observaba con inquietud creciente una mala cualidad que tenía, y que
según avanzaba en edad el niño don Sancho iba en aumento. Consistía el
defecto en una especie de manía tenacísima de cantar la verdad á troche
y moche, viniese á cuento ó no viniese, en cualquier asunto y delante de
cualquier persona. Cortesano viejo ya el duque de Toledo, ducho en saber
que en la corte todo es disfraz, adivinaba con terror que su hijo, por
más alentado, generoso, listo y agudo que se mostrase, jamás obtendría
el alto puesto que le era debido en el mundo, si no corregía tan funesta
propensión. «Reñida está la discreción con la verdad: como que la verdad
es á menudo la indiscreción misma», advertía á su hijo el duque. «Por la
boca solemos morir como los simples peces, y no es muerte propia de
hombre avisado, sino de animal bruto, frío y torpe», solía añadir.
Corríase y afligíase el rapaz de tales reprensiones y advertencias, y
persuadido de que erraba al ser tan sincero, proponía en su corazón
enmendarse; pero su natural no lo consentía: una fuerza extraña le traía
la verdad á los labios, no dándole punto de reposo hasta que la soltaba
por fin, con gran aflicción del duque, que se mataba en repetir: «Hijo
Sancho, mira que lo que haces... La verdad es un veneno de los más
activos; pero en vez de tomarse por la boca, sale de ella. Esparcido en
el aire, es cuando mata. Si tan atractiva te parece la fatal verdad,
guárdala en ti y para ti; no la repartas con nadie, y á nadie
envenenarás.»
Acaeció, pues, que frisando en los trece años y siendo cada vez más
lindo, dispuesto y gentil el hijo de los duques de Toledo, un día que
la reina salió á oir misa de parida á la catedral, hubo de verle al
paso, y prendada de su apostura y de la buena gracia con que la hizo una
reverencia profundísima, quiso informarse de quién era, y apenas lo
supo, llamó al duque y con grandes instancias le pidió á D. Sancho para
paje de su real persona. Más aterrado que lisonjeado, participó el duque
á su hijo el honor que les dispensaba la reina. «Aquí de mis recelos,
aquí del peligro, Sancho... Tu funesto achaque de veracidad ahora es
cuando va á perderte y perdernos. Si la reserva y el arte de bien callar
son siempre provechosos, en la cámara de los reyes son indispensables,
te lo juro.» «Antes pienso, padre--replicó el precoz D. Sancho,--que al
lado de los reyes, por ser ellos figura é imagen de Dios, alentará la
verdad misma. No cabrá en ellos mentira ni acción que deba ser oculta ó
reservada.» Confuso y perplejo dejó la respuesta al duque, pues le
escarabajeaban en la memoria ciertas murmuraciones cortesanas referentes
á liviandades y amoríos regios; pero tomando aliento, «No, hijo--exclamó
por fin,--no es así como tú supones... Cuando seas mayor y tu razón
madure, entenderás estos enigmas. Por ahora sólo te diré que si vas á la
corte resuelto á decir verdades, mejor será que tomes ya mi cabeza y se
la entregues al verdugo.» Cabizbajo y melancólico se quedó algún tiempo
D. Sancho, hasta que, como el que promete, extendió la mano con extraña
gravedad, impropia de su juventud. «Yo sé el remedio--afirmó.--Mentir
me es imposible, pero no así guardar silencio. Haced, vos, padre, correr
la voz de que un accidente me ha privado del habla, y yo os prometo, por
dispensaros favor, ser mudo hasta el último día de mi vida si es
preciso.»
Pareció bien el arbitrio al duque y divulgó lo de la mudez; siendo lo
notable del caso que la reina, sabedora de que el bello rapaz era mudo,
mostró alegría suma y mayor empeño en tenerle á su servicio y órdenes.
En efecto, desde aquel día asistió D. Sancho como paje en la cámara de
la reina, sellados los labios por el candado de la voluntad, viendo y
oyendo todo cuanto ocurría, pero sin medios de propalarlo. Poco á poco
la reina iba cobrándole extremado cariño. Sancho se pasaba las horas
muertas echado en cojines de terciopelo al pie del sillón de su ama y
recostando la cabeza en sus faldas, mientras ella con la fina mano
cargada de sortijas le acariciaba maternalmente los obscuros y sedosos
bucles.--Las primeras veces que don Sancho fue encargado de abrir la
puerta secreta á cierto magnate, y le vió penetrar furtivamente y á
deshora en el camarín, y á la reina echarle al cuello los brazos, el
pajecillo se dolió, se indignó, y, á poder soltar la lengua, Dios sabe
la tragedia que en el palacio se arma. Por fortuna, Sancho era mudo;
oía, eso sí, y las pláticas de los dos enamorados le pusieron al
corriente de cosas harto graves, de secretos de Estado y familia; entre
otros, de que el rey, á su vez, salía todas las noches con maravilloso
recato á visitar á cierta judía muy hermosa, por quien olvidaba sus
obligaciones de esposo y de monarca, y merced á cuyo influjo protegía
desmedidamente á los hebreos, con perjuicio de sus reinos y mengua de
sus tesoros. Envuelta en el misterio esta intriga, no la sabían más que
el magnate y la reina; y D. Sancho, trasladando su indignación del
delito de la mujer al del marido, celebró nuevamente no haber tenido
voz, porque así no se veía en riesgo de revelar verdad tan infame.
Pasado algún tiempo, la confianza con que se hablaba delante del mudo
pajecillo instruyó á éste de varias maldades gordas que se tramaban en
la corte: supo cómo el privado, disimuladamente, hacía mangas y
capirotes de la hacienda pública, y cómo el tío del rey conspiraba para
destronarle, con otras infinitas tunantadas y bellaquerías que á cada
momento soliviantaban y encrespaban la cólera y la virtuosa impaciencia
de D. Sancho, poniendo á prueba su constancia, en el mutismo absoluto á
que se había comprometido.
Sucedía entretanto que le amaban todos mucho, porque aquel lindo paje
silencioso, tan hidalgo y tan obediente, jamás había causado daño alguno
á nadie. No hay para qué decir si le favorecerían las damas, viéndole
tan gentil y estando ciertas de su discreción; y desde el rey hasta el
último criado, todos le deseaban bienes. Tanto aumentó su crédito y
favor, que al cumplir los veinte años y tener que dejar su oficio de
paje por el noble empleo de las armas, colmáronle de mercedes á porfía
el rey, la reina, el privado y el infante, acrecentando los honores y
preeminencias de su casa y haciéndole donación de alcaidías, fortalezas,
villas y castillos. Y cuando, húmedas las mejillas del beso empapado de
lágrimas con que le despidió la reina, que le quería como á otro hijo;
oprimido el cuello con el peso de la cadena de oro que acababa de
ceñirle el rey, salió D. Sancho del alcázar y cabalgó en el fogoso
andaluz de que el infante le había hecho presente; al ver cuántos males
había evitado y cuántas prosperidades había traído su extraña
determinación, tentóse la lengua con los dientes, y, meditabundo, dijo
para sí (pues para los demás estaba bien determinado á no decir oste ni
moste): «A la primer palabra que sueltes al aire, lengua mía, con estos
dientes ó con mi puñal te corto y te echo á los canes.»
Hay eruditos que sostienen la opinión de que de esta historia procede la
frase vulgar, sin otra explicación plausible: _Al buen callar llaman
Sancho_.
FAUSTO Y DAFROSA[2]
La aguardaba en el embarcadero á boca de noche, y cuando divisó á lo
lejos la barca, que avanzaba al empuje de los brazos fuertes de los
remeros, abriendo estela de luz verdosa en el mar fosforescente, al
corazón de Fausto se agolpó la sangre, y sus ojos se nublaron.
Venía, ó mejor dicho, la traían, se la entregaban; en su poder iba á
estar aquélla por quien tantas veces había pasado la noche en vela,
febril, paladeando acíbar, desesperando y mordiéndose los puños de
rabia, ó esperando insensatamente.
¿Insensatamente? Criminalmente se diría mejor. Por aquella que se
reclinaba en la proa, envuelta en blancos velos, en actitud pensativa,
Fausto había descendido á la delación y al espionaje como un liberto,
echando negra mancha sobre el decoro de su estirpe consular. Por ella
había deslizado en los oídos del Emperador _Apóstata_ el consejo fatal
al ex-prefecto Flaviano, y más de una velada, á la claridad indecisa de
la triple lámpara cubicularia, las sombras del cortinaje dibujaron ante
los ojos espantados de Fausto la pálida figura de un varón ilustre
marcado en la frente con el hierro que estigmatiza á los facinerosos...
Pero en aquel instante el musical chapaleteo de los remos ahuyentaba
remordimientos y angustias, y de lo profundo de las aguas la voz de las
sirenas de la felicidad subía como un himno...
Descendió Fausto al muelle con precipitación, y cogiendo de manos de los
esclavos el taburete de cedro, lo presentó al pie de Dafrosa, que
prontamente, sin hacer hincapié, saltó á las puntiagudas piedras. A la
salutación, al _¡Ave!_ que en temblorosa voz articuló Fausto, respondió
ella con una sonrisa triste. Y echaron á andar hacia la villa, sin que
Fausto se atreviese á ofrecer el antebrazo para que Dafrosa se apoyase.
Un poco de sobrealiento de la matrona indicaba, sin embargo, que no
hubiese sido supérfluo el auxilio.
En la terraza de la villa, alumbrada por antorchas fijas en la pared,
estaba dispuesto un refresco de bienvenida; leche, frutas, pan de flor,
peces cocidos--los sencillos manjares de que gusta una cristiana.--Se lo
hizo observar Fausto á Dafrosa, la cual, rompiendo uno de los panes, lo
llevó á los labios, no sin hacer antes la señal de la cruz. Quedáronse
solos Fausto y la tan deseada. Parpadeaban las estrellas en el
firmamento turquí, y el aire columpiaba bocanadas de esencia de rosas
purpúreas--unas rosas que el mismo emperador Juliano había traído de
Alejandría para adornar con festones de ellas el ara de la Afrodita,
porque se atribuían á su aroma virtudes como de filtro para enajenar el
corazón.
Fue Dafrosa quien rompió el peligroso silencio.
--Fausto--dijo con tranquila melancolía,--¿quién nos dijera que nos
encontraríamos así otra vez? Cuando yo me confesaba llorando de que no
podía olvidarte, ¿iba á suponer que el Sacro Emperador me desterrase á
vivir contigo?
Indeciso Fausto, dudó entre caer á los pies de la matrona y abrazar sus
rodillas ó contestar algo--no sabía qué.--Entonces Dafrosa echó atrás el
velo blanco que envolvía el óvalo de su rostro, y á la luz de las
antorchas Fausto pudo ver con asombro una cara consumida por el dolor,
unos ojos marchitos, unas mejillas demacradas; el pelo, recogido
modestamente con cintas de lana violeta, no era ya aquella rubia vedija,
aureola de oro; ¡á Dafrosa se le había vuelto el cabello todo gris, del
gris de las nubes, del gris de la ceniza seca y hacinada en el hogar!
--Puedes mirarme impunemente, Fausto--añadió ella.--Soy otra. La Dafrosa
que conociste no está ya en el mundo. Después de que me contemples, te
volverás á tu palacio de Roma, dejándome sola en esta isla, donde haré
penitencia. He sido justamente castigada por haberte querido, cariño
involuntario que yo no podía arrancar de mí por más que hacía. Se
llevaron á mi marido para matarle poco á poco, y á mí me despreciaron.
Lo merecía. Ahora los malvados me entregan á ti, quizás por creer que tú
eres un peligro. Para Dafrosa ya no hay peligros. Mírame así; despacio,
con atención; examíname. La misericordia divina me ha quitado
enteramente mi hermosura.
Inmóvil permanecía Fausto, penetrado de un sentimiento singular,
diferente de cuantos hasta entonces habían agitado su alma complicada de
romano de la decadencia, de amigo del refinado filósofo, el césar
Juliano. No hacía mucho que en el palacio imperial, ante las aras
restauradas de la Kaleos helénica, habían celebrado los dos amigos un
pacto, especie de misteriosa iniciación de un culto secreto, diverso del
vulgar paganismo que se saciaba con los sacrificios de bueyes y
terneros, con las ceremonias impuras. Esta otra religión, preferida por
Juliano, reemplazaba la teogonía y las supersticiones con la adoración
de la belleza suprema, de la Forma en su armonía divina, en su euritnia
sacrosanta, cuya relación percibe la inteligencia por encima de los
sentidos. Una estatua de mujer, perfectísima, de líneas impecables, obra
de Fidias, se erguía sobre el ara, en mitad de la capillita ó _cella_
donde el emperador cumplía el rito, derramando las claras libaciones,
quemando el incienso sabeo en el pebetero de oro de exquisita labor
oriental. Y el Apóstata, tomando de la mano á su amigo, le obligaba á
postrarse allí, murmurando: «Esta es la Diosa, ésta, y no el triste
Galileo, que ha traído la fealdad al mundo.» Y ahora, Fausto, en
presencia de Dafrosa, la mujer tan codiciada cuando la poseía Flaviano y
ella vivía recluída al pie de sus lares, por no descubrir en los ojos
los pensamientos, ahora Fausto advertía en sí mismo un trastorno, una
variación incomprensible. Los afanes, los delirios, las ansias de
posesión, la fiebre pasional tanto tiempo sufrida, alimentada por la
Beldad, que ata las almas y no las suelta hasta el sepulcro, habían
desaparecido. La Forma adorada no existía, y tampoco lo que se deriva de
ella. En el mar tranquilo habían enmudecido las sirenas cantoras; en el
cielo turquí las estrellas ya no parpadeaban de amor. Las rosas no
desprendían ni un átomo de esencia: el rocío de la noche probablemente
congelaba sus cálices, derramando en ellos una serenidad frígida. Las
tenaces ligaduras de la carne se rompían en Fausto; su sangre, antes
fuego, discurría convertida en luz por las venas. Y acercándose á
Dafrosa, la tomó las manos y las llevó á su frente, murmurando en un
suspiro:
--Porque has perdido tu hermosura, te quiero más. Te parecerá que es
mentira, y á mí ayer me lo parecería también, pero mira que no te
engaño.
No retiró las palmas Dafrosa. Este sencillo contacto no infundía tanto
horror á los cristianos de aquellos siglos como á los actuales, acaso
porque entonces eran más castos en su corazón. Las palmas de Dafrosa
halagaron la inclinada cabeza de Fausto, y acercando los labios á su
oído, susurró:
--Te creo. Es natural eso que me dices. Tú, Fausto, hermano mío, eres
cristiano también.
* * * * *
La crónica refiere que San Fausto sufrió el martirio y que Santa Dafrosa
recogió de noche su cuerpo para que no lo devorasen los perros, pagando
esta obra de caridad con la vida.
ÍNDICE
_Páginas._
_Cuentos de Navidad y Reyes._
La Nochebuena del Papa 7
La tentación de Sor María 13
La Navidad del Peludo 19
Jesusa 25
Nochebuena de jugador 33
De Navidad 43
Jesús en la tierra 51
El Belén 61
Página suelta 69
Dos cenas 77
La Nochebuena del carpintero 87
El ciego 95
Los Magos 101
Sueños regios 109
La visión de los Reyes Magos 117
El rompecabezas 123
En Semana Santa 129
La oración de Semana Santa 139
_Cuentos de la Patria._
Vengadora 149
El catecismo 155
El caballo blanco 161
La exangüe 167
La armadura 173
El Torreón de la Esperanza 181
El Palacio frío 189
El Templo 197
El milagro de la diosa Durga 203
Entre razas 209
_Cuentos antiguos._
La paloma 217
Prejaspes 223
Zenana 229
La gota de cera 237
La palinodia 245
El mandil de cuero 251
Los cabellos 257
Al buen callar 265
Fausto y Dafrosa 271
NOTAS:
[1] Histórico.
[2] Me conviene recordar que este cuento, inspirado en la vida de
los Santos Fausto y Dafrosa, vió la luz en _Blanco y Negro_ con
anterioridad á la publicación de la preciosa novela de Merej Kowsky,
_La muerte de los dioses_.