Ciro había sido un soberano glorioso y justo, pero su hijo y sucesor

Cambises, á medida que fue catando el vino del absoluto poder, mostró

los síntomas de la embriaguez especial que ocasiona este terrible licor,

destilado con sudor humano, sangre y lágrimas. Creyóse el centro de la

vida y el ojo del mundo, y contribuyó á engreirle más y á persuadirle de

que su voluntad no reconocía ley ni freno, su incursión por el Egipto,

reino que había llegado á brillante esplendor de civilización bajo el

Faraón Amasis y que el persa rindió y subyugó, entrando triunfante en

las magníficas ciudades de la ribera del Nilo, henchidas de palacios,

jardines en terrazas, obeliscos, pirámides, esfinges y colosos de

pórfido y basalto. Dueño del Egipto Cambises, y viendo su nombre grabado

en caracteres jeroglíficos en el pedestal de las estatuas naóforas y en

las columnas de los templos, se tuvo, más que por mortal, por una

divinidad como Osiris, y los egipcios se postraron ante aquel

conquistador de tiara de oro, aquella faz pálida venida del Oriente.

Sólo hubo una clase social que se resistió á tributar adoración á

Cambises, y fué la de los sacerdotes. La religión era lo único que

resistía en medio del abatimiento de todos, y por lo mismo Cambises tuvo

empeño en humillarla y vencerla, en satirizarla y, como hoy diríamos,

ponerla en solfa. No perdía ocasión de burlarse de aquel culto tributado

á dioses con cabezas de animales, tan risibles para un adorador de la

Luz, el Fuego y el eterno Sol; y si casualmente sorprendía alguna

ceremonia de la religión egipcia, ideaba bufonadas para escarnecerla.

Acertó á regresar impensadamente á Menfis en ocasión en que se celebraba

la fiesta del sagrado buey Apis; y entrándose de rondón por el templo,

mandó que le sacasen allí inmediatamente al bovino dios, y tirando de

cimitarra, le hirió de una cuchillada, que quiso dar en el vientre y

dió en el muslo. «Este dios que sangra y muge es digno de vosotros»,

gritó á los egipcios, horrorizados de la profanación. Entonces el gran

sacerdote, alzando las manos á la bóveda celeste, profetizó que el impío

que hería al dios Apis recibiría herida igual. Cambises mandó azotar

mortalmente al profeta, pero la profecía quedó grabada en la mente de

los egipcios como esperanza, como vago terror en la del rey.

Tenía Cambises entre sus servidores al mayordomo Prejaspes, hombre

valeroso, capaz de echarse al fuego por su monarca. Veía Prejaspes en

Cambises la forma de lo divino sobre la tierra, y entendía que un acto

era óptimo ó pésimo según á Cambises placía ó desplacía. Sin embargo, al

mismo tiempo que tan decidida abnegación, existía en el alma de

Prejaspes un instinto natural de veracidad y de honradez, que le

enseñaba á discernir el valor moral de las acciones, y á darse cuenta de

su alcance, al menos en su propia conducta. La única noción que

Prejaspes no alcanzaba, es que si hay regla moral para las acciones

humanas, esta regla obliga lo mismo ó más á los príncipes que á los

vasallos, y cuando las órdenes de los príncipes están con la regla en

contradicción, la obediencia sólo á la regla es debida. No lo entendía

así Prejaspes, y hasta suponía, por exceso de nobleza de ánimo, que su

sangre y su vida entera y su alma inmortal pertenecían á Cambises.

Sucedió, pues, que Cambises, conocedor de la incondicional lealtad de

su mayordomo, preguntóle un día qué decían de su rey los vasallos. Y

como Prejaspes hubiese observado que al monarca le enfurecía y exaltaba

el beber, contestóle lleno de buena intención y con entereza y respeto:

«Señor, opinan que eres un soberano valeroso y grande, pero que te gusta

el vino en demasía.» No complació la respuesta á Cambises, por lo mismo

que exhalaba el acre aroma de la verdad; frunció el poblado entrecejo de

azabache, y por sus ojos cruzó un relámpago como el que despide el puñal

al salir de la vaina. Sin embargo, no hizo la menor objeción--señal

malísima,--y siguió hablando con agrado á su mayordomo.

Cosa de una semana después, al levantarse de la mesa, hora en que solía

Cambises pasear por los jardines entreteniéndose en tirar agudas flechas

á los pajarillos, llamó á Prejaspes y al hijo de Prejaspes, copero mayor

de palacio; y al verles en su presencia, dijo á Prejaspes en tono

alegre: «¿Sabes que he estado pensando en eso de que mis vasallos

comenten mi afición al vino? Porque capaces serán de creer que soy algún

insensato y que el abuso de la bebida ha turbado mis sentidos, nublado

mis pupilas y debilitado este brazo que puso al Egipto por alfombra de

mis pies. ¿Lo creerás? Yo mismo siento aprensión y quiero hacer un

ensayo. ¡Ea! Que tu hijo se coloque ahí enfrente... Cuádrale bien,

échale atrás los brazos para que descubra el pecho... Así... Voy á

flechar el arco y disparar... Si coloco la punta en mitad del corazón,

convendrás en que se engañan mis súbditos y Cambises conserva íntegras

sus facultades.»

Prejaspes, silencioso, obedeció. Temblor profundo sacudía sus miembros;

gruesas gotas de sudor helado asomaban en la raíz de sus cabellos; un

vértigo oscurecía sus ojos. Pero aún le sostenía la esperanza quimérica

de que aquello fuese una chanza feroz, y no más. Cambises tendió el

arco, apuntó cuidadosa y lentamente, pellizcó la cuerda; un silbido

desgarró el aire, y el hijo de Prejaspes giró sobre sí mismo y cayó al

suelo desplomado. «Hola», gritó Cambises; «aquí mis trinchantes... Abrid

el pecho de ese, á ver si el hierro ha partido de medio á medio el

corazón.» Palpitaba éste débilmente aún cuando se lo presentaron á

Cambises, con la flecha plantada en el centro, sin desviación de una

línea. Soltó el rey gozosa carcajada, y volvióse hacia el anonadado

Prejaspes, preguntándole en tono de buen humor: «¿Qué tal? ¿Sé yo

disparar? ¿Sé acertar? ¿Conoces otro arquero mejor que tu rey?» Tardó

Prejaspes en contestar á la regia chanza cosa de medio minuto. Estaba

inmóvil, y sus pupilas, inmensamente dilatadas, no sabían apartarse de

aquel corazón sangriento, tibio todavía,--el corazón de su dulce hijo,

cuyas débiles contracciones expirantes, á cada segundo parecían decirle

con misterio: «Padre, véngame.» ¡Arrancar aquella flecha misma, clavarla

en la tetilla de Cambises! ¡Oh ventura, oh goce!...--De pronto,

Prejaspes volvió en sí: era el rey, era su rey, su dueño, su árbitro, la

imagen del eterno Sol sobre la tierra...!; y devorándose el labio en

desesperada mordedura, su lengua profirió esta respuesta cortesana:

«Señor, el dios Apolo no flecha mejor que tú...» É inclinándose hasta el

suelo, desapareció para revolcarse á solas, para poder morderse las

manos y herirse el rostro y cubrirse el cabello de ceniza.

Y en presencia de Cambises, Prejaspes ocultó sus lágrimas. Fiel como el

perro, acompañóle siempre. Pasado el primer horrible dolor, diríase que

le amó más desde que hubo entre los dos sangre y sacrificio. A su lado

estaba el día en que, montando Cambises precipitadamente para sofocar

una rebelión, se hirió con su propia cimitarra en el muslo, donde había

herido al dios Apis; y á su cabecera, cuando se gangrenó la herida y le

llevó á la sepultura, Prejaspes fue quien ungió con aromas de nardo y

cinamomo el cadáver, y le colocó en las yertas sienes la tiara de oro.

ZENANA

Alejandro Magno es de esos caracteres históricos que se prestan

igualmente á severa censura y á hiperbólica alabanza. Atrae en virtud de

un contraste vigoroso. Es ya luz, ya tinieblas, pero grande siempre. La

complejidad de su alma extraordinaria se explica por antecedentes de

familia y de educación. Era hijo de Filipo--que reunía á un valor de

león una sensualidad de cerdo,--y de Olimpias--reina de arrestos

viriles, capaz de ajusticiar á sus enemigos por su propia mano, y de

mirar con tan despreciativa majestad á doscientos soldados encargados de

asesinarla, que se volvieron sin hacerlo, declarando no poder resistir

aquella mirada dominadora y terrible.--Era alumno de Aristóteles, cuyo

solo nombre lo dice todo, y durante ocho años había bebido de tal fuente

la sabiduría, que sirve para templar y engrandecer el ánimo, y la

ciencia política, que señala rumbos gloriosos á la ambición. Y en un

espíritu donde la levadura de todas las pasiones humanas fermentaba al

lado de las nociones de todos los ideales divinos, tenían que surgir,

entre impulsos atroces y violentas concupiscencias, bellos rasgos de

continencia, piedad y magnanimidad, y hasta poéticos romanticismos,

semejantes al que da asunto á este cuento.

La casualidad ha traído á mi poder algunas monografías que dejó inéditas

el doctísimo alemán Julius Tiefenlehrer, y que forman parte de las

doscientas setenta y cinco que este profesor de la Universidad de

Gotinga consagró á esclarecer la biografía de Alejandro; las cuales

consultan fructuosamente y rebañan sin escrúpulo los más recientes

historiadores. Parece que la leyenda contenida en la monografía que hoy

saco á luz, es la misma que representa una tapicería gótica

perteneciente al barón de Rothschild, y en la cual, con donoso

anacronismo, Alejandro luce una armadura de punta en blanco, del siglo

XIV, y Zenana el luengo corpiño, el brial y el ancho tocado de las damas

contemporáneas de la Santa Sede en Aviñón.

Ha de saberse que Alejandro, después de aniquilar á Darío y hacerse

dueño de Persia, fue corrompido por la muelle y refinada vida asiática y

por el servilismo de aquellas razas que, á diferencia de los griegos, se

postraban ante el rey tributándole honores divinos. Pero, en los

primeros tiempos, antes de que el vencedor se dejase vencer por las

delicias que reblandecen el alma, luchó para sobreponerse y conservar

sus energías morales, y esta lucha, sostenida por un hombre

omnipotente, debe serle contada más gloriosa que la victoria de Arbelas.

Claro es que entre las tentaciones de que se veía asaltado Alejandro á

cada instante, descollaba la tentación de la mujer, dulcísima asechanza

en que caen las almas grandes, igual ó acaso más hondo que las pequeñas.

No son más hermosas que las griegas las hijas de la Susiana, y acaso sus

formas no se prestan tanto á que el pincel las reproduzca; pero en

cambio poseen un hechizo perturbador, que enciende la fantasía y subyuga

potencias y sentidos. Los rostros pálidos y prolongados como la luna en

su creciente--según la comparación del poeta Firdusi,--donde se abren

los labios sinuosos, color de cinabrio, parecidos á una flor de sangre;

los ojos luengos, de negrísimas y pobladas pestañas, _lagos á la

sombra_, dice una canción persa; los cuerpos flexibles, delgados de

cintura y que en lo alto se ensanchan á manera de jarrón que contiene

dos tersas magnolias; el cutis impregnado de aromas sabeos, el pie

diminuto encerrado en la delicada babucha de piel de serpiente bordada

de perlas, el vestir artificioso, las gasas que muestran y encubren

hábilmente el tesoro de la beldad, los cabellos rizados con primor, los

brazos lánguidos que saben ceñirse á guisa de anillos de culebra,--otros

tantos anzuelos y redes para Alejandro, de los cuales no acertaba á

desenvolverse.--Y como quiera que á cada instante venían á su tienda ó á

su palacio damas persas á impetrar clemencia ó justicia, Alejandro,

conociéndose y no queriendo prevaricar en sus funciones de árbitro del

mundo, ideó un extraño preservativo: al acercarse una mujer, cubríase el

rostro y los ojos con un paño de púrpura, y así las recibía y escuchaba,

creyendo ellas que era misterio de la majestad real lo que sólo era

prevención contra la humana flaqueza.

Acaeció, pues, que estando prisionero de un general de Alejandro el

sátrapa Artasiro--y habiéndose resuelto que si el sátrapa no entregaba

pingües tesoros que suponían ocultos le matarían cortándole en

pedazos,--la única hija del sátrapa, Zenana, se dió arte para llegar

hasta el rey, con propósito de abrazar sus rodillas y librar á su padre

del suplicio. El candor y la pureza de Zenana se revelaban en la

sencillez no estudiada de su atavío; vestida ya de luto, sin adornos ni

joyas, con el cabello suelto, sólo por natural efecto de la gracia

juvenil podría agradar. Y es preciso que, á fuer de verídica, añada que

Zenana no era tampoco lo que se llama una hermosura, ni menos poseía el

hechizo malvado de las grandes cortesanas de Babilonia, que saben con

añagazas y tretas enredar un albedrío. Sin embargo, Alejandro, al oir

que una mujer moza solicitaba audiencia, se echó el paño por cara y

hombros, y así la recibió.

El no ver la faz augusta prestó ánimo á la tímida Zenana: arrojóse á los

pies del macedón, y bañándolos con muchas lágrimas, expuso el objeto de

su venida. Notando que Alejandro la escuchaba atentísimo y al parecer

con extraña complacencia, explicó detenidamente el caso. Y así que hubo

oído la promesa de que su padre tenía salva la vida, Zenana, después de

estrechar otra vez las rodillas de Alejandro, desapareció, yendo á

ocultarse con su nodriza en una cueva cercana á Babilonia, pues temía

ser perseguida y ultrajada por los mismos que intentaban matar al

sátrapa.

Pocos días después de este suceso, habiendo notado Higinio, el mayor

amigo y confidente de Alejandro, que éste andaba asaz pensativo,

cabizbajo y melancólico, le preguntó la causa, y Alejandro, exhalando un

suspiro, respondió:

--Es una cosa extraña, querido Higinio, lo que me sucede. Ya sabes que

para precaverme recibo á las mujeres con el rostro cubierto, porque las

hermosas persas hacen daño á los ojos[1]. ¡Ay! ¿De qué me ha servido?

¡Ya veo que el enemigo más allá de los ojos tiene su

fortaleza!--Recordarás que últimamente me pidió audiencia una dama, hija

del sátrapa Artasiro; y yo, fiel á mi propósito, no alcé el trozo de

púrpura que me impedía verla. Pero escuché su voz, y no hay arpa hebrea

ni lira eolia que á la cadencia de esa voz pueda compararse. El corazón

me salta al recordar la música de esa voz. A solas repito palabras que

ella pronunció, por evocar mejor el recuerdo del tono con que las dijo.

No sé cómo no atropellé por todo y no la detuve aquí cautiva, para

seguir oyéndola: creo que fue efecto del mismo encanto que la voz me

produjo. Estaba que ni me atrevía á respirar.--Y ahora, de día, de

noche, tengo aquella voz en los oídos, sueño con ella, y sólo puede

aliviar mi mal oirla resonar otra vez. Ya lo sabes. Búscame á Zenana,

tráemela aquí, porque si no, conozco que perderé el juicio.

Obedeció Higinio prontamente, y puso en movimiento numerosa cohorte, á

fin de descubrir á la misteriosa beldad:--por tal la tenía.--Bien

escondida estaba Zenana, pero al fin se averiguó su refugio, é Higinio,

antes de llevarla á la presencia de Alejandro, la enteró de cómo el rey,

prendado de su voz, se moría por ella. La joven persa, al saber esto,

murmuró dulcemente, con su voz melodiosa, que la emoción timbraba:

--Gloria es para mí haber causado tal impresión en el gran rey; pero la

placa de plata bruñida en que contemplo mi rostro después del baño y el

tocado, me dice que no soy bella; Alejandro, al verme, perderá las

ilusiones. Temo su indignación, y temo ante todo que recaiga su cólera

sobre mi padre. ¿Por qué no le haces creer á Alejandro que estoy

obligada por un voto á los dioses á presentarme cubierta la cara con un

velo? Yo no he visto á Alejandro; él no me verá... y así tal vez consiga

evitar su enojo.

Pareció á Higinio tan excelente el ardid de la discreta Zenana, que

estuvo conforme, y la misma noche la condujo á los jardines del gineceo

de Alejandro. Embriagado éste con la divina voz de la joven persa, se

resignó á la condición del velo, y hasta encontró en ella un misterio

picante y un singular hechizo. Le parecía que aquel amor velado y

despojado del vulgar incentivo de unas facciones más ó menos lindas, era

algo delicado y original, que no había gustado nunca. El casto imán de

aquel velo triunfó de las desnudeces y la licencia impúdica de las otras

damas persas, obstinadas en requerir al héroe. «Habla y no te

descubras», murmuraba tiernamente Alejandro, sentado cerca de una fuente

donde la luna fingía en el agua de los surtidores continuo desgrane de

perlas; y las rosas del Gulistán, que después se llamaron de Alejandría,

dejaban caer sobre las cabezas de los amantes perfumados pétalos.--Fue

el amor de Zenana el más largo é intenso de cuantos disfrutó Alejandro

en su corta vida.

LA GOTA DE CERA

Aunque los historiadores apenas le nombran, Higinio fue de los más

íntimos amigos de Alejandro Magno. No se menciona á Higinio, tal vez

porque no tuvo la trágica suerte de Filotas, de Parmenion, y de aquel

Clitos á quien Alejandro amaba entrañablemente, y á quien así y todo, en

una orgía, atravesó de parte á parte; y sin embargo--si no mienten

documentos descubiertos por el erudito Julius Tiefenlehrer--Higinio gozó

de tanta privanza con el conquistador de Persia, como demostrarán los

hechos que voy á referir, apoyándome, por supuesto, en la

respetabilísima autoridad del sabio alemán antes citado.

Compañero de infancia de Alejandro, Higinio se crió con el héroe. Juntos

jugaron y se bañaron en Pela, en los estanques del jardín de Olimpias, y

juntos oyeron las lecciones de Aristóteles. La leche y la miel de la

sabiduría la gustaron, así puede decirse, en un mismo plato; y en un

mismo cáliz libaron el néctar del amor, cuando deshojaron la primer

guirnalda de rosas y mirto en Corinto, en casa de la gentil hétera

Ismeria. Grabó su afecto con sello más hondo el batirse juntos en la

memorable jornada de Queronea, en la cual quedó toda Grecia por Filipo,

padre de Alejandro. Los dos amigos, que frisaban en los diez y nueve

años entonces, mandaron el ala izquierda del ejército, y destruyeron por

completo la famosa _legión sagrada_ de los tebanos. La noche que siguió

á tan magnífica victoria, Higinio pudo haber conseguido el generalato;

Alejandro se lo brindaba, con hartos elogios á su valor. Pero Higinio,

cubierto aún de sangre, sudor y polvo, respondió dulcemente á los

ofrecimientos de su amigo y príncipe:

--No acepto el generalato, porque habiéndome portado bien hoy, tal

recompensa y tan alta dignidad me obligarían en conciencia á portarme

todavía mejor en otras ocasiones que sobreviniesen, y no puedo

comprometerme á amanecer cada día con más valor y más fortuna. Además,

de las enseñanzas de nuestro maestro Aristóteles saco yo en limpio que

el hombre, habitualmente, debe vivir en paz y no en guerra. Queda

demostrado que no soy ningún medroso. El que ha combatido á tu lado en

Queronea, ya tiene derecho á plantar un laurel en el sagrado bosque de

Marte. Déjame de batallas y dame otro puesto cerca de ti, Alejandro,

porque te quiero bien y te serviré fielmente.

Alejandro, cuya sangre hervía pidiendo luchas y glorias, se conformó mal

de su grado á los deseos de Higinio, y le nombró su gran copero. Era

cargo en extremo descansado y de alta confianza, pues sus funciones

consistían en custodiar y servir la copa de oro reservada al príncipe, á

fin de que nadie pudiese depositar en ella ponzoña. El oficio de Higinio

le permitía vivir en constante comunicación con Alejandro, y cuando éste

subió al trono, sucediendo á su padre, asesinado por Pausanias, los

cortesanos auguraron á Higinio brillante carrera. Poco tardaron en verse

desmentidos tales pronósticos: Higinio continuó presentando, recogiendo

y custodiando la ya regia copa, sin mezclarse en intrigas ni aspirar á

otras grandezas.

Mientras tanto, Alejandro asombraba al universo con sus campañas y

triunfos, y ofrecía á Grecia, en compensación de la perdida libertad,

páginas de luz para la historia.

Conteniendo á los bárbaros y sojuzgando el inmenso imperio del Asia,

bien pronto se vió dueño del mundo Alejandro. Cuando, después de dejar

trazado el emplazamiento de Alejandría, y de entrar vencedor en

Babilonia y Ecbtana, el hijo de Filipo se declaró _hijo de Júpiter_ y

decretó su propia apoteosis, Higinio--que hacía mucho tiempo no departía

con su rey, limitándose á servirle la copa en silencio--fue despertado á

las altas horas de la noche de orden de Alejandro, que le llamaba á su

cabecera. La recién hecha deidad no podía dormir, y reclamaba cuidados y

consuelos...

--Señor--dijo Higinio,--celebro poder hablarte sin testigos, como

antaño. Justamente deseaba rogarte que me consientas dejar tu servicio y

retirarme á mi casita del Atica, donde poseo olivos y colmenas.

--¡Bonita ocasión escoges para abandonarme!--exclamó furioso

Alejandro.--¡Por el intento merecerías que te mandase crucificar!

¿Deseas riquezas? Pide cuanto se te antoje... ¿Pero marcharte? Ni lo

sueñes, ¿Y de dónde nace esa manía?

--Ya que lo preguntas--contestó Higinio,--lo vas á saber. Yo fuí amigo y

servidor de un hombre, pero ahora parece que ese hombre se ha vuelto

Dios. No tengo vocación al sacerdocio. Desde que has ascendido á hijo de

Júpiter Hamnon, hermano de Apolo, me inspiras temor y frialdad. El

Alejandro que yo amaba no existe. Ha ascendido al Olimpo. Él es

inmortal, yo mortal. No nos entendemos. Por otra parte, la idea que me

he formado de un Dios, según la sublime doctrina de Aristóteles...

--¡Dale con Aristóteles!--interrumpió el conquistador.--¡Como le atrape,

á ese sí que le crucifico! ¡Y alto, para que todos le vean!

--Crucifica, pero escucha. Prescindamos de Aristóteles y supongamos que,

en efecto, eres Dios. Pues si eres Dios, yo no puedo cometer sacrilegio;

yo no puedo seguir envenenándote.

--¿Envenenarme tú?--gritó Alejandro incorporándose convulso sobre su

lecho de marfil incrustado de oro.--¡Ahora comprendo por qué un fuego

constante abrasa mis venas; ahora comprendo por qué no descanso sino en

horrible modorra; ahora me explico las visiones y las pesadillas que de

noche me asaltan y empapan mis sienes en sudor frío! ¡Envenenarme tú!--Y

con súbito acceso de ternura suspiró.--¿Y por qué quieres mi muerte, tú,

mi amigo de la niñez, mi hermano de armas en Queronea?

Higinio, conmovido, se arrojó á los pies de Alejandro, y éste abrió los

brazos; los dos amigos juntaron sus rostros y mezclaron sus cabelleras,

y el copero declaró en tono muy diverso del de antes:

--Señor, dulce amado mío, si te enveneno, es contra mi voluntad y por

orden tuya... Esas visiones, esas torturas de que te quejas, proceden de

la doble embriaguez en que vives: estás ebrio de poder y de vino

añejo... Antes sólo me pedías la copa dos ó tres veces en cada comida;

desde que el Asia te ha inoculado su molicie y sus vicios, me duelen las

manos de tanto recoger la copa vacía y extendértela colmada... Tu alma

se ha turbado, la demencia te ronda, te habitúas á la crueldad, hieres á

tus leales y morirás joven, sin que nadie necesite pegarte una puñalada

como á tu padre. No quiero ser cómplice, y me voy.

Alejandro, pensativo, seguía estrechando el cuello y la cabeza de su

amigo contra el pecho.

--Tienes razón, amado--murmuró al fin con sinceridad generosa.--Pero el

hábito de beber se ha arraigado en mí, y si no bebo, me caigo á pedazos.

¿Qué haré? Aconséjame.

--No puedo--declaró Higinio--curarte la borrachera del poder, pero

trataré de salvarte de la otra sin que te prives de tu gusto. Fíate en

mí y verás.

En efecto, los días que siguieron á esta conversación, Alejandro

continuó bebiendo copas tan rebosantes y tantas en número como siempre.

No obstante, poco á poco, notó con placer gran mejoría. Gradualmente se

despejaba su cabeza, se tranquilizaban sus nervios, volvía á sus

miembros el vigor y la alegría á su espíritu. Vastos planes maduraban en

su cerebro, sobrehumanas empresas bullían en su imaginación heroica.

Pasmado y enajenado preguntó á Higinio el secreto, sin que éste se

prestase á revelarlo. Pero un cierto Arsotas, juglar persa, adulador y

afeminado, que divertía mucho al rey, le dió la clave del enigma.

--Tu gran copero ¡oh divino Alejandro! echa cada día una gota de cera en

el fondo de tu copa. Así, insensiblemente, reduce su cabida y acorta tus

libaciones. Bebes cada día una gota menos. ¡El osado Higinio se atreve á

engañar á su soberano y á cercenar sus deleites!

Quedó Alejandro sorprendido: después su sorpresa se convirtió en enojo.

¡Tratarle como á un chiquillo! ¡Embaucarle con un artificio así! ¡Ah! No

lo consentiría. ¿Qué se figuraba Higinio? Y una mañana mandó registrar y

limpiar la copa, y á la tarde estableció sus famosos certámenes de

intemperancia, apostando á beber con los más pellejos de su ejército.

Higinio entonces desapareció: probablemente se retiraría al Atica. En

cuanto á Alejandro, nadie ignora la ocasión y modo de su muerte: después

de vaciar, con alarde jactancioso, no su propia copa, sino la enorme

llamada de Hércules, cayó redondo dando un grito. La fiebre que allí

mismo se apoderó de él, le arrebató del mundo á los treinta y dos años

de edad, en la plenitud de la vida y de la gloria.

LA PALINODIA

El cuento que voy á referir no es mío, ni de nadie, aunque corre

impreso; y puedo decir ahora lo que Apuleyo en su _Asno de oro: Fabulam

grœcanicam incipimus_: es el relato de una fábula griega. Pero esa

fábula griega, no de las más populares, tiene el sentido profundo y el

sabor á miel de todas sus hermanas; es una flor del humano

entendimiento, en aquel tiempo feliz en que no se habían divorciado la

razón y la fantasía, y de su consorcio nacían las alegorías risueñas y

los mitos expresivos y arcanos.

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 11 / 13 段