Acaeció, pues, que el poeta Estesícoro, pulsando la cuerda de hierro de

su lira heptacorde, y haciendo antes una libación á las Euménides con

agua de pantano en que se habían macerado amargos ajenjos y ponzoñosa

cicuta, entonó una sátira desolladora y feroz contra Elena, esposa de

Menelao y causa de la guerra de Troya. Describía el vate con una

prolijidad de detalles que después imitó en la Odisea el divino Homero,

las tribulaciones y desventuras acarreadas por la fatal belleza de la

Tindárida: los reinos privados de sus reyes, las esposas sin esposos,

las doncellas entregadas á la esclavitud, los hijos huérfanos, los

guerreros que en el verdor de sus años habían descendido á la región de

las sombras, y cuyo cuerpo ensangrentado ni aun lograra los honores de

la pira fúnebre; y trazado este cuadro de desolación, vaciaba el carcaj

de sus agudas flechas, acribillando á Elena de invectivas y maldiciones,

cubriéndola de ignominia y vergüenza á la faz de Grecia toda.

Con gran asombro de Estesícoro, los griegos, conformes en lamentar la

funesta influencia de Elena, no aprobaron, sin embargo, la sátira. Acaso

su misma virulencia desagradó á aquel pueblo instintivamente delicado y

culto; acaso la piedad que infunde toda mujer habló en favor de la

culpable hija de Tíndaro. Su detractor se ganó fama de procaz,

lengüilargo y desvergonzado; Elena, algunas simpatías y mucha lástima.

En vista de este resultado, Estesícoro, con las orejas gachas como suele

decirse, se encerró en su casa, donde permaneció atacado de misantropía

y abrazado á su fea y adusta musa vengadora.

El sueño había cerrado sus párpados una noche, cuando á deshora creyó

sentir que una diestra fría y pesada como el mármol se posaba en su

mejilla. Despertó sobresaltado, y á la claridad de la estrella que

refulgía en la frente de la aparición, reconoció nada menos que al

divino Pólux, medio hermano de Elena. Un estremecimiento de terror

serpeó por las venas del satírico, que adivinó que Pólux venía á pedirle

estrecha cuenta del insulto.

--¿Qué me quieres?--exclamó alarmadísimo.

--Castigarte--declaró Pólux;--pero antes hablemos. Dime por qué has

lanzado contra Elena esa sátira insolente; y sé veraz, pues de nada te

serviría mentir.

--¡Es cierto!--respondió Estesícoro.--¡En vano trataría un mortal de

esconder á los inmortales lo que lleva en su corazón! Como tú puedes

leer en él, sabes de sobra que la indignación por los males que ocasionó

tu hermana y el dolor de ver á la patria afligida, me dictaron ese

canto.

--Porque leo en lo oculto sé que pretendes engañarme--murmuró con

desprecio Pólux.--Y sin poseer mi perspicacia divina los griegos, han

sabido también conocer tus móviles y tus intenciones. No existe ejemplo

¡oh poeta! de satírico que tenga por musa el bien general: siempre esta

hipócrita apariencia oculta miras personales y egoístas. Tú viste la

belleza de mi hermana; tú la codiciaste, y no pudiste sufrir que otro

cogiese las rosas cuyo aroma te enloquecía.

--Tu hermana ha ultrajado á la santa virtud--declaró enfáticamente

Estesícoro.

--Mi hermana no recibió de los dioses el encargo de representar la

virtud, sino la hermosura--replicó Pólux enojado.--Si hubiese un mortal

en quien se encarnasen á un mismo tiempo la virtud, la hermosura y la

sabiduría, ese sería igual á los inmortales. ¿Qué digo? Sería igual al

mismo Jove, padre de los dioses y los hombres; porque entre los demás

que se nutren de la ambrosía, los hay, como la sacra Venus, en quienes

sólo se cifra la belleza, y otros como la blanca Diana, en quienes se

diviniza la castidad. Si tanto te reconcomía el deseo de zaherir á los

malos, debiste hacer blanco de tu sátira á algunas de las infinitas

mujeres que en Grecia, sin poder alardear de la integridad y pureza de

Diana, carecen de las gracias y atractivos de Venus. La hermosura merece

veneración; la hermosura ha tenido y tendrá siempre altares entre

nosotros; por la hermosura, Grecia será celebrada en los venideros

siglos. Ya que has perdido el respeto á la hermosura, pierde el uso de

los sentidos, que no te sirven para recrearte en ella por la

contemplación estética.

Y vibrando un rayo del astro resplandeciente que coronaba su cabeza,

Pólux reventó el ojo derecho de Estesícoro. Aún no se había extinguido

el ¡ay! que arrancó al poeta el agudo dolor, y apenas había desaparecido

Pólux, cuando apareció el otro Dioscuro, Cástor, medio hermano también

de Elena, hijo de Leda y del sagrado cisne; y pronunciando palabras de

reprobación contra el ofensor de su hermana, con una chispa desprendida

de la estrella que lucía sobre sus cabellos, quemó el ojo izquierdo del

satírico, dejándole ciego. Alboreó poco después el día, mas no para el

malaventurado Estesícoro, sepultado en eterna y negra noche.

Levantándose como pudo, buscó á tientas un báculo; y pidiendo por

compasión á los que cruzaban la calle que le guiasen, fué á llamar á la

puerta de su amigo, el filósofo Artemidoro, y derramando un torrente de

lágrimas se arrojó en sus brazos, clamando entre gemidos desgarradores:

--¡Oh Artemidoro! ¡Desdichado de mí! ¡Ya no la veré más! ¡Ya no volveré

á disfrutar de su dulce vista!

--¿A quién dices que no verás más?--interrogó sorprendido el filósofo.

--¡A Elena, á Elena, la más hermosa de las mujeres!--gritó el satírico

llorando á moco y baba.

--¿A Elena? ¿Pues no la has rebajado tú en tus versos?--pronunció

Artemidoro más atónito cada vez.--¿No la has estigmatizado y flagelado

en una sátira quemante?

--¡Ay! ¡Por lo mismo!--sollozó Estesícoro dejándose caer al suelo y

revolcándose en él.--Ahora comprendo que mi sátira era un himno á su

hermosura... un himno vuelto del revés, pero al fin un himno. Los

celestes gemelos me han castigado privándome de la vista, y las

tinieblas en que he de vivir son más densas, porque no veré á la

encarnación humana de la forma divina, al ideal realizado en la tierra.

--No te aflijas y espera--dijo Artemidoro;--tal vez consiga yo salvarte.

* * * * *

Cuando la incomparable Elena supo de Artemidoro que su detractor

Estesícoro sólo lamentaba estar ciego por no poder admirar sus

hechizos, sonrió, halagada la insaciable vanidad femenil, y murmuró con

deliciosa coquetería: «Realmente, Artemidoro, ese vate es un infeliz, un

sér inofensivo; nadie le hace caso en Grecia, y yo menos que nadie. No

merece tanto rigor y tanta desventura. Anúnciale que voy á sanarle los

ojos.» Y tomando en sus manos ebúrneas una copa llena de agua de la

fuente Castalia, bañó con su linfa las pupilas hueras del satírico, que

al punto recobró la luz. Como el primer objeto que vió fue Elena, se

arrodilló transportado, prorrumpiendo en una oda sublime de gratitud y

arrepentimiento, que se llamó _Palinodia_.

EL MANDIL DE CUERO

No creáis que esto que voy á referir sucedió en nuestros días ni en

nuestras tierras, ni que es invención ó ficción. Si encierra alguna

moraleja aprovechable, consistirá en que la historia tiene sentido y

enseñanza. ¡Ay del género humano si la historia se redujese á la

opresión del débil por el fuerte, al triunfo de la violencia!

Érase que se era un rey de Persia, á quien muchos llaman Nemrod, pero

que según versiones más fundadas debió de llamarse Doac, y fue matador y

sucesor de aquel Yemsid cuyo pecado consistía en creerse perfecto. Este

Doac era mago, brujo y sabidor; pero en vez de ejercitar su ciencia

según la habían ejercitado sus predecesores--fundando ciudades,

enseñando y propagando artes é industrias, venciendo en singular batalla

á los _divos_ ó genios del mal, estableciendo las primeras pesquerías de

perlas, horadando las primeras minas de turquesas, popularizando el

conocimiento del alfabeto y de los signos que trazados sobre ladrillo ó

piedra conservan al través de las edades el recuerdo de los hechos

insignes,--el empecatado Doac sólo utilizó su magia para componer y

destilar filtros y venenos y refinar ingeniosos suplicios, porque se

deleitaba en el dolor, y los gemidos eran para él regalada música. Hasta

el reinado de Doac, no sabían los persas cómo desgarra las carnes un haz

de varillas, ni cómo aprieta la nuez una soga. Cuando se pregunta qué

enseñó Doac á sus súbditos, la crónica responde que enseñó á azotar y

ahorcar.

Cansado sin duda el cielo, infligió á Doac un padecimiento cruel y

vergonzoso. Una mañana, al disponerse á gozar las delicias del baño,

notó el rey que en cada hombro le había salido gruesa verruga, tamaña

como un huevo y de la mismísima figura que una cabeza de

serpiente--chata, verdosa, horrible.--Al principio no dolían las tales

excrecencias, pero no tardaron en ulcerarse y causar atroz martirio, que

determinaba en Doac accesos de rabia, siendo lo peor que como no quería

enseñar á los médicos ni á persona viviente su asqueroso alifafe, tenía

que lavarse, curarse y vestirse solo, y atender á las úlceras con las

plastas y ungüentos que encontraba en su repertorio mágico. Desesperado

ya de tantas recetas que habían salido vanas, y realizando nuevos

conjuros, un día amaneció con la persuasión de que el único remedio eran

los sesos de un hombre, aplicados calientes aún á las enconadas

heridas.

No vaya nadie á asustarse de la ignorancia que esto acusa en los tiempos

de Doac, pues aún en los nuestros hemos podido ver que se receta el

redaño del carnero, el pichón abierto en canal, y el trozo de carne de

buey sobre el _lupus_. Que la sangrienta medicina sería algo eficaz, se

demuestra con que poco á poco fueron vaciándose las prisiones del reino

de Persia; diariamente ejecutaban á dos presos para sacarles el meollo.

Mas no hay en el mundo cosa que no se agote, y también los criminales

encerrados; así es que, cuando faltó la ración de meollo fresco, se fijó

un tributo de dos hombres por día, que cobraban sayones y verdugos

enviados aquí y allí á requisar. Solían éstos elegir, entre las familias

numerosas, el individuo enfermizo, deforme, imposibilitado, el viejo, el

inútil. Y ocurrió que enterándose Doac de esta circunstancia, montó en

furiosa cólera, jurando que si seguían dándole el desecho y lo peor de

los sesos de sus vasallos, los degollaría á todos. Entonces los verdugos

resolvieron sacrificar lo más florido de Yspahan, para dejar al rey

satisfecho.

No se determinaron, sin embargo, á buscar víctimas entre la gente

poderosa--magnates, empleados de la casa real;--pero, en los primeros

instantes, acordáronse de que un pobre herrero, llamado Cavé, tenía dos

hijos como dos pinos de oro, gallardos en extremo y diestros en todos

los ejercicios corporales; y pareciéndoles buena presa, los

sorprendieron en la plaza pública, los degollaron, les abrieron el

cráneo, y llevaron á Doac su masa cerebral caliente todavía.

Hallábase Cavé trabajando en su forja, cuando los vecinos, entre

compasivos é indiscretos, acudieron á darle la fatal nueva. Al pronto

pareció como si el mísero padre no se hubiese enterado de la inaudita

desventura que le comunicaban: helado, inmóvil, mudo, escuchó la

relación del atroz caso. De súbito, su pena estalló formidable cual

transporte de león que rompe la cadena y arranca de un zarpazo los

hierros de la jaula. Lo que hizo saltar á Cavé fue saber que

precisamente por ser sus hijos fuertes, inteligentes y hermosos, los

habían señalado para la cuchilla. «¡No dejarme ni siquiera uno para

consuelo! ¡Ah! Juro por la luz eterna del Sol que me vengaré.» Y el

herrero, gritando así, blandía su enorme martillo, y al blandirlo,

montañas de carne bronceada, endurecida por el trabajo, se acumulaban en

su brazo desnudo y negro de escoria.

Desciñéndose el amplio mandilón de cuero que le protegía, Cavé lo ató á

la punta de un palo, y con el mandil por estandarte y el martillo por

arma, salió á la plaza profiriendo clamores de maldición contra Doac. A

la voz del desesperado padre, sucedió un extraño fenómeno: los

habitantes de Yspahan, que yacían aletargados y helados de miedo,

recobraron energía, sacudieron la modorra; al ver que existía un hombre

que se atrevía á enarbolar un estandarte, corrieron á rodearle locos de

entusiasmo, y la sedición estalló tan repentina, que el tirano sólo

tuvo tiempo de huir vergonzosamente con sus mujeres y sus tesoros.

Lejos ya de Yspahan, juntó Doac un ejército de más de cien mil hombres,

y volvió dispuesto á disolver las hordas que un artesano capitaneaba y

que tenían por bandera sucio y denegrido mandil de cuero. Pero avínole

mal, porque el bordado guión de Doac, de seda y oro, recamado de perlas,

ostentando por emblemas los siete planetas y la luna, hubo de retroceder

ante el pedazo de suela que sólo lucía los estigmas del trabajo y las

huellas del humano sudor; y la cabeza de Doac, goteando sangre, lívida,

contraída por la mueca de la agonía, quedó hincada en el palo que

sostenía el mandil de cuero, mientras las tropas de Cavé, habiendo

despojado al tirano de sus vestiduras, se reían á carcajadas de las dos

verrugas que en sus hombros figuraban cabezas de serpiente...

Al ser saludado rey por su ejército, el herrero se negó rotundamente á

aceptar la corona. Él mismo señaló para reinar al príncipe Feridún, que

después fue un gran monarca y un sabio profundo, y enseñó á los persas

la astronomía, la medicina y la botánica. La única gloria que cupo á

Cavé el herrero se cifró en su mandil, que Feridún tomó por estandarte

regio. Siempre que al entrar en batalla Feridún, sin falso rubor ni

respetos humanos, colocaba ante sí aquel trozo de suela que representaba

la santidad del trabajo y la protesta contra la injusticia y el abuso

del poder, era como si llevase un talismán: tenía la victoria segura.

Cuando se avergonzaba del mandil de cuero, salía derrotado. Por haberse

perdido en las revueltas y vicisitudes de la invasión griega el mandil,

símbolo de que no debe el monarca colmar la copa de la iniquidad para

que no se desborde la de la ira celeste; por haber desaparecido, digo,

el estandarte de Cavé y su tradición de independencia, llegaron los

persas, pueblo nobilísimo en su origen y de altas facultades

intelectuales, al atraso, al servilismo y á la abyección en que hoy se

pudren.

LOS CABELLOS

Era en el doble reducto de la plaza fuerte de Mahanaim. Entre ambas

líneas de fortificaciones, sobre el reborde de piedra gris que sostenía

la casamata, David, estenuado, se sentó á esperar noticias. Más de dos

horas hacía que daba vueltas impaciente, porque no acababan de llegar

los mensajeros. Aumentaba su fiebre la imposibilidad de acudir en

persona al campo de batalla, lo cual rompería su propósito firme de no

mandar nunca tropas en casos de guerra civil. Si se tratase de combatir

á los filisteos y de renovar los laureles de Balparasim, derramando la

heroica libación del agua sagrada de Belén, por no aplacar la sed cuando

desfallecían los soldados, ó de organizar otra batalla de Refaim, donde

por primera vez en el mundo antiguo hizo milagros la estrategia; si se

encendiese la lucha con los Moabitas idólatras y libres, ó con los

opulentos Arameos, ó con los insolentes Amonitas, que habían ultrajado á

los embajadores de Israel,--allí estaría David el hondero, el _gibor_,

el aventurero para quien es dulce música, más que el acorde de la

cítara, el choque de las armas. Pero oponerse á los suyos, desenvainar

la espada ó blandir la lanza para que busque el costado de un amigo, de

un pariente, de un compañero--había repugnado á David.--Y ahora, en el

trágico momento presente, el rey bendecía aquella antigua resolución,

que le evitaba luchar con su propia sangre, el preferido de su alma, la

luz de su ojo derecho, su hijo!

Hay en las situaciones violentas y en las horas de extremada ansiedad un

instante en que los nervios se aflojan y el cuerpo se rinde á la

necesidad de descanso. La inquietud, la calentura del viejo monarca se

aplacaron desde que se dejó caer sobre aquel reborde de piedra en el

solitario fortificado recinto. Por las saeteras veía la luz roja del

Poniente, que abrasaba el campo con reflejos de hoguera enorme. Aquella

claridad purpúrea, sangrienta, devoradora, fue lo último que advirtió

David antes de cerrar los párpados y reclinar la cabeza en el muro,

olvidando lo presente, las angustias de la incertidumbre y los terrores

del espíritu...

Y después siguió viendo la misma claridad del ocaso; pero sus tonos se

habían dulcificado, fundiéndose en suaves medias tintas naranja, oro y

verde. Era el divino atardecer de los países orientales, cien veces más

hermoso que la aurora. Irisaciones de perla abrillantaban las

imperceptibles nubecillas desgarradas como girones del velo de una

danzarina filistea; y sobre el arrebolado horizonte, las ramas de los

sicomoros y de los cedros formaban un pabellón de misterio y sombra

sugestiva. La frescura del aire atenuaba las emanaciones fuertes de las

resinas y las gomas; una languidez voluptuosa se apoderaba del corazón.

David se levantaba, se apoyaba en el balaustre de jaspe de la terraza,

se inclinaba para hundir la mirada en los macizos de verdura, atraído

por el rumor delicioso de los chorros de agua que se deshilan en el

ancho pilón de mármol, surtiendo por diez bocas de bronce. Y al punto

mismo en que el rey se inclina, sobre las gradas que conducen á la pila

aparece una viviente estatua, rosada por el reflejo del cielo, vestida

únicamente de la negra cabellera caudalosa, que se reparte como los

hilos del agua, y ondea y brilla, y juega y se esparce, recién ungida de

aceite de nardo que la mujer, alzando los brazos, extiende por los rizos

sombríos, enredándolos entre los dedos...

Todo el incendio del firmamento ardió en las venas de David. Él mismo,

desde aquella hora, se maravilló dentro de sí, no comprendiendo. Estaba

bien seguro de que su fiel copero no le había vertido en el vino zumo de

hierbas, en las cuales el conjuro de alguna nigromántica como la de

Endor insinúa traidoramente el filtro de la pasión repentina y mortal.

Pasados eran para David los días de la juventud, cuando su mano certera

clavaba el guijarro afilado en la frente del descomunal gigante.

Innumerables mujeres habían impregnado el olfato del rey con el perfume

de sus cabelleras, y al disiparse éste se borraba la imagen, porque es

indigno del sabio, del profeta, del caudillo, del legislador,

reblandecerse en el harem, ser cautivo de una débil hembra. Y sin

embargo, en aquel instante, no cabía duda, era el incendio del cielo el

que ardía en las venas de David, y el rey conocía que ni toda el agua de

la piscina, ni la de los torrentes que bajan impetuosos de Cedar y

Hebrón, sería bastante á extinguirlo. Betsabé le había robado el seso,

no con el crujir de sus sandalias--porque descalzos tenía los finos pies

y hasta sin argolla de plata el sutil tobillo,--sino con el aroma

peculiar de sus bucles negros como la tentación.

Rápidamente sobrevenía la noche, y muchas noches más, durante las cuales

David se abismaba en su pecado, esperando de un modo confuso la hora del

arrepentimiento. Presentía la aparición de la conciencia, el descenso

del ángel severo y terrible. Era inútil: su pecado yacía hondo en su

corazón, arraigado allí y fijo á manera de saeta en la herida. Ni la

ciencia arcana que había de recibir andando el tiempo Suleimán, á quien

llamamos Salomón, acertará á explicar las causas de la perseverancia en

el amor, fenómeno extraño que induce fatalmente á un sér hacia otro sér.

David no podía vivir sin la esposa de Urías el Héteo, el mejor oficial,

el valiente compañero de armas. ¡Si aquella mujer hubiese pertenecido á

un enemigo! David, estremeciéndose, pensaba en las sugestiones del

miedo de la favorita, en las súplicas tiernas é insinuantes como silbo

de culebra entre las rosas del valle de Jericó. «No accederé»,

murmuraba; pero la idea del engaño y del crimen iba ya deslizándose en

su alma, impregnándola de veneno. Urías estaba sentenciado... El

sentimiento más generoso y bello que crea la vida militar; el leal

compañerismo, el cariño de los que á un mismo riesgo se exponen y ganan

la misma gloria, le gritaba á David: «Vas á cometer la mayor de las

infamias». Y á sabiendas, David, el de la conciencia despierta, el gran

arrepentido, el que sentía incesantemente la tremenda presencia de

Eloim-Jehová,--por el olor de unos cabellos de mujer envió al capitán

Urías, uno de los treinta _gibores_ ó valientes, bajo los muros de

Rabat-Amón, con mensaje cerrado para el general Joab; y en cumplimiento

de la real orden, Urías fue puesto á la cabeza de un destacamento que á

toda costa debía entrar en la ciudad. Y Urías obedeció, gozoso, ansioso

de victoria, y su cuerpo quedó tendido al pie de la muralla, bañado en

sangre!

En los oídos de David, llenos de la voz acariciadora y ambiciosa de

Betsabé, sonaba entonces otra voz terrible, la del vidente Natán, por

cuya boca hablaba el Señor. Trémulo en brazos de la favorita, de la que

ya era su esposa, se humillaba ante el airado anatema, la maldición

fatídica. «Porque hiciste lo malo en mi presencia, no se apartará espada

de tu casa, y sobre tu casa levantaré el mal...»

Al evocar las palabras del vidente, David exhalaba un gemido doloroso...

y se despertaba, empapadas las sienes en sudor frío. Miraba alrededor

con ojos extraviados y atónitos, y reconocía el lugar, aquel doble

recinto fortificado de Mahanaim, tétrico y ceñudo, donde sólo resonaban

los pasos del centinela y se escuchaba, á trechos, el alerta gutural del

vigía. A la roja brasa del Poniente había sucedido el azul negruzco de

la noche, sobre el cual parpadeaban las estrellas tristemente. ¿Sin

noticias aún? ¿Qué podía haber sucedido allá en la selva de Efraim,

donde desde la hora de la mañana luchaban las fuerzas del rebelde

Absalón con las de David, mandadas por Joab? ¿Qué estragos hacía la

espada aquella, nunca apartada de su casa, según la profecía? De súbito,

un clamoreo á distancia, una algazara inmensa. Confundíanse el trotar de

los corceles, el choque de las armas, el estrépito de la infantería

hiriendo la tierra con el duro calzado militar, y empujando á los

cautivos entre alaridos de muerte y gritos de cólera, el mugir de los

bueyes que arrastraban las carretas del botín,--todo lo que al oído

experto del guerrero suena á triunfo. David se incorporó, pálido y

espantado: la guarnición de la plaza acudía con teas ardiendo, y el

primer mensajero caía á los pies del rey, sin aliento, ahogándose.

«Alabemos al Señor»... tartamudeaba. «Deshecha la rebelión, pasados á

cuchillo tus enemigos... ¡gloria al rey!»--Arrojándose sobre el

emisario, David exclamó furiosamente:

--¿Y mi hijo? ¿Y Absalón, mi hijo, mi heredero, el príncipe real?

No hubo respuesta. Otro emisario llegaba jadeante, loco de júbilo. «El

Señor ha confundido á los que te querían dañar. Veinte mil quedan en el

campo de batalla, consumidos por la espada, sirviendo de pasto á los

buitres, Y Absalón, suspenso entre el cielo y la tierra, colgado de las

ramas de un terebinto, ha recibido en el pecho muchos dardos. Dicha tuya

ha sido ¡oh rey! que los hermosos cabellos del príncipe, todos

impregnados de esencia, se enredaran en las ramas y le detuviesen en su

precipitada fuga. A no ser por los negros bucles, que caían como maduros

racimos de vid á lo largo de la espalda... tu enemigo se hubiese

salvado; tan ligera iba su mula...»

Y el emisario calló, porque el rey acababa de desplomarse en tierra

arañándose el rostro, arrancándose el pelo y sollozando: ¡Hijo, hijo

mío!

AL BUEN CALLAR...

No tenían más hijo que aquél los duques de Toledo, pero era un niño como

unas flores; sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna, de

condición tan angelical y noble, que le amaban sus servidores punto

menos que sus padres. Traíale su madre vestido de terciopelo que

guarnecían encajes de Holanda, luciendo guantes de olorosa gamuza y

brincos y joyeles de pedrería en el cintillo del birrete; y al mirarle

pasar por la calle, bizarro y galán cual un caballero en miniatura, las

mujeres le echaban besos con la punta de los dedos, las vejezuelas reían

guiñando el ojo para significar «¡Quién te verá á los veinte!», y los

graves beneficiados y los frailes austeros, sacando la cabeza de la

capucha y las manos de las mangas, le enviaban al paso una bendición.

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 12 / 13 段