Como si todas las manifestaciones del espíritu se agotasen á la vez en

Kapala, cayó también en olvido la religión, y quedó abandonado el

maravilloso templo de la diosa Durga, emplazado al pie de la montaña de

Sindoro, que es el Olimpo javanés, residencia favorita de los

inmortales. Y se necesitaba que Kapala hubiese descendido tanto para que

yaciese desierta la sacra montaña, poblada de arbustos en flor, regada

por ríos y manantiales de deleitosa frescura, en cuyos remansos abrían

los lotos azules, blancos y rosados, sus redondas y geométricas corolas;

la montaña poblada de lindas _apsaras_ (las ninfas de la mitología

indostánica) y de aves canoras y dulces, cuyos gorjeos hacen insensible

el transcurso de las horas, de los años y hasta de los siglos.--En la

vertiente de la montaña alzábase la mole del templo de Durga, cuyas

imponentes ruinas son aún hoy asombro de arqueólogos y viajeros. Salvada

la puerta, lo primero que se divisa es la efigie colosal de la diosa,

de aspecto venerando. Bajos los ojos como en misterioso éxtasis, y

cubierta la cabeza por la alta mitra, en cuyo centro refulge enorme

esmeralda; apoyados los pies en el lomo del toro Nandi, Durga tiende sus

ocho brazos, y en cada uno de ellos lleva un atributo de sus enseñanzas

y doctrinas. El primero empuña la cola de un búfalo, emblema de la

agricultura; el segundo una espada, que significa el heroísmo; el

tercero el vaso sagrado, símbolo de la religión; el cuarto la maza,

representación del vigor y la fuerza; el quinto la luna, imagen de la

sabiduría; el sexto el escudo, que aconseja prudencia y ánimos para

defenderse; el séptimo el estandarte, que es la ley, y finalmente, el

octavo agarra, con brío y violencia los cabellos del muñeco Maikasur,

personificación del vicio, ordenando así la diosa que no se omita el

castigo de los culpables, tan necesario para ejemplo y escarmiento en

las bien ordenadas repúblicas. Dentro no faltaban otras efigies de

Durga, y se adoraban las de Siva y Ganesa.--Pena infundía ver el

magnífico templo sin sacerdotes ni acólitos, vacío y mudo, invadido por

las plantas parásitas que se agarran á la piedra y consuman su

destrucción.

Aparte de las aves y de los reptiles, no quedaba dentro del santuario de

Durga más sér viviente que un anciano solitario. Es verdad que valía por

cien bramanes: la austeridad increíble de sus mortificaciones, que le

habían desecado el cuerpo y consumido y destuetanado hasta los huesos,

le tenían hecho una momia, pero tan comunicado con la esfera superior de

Brama, que cuantas veces hincaba en el suelo su báculo, el seco tronco

brotaba rama y flor, y que, sin sentirlo, á ratos se elevaba de tierra

siete codos el penitente, con otros prodigios que despacio refiere la

epopeya. La fama del santísimo Majamí, tal era su nombre, empezó á

divulgarse, y llegando á oídos de tres kapaleños que no podían

resignarse al triste estado presente de su nación, resolvieron

peregrinar al santuario de Durga y pedir á Majamí consejo y á la diosa

intervención eficaz.

Pertenecían estos tres últimos kapaleños patriotas á la casta de los

_chatrias_ ó guerreros, que forma, después de los bramanes ó sacerdotes,

la primer aristocracia de la India. Bien montados y llevando ofrendas

para la deidad, se encaminaron á Sindoro al rayar la mañana, y salvando

la odorífera selva y los lagos deliciosos, no tardaron en avistar las

galerías de arcadas y las innumerables cupulillas del vasto templo.

Pasaron, sobrecogidos de religioso pavor, bajo la enorme puerta de

entrada, en cuyas jambas hacen la guardia dos colosos armados de sendas

porras; y dentro del patio, al pie de la estatua de la diosa, cruzado de

piernas y mirándose al sitio en que debía estar el vientre,--la posición

en que suelen representar á los Budas,--calcinándose bajo un sol de

fuego, hecho un pedazo de yesca ó un tronco que abrasó el estío, vieron

al santo Majamí, tan quieto, que un pájaro se había posado en su cráneo

y sólo voló al ver aparecer á los tres chatrias.

--Grande y venerable asceta--dijo el que llevaba la palabra,--hemos

venido á turbar tu quietud y á interrumpir las místicas meditaciones que

te ponen en contacto con las esferas divinas, para rogarte que te

acuerdes del daño, desastre y acabamiento de nuestras comarcas y reino

de Kapala, y ejercites el formidable poderío que te otorga tu santidad

para obtener de la diosa Durga, en otro tiempo tan propicia á los

kapaleños, que nos restaure. Únicamente Durga puede hacer un milagro que

nos saque del abismo. Concentra tu voluntad, y obtén de la diosa el

favor que solicitamos.

Permanecía Majamí como si fuese labrado en piedra. Los chatrias,

respetando su inmovilidad, se prosternaron y adoraron á Durga, admirando

los atributos de sus ocho brazos y la esmeralda que en su mitra

resplandecía como una esperanza dulce. Entonces, con imponente lentitud,

los blancos ojos del solitario giraron en sus órbitas; su boca quemada y

negruzca se abrió solemnemente; su esternón, en que se contaban las

costillas apenas sujetas por la piel, jadeó para recobrar el ritmo de la

respiración olvidada; y al fin, con voz discorde y cavernosa, como el

chirrido de una puerta de oxidados goznes, murmuró gravemente:

--Contemplad ¡oh chatrias! los atributos de la diosa. ¡Ellos os dirán

cómo se hacen los milagros!

No les contentó la respuesta, é insistieron. El gran Majamí podía

solicitar de Durga milagrosa intervención: ¡el poder de la diosa era

tan infinito! Entonces el penitente, levantándose con trabajo, y

renqueando y vacilando sobre sus canillas huesosas, registró bajo el

zócalo de la estatua y sacó un pez muerto, ó mejor dicho, un pez seco

ya, de tonos metálicos, momificado como el propio Majamí--un pez que

parecía de estaño y cobre,--y se lo tendió á los chatrias, que no

pudiendo comprender el sentido de tan raro presente, sin replicar lo

tomaron.

--Durga os manda alimentaros de ese pez,--declaró Majamí.--Al sestear en

la montaña lo asaréis... y el pez os dirá cómo se hacen los milagros.

Asaz mohínos se despidieron los tres kapaleños patriotas, comentando el

regalo del pez y conviniendo en que Durga, airada ó indiferente, no

quería socorrer á Kapala. Con todo, á la primer parada bajo un grupo de

limoneros y tamarindos, dócilmente encendieron una hoguera y arrimaron á

la brasa el pez. Y, al caer sobre las ascuas, el pez empezó á hincharse,

á esponjarse; sus metálicas escamas se hicieron flexibles; al cabo de

pocos instantes, sus aletas se abrieron, se coloreó de rojo su abierta

boca, palpitaron sus branquias, y ¡oh prodigio de Durga! el pez, de un

brinco, saltó de la llama á la hierba, fresco, vivo, coleando.

--Durga nos manda imitar á ese pez--exclamó el primer chatria.--He

comprendido, hermanos míos. _¡Resucitemos!_

ENTRE RAZAS

Al admirar la colección de objetos de arte de mi amigo el conde de

Boltaña, me llamó la atención uno que no descollaba por su mérito, pero

que decía á mi alma cosas muy expresivas. Era la efigie--de talla, con

ropaje dorado y estofado--de San Benito de Palermo. La negra faz del

Santo, su testa de cabellera lanuda, se destacaban con singular energía

sobre las ricas vestiduras sacerdotales. Notando el interés con que yo

miraba la estatuilla, me advirtió el conde:

--Esa escultura es de lo más flojo que hay aquí.

--Pero encarna una idea--respondí al punto.--Encarna la idea tan

esencialmente democrática del Catolicismo. Es la apoteosis de la

igualdad humana; reprueba la división en razas superiores é inferiores

que estableció el paganismo. Por eso me conmueve el santito negro, que

estará ahora bañándose en la blanca luz celestial.

--Si yo le refiriese á usted--exclamó el conde--cuándo y en compañía de

quién adquirí esa talla y lo que después ocurrió, tal vez pensaría usted

que á fines de nuestro siglo la civilización vuelve al cauce pagano,

restaurando la desigualdad basada en la fuerza material... y que pierde

terreno, en los pueblos directivos, la noción del derecho.

Y como yo insistiese en conocer sin tardanza la historia de la compra

del San Benito, nos sentamos en cómodos y vetustos sillones de badana

cordobesa, y el conde habló así:

--Ha de saber usted que hace años, un primo mío, cónsul en Baltimore, me

recomendó á cierto norteamericano que venía á recorrer las principales

ciudades de España y proyectaba detenerse en Madrid cosa de un mes. Con

la hospitalaria cortesía de que nos preciamos los españoles,

sacrificando tiempo y dinero, me dediqué á acompañar y obsequiar al

yanqui, llevándole adonde mostraba deseos de ir: á las casas de los

anticuarios y también á los cafés flamencos y teatrillos de mala muerte,

con todas sus consecuencias. Para que usted se explique éstas al parecer

contradictorias aficiones de mi extranjero, habré de retratarle en

cuatro rasgos. Podría tener de veintiséis á treinta años de edad; era

alto, anguloso, como tallado á hachazos; y el contraste de su figura

consistía en aquel corpachón de boxeador y púgil terminado por una cara

imberbe, rasa, de ojos incoloros y fríos, de boca femenil. Llevaba el

pelo muy recortado, y al sol su cabeza parecía bola de oro pálido; en

suma, la facha de un _clergyman_, y desmintiendo el tipo clerical y

beatífico, una fisiología poderosa. Su carácter era poco expansivo, con

súbitos arrebatos de voluntariosos antojos; y noté fácilmente cómo en

las tiendas de antigüedades pasaba de la glacial indiferencia al

violento deseo, determinado, no por la belleza de un objeto, sino por su

alto precio ó su rareza. «Dentro de poco--solía decir en regular

castellano al sacar la cartera atestada de billetes--tendremos _allá_ lo

mejor de la vieja Europa.» Compraba lo mismo que quien roba, y sin mirar

sus adquisiciones segunda vez, las encajonaba y expedía. Lo único que

despertaba en él una emoción parecida al respeto, eran los cachivaches

de carácter nobiliario--que suelen hacernos sonreir á los españoles.--Un

carcomido escudo de armas, una amarillenta ejecutoria con miniaturas, le

atraían y borraban la contracción irónica de sus labios. Llamábase

Ricardo Stoddard, y sospecho que poseía fábricas de harinas y pastas;

pero jamás lo confesó, y pidióme por favor que le llamase siempre _don_

Ricardo, en lo cual á poca costa le dí gusto.

Una mañana, mientras rebuscábamos tesoros de arte, apareció ese San

Benito de Palermo, cubierto de polvo y destrozadillo. _Don_ Ricardo miró

la efigie y pronunció con calma: «Estúpida, una religión que pone en

altares á los negros.» No sé si porque me soliviantó la grosería de la

frase ó por espíritu de contradicción, en el acto compré la escultura y

mandé que la llevasen á casa del restaurador directamente. Quería

desagraviar al Santo de la obscura tez, y dar de paso una lección al

ciudadano demócrata.

Por casualidad, estábamos de acuerdo en visitar aquella misma noche un

cafetucho de no muy buena fama, cerca de los barrios bajos. Si bien me

desagradaban tales excursiones, no me creí dispensado de acudir á la

cita, y nos instalamos ante una mesa, pidiendo cerveza y café. Habría

transcurrido un cuarto de hora, cuando ví que en la mesa próxima acababa

de ocupar una silla un corpulento negrazo. Es tan poco frecuente ver

negros en Madrid, que le miré con profunda sorpresa, admirando su

atlética complexión, su arrogante estatura, su vigor, sus ojos

brillantes y la corrección de su traje; vestía de gris, con chaleco

blanco, y calzaba guantes de gamuza barquillo. Sin poder contenerme,

toqué en el brazo á _don_ Ricardo y le dije sonriendo:

--Buen tipo, ¿eh? ¡Qué ejemplar!

Volvióse el yanqui y posó en el negro sus pupilas descoloridas y

aceradas. No recuerdo mirada así: el desprecio condensado hasta producir

la frigidez del hielo, y la altivez que encuentra su fórmula definitiva

y triunfante, se revelaron de la ojeada que siguió á mi observación. Y

con voz incisiva, estridente, que azotaba, pronunció en alto:

--¡Oh! Sí. ¡Vale mil dollars!

No puedo describir el efecto que me causó aquel precio de mercado,

aquella tasa de caballo ó de res vacuna, arrojada á la faz de un

racional, de un sér humano; pero describiré el que causó en el negro,

que había oído perfectamente. Palideció poniéndose verdoso--es como

palidecen ellos;--la blancura de sus ojos giró, y levantándose de un

brinco de tigre, quitóse un guante y lo proyectó contra la mejilla del

norteamericano. Éste esquivó el choque ladeando la cabeza; sin perder su

flema, asió las tenacillas del azúcar y con ellas cogió el guante, sobre

la mesa caído; llamó al mozo, y ordenó chapurreando más que de

costumbre:

--¡Se lleve usted pronto esto porquería!

El negro permanecía de pie, lívido, cruzado de brazos, desafiando. Por

un instante temí que iba á precipitarse hacia nosotros. Su corpachón

gigantesco retemblaba de coraje; sus dientes castañeteaban de ira. Sin

embargo, se contuvo, abrió los brazos, volvióse de espaldas, y yo,

advirtiendo que en el café la gente, alborotada, se arremolinaba ya

esperando alguna bronca, pagué el consumo y logré sacar al yanqui

afuera. Al verse en la calle, dijo seca y acerbamente:

--¡Qué cosas pasan aquí! ¡Me echar el guante un esclavo!

Respondíle enojado que ya no hay esclavos, y creo que saqué á relucir en

mi perorata el San Benito negro y las ideas de fraternidad. Debí de

predicar en desierto, porque al dejar á _don_ Ricardo á la puerta de su

fonda, todavía repitió, pegándome familiarmente en el hombro (me había

cobrado afecto á su manera):

--¡Un esclavo! ¡By God!

Cuando me alejaba de allí, iba asaz preocupado. Juraría que _alguien_

nos había seguido á distancia, paso á paso, desde la Plaza Mayor hasta

la calle del Caballero de Gracia, á tales horas poco concurrida. Miré en

derredor, escruté las bocacalles, pero á nadie ví. Rumiando el

incidente, me retiré, y los siguientes días rehuí acompañar á _don_

Ricardo. La curiosidad me movió á averiguar quién era el gigantesco

negro, y supe que procedía de las Antillas, que ejercía las altas

funciones de jefe en las cocheras del duque de S..., y que por su

habilidad y maestría se ganaba un pingüe sueldo.

Y ya llegamos al desenlace de esta aventura, más dramático de lo que

usted supone... Una semana después del episodio del cafetucho, leía yo

en la peluquería un periódico, y á poco me degüella el barbero; tal

respingo dí al tropezar con la noticia de que en una callejuela

sospechosa de los barrios bajos, no lejos del consabido cafetucho, había

sido encontrado el cadáver de un extranjero, cuyas iniciales, _R. S._,

no me permitieron dudar de quién se trataba. El periódico traía más

detalles: la muerte había sido causada por dos cuchilladas tremendas, y

en los bolsillos del muerto estaban la cartera repleta y el soberbio

reloj, signo evidente de que el crimen obedecía á una venganza...

Hacer luz... era bastante difícil, como yo no cantase... Y no canté. ¡No

me atreví á echar el peso de mis palabras en la balanza terrible! ¿Hice

mal? ¡Mi instinto me dictaba que guardase silencio!... Y siempre que

pienso en esta página de mi vida moral, para tranquilizarme, para

recobrar la paz, miro esa efigie del Santo de la cara obscura...

CUENTOS ANTIGUOS

LA PALOMA

Á NUESTRO PADRE EL ZAR

Cuando nació el príncipe Durvati, primogénito del gran Ramasinda, famoso

entre los monarcas indianos, vencedor de los divos, de los monstruos y

de los genios; cuando nació, digo, este príncipe, se pensó en educarle

convenientemente para que no desdijese de su prosapia, toda de héroes y

conquistadores. En vez de confiar al tierno infante á mujeres cariñosas,

confiáronle á ciertas amazonas hircanas, no menos aguerridas que las de

Libia, que formaban parte de la guardia real; y estas hembras varoniles

se encargaron de destetar y zagalear á Durvati, endureciendo su cuerpo y

su alma para el ejercicio de la guerra. Practicaban las tales amazonas

la costumbre de secarse y allanarse el pecho por medio de ungüentos y

emplastos; y al buscar el niño instintivamente el calor del seno

femenil, sólo encontraba la lisura y la frialdad metálica de la coraza.

El único agasajo que le permitieron sus niñeras fue reclinarse sobre el

costado de una tigre domesticada, que á veces, como en fiesta, daba al

principito un zarpazo; y decían las amazonas que así era bueno, pues se

familiarizaba Durvati con la sangre y el dolor, inseparables de la

gloria.

A los diez y ocho años, recio, brillante y animoso, entró el príncipe en

acción por primera vez, al lado del rey, que invadía la comarca de

Sogdiana y Bactriana, para someterla. Erguíase Durvati sobre un elefante

que llevaba á lomos formidable torre guarnecida de flecheros; cubría el

cuerpo de la bestia un caparazón de cuero doble, y en sus defensas

relucían agudas lanzas de oro. Escogida hueste de negros armados de

clavas cercaba al príncipe, y cuando se trababa la lid, Durvati se

estremecía sintiendo que los pies enormes del belicoso elefante, que

barritaba de furor, se hundían en cuerpos humanos, reventaban costillas,

despachurraban vientres y hollaban cráneos, haciendo informe masa

sanguinolenta y palpitante. Al acabarse una batalla más reñida, Durvati

osó preguntar á su padre, el gran rey, si aquella gente aplastada sufría

mucho y si placía á Brama que la gente sufriese. Y Ramasinda, colérico

de la pregunta, que le pareció rasgo de flaqueza en el novel guerrero,

sólo contestó con palabras de un cántico sagrado: «Mira delante de ti la

suerte de los que fueron; mira delante de ti la suerte de los que serán.

El mortal madura como el grano, y como el grano renace.» Acababa de

pronunciar estas palabras Ramasinda, cuando cortó el aire una flecha, y

vino á fijarse temblando en la espalda del rey. Durvati, precipitándose

hacia su padre, sólo alcanzó á recibirle en brazos moribundo. La tropa,

después de hacer pedazos al matador del rey, proclamó á Durvati,

gritando que era preciso llevar á sangre y fuego aquel país, y que el

nuevo rey sabría cumplir tan alta empresa.--Aquella noche, el huérfano

se durmió con sueño de plomo y soñó cosas raras. Representósele otra vez

el triste fin de su padre; sintió la humedad de la sangre que manaba la

herida y la humedad del llanto que él mismo, Durvati, no se había

atrevido á derramar en presencia del ejército, pero que ahora fluía

copioso, empapando sus ropas. Y cuando desahogaba así el dolor,

parecióle que sobre su pecho notaba un calor grato y suave, como un peso

delicioso, y rozaba su cara algo fino cual seda. Era, á su parecer, una

blanquísima paloma, de rosado pico, de cuello de bizantinos esmaltes

verdiazules, de benignos y amorosos ojos negros, que arrullando

mansamente murmuraba á su oído una frase misteriosa. El arrullo calmó

las angustias del príncipe, y le sepultó en un anonadamiento absoluto,

reparador.--Al despertar gritó de sorpresa. Echada á su lado, recostando

la frente en su pecho, había una mujer muy joven, celestialmente bella,

de blanco seno, de rosada boca, de cabellera sombría y suelta como

plumaje de ave, de negras pupilas; y al preguntar atónito Durvati quién

era la admirable criatura, fuéle respondido que una cautiva, una

esclava, por hermosa señalada para botín real, y que á no haber sido

muerto el rey Ramasinda, estaría ahora en su tienda y no en la de

Durvati.

Mozo era, y nunca había ardido en su corazón el incendio que transforma

y perpetúa los seres. En aquel punto y hora lo sintió con tal fuerza,

que se borró de su mente cuanto no fuese la cautiva. Olvidando planes de

conquista y dominación, fijó sus reales en la ciudad más próxima, y

embelesado en coloquios deleitosos se pasaba la existencia. No por eso

se crea que Durvati se entregó á la molicie y al desenfreno. Al

contrario; poseído casi siempre de exquisita delicadeza, con casto

arrobamiento, amaba á la cautiva á la manera que enseñan los _kandas_, ó

himnos védicos,--con el _atmán_, que quiere decir _aliento_ ó

_espíritu_;--repitiendo aquellas palabras consagradas:--«En verdad lo

que amamos en la mujer no es la mujer, sino el espíritu; y quien busque

en la mujer más que el espíritu, será abandonado por Brama.»--Recordando

que la primer noche en que tuvo cerca á su amiga soñó Durvati que una

paloma se le arrimaba arrullando, Paloma la llamó, y Paloma la nombraron

todos.

Lo que más encantaba á Durvati en Paloma, y lo que justificaba tal

apodo, era la ternura, la mansedumbre, la piedad, la blanda condición,

tan diferente de la de aquellas feroces guerreras sin atributos

femeniles, entre cuyas manos se había criado el joven rey; y según éste

intimaba con Paloma, y la frecuentaba, y se apegaba á ella, y pasaban

juntos las largas siestas del estío á orillas de los lagos cristalinos y

bajo los copudos árboles, le repugnaba más y más la idea de la crueldad

y de la matanza, se le hacía más cuesta arriba lanzar al combate otra

vez sus huestes. Ya dueña de su confianza, y usando de la libertad que

da el afecto, Paloma le pintaba con sus colores horribles el estrago de

la guerra, y le aseguraba que todos tienen derecho á vivir y deber de

amarse, para disminuir los males que cercan en la tierra al mortal.

Por desgracia, no poseía cada soldado de Durvati su Paloma; furiosos con

la inacción, vejaban y oprimían á los naturales, y el país se alzaba

indignado, clamando independencia ó muerte. Los jefes, compañeros del

victorioso Ramasinda, aficionados al combate, maldecían y renegaban de

la hechicera que tenía embaucado al rey, y suspiraban por el momento de

armar á sus elefantes de combate y arrojarse al botín y á la gloria.--La

sorda conjuración contra la favorita tomó cuerpo al difundirse una

noticia grave: contra todos los ritos, costumbres y leyes, contra el

decoro de su nombre y las tradiciones heroicas de su raza, Durvati iba á

elevar al trono á aquella mujer, y regresar después á los bordes del

Ganges, abandonando la tierra ganada por el empuje de sus armas,

devolviendo la libertad á sus moradores, sin apropiarse ni una pulgada

de territorio ni una oveja de ajeno rebaño. Cundió la nueva entre las

tropas, y oyéronse maldiciones é imprecaciones contra el afeminado rey

que los deshonraba y envilecía. Era preciso que su razón estuviese

perturbada, y que aquella bruja, secuaz de los magos, hubiese dado algún

bebedizo ó hierba mala al joven héroe, para que olvidase la dignidad

real y los deberes de su cargo altísimo, que principalmente en la guerra

se resumen. Persuadidos ya de haber adivinado la causa de la decadencia

y trastorno de Durvati, concertáronse las amazonas y los jefes, y una

noche, sigilosamente, sorprendieron y robaron á Paloma de la misma

cámara real.--No ha logrado la historia exclarecer su paradero; las

desgarradoras quejas de Durvati, sus ruegos, sus amenazas, no

consiguieron que los raptores se la restituyesen; únicamente, ante la

insistencia del joven rey, quizá deseosos de hacerle irónica burla,

idearon colocar en su lecho, mientras dormía, una paloma mansa, que

llevaba por collar el anillo de la cautiva: paloma de níveo plumaje, de

tornasolado cuello verdiazul, de rosado pico, de ojos negros, amantes y

candorosos...

No se sabe si Durvati entendió la sátira, ó si, en efecto, supuso que

aquella ave arrulladora y dulce era el _atmán_ ó espíritu de su

amada.--Lo cierto es que, fingiendo atribuir el caso á un prodigio,

convocó á sus huestes y les hizo saber que aquella metempsícosis de la

amiga, vuelta paloma, significaba que Brama quería la paz perpetua, la

paz luciendo como blanca aurora sobre el mundo; y que esta resolución

estaba decidido á mantenerla, cortando la cabeza sin demora á quien se

opusiese ó suscitase dificultades de cualquier género.--Y en efecto, en

todo el reinado de Durvati no se derramó gota de sangre humana.

PREJASPES

Pensamos los occidentales haber inventado la lealtad monárquica, y

atribuímos el desarrollo de este singular sentimiento á las ideas

cristianas, confundiendo los afectos que debe inspirarnos Dios, suma

Causa y Bien sumo, con los que tienen por objeto á hombre nacido de

mujer. Yo no sé si un sentimiento se califica ó descalifica por ser

antiguo, pero sé que la lealtad monárquica es tan vieja como los más

viejos cultos, y en apoyo de esta opinión recordaré la aventura que le

sucedió al adictísimo Prejaspes.

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 10 / 13 段