_Cuento de magia del francés Laboulaye._
Allá por un pueblo del mar Báltico, del lado de Rusia, vivía el pobre
Loppi, en un casuco viejo, sin más compañía que su hacha y su mujer. El
hacha ¡bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que quiere decir «fresa
agria». Y era agria Masicas de veras, como la fresa silvestre. ¡Vaya un
nombre: Masicas! Ella nunca se enojaba, por supuesto, cuando le hacían
el gusto, o no la contradecían; pero si se quedaba sin el capricho, era
de irse a los bosques por no oírla. Se estaba callada de la mañana a la
noche, preparando el regaño, mientras Loppi andaba afuera con el hacha,
corta que corta, buscando el pan: y en cuanto entraba Loppi, no paraba
de regañarlo, de la noche a la mañana. Porque estaban muy pobres, y
cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor. De veras
que era pobre la casa de Loppi: las arañas no hacían telas en sus
rincones porque no había allí moscas que coger, y dos ratones que
entraron extraviados, se murieron de hambre.
Un día estuvo Masicas más buscapleitos que de costumbre, y el buen
leñador salió de la casa suspirando, con el morral vacío al hombro: el
morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las papas que
le daban de limosna. Era muy de mañanita, y al pasar cerca de un charco
vio en la yerba húmeda uno que le pareció animal raro y negruzco, de
muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande por cierto: era un
enorme camarón. «¡Al saco el camarón!: con esta cena le vuelve el juicio
a esa hambrona de Masicas; ¿quién sabe lo que dice cuando tiene
hambre?»Y echó el camarón en el saco.
Pero ¿qué tiene Loppi, que da un salto atrás, que le tiembla la barba,
que se pone pálido? Del fondo del saco salió una voz tristísima: el
camarón le estaba hablando:
--Párate, amigo, párate, y déjame ir. Yo soy el más viejo de los
camarones: más de un siglo tengo yo: ¿qué vas a hacer con este carapacho
duro? Sé bueno conmigo, como tú quieres que sean buenos contigo.
--Perdóname, camaroncito, que yo te dejaría ir; pero mi mujer está
esperando su cena, y si le digo que encontré el camarón mayor del mundo,
y que lo dejé escapar, esta noche sé yo a lo que suena un palo de escoba
cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas.
--Y ¿por qué se lo has de decir a tu mujer?
--¡Ay, camaroncito!: eso me dices tú porque no sabes quién es Masicas.
Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz, y uno se
deja llevar: Masicas me vuelve del revés, y me saca todo lo que tengo en
el corazón: Masicas sabe mucho.
--Pues mira, leñador, que yo no soy camarón como parezco, sino una maga
de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentará, y si no me oyes,
toda la vida te has de arrepentir.
--Tú contenta a Masicas, y yo te dejaré ir, que por gusto a nadie le
hago daño.
--Dime qué pescado le gusta más a tu mujer.
--Pues el que haya, camarón, que los pobres no escogen: lo que has de
hacer es que no vuelva yo con el morral vacío.
--Pues ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di:
«¡Peces, al morral!»
Y tantos peces entraron en el morral que casi se le iba Loppi de las
manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro.
--Ya ves, leñador--le dijo el camarón,--que no soy desagradecido. Ven
acá todas las mañanas, y en cuanto digas: «¡Al morral, peces!» tendrás
el morral lleno, de los peces colorados, de los peces de plata, de los
peces amarillos. Y si quieres algo más, ven y dime así:
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«Camaroncito duro,
_Sácame del apuro»_:
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y yo saldré, y veré lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio, y
no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy.
--Probaré, señora maga, probaré--dijo el leñador; y puso en la yerba con
mucho cuidado el camarón milagroso, que se metió de un salto en el agua.
Iba como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba,
pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya no podía
más de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar, primero un lucio
como de una vara, luego una carpa, radiante como el oro, luego dos
truchas, y un mundo de meros. Masicas abrazó a Loppi, y lo volvió a
abrazar, y le dijo: «¡leñadorcito mío!»
--Ya ves, ya ves, Loppi, lo que nos sucede por haber oído a tu mujer y
salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y tráeme unos
ajos y cebollas, y tráeme unas setas: anda, anda al monte, leñadorcito,
que te voy a hacer una sopa que no la come el rey. Y la carpa la
asaremos: ni un regidor va a comer mejor que nosotros.
Y fue muy buena por cierto la comida, porque Masicas no hacía sino lo
que quería Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoció, que era
como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al otro día no le
hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados. Y al otro, se puso a
hablar sola. Y el sábado, le sacó la lengua en cuanto lo vio venir. Y el
domingo, se le fue encima a Loppi, que volvía con su morral a cuestas.
--¡Mal marido, mal hombre, mal compañero! ¡que me vas a matar a pescado!
¡que de verte el morral me da el alma vueltas!
--Y ¿qué quieres que te traiga, pues?--dijo el pobre Loppi.
--Pues lo que comen todas las mujeres de los leñadores honrados: una
sopa buena y un trozo de tocino.
«Con tal--pensó Loppi--que la maga me quiera hacer este favor.»
Y al otro día a la mañanita fue al charco, y se puso a dar voces:
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«Camaroncito duro,
Sácame del apuro.»
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y el agua se movió, y salió una boca negra, y luego otra boca, y luego
la cabeza, con dos ojos grandes que resplandecían.
--¿Qué quiere el leñador?
--Para mí, nada; nada para mí, camaroncito: ¿qué he de querer yo? Pero
ya mi mujer se cansó del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo de
tocino.
--Pues tendrá lo que quiere tu mujer--respondió el camarón.--Al sentarte
esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo meñique, y di a cada
golpe: «¡Sopa, aparece: aparece, tocino!»Y verás que aparecen. Pero ten
cuidado, leñador, que si tu mujer empieza a pedir, no va a acabar nunca.
--Probaré, señora maga, probaré--dijo Loppi, suspirando.
Como una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro día en
la mesa Masicas, que comió sopa dos veces, y tocino tres, y luego abrazó
a Loppi, y lo llamó: «Loppi de mi corazón».
Pero a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa, se
puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los puños alzados:
--¿Hasta cuándo me has de atormentar, mal marido, mal compañero, mal
hombre? ¿que una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca?
--Pero ¿qué quieres, amor mío, qué quieres?
--Pues quiero una buena comida, mal marido: un ganso asado, y unos
pasteles para postres.
En toda la noche no cerró Loppi los ojos, pensando en el amanecer, y en
los puños alzados de Masicas, que le parecieron un ganso cada uno. Y a
paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del día. Y las
voces que daba parecían hilos, por lo tristes, por lo delgadas:
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«Camaroncito duro,
Sácame del apuro.»
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--¿Qué quiere el leñador?
--Para mí, nada: ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se está cansando
del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, señora maga. Pero mi mujer
se ha cansado, y quiere algo ligero, así como un gansito asado, así como
unos pastelitos.
--Pues vuélvete a tu casa, leñador, y no tienes que venir cuando tu
mujer quiera cambiar de comida, sino pedírselo a la mesa, que yo le
mandaré a la mesa que se lo sirva.
En un salto llegó Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y tirando
por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mesa de platos, cuando él
llegó, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra
de estaño: y el ganso con papas, y un pudín de ciruelas. Hasta un frasco
de anisete había en la mesa, con su forro de paja.
Pero Masicas estaba pensativa. Y a Loppi ¿quién le daba todo aquello?
Ella quería saber: «¡Dímelo, Loppi!»Y Loppi se lo dijo, cuando ya no
quedaba del anisete más que el forro de paja, y estaba Masicas más dulce
que el anís. Pero ella prometió no decírselo a nadie: no había una
vecina en doce leguas a la redonda.
A los pocos días, una tarde que Masicas había estado muy melosa, le
contó a Loppi muchos cuentos y le acabó así el discurso:
--Pero, Loppi mío, ya tú no piensas en tu mujercita: comer, es verdad,
come mejor que la reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi, como
la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga no te tendrá a
mal que quieras vestir bien a tu mujercita.
A Loppi le pareció que Masicas tenía mucha razón, y que no estaba bien
sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre. Pero la voz se
le resistía cuando a la mañanita llamó al camarón encantado:
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«Camaroncito duro,
Sácame del apuro.»
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El camarón entero sacó el cuerpo del agua.
--¿Qué quiere el leñador?
--Para mí, nada; ¿qué puedo yo querer? Pero mi mujer está triste, señora
maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su señoría me dé poder
para tenerla con traje de señora.
El camarón se echó a reír, y estuvo riendo un rato, y luego dijo a
Loppi: «Vuélvete a casa, leñador, que tu mujer tendrá lo que desea.»
--¡Oh, señor camarón! ¡oh, señora maga! ¡déjeme que le bese la patica
izquierda, la que está del lado del corazón! ¡déjeme que se la bese!
Y se fue cantando un canto que le había oído a un pájaro dorado que le
daba vueltas a una rosa: y cuando entró a su casa vio a una bella
señora, y la saludó hasta los pies; y la señora se echó a reír, porque
era Masicas, su linda Masicas, que estaba como un sol de la hermosura. Y
se tomaron los dos de la mano, y bailaron en redondo, y se pusieron a
dar brincos.
A los pocos días Masicas estaba pálida, como quien no duerme, y con los
ojos colorados, como de mucho llorar. «Y dime, Loppi», le decía una
tarde, con un pañuelo de encaje en la mano: «¿de qué me sirve tener tan
buen vestido sin un espejo donde mirarme, ni una vecina que me pueda
ver, ni más casa que este casuco? Loppi, dile a la maga que esto no
puede ser.»Y lloraba Masicas, y se secaba los ojos colorados con su
pañuelo de encaje: «Dile, Loppi, a la maga que me dé un castillo
hermoso, y no le pediré nada más.»
--¡Masicas, tú estás loca! Tira de la cuerda y se reventará. Conténtate,
mujer, con lo que tienes, que si no, la maga te castigará por ambiciosa.
--¡Loppi, nunca serás más que un zascandil! ¡El que habla con miedo se
queda sin lo que desea! Háblale a la maga como un hombre. Háblale, que
yo estoy aquí para lo que suceda.
Y el pobre Loppi volvió al charco, como con piernas postizas. Iba
temblando todo él. ¿Y si el camarón se cansaba de tanto pedirle, y le
quitaba cuanto le dio? ¿Y si Masicas lo dejaba sin pelo si volvía sin el
castillo? Llamó muy quedito:
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«Camaroncito duro,
Sácame del apuro.»
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--¿Qué quiere el leñador?--dijo el camarón, saliendo del agua poco a
poco.
--Nada para mí: ¿qué más podría yo querer? Pero mi mujer no está
contenta y me tiene en tortura, señora maga, con tantos deseos.
--¿Y qué quiere la señora, que ya no va a parar de querer?
--Pues una casa, señora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser
princesa del castillo, y no volverá a pedir nada más.
--Leñador--dijo el camarón, con una voz que Loppi no le conocía:--tu
mujer tendrá lo que desea.--Y desapareció en el agua de repente.
A Loppi le costó mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiado
todo el país, y en vez de matorrales había ganados y siembras hermosas,
y en medio de todo una casa muy rica con un jardín lleno de flores. Una
princesa bajó a saludarlo a la puerta del jardín, con un vestido de
plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas: «Ahora sí, Loppi, que
soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga es muy buena.»Y Loppi se
echó a llorar de alegría.
Vivía Masicas con todo el lujo de su señorío. Los barones y las
baronesas se disputaban el honor de visitarla: el gobernador no daba
orden sin saber si le parecía bien: no había en todo el país quien
tuviera un castillo más opulento, ni coches con más oro, ni caballos más
finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus gallinas
de Guinea, sus faisanes de Terán, sus cabras eran suizas. ¿Qué le
faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar? Se lo dijo a
Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas quería algo más. Quería
ser reina Masicas:«¿No ves que para reina he nacido yo? ¿No ves, Loppi
mío, que tú mismo me das siempre la razón, aunque eres más terco que una
mula? Ya no puedo esperar, Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina.»
Loppi no quería ser rey. Almorzaba bien, comía mejor; ¿a qué los
trabajos de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas decía a querer, no
había más remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol,
limpiándose los sudores, y con la sangre a medio helar. Llegó. Llamó.
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«Camaroncito duro,
Sácame del apuro.»
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Vio salir del agua las dos bocas negras. Oyó que le decían «¿qué quiere
el leñador?»pero no tenía fuerzas para dar su recado. Al fin dijo
tartamudeando:
--Para mí, nada: ¿qué pudiera yo pedir? Pero se ha cansado mi mujer de
ser princesa.
--¿Y qué quiere ahora ser la mujer del leñador?
--¡Ay, señora maga!: reina quiere ser.
--¿Reina no más? Me salvaste la vida, y tu mujer tendrá lo que desea.
¡Salud, marido de la reina!
Y cuando Loppi volvió a su casa, el castillo era un palacio, y Masica
tenía puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes, con sus
medias de seda y sus casaquines, iban detrás de la reina Masicas,
cargándole la cola.
Y Loppi almorzó contento, y bebió en copa tallada su anisete más fino,
seguro de que Masicas tenía ya cuanto podía tener. Y dos meses estuvo
almorzando pechugas de faisán con vinos olorosos, y paseando por el
jardín con su capa de armiño y su sombrero de plumas, hasta que un día
vino un chambelán de casaca carmesí con botones de topacio, a decirle
que la reina lo quería ver, sentada en su trono de oro.
--Estoy cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos
hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres. Ve a
ver a la maga por última vez. Ve: dile lo que quiero.
--Pero ¿qué quieres entonces, infeliz? ¿Quieres reinar en el cielo donde
están los soles y las estrellas, y ser dueña del mundo?
--Que vayas te digo, y le digas a la maga que quiero reinar en el cielo,
y ser dueña del mundo.
--Que no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura.
--Soy tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten la
cabeza.
--Voy, mi reina, voy.--Y se echó al brazo el manto de armiño, y salió
corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba como si
le corrieran detrás, alzando los brazos, arrodillándose en el suelo,
golpeándose la casaca bordada de colores: «¡Tal vez--pensaba Loppi--tal
vez el camarón tenga piedad de mí!» Y lo llamó desde la orilla, con voz
como un gemido:
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«Camaroncito duro,
Sácame del apuro.»
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Nadie respondió. Ni una hoja se movió. Volvió a llamar, con la voz como
un soplo.
--¿Qué quiere el leñador?--respondió otra voz terrible.
--Para mí, nada: ¿qué he de querer para mí? Pero la reina, mi mujer,
quiere que le diga a la señora maga su último deseo: el último, señora
maga.
--¿Qué quiere ahora la mujer del leñador?
Loppi, espantado, cayó de rodillas.
--¡Perdón, señora, perdón! ¡Quiere reinar en el cielo, y ser dueña del
mundo!
El camarón dio una vuelta en redondo, que le sacó al agua espuma, y se
fue sobre Loppi, con las bocas abiertas:
--¡A tu rincón, imbécil, a tu rincón! ¡los maridos cobardes hacen a las
mujeres locas! ¡abajo el palacio, abajo el castillo, abajo la corona! ¡A
tu casuca con tu mujer, marido cobarde! ¡A tu casuca con el morral
vacío!
Y se hundió en el agua, que silbó como cuando mojan un hierro caliente.
Loppi se tendió en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levantó,
no tenía en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo el
manto de armiño, ni vestía la casaca bordada de colores. El camino era
oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados y pinos enfermos
eran la única arboleda. El suelo era, como antes, de pozos y pantanos.
Cargaba a la espalda su morral vacío. Iba, sin saber que iba, mirando a
la tierra.
Y de pronto sintió que le apretaban el cuello dos manos feroces.
--¿Estás aquí, monstruo? ¿Estás aquí, mal marido? ¡Me has arruinado, mal
compañero! ¡Muere a mis manos, mal hombre!
--¡Masicas, que te lastimas! ¡Oye a tu Loppi, Masicas!
Pero las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron, y
cayó muerta, muerta de la furia. Loppi se sentó a sus pies, le compuso
los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada el morral vacío. Por
la mañana, cuando salió el sol, Loppi estaba tendido junto a Masicas,
muerto.
El Padre las Casas.
Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos años. Cuatrocientos años hace
que vivió el Padre las Casas, y parece que está vivo todavía, porque fue
bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque
con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era
hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de
tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa. Y
otras veces se levantaba del sillón, como si le quemase: se apretaba las
sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parecía
como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro
famoso de la _Destrucción de las Indias_, los horrores que vio en las
Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se le encendían
los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena
de lágrimas. Así pasó la vida, defendiendo a los indios.
Aprendió en España a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y
vino con Colón a la isla Española en un barco de aquellos de velas
infladas y como cáscara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con muchos
latines. Decían los marineros que era grande su saber para un mozo de
veinticuatro años. El sol, lo veía él siempre salir sobre cubierta. Iba
alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero desde que
llegó, empezó a hablar poco. La tierra, sí, era muy hermosa, y se vivía
como en una flor: ¡pero aquellos conquistadores asesinos debían de venir
del infierno, no de España! Español era él también, y su padre, y su
madre; pero él no salía por las islas Lucayas a robarse a los indios
libres: ¡porque en diez años ya no quedaba indio vivo de los tres
millones, o más, que hubo en la Española!: él no los iba cazando con
perros hambrientos, para matarlos a trabajo en las minas: él no les
quemaba las manos y los pies cuando se sentaban porque no podían andar,
o se les caía el pico porque ya no tenían fuerzas: él no los azotaba,
hasta verlos desmayar, porque no sabían decirle a su amo donde había más
oro: él no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio
de la mesa no pudo con la carga que traía de la mina, y le mandó cortar
en castigo las orejas: él no se ponía el jubón de lujo, y aquella capa
que llamaban ferreruelo, para ir muy galán a la plaza a las doce, a ver
la quema que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los
cinco indios. El los vio quemar, los vio mirar con desprecio desde la
hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso más que el jubón negro ni
cargó caña de oro, como los otros licenciados ricos y regordetes, sino
que se fue a consolar a los indios por el monte, sin más ayuda que su
bastón de rama de árbol.
Al monte se habían ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban
en la Española. Como amigos habían recibido ellos a los hombres blancos
de las barbas: ellos les habían regalado con su miel y su maíz, y el
mismo rey Behechío le dio de mujer a un español hermoso su hija
Higuemota, que era como la torcaza y como la palma real: ellos les
habían enseñado sus montañas de oro, y sus ríos de agua de oro, y sus
adornos, todos de oro fino, y les habían puesto sobre la coraza y
guanteletes de la armadura pulseras de las suyas, y collares de oro: ¡y
aquellos hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus
indias, y sus hijos; los metían en lo hondo de la mina, a halar la carga
de piedra con la frente; se los repartían, y los marcaban con el hierro,
como esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel
país de pájaros y de frutas los hombres eran bellos y amables; pero no
eran fuertes. Tenían el pensamiento azul como el cielo, y claro como el
arroyo; pero no sabían matar, forrados de hierro, con el arcabuz cargado
de pólvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no se puede
atravesar una coraza. Caían, como las plumas y las hojas. Morían de
pena, de furia, de fatiga, de hambre, de mordidas de perros. ¡Lo mejor
era irse al monte, con el valiente Guaroa, y con el niño Guarocuya, a
defenderse con las piedras, a defenderse con el agua, a salvar al
reyecito bravo, a Guairocuya! El saltaba el arroyo, de orilla a orilla;
él clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la
cabeza iba él; se le oía la risa de noche, como un canto; lo que él no
quería era que lo llevase nadie en hombros. Así iban por el monte,
cuando se les apareció entre los españoles armados el Padre las Casas,
con sus ojos tristísimos, en su jubón y su ferreruelo. El no les
disparaba el arcabuz: él les abría los brazos. Y le dio un beso a
Guarocuya.
Ya en la isla lo conocían todos, y en España hablaban de él. Era flaco,
y de nariz muy larga, y la ropa se le caía del cuerpo, y no tenía más
poder que el de su corazón; pero de casa en casa andaba echando en cara
a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas; iba a
palacio, a pedir al gobernador que mandase cumplir las ordenanzas
reales; esperaba en el portal de la audiencia a los oidores, caminando
de prisa, con las manos a la espalda, para decirles que venía lleno de
espanto, que había visto morir a seis mil niños indios en tres meses. Y
los oidores le decían: «Cálmese, licenciado, que ya se hará justicia»:
se echaban el ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los
encomenderos, que eran los ricos del país, y tenían buen vino y buena
miel de Alcarria. Ni merienda ni sueño había para las Casas: sentía en
sus carnes mismas los dientes de los molosos que los encomenderos tenían
sin comer, para que con el apetito les buscasen mejor a los indios
cimarrones: le parecía que era su mano la que chorreaba sangre, cuando
sabía que, porque no pudo con la pala, le habían cortado a un indio la
mano: creía que él era el culpable de toda la crueldad, porque no la
remediaba; sintió como que se iluminaba y crecía, y como que eran sus
hijos todos los indios americanos. De abogado no tenía autoridad, y lo
dejaban solo: de sacerdote tendría la fuerza de la Iglesia, y volvería a
España, y daría los recados del cielo, y si la corte no acababa con el
asesinato, con el tormento, con la esclavitud, con las minas, haría
temblar a la corte. Y el día en que entró de sacerdote, toda la isla fue
a verlo, con el asombro de que tomara aquella carrera un licenciado de
fortuna: y las indias le echaron al pasar a sus hijitos, a que le
besasen los hábitos.
Entonces empezó su medio siglo de pelea, para que los indios no fuesen
esclavos; de pelea en las Américas; de pelea en Madrid; de pelea con el
rey mismo: contra España toda, él solo, de pelea. Colón fue el primero
que mandó a España a los indios en esclavitud, para pagar con ellos las
ropas y comidas que traían a América los barcos españoles. Y en América
había habido repartimiento de indios, y cada cual de los que vino de
conquista, tomó en servidumbre su parte de la indiada, y la puso a
trabajar para él, a morir para él, a sacar el oro de que estaban llenos
los montes y los ríos. La reina, allá en España, dicen que era buena, y
mandó a un gobernador que sacase a los indios de la esclavitud; pero los
encomenderos le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos, y su
porción en las ganancias, y fueron más que nunca los muertos, las manos
cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se echaban de cabeza
al fondo de las minas. «Yo, he visto traer a centenares maniatadas a
estas amables criaturas, y darles muerte a todas juntas, como a las
ovejas.»Fue a Cuba de cura con Diego Velázquez, y volvió de puro horror,
porque antes que para hacer casas, derribaban los árboles para ponerlos
de leñas a las quemazones de los taínos. En una isla donde había
quinientos mil, «vio con sus ojos»los indios que quedaban: once. Eran
aquellos conquistadores soldados bárbaros, que no sabían los
mandamientos de la ley, ¡y tomaban a los indios de esclavos, para
enseñarles la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche,
desvelado de la angustia, hablaba con su amigo Rentería, otro español de
oro. ¡Al rey había que ir a pedir justicia, al rey Fernando de Aragón!
Se embarcó en la galera de tres palos, y se fue a ver al rey.
Seis veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre que «no
probaba carne». Ni al rey le tenía él miedo, ni a la tempestad. Se iba a
cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el día en
el puente, apuntando sus razones en papel de hilo, y dando a que le
llenaran de tinta el tintero de cuerno, «porque la maldad no se cura
sino con decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo
donde no me la pueda negar nadie, en latín y en castellano». Si en
Madrid estaba el rey, antes que a la posada a descansar del viaje, iba
al palacio. Si estaba en Viena, cuando el rey Carlos de los españoles
era emperador de Alemania, se ponía un hábito nuevo, y se iba a Viena.
Si era su enemigo Fonseca el que mandaba en la junta de abogados y
clérigos que tenía el rey para las cosas de América, a su enemigo se iba
a ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista Oviedo,
el de la «Natural Historia de las Indias», había escrito de los
americanos las falsedades que los que tenían las encomiendas le mandaban
poner, le decía a Oviedo mentiroso, aunque le estuviera el rey pagando
por escribir las mentiras. Si Sepúlveda, que era el maestro del rey
Felipe, defendía en sus «Conclusiones»el derecho de la corona a repartir
como siervos, y a dar muerte a los indios, porque no eran cristianos, a
Sepúlveda le decía que no tenían culpa de estar sin la cristiandad los
que no sabían que hubiera Cristo, ni conocían las lenguas en que de
Cristo se hablaba, ni tenían más noticia de Cristo que la que les habían
llevado los arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las cejas,
como para cortarle el discurso, crecía unas cuantas pulgadas a la vista
del rey, se le ponía ronca y fuerte la voz, le temblaba en el puño el
sombrero, y al rey le decía, cara a cara, que el que manda a los hombres
ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y
que lo había de oír en paz, porque él no venía con manchas de oro en el
vestido blanco, ni traía más defensa que la cruz.
O hablaba, o escribía, sin descanso. Los frailes dominicanos lo
ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho años,
escribiendo. Sabía religión y leyes, y autores latinos, que era cuanto
en su tiempo se aprendía; pero todo lo usaba hábilmente para defender el
derecho del hombre a la libertad, y el deber de los gobernantes de
respetárselo. Eso era mucho decir, porque por eso quemaban entonces a
los hombres. Llorente, que ha escrito la «Vida de Las Casas» escribió
también la «Historia de la Inquisición» que era quien quemaba: el rey
iba de gala a ver la quemazón, con la reina y los caballeros de la
corte: delante de los condenados venían cantando los obispos, con un
estandarte verde: de la hoguera salía un humo negro. Y Fonseca y
Sepúlveda querían que «el clérigo»las Casas dijese en sus disputas algún
pecado contra la autoridad de la Iglesia, para que los inquisidores lo
condenaran por hereje. Pero «el clérigo»le decía a Fonseca: «¡Lo que yo
digo es lo que dijo en su testamento la buena reina Isabel; y tú me
quieres mal y me calumnias, porque te quito el pan de sangre que comes,
y acuso la encomienda de indios que tienes en América!»Y a Sepúlveda,
que ya era confesor de Felipe II, le decía: «Tú eres disputador famoso,
y te llaman el Livio de España por tus historias; pero yo no tengo miedo
al elocuente que habla contra su corazón, y que defiende la maldad, y te
desafío a que me pruebes en plática abierta que los indios son
malhechores y demonios, cuando son claros y buenos como la luz del día,
e inofensivos y sencillos como las mariposas.»Y duró cinco días la
plática con Sepúlveda. Sepúlveda empezó con desdén, y acabó turbado. El
clérigo lo oía con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se le veía
hincharse la frente. En cuanto Sepúlveda se sentaba satisfecho, como el
que hincó el alfiler donde quiso, se ponía el clérigo en pie, magnífico,
regañón, confuso, apresurado. «¡No es verdad que los indios de México
mataran cincuenta mil en sacrificios al año, sino veinte apenas, que es
menos de lo que mata España en la horca!» «¡No es verdad que sean gente
bárbara y de pecados horribles, porque no hay pecado suyo que no lo
tengamos más los europeos; ni somos nosotros quién, con todos nuestros
cañones y nuestra avaricia, para comparamos con ellos en tiernos y
amigables; ni es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes,
y poetas, y oficios, y gobierno, y artes!» «¡No es verdad, sino,
iniquidad, que el modo mejor que tenga el rey para hacerse de súbditos
sea exterminarlos, ni el modo mejor de enseñar la religión a un indio
sea echarlo en nombre de la religión a los trabajos de las bestias; y
quitarle los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar de la
carga con la frente como los bueyes!»Y citaba versículos de la Biblia,
artículos de la ley, ejemplos de la historia, párrafos de los autores
latinos, todo revuelto y de gran hermosura, como caen las aguas de un
torrente, arrastrando en la espuma las piedras y las alimañas del monte.
Solo estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo
atrever, ni quería descontentar a los de la conquista, que le mandaban a
la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de niño lo oyó con
veneración, pero lo engañaba después, cuando entró en ambiciones que
requerían mucho gastar, y no estaba para ponerse por las «cosas del
clérigo» en contra de los de América, que le enviaban de tributo los
galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe II, que se gastó un reino en
procurarse otro, y lo dejó todo a su muerte envenenado y frío, como el
agujero en que ha dormido la víbora. Si iba a ver al rey, se encontraba
la antesala llena de amigos de los encomenderos, todos de seda sombreros
de plumas, con collares de oro de los indios americanos: al ministro no
le podía hablar, porque tenía encomiendas él, y tenía minas, o gozaba
los frutos de las que poseía en cabeza de otros. De miedo de perder el
favor de la corte, no le ayudaban los mismos que no tenían en América
interés. Los que más lo respetaban, por bravo, por justo, por astuto,
por elocuente, no lo querían decir, o lo decían donde no los oyeran:
porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza
con su virtud o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en
su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de él, o
dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y le van
clavando la puñalada en la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de
ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le
ayuden, porque estará siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien,
que se parece al cielo de la mañana en la claridad!
Y como él era tan sagaz que no decía cosa que pudiera ofender al rey ni
a la Inquisición, sino que pedía la bondad con los indios para bien del
rey, y para que se hiciesen más de veras cristianos, no tenían los de la
corte modo de negársele a las claras, sino que fingían estimarle mucho
el celo, y una vez le daban el título de «Protector Universal de los
Indios», con la firma de Fernando, pero sin modo de que le acatasen la
autoridad de proteger; y otra, al cabo de cuarenta años de razonar, le
dijeron que pusiera en papel las razones por que opinaba que no debían
ser esclavos los indios; y otra le dieron poder para que llevase
trabajadores de España a una colonia de Cumaná donde se había de ver a
los indios con amor, y no halló en toda España sino cincuenta que
quisieran ir a trabajar, los cuales fueron, con un vestido que tenía una
cruz al pecho, pero no pudieron poner la colonia, porque el «adelantado»
había ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos
disparaban sus flechas de punta envenenada contra todo el que llevaba
cruz. Y por fin le encargaron, como por entretenerlo, que pidiese las
leyes que le parecían a él bien para los indios, «¡cuantas leyes
quisiera, pues que por ley más o menos no hemos de pelear!», y él las
escribía, y las mandaba el rey cumplir, pero en el barco iba la ley, y
el modo de desobedecerla. El rey le daba audiencia, y hacía como que le
tomaba consejo; pero luego entraba Sepúlveda, con sus pies blandos y sus
ojos de zorra, a traer los recados de los que mandaban los galeones, Y
lo que se hacía de verdad era lo que decía Sepúlveda. Las Casas lo
sabía, lo sabía bien; pero ni bajó el tono, ni se cansó de acusar, ni de
llamar crimen a lo que era, ni de contar en su «Descripción» las
«crueldades», para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por
la vergüenza de que las supiera el mundo. El nombre de los malos no lo
decía, porque era noble y les tuvo compasión. Y escribía como hablaba,
con la letra fuerte y desigual, llena de chispazos de tinta, como
caballo que lleva de jinete a quien quiere llegar pronto, y va
levantando el polvo y sacando luces de la piedra.
Fue obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino de
Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, vivían los indios en
mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los indios; pero no sólo a
llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence a los pícaros, sino a
acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no
cumplían con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a
hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez
tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los
árboles cuando ha pasado el vendabal. Pero los encomenderos podían más
que él, porque tenían el gobierno de su lado; y le componían cantares en
que le decían traidor y español malo; y le daban de noche músicas de
cencerro, y le disparaban arcabuces a la puerta para ponerlo en temor, y
le rodeaban el convento armados,--todos armados, contra un viejo flaco y
solo. Y hasta le salieron al camino de Ciudad Real para que no volviera
a entrar en la población. El venía a pie, con su bastón, y con dos
españoles buenos, y un negro que lo quería como a padre suyo: porque es
verdad que las Casas por el amor de los indios, aconsejó al principio de
la conquista que se siguiese trayendo esclavos negros, que resistían
mejor el calor; pero luego que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y
decía: «¡con mi sangre quisiera pagar el pecado de aquel consejo que di
por mi amor a los indios!» Con su negro cariñoso venía, y los dos
españoles buenos. Venía tal vez de ver cómo salvaba a la pobre india que
se le abrazó a las rodillas a la puerta de su templo mexicano, loca de
dolor porque los españoles le habían matado al marido de su corazón, que
fue de noche a rezarles a los dioses: ¡y vio de pronto las Casas que
eran indios los centinelas que los españoles le habían echado para que
no entrase! ¡El les daba a los indios su vida, y los indios venían a
atacar a su salvador, porque se lo mandaban los que los azotaban! Y no
se quejó, sino que dijo así: «Pues por eso, hijos míos, os tengo de
defender más, porque os tienen tan martirizados que no tenéis ya valor
ni para agradecer.» Y los indios, llorando, se echaron a sus pies, y le
pidieron perdón. Y, entró en Ciudad Real, donde los encomenderos lo
esperaban, armados de arcabuz y cañón, como para ir a la guerra. Casi a
escondidas tuvo que embarcarlo para España el virrey, porque los
encomenderos lo querían matar. El se fue a su convento, a pelear, a
defender, a llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa y
dos años.