su lira heptacorde, y haciendo antes una libación á las Euménides con
agua de pantano en que se habían macerado amargos ajenjos y ponzoñosa
cicuta, entonó una sátira desolladora y feroz contra Elena, esposa de
Menelao y causa de la guerra de Troya. Describía el vate con una
prolijidad de detalles que después imitó en la Odisea el divino Homero,
las tribulaciones y desventuras acarreadas por la fatal belleza de la
Tindárida: los reinos privados de sus reyes, las esposas sin esposos,
las doncellas entregadas á la esclavitud, los hijos huérfanos, los
guerreros que en el verdor de sus años habían descendido á la región de
las sombras, y cuyo cuerpo ensangrentado ni aun lograra los honores de
la pira fúnebre; y trazado este cuadro de desolación, vaciaba el carcaj
de sus agudas flechas, acribillando á Elena de invectivas y maldiciones,
cubriéndola de ignominia y vergüenza á la faz de Grecia toda.
Con gran asombro de Estesícoro, los griegos, conformes en lamentar la
funesta influencia de Elena, no aprobaron, sin embargo, la sátira. Acaso
su misma virulencia desagradó á aquel pueblo instintivamente delicado y
culto; acaso la piedad que infunde toda mujer habló en favor de la
culpable hija de Tíndaro. Su detractor se ganó fama de procaz,
lengüilargo y desvergonzado; Elena, algunas simpatías y mucha lástima.
En vista de este resultado, Estesícoro, con las orejas gachas como suele
decirse, se encerró en su casa, donde permaneció atacado de misantropía
y abrazado á su fea y adusta musa vengadora.
El sueño había cerrado sus párpados una noche, cuando á deshora creyó
sentir que una diestra fría y pesada como el mármol se posaba en su
mejilla. Despertó sobresaltado, y á la claridad de la estrella que
refulgía en la frente de la aparición, reconoció nada menos que al
divino Pólux, medio hermano de Elena. Un estremecimiento de terror
serpeó por las venas del satírico, que adivinó que Pólux venía á pedirle
estrecha cuenta del insulto.
--¿Qué me quieres?--exclamó alarmadísimo.
--Castigarte--declaró Pólux;--pero antes hablemos. Dime por qué has
lanzado contra Elena esa sátira insolente; y sé veraz, pues de nada te
serviría mentir.
--¡Es cierto!--respondió Estesícoro.--¡En vano trataría un mortal de
esconder á los inmortales lo que lleva en su corazón! Como tú puedes
leer en él, sabes de sobra que la indignación por los males que ocasionó
tu hermana y el dolor de ver á la patria afligida, me dictaron ese
canto.
--Porque leo en lo oculto sé que pretendes engañarme--murmuró con
desprecio Pólux.--Y sin poseer mi perspicacia divina los griegos, han
sabido también conocer tus móviles y tus intenciones. No existe ejemplo
¡oh poeta! de satírico que tenga por musa el bien general: siempre esta
hipócrita apariencia oculta miras personales y egoístas. Tú viste la
belleza de mi hermana; tú la codiciaste, y no pudiste sufrir que otro
cogiese las rosas cuyo aroma te enloquecía.
--Tu hermana ha ultrajado á la santa virtud--declaró enfáticamente
Estesícoro.
--Mi hermana no recibió de los dioses el encargo de representar la
virtud, sino la hermosura--replicó Pólux enojado.--Si hubiese un mortal
en quien se encarnasen á un mismo tiempo la virtud, la hermosura y la
sabiduría, ese sería igual á los inmortales. ¿Qué digo? Sería igual al
mismo Jove, padre de los dioses y los hombres; porque entre los demás
que se nutren de la ambrosía, los hay, como la sacra Venus, en quienes
sólo se cifra la belleza, y otros como la blanca Diana, en quienes se
diviniza la castidad. Si tanto te reconcomía el deseo de zaherir á los
malos, debiste hacer blanco de tu sátira á algunas de las infinitas
mujeres que en Grecia, sin poder alardear de la integridad y pureza de
Diana, carecen de las gracias y atractivos de Venus. La hermosura merece
veneración; la hermosura ha tenido y tendrá siempre altares entre
nosotros; por la hermosura, Grecia será celebrada en los venideros
siglos. Ya que has perdido el respeto á la hermosura, pierde el uso de
los sentidos, que no te sirven para recrearte en ella por la
contemplación estética.
Y vibrando un rayo del astro resplandeciente que coronaba su cabeza,
Pólux reventó el ojo derecho de Estesícoro. Aún no se había extinguido
el ¡ay! que arrancó al poeta el agudo dolor, y apenas había desaparecido
Pólux, cuando apareció el otro Dioscuro, Cástor, medio hermano también
de Elena, hijo de Leda y del sagrado cisne; y pronunciando palabras de
reprobación contra el ofensor de su hermana, con una chispa desprendida
de la estrella que lucía sobre sus cabellos, quemó el ojo izquierdo del
satírico, dejándole ciego. Alboreó poco después el día, mas no para el
malaventurado Estesícoro, sepultado en eterna y negra noche.
Levantándose como pudo, buscó á tientas un báculo; y pidiendo por
compasión á los que cruzaban la calle que le guiasen, fué á llamar á la
puerta de su amigo, el filósofo Artemidoro, y derramando un torrente de
lágrimas se arrojó en sus brazos, clamando entre gemidos desgarradores:
--¡Oh Artemidoro! ¡Desdichado de mí! ¡Ya no la veré más! ¡Ya no volveré
á disfrutar de su dulce vista!
--¿A quién dices que no verás más?--interrogó sorprendido el filósofo.
--¡A Elena, á Elena, la más hermosa de las mujeres!--gritó el satírico
llorando á moco y baba.
--¿A Elena? ¿Pues no la has rebajado tú en tus versos?--pronunció
Artemidoro más atónito cada vez.--¿No la has estigmatizado y flagelado
en una sátira quemante?
--¡Ay! ¡Por lo mismo!--sollozó Estesícoro dejándose caer al suelo y
revolcándose en él.--Ahora comprendo que mi sátira era un himno á su
hermosura... un himno vuelto del revés, pero al fin un himno. Los
celestes gemelos me han castigado privándome de la vista, y las
tinieblas en que he de vivir son más densas, porque no veré á la
encarnación humana de la forma divina, al ideal realizado en la tierra.
--No te aflijas y espera--dijo Artemidoro;--tal vez consiga yo salvarte.
* * * * *
Cuando la incomparable Elena supo de Artemidoro que su detractor
Estesícoro sólo lamentaba estar ciego por no poder admirar sus
hechizos, sonrió, halagada la insaciable vanidad femenil, y murmuró con
deliciosa coquetería: «Realmente, Artemidoro, ese vate es un infeliz, un
sér inofensivo; nadie le hace caso en Grecia, y yo menos que nadie. No
merece tanto rigor y tanta desventura. Anúnciale que voy á sanarle los
ojos.» Y tomando en sus manos ebúrneas una copa llena de agua de la
fuente Castalia, bañó con su linfa las pupilas hueras del satírico, que
al punto recobró la luz. Como el primer objeto que vió fue Elena, se
arrodilló transportado, prorrumpiendo en una oda sublime de gratitud y
arrepentimiento, que se llamó _Palinodia_.
EL MANDIL DE CUERO
No creáis que esto que voy á referir sucedió en nuestros días ni en
nuestras tierras, ni que es invención ó ficción. Si encierra alguna
moraleja aprovechable, consistirá en que la historia tiene sentido y
enseñanza. ¡Ay del género humano si la historia se redujese á la
opresión del débil por el fuerte, al triunfo de la violencia!
Érase que se era un rey de Persia, á quien muchos llaman Nemrod, pero
que según versiones más fundadas debió de llamarse Doac, y fue matador y
sucesor de aquel Yemsid cuyo pecado consistía en creerse perfecto. Este
Doac era mago, brujo y sabidor; pero en vez de ejercitar su ciencia
según la habían ejercitado sus predecesores--fundando ciudades,
enseñando y propagando artes é industrias, venciendo en singular batalla
á los _divos_ ó genios del mal, estableciendo las primeras pesquerías de
perlas, horadando las primeras minas de turquesas, popularizando el
conocimiento del alfabeto y de los signos que trazados sobre ladrillo ó
piedra conservan al través de las edades el recuerdo de los hechos
insignes,--el empecatado Doac sólo utilizó su magia para componer y
destilar filtros y venenos y refinar ingeniosos suplicios, porque se
deleitaba en el dolor, y los gemidos eran para él regalada música. Hasta
el reinado de Doac, no sabían los persas cómo desgarra las carnes un haz
de varillas, ni cómo aprieta la nuez una soga. Cuando se pregunta qué
enseñó Doac á sus súbditos, la crónica responde que enseñó á azotar y
ahorcar.
Cansado sin duda el cielo, infligió á Doac un padecimiento cruel y
vergonzoso. Una mañana, al disponerse á gozar las delicias del baño,
notó el rey que en cada hombro le había salido gruesa verruga, tamaña
como un huevo y de la mismísima figura que una cabeza de
serpiente--chata, verdosa, horrible.--Al principio no dolían las tales
excrecencias, pero no tardaron en ulcerarse y causar atroz martirio, que
determinaba en Doac accesos de rabia, siendo lo peor que como no quería
enseñar á los médicos ni á persona viviente su asqueroso alifafe, tenía
que lavarse, curarse y vestirse solo, y atender á las úlceras con las
plastas y ungüentos que encontraba en su repertorio mágico. Desesperado
ya de tantas recetas que habían salido vanas, y realizando nuevos
conjuros, un día amaneció con la persuasión de que el único remedio eran
los sesos de un hombre, aplicados calientes aún á las enconadas
heridas.
No vaya nadie á asustarse de la ignorancia que esto acusa en los tiempos
de Doac, pues aún en los nuestros hemos podido ver que se receta el
redaño del carnero, el pichón abierto en canal, y el trozo de carne de
buey sobre el _lupus_. Que la sangrienta medicina sería algo eficaz, se
demuestra con que poco á poco fueron vaciándose las prisiones del reino
de Persia; diariamente ejecutaban á dos presos para sacarles el meollo.
Mas no hay en el mundo cosa que no se agote, y también los criminales
encerrados; así es que, cuando faltó la ración de meollo fresco, se fijó
un tributo de dos hombres por día, que cobraban sayones y verdugos
enviados aquí y allí á requisar. Solían éstos elegir, entre las familias
numerosas, el individuo enfermizo, deforme, imposibilitado, el viejo, el
inútil. Y ocurrió que enterándose Doac de esta circunstancia, montó en
furiosa cólera, jurando que si seguían dándole el desecho y lo peor de
los sesos de sus vasallos, los degollaría á todos. Entonces los verdugos
resolvieron sacrificar lo más florido de Yspahan, para dejar al rey
satisfecho.
No se determinaron, sin embargo, á buscar víctimas entre la gente
poderosa--magnates, empleados de la casa real;--pero, en los primeros
instantes, acordáronse de que un pobre herrero, llamado Cavé, tenía dos
hijos como dos pinos de oro, gallardos en extremo y diestros en todos
los ejercicios corporales; y pareciéndoles buena presa, los
sorprendieron en la plaza pública, los degollaron, les abrieron el
cráneo, y llevaron á Doac su masa cerebral caliente todavía.
Hallábase Cavé trabajando en su forja, cuando los vecinos, entre
compasivos é indiscretos, acudieron á darle la fatal nueva. Al pronto
pareció como si el mísero padre no se hubiese enterado de la inaudita
desventura que le comunicaban: helado, inmóvil, mudo, escuchó la
relación del atroz caso. De súbito, su pena estalló formidable cual
transporte de león que rompe la cadena y arranca de un zarpazo los
hierros de la jaula. Lo que hizo saltar á Cavé fue saber que
precisamente por ser sus hijos fuertes, inteligentes y hermosos, los
habían señalado para la cuchilla. «¡No dejarme ni siquiera uno para
consuelo! ¡Ah! Juro por la luz eterna del Sol que me vengaré.» Y el
herrero, gritando así, blandía su enorme martillo, y al blandirlo,
montañas de carne bronceada, endurecida por el trabajo, se acumulaban en
su brazo desnudo y negro de escoria.
Desciñéndose el amplio mandilón de cuero que le protegía, Cavé lo ató á
la punta de un palo, y con el mandil por estandarte y el martillo por
arma, salió á la plaza profiriendo clamores de maldición contra Doac. A
la voz del desesperado padre, sucedió un extraño fenómeno: los
habitantes de Yspahan, que yacían aletargados y helados de miedo,
recobraron energía, sacudieron la modorra; al ver que existía un hombre
que se atrevía á enarbolar un estandarte, corrieron á rodearle locos de
entusiasmo, y la sedición estalló tan repentina, que el tirano sólo
tuvo tiempo de huir vergonzosamente con sus mujeres y sus tesoros.
Lejos ya de Yspahan, juntó Doac un ejército de más de cien mil hombres,
y volvió dispuesto á disolver las hordas que un artesano capitaneaba y
que tenían por bandera sucio y denegrido mandil de cuero. Pero avínole
mal, porque el bordado guión de Doac, de seda y oro, recamado de perlas,
ostentando por emblemas los siete planetas y la luna, hubo de retroceder
ante el pedazo de suela que sólo lucía los estigmas del trabajo y las
huellas del humano sudor; y la cabeza de Doac, goteando sangre, lívida,
contraída por la mueca de la agonía, quedó hincada en el palo que
sostenía el mandil de cuero, mientras las tropas de Cavé, habiendo
despojado al tirano de sus vestiduras, se reían á carcajadas de las dos
verrugas que en sus hombros figuraban cabezas de serpiente...
Al ser saludado rey por su ejército, el herrero se negó rotundamente á
aceptar la corona. Él mismo señaló para reinar al príncipe Feridún, que
después fue un gran monarca y un sabio profundo, y enseñó á los persas
la astronomía, la medicina y la botánica. La única gloria que cupo á
Cavé el herrero se cifró en su mandil, que Feridún tomó por estandarte
regio. Siempre que al entrar en batalla Feridún, sin falso rubor ni
respetos humanos, colocaba ante sí aquel trozo de suela que representaba
la santidad del trabajo y la protesta contra la injusticia y el abuso
del poder, era como si llevase un talismán: tenía la victoria segura.
Cuando se avergonzaba del mandil de cuero, salía derrotado. Por haberse
perdido en las revueltas y vicisitudes de la invasión griega el mandil,
símbolo de que no debe el monarca colmar la copa de la iniquidad para
que no se desborde la de la ira celeste; por haber desaparecido, digo,
el estandarte de Cavé y su tradición de independencia, llegaron los
persas, pueblo nobilísimo en su origen y de altas facultades
intelectuales, al atraso, al servilismo y á la abyección en que hoy se
pudren.
LOS CABELLOS
Era en el doble reducto de la plaza fuerte de Mahanaim. Entre ambas
líneas de fortificaciones, sobre el reborde de piedra gris que sostenía
la casamata, David, estenuado, se sentó á esperar noticias. Más de dos
horas hacía que daba vueltas impaciente, porque no acababan de llegar
los mensajeros. Aumentaba su fiebre la imposibilidad de acudir en
persona al campo de batalla, lo cual rompería su propósito firme de no
mandar nunca tropas en casos de guerra civil. Si se tratase de combatir
á los filisteos y de renovar los laureles de Balparasim, derramando la
heroica libación del agua sagrada de Belén, por no aplacar la sed cuando
desfallecían los soldados, ó de organizar otra batalla de Refaim, donde
por primera vez en el mundo antiguo hizo milagros la estrategia; si se
encendiese la lucha con los Moabitas idólatras y libres, ó con los
opulentos Arameos, ó con los insolentes Amonitas, que habían ultrajado á
los embajadores de Israel,--allí estaría David el hondero, el _gibor_,
el aventurero para quien es dulce música, más que el acorde de la
cítara, el choque de las armas. Pero oponerse á los suyos, desenvainar
la espada ó blandir la lanza para que busque el costado de un amigo, de
un pariente, de un compañero--había repugnado á David.--Y ahora, en el
trágico momento presente, el rey bendecía aquella antigua resolución,
que le evitaba luchar con su propia sangre, el preferido de su alma, la
luz de su ojo derecho, su hijo!
Hay en las situaciones violentas y en las horas de extremada ansiedad un
instante en que los nervios se aflojan y el cuerpo se rinde á la
necesidad de descanso. La inquietud, la calentura del viejo monarca se
aplacaron desde que se dejó caer sobre aquel reborde de piedra en el
solitario fortificado recinto. Por las saeteras veía la luz roja del
Poniente, que abrasaba el campo con reflejos de hoguera enorme. Aquella
claridad purpúrea, sangrienta, devoradora, fue lo último que advirtió
David antes de cerrar los párpados y reclinar la cabeza en el muro,
olvidando lo presente, las angustias de la incertidumbre y los terrores
del espíritu...
Y después siguió viendo la misma claridad del ocaso; pero sus tonos se
habían dulcificado, fundiéndose en suaves medias tintas naranja, oro y
verde. Era el divino atardecer de los países orientales, cien veces más
hermoso que la aurora. Irisaciones de perla abrillantaban las
imperceptibles nubecillas desgarradas como girones del velo de una
danzarina filistea; y sobre el arrebolado horizonte, las ramas de los
sicomoros y de los cedros formaban un pabellón de misterio y sombra
sugestiva. La frescura del aire atenuaba las emanaciones fuertes de las
resinas y las gomas; una languidez voluptuosa se apoderaba del corazón.
David se levantaba, se apoyaba en el balaustre de jaspe de la terraza,
se inclinaba para hundir la mirada en los macizos de verdura, atraído
por el rumor delicioso de los chorros de agua que se deshilan en el
ancho pilón de mármol, surtiendo por diez bocas de bronce. Y al punto
mismo en que el rey se inclina, sobre las gradas que conducen á la pila
aparece una viviente estatua, rosada por el reflejo del cielo, vestida
únicamente de la negra cabellera caudalosa, que se reparte como los
hilos del agua, y ondea y brilla, y juega y se esparce, recién ungida de
aceite de nardo que la mujer, alzando los brazos, extiende por los rizos
sombríos, enredándolos entre los dedos...
Todo el incendio del firmamento ardió en las venas de David. Él mismo,
desde aquella hora, se maravilló dentro de sí, no comprendiendo. Estaba
bien seguro de que su fiel copero no le había vertido en el vino zumo de
hierbas, en las cuales el conjuro de alguna nigromántica como la de
Endor insinúa traidoramente el filtro de la pasión repentina y mortal.
Pasados eran para David los días de la juventud, cuando su mano certera
clavaba el guijarro afilado en la frente del descomunal gigante.
Innumerables mujeres habían impregnado el olfato del rey con el perfume
de sus cabelleras, y al disiparse éste se borraba la imagen, porque es
indigno del sabio, del profeta, del caudillo, del legislador,
reblandecerse en el harem, ser cautivo de una débil hembra. Y sin
embargo, en aquel instante, no cabía duda, era el incendio del cielo el
que ardía en las venas de David, y el rey conocía que ni toda el agua de
la piscina, ni la de los torrentes que bajan impetuosos de Cedar y
Hebrón, sería bastante á extinguirlo. Betsabé le había robado el seso,
no con el crujir de sus sandalias--porque descalzos tenía los finos pies
y hasta sin argolla de plata el sutil tobillo,--sino con el aroma
peculiar de sus bucles negros como la tentación.
Rápidamente sobrevenía la noche, y muchas noches más, durante las cuales
David se abismaba en su pecado, esperando de un modo confuso la hora del
arrepentimiento. Presentía la aparición de la conciencia, el descenso
del ángel severo y terrible. Era inútil: su pecado yacía hondo en su
corazón, arraigado allí y fijo á manera de saeta en la herida. Ni la
ciencia arcana que había de recibir andando el tiempo Suleimán, á quien
llamamos Salomón, acertará á explicar las causas de la perseverancia en
el amor, fenómeno extraño que induce fatalmente á un sér hacia otro sér.
David no podía vivir sin la esposa de Urías el Héteo, el mejor oficial,
el valiente compañero de armas. ¡Si aquella mujer hubiese pertenecido á
un enemigo! David, estremeciéndose, pensaba en las sugestiones del
miedo de la favorita, en las súplicas tiernas é insinuantes como silbo
de culebra entre las rosas del valle de Jericó. «No accederé»,
murmuraba; pero la idea del engaño y del crimen iba ya deslizándose en
su alma, impregnándola de veneno. Urías estaba sentenciado... El
sentimiento más generoso y bello que crea la vida militar; el leal
compañerismo, el cariño de los que á un mismo riesgo se exponen y ganan
la misma gloria, le gritaba á David: «Vas á cometer la mayor de las
infamias». Y á sabiendas, David, el de la conciencia despierta, el gran
arrepentido, el que sentía incesantemente la tremenda presencia de
Eloim-Jehová,--por el olor de unos cabellos de mujer envió al capitán
Urías, uno de los treinta _gibores_ ó valientes, bajo los muros de
Rabat-Amón, con mensaje cerrado para el general Joab; y en cumplimiento
de la real orden, Urías fue puesto á la cabeza de un destacamento que á
toda costa debía entrar en la ciudad. Y Urías obedeció, gozoso, ansioso
de victoria, y su cuerpo quedó tendido al pie de la muralla, bañado en
sangre!
En los oídos de David, llenos de la voz acariciadora y ambiciosa de
Betsabé, sonaba entonces otra voz terrible, la del vidente Natán, por
cuya boca hablaba el Señor. Trémulo en brazos de la favorita, de la que
ya era su esposa, se humillaba ante el airado anatema, la maldición
fatídica. «Porque hiciste lo malo en mi presencia, no se apartará espada
de tu casa, y sobre tu casa levantaré el mal...»
Al evocar las palabras del vidente, David exhalaba un gemido doloroso...
y se despertaba, empapadas las sienes en sudor frío. Miraba alrededor
con ojos extraviados y atónitos, y reconocía el lugar, aquel doble
recinto fortificado de Mahanaim, tétrico y ceñudo, donde sólo resonaban
los pasos del centinela y se escuchaba, á trechos, el alerta gutural del
vigía. A la roja brasa del Poniente había sucedido el azul negruzco de
la noche, sobre el cual parpadeaban las estrellas tristemente. ¿Sin
noticias aún? ¿Qué podía haber sucedido allá en la selva de Efraim,
donde desde la hora de la mañana luchaban las fuerzas del rebelde
Absalón con las de David, mandadas por Joab? ¿Qué estragos hacía la
espada aquella, nunca apartada de su casa, según la profecía? De súbito,
un clamoreo á distancia, una algazara inmensa. Confundíanse el trotar de
los corceles, el choque de las armas, el estrépito de la infantería
hiriendo la tierra con el duro calzado militar, y empujando á los
cautivos entre alaridos de muerte y gritos de cólera, el mugir de los
bueyes que arrastraban las carretas del botín,--todo lo que al oído
experto del guerrero suena á triunfo. David se incorporó, pálido y
espantado: la guarnición de la plaza acudía con teas ardiendo, y el
primer mensajero caía á los pies del rey, sin aliento, ahogándose.
«Alabemos al Señor»... tartamudeaba. «Deshecha la rebelión, pasados á
cuchillo tus enemigos... ¡gloria al rey!»--Arrojándose sobre el
emisario, David exclamó furiosamente:
--¿Y mi hijo? ¿Y Absalón, mi hijo, mi heredero, el príncipe real?
No hubo respuesta. Otro emisario llegaba jadeante, loco de júbilo. «El
Señor ha confundido á los que te querían dañar. Veinte mil quedan en el
campo de batalla, consumidos por la espada, sirviendo de pasto á los
buitres, Y Absalón, suspenso entre el cielo y la tierra, colgado de las
ramas de un terebinto, ha recibido en el pecho muchos dardos. Dicha tuya
ha sido ¡oh rey! que los hermosos cabellos del príncipe, todos
impregnados de esencia, se enredaran en las ramas y le detuviesen en su
precipitada fuga. A no ser por los negros bucles, que caían como maduros
racimos de vid á lo largo de la espalda... tu enemigo se hubiese
salvado; tan ligera iba su mula...»
Y el emisario calló, porque el rey acababa de desplomarse en tierra
arañándose el rostro, arrancándose el pelo y sollozando: ¡Hijo, hijo
mío!
AL BUEN CALLAR...
No tenían más hijo que aquél los duques de Toledo, pero era un niño como
unas flores; sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna, de
condición tan angelical y noble, que le amaban sus servidores punto
menos que sus padres. Traíale su madre vestido de terciopelo que
guarnecían encajes de Holanda, luciendo guantes de olorosa gamuza y
brincos y joyeles de pedrería en el cintillo del birrete; y al mirarle
pasar por la calle, bizarro y galán cual un caballero en miniatura, las
mujeres le echaban besos con la punta de los dedos, las vejezuelas reían
guiñando el ojo para significar «¡Quién te verá á los veinte!», y los
graves beneficiados y los frailes austeros, sacando la cabeza de la
capucha y las manos de las mangas, le enviaban al paso una bendición.