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Una mora de Trípoli tenía
Una perla rosada, una gran perla:
Y la echó con desdén al mar un día:
--«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!»
Pocos años después, junto a la roca
De Trípoli... ¡la gente llora al verla!
Así le dice al mar la mora loca:
--«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!»
P/
Las ruinas indias.
No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la
historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores
y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de
pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de
sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres.
Unos vivían aislados y sencillos, sin vestidos y sin necesidades, como
pueblos acabados de nacer; y empezaban a pintar sus figuras extrañas en
las rocas de la orilla de los ríos, donde es más solo el bosque, y el
hombre piensa más en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de más
edad, y vivían en tribus, en aldeas de cañas o de adobes, comiendo lo
que cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran ya
pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas, y palacios
adornados de pinturas de oro. Y gran comercio en las calles y en las
plazas, y templos de mármol con estatuas gigantescas de sus dioses. Sus
obras no se parecen a las de los demás pueblos, sino como se parece un
hombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles. Ellos
imaginaron su gobierno, su religión, su arte, su guerra, su
arquitectura, su industria, su poesía. Todo lo suyo es interesante,
atrevido, nuevo. Fue una raza artística, inteligente y limpia. Se leen
como una novela las historias de los nahuatles y mayas de México, de los
chibchas de Colombia, de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuas
del Perú, de los aimaraes de Bolivia, de los charrúas del Uruguay, de
los araucanos de Chile.
El quetzal es el pájaro hermoso de Guatemala, el pájaro de verde
brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo,
o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es un pájaro que
brilla a la luz, como las cabezas de los colibríes, que parecen piedras
preciosas, o joyas de tornasol, que de un lado fueran topacio, y de otro
ópalo, y de otro amatista. Y cuando se lee en los viajes de Le Plongeon
los cuentos de los amores de la princesa maya Ara, que no quiso querer
al príncipe Aak porque por el amor de Ara mató a su hermano Chaak;
cuando en la historia del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes y
ricas, a las ciudades reales de México, a Tenochtitlán y a Texcoco;
cuando en la «Recordación Florida» del capitán Fuentes, o en las
Crónicas de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal Díaz del
Castillo, o en los Viajes del inglés Tomás Gage, andan como si los
tuviésemos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos de la mano,
recitando versos y levantando edificios, aquellos gentíos de las
ciudades de entonces, aquellos sabios de Chichén, aquellos potentados de
Uxmal, aquellos comerciantes de Tulán, aquellos artífices de
Tenochtitlán, aquellos sacerdotes de Cholula, aquellos maestros amorosos
y niños mansos de Utatlán, aquella raza fina que vivía al sol y no
cerraba sus casas de piedra, no parece que se lee un libro de hojas
amarillas, donde las eses son como efes y se usan con mucha ceremonia
las palabras, sino que se ve morir a un quetzal, que lanza el último
grito al ver su cola rota. Con la imaginación se ven cosas que no se
pueden ver con los ojos.
Se hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. Allí hay héroes, y
santos, y enamorados, y poetas, y apóstoles. Allí se describen pirámides
mas grandes que las de Egipto; y hazañas de aquellos gigantes que
vencieron a las fieras; y batallas de gigantes y hombres; y dioses que
pasan por el viento echando semillas de pueblos sobre el mundo; y robos
de princesas que pusieron a los pueblos a pelear hasta morir; y peleas
de pecho a pecho, con bravura que no parece de hombres; y la defensa de
las ciudades viciosas contra los hombres fuertes que venían de las
tierras del Norte; y la vida variada, simpática y trabajadora de sus
circos y templos, de sus canales y talleres, de sus tribunales y
mercados. Hay reyes como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sus
hijos porque faltaron a la ley, lo mismo que dejó matar al suyo el
romano Bruto; hay oradores que se levantan llorando, como el tlascalteca
Xicotencatl, a rogar a su pueblo que no dejen entrar al español, como se
levantó Demóstenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo;
hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de los
chichimecas, que sabe, como el hebreo Salomón, levantar templos
magníficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justicia
entre los hombres. Hay sacrificios de jóvenes hermosas a los diéses
invisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran tantos
a veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar para la nueva
ceremonia, porque el montón de cenizas de la última quema era tan alto
que podían tender allí a las víctimas los sacrificadores; hubo
sacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que ató sobre los
leños a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos, porque creyó
oír voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo al hijo, cosa de
tener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo sacrificios en masa,
como los había en la Plaza Mayor, delante de los obispos y del rey,
cuando la Inquisición de España quemaba a los hombres vivos, con mucho
lujo de leña y de procesión, y veían la quema las señoras madrileñas
desde los balcones. La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los
hombres en todos los pueblos. Y de los indios han dicho más de lo justo
en estas cosas los españoles vencedores, que exageraban o inventaban los
defectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataron
pareciese justa y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo que
dice de los sacrificios de los indios el soldado español Bernal Díaz, y
lo que dice el sacerdote Bartolomé de las Casas. Ese es un nombre que se
ha de llevar en el corazón, como el de un hermano. Bartolomé de las
Casas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado, y de mucha
nariz; pero se le veía en el fuego limpio de los ojos el alma sublime.
De México trataremos hoy, porque las láminas son de México. A México lo
poblaron primero los toltecas bravos, que seguían, con los escudos de
cañas en alto, al capitán que llevaba el escudo con rondelas de oro.
Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron del Norte con fuerza
terrible, vestidos de pieles, los chichimecas bárbaros, que se quedaron
en el país, y tuvieron reyes de gran sabiduría. Los pueblos libres de
los alrededores se juntaron después, con los aztecas astutos a la
cabeza, y les ganaron el gobierno a los chichimecas, que vivían ya
descuidados y viciosos. Los aztecas gobernaron como comerciantes,
juntando riquezas y oprimiendo al país; y cuando llegó Cortés con sus
españoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros
indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos
oprimidos.
Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los españoles no
amedrentaron a los héroes indios; pero ya no quería obedecer a sus
héroes el pueblo fanático, que creyó que aquéllos eran los soldados del
dios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería del
cielo a libertarlos de la tiranía. Cortés conoció las rivalidades de los
indios, puso en mal a los que se tenían celos, fue separando de sus
pueblos acobardados a los jefes, se ganó con regalos o aterró con
amenazas a los débiles, encarceló o asesinó a los juiciosos y a los
bravos; y los sacerdotes que vinieron de España después de los soldados
echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo de
su dios.
Y ¡qué hermosa era Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas,
cuando llegó a México Cortés! Era como una mañana todo el día, y la
ciudad parecía siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, y de
tierra otras; y las plazas espaciosas y muchas; y los alrededores
sembrados de una gran arboleda. Por los canales andaban las canoas, tan
veloces y diestras como si tuviesen entendimiento; y había tantas a
veces que se podía andar sobre ellas como sobre la tierra firme. En
unas venían frutas, y en otras flores, y en otras jarros y tazas, y
demás cosas de la alfarería. En los mercados hervía la gente,
saludándose con amor, yendo de puesto en puesto, celebrando al rey o
diciendo mal de él, curioseando y vendiendo. Las casas eran de adobe,
que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto, si el dueño era rico. Y en
su pirámide de cinco terrazas se levantaba por sobre toda la ciudad, con
sus cuarenta templos menores a los pies, el templo magno de
Huitzilopochtli, de ébano y jaspes, con mármol como nubes y con cedros
de olor, sin apagar jamás, allá en el tope, las llamas sagradas de sus
seiscientos braseros. En las calles, abajo, la gente iba y venía, en sus
túnicas cortas y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas,
y unos zapatos flojos, que eran como sandalias de botín. Por una esquina
salía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de fruta, o
tocando a compás en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde
aprendían oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y
flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo: porque todo hombre ha
de aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propias
manos, y a defenderse. Pasaba un señorón con un manto largo adornado de
plumas, y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado
de pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para que
al cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces. Detrás
del señorón venían tres guerreros con cascos de madera, uno con forma de
cabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de tigre, y por afuera la
piel, pero con el casco de modo que se les viese encima de la oreja las
tres rayas que eran entonces la señal del valor. Un criado llevaba en un
jaulón de carrizos un pájaro de amarillo de oro, para la pajarera del
rey, que tenía muchas aves, y muchos peces de plata y carmín en peceras
de mármol, escondidos en los laberintos de sus jardines. Otro venía
calle arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores que
salían con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de punta a la
tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios. En el quicio de su
casa cantaba un carpintero, remendando con mucha habilidad una silla en
figura de águila, que tenía caída la guarnición de oro y seda de la piel
de venado del asiento. Iban otros cargados de pieles pintadas, parándose
a cada puerta, por si les querían comprar la colorada o la azul, que
ponían entonces como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Venía
la viuda de vuelta del mercado con el sirviente detrás, sin manos para
sujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de un
cuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de un espejo
de piedra bruñida, donde se veía la cara con más suavidad que en el
cristal; de una tela de grano muy junto, que no perdía nunca el color;
de un pez de escamas de plata y de oro que estaban como sueltas; de una
cotorra de cobre esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y las
alas. O se paraban en la calle las gentes, a ver pasar a los dos recién
casados, con la túnica del novio cosida a la de la novia, como para
pregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte; y detrás les
corría un chiquitín, arrastrando su carro de juguete. Otros hacían
grupos para oír al viajero que contaba lo que venía de ver en la tierra
brava de los zapotecas, donde había otro rey que mandaba en los templos
y en el mismo palacio real, y no salía nunca a pie, sino en hombros de
los sacerdotes, oyendo las súplicas del pueblo, que pedía por su medio
los favores al que manda al mundo desde el cielo, y a los reyes en el
palacio, y a los otros reyes que andan en hombros de los sacerdotes.
Otros, en el grupo de al lado, decían que era bueno el discurso en que
contó el sacerdote la historia del guerrero que se enterró ayer, y que
fue rico el funeral, con la bandera que decía las batallas que ganó, y
los criados que llevaban en bandejas de ocho metales diferentes las
cosas de comer que eran del gusto del guerrero muerto. Se oía entre las
conversaciones de la calle el rumor de los árboles de los patios y el
ruido de las limas y el martillo. ¡De toda aquella grandeza apenas
quedan en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo, de
obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitlán no existe.
No existe Tulán, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, el
pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de las
ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, y
mientras las ruinas no les quedan atrás, no se ponen el sombrero. De ese
lado de México, donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua y
familia que se fueron ganando el poder por todo el centro de la costa
del Pacífico en que estaban los nahuatles, no quedó después de la
conquista una ciudad entera, ni un templo entero.
De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dejó asombrado a
Cortés, no quedan más que los restos de la pirámide de cuatro terrazas
dos veces más grande que la famosa pirámide de Cheope. En Xochicaleo
sólo está en pie, en la cumbre de su eminencia llena de túneles y arcos,
el templo de granito cincelado, con las piezas enormes tan juntas que no
se ve la unión, y la piedra tan dura que no se sabe ni con qué
instrumento la pudieron cortar, ni con qué máquina la subieron tan
arriba. En Centla, revueltas por la tierra, se ven las antiguas
fortificaciones. El francés Charnay acaba de desenterrar en Tula una
casa de veinticuatro cuartos, con quince escaleras tan bellas y
caprichosas, que dice que son «obra de arrebatador interés». En la
Quemada cubren el Cerro de los Edificios las ruinas de los bastimentos y
cortinas de la fortaleza, los pedazos de las colosales columnas de
pórfido. Mitla era la ciudad de los zapotecas: en Mitla están aún en
toda su beldad les paredes del palacio donde el príncipe que iba siempre
en hombros venía a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo el
dios que se creó a sí mismo, el Pitao-Cozaana. Sostenían el techo las
columnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han caído
todavía, y que parecen en aquella soledad más imponentes que las
montañas que rodean el valle frondoso en que se levanta Mitla. De entre
la maleza alta como los árboles, salen aquellas paredes tan hermosas,
todas cubiertas de las más finas grecas y dibujos, sin curva ninguna,
sino con rectas y ángulos compuestos con mucha gracia y majestad.
Pero las ruinas más bellas de México no están por allí, sino por donde
vivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder, y recibían
de los pueblos del mar visitas y embajadores. De los mayas de Oaxaca es
la ciudad célebre de Palenque, con su palacio de muros fuertes cubiertos
de piedras talladas, que figuran hombres de cabeza de pico con la boca
muy hacia afuera, vestidos de trajes de gran ornamento, y la cabeza con
penachos de plumas. Es grandiosa la entrada del palacio, con las catorce
puertas, y aquellos gigantes de piedra que hay entre una puerta y otra.
Por dentro y fuera está el estuco que cubre la pared lleno de pinturas
rojas, azules, negras y blancas. En el interior está el patio, rodeado
de columnas. Y hay un templo de la Cruz, que se llama así, porque en una
de las piedras están dos que parecen sacerdotes a los lados de una como
cruz, tan alta como ellos; sólo que no es cruz cristiana, sino como la
de los que creen en la religión de Buda, que también tiene su cruz. Pero
ni el Palenque se puede comparar a las ruinas de los mayas yucatecos,
que son mas extrañas y hermosas.
Por Yucatán estuvo el imperio de aquellos príncipes mayas, que eran de
pómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora. En Yucatán
están las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres pisos, y con su
escalera de diez varas de ancho. Está Labná, con aquel edificio curioso
que tiene por cerca del techo una hilera de cráneos de piedra, y aquella
otra ruina donde cargan dos hombres una gran esfera, de pie uno, y el
otro arrodillado. En Yucatán está Izamal, donde se encontró aquella Cara
Gigantesca, una cara de piedra de dos varas y más. Y Kabah está allí
también, la Kabah que conserva un arco, roto por arriba, que no se puede
ver sin sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades que
celebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg y
de Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del francés Nadaillac,
son Uxmal y Chichén-Itzá, las ciudades de los palacios pintados, de las
casas trabajadas lo mismo que el encaje, de los pozos profundos y los
magníficos conventos. Uxmal está como a dos leguas de Mérida, que es la
ciudad de ahora, celebrada por su lindo campo de henequén, y porque su
gente es tan buena que recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmal
son muchas las ruinas notables, y todas, como por todo México, están en
las cumbre de las pirámides, como si fueran los edificios de más valor,
que quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones de
fábrica más ligera. La casa más notable es la que llaman en los libros
«del Gobernador» que es toda de piedra ruda, con más de cien varas de
frente y trece de ancho, y con las puertas ceñidas de un marco de madera
trabajada con muy rica labor. A otra casa le dicen de las Tortugas, y es
muy curiosa por cierto, porque la piedra imita una como empalizada, con
una tortuga en relieve de trecho en trecho. La Casa de las Monjas sí es
bella de veras: no es una casa sola, sino cuatro, que están en lo alto
de la pirámide. A una de las casas le dicen de la Culebra, porque por
fuera tiene cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le da
vuelta sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de la
pared una corona hecha de cabezas de ídolos, pero todas diferentes y de
mucha expresión, y arregladas en grupos que son de arte verdadero, por
lo mismo que parecen como puestas allí por la casualidad; y otro de los
edificios tiene todavía cuatro de las diecisiete torres que en otro
tiempo tuvo, y de las que se ven los arranques junto al techo, como la
cáscara de una muela cariada. Y todavía tiene Uxmal la Casa del Adivino,
pintada de colores diferentes, y la Casa del Enano, tan pequeña y bien
tallada que es como una caja de China, de esas que tienen labradas en la
madera centenares de figuras y tan graciosa que un viajero la llama
«obra maestra de arte y elegancia», y otro dice que «la Casa del Enano
es bonita como una joya».
La ciudad de Chichén-Itzá es toda como la Casa del Enano. Es como un
libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas en
la maraña del monte, manchadas de fango, despedazadas. Están por tierra
las quinientas columnas; las estatuas sin cabeza, al pie de las paredes
a medio caer; las calles de la yerba que ha ido creciendo en tantos
siglos, están tapiadas. Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve o
se toca, nada hay que no tenga una pintura finísima de curvas bellas, o
una escultura noble, de nariz recta y barba larga. En las pinturas de
los muros está el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos,
que se pelearon por ver quién se quedaba, con la princesa Ara: hay
procesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece que
miran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, de
negros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color tan fresco
y brillante como si aún corriera sangre por las venas de los artistas
que dejaron escritas en jeroglíficos y en pinturas la historia del
pueblo que echó sus barcos por las costas y ríos de todo Centroamérica,
y supo de Asia por el Pacífico y de África por el Atlántico. Hay piedra
en que un hombre en pie envía un rayo desde sus labios entreabiertos a
otro hombre sentado. Hay grupos y símbolos que parecen contar, en una
lengua que no se puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispo
Landa, los secretos del pueblo que construyó el Circo, el Castillo, el
Palacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios, lleno en
lo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza endurecida de
los cuerpos de las vírgenes hermosas, que morían en ofrenda a su dios,
sonriendo y cantando, como morían por el dios hebreo en el circo de Roma
las vírgenes cristianas, como moría por el dios egipcio, coronada de
flores y seguida del pueblo, la virgen más bella, sacrificada al agua
del río Nilo. ¿Quién trabajó como el encaje las estatuas de
Chichén-Itzá? ¿Adónde ha ido, adónde, el pueblo fuerte y gracioso que
ideó la casa redonda del Caracol; la casita tallada del Enano, la
culebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? ¡Qué novela tan
linda la historia de América!
Músicos, poetas y pintores.
El mundo tiene más jóvenes que viejos. La mayoría de la humanidad es de
jóvenes y niños. La juventud es la edad del crecimiento y del
desarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginación y el ímpetu.
Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien
se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste. Bien dijo el
poeta Southey, que los primeros veinte años de la vida son los que
tienen más poder en el carácter del hombre. Cada ser humano lleva en sí
un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una
estatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo.
La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. El
cuerpo es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sin
cesar, y se enriquece y perfecciona con los años. Pero las cualidades
esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se deja
ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.
En el mismo hombre suelen ir unidos un corazón pequeño y un talento
grande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por
respeto a sí propio y al mundo. Lo general es que el hombre no logre en
la vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperar
con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca. El ser bueno da gusto,
y lo hace a uno fuerte y feliz. «La verdad es--dice el norteamericano
Emerson--que la verdadera novela del mundo está en la vida del hombre, y
no hay fábula ni romance que recree más la imaginación que la historia
de un hombre bravo que ha cumplido con su deber.»
Es notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la fuerza
del talento. «Hay algunos--dice el inglés Bacon--que maduran mucho antes
de la edad y se van como vienen», que es lo mismo que dice en su latín
elegante el retórico Quintiliano. Eso se ve en muchos niños precoces,
que parecen prodigios de sabiduría en sus primeros años, y quedan
oscurecidos en cuanto entran en los años mayores.
Heinecken, el niño de la antigua ciudad de Lubeck, aprendió de memoria
casi toda la Biblia cuando tenía dos años; a los tres años, hablaba
latín y francés; a los cuatro ya lo tenían estudiando la historia de la
iglesia cristiana, y murió a los cinco. De esa pobre criatura puede
decirse lo de Bacon: «El carro de Faetón no anduvo másque un día.»
Hay niños que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones de la
precocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su infancia. En
los músicos se ve esto con frecuencia, porque la agitación del arte es
natural y sana, y el alma que la siente padece más de contenerla que de
darle salida. Haendel a los diez años había compuesto un libro de
sonatas. Su padre lo quería hacer abogado, y le prohibió tocar un
instrumento; pero el niño se procuró a escondidas un clavicordio mudo, y
pasaba las noches tocando a oscuras en las teclas sin sonido. El duque
de Sajonia Weissenfels logró, a fuerza de ruegos, que el padre
permitiera aprender la música a aquel genio perseverante, y a los
dieciséis Haendel había puesto en música el _Almira_. En veintitrés días
compuso su gran obra _El Mesías_, a los cincuenta y siete años, y cuando
murió, a los sesenta y siete, todavía estaba escribiendo óperas y
oratorios.
Haydn fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece años ya había
compuesto una misa; pero lo mejor de él, que es la _Creación_, lo
escribió cuando tenía sesenta y cinco. A Sebastián Bach le fue casi tan
difícil como a Haendel aprender la primera música, porque su hermano
mayor, el organista Cristóbal, tenía celos de él, y le escondió el libro
donde estaban las mejores piezas de los maestros del clavicordio. Pero
Sebastián encontró el libro en una alacena, se lo llevó a su cuarto, y
empezó a copiarlo a deshoras de la noche, a la luz del cielo, que en
verano es muy claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubrió, y
tuvo la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada le
valió, porque a los dieciocho años ya estaba Sebastián de músico en la
corte famosa de Weimar, y no tenía como organista más rival que Haendel.
Pero de todos los niños prodigiosos en el arte de la música, el más
célebre es Mozart. No parecía que necesitaba de maestros para aprender.
A los cuatro años cuando aún no sabía escribir, ya componía tonadas; a
los seis arregló un concierto para piano, y a los doce ya no tenía igual
como pianista, y compuso la _Finta Semplice_, que fue su primera ópera.
Aquellos maestros serios no sabían cómo entender a un niño que
improvisaba fugas dificilísimas sobre un tema desconocido, y se ponía
enseguida a jugar a caballito con el bastón de su padre. El padre anduvo
enseñándolo por las principales ciudades de Europa, vestido como un
príncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo,
sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detrás como
las pelucas. El padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, que
no era buena, sino de sacar de él cuanto dinero podía. Pero a Mozart lo
salvaba su carácter alegre; porque era un maestro en música, pero un
niño en todo lo demás. A los catorce años compuso su ópera de
_Mitrídates_, que se representó veinte noches seguidas; a los treinta y
seis, en su cama de moribundo, consumido por la agitación de su vida y
el trabajo desordenado, compuso el _Requiem_, que es una de sus obras
más perfectas.
El padre de Beethoven quería hacer de él una maravilla, y le enseñó a
fuerza de porrazos y penitencias tanta música, que a los trece años el
niño tocaba en público y había compuesto tres sonatas. Pero hasta los
veintiuno no empezó a producir sus obras sublimes. Weber, que era un
muchacho muy travieso, publicó a los doce sus seis primeras fugas, y a
los catorce compuso su ópera _Las Ninfas del Bosque_: la famosísima del
_Cazador_ la compuso a los treinta y seis. Mendelessohn aprendió a tocar
antes que a hablar, y a los doce años ya había escrito tres cuartetos
para piano, violines y contrabajo: dieciséis años cumplía cuando acabó
su primera ópera _Las Bodas de Camacho_; a los dieciocho escribió su
sonata en si bemol; antes de los veinte compuso su _Sueño de una Noche
de Verano_; a los veintidós su _Sinfonía de Reforma_, y no cesó de
escribir obras profundas y dificilísimas hasta los treinta y ocho, que
murió. Meyerbeer era a los nueve pianista excelente, y a los dieciocho
puso en el teatro de Munich su primera pieza _La Hija de Jephté_; pero
hasta los treinta y siete no ganó fama con su _Roberto el Diablo_.
El inglés Carlyle habla en su _Vida del Poeta Schiller_ de un Daniel
Schubart, que era poeta, músico y predicador, y a derechas no era nada.
Todo lo hacía por espasmos y se cansaba de todo, de sus estudios, de su
pereza y de sus desórdenes. Era hombre de mucha capacidad, notable como
músico; como predicador, muy elocuente; y hábil periodista. A los
cincuenta y dos años murió, y su mujer e hijo quedaron en la miseria.
Pero Franz Schubert, el niño maravilloso de Viena, vivió de otro modo,
aunque no fue mucho más feliz. Tocaba el violín cuando no era más alto
que él, lo mismo que el piano y el órgano. Con leer una vez una canción,
tenía bastante para ponerla en música exquisita, que parece de sueño y
de capricho, y como si fuera un aire de colores. Escribió más de
quinientas melodías, a más de óperas, misas, sonatas, sinfonías y
cuartetos. Murió pobre a los treinta y un años.
Entre los músicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa,
hijo de un zapatero remendón, era autor a los diecinueve de _La Baronesa
de Stramba_. A los ocho tocaba Paganini en el violín una sonata suya. El
padre de Rossini tocaba el trombón en una compañía de cómicos
ambulantes, en que la madre iba de cantatriz. A los diez años Rossini
iba con su padre de segundo; luego cantó en los coros hasta que se quedó
sin voz; y a los veintiún años era el autor famoso de la ópera
_Tancredo_.
Entre los pintores y escultores han sido muchos los que se han revelado
en la niñez. El más glorioso de todos es Miguel Ángel. Cuando nació lo
mandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero, por lo que
decía él después que había bebido el amor de la escultura con la leche
de la madre. En cuanto pudo manejar un lápiz le llenó las paredes al
picapedrero de dibujos, y cuando volvió a Florencia, cubría de gigantes
y leones el suelo de la casa de su padre. En la escuela no adelantaba
mucho con los libros, ni dejaba el lápiz de la mano; y había que ir a
sacarlo por fuerza de casa de los pintores. La pintura y la escultura
eran entonces, oficios bajos, y el padre, que venía de familia noble,
gastó en vano razones y golpes para convencer a su hijo de que no debía
ser un miserable cortapiedras. Pero cortapiedras quería ser el hijo, y
nada más. Cedió el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller del
pintor Ghirlandaio, quien halló tan adelantado al aprendiz que convino
en pagarle un tanto por mes. Al poco tiempo el aprendiz pintaba mejor
que el maestro; pero vio las estatuas de los jardines célebres de
Lorenzo de Médicis, y cambió entusiasmado los colores por el cincel.
Adelantó con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho años
admiraba Florencia su bajorrelieve de la _Batalla de los Centauros_; a
los veinte hizo el _Amor Dormido_, y poco después su colosal estatua de
_David_. Pintó luego, uno tras otro, sus cuadros terribles y magníficos.
Benvenuto Cellini, aquel genio creador en el arte de ornamentar, dice
que ningún cuadro de Miguel Ángel vale tanto como el que pintó a los
veintinueve años, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el baño
por sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos.
La precocidad de Rafael fue también asombrosa, aunque su padre no se le
oponía, sino le celebraba su pasión por el arte. A los diecisiete años
ya era pintor eminente. Cuentan que se llenó de admiración al ver las
obras grandiosas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y que dio en voz
alta gracias a Dios por haber nacido en el mismo siglo de aquel genio
extraordinario. Rafael pintó su _Escuela de Atenas_ a los veinticinco
años y su _Transfiguración_ a los treinta y siete. Estaba acabándola
cuando murió, y el pueblo romano llevó la pintura al Panteón, el día de
los funerales. Hay quien piensa que _La_ _Transfiguración_ de Rafael,
incompleta como está, es el cuadro más bello del mundo.
Leonardo de Vinci sobresalió desde la niñez en las matemáticas, la
música y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pintó un ángel
de tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior al
discípulo, dejó para siempre su arte. Cuando Leonardo llegó a los años
mayores era la admiración del mundo, por su poder como arquitecto e
ingeniero, y como músico y pintor. Guercino a los diez años adornó con
una virgen de fino dibujo la fachada de su casa. Tintoretto era un
discípulo tan aventajado que su maestro Tiziano se enceló de él y lo
despidió de su servicio. El desaire le dio ánimo en vez de acobardarlo,
y siguió pintando tan de prisa que le decían «el furioso». Canova, el
escultor, hizo a los cuatro años un león de un pan de mantequilla. El
dinamarqués Thorwaldsen tallaba, a los trece, mascarones para los barcos
en el taller de su padre, que era escultor en madera; y a los quince
ganó la medalla en Copenhague por su bajorrelieve del _Amor_ en
_Reposo_.
Los poetas también suelen dar pronto muestras de su vocación, sobre todo
los de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los nueve años
escribía versos a la niña de ocho años de que habla en su _Vida Nueva_. A
los diez años lamentó Tasso en verso su separación de su madre y
hermana, y se comparó al triste Ascanio cuando huía de Troya con su
padre Eneas a cuestas; a los treinta y un años puso las últimas octavas
a su poema de la _Jerusalén_, que empezó a los veinticinco.
De diez años andaba Metastasio improvisando por las calles de Roma; y
Goldoni, que era muy revoltoso, compuso a los ocho su primera comedia.
Muchas veces se escapó Goldoni de la escuela para irse detrás de los
cómicos ambulantes. Su familia logró que estudiase leyes, y en pocos
años ganó fama de excelente abogado, pero la vocación natural pudo más
en él, y dejó la curia para hacerse el poeta famoso de los comediantes.
Alfieri demostró cualidades extraordinarias desde la juventud. De niño
era muy endeble, como muchos poetas precoces, y en extremo meditabundo y
sensible. A los ocho años se quiso envenenar, en un arrebato de
tristeza, con unas yerbas que le parecían de cicuta; pero las yerbas
sólo le sirvieron de purgante. Lo encerraron en su cuarto y lo hicieron
ir a la iglesia en penitencia, con su gorro de dormir. Cuando vio el mar
por primera vez, tuvo deseos misteriosos, y conoció que era poeta. Sus
padres ricos no se habían cuidado de educarlo bien, y no pudo poner en
palabras las ideas que le hervían en la mente. Estudió, viajó, vivió sin
orden, se enamoró con frenesí. Su amada no lo quiso y él resolvió morir,
pero un criado le salvó la vida. Se curó, se volvió a enamorar, volvió
la novia a desdeñarlo, se encerró en su cuarto, se cortó el pelo de raíz
y en su soledad forzosa empezó a escribir versos. Tenía veintiséis años
cuando se representó su tragedia _Cleopatra_: en siete años compuso
catorce tragedias.
Cervantes empezó a escribir en verso, y no tenía todo el bigote cuando
ya había escrito sus pastorales y canciones a la moda italiana. Wieland,
el poeta alemán, leía de corrido a los tres años, a los siete traducía
del latín a Cornelio Nepote, y a los dieciséis escribió su primer poema
didáctico de _El Mundo Perfecto_. Klopstock, que desde niño fue
impetuoso y apasionado, comenzó a escribir su poema de la _Mesíada_ a
los veinte años.
Schiller nació con la pasión por la poesía. Cuentan que un día de
tempestad lo encontraron encaramado en un árbol adonde se había subido
«para ver de dónde venia el rayo, ¡porque era tan hermoso!» Schiller
leyó la _Mesíada a_ los catorce años, y se puso a componer un poema
sacro sobre Moisés. De Goethe se dice que antes de cumplir los ocho años
escribía en alemán, en francés, en italiano, en latín y en griego, y
pensaba tanto en las cosas de la religión que imaginó un gran «Dios de
la naturaleza», y le encendía hogares en señal de adoración. Con el
mismo afán estudiaba la música y el dibujo, y toda especie de ciencias.
El bravo poeta Koerner murió a los veinte años como quería él morir,
defendiendo a su patria. Era enfermizo de niño, pero nada contuvo su
amor por las ideas nobles que se celebran en los versos. Dos horas antes
de morir escribió El _Canto_ de _la Espada_.
Tomás Moore, el poeta de las _Melodías Irlandesas_, dice que casi todas
las comedias buenas y muchas de las tragedias famosas han sido obras de
la juventud. Lope de Vega y Calderón, que son los que más han escrito
para el teatro, empezaron muy temprano, uno a los doce años y otro a los
trece. Lope cambiaba sus versos con sus condiscípulos por juguetes y
láminas, y a los doce años ya había compuesto dramas y comedias. A los
dieciocho publicó su poema de la _Arcadia_, con pastores por héroes. A
los veintiséis iba en un barco de la armada española, cuando el asalto a
Inglaterra, y en el viaje escribió varios poemas. Pero los centenares de
comedias que lo han hecho célebre los escribió después de su vuelta a
España, siendo ya sacerdote. Calderón no escribió menos de cuatrocientos
dramas. A los trece años compuso su primera obra _El Carro del Cielo_. A
los cincuenta se hizo sacerdote, como Lope, y ya no escribió más que
piezas sagradas.
Estos poetas españoles escribieron sus obras principales antes de llegar
a los años de la madurez. Entre los poetas de las tierras del Norte la
inteligencia anda mucho más despacio. Molière tuvo que educarse por sí
mismo; pero a los treinta y un años ya había escrito El _Atolondrado_.
Voltaire a los doce escribía sátiras contra los padres jesuitas del
colegio en que se estaba educando: su padre quería que estudiase leyes,
y se desesperó cuando supo que el hijo andaba recitando versos entre la
gente alegre de París: a los veinte años estaba Voltaire preso en la
Bastilla por sus versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en
Francia: en la prisión corrigió su tragedia de _Edipo_, y comenzó su
poema la _Henriada_.
El alemán Kotzebue fue otro genio dramático precoz. A los siete años
escribió una comedia en verso, de una página. Entraba como podía en el
teatro de Weimar, y cuando no tenía con qué pagar se escondía detrás del
bombo hasta que empezaba la representación. Su mayor gusto era andar con
teatros de juguete y mover a los muñecos en la escena. A los dieciocho
años se representó su primera tragedia en un teatro de amigos.
Víctor Hugo no tenía más que quince años cuando escribió su tragedia
_Irtamene_. Ganó tres premios seguidos en los juegos florales; a los
veinte escribió _Bug Jargal_, y un año después su novela _Han de
Islandia_, y sus primeras _Odas y Baladas_. Casi todos los poetas
franceses de su tiempo eran muy jóvenes. «En Francia», decía en burla el
crítico Moreau, «ya no hay quien respete a un escritor si tiene más de
dieciocho años.»
El inglés Congreve escribió a los diecinueve su novela _Incógnita_, y
todas sus comedias antes de los veinticinco. A Sheridan lo llamaba su
maestro «burro incorregible»; pero a los veintiséis años había escrito
su _Escuela del Escándalo_. Entre los poetas ingleses de la antigüedad
hubo muy pocos precoces. Se sabe poco de Chaucer, Shakespeare y Spencer.
El mismo Shakespeare llama «primogénito de su invención»al poema _Venus
y Adonis_, que compuso a los veintiocho años. Milton tendría veintiséis
años cuando escribió su _Comus_. Pero Cowley escribía versos mitológicos
a los doce años. Pope «empezó a hablar en versos»: su salud era mísera y
su cuerpo deforme, pero por más que le doliera la cabeza, los versos le
salían muchos y buenos. El que había de idear _La Borricada_ volvió un
día a su casa echado de la escuela por una sátira que escribió contra el
maestro. Samuel Johnson dice que Pope escribió su oda a _La Soledad_ a
los doce años, y sus _Pastorales_ a los dieciséis: de los veinticinco a
los treinta, tradujo la _Ilíada_. El infeliz Chatterton logró engañar
con una maravillosa falsificación literaria a los eruditos más famosos
de su tiempo: rebosan genio la oda de Chatterton a la _Libertad_ y su
_Canto del Bardo_. Pero era fiero y arrogante, de carácter descompuesto y
defectuoso, y rebelde contra las leyes de la vida. Murió antes de haber
comenzado a vivir.
Robert Burns, el poeta escocés, escribía ya a los dieciséis años sus
encantadoras canciones montañesas. El irlandés Moore componía a los
trece, versos buenos a su Celia famosa. Y a los catorce había empezado a
traducir del griego a Anacreonte. En su casa no sabían qué significaban
aquellas ninfas, aquellos placeres alados, y aquellas canciones al vino.
Moore se libró pronto de estos modelos peligrosos, y alcanzó fama mejor
con los versos ricos de su _Lalla Rookh_ y la prosa ejemplar de su _Vida
de Byron_.
Keats, el más grande de los poetas jóvenes de Inglaterra, murió a los
veinticuatro años, ya célebre. Pero nadie hubiera podido decir en su
niñez que había de ser ilustre por su genio poético aquel estudiantuelo
feroz que andaba siempre de peleas y puñetazos. Es verdad que leía sin
cesar; aunque no pareció revelársele la vocación hasta que leyó a los
dieciséis años la _Reina Encantada_ de Spencer: desde entonces sólo
vivió para los versos.
Shelley sí fue precocísimo. Cuando estudiaba en Eton, a los quince años,
publicó una novela y dio un banquete a sus amigos con la ganancia de la
venta. Era tan original y rebelde que todos le decían «el ateo Shelley»,
o «el loco Shelley». A los dieciocho publicó su poema de la _Reina Mab_,
a los diecinueve lo echaron del colegio por el atrevimiento con que
defendió sus doctrinas religiosas; a los treinta años murió ahogado, con
un tomo de versos de Keats en el bolsillo. Maravillosa es la poesía de
Shelley por la música del verso, la elegancia de la construcción y la
profundidad de las ideas. Era un manojo de nervios siempre vibrantes, y
tenía tales ilusiones y rarezas que sus condiscípulos lo tenían por
destornillado; pero su inteligencia fue vivísima y sutil, su cuerpo
frágil se estremecía con las más delicadas emociones, y sus versos son
de incomparable hermosura.
Byron fue otro genio extraordinario y errante de la misma época de
Shelley y de Keats. Desde la escuela se le conoció el carácter
turbulento y arrebatado. De los libros se cuidaba poco; pero antes de
los ocho años ya sufría de penas de hombre. Tenía una pierna más corta
que la otra, aunque eso no le quitaba los bríos, y se hizo el dueño de
la escuela a fuerza de puños, como Keats: él mismo cuenta que de siete
batallas perdía una. Cuando estaba en Cambridge de estudiante, tenía en
su casa un oso y varios perros de presa, y cada día contaban de él una
historia escandalosa: aquél era sin embargo el niño sensible que a los
doce años había celebrado en versos sentidos a una prima suya. Leía con
afán todos los libros de literatura, y a los dieciocho años publicó para
sus amigos su primer libro de versos: _Horas de Ocio_. La _Revista de
Edimburgo_ habló del libro con desdén, y Byron contestó con su célebre
sátira sobre los _Poetas Ingleses y los Críticos de Escocia_. Cumplía
los veinticuatro cuando salió al público el primer canto de su poema
_Childe Harold_. «A los veinticinco años», dice Macaulay, «se vio Byron
en la cima de la gloria literaria, con todos los ingleses famosos de la
época a sus pies. Byron era ya más célebre que Scott, Wordsworth, y
Southey. Apenas hay ejemplo de un ascenso tan rápido a tan vertiginosa
eminencia.» Murió a los treinta y siete años, edad fatal para tantos
hombres de genio.
Coleridge, escribió a los veinticinco su himno del _Amanecer_, donde se
ven en unión completa la sublimidad y la energía. Bulwer Lytton tenía
hecho a los quince su Ismael. A los diecisiete había publicado su
primer tomo la poetisa Barrett Browning, que desde los diez escribía en
verso y prosa. Robert Browning, su marido, publicó el _Paracelso_ a los
veintitrés. A los veinte había escrito Tennyson algunas de las poesías
melodiosas que han hecho ilustre su nombre. Se ve, pues, que en el fuego
tumultuoso de la juventud han nacido muchas de las obras más nobles de
la música, la pintura y la poesía. Suele el genio poético decaer con los
años, aunque Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta.
Es seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces,
habrían imaginado después obras más perfectas que las de su juventud. La
fuerza del genio no se acaba con la juventud.
Pero las dotes especiales que hacen más tarde ilustres a los hombres se
revelan casi siempre entre los diecisiete y veintitrés años. Puede irse
desarrollando poco a poco el talento poético; pero el que es poeta de
veras, siempre lo mostrará de algún modo. Crabbe y Wordsworth, que
descubrieron el genio tarde, escribían versos desde la niñez. Crabbe
llenó de versos toda una gaveta, cuando estaba de aprendiz de cirujano;
y Wordsworth, que era agrio y melancólico de niño, empezó a hacer
cuartetas heroicas a los catorce. Shelley dice de Wordsworth que «no
tenía más imaginación que un cacharro», lo que no quita que sea
Wordsworth un poeta inmortal. No fue precoz como Shelley; pero creció
despacio y con firmeza, como un roble, hasta que llegó a su majestuosa
altura.
Walter Scott tampoco fue precoz de niño. Su maestro dijo que no tenía
cabeza para el griego, y él mismo cuenta que fue de muchacho muy
travieso y holgazán; pero gozaba de mucha salud, y era gran amigo de los
juegos de su edad. En lo primero en que se le vio el genio fue en su
gusto por las baladas antiguas, y en su facilidad extraordinaria para
inventar historias. Cuando su padre supo que había estado vagando por el
país con su camarada Clark, metiéndose por todas partes, y posando en
las casas de los campesinos, le dijo:--«¡Dudo mucho, señor, de que sirva
Ud. más que para cola de caballo!» De su facilidad para los cuentos, el
mismo Scott dice que en las horas de ocio de los inviernos, cuando no
tenían modo de estar al aire libre, mantenía muchas horas maravillados
con sus narraciones a sus compañeros de escuela, que se peleaban por
sentarse cerca del que les decía aquellas historias lindas que no
acababan nunca.
Dice Carlyle que en una clase de la escuela de gramática de Edimburgo
había dos muchachos: «John, siempre, hecho un brinquillo, correcto y
ducal; Walter, siempre desarreglado, borrico y tartamudo. Con el correr
de los años, John llegó a ser el Regidor John, de un barrio infeliz, y
Walter fue Sir Walter Scott, de todo el universo.» Dice Carlyle, con
mucho seso, que la legumbre más precoz y completa es la col. A los
treinta años no se podía decir de seguro que Scott tuviera genio para la
literatura. A los treinta y uno publicó su primer tomo del _Cancionero
de Escocia_, y no imprimió su novela _Waverley_ hasta los cuarenta y
tres, aunque la tenía escrita nueve años antes.