La historia del hombre, contada por sus casas

Ahora la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patios

enlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de años los

hombres no vivían así, ni había países de sesenta millones de

habitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no había libros que

contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, los

instrumentos de trabajar son los que enseñan cómo vivían los hombres de

antes. Eso es lo que se llama «edad de piedra», cuando los hombres

vivían casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando con las fieras del

bosque, escondidos en las cuevas de la montaña, sin saber que en el

mundo había cobre ni hierro allá en los tiempos que llaman

«paleolíticos»:--¡palabra larga esta de «paleolíticos»! Ni la piedra

sabían entonces los hombres cortar: luego empezaron a darle figura, con

unas hachas de pedernal afilado, y ésa fue la edad nueva de piedra, que

llaman «neolítica»: _neo_, nueva, _lítica_, de piedra: _paleo_, por

supuesto, quiere decir viejo, antiguo. Entonces los hombres vivían en

las cuevas de la montaña, donde las fieras no podían subir, o se abrían

un agujero en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramas

de árbol; o hacían con ramas un techo donde la roca estaba como abierta

en dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los forraban con

las pieles de los animales que cazaban: grandes eran entonces los

animales, grandes como montes. En América no parece que vivían así los

hombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos en pueblos, y no en

familias sueltas: todavía se ven las ruinas de los que llaman los

«terrapleneros», porque fabricaban con tierra unos paredones en figura

de círculo, o de triángulo, o de cuadrado, o de cuatro círculos unos

dentro de otros: otros indios vivían en casas de piedra que eran como

pueblos, y las llamaban las casas-pueblos, porque allí hubo hasta mil

familias a la vez, que no entraban a la casa por puertas, como nosotros,

sino por el techo, como hacen ahora los indios zuñis: en otros lugares

hay casas de cantos en los agujeros de las rocas, adonde subían

agarrándose de unas cortaduras abiertas a pico en la piedra, como una

escalera. En todas partes se fueron juntando las familias para

defenderse, y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos,

que es lo que llaman ciudades lacustres, porque están sobre el agua las

casas de troncos de árbol, puestas sobre pilares clavados en lo hondo, o

sujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese a flote las casas:

y a veces juntaban con vigas unas casas con otras, y les ponían

alrededor una palizada para defenderse de los vecinos que venían a

pelear, o de los animales del monte: la cama era de yerba seca, las

tazas eran de madera, las mesas y los asientos eran troncos de árboles.

Otros ponían de punta en medio de un bosque tres piedras grandes, y una

chata encima, como techo, con una cerca de piedras, pero estos dólmenes

no eran para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a oír a

los viejos y los sabios cuando cambiaba la estación, o había guerra, o

tenían que elegir rey: y para recordar cada cosa de éstas clavaban en el

suelo una piedra grande, como una columna, que llamaban «menhir» en

Europa, y que los indios mayas llamaban «katún»; porque los mayas de

Yucatán no sabían que del otro lado del mar viviera el pueblo galo, en

donde está Francia ahora, pero hacían lo mismo que los galos, y que los

germanos, que vivían donde está ahora Alemania. Estudiando se aprende

eso: que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la

misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que

la de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra de

árboles y de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene más

cosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve el cielo

oscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende, y es que donde

nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo,

empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de años.

Junto a la ciudad de Zaragoza, en España, hay familias que viven en

agujeros abiertos en la tierra del monte: en Dakota, en los Estados

Unidos, los que van a abrir el país viven en covachas, con techos de

ramas, como en la edad neolítica: en las orillas del Orinoco, en la

América del Sur, los indios viven en ciudades lacustres, lo mismo que

las que había hace cientos de siglos en los lagos de Suiza: el indio

norteamericano le pone a rastras a su caballo los tres palos de su tipi,

que es una tienda de pieles, como la que los hombres neolíticos

levantaban en los desiertos: el negro de África hace hoy su casa con las

paredes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes,

y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen

las serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos los

pueblos vivían a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce, cuando

los hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra edad de hierro.

Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en lo más hermoso de la edad

de hierro, con su torre de Eiffel que se entra por las nubes: y otros

pueblos que viven en la edad de piedra, como el indio que fabrica su

casa en las ramas de los árboles, y con su lanza de pedernal sale a

matar los pájaros del bosque y a ensartar en el aire los peces voladores

del río. Pero los pueblos de ahora crecen más de prisa, porque se juntan

con los pueblos más viejos, y aprenden con ellos lo que no saben; no

como antes, que tenían que ir poco a poco descubriéndolo todo ellos

mismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los hombres

andaban errantes huyendo de los animales, y vivían hoy acá y mañana

allá, y no sabían que eran buenos de comer los frutos de la tierra.

Luego los hombres encontraron el cobre, que era más blando que el

pedernal, y el estaño, que era más blando que el cobre, y vieron que con

el fuego se le sacaba el metal a la roca, y que con el estaño y cobre

juntos se hacía un metal nuevo, muy bueno para hachas y lanzas y

cuchillos, y para cortar la piedra. Cuando los pueblos empiezan a saber

cómo se trabaja el metal, y a juntar el cobre con el estaño, entonces

están en su edad de bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad de

hierro sin pasar por la de bronce, porque el hierro es el metal de su

tierra, y con él empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo había

cobre ni estaño. Cuando los hombres de Europa vivían en la edad de

bronce, ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectas

como las de los peruanos y mexicanos de América, en quienes estuvieron

siempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con pedernal

cuando ya tenían sus minas de oro, y sus templos con soles de oro como

el cielo, y sus huacas, que eran los cementerios del Perú, donde ponían

a los muertos con las prendas y jarros que usaban en vida. La casa del

indio peruano era de mampostería, y de dos pisos, con las ventanas muy

en alto, y las puertas más anchas por debajo que por la cornisa, que

solía ser de piedra tallada, de trabajo fino. El mexicano no hacía su

casa tan fuerte, sino más ornada, como en país donde hay muchos árboles

y pájaros. En el techo había como escalones, donde ponían las figuras de

sus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de niños, y

piernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras labradas, y

con fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando las grecas y

fimbrias que les bordaban sus mujeres en las túnicas: en las salas de

adentro labraban las cabezas de las vigas, figurando sus dioses, sus

animales o sus héroes, y por fuera ponían en las esquinas unas canales

de curva graciosa, como imitando plumas. De lejos brillaban las casas

con el sol, como si fueran de plata.

En los pueblos de Europa es donde se ven más claras las tres edades, y

mejor mientras más al Norte, porque allí los hombres vivieron solos,

cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron a vivir

por el mismo tiempo, se nota que aunque no se conocían unos a otros,

iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando capas conforme van

pasando siglos: la tierra es como un pastel de hojaldres, que tiene

muchas capas una sobre otra, capas de piedra dura, y a veces viene de

adentro, de lo hondo del mundo, una masa de roca que rompe las capas

acostadas, y sale al aire libre, y se queda por encima de la tierra,

como un gigante regañón, o como una fiera enojada, echando por el cráter

humo y fuego: así se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas de

la tierra es por donde se sabe cómo ha vivido el hombre, porque en cada

una hay enterrados huesos de él, y restos de los animales y árboles de

aquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un lugar con

las de otro se ve que los hombres viven en todas partes casi del mismo

modo en cada edad de la tierra: sólo que la tierra tarda mucho en pasar

de una edad a otra, y en echarse una capa nueva, y así sucede lo de los

romanos y los bretones de Inglaterra en tiempo de Julio César, que

cuando los romanos tenían palacios de mármol con estatuas de oro, y

usaban trajes de lana muy fina, la gente de Bretaña vivía en cuevas, y

se vestía con las pieles salvajes, y peleaba con mazas hechas de los

troncos duros.

En esos pueblos viejos sí se puede ver cómo fue adelantando el hombre,

porque después de las capas de la edad de piedra, donde todo lo que se

encuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la edad de bronce,

con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre y estaño, y luego vienen

las capas de arriba, las de los últimos tiempos, que llaman la edad de

hierro, cuando el hombre aprendió que el hierro se ablandaba al fuego

fuerte, y que con el hierro blando podía hacer martillos para romper la

roca, y lanzas para pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra:

entonces es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios y

cuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre otras

sin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos y llanos:

lo que sí se ve es que desde que vino al mundo le gustó al hombre copiar

en dibujo las cosas que veía, porque hasta las cavernas más oscuras

donde habitaron las familias salvajes están llenas de figuras talladas o

pintadas en la roca, y por los montes y las orillas de los ríos se ven

manos, y signos raros, y pinturas de animales, que ya estaban allí desde

hacía muchos siglos cuando vinieron a vivir en el país los pueblos de

ahora. Y se ve también que todos los pueblos han cuidado mucho de

enterrar a los muertos con gran respeto y han fabricado monumentos

altos, como para estar más cerca del cielo, como nosotros hacemos ahora

con las torres. Los terrapleneros hacían montañas de tierra, donde

sepultaban los cadáveres: los mexicanos ponían sus templos en la cumbre

de unas pirámides muy altas: los peruanos tenían su «chulpa» de piedra

que era una torre ancha por arriba, como un puño de bastón: en la isla

de Cerdeña hay unos torreones que llaman «nuragh», que nadie sabe de qué

pueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras enormes sus

pirámides, y con el pórfido más duro hicieron sus obeliscos famosos,

donde escribían su historia con los signos que llaman «jeroglíficos».

Ya los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse «tiempos históricos»

porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos: esos

otros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos «prehistóricos»,

de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad es que en

esos mismos pueblos históricos hay todavía mucho prehistórico, porque se

tiene que ir adivinando para ver dónde y cómo vivieron. ¿Quién sabe

cuándo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus caminos y sus

calzadas en el Perú; ni cuándo los chibchas de Colombia empezaron a

hacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qué pueblo vivió en Yucatán

antes que los mayas que encontraron allí los españoles; ni de dónde vino

la raza desconocida que levantó los terraplenes y las casas-pueblos en

la América del Norte? Casi lo mismo sucede con los pueblos de Europa;

aunque allí se ve que los hombres aparecieron a la vez, como nacidos de

la tierra, en muchos lugares diferentes; pero que donde había menos frío

y era mas alto el país fue donde vivió primero el hombre: y como que

allí empezó a vivir, allí fue donde llegó más pronto a saber, y a

descubrir los metales, y a fabricar, y de allí, con las guerras, y las

inundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando los hombres por

la tierra y el mar. En lo más elevado y fértil del continente es donde

se civilizó el hombre trasatlántico primero. En nuestra América sucede

lo mismo: en las altiplanicies de México y del Perú, en los valles altos

y de buena tierra, fue donde tuvo sus mejores pueblos el indio

americano. En el continente trasatlántico parece que Egipto fue el

pueblo más viejo, y de allí fueron entrando los hombres por lo que se

llama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron a Grecia, buscando la

libertad y la novedad, y en Grecia levantaron los edificios más

perfectos del mundo, y escribieron los libros más bien compuestos y

hermosos. Había pueblos nacidos en todos estos países, pero los que

venían de los pueblos viejos sabían más, y los derrotaban en la guerra,

o les enseñaban lo que sabían, y se juntaban con ellos. Del norte de

Europa venían otros hombres más fuertes, hechos a pelear con las fieras

y a vivir en el frío: y de lo que se llama ahora Indostán salió huyendo,

después de una gran guerra, la gente de la montaña, y se juntó con los

europeos de las tierras frías, que bajaron luego del Norte a pelear con

los romanos, porque los romanos habían ido a quitarles su libertad, y

porque era gente pobre y feroz, que le tenía envidia a Roma, porque era

sabia y rica, y como hija de Grecia. Así han ido viajando los pueblos en

el mundo, como las corrientes van por la mar, y por el aire los vientos.

Egipto es como el pueblo padre del continente trasatlántico: el pueblo

más antiguo de todos aquellos países «clásicos». Y la casa del egipcio

es como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riquísimo el Egipto,

como que el gran río Nilo crecía todos los años, y con el barro que

dejaba al secarse nacían muy bien las siembras: así que las casas

estaban como en alto, por miedo a las inundaciones. Como allá hay muchas

palmeras, las columnas de las casas eran finas y altas, como las palmas;

y encima del segundo piso tenían otro sin paredes, con un techo chato,

donde pasaban la tarde al aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcos

que iban y venían con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde,

que es de color de oro y azafrán. Las paredes y los techos están llenos

de pinturas de su historia y religión; y les gustaba el color tanto, que

hasta la estera con que cubrían el piso era de hebras decolores

diferentes.

Los hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran los

que mejor sabían hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad, hicieron

sus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes, y el techo era de

vigas de sicomoro, que es su árbol querido. El techo tenía un borde como

las azoteas, porque con el calor subía la gente allí a dormir, y la ley

mandaba que fabricasen los techos con muro, para que no cayese la gente

a tierra. Solían hacer sus casas como el templo que fabricó su gran rey

Salomón, que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechas

por la comisa, y dos columnas al lado de la puerta.

Por aquellas tierras vivían los asirios, que fueron pueblo guerreador,

que les ponía a sus casas torres, como para ver más de lejos al enemigo,

y las torres eran de almenas, como para disparar el arco desde seguro.

No tenían ventanas, sino que les venía la luz del techo. Sobre las

puertas ponían a veces piedras talladas con alguna figura misteriosa,

como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza con alas.

Los fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar,

que ponían unas sobre otras como los etruscos; pero como eran gente

navegante, que vivía del comercio, empezaron pronto a imitar las casas

de los pueblos que veían más, que eran los hebreos y los egipcios, y

luego las de los persas, que conquistaron en guerra el país de Fenicia.

Y así fueron sus casas, con la entrada hebrea, y la parte alta como las

casas de Egipto, o como las de Persia.

Los persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en que

todos esos pueblos de los alrededores vivían como esclavos suyos. Persia

es tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas de los

caballos, los puños de los sables, todo está allí lleno de joyas. Usan

mucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo les gusta de mucho color,

y muy brillante y esmaltado. Les gustan las fuentes, los jardines, los

velos de hilo de plata, la pedrería fina. Todavía hoy son así los

persas; y ya en aquellos tiempos eran sus casas de ladrillos de colores,

pero no de techo chato como las de los egipcios y hebreos, sino con una

cúpula redonda, como imitando la bóveda del cielo. En un patio estaba el

baño, en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas había patios

cuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente, entre

jarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y dibujos,

pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel hecho con cuerpos

de animales, de pecho verde y collar de oro.

Junto a Persia está el Indostán, que es de los pueblos más viejos del

mundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las platerías

la filigrana, y otros templos cavados en la roca, y figuras de su dios

Buda cortadas a pico en la montaña. Sus templos, sus sepulcros, sus

palacios, sus casas, son como su poesía, que parece escrita con colores

sobre marfil, y dice las cosas como entre hojas y flores. Hay templo en

el Indostán que tiene catorce pisos, como la pagoda de Tanjore, y está

todo labrado, desde los cimientos hasta la cúpula. Y la casa de los

hindús de antes era como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, con

los techos y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entrada

la escalinata sin baranda. Otras casas tenían torreones en la esquina, y

el terrado como los egipcios, corrido y sin las torres. Pero lo hermoso

de las casas hindús era la fantasía de los adornos, que son como un

trenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas.

En Grecia no era así, sino todo blanco y sencillo, sin lujos de

colorines. En la casa de los griegos no había ventanas, porque para el

griego fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no debía mirar el

extranjero. Eran las casas pequeñas, como sus monumentos, pero muy

lindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y dentro el

corredor de columnas, donde pasaba los días la familia, que sólo en la

noche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El comedor y el corredor

era lo que amueblaban, y eso con pocos muebles: en las paredes ponían en

nichos sus jarros preciosos: las sillas tenían filetes tallados, como

los que solían ponerles a las puertas, que eran anchas de abajo y con la

cornisa adornada de dibujos de palmas y madreselvas. Dicen que en el

mundo no hay edificio más bello que el Partenón, como que allí no están

los adornos por el gusto de adornar, que es lo que hace la gente

ignorante con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de una

especie de música que se siente y no se oye, porque el tamaño está

calculado de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que no

sea precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienen

alma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que las ve.

Se entran como amigas por el corazón. Parece que hablan.

Los etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas,

y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religión, y un

arte parecido al de los griegos, aunque les gustaba más la burla y la

extravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban, como los persas;

y en las paredes de sus sepulturas hay caballos con la cabeza amarilla y

la cola azul. Mientras fueron república libre, los etruscos vivían

dichosos, con maestros muy buenos de medicina y astronomía, y hombres

que hablaban bien de los deberes de la vida y de la composición del

mundo. Era célebre Etruria por sus sabios, y por sus jarros de barro

negro, con figuras de relieve, y por sus estatuas y sarcófagos de tierra

cocida, y por sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Pero

con la esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus dueños los

romanos. Vivían en palacios, y no en sus casas de antes; y su gusto

mayor era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era de

un piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros caídos.

Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos y

caricaturas, y sabían dibujar sus figuras como si se las viera en

movimiento.

La casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro luego

conocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en todo. El atrio

al principio fue la casa entera, y después no era más que el portal, de

donde se iba por un pasadizo al patio interior, rodeado de columnas,

adonde daban los cuartos ricos del señor, que para cada cosa tenía un

cuarto diferente: el cuarto de comer daba al corredor, lo mismo que la

sala y el cuarto de la familia, que por el otro lado abría sobre un

jardín. Adornaban las paredes con dibujos y figuras de colores

brillantes, y en los recodos había muchos nichos con jarras y estatuas.

Si la casa estaba en calle de mucha gente, hacían cuartos con puerta a

la calle, y los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abierta

se podía ver hasta el fondo del jardín. El jardín, el patio y el atrio

tenían alrededor en muchas casas una arquería. Luego Roma fue dueña de

todos los países que tenía alrededor, hasta que tuvo tantos pueblos que

no los pudo gobernar, y cada pueblo se fue haciendo libre y nombrando su

rey, que era el guerrero más poderoso de todos los del país, y vivía en

su castillo de piedra, con torres y portalones, como todos los que

llamaban «señores» en aquel tiempo de pelear; y la gente de trabajo

vivía alrededor de los castillos, en casuchos infelices. Pero el poder

de Roma había sido muy grande, y en todas partes había puentes y arcos y

acueductos y templos como los de los romanos; sólo que por el lado de

Francia, donde había muchos castillos, iban haciendo las fábricas

nuevas, y las iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas y

templos, que es lo que llaman «arquitectura románica» y del lado de los

persas y de los árabes, por donde está ahora Turquía, les ponían a los

monumentos tanta riqueza y color que parecían las iglesias cuevas de

oro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que cuando los pueblos

nuevos del lado de Francia empezaron a tener ciudades, las casas fueron

de portales oscuros y de muchos techos de pico, como las iglesias

románicas; y del lado de Turquía eran las casas como palacios, con las

columnas de piedras ricas, y el suelo de muchas piedrecitas de color, y

las pinturas de la pared con el fondo de oro, y los cristales dorados:

había barandas en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todos

los metales, que lucía como fuego: era feo y pesado tanto adorno en las

casas, que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que están

vacías.

En España habían mandado también los romanos; pero los moros vinieron

luego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llaman

mezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sueño, como si ya no

se viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje y de flores: las

puertas eran pequeñas, pero con tantos arcos que parecían grandes: las

columnas delgadas sostenían los arcos de herradura, que acababan en

pico, como abriéndose para ir al cielo: el techo era de madera fina,

pero todo tallado, con sus letras moras y sus cabezas de caballos: las

paredes estaban cubiertas de dibujos, lo mismo que una alfombra: en los

patios de mármol había laureles y fuentes: parecían como el tejido de un

velo aquellos balcones.

Con las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblos

diferentes, y cuando ya el rey pudo más que los señores de los

castillos, y todos los hombres creían en el cielo nuevo de los

cristianos, empezaron a hacer las iglesias «góticas» con sus arcos de

pico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y sus pórticos

bordados, y sus ventanas de colores. Y las torres cada vez más altas;

porque cada iglesia quería tener su torre más alta que las otras; y las

casas las hacían así también, y, los muebles. Pero los adornos llegaron

a ser muchos, y los cristianos empezaron a no creer en el cielo tanto

como antes. Hablaban mucho de lo grande que fue Roma: celebraban el arte

griego por sencillo: decían que ya eran muchas las iglesias: buscaban

modos nuevos de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera de

fabricar parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del

«Renacimiento»: pero como en el arte gótico de la «ojiva» había mucha

beldad, ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que las

adornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los balcones

elegantes de la arquitectura gótica. Eran tiempos de arte y riqueza, y

de grandes conquistas, así que había muchos señores y comerciantes con

palacio. Nunca habían vivido los hombres, ni han vuelto a vivir, en

casas tan hermosas. Los pueblos de otras razas, donde se sabe poco de

los europeos, peleaban por su cuenta o se hacían amigos, y se aprendían

su arte especial unos de otros, de modo que se ve algo de pagoda hindú

en todo lo de Asia, y hay picos como los de los palacios de Lahore en

las casas japonesas, que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas de

jugar, con sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o de

estera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvas

revueltas y los techos de punta de los pueblos hindús. En nuestra

América las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano

era el pueblo español que mandó en América, y echó abajo las casas de

los indios. Las echó abajo de raíz: echó abajo sus templos, sus

observatorios, sus torres de señales, sus casas de vivir, todo lo indio

lo quemaron los conquistadores españoles y lo echaron abajo, menos las

calzadas, porque no sabían llevar las piedras que supieron traer los

indios, y los acueductos, porque les traían el agua de beber.

Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en

cada pueblo hay su modo de fabricar, según haya frío o calor, o sean de

una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su

manera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y

griegas, y góticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara el

tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se van

juntando.

Los dos príncipes.

_Idea de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson_

/P

El palacio está de luto

Y en el trono llora el rey,

Y la reina está llorando

Donde no la pueden ver:

En pañuelos de holán fino

Lloran la reina y el rey:

Los señores del palacio

Están llorando también.

Los caballos llevan negro

El penacho y el arnés:

Los caballos no han comido,

Porque no quieren comer:

El laurel del patio grande

Quedó sin hoja esta vez:

Todo el mundo fue al entierro

Con coronas de laurel:

--¡El hijo del rey se ha muerto!

¡Se le ha muerto el hijo al rey!

En los álamos del monte

Tiene su casa el pastor:

La pastora está diciendo

«¿Por qué tiene luz el sol?»

Las ovejas, cabizbajas,

Vienen todas al portón:

¡Una caja larga y honda

Está forrando el pastor!

Entra y sale un perro triste:

Canta allá adentro una voz

«¡Pajarito, yo estoy loca,

Llévame donde él voló!»:

El pastor coge llorando

La pala y el azadón:

Abre en la tierra una fosa:

Echa en la fosa una flor:

--¡Se quedó el pastor sin hijo!

¡Murió el hijo del pastor!

P/

Nené traviesa.

¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe

mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugar

a «mamá», o «a tiendas», o «a hacer dulces» con sus muñecas, que dar la

lección de «treses y de cuatros» con la maestra que le viene a enseñar.

Porque Nené no tiene mamá: su mamá se ha muerto: y por eso tiene Nené

maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar: ¿y por

qué será?: ¡quién sabe! Será porque para jugar a hacer dulces le dan

azúcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la

primera vez: ¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedir

azúcar dos veces. Y se conoce que Nené no les quiere dar trabajo a sus

amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre

llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez

le sucedió a Nené una cosa muy rara: le pidió a su papá dos centavos

para comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó en el camino, se le olvidó

como si no hubiera pensado nunca en comprar el lápiz: lo que compró fue

un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces sus

amiguitas no le dicen Nené, sino «Merengue de Fresa».

El padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no

había visto por la mañana a «la hijita». El no le decía «Nené», sino «la

hijita». Cuando su papá venía del trabajo, siempre salía ella a

recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alas

para volar; y su papá la alzaba del suelo, como quien coge de un rosal

una rosa. Ella lo miraba con mucho cariño, como si le preguntase cosas:

y él la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar.

Pero enseguida se ponía contento, se montaba a Nené en el hombro, y

entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre traía el

papá de Nené algún libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras;

y a ella le gustaban mucho unos libros que él traía, donde estaban

pintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y allí

decía el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de la

azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean por

el cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero no: lo mismo no:

porque las niñas andan en los jardines de aquí para allá, como una hoja

de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van

siempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: ¿quién

sabe?: puede ser que haya por allá arriba quien cuide a las estrellas,

como los papás cuidan acá en la tierra a las niñas. Sólo que las

estrellas no son niñas, por supuesto, ni flores de luz, como parece de

aquí abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas

hay árboles, y agua, y gente como acá: y su papá dice que en un libro

hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. «Y dime,

papá», le preguntó Nené: «¿por qué ponen las casas de los muertos tan

tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me

toquen la música, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul.»

«¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?» Y Nené le dijo a su

papá:--«¡Malo, que crees eso!» Esa noche no se quiso ir a dormir

temprano, sino que se durmió en los brazos de su papá. ¡Los papás se

quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! Las niñitas

deben querer mucho, mucho a los papás cuando se les muere la madre.

Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro

muy grande: ¡oh, cómo pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayó

con el libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado,

y los zapaticos negros de otro. Su papá vino corriendo, y la sacó de

debajo del libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavía

y quería cargar un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y no

le habían salido barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, pero

el viejito tenía una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo

que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los

viejos: «Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo»: eso dice la

muestra de escribir. Nené se acostó muy callada, pensando en el libro.

¿Qué libro era aquél, que su papá no quiso que ella lo tocase? Cuando se

despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere saber qué libro es

aquél. Ella quiere saber cómo está hecho por dentro un libro de cien

años que no tiene barbas.

Su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la

niña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a

la niña vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de

dinero, no vaya a ser que se muera el papá, y se quede sin nada en el

mundo «la hijita». Lejos de la casa está el pobre papá, trabajando para

«la hijita». La criada está allá adentro, preparando el baño. Nadie oye

a Nené: no la está viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuarto

de los libros. Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche en

la mesa de escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis,

siete... ya está Nené en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosas

que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su silla

el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acercó

Nené, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con las

manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nené el libro:

verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo tocase.

El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las

hojas, pero ésas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el gigante que

está pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de

esmalte que lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora no

pintan los libros así! El gigante está sentado en el pico de un monte,

con una cosa revuelta, como las nubes, del cielo, encima de la cabeza:

no tiene más que un ojo, encima de la nariz: está vestido con un blusón,

como los pastores, un blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellas

pintadas, de plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, que

llega al pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo un

hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo.

¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de la

silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede ver bien

todo. Ya está el libro en el suelo.

Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con

botas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las barbas!:

otro es como indio, sí, como indio, con una corona de plumas, y la

flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va

con un traje como de señora, todo lleno de flores: el otro se parece al

chino, y lleva un sombrero de pico, así como una pera: el otro es negro,

un negro muy bonito, pero está sin vestir: ¡eso no está bien, sin

vestir! ¡por eso no quería su papá que ella tocase el libro! No: esa

hoja no se ve más, para que no se enoje su papá. ¡Muy bonito que es este

libro viejo! Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y como si

quisiera hablarle con los ojos.

¡Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no más

se rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. ¡Ahora

sí que está bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de

Noé. Aquí están pintados todos los animales del mundo. ¡Y con colores,

como el gigante! Sí, ésta es, ésta es la jirafa, comiéndose la luna:

éste es el elefante, el elefante, con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh,

los perros, cómo corre, cómo corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voy

a pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nené, por supuesto, arranca

la hoja. ¿Y qué ve mi señora Nené? Un mundo de monos es la otra pintura.

Las dos hojas del libro están llenas de monos: un mono colorado juega

con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un mono

tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negro

está jugando en la yerba con otro amarillo: ¡aquéllos, aquellos de los

árboles son los monos niños! ¡qué graciosos! ¡cómo juegan! ¡se mecen por

la cola, como el columpio! ¡qué bien, qué bien saltan! ¡uno, dos, tres,

cinco, ocho, dieciséis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola!

¡se van a tirar al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos!

Y Nené, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas. ¿Quién llama a

Nené, quién la llama? Su papá, su papá, que está mirándola desde la

puerta.

Nené no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho,

que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del monte,

que su papá es un monte que se le viene encima. Está callada, callada,

con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las

manos caídas. Y su papá le está hablando:--«¿Nené, no te dije que no

tocaras ese libro? ¿Nené, tú no sabes que ese libro no es mío, y que

vale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no sabes que para pagar ese libro

voy a tener que trabajar un año?»--Nené, blanca como el papel, se alzó

del suelo, con la cabecita caída, y se abrazó a las rodillas de su

papá:--«Mi papá», dijo Nené «¡mi papá de mi corazón! ¡Enojé a mi papá

bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a la

estrella azul!»

La Edad de Oro: publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América. · 第 12 / 25 题