viajeros españoles, como pasase cerca del torreón de la Esperanza, deseó
subir á él. Antes de realizar la ascensión conferenciaron, y con la
verbosa familiaridad y la espontánea franqueza que caracteriza á los
españoles, se confiaron recíprocamente sus aspiraciones y hasta sus
fantásticos sueños. Abrieron su corazón como se abre una puerta, de par
en par, y resultó que existía entre sus anhelos afinidad y analogía
extraña. Querían encaramarse al torreón de la Esperanza, porque,
aburridos y hastiados de lo presente, sólo fiaban en las novedades que
diese de sí lo futuro. Mostrábanse los peregrinos descontentos de cuanto
existe, y andaban conformes en atribuir los males y decaimiento de
España á los individuos que figuran á la cabeza de la nación. Sólo un
ciego no vería la decadencia y lastimoso agotamiento de nuestros
_héroes_. Sobre este tema había que oir á los peregrinos, oportunos,
decidores y epigramáticos. Las flaquezas, las deficiencias, las torpezas
y los yerros de las celebridades salieron á relucir con salsa de mostaza
picante, con fuego graneado de chistes y anécdotas. Quedaron allí las
altas famas pulverizadas, las glorias disueltas y devoradas por el ácido
corrosivo de una crítica mofadora. ¿Los estadistas? garduñas, vividores
sin conciencia. ¿Los caudillos? cobardones, y por contera ineptos, sin
el acierto instintivo del guerrillero ni la vasta estrategia del
verdadero gran capitán. ¿Los artistas? imitadores misérrimos, que se
traían del extranjero las ideas y hasta las formas, como las bailarinas
se traen pantorrillas de algodón. ¿Los literatos? pobres diablos secos y
vacíos hasta la médula de los huesos, y además, pesadísimos...
«¡_Lateros_ insufribles!» gritó uno de los peregrinos, que frisaría en
los veintitrés años y lidiaba á la sazón con el tercero de Derecho. La
frase resumió el debate; todos convinieron en que se estaba erigiendo
una catedral de hojalata para que se riese la posteridad. Urgía
refrescar, variar el personal; era llegado el instante de cambiar de
baraja, estrenando una nueva, tersa, reluciente, no sobada ni fatigada
del uso... ¡Vengan otros, los desconocidos, los ignorados genios que
encierra en su seno la multitud anónima!--Por eso ardían los españoles
en deseos de subir al torreón y divisar á lo lejos el remolino de polvo
que anuncia la irrupción triunfante del porvenir...
A la mañana siguiente, al despuntar el día, trepando por las piedras,
agarrándose á las matas de hiedra, valiéndose de escalas y de sogas,
arañándose las manos, alcanzaron la plataforma, y reclinados en el
parapeto y el almenaje, consultaron ansiosos el horizonte.--Desde luego
pudieron cerciorarse de la verdad histórico-topográfica que envuelve la
conseja de Barba Azul. Arrancando de la calzada que conduce al puente
levadizo del castillo, y prolongándose hasta perderse allá entre dos
montañas casi difumadas en la lejanía, serpeaba por frescos prados la
cinta de plata del camino. En lo más distante que de él podía percibirse
clavaron los ojos los españoles, como los había clavado la despavorida
Isaura; y repitiendo su pregunta con afán poco menor, preguntaban los
cortos de vista á los que asestaban poderosos gemelos: «Qué, ¿nada? ¿No
asoma nada aún?» Y los otros respondían: «Nada... Sólo se ve la hierba
que verdea y el camino que blanquea.»
Pasaron horas y horas, y mis españoles quietos allí, catalejo en ristre,
ó haciéndose pantallas y tubos con periódicos los que de anteojo
carecían. El sol, que iba remontándose al cénit, picaba más de lo justo
y quemaba las pupilas y derretía los sesos; la sed inflamaba los
gaznates y el hambre pellizcaba los estómagos; pero la magia de la
Esperanza, como un filtro, sostenía á los expedicionarios, impidiéndoles
retirarse. Cerca ya de la hora meridiana, un privilegiado que poseía
unos soberbios _marinos_ exhaló chillido indescriptible. ¡Allá, allá, en
lontananza remotísima, acababa de aparecer un punto blanco, el núcleo de
un astro, la misteriosa nube de polvo!
Creyeron volverse locos los españoles. De mano en mano pasaron los
gemelos. ¡Sí, sí, allí estaba, creciendo, dilatándose, la nube! Pronto,
roto el turbio velo, lograron distinguir lo que se acercaba. Era una
lucida cohorte á caballo, una hueste espléndida, bizarramente engalanada
y armada de punta en blanco, apercibida al combate. Ya se podían admirar
el corbeteo de los fogosos bridones, ya el damasquinado de los arneses y
cotas; ya gallardeaba el ondear de las plumas y el flotar de las bandas
de colores; ya se distinguían las empresas de los pendones y el blasón
de los escudos... Los de la plataforma, ebrios de entusiasmo, gritaban,
vitoreaban, cabalgaban en las almenas á riesgo de estrellarse...
Faltábales sólo ver las caras de los paladines: era una fatalidad:
llevaban todos baja la visera del casco. ¡Grande, ardiente era el anhelo
de conocer á los que cifraban el destino de la patria española!...
Un clamoreo inmenso, de nervioso entusiasmo, se alzó de la plataforma
cuando, llegados al pie del puente levadizo, los _héroes_ que venían
alzaron la visera... Y otro clamor especial, de ironía y desencanto,
siguió al primero.--Los de la hueste esperada, los de la hueste
desconocida... no eran sino _aquellos_ mismos, ¡vive Dios! aquellos que
desde hacía años lidiaban, resistiendo los embates de la censura y las
exigencias del descontento y del cansancio. Todos iguales, invariables,
ya curtidos, ya veteranos... Los mismos caudillos, los mismos
estadistas, los mismos artistas y literatos célebres... ¡Ni una cara
nueva, vive Dios!--Y los viajeros españoles, asaz mohinos, descendieron
aprisa... A la noche se consolaron armando una tertulia, volviendo á
pulverizar á los eternos _héroes_, y planeando, para el otoño próximo,
otra subida al torreón de la Esperanza.
EL PALACIO FRÍO
¿Os acordáis de aquella princesa enferma, hija del rey de Magna, á quien
curó como por ensalmo un viejo mostrándola cierto panorama muy lindo?
Pues habéis de saber que á la vuelta de muchos años el cetro de Magna
vino á recaer en un hijo de esta princesa, y este hijo, bajo el nombre
de Basilio XXVII, reinó gloriosamente por espacio de más de un cuarto de
siglo, persistiendo la huella de su paso por el trono en varios
monumentos grandiosos y venerables, que estudian hoy los arqueólogos con
particular interés, discutiendo si el estilo peculiar de tales
construcciones es invención que exclusivamente pertenezca al
vigesimoséptimo Basilio ó procede ya de la influencia de su madre y
quizás se remonta hasta la de su abuelo. Punto es éste acerca del cual
se han escrito doce voluminosos libros y cosa de sesenta monografías
asaz doctas.--Lo que especialmente hizo darse de calabazadas á los
sabios fueron ciertas imponentes ruinas que la tradición popular llama
del _Palacio frío_, sin que hasta hace poco tiempo se consiguiese
averiguar el origen de tal nombre, que contrasta con el aspecto de lo
que del edificio resta en pie.
En efecto; el palacio, del cual se conservan galerías, salones y
estancias que decoran restos de ricas maderas y preciosos mármoles y
jaspes, parece haber sido erigido por la madre de Basilio XXVII para
asilo de un feliz amor conyugal; y su traza, su adorno, su carácter, en
fin, son marcadamente amables y alegres, con la alegría de una dicha
soberana, ostentosa y triunfante. El emplazamiento, su orientación al
Mediodía, su situación en el punto más despejado y dominando la
perspectiva más risueña, sobre la bahía y entre bosquecillos de
naranjos, limoneros y granados siempre en flor, tampoco permitían
inducir por qué hubo de ser llamado _frío_, nombre que parece delatar
solemnidad y tristeza.--El enigma de semejante tradición llegó á
preocupar al Dr. Herr Julius Tiefenlehrer, sabihondo catedrático alemán,
que se propuso descifrarlo á toda costa. Con la cachaza del que no
regatea tiempo, se instaló en las mismas ruinas, y araña de aquí,
escarba de allí, rebusca por allá y escudriña por acullá, consiguió
desenterrar, al pie de una columna, en la cripta bajo lo que fue salón
del trono, un cofrecillo de hierro que contenía un rollo de manuscritos.
A pique estuvo el Dr. Tiefenlehrer de volverse loco de júbilo con el
inestimable descubrimiento; como que los manuscritos eran nada menos
que unas instrucciones muy prolijas, de puño y letra del mismo Basilio
XXVII, y destinadas á sus herederos y sucesores, para adoctrinarles en
la recta gobernación del Estado y en la conducta que debe seguir un
monarca. Pero lo que sobre todo arrebató á Herr Julius al quinto cielo,
fue que, por vía de ejemplo, Basilio refería allí con pormenores la
historia del _Palacio frío_. Y nosotros, al traducirla del enorme
volumen en lengua alemana en que el sabihondo la publicó,
enriqueciéndola con toda especie de documentos, glosas, advertencias,
referencias, notas, comentarios, planos y estudios comparativos con
otras tradiciones de Magna y de los demás pueblos del mundo, la
extractamos rápidamente y sólo damos en forma escueta el relato del
extraño suceso por el cual se llamó _frío_ el palacio de Basilio XXVII.
Es el caso que cuando el joven Basilio heredó la corona, hallóse en un
estado de ánimo parecido al fervor de los que ingresan en una orden
religiosa, y se dió á pensar cómo debía conducirse á fin de cumplir sus
deberes y desempeñar á perfección la alta y ardua tarea que le señalaba
el destino. Penetrado de la grandeza y hasta de la santidad de su cargo,
pidió á Dios luz y fuerza para que su nombre pasase á la Historia con la
aureola y el prestigio de los reyes que saben ejercer el poder sumo en
provecho y honor de la patria. Sin embargo, tan excelentes intenciones
se estrellaban contra una dificultad: el rey quería el bien, pero no
sabía dónde estaba, ni en qué consistía, ni cómo era preciso
arreglárselas para descubrirlo.
Así las cosas, y mientras Basilio cavilaba en el modo de acertar, empezó
á darse cuenta de un sorprendente fenómeno; y es que dentro de su
palacio--aquel deleitoso palacio construído por una reina enamorada para
albergue de la dicha, y enclavado en un oasis, en lo mejor de un país de
clima naturalmente benigno,--hacía frío, mucho frío, un frío cruel. La
sensación de este frío, al principio sutil y casi imperceptible, iba
siendo á cada paso más fuerte y penetrante. Nadie dudará que el rey
aplicó al punto los remedios que suelen emplearse contra el descenso de
la temperatura; y el primero fue abrigarse, envolverse en ropas de
invierno. Desde la hopalanda de enguatada seda hasta el manto de finas
pieles de rata polar, colchón vivo que crea una atmósfera suave y tibia
en torno del cuerpo; desde el casacón de terciopelo de media pulgada de
alto hasta la funda de raso rehenchida de plumón de pato silvestre;
desde la vedijosa zalea de cordero blanco hasta la gruesa manta lanuda,
Basilio usó cuanto juzgó á propósito para entrar en calor, sin que se
desvaneciese aquel frío singular, siempre más intenso. Desesperando ya
del abrigo suyo, se dió prisa á calentar el palacio. De entonces procede
la construcción de las suntuosas y amplias chimeneas que por todas
partes lo decoran, y en las cuales noche y día se quemaba un monte
entero de leña seca, levantando mil lenguas y jirones de llama. No se
conocía en aquel tiempo otro sistema de calefacción; pero sobraba para
disipar cualquier frío natural y explicable en lo humano. No obstante,
el frío continuó, arreció, redobló, invadiendo ya la médula del rey, que
daba diente con diente á todas horas.
Cuando Basilio XXVII preguntaba á sus ministros y magnates y á los mil
agradadores que bullen alrededor de los poderosos si sentían como él
aquel extraño frío, le desesperaba oirles responder vagamente que sí, y
al mismo tiempo verles andar á cuerpo y abanicarse, mientras él se
encogía castañeteando los dientes. Notaron los áulicos la contrariedad
del soberano, quisieron llevarle la corriente y fue muy gracioso verles
fingir que también se helaban, vestidos de riguroso invierno y sudando
como pollos. Y el joven rey, que tenía un espíritu sincero y leal, se
indignó ante la comedia y miró á sus cortesanos con desprecio profundo
al observar que en cosa tan evidente y palmaria le mentían y engañaban
sin temor. Acometido de tristes recelos, pidiendo la verdad á la
ciencia, Basilio llamó á un médico y le preguntó si el terrible frío que
sólo él padecía sería debido á mortal enfermedad. Reflexionó el sabio, y
después quiso saber si el rey notaba el mismo frío en todas partes.
Abriendo una ventana, suplicó á Basilio que se asomase; y cuando éste
pensó tiritar y morir helado, observó que, por el contrario, el aire
exterior le calentaba y reanimaba mucho.
--La solución de este problema no depende de la Medicina--declaró el
doctor.--V. M. no está enfermo. No me consulte á mí, sino á su
conciencia y á Dios, y pues aquí tiene frío y ahí no, salga, salga á
todas horas; viva fuera de este palacio fatal.
Y Basilio salió, en efecto, huyendo de la espléndida morada en que se
congelaba su sangre y los mármoles parecían témpanos, y los dorados,
irisaciones del sol en las paredes de alguna nevera. Echóse á todas
horas á la calle, gozando con delicia la suave temperatura,--y poco á
poco fue tomándose interés en lo que le rodeaba y estudiando y
conociendo lo que preocupaba y convenía á sus vasallos.--Vió con
extrañeza que el mundo no era como sus cortesanos lo pintaban, y le
pareció que se le barrían de los ojos unas telarañitas y que el cerebro
se le despejaba y se le despabilaba el sentido. Mil cuestiones que no
comprendía se le aparecieron claras, transparentes; conoció las
necesidades, oyó las quejas, se asimiló las aspiraciones, hizo suyos los
deseos y afanes del pueblo, y de tal modo se identificó á la vida de sus
súbditos, que su corazón llegó á latir enteramente al unísono del gran
corazón de la Patria, como si á los dos los regase la misma sangre y los
dilatasen y contrajesen iguales alegrías y tristezas. Basilio estaba
transportado; lo único que todavía le contrariaba era que, al retirarse
á palacio, le acometía el frío otra vez. Y, en un momento de
inspiración, se le ocurrió que, pues fuera hacía calor, quizás el
palacio se templaría abriendo de par en par las puertas y las ventanas
para que lo llenase el ambiente exterior, las ráfagas de la calle y
hasta la gente de la calle, la gente humilde. Dió, pues, la orden, y
fueron franqueadas á los súbditos las puertas del regio alcázar. Y á
medida que el pueblo, respetuoso y lleno de amor por su buen monarca,
recorría las estancias magníficas, verificábase el portento: derretíase
el hielo, el aire se hacía blando, templado; las avecillas de las
pajareras cantaban, los tiestos florecían, reía el dulce hálito de la
primavera.--Resuelto estaba el enigma. Basilio XXVII no volvió á tener
frío en su palacio.
EL TEMPLO
Sucedía lo que voy á referir en los tiempos modernísimos de la China,
séptimo siglo de nuestra era, reinando la emperatriz Vu. No incluyen los
historiógrafos sinenses á esta dama en la lista de los soberanos,
alegando que Vu era una usurpadora, ni más ni menos que la actual
emperatriz, que tanto preocupa á la Europa culta.
Hija de un príncipe de Mingrelia, Vu fue llevada al gineceo de Tai-Sung
con otras veinte doncellas nobles, encargadas de hacer el té y plegar,
guardándolos en cajas de sándalo oriental, los ropajes de seda del
emperador. La reconocieron los eunucos; se cercioraron de que tenía el
aliento sano, la dentadura pareja y completa, el cuerpo puro y gentil, y
sabía trazar con el pincel los caracteres complicados del alfabeto,
rasguear la guitarra y recitar de memoria las enseñanzas de la
literatura Pan-hoei-pan, que ordenan á la mujer ser en su casa nada más
que un eco y una sombra. Seguros ya de que Vu merecía el honor de
divertir al glorioso soberano, la vistieron de bordadas telas, la
perfumaron con algalia, salpicaron de flores de cerezo su negra
cabellera, peinada en complicadas y relucientes cocas, y la presentaron
á Tai-Sung. Este apenas la miró; altos designios, planes heroicos,
sabias máximas ocupaban su mente. Estaba disponiendo las instrucciones
que había de dar al príncipe heredero Kao-Sung, entre las cuales
figuraba este consejo: «Reina sobre ti mismo y sujeta tus pasiones.» Y
el príncipe heredero--asomado al balconcillo de un pabellón de bambú que
adornaban placas de esmalte y cuyo techo escamoso guarnecían
campanillitas de plata,--vió pasar á la nueva esclava de su padre y la
codició en su corazón de un modo insensato.
Un mes más tarde, el emperador bebía una taza de té servida por Vu, y
disuelta en la rubia efusión, fuerte dosis de opio ofrecía al mortal
reposo eterno. Después del solemne entierro del ilustre guerrero y
legislador, Kao-Sung repudió á sus legítimas esposas, emperatrices del
Poniente y del Levante, y sentó á su lado, en el trono, á Vu, dándola el
título nuevo é inaudito de reina celestial.
Jamás se había cometido tan grave y escandalosa acción. La piedad filial
es la virtud china por excelencia, y Confucio dice en el Y-King ó _Libro
de los libros_ que el padre es al hijo lo que el sol al mundo. Pero
habían pasado los tiempos en que el prestigio de la ley podía más que el
respeto al Monarca, y nadie se atrevió á chistar. Solamente un
literato--en aquel país los literatos llevaban la voz de la conciencia
pública--tuvo valor para anunciar á Kao-Sung que los Espíritus ó manes
de los antepasados tomarían venganza de la ofensa; por lo cual el
literato fue esmeradamente cortado en diez mil pedacitos, suplicio que
se reserva á los grandes culpables.
Sin duda los Espíritus quisieron dejar bien al literato, pues Kao-Sung
murió pronto, consumido por el incendio de sus venas, por el amor
desesperado y loco. Sucedíale su hijo Shun-Sung; pero á los pocos días
la emperatriz le hizo sorprender en su lecho y trasladar en palanquín á
una fortaleza fronteriza, de las que defendían la Gran Muralla. Y
apoderándose del trono, dió rienda suelta á su soberbia infinita. Mandó
construir un palacio desmesurado, y en él reunió servidumbre
innumerable, entre la cual había bailarinas, atletas, astrólogos,
arqueros muy diestros y palafreneros tártaros de suma habilidad. Todas
las noches los jardines se iluminaban con millares de farolillos, y
barcas empavesadas, de figura de dragones ó cisnes, llenas de músicos,
con mesas dispuestas para el banquete, recorrían los estanques y lagos;
en la más suntuosa de las embarcaciones, la emperatriz, rodeada de su
corte, se entregaba á los delirios de la orgía. Hasta tuvo el capricho
de hacer un lago de vino rojo y ver cómo se bañaban en él, ebrios ya,
los cortesanos. En medio de su desatinada vida, Vu pensaba en agrandar
su Imperio, y veteranos generales consiguieron para sus armas brillantes
victorias. Los literatos, no queriendo ser aserrados ó cortados en diez
mil trozos, cantaban la gloria de la excelsa Vu, y el Imperio entero,
postrado á sus casi invisibles pies, la reverenciaba acobardado, pues
las proscripciones habían hecho oscilar, al extremo de un bambú corvo,
muchas y muy ilustres cabezas.
Cualquiera pensaría que Vu, en tal esplendor de triunfo, no envidiaba á
nadie en la tierra. Y sin embargo, á los tres años de reinar, dió
marcadas señales de cansancio y hasta de melancolía, por lo cual los
médicos y astrólogos de palacio no sabían á qué santo encomendarse, pues
la Emperatriz, encerrada en sus habitaciones, se negaba á ver á nadie, y
hasta hubo días en que rehusaba el alimento. Mil versiones corrían
acerca del padecimiento incomprensible de la Emperatriz,--y es que nadie
podía sospechar que Vu, la ambiciosa, la caprichosa, estaba perdidamente
enamorada de un joven bonzo, sacerdote de Fo (á quien en la India llaman
el Buda).
Ni toda la ciencia del gran Confucio y de Lao-Seu, el filósofo de las
blancas cejas, alcanzaría á explicar la secreta razón del enamoramiento
y del sufrimiento de la Emperatriz. Así como se habían reclinado en los
cojines de seda de su gabinete los esculturales hijos de Corea ó Kaolín
(la tierra cuyo barro sirvió al Espíritu para modelar al primer hombre),
los indianos del Himalaya, de negros ojos de gacela y dorada piel; los
siberianos, de azules pupilas, y los montañeses Kirguizos, de arrogante
apostura, nada más fácil para la celeste Emperatriz que prender al joven
bonzo Hoay y encerrarle allí, entre jardines de arbustos enanos en
flor, que convidan á la molicie. Mas no era eso lo que Vu deseaba. Había
visto al bonzo en ocasión de hallarse ella pescando en un estanquito
peces de colores. Al tirar de la cuerda y sacar un plateado ciprino de
aletas de carmín, el budista, que pasaba con los ojos bajos, había
alzado la voz, exclamando severamente: «Mujer, ¿por qué haces daño á los
seres vivos é inofensivos? Si quieres saciar tu crueldad, clávame el
anzuelo á mí.» Y desde aquel instante, Vu veía siempre el grave rostro,
la mirada intensa, de fuego, la figura penitente del bonzo Hoay; y en
memoria suya, á ningún sér viviente se hacía mal en el inmenso palacio.
Vu comía frutas confitadas, legumbres cocidas, y las aves anidaban
pacíficamente en el imbricado reborde de los pabellones de recreo.
Un día, ya desesperada, sintiendo que la tristeza la consumía hasta la
médula de los huesos, Vu se hizo conducir al monasterio donde habitaba
el bonzo, y arrojándose á sus pies, sin orgullo ni alarde de poderío, le
explicó su mal y le pidió el remedio. «Yo sanaré si tú me guías; yo
sanaré si tú estás á mi lado.» Hoay levantó del suelo á la Emperatriz
celeste, y con palabras fraternales la calmó: «Empieza--la dijo--por
elevar un templo á la Luz y otro al Cielo..., y después llámame.» Vu
erigió dos templos altísimos, que agotaron su tesoro; terminadas las
obras, avisó al bonzo, el cual acudió, y, armado de una antorcha,
incendió los maravillosos edificios. No quedó de ellos más que ceniza.
Después dijo á la consternada Emperatriz: «Ahora, mujer, eleva un templo
más alto, más alto, dentro de ti, en tu corazón, al Cielo y á la Luz...
y cuando esté erigido vuélveme á llamar.» Vu ignoraba cómo arreglárselas
para elevar un templo dentro de su corazón; no obstante, por instinto
del querer--instinto infalible,--adoptó vida distinta de la anterior:
abrió las prisiones, prohibió los suplicios, rebajó los impuestos, oyó
las quejas justas, dió premios á la piedad filial, amparó la
agricultura, y en su palacio estableció tal moralidad, que podrían ser
de vidrio las paredes. El bonzo, satisfecho, venía á visitarla todas las
tardes, y cogidos de las manos, apaciblemente, conversaban sobre las
cuatro virtudes sublimes y la liberación de la bienaventuranza final. Vu
era dichosa como en su vida lo había sido.
Sin embargo, los veteranos generales, los eunucos directores de las
fiestas, los panzudos mandarines y hasta los literatos, envidiosos de la
privanza de Hoay, al ver que ya no se ordenaban suplicios, conspiraron.
Y Vu, aquella Emperatriz que (según el dicho del historiador Padre
Amiot) emprendió y ejecutó impunemente las cosas más extraordinarias y
más opuestas al criterio y costumbres de la China, fue sorprendida en su
pabellón y secretamente estrangulada, en castigo de haber concebido un
amor diferente de otros amores, y de haber, á impulsos de ese extraño
sentimiento, elevado en su corazón un templo muy alto al Cielo y á la
Luz.
EL MILAGRO DE LA DIOSA DURGA
La historia religiosa y la civil y militar se encuentran tan íntimamente
enlazadas en los pueblos antiguos de la India, que ni la crítica intenta
separarlas; los textos históricos se hallan en los libros sagrados; las
mismas epopeyas tienen carácter teológico, y obra son de bramanes ó
sacerdotes. En una epopeya de las más difusas encuentro el relato del
hecho sobrenatural que vais á leer, si lo leéis, y á meditar, si
gustáis. De mí sé decir que me dejó buen rato pensativa.
La ciudad y estados de Kapala, florecientes bajo los reyes de la casa de
Dapatamali, decayeron poco á poco de su antiguo esplendor, y en plazo
relativamente corto vinieron á ser invadidos y sometidos por sus
constantes enemigos los de Kamurti. Tributos onerosos, vejámenes
intolerables, humillaciones continuas, las leyes y las instituciones, el
comercio y la agricultura de Kapala sometidos á la fiscalización y á la
avidez codiciosa del enemigo, todo esto tuvieron los kapaleños que
sufrir y llevarlo en paciencia, pues al soberbio vencedor le parecía
harto haberles dejado la vida salva. Es verdad que cuando aconteció á
Kapala tal desventura, ya estaba muy abatida y desbaratada por culpa de
la mala administración, rapacidad y desmanes de los exactores, y de
infinitos vicios que se habían ido arraigando en su constitución y
enfermándola, hasta producir una atonía que hizo á los kapaleños
indiferentes á su propio decaimiento y vergüenza.