montaña de azúcar, un árbol de ciruelas pasas, una columna
de jamones: y en la sala de vinos, un tonel donde cabrían quince
convidados a la mesa, y un mapa de relieve, que todos quieren ver a un
tiempo, donde está todo el arte del vino,--la cepa con los racimos, los
hombres cogiendo en cestos la uva en el mes de la vendimia, la artesa
donde fermenta la vid machucada, la cueva fría donde ponen el mosto a
reposar, y luego el vino puro, como topacio deshecho, y la botella de
donde salta con su espuma olorosa el champaña. Cerca está la historia
entera del cultivo del campo, en modelos de realce, y en cuadros y
libros; y un pabellón de arados de acero relucientes; y una colmena de
abejas de miel, junto al moral de hoja velluda en que se cría el gusano
de seda; y los semilleros de peces, que nacen de los huevos presos en
cajones de agua, y luego salen a crecer a miles por la mar y los ríos
Los más admirados son los que vienen de ver las cuarenta y tres
Habitaciones del Hombre. La vida del hombre está allí desde que apareció
por primera vez en la tierra, peleando con el oso y el rengífero, para
abrigarse de la helada terrible con la piel, acurrucado en su cueva. Así
nacen los pueblos hoy mismo. El salvaje imita las grutas de los bosques
o los agujeros de la roca: luego ve el mundo hermoso, y siente con el
cariño deseo de regalar, y se mira el cuerpo en el agua del río, y va
imitando en la madera y la piedra de sus casas todo lo que le parece
hermosura, su cuerpo de hombre, los pájaros, una flor, el tronco y la
copa de los árboles. Y cada pueblo crece imitando lo que ve a su
alrededor, haciendo sus casas como las hacen sus vecinos, enseñándose en
sus casas como es, si de clima frío o de tierra caliente, si pacífico o
amigo de pelear, si artístico y natural, o vano y ostentoso. Allí están
las chozas de piedra bruta, y luego pulida, de los primeros hombres: la
ciudad lacustre del tiempo en que levantaban las casas en el lago sobre
pilares, para que no las atacasen las fieras; las casas altas, cuadradas
y ligeras, de mirador corrido, de los pueblos de sol que eran antes las
grandes naciones, el Egipto sabio, la Fenicia comerciante, la Asiria
guerreadora. La casa del Indostán es alta como ellas. La de Persia es ya
un castillo, de rica loza azul, porque allí saltan del suelo las piedras
preciosas, y las flores y las aves son de mucho color. Parece una
familia de casas la de los hebreos, los griegos y los romanos, todas de
piedra, y bajas, con tejado o azotea; y se ve, por lo semejantes, que
eran del país la casa etrusca y la bizantina. Por el norte de Europa
vivían entonces los hunos bárbaros como allí se ve, en su tienda de
andar; y el germano y el galo en sus primeras casas de madera, con el
techo de paja. Y cuando con las guerras se juntaron los pueblos, tuvo
Rusia esa casa de adornos y colorines, como la casa hindú, y los
bárbaros pusieron en sus caserones la piedra labrada y graciosa de los
italianos y los griegos. Luego, al fin de la edad que medió entre
aquella pelea y el descubrimiento de América, volvieron los gustos de
antes, de Grecia y de Roma, en las casas graciosas y ricas del
Renacimiento. En América vivían los indios en palacios de piedra con
adornos de oro, como ese de los aztecas de México, y ese de los incas
del Perú. Al moro de África se le ve, por su casa de piedra bordada, que
conoció a los hebreos, y vivió en bosques de palmeras, defendiéndose de
sus enemigos desde la torre, viendo en el jardín a la gacela entre las
rosas, y en la arena de la orilla los caprichos de espuma de la mar. El
negro del Sudán, con su casa blanca de techo rodeado de campanillas,
parece moro. El chino ligero, que vive de pescado y arroz, hace su casa
de tabla y de bambú. El japonés vive tallando el marfil, en sus casas de
estera y tabloncillo. Allí se ve donde habitan ahora los pueblos
salvajes, el esquimal en su casa redonda de hielo, en su tienda de
pieles pintadas el indio norteamericano: pintadas de animales raros y
hombres de cara redonda, como los que pintan los niños.
Pero adonde va el gentío con un silencio como de respeto es a la torre
Eiffel, el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el
portal de la Exposición. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios,
sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta
el segundo estrado de la torre, alto como la pirámide de Cheops: de allí
fina como un encaje, valiente como un héroe, delgada como una flecha,
sube más arriba que el monumento de Washington, que era la altura mayor
entre las obras humanas, y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo
azul, con la campanilla, como la cabeza de los montes, coronado de
nubes.--Y todo, de la raíz al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo
apenas se levantó por el aire. Los cuatro pies muerden, como raíces
enormes, en el suelo de arena. Hacia el río, por donde caen dos de los
pies, el suelo era movedizo, le hundieron dos cajones, les sacaron de
adentro la arena floja, y los llenaron de cimiento seguro. De las cuatro
esquinas arrancaron, como para juntarse en lo alto, los cuatro pies
recios: con un andamio fueron sosteniendo las piezas más altas, que se
caían por la mucha inclinación: sobre cuatro pilares de tablones habían
levantado el primer estrado, que como una corona lleva alrededor los
nombres de los grandes ingenieros franceses: allá en el aire, una mañana
hermosa, encajaron los cuatro pies en el estrado, como una espada en una
vaina, y se sostuvo sin parales la torre: de allí, como lanzas que
apuntaban al cielo, salieron las vergas delicadas: de cada una colgaba
una grúa: allá arriba subían, danzando por el aire, los pedazos nuevos:
los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero al
cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabellón de la
patria en el asta enemiga: así, acostados de espalda, puestos de cara el
vacío, sujetos a la verga que el viento sacudía como una rama, los
obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban en invierno, en el
remolino del vendabal y de la nieve, las piezas de esquina, los
cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre el universo, como si
fuera a colgarse del cielo, aquella blonda calada: en su navecilla de
cuerdas se balanceaban, con la brocha del rojo en las manos, los
pintores. ¡El mundo entero va ahora como moviéndose en la mar, con todos
los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre en el
mástil! Los vientos se echan sobre la torre, como para derribar a la que
los desafía, y huyen por el espacio azul, vencidos y despedazados.--Allá
abajo la gente entra, como las abejas en el colmenar: por los pies de la
torre suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores
inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos,
hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre el
tejido como en grandes triángulos azules de cabeza cortada, de picos
agudos. Del Primer estrado abierto, con sus cuatro hoteles curiosos, se
sube, por la escalinata de hélice, al descanso segundo, donde se escribe
y se imprime un diario, a la altura de la cúpula de San Pedro. El
cilindro de la prensa da vueltas: los diarios salen húmedos: al
visitante le dan una medalla de plata. Al estrado tercero suben los
valientes, a trescientos metros sobre la tierra y el mar, donde no se
oye el ruido de la vida, y el aire, allá en la altura, parece que limpia
y besa: abajo la ciudad se tiende, muda y desierta, como un mapa de
relieve: veinte leguas de ríos que chispean, de valles iluminados, de
montes de verde negruzco, se ven con el anteojo; sobre el estrado se
levanta la campanilla, donde dos hombres, en su casa de cristal,
estudian los animales del aire, la carrera de las estrellas, y el camino
de los vientos. De una de las raíces de la torre sube culebreando por el
alambre vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro
que derrama sobre París sus ríos de luz blanca, roja y azul, como la
bandera de la patria. En lo alto de la cúpula, ha hecho su nido una
golondrina.
Por debajo de la torre se va, sin poder hablar del asombro, a lo
jardines llenos de fuentes, y rodeados de palacios, y el más grande de
todos al fondo, donde caben las muestras de cuanto se trabaja en la
humanidad, con la puerta de hierro bordado y lleno de guirnaldas, como
se labraba antes el oro de los ricos; y sobre el portón, imitando la
bóveda del cielo, la cúpula de porcelanas relucientes; y en la corona,
abriendo las alas como para volar, una mujer que lleva en la mano una
rama de oliva: a la entrada del pórtico está, con una mano en la cabeza
de un león, la Libertad, en bronce. Y delante de la gran fuente, donde
van por el agua los hombres y mujeres que los poetas de antes dicen que
hubo en la mar, las nereidas y los tritones, llevando en hombros, como
si fueran en triunfo, la barca donde, en figuras de héroes y heroínas,
el progreso, la ciencia, y el arte dan vivas a la república, sentada más
alta que todos, que levanta la antorcha encendida sobre sus alas. A cada
lado del jardín desde el palacio grande hasta la torre, hay otro palacio
de oros y esmaltes, uno para las estatuas y los cuadros, donde están los
paisajes ingleses de montes y animales, las pinturas graciosas de los
italianos, con campesinos y con niños, los cuadros españoles de muertes
y de guerra, con sus figuras que parecen vivas, y la historia elegante
del mundo en los cuadros de Francia. De las Bellas Artes le llaman a
ése, y al del otro lado, el palacio de las Artes Liberales, que son las
de los trabajos de utilidad, y todas las que no sirven para mero adorno.
La historia de todo se ve allí: del grabado, la pintura, la escultura,
las escuelas, la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de
todo, entre agujas y ruedas de reloj. Allí se ve, en miniatura de cera,
a los chinos observando en su torre los astros del cielo; allí está el
químico Lavoisier, de medias de seda y chupa azul, soplando en su
retorta, para ver como está hecho el pedrusco que cayó a la tierra de
una estrella rota y fría; allí, entre las figuras de las diferentes
razas del hombre, están sentados por tierra, trabajando el pedernal,
como los que desenterraron en Dinamarca hace poco, cabezudos y fuertes,
los hombres de la edad de bronce.
Y ya estamos al pie de la torre: un bosque tiene a un lado, y otro
bosque al otro. Uno tiene más verde, y es como una selva de recreo, con
su casa sueca de pino, llenas de flores las ventanas, a la orilla de un
lago; y la isba de puerta bordada y techo de picos en que vive el
labrador ruso; y la casa linda de madera, con ventanas de triángulo, en
que pasa los meses de nevada el finlandés, enseñando a sus hijos a
pintar y a pensar, a amar a los poetas de Finlandia, y a componer el
arpón de la pesca y el trineo de la cacería, mientras talla el abuelo el
granito como ópalo, o saca botes y figuras de una rama seca, y las
mujeres de gorro alto y delantal tejen su encaje fino, junto a la
chimenea de madera labrada. Hay teatro allí, y lecherías, y una casa de
anchos comedores, y criados de chaqueta negra, que pasan con las
botellas de vino en cestos a la hora de comer, cuando los pájaros cantan
en los árboles. Pero al otro lado es donde se nos va el corazón, porque
allí están, al pie de la torre, como los retoños del plátano alrededor
del tronco, los pabellones famosos de nuestras tierras de América,
elegantes y ligeros como un guerrero indio: el de Bolivia como el casco,
el de México como el cinturón, el de la Argentina como el penacho de
colores: ¡parece que la miran como los hijos al gigante! ¡Es bueno tener
sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan! El de Brasil está allí
también, como una iglesia de domingo en un palmar, con todo lo que se da
en sus selvas tupidas, y vasos y urnas raras de los indios marajos del
Amazonas, y en una fuente una victoria regia en que puede navegar un
niño, y orquídeas de extraña flor, y sacos de café, y montes de
diamantes. Brilla un sol de oro allí por sobre los árboles y sobre los
pabellones, y es el sol argentino, puesto en lo alto de la cúpula,
blanca y azul como la bandera del país, que entre otras cuatro cúpulas
corona, con grupos de estatuas en las esquinas del techo, el palacio de
hierro dorado y cristales de color en que la patria del hombre nuevo de
América convida al mundo lleno de asombro, a ver lo que puede hacer en
pocos años un pueblo recién nacido que habla español, con la pasión por
el trabajo y la libertad ¡con la pasión por el trabajo!: ¡mejor es morir
abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los
brazos cruzados! Una estatua señala a la puerta un mapa donde se ve de
realce la república, con el río por donde entran al país los vapores
repletos de gente que va a trabajar; con las montañas que crían sus
metales, y las pampas extensas, cubiertas de ganados. De relieve está
allí la ciudad modelo de La Plata, que apareció de pronto en el llano
silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes, y
escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve allí, y
todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia: mil cueros, mil
lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca en la sala de
enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, paños. Cuanto el hombre ha
hecho, el argentino lo intenta hacer. De noche, cuando el gentío llama a
la puerta, se encienden a la vez, en sus globos de cristal blanco y
azul, y rojo y verde, las mil luces eléctricas del palacio.
Como con un cinto de dioses y de héroes está el templo de acero de
México, con la escalinata solemne que lleva al portón, y en lo alto de
él el sol Tonatiuh, viendo como crece con su calor la diosa Cipactli,
que es la tierra: y los dioses todos de la poesía de los indios, los de
la caza y el campo, los de las artes y el comercio, están en los dos
muros que tiene la puerta a los lados, como dos alas; y los últimos
valientes, Cacama, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, que murieron en la pelea, o
quemados en las parrillas, defendiendo de los conquistadores la
independencia de su patria: dentro, en las pinturas ricas de las
paredes, se ve como eran los mexicanos de entonces, en sus trabajos y en
sus fiestas, la madre viuda dando su parecer entre los regidores de la
ciudad, los campesinos sacando el aguamiel del tronco del agave, los
reyes haciéndose visitas en el lago, en sus canoas adornadas de flores.
¡Y ese templo de acero lo levantaron, al pie de la torre, dos mexicanos,
como para que no les tocasen su historia, que es como madre de un país,
los que no la tocaran como hijos!: ¡así se debe querer a la tierra en
que uno nace: con fiereza, con ternura! Las cortinas hermosas, las
vidrieras de caoba en que están las filigranas de plata, los tejidos de
fibras, las esencias de olor, los platos de esmalte y las jarras de
barniz, los ópalos, los vinos, los arneses, los azúcares; todo tiene por
adorno letras y figuras indias. Vivos parecen, con sus trajes de cuero
de flecos y galones, y sus sombreros anchos con trenzado de plata y oro,
y su zarape al hombro, de seda de color, vivos como si fueran a montar a
caballo, los maniquíes del estanciero rico, del joven elegante que cuida
de su hacienda, y sabe «voltear» un toro. A la puerta, a un lado,
troncos colosales de madera fina repulida; y al otro, de color de rosa y
verdemar, la pirámide del mármol transparente de la tierra, del ónix que
parece nube cuajada de la puesta de sol. Del techo cuelga, verde y
blanca y roja, la bandera del águila.
Y juntos como hermanos, están otros pabellones más: el de Bolivia, la
hija de Bolívar, con sus cuatro torres graciosas de cúpula dorada, lleno
de cuarzos de mineral riquísimo, de restos del hombre salvaje y los
animales como montes que hubo antes en América, y de hojas de coca, que
dan fuerza al cansado para seguir andando: el del Ecuador, que es un
templo inca, con dibujos y adornos como los que los indios de antes
ponían en los templos del Sol, y adentro los metales y cacaos famosos, y
tejidos y bordados de mucha finura, en mostradores de cristal y de oro:
el pabellón de Venezuela, con su fachada como de catedral, y en la sala
espaciosa tanta muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros
de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos: el pabellón de
Nicaragua con su tejado rojo, como los de las casas del país, y sus
salones de los lados, con los cacaos y vainillas de aroma y aves de
plumas de oro y esmeralda, y piedras de metal con luces de arco iris, y
maderos que dan sangre de olor; y en la sala del centro, el mapa del
canal que van a abrir de un mar a otro de América, entre los restos de
las ruinas. Tiene ventanas anchas como las casas salvadoreñas, y un
balcón de madera muy hermoso, el pabellón del Salvador, que es país
obrero, que inventa y trabaja fino, y en el campo cultiva la caña y el
café, y hace muebles como los de París, y sedas como las de Lyon, y
bordados como los de Burano, y lanas de tinte alegre, tan buenas como
las inglesas, y tallados de mucha gracia en la madera y en el oro. Por
un pórtico grandioso se entra, entre sacos de trigo y muestras de
mineral, al palacio de hierro de Chile: allí la madera fuerte de los
bosques del indio araucano, los vinos topacios y rojos, las barras de
plata y oro mate, las artes todas de un pueblo que no se quiere quedar
atrás, la sal y el arbusto colorado del desierto: al fondo hay como un
jardín: las paredes están llenas de cuadros de números.
Y allí, al lado de Chile, entraríamos ahora al Palacio de los Niños,
donde juegan los chiquitines al caballito y al columpio, y ven hacer
barcos de cristal de Venecia, y las muñecas que hace el japonés,
envolviendo con el palitroque alrededor de una varita las pastas blandas
de colores diferentes: y hace un daimio con su sable, y un Mikado de
ahora, con su levita a la francesa: ¡oh, el teatro! ¡oh, el hombre que
está haciendo los confites! ¡oh, el perro que sabe multiplicar! ¡oh, el
gimnasta que anda a caballo en una rueda! ¡y el palacio es de juguetes
todo por afuera, desde el quicio hasta los banderines del techo! Pero,
si no tenemos tiempo, ¿cómo hemos de pararnos a jugar, nosotros, niños
de América, si todavía hay tanto que ver, si no hemos visto todos los
pabellones de nuestras tierras americanas? ¿Y esta casa de madera tan
franca y tan amiga, que convida a la gente a entrar a ver todo lo que da
la tierra volcánica de su país, uva y café, enredaderas y tigres, cocos
y pájaros, y los lleva a su colgadizo con cortinas, a tomar en jícaras
labradas su chocolate de espuma?: es el de Guatemala ese pabellón
generoso. Y ese otro elegante, con tantas maderas, es el de la tierra
donde se saben defender con ramas de árboles de los que vienen de afuera
a quitarles el país: de Santo Domingo. Ese otro es del Paraguay, ese de
la torre de mirador, con las ventanas y puertas como de nación de mucho
bosque, que imita en sus casas las grutas y los arcos de los árboles. Y
ese otro suntuoso que tiene torres como lanzas y alegría como de salón;
ese que ha dado una parte de sus salas a dos pueblos de nuestra
familia,--a Colombia, que tiene ahora mucho que hacer, al Perú, que está
triste después de una guerra que tuvo,--ése es el pueblo bravo y cordial
de Uruguay, que trabaja con arte y placer, como el de Francia, y peleó
nueve años contra un mal hombre que lo quería gobernar, y tiene un poeta
de América que se llama Magariños: vive de sus ganados el Uruguay, y no
hay pueblo en el mundo que haya inventado tantos modos de conservar la
carne buena, en el tasajo seco, en caldos que parecen vino, en la pasta
negra de Liebig, y en bizcochos sabrosos: y en la torre, que se parece a
una lanza, flota, como llamando a los hombres buenos, la bandera del
sol, de listas blancas y azules.
¡Y tener que pasar tan de prisa por los palacios de una tierra enana
como Holanda, donde no hay holandés que no sea feliz, y viva como en
pueblo grande, por su trabajo de marino, de ingeniero, de impresor, de
tejedor de encajes, de tallador de diamantes; de un pueblo como Bélgica,
que sabe tanto de cultivos, y de hacer carruajes, y casas, y armas, y
lozas, y tapices, y ladrillos! No podemos ver el pabellón de Suiza, con
su escuela modelo, sus quesos como ruedas y su taller de relojes; ni el
de Hawai, que es país donde todos saben leer, y trabaja el hombre de la
isla, al pie del volcán de fuego, la lava y la pluma; ni el de la
República de San Marino--¿quién sabe dónde está San Marino?--con sus
cristales pintados famosos y sus familias de escultores. Esa de la
puerta tallada de colores es Servia, de cerca de Rusia, donde hacen
tapicería fina y mosaicos, y ese comedor, con su techo de aleros, es de
Rumania, donde el más pobre viste de paños bordados, y comen la carne
casi cruda con mucha pimienta en platos de madera, y beben leche de
búfalo. Está llena de sedas con recamos de flores y pájaros, llena de
palanquines y colmillos de elefante, esa casa de dos techos de Siam, el
pueblo de la ceremonia y del arroz. ¿Y a China quién no la conoce, con
su pabellón de tres torres, donde no caben las cortinas con árboles y
demonios de oro, ni las cajas de marfil con dibujos de relieve, ni el
tapiz donde están, con los siete colores de la luz, los pájaros que van
de corte por el aire, cuando llega el mes de mayo, a saludar al rey y la
reina, que son dos ruiseñores que fueron al cielo a ver quién se sienta
en las nubes, y se trajeron un nido de rayos de sol? ¡Oh, cuánto hay que
ver! ¿Y el palacio hindú, de rojo oscuro con los ornamentos blancos,
como los bordados de trencilla en un vestido de mujer, y tan tallado
todo, las ventanas menudas y la torre, como la fuente de mármol, las
columnas de pórfido, los leones de bronce que adornan la sala, colgada
de tapicerías? ¿Y el Japón, que es como la China, con más gracia y
delicadeza, y unos jardineros viejos que quieren mucho a los niños? ¿Y
Grecia, esa de la puerta baja con un muro a cada lado, con la historia
de antes en uno, antes de que los romanos la vencieran cuando fue
viciosa, y la vida del trabajo de hoy, en antigüedades, en mármoles
rojos, en sedas finas, en vinos olorosos, desde que resucitó con la
vuelta a la libertad, y tiene ciudades como Pireo, Siracusa, Corfú y
Patras, que valen ya por lo trabajadoras tanto como las cuatro famosas
de la Grecia vieja: Atenas, Esparta, Tebas y Corinto? ¿Y Persia, con su
entrada religiosa de mezquita, de techo de azul vivo, y adentro, entre
colgaduras verdes y amarillas, las cazoletas cinceladas de quemar los
olores, los chales de seda que caben por una sortija, los alfanjes de
puño enjoyado que cortan el hierro, las violetas azucaradas y las
conservas de hojas de rosa? ¿Y el bazar de los marroquíes, con su
arquería blanca que reluce al sol, y sus moros de turbante y babucha,
bruñendo cuchillos, tiñendo el cuero blando, trenzando la paja, labrando
a martillazos el cobre, bordando de hilo de oro el terciopelo? ¿Y la
calle del Cairo, que es una calle egipcia como en Egipto, unos comprando
albornoces, otros tejiendo la lana en el telar, unos pregonando sus
confites, y otros trabajando de joyeros, de torneros, de alfareros, de
jugueteros, y por todas partes, alquilando el pollino, los burreros
burlones, y allá arriba, envuelta en velos, la mora hermosa, que mira
desde su balcón de persianas caladas?
¡Oh, no hay tiempo! Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el
atrevimiento que ablanda al verlo el corazón, y hace sentir como deseo
de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos. Volvamos al jardín.
Entremos por el pórtico del Palacio de las Industrias. Pasemos, con los
ojos cerrados, por la galería de las catorce puertas, donde cada palo
exhibe sus trabajos mejores, y cada industria compuso la puerta de su
departamento, la platería con platas y oros y dos columnas de piedra
azul, la locería con porcelana y azulejos, la de muebles con madera
esculpida como hojas de flor, y la de hierro con picos y martillos, y la
de armas con ruedas, cureñas, balas y cañones, y así todas. Por un
corredor que hace pensar en cosas grandes, se va a la escalera que lleva
al balcón del monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de
sol, una sala de hierro en que podrían moverse a la vez dos mil
caballos, en que podrían dormir treinta mil hombres. ¡Y toda está
cubierta de máquinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que
echan luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por
debajo de la tierra! En cuatro hileras están en el centro las máquinas
mayores. De un horno rojo les viene la fuerza. Viene por correas, que no
se ven de lo ligeras que andan. De cuatro filas de postes cuelgan las
ruedas de las correas. Alrededor, unidas, están todas las máquinas del
mundo, las que hacen polvo de acero, las que afilan las agujas. Unas
mujeres de delantal colorado trabajan el papel holandés. Un cilindro,
que parece un elefante que se mueve, está cortando sobres. Un mortero
separa el grano de trigo de la cáscara. Un anillo de hierro está en el
aire por la electricidad, sin nada que lo sujete. Allí se funden los
metales con que se hacen las letras de imprimir, allí se hace el papel
de tela o de madera, allí la prensa imprime el diario, lo echa del otro
lado, lo devuelve, húmedo. Una máquina echa aire en el pozo de una mina,
para que no se ahoguen los mineros. Otra aplasta la caña, y echa un
chorro de miel. ¡Pues da ganas de llorar, el ver las máquinas desde el
balcón! Rugen, susurran, es como la mar: el sol entra a torrentes. De
noche, un hombre toca un botón, los dos alambres de la luz se juntan, y
por sobre las máquinas, que parecen arrodilladas en la tiniebla, derrama
la claridad, colgado de la bóveda, el ciclo eléctrico. Lejos, donde
tiene Edison sus invenciones, se encienden de un chispazo veinte mil
luces, como una corona.
Hay panoramas de París, y de Nápoles con su volcán, y del Mont Blanc,
que da frío verlo, y de la rada de Río Janeiro. Hay otro que es en el
centro como un puente de un buque, y parece por la pintura que está allí
el buque entero, y el cielo y el mar. Hay el palacio de las pinturas
finas de los acuarelistas, y otro, con adornos como de espejo, de los
que pintan al pastel. Hay los dos pabellones de París, donde se aprende
a cuidar una ciudad grande. Hay talleres por los arrabales de la
Exposición, donde se ve, ¡para que el egoísta aprenda a ser bueno!, el
trabajo del hombre en las minas de hulla, en el fondo del agua, en los
tanques donde hierve, como fango, el oro. Hay, allá lejos, negras y
feas, las hornallas donde echan el carbón para el vapor los hombres
tiznados. Pero adonde todos van es al campo que tiene delante el palacio
donde los soldados mancos y cojos cuidan la sepultura de piedra de
Napoleón, rodeada de banderas rotas: ¡y en lo alto del palacio, la
cúpula dorada! Todos van, a ver los pueblos extraños, a la Explanada de
los Inválidos. De paso no más veremos el palacio donde está todo lo de
pelear: el globo que va por el aire a ver por donde viene el enemigo:
las palomas que saben volar con el recado tan arriba que no las alcanzan
las balas: ¡y alguna les suele alcanzar, y la paloma blanca cae llena de
sangre en la tierra! De paso veremos, en el pabellón de la República del
África del Sur, el diamante imperial, que sacaron allá de la tierra, y
es el más grande del mundo. Aquí están las tiendas de los soldados, con
los fusiles a la puerta. Allí están, graciosas, las casas que los
hombres buenos quieren hacer a los trabajadores, para que vean luz los
domingos, y descansen en su casita limpia, cuando vienen cansados. Allí,
con su torre como la flor de la magnolia, está la pagoda de Cambodia, la
tierra donde ya no viven, porque murieron por la libertad, aquellos
Kmers que hacían templos más altos que los montes. Allí está, con sus
columnas de madera, el palacio de Cochinchina, y en el patio su estanque
de peces dorados, y los marcos de las puertas labrados a punta de
cuchillo, y, en el fondo, en la escalinata, dos dragones, con la boca
abierta, de loza reluciente. Parece chino el palacio de Anam, con sus
maderas pintadas de rojo y azul, y en el patio un dios gigante del
bronce de ellos, que es como cera muy fina de color de avellana, y los
techos y las columnas y las puertas talladas a hilos, como los nidos, o
a hojas menudas, como la copa de los árboles. Y por sobre los templos
hindús, con sus torres de colores y su monte de dioses de bronce a la
puerta, dioses de vientre de oro y de ojos de esmalte, está, lleno de
sedas y marfiles, de paños de plata bordados de zafiros, el Palacio
Central de todas las tierras que tiene Francia en Asia: en una sala, al
levantar una colgadura azul, ofrece una pipa de opio un elefante. Allá,
entre las palmeras, brilla, blanco y como de encaje, el minarete del
palacio de arquerías de Argel, por donde andan, como reyes presos, los
árabes hermosos y callados. Con sus puertas de clavos y sus azoteas,
lleno de moros tunecinos y hebreos de barba negra, bebiendo vino de oro
en el café, comprando puñales con letras del Corán en la hoja, está,
entre bosques de dátiles, el caserío de Túnez, hecho con piedras viejas
y lozas rotas de Cartago. Un anamita solo, sentado en cuclillas, mira,
con los ojos a medio cerrar, la pagoda de Angkor, la de la torre como la
flor de magnolia, con el dios Buda arriba, el Buda de cuatro cabezas.
Y entre los palacios hay pueblos enteros de barro y de paja: el negro
canaco en su choza redonda, el de Futa-Jalón cociendo el hierro en su
horno de tierra, el de Kedugú, con su calzón de plumas, en la torre
redonda en que se defiende del blanco: y al lado, de piedra y con
ventanas de pelear, ¡la torre cuadrada en que veintiséis franceses
echaron atrás a veinte mil negros, que no podían clavar su lanza de
madera en la piedra dura! En la aldea de Anam, con las casas ligeras de
techo de picos y corredores, se ve al cochinchino, sentado en la estera
leyendo en su libro, que es una hoja larga, enrollada en un palo; y a
otro, un actor, que se pinta la cara de bermellón y de negro; y al bonzo
rezando, con la capucha por la cabeza y las manos en la falda. Los
javaneses, de blusa y calzón ancho, viven felices, con tanto aire y
claridad, en su kampong de casas de bambú: de bambú la cerca del pueblo,
las casas y las sillas, el granero donde guardan el arroz, y el tendido
en que se juntan los viejos a mandar en las cosas de la aldea, y las
músicas con que van a buscar a las bailarinas descalzas, de casco de
plumas y brazaletes de oro. El kabila, con su albornoz blanco, se pasea
a la puerta de su casa de barro, baja y oscura para que el extranjero
atrevido no entre a ver las mujeres de la casa, sentadas en el suelo,
tejiendo en el telar, con la frente pintada de colores. Detrás está la
tienda del kabila, que lleva a los viajes: el pollino se revuelca en el
polvo: el hermano echa en un rincón la silla de cuero bordado de oro
puro: el viejito a la puerta está montando en el camello a su nieto, que
le hala la barba.
Y afuera, al aire libre, es como una locura. Parecen joyas que andan,
aquellas gentes de traje de colores. Unos van al café moro, a ver a las
moros bailar, con sus velos de gasa y su traje violeta, moviendo
despacio los brazos, como si estuvieran dormidas. Otros van al teatro
del kampong donde están en hileras unos muñecos de cucurucho, viendo con
sus ojos de porcelana a las bayaderas javanesas, que bailan como si no
pisasen, y vienen con los brazos abiertos, como mariposas. En un café de
mesas coloradas, con letras moras en las paredes, los aissauas, que son
como unos locos de religión, se sacan los ojos y se los dejan colgando,
y mascan cristal, y comen alacranes vivos, porque dicen que su dios les
habla de noche desde el cielo, y se los manda comer. Y en el teatro de
los anamitas, los cómicos vestidos de panteras y de generales, cuentan,
saltando y aullando, tirándose las plumas de la cabeza y dando vueltas,
la historia del príncipe que fue de visita al palacio de un ambicioso, y
bebió una taza de té envenenado. Pero ya es de noche, y hora de irse a
pensar, y los clarines, con su corneta de bronce, tocan a retirada. Los
camellos se echan a correr. El argelino sube al minarete, a llamar a la
oración. El anamita saluda tres veces, delante de la pagoda. El negro
canaco alza su lanza al cielo. Pasan, comiendo dulces, las bailarinas
moras. Y el cielo, de repente, como en una llamarada, se enciende de
rojo: ya es como la sangre: ya es como cuando el sol se pone: ya es del
color del mar a la hora del amanecer: ya es de un azul como si se
entrara por el pensamiento el cielo: ahora blanco, como plata: ahora
violeta, como un ramo de lilas: ahora, con el amarillo de la luz,
resplandecen las cúpulas de los palacios, como coronas de oro: allá
abajo, en lo de adentro de las fuentes, están poniendo cristales de
color entre la luz y el agua, que cae en raudales del color del cristal,
y echa al cielo encendido sus florones de chispas. La torre, en la
claridad, luce en el cielo negro como un encaje rojo, mientras pasan
debajo de sus arcos los pueblos del mundo.