Kapala, cayó también en olvido la religión, y quedó abandonado el
maravilloso templo de la diosa Durga, emplazado al pie de la montaña de
Sindoro, que es el Olimpo javanés, residencia favorita de los
inmortales. Y se necesitaba que Kapala hubiese descendido tanto para que
yaciese desierta la sacra montaña, poblada de arbustos en flor, regada
por ríos y manantiales de deleitosa frescura, en cuyos remansos abrían
los lotos azules, blancos y rosados, sus redondas y geométricas corolas;
la montaña poblada de lindas _apsaras_ (las ninfas de la mitología
indostánica) y de aves canoras y dulces, cuyos gorjeos hacen insensible
el transcurso de las horas, de los años y hasta de los siglos.--En la
vertiente de la montaña alzábase la mole del templo de Durga, cuyas
imponentes ruinas son aún hoy asombro de arqueólogos y viajeros. Salvada
la puerta, lo primero que se divisa es la efigie colosal de la diosa,
de aspecto venerando. Bajos los ojos como en misterioso éxtasis, y
cubierta la cabeza por la alta mitra, en cuyo centro refulge enorme
esmeralda; apoyados los pies en el lomo del toro Nandi, Durga tiende sus
ocho brazos, y en cada uno de ellos lleva un atributo de sus enseñanzas
y doctrinas. El primero empuña la cola de un búfalo, emblema de la
agricultura; el segundo una espada, que significa el heroísmo; el
tercero el vaso sagrado, símbolo de la religión; el cuarto la maza,
representación del vigor y la fuerza; el quinto la luna, imagen de la
sabiduría; el sexto el escudo, que aconseja prudencia y ánimos para
defenderse; el séptimo el estandarte, que es la ley, y finalmente, el
octavo agarra, con brío y violencia los cabellos del muñeco Maikasur,
personificación del vicio, ordenando así la diosa que no se omita el
castigo de los culpables, tan necesario para ejemplo y escarmiento en
las bien ordenadas repúblicas. Dentro no faltaban otras efigies de
Durga, y se adoraban las de Siva y Ganesa.--Pena infundía ver el
magnífico templo sin sacerdotes ni acólitos, vacío y mudo, invadido por
las plantas parásitas que se agarran á la piedra y consuman su
destrucción.
Aparte de las aves y de los reptiles, no quedaba dentro del santuario de
Durga más sér viviente que un anciano solitario. Es verdad que valía por
cien bramanes: la austeridad increíble de sus mortificaciones, que le
habían desecado el cuerpo y consumido y destuetanado hasta los huesos,
le tenían hecho una momia, pero tan comunicado con la esfera superior de
Brama, que cuantas veces hincaba en el suelo su báculo, el seco tronco
brotaba rama y flor, y que, sin sentirlo, á ratos se elevaba de tierra
siete codos el penitente, con otros prodigios que despacio refiere la
epopeya. La fama del santísimo Majamí, tal era su nombre, empezó á
divulgarse, y llegando á oídos de tres kapaleños que no podían
resignarse al triste estado presente de su nación, resolvieron
peregrinar al santuario de Durga y pedir á Majamí consejo y á la diosa
intervención eficaz.
Pertenecían estos tres últimos kapaleños patriotas á la casta de los
_chatrias_ ó guerreros, que forma, después de los bramanes ó sacerdotes,
la primer aristocracia de la India. Bien montados y llevando ofrendas
para la deidad, se encaminaron á Sindoro al rayar la mañana, y salvando
la odorífera selva y los lagos deliciosos, no tardaron en avistar las
galerías de arcadas y las innumerables cupulillas del vasto templo.
Pasaron, sobrecogidos de religioso pavor, bajo la enorme puerta de
entrada, en cuyas jambas hacen la guardia dos colosos armados de sendas
porras; y dentro del patio, al pie de la estatua de la diosa, cruzado de
piernas y mirándose al sitio en que debía estar el vientre,--la posición
en que suelen representar á los Budas,--calcinándose bajo un sol de
fuego, hecho un pedazo de yesca ó un tronco que abrasó el estío, vieron
al santo Majamí, tan quieto, que un pájaro se había posado en su cráneo
y sólo voló al ver aparecer á los tres chatrias.
--Grande y venerable asceta--dijo el que llevaba la palabra,--hemos
venido á turbar tu quietud y á interrumpir las místicas meditaciones que
te ponen en contacto con las esferas divinas, para rogarte que te
acuerdes del daño, desastre y acabamiento de nuestras comarcas y reino
de Kapala, y ejercites el formidable poderío que te otorga tu santidad
para obtener de la diosa Durga, en otro tiempo tan propicia á los
kapaleños, que nos restaure. Únicamente Durga puede hacer un milagro que
nos saque del abismo. Concentra tu voluntad, y obtén de la diosa el
favor que solicitamos.
Permanecía Majamí como si fuese labrado en piedra. Los chatrias,
respetando su inmovilidad, se prosternaron y adoraron á Durga, admirando
los atributos de sus ocho brazos y la esmeralda que en su mitra
resplandecía como una esperanza dulce. Entonces, con imponente lentitud,
los blancos ojos del solitario giraron en sus órbitas; su boca quemada y
negruzca se abrió solemnemente; su esternón, en que se contaban las
costillas apenas sujetas por la piel, jadeó para recobrar el ritmo de la
respiración olvidada; y al fin, con voz discorde y cavernosa, como el
chirrido de una puerta de oxidados goznes, murmuró gravemente:
--Contemplad ¡oh chatrias! los atributos de la diosa. ¡Ellos os dirán
cómo se hacen los milagros!
No les contentó la respuesta, é insistieron. El gran Majamí podía
solicitar de Durga milagrosa intervención: ¡el poder de la diosa era
tan infinito! Entonces el penitente, levantándose con trabajo, y
renqueando y vacilando sobre sus canillas huesosas, registró bajo el
zócalo de la estatua y sacó un pez muerto, ó mejor dicho, un pez seco
ya, de tonos metálicos, momificado como el propio Majamí--un pez que
parecía de estaño y cobre,--y se lo tendió á los chatrias, que no
pudiendo comprender el sentido de tan raro presente, sin replicar lo
tomaron.
--Durga os manda alimentaros de ese pez,--declaró Majamí.--Al sestear en
la montaña lo asaréis... y el pez os dirá cómo se hacen los milagros.
Asaz mohínos se despidieron los tres kapaleños patriotas, comentando el
regalo del pez y conviniendo en que Durga, airada ó indiferente, no
quería socorrer á Kapala. Con todo, á la primer parada bajo un grupo de
limoneros y tamarindos, dócilmente encendieron una hoguera y arrimaron á
la brasa el pez. Y, al caer sobre las ascuas, el pez empezó á hincharse,
á esponjarse; sus metálicas escamas se hicieron flexibles; al cabo de
pocos instantes, sus aletas se abrieron, se coloreó de rojo su abierta
boca, palpitaron sus branquias, y ¡oh prodigio de Durga! el pez, de un
brinco, saltó de la llama á la hierba, fresco, vivo, coleando.
--Durga nos manda imitar á ese pez--exclamó el primer chatria.--He
comprendido, hermanos míos. _¡Resucitemos!_
ENTRE RAZAS
Al admirar la colección de objetos de arte de mi amigo el conde de
Boltaña, me llamó la atención uno que no descollaba por su mérito, pero
que decía á mi alma cosas muy expresivas. Era la efigie--de talla, con
ropaje dorado y estofado--de San Benito de Palermo. La negra faz del
Santo, su testa de cabellera lanuda, se destacaban con singular energía
sobre las ricas vestiduras sacerdotales. Notando el interés con que yo
miraba la estatuilla, me advirtió el conde:
--Esa escultura es de lo más flojo que hay aquí.
--Pero encarna una idea--respondí al punto.--Encarna la idea tan
esencialmente democrática del Catolicismo. Es la apoteosis de la
igualdad humana; reprueba la división en razas superiores é inferiores
que estableció el paganismo. Por eso me conmueve el santito negro, que
estará ahora bañándose en la blanca luz celestial.
--Si yo le refiriese á usted--exclamó el conde--cuándo y en compañía de
quién adquirí esa talla y lo que después ocurrió, tal vez pensaría usted
que á fines de nuestro siglo la civilización vuelve al cauce pagano,
restaurando la desigualdad basada en la fuerza material... y que pierde
terreno, en los pueblos directivos, la noción del derecho.
Y como yo insistiese en conocer sin tardanza la historia de la compra
del San Benito, nos sentamos en cómodos y vetustos sillones de badana
cordobesa, y el conde habló así:
--Ha de saber usted que hace años, un primo mío, cónsul en Baltimore, me
recomendó á cierto norteamericano que venía á recorrer las principales
ciudades de España y proyectaba detenerse en Madrid cosa de un mes. Con
la hospitalaria cortesía de que nos preciamos los españoles,
sacrificando tiempo y dinero, me dediqué á acompañar y obsequiar al
yanqui, llevándole adonde mostraba deseos de ir: á las casas de los
anticuarios y también á los cafés flamencos y teatrillos de mala muerte,
con todas sus consecuencias. Para que usted se explique éstas al parecer
contradictorias aficiones de mi extranjero, habré de retratarle en
cuatro rasgos. Podría tener de veintiséis á treinta años de edad; era
alto, anguloso, como tallado á hachazos; y el contraste de su figura
consistía en aquel corpachón de boxeador y púgil terminado por una cara
imberbe, rasa, de ojos incoloros y fríos, de boca femenil. Llevaba el
pelo muy recortado, y al sol su cabeza parecía bola de oro pálido; en
suma, la facha de un _clergyman_, y desmintiendo el tipo clerical y
beatífico, una fisiología poderosa. Su carácter era poco expansivo, con
súbitos arrebatos de voluntariosos antojos; y noté fácilmente cómo en
las tiendas de antigüedades pasaba de la glacial indiferencia al
violento deseo, determinado, no por la belleza de un objeto, sino por su
alto precio ó su rareza. «Dentro de poco--solía decir en regular
castellano al sacar la cartera atestada de billetes--tendremos _allá_ lo
mejor de la vieja Europa.» Compraba lo mismo que quien roba, y sin mirar
sus adquisiciones segunda vez, las encajonaba y expedía. Lo único que
despertaba en él una emoción parecida al respeto, eran los cachivaches
de carácter nobiliario--que suelen hacernos sonreir á los españoles.--Un
carcomido escudo de armas, una amarillenta ejecutoria con miniaturas, le
atraían y borraban la contracción irónica de sus labios. Llamábase
Ricardo Stoddard, y sospecho que poseía fábricas de harinas y pastas;
pero jamás lo confesó, y pidióme por favor que le llamase siempre _don_
Ricardo, en lo cual á poca costa le dí gusto.
Una mañana, mientras rebuscábamos tesoros de arte, apareció ese San
Benito de Palermo, cubierto de polvo y destrozadillo. _Don_ Ricardo miró
la efigie y pronunció con calma: «Estúpida, una religión que pone en
altares á los negros.» No sé si porque me soliviantó la grosería de la
frase ó por espíritu de contradicción, en el acto compré la escultura y
mandé que la llevasen á casa del restaurador directamente. Quería
desagraviar al Santo de la obscura tez, y dar de paso una lección al
ciudadano demócrata.
Por casualidad, estábamos de acuerdo en visitar aquella misma noche un
cafetucho de no muy buena fama, cerca de los barrios bajos. Si bien me
desagradaban tales excursiones, no me creí dispensado de acudir á la
cita, y nos instalamos ante una mesa, pidiendo cerveza y café. Habría
transcurrido un cuarto de hora, cuando ví que en la mesa próxima acababa
de ocupar una silla un corpulento negrazo. Es tan poco frecuente ver
negros en Madrid, que le miré con profunda sorpresa, admirando su
atlética complexión, su arrogante estatura, su vigor, sus ojos
brillantes y la corrección de su traje; vestía de gris, con chaleco
blanco, y calzaba guantes de gamuza barquillo. Sin poder contenerme,
toqué en el brazo á _don_ Ricardo y le dije sonriendo:
--Buen tipo, ¿eh? ¡Qué ejemplar!
Volvióse el yanqui y posó en el negro sus pupilas descoloridas y
aceradas. No recuerdo mirada así: el desprecio condensado hasta producir
la frigidez del hielo, y la altivez que encuentra su fórmula definitiva
y triunfante, se revelaron de la ojeada que siguió á mi observación. Y
con voz incisiva, estridente, que azotaba, pronunció en alto:
--¡Oh! Sí. ¡Vale mil dollars!
No puedo describir el efecto que me causó aquel precio de mercado,
aquella tasa de caballo ó de res vacuna, arrojada á la faz de un
racional, de un sér humano; pero describiré el que causó en el negro,
que había oído perfectamente. Palideció poniéndose verdoso--es como
palidecen ellos;--la blancura de sus ojos giró, y levantándose de un
brinco de tigre, quitóse un guante y lo proyectó contra la mejilla del
norteamericano. Éste esquivó el choque ladeando la cabeza; sin perder su
flema, asió las tenacillas del azúcar y con ellas cogió el guante, sobre
la mesa caído; llamó al mozo, y ordenó chapurreando más que de
costumbre:
--¡Se lleve usted pronto esto porquería!
El negro permanecía de pie, lívido, cruzado de brazos, desafiando. Por
un instante temí que iba á precipitarse hacia nosotros. Su corpachón
gigantesco retemblaba de coraje; sus dientes castañeteaban de ira. Sin
embargo, se contuvo, abrió los brazos, volvióse de espaldas, y yo,
advirtiendo que en el café la gente, alborotada, se arremolinaba ya
esperando alguna bronca, pagué el consumo y logré sacar al yanqui
afuera. Al verse en la calle, dijo seca y acerbamente:
--¡Qué cosas pasan aquí! ¡Me echar el guante un esclavo!
Respondíle enojado que ya no hay esclavos, y creo que saqué á relucir en
mi perorata el San Benito negro y las ideas de fraternidad. Debí de
predicar en desierto, porque al dejar á _don_ Ricardo á la puerta de su
fonda, todavía repitió, pegándome familiarmente en el hombro (me había
cobrado afecto á su manera):
--¡Un esclavo! ¡By God!
Cuando me alejaba de allí, iba asaz preocupado. Juraría que _alguien_
nos había seguido á distancia, paso á paso, desde la Plaza Mayor hasta
la calle del Caballero de Gracia, á tales horas poco concurrida. Miré en
derredor, escruté las bocacalles, pero á nadie ví. Rumiando el
incidente, me retiré, y los siguientes días rehuí acompañar á _don_
Ricardo. La curiosidad me movió á averiguar quién era el gigantesco
negro, y supe que procedía de las Antillas, que ejercía las altas
funciones de jefe en las cocheras del duque de S..., y que por su
habilidad y maestría se ganaba un pingüe sueldo.
Y ya llegamos al desenlace de esta aventura, más dramático de lo que
usted supone... Una semana después del episodio del cafetucho, leía yo
en la peluquería un periódico, y á poco me degüella el barbero; tal
respingo dí al tropezar con la noticia de que en una callejuela
sospechosa de los barrios bajos, no lejos del consabido cafetucho, había
sido encontrado el cadáver de un extranjero, cuyas iniciales, _R. S._,
no me permitieron dudar de quién se trataba. El periódico traía más
detalles: la muerte había sido causada por dos cuchilladas tremendas, y
en los bolsillos del muerto estaban la cartera repleta y el soberbio
reloj, signo evidente de que el crimen obedecía á una venganza...
Hacer luz... era bastante difícil, como yo no cantase... Y no canté. ¡No
me atreví á echar el peso de mis palabras en la balanza terrible! ¿Hice
mal? ¡Mi instinto me dictaba que guardase silencio!... Y siempre que
pienso en esta página de mi vida moral, para tranquilizarme, para
recobrar la paz, miro esa efigie del Santo de la cara obscura...
CUENTOS ANTIGUOS
LA PALOMA
Á NUESTRO PADRE EL ZAR
Cuando nació el príncipe Durvati, primogénito del gran Ramasinda, famoso
entre los monarcas indianos, vencedor de los divos, de los monstruos y
de los genios; cuando nació, digo, este príncipe, se pensó en educarle
convenientemente para que no desdijese de su prosapia, toda de héroes y
conquistadores. En vez de confiar al tierno infante á mujeres cariñosas,
confiáronle á ciertas amazonas hircanas, no menos aguerridas que las de
Libia, que formaban parte de la guardia real; y estas hembras varoniles
se encargaron de destetar y zagalear á Durvati, endureciendo su cuerpo y
su alma para el ejercicio de la guerra. Practicaban las tales amazonas
la costumbre de secarse y allanarse el pecho por medio de ungüentos y
emplastos; y al buscar el niño instintivamente el calor del seno
femenil, sólo encontraba la lisura y la frialdad metálica de la coraza.
El único agasajo que le permitieron sus niñeras fue reclinarse sobre el
costado de una tigre domesticada, que á veces, como en fiesta, daba al
principito un zarpazo; y decían las amazonas que así era bueno, pues se
familiarizaba Durvati con la sangre y el dolor, inseparables de la
gloria.
A los diez y ocho años, recio, brillante y animoso, entró el príncipe en
acción por primera vez, al lado del rey, que invadía la comarca de
Sogdiana y Bactriana, para someterla. Erguíase Durvati sobre un elefante
que llevaba á lomos formidable torre guarnecida de flecheros; cubría el
cuerpo de la bestia un caparazón de cuero doble, y en sus defensas
relucían agudas lanzas de oro. Escogida hueste de negros armados de
clavas cercaba al príncipe, y cuando se trababa la lid, Durvati se
estremecía sintiendo que los pies enormes del belicoso elefante, que
barritaba de furor, se hundían en cuerpos humanos, reventaban costillas,
despachurraban vientres y hollaban cráneos, haciendo informe masa
sanguinolenta y palpitante. Al acabarse una batalla más reñida, Durvati
osó preguntar á su padre, el gran rey, si aquella gente aplastada sufría
mucho y si placía á Brama que la gente sufriese. Y Ramasinda, colérico
de la pregunta, que le pareció rasgo de flaqueza en el novel guerrero,
sólo contestó con palabras de un cántico sagrado: «Mira delante de ti la
suerte de los que fueron; mira delante de ti la suerte de los que serán.
El mortal madura como el grano, y como el grano renace.» Acababa de
pronunciar estas palabras Ramasinda, cuando cortó el aire una flecha, y
vino á fijarse temblando en la espalda del rey. Durvati, precipitándose
hacia su padre, sólo alcanzó á recibirle en brazos moribundo. La tropa,
después de hacer pedazos al matador del rey, proclamó á Durvati,
gritando que era preciso llevar á sangre y fuego aquel país, y que el
nuevo rey sabría cumplir tan alta empresa.--Aquella noche, el huérfano
se durmió con sueño de plomo y soñó cosas raras. Representósele otra vez
el triste fin de su padre; sintió la humedad de la sangre que manaba la
herida y la humedad del llanto que él mismo, Durvati, no se había
atrevido á derramar en presencia del ejército, pero que ahora fluía
copioso, empapando sus ropas. Y cuando desahogaba así el dolor,
parecióle que sobre su pecho notaba un calor grato y suave, como un peso
delicioso, y rozaba su cara algo fino cual seda. Era, á su parecer, una
blanquísima paloma, de rosado pico, de cuello de bizantinos esmaltes
verdiazules, de benignos y amorosos ojos negros, que arrullando
mansamente murmuraba á su oído una frase misteriosa. El arrullo calmó
las angustias del príncipe, y le sepultó en un anonadamiento absoluto,
reparador.--Al despertar gritó de sorpresa. Echada á su lado, recostando
la frente en su pecho, había una mujer muy joven, celestialmente bella,
de blanco seno, de rosada boca, de cabellera sombría y suelta como
plumaje de ave, de negras pupilas; y al preguntar atónito Durvati quién
era la admirable criatura, fuéle respondido que una cautiva, una
esclava, por hermosa señalada para botín real, y que á no haber sido
muerto el rey Ramasinda, estaría ahora en su tienda y no en la de
Durvati.
Mozo era, y nunca había ardido en su corazón el incendio que transforma
y perpetúa los seres. En aquel punto y hora lo sintió con tal fuerza,
que se borró de su mente cuanto no fuese la cautiva. Olvidando planes de
conquista y dominación, fijó sus reales en la ciudad más próxima, y
embelesado en coloquios deleitosos se pasaba la existencia. No por eso
se crea que Durvati se entregó á la molicie y al desenfreno. Al
contrario; poseído casi siempre de exquisita delicadeza, con casto
arrobamiento, amaba á la cautiva á la manera que enseñan los _kandas_, ó
himnos védicos,--con el _atmán_, que quiere decir _aliento_ ó
_espíritu_;--repitiendo aquellas palabras consagradas:--«En verdad lo
que amamos en la mujer no es la mujer, sino el espíritu; y quien busque
en la mujer más que el espíritu, será abandonado por Brama.»--Recordando
que la primer noche en que tuvo cerca á su amiga soñó Durvati que una
paloma se le arrimaba arrullando, Paloma la llamó, y Paloma la nombraron
todos.
Lo que más encantaba á Durvati en Paloma, y lo que justificaba tal
apodo, era la ternura, la mansedumbre, la piedad, la blanda condición,
tan diferente de la de aquellas feroces guerreras sin atributos
femeniles, entre cuyas manos se había criado el joven rey; y según éste
intimaba con Paloma, y la frecuentaba, y se apegaba á ella, y pasaban
juntos las largas siestas del estío á orillas de los lagos cristalinos y
bajo los copudos árboles, le repugnaba más y más la idea de la crueldad
y de la matanza, se le hacía más cuesta arriba lanzar al combate otra
vez sus huestes. Ya dueña de su confianza, y usando de la libertad que
da el afecto, Paloma le pintaba con sus colores horribles el estrago de
la guerra, y le aseguraba que todos tienen derecho á vivir y deber de
amarse, para disminuir los males que cercan en la tierra al mortal.
Por desgracia, no poseía cada soldado de Durvati su Paloma; furiosos con
la inacción, vejaban y oprimían á los naturales, y el país se alzaba
indignado, clamando independencia ó muerte. Los jefes, compañeros del
victorioso Ramasinda, aficionados al combate, maldecían y renegaban de
la hechicera que tenía embaucado al rey, y suspiraban por el momento de
armar á sus elefantes de combate y arrojarse al botín y á la gloria.--La
sorda conjuración contra la favorita tomó cuerpo al difundirse una
noticia grave: contra todos los ritos, costumbres y leyes, contra el
decoro de su nombre y las tradiciones heroicas de su raza, Durvati iba á
elevar al trono á aquella mujer, y regresar después á los bordes del
Ganges, abandonando la tierra ganada por el empuje de sus armas,
devolviendo la libertad á sus moradores, sin apropiarse ni una pulgada
de territorio ni una oveja de ajeno rebaño. Cundió la nueva entre las
tropas, y oyéronse maldiciones é imprecaciones contra el afeminado rey
que los deshonraba y envilecía. Era preciso que su razón estuviese
perturbada, y que aquella bruja, secuaz de los magos, hubiese dado algún
bebedizo ó hierba mala al joven héroe, para que olvidase la dignidad
real y los deberes de su cargo altísimo, que principalmente en la guerra
se resumen. Persuadidos ya de haber adivinado la causa de la decadencia
y trastorno de Durvati, concertáronse las amazonas y los jefes, y una
noche, sigilosamente, sorprendieron y robaron á Paloma de la misma
cámara real.--No ha logrado la historia exclarecer su paradero; las
desgarradoras quejas de Durvati, sus ruegos, sus amenazas, no
consiguieron que los raptores se la restituyesen; únicamente, ante la
insistencia del joven rey, quizá deseosos de hacerle irónica burla,
idearon colocar en su lecho, mientras dormía, una paloma mansa, que
llevaba por collar el anillo de la cautiva: paloma de níveo plumaje, de
tornasolado cuello verdiazul, de rosado pico, de ojos negros, amantes y
candorosos...
No se sabe si Durvati entendió la sátira, ó si, en efecto, supuso que
aquella ave arrulladora y dulce era el _atmán_ ó espíritu de su
amada.--Lo cierto es que, fingiendo atribuir el caso á un prodigio,
convocó á sus huestes y les hizo saber que aquella metempsícosis de la
amiga, vuelta paloma, significaba que Brama quería la paz perpetua, la
paz luciendo como blanca aurora sobre el mundo; y que esta resolución
estaba decidido á mantenerla, cortando la cabeza sin demora á quien se
opusiese ó suscitase dificultades de cualquier género.--Y en efecto, en
todo el reinado de Durvati no se derramó gota de sangre humana.
PREJASPES
Pensamos los occidentales haber inventado la lealtad monárquica, y
atribuímos el desarrollo de este singular sentimiento á las ideas
cristianas, confundiendo los afectos que debe inspirarnos Dios, suma
Causa y Bien sumo, con los que tienen por objeto á hombre nacido de
mujer. Yo no sé si un sentimiento se califica ó descalifica por ser
antiguo, pero sé que la lealtad monárquica es tan vieja como los más
viejos cultos, y en apoyo de esta opinión recordaré la aventura que le
sucedió al adictísimo Prejaspes.