Levantóse el Apóstol guerrero y fué á halagar con las manos el lomo de

su cabalgadura. Quería consolarla, quería calmar su impaciencia y no

sabía cómo, pues él, glorioso veterano, también soñaba incesantemente

renovar las proezas de otros días. Sin duda para acrecentarle el ansia y

avivarle el recuerdo, aparecióse por allí un alma acabada de ingresar en

el Paraíso, pues daba claras señales de no conocer los caminos, de

hallarse como desorientada é incierta. Era el recién llegado de mediana

estatura, moreno, avellanado y enjuto; rodeaban su tronco retazos de

tela amarilla y roja, que apresuradamente igualaba en matiz la sangre

fluyendo de varias mortales heridas. Santiago corrió hacia aquel

valiente con los brazos abiertos, y el español, al ver ante sí al

Apóstol de la patria, cayó de rodillas y le besó los pies con infinita

ternura.

--_Bonaerges_, hijo del trueno--murmuraba devotamente el español,--¿por

qué nos has abandonado? En nuestro infortunio, confiábamos en ti.

Esperábamos que hicieses vibrar sobre nuestros enemigos el rayo ó

llovieses sobre ellos fuego celeste, como el que quisiste lanzar contra

aquellos samaritanos que cerraban las puertas de su ciudad á Jesús.

Mira, Santiago, adónde hemos llegado ya. Te lo diré con palabras de la

Epístola que se lee el día de tu fiesta; hemos sido hechos espectáculo

para las naciones, los ángeles y los hombres. Hemos venido á ser lo

último del mundo. Y todo por faltarnos tú, Apóstol de los combates.

Desata tu corcel, guíale al través del aire, ponte á nuestra cabeza. El

caballo blanco olfatea la lid. ¿No oyes cómo relincha, deseoso de

arrancar al grito de _cierra España_? Desciende, te esperan _allá_. Te

aguarda la tierra que por ti se creyó invencible. El bridón quiere

romper la cadena. ¡Santiago! ¡Buen Santiago! ¡Señor Santiago!

Al oir tan apremiantes súplicas, el Apóstol se conmovía más. ¡Soltar el

corcel blanco, salir al galope, esgrimir otra vez el acero llameante!

¡Hacía tanto tiempo que lo anhelaba! No por su gusto permanecía en la

inacción, con la montura amarrada al árbol y las armas colgadas del

ramaje... Y alzando y consolando al español y apretándole contra su

pecho, Santiago empezó á vendarle las heridas cruentas; hecho lo cual,

llegóse al tronco y desató al blanco bridón, que, loco de júbilo al

verse libre, al suponer que remanecían las aventuras de otros tiempos,

agitó la cabeza, hizo flotar la crin, corbeteó gallardamente, y batiendo

el polvo con sus bruñidos cascos, alzó una nubecilla de oro. Por su

parte, el Patrón descolgaba la cota de malla y se la vestía, calábase el

ancho sombrerón orlado de acanaladas conchas, afianzaba en los hombros

el manto, embrazaba el escudo y ceñía el tahalí y la espada terrible.

Entretanto, el español echaba al caballo la silla recamada de oro y le

ponía el freno y el pretal incrustado de cabujones de pedrería. Y cuando

ya el Apóstol trataba de afianzar el pie en el estribo de plata para

saltar, he aquí que aparece, saliendo del vecino bosque, otro español,

vestido de paño pardo, calzado con groseras abarcas, haciendo señas para

que se detuviese el Apóstol. Este aguardó: en el villano de tez curtida

y de rústico atavío, acababa de reconocer á San Isidro, pobrecillo

jornalero laborioso, que en su vida montó más que jumentos cargados de

trigo, porque los llevaba á la molienda.

--¡Orden del Señor!--voceaba el labriego descompasadamente.--¡Orden del

Señor! Ese caballo nos hace falta para uncirlo al arado y que ayude á

destripar terrones. Y ese español que está ahí, que venga á llevar la

yunta. Bien sabes, Bonaerges, lo que dijo el Señor en ocasión memorable,

cuando tu madre le pidió para ti y tu hermano el puesto más alto en el

cielo: los que quieran ser mayores beban primero su cáliz. Paisano mío,

á arar con paciencia y sin perder minuto...

LA EXANGÜE

--Alquiló el cuarto tercero de mi casa, desocupado hacía tiempo--nos

dijo el eminente Doctor Sánchez del Abrojo--una señora que me llamó la

atención al encontrarla casualmente en la escalera. Nada tenía, á

primera vista, de particular; ni era guapa ni fea, ni vieja ni joven;

vestía de riguroso luto, y pasaba como una sombra, tímida y muda,

acongojada por el sobrealiento de la subida. Lo que en ella me extrañó

fue la palidez cadavérica de su rostro. Para formarse idea de un color

semejante, hay que recordar las historias de vampiros que cuentan

Edgardo Poe y otros escritores de la época romántica, y servirse de

frases que pertenecen al lenguaje poético: hay que hablar de palidez

sepulcral: sólo la muerte da un tono así á una faz humana.

El manto negro encuadraba y realzaba aquel rostro de cera, y en él

observé una expresión peculiarísima, mezcla de dolor y de satisfacción,

de calina y de sufrimiento. Mi costumbre de ver enfermos me hizo

comprender que allí no existía sólo un estado físico delatado por el

color; reconocí las huellas de algún sacudimiento moral formidable, los

estragos de una catástrofe ignorada; y penetrado de simpatía y respeto,

saludé á mi vecina siempre que nos cruzábamos en la meseta, y la cedí el

pasamanos con especial deferencia y apresuramiento cortés.

Transcurrió una quincena sin que la viese, hasta que un día, la criada

de la pálida bajó á rogarme que visitase á su señora, encamada y

enferma. Subí al tercero y encontré una vivienda pobre, limpia, glacial.

Sin necesidad de tomar el pulso reconocí en mi nueva cliente los

síntomas de la anemia profunda, cuando ya ataca los tejidos y produce

desórdenes graves. Las piernas hinchadas, la extremada languidez, el no

poder alzar los párpados, eran señales de que faltaba el jugo vital,

licor precioso que reparte por todo el organismo energía y fuerza.

Cada quisque--prosiguió el médico, después de ligera pausa--tiene sus

caprichos y sus goces. Otros coleccionan dijes, baratijas, cuadros,

muebles, que avalora su belleza ó su rareza; yo--no por caridad, ni por

filantropía; por _tema_, por mi carácter tozudo--colecciono vidas; junto

resurrecciones... Es para mí deleite refinado arrancar á la nada su

presa... Me complazco en saber que gracias á mí andan por la calle más

de un centenar de personas que ya tenían ganado el puesto en la

Sacramental.--Ver á la pálida y prometerme enriquecer con ella mi

colección, fue todo uno. Déjense ustedes--añadió atajando nuestras

manifestaciones--de elogios que no merezco... Créanme. ¡Si me conoceré

yo! Los que nacen para Tenorios se desviven por _una más_ en la lista.

¿Se figuran ustedes que en el fondo hay gran diferencia? No tengo veta

de Tenorio, pero soy otro como él, que reune y archiva en la memoria

emociones de un género dado. ¿Amor á la humanidad? ¡Quiá! Odio al

sepulturero, ¡que no es lo mismo!...

Explicado así, comprenderán que no hay que alabarme tampoco por lo que

hice para ampliar y reforzar mi catálogo. La anemia se cura, más que con

medicinas, con alimentos y reconstituyentes. La señora no podía costear

ciertos manjares, substancia de carne, v. gr.; como yo deseaba hacerla

revivir, puse los medios, y la cosa marchó bien. Todavía está

descolorida; no creo que llegue nunca á preciarse de frescachona; pero

ya no sugiere ideas de vampirismo... Y no vendría á cuento que yo

hablase de esta curación, menos difícil que otras, si no me hubiese

proporcionado ocasión de saber la historia de la tremenda palidez. Fue

necesario, para que me la refiriese, todo el agradecimiento que la

pobrecilla me cobró, no sé por qué, acompañándolo de una veneración y

una confianza sin límites.

Era mi enferma una señorita bien nacida, y se había quedado sin padres,

ni más amparo en el mundo que el de un hermano menor, empleado por

influencia de un pariente poderoso en nuestras oficinas de Ultramar. El

sueldo módico sostenía mal á los dos hermanos; sospecho que ella

trabajaba para fuera; con todo eso, pasaban suma estrechez. Nació de

aquí el deseo de un traslado á Filipinas: la hermana siguió al único sér

á quien amaba, y se establecieron en uno de esos poblados, de barracas

de bambú, perdidos en el océano de verdor del hermoso Archipiélago que

ya no nos pertenece.

Abreviando detalles de los años que allí residieron en paz, diré que la

sublevación al pronto no les asustó; creían inofensivos á aquellos

adormilados y obedientes indígenas, y les parecía seguro reducirles, con

sólo alzar la voz en lengua castellana, á la sumisión y al inveterado

respeto. Disipóse su error al cercar el poblado hordas diabólicamente

feroces, que lanzaban gritos horrendos y esgrimían el bolo y el

campilán. Defendióse con valor de guerrillero el fraile párroco,

refugiado en la iglesia, realizando proezas que no pasarán á la

historia; ayudóle como pudo el empleado: cedieron al número; quedó el

fraile acuchillado allí mismo; al empleado le cogieron vivo, y á su

hermana la llevaron arrastra á una choza donde el vencedor cabecilla

tagalo--poco importa su nombre--tenía su cuartel general. La española se

arrojó á sus pies llorando, implorando el perdón del hermano con acentos

desgarradores. La cara amarillenta del cabecilla no se alteró: expresaba

la frialdad inerte de la raza, y se creería que era de madera de boj, á

no brillar en ella la chispa de los oblicuos ojuelos de azabache. En el

semblante impasible leyó la señorita, enloquecida de horror, la

sentencia del hermano adorado; y besando los pies del cabecilla, le

ofreció «su sangre por la de él». «Se admite», contestó de pronto el

amarillo. «La sangre de él no correrrá. Que sangren a ésta.»

La sangría--estremece decirlo--duró... una semana.--Cada mañanita, en

una escudilla de coco, recogían la sangre de la desdichada, que caía

después al suelo en mortal desmayo. Desde el quinto día, la debilidad la

produjo una especie de delirio; creíase á bordo del barco que la

conducía á España, libre y feliz, al lado de su hermano; escuchaba el

ruido del mar, batiendo los costados del buque, y notaba--efectos del

vértigo--el ir y venir de las olas, el balance y cuchareo de la

embarcación, el soplo del viento, la humareda que la chimenea lanzaba.

Tan pronto su alucinación la mostraba una bandada de tiburones, como un

asalto de piraguas llenas de indígenas; ya exhalaba chillidos porque

ardía el barco, ya oía silbar las balas de los cañones y veía que el

gran trasatlántico, partido en dos, hundíase en el abismo. Al amanecer

del octavo día--último de su suplicio según le habían anunciado--cuando

ya la vena del brazo, exhausta, sólo gota á gota soltaba su jugo, y el

corazón desfallecía próximo al colapso mortal--en un momento lúcido, ó

acaso de fiebre, se le apareció España, sus costas, su tierra amada,

clemente; y creyendo besarla, pegó la boca al suelo de la cabaña, donde

yacía sobre petates viejos, medio desnuda, agonizando, devorada por sed

horrible, clamor de las secas venas sin jugo...

La misma tarde cerró sobre el poblado una columna de infantería española

é indígena, poniendo en fuga á los insurrectos y libertando á los

prisioneros y heridos. Atendieron á la infeliz, reanimándola un poco á

fuerza de cuidados. Lo primero que pidió la exangüe fue á su hermano;

quisieron ocultarle la verdad, pero la adivinó: el castila colgaba de un

árbol corpulento... El cabecilla había cumplido su palabra, no sacándole

gota de sangre de las venas...

Entre los que escuchaban á Sánchez del Abrojo siempre, contábase el

pintor modernista Blanco Espino, á caza de asuntos simbólicos... Batió

palmas con entusiasmo.

--Voy á hacer un estudio de la cabeza de esa señora. La rodeo de

claveles rojos y amarillos, la doy un fondo de incendio... escribo

debajo «La exangüe...», y así salimos de la sempiterna matrona con el

inevitable león, que representa á España!

LA ARMADURA

No se hablaba más que de aquel baile, un acontecimiento de la vida

social madrileña. La antojadiza y fastuosa señora de Cardona había

exigido que no sólo la juventud, sino la gente machucha; no sólo las

damas, sino los caballeros, todas y todos, en fin, asistiesen _de

traje_. «No hay--repetía Mad. Insausti--más excepción que el Nuncio... y

eso porque va _de traje_ siempre.»

Prohibido salir del apuro con habilidades, como narices, girasoles

eléctricos en el ojal, pelucas ó trajes de colores. Obligatorio el traje

completo, característico, histórico ó legendario.

Se murmuró, naturalmente, de la Cardona (con los sayos que la cortaron

podrían vestirse los concurrentes á la fiesta); se la puso un nuevo

apodo: _Villaverde_... Pero, entre dentellada y dentellada, la gente

consultó grabados y figurines, visitó museos, escribió á París, volvió

locos á sastres y modistas... y las caras más largas no fueron debidas

á la sangría del bolsillo, sino á omisiones en la lista de invitados.

Quien estaba bien tranquilo era el joven duque de Lanzafuerte. Al

preguntarle Perico Gonzalvo _de qué_ pensaba ir, triunfante sonrisa

dilató sus labios. «Voy de abuelo de mí mismo. Ya verás mi martingala»,

añadió satisfecho.

Y es que--en confianza--gastos extraordinarios no le convenían al duque.

Estoy por decir que ni ordinarios. Embrolladísimos andaban los asuntos

de la casa, y gracias que el padre del duque se había muerto á tiempo;

que si dura dos añitos más... En fin, se salió adelante, por la puerta ó

por la ventana... Por la ventana sobre todo. Se vendían cortijos,

cuadros de mérito, literas, tapices... Quedaban aún, testimonio de la

grandeza pasada, algunas antiguallas preciosas, y entre ellas una

armadura completa de un paladín compañero de Carlos V. En esta armadura,

arrinconada en una especie de leonera, se había fijado el duque,

haciéndola limpiar de orín, y al aparecer limpia vió que era objeto

digno de la Armería, muy semejante--y quizás de la misma mano--al

célebre arnés de parada y guerra del Emperador, conocido por «el de los

mascarones». Igual labor milanesa, finísima, de ataujia de oro y plata,

igual empavonado...

A conocerse, hubiese sido cebo de anticuarios y envidia de

coleccionistas. ¿Qué mejor disfraz? ¿Qué cosa más propia de máscaras?

Sin gastos ni cavilaciones, Lanzafuerte sería el rey de la fiesta.

Dicho y hecho. Dos horas antes de la solemne de entrar en el baile,

estaba el duque abierto de brazos y esparrancado de piernas, dejándose

abrochar piezas de la armadura. Fue especialmente arduo el ajuste del

peto y espaldar; se habían olvidado las correas con su hebillaje.

Terminada la difícil obra, se miró el duque en un espejo de cuerpo

entero y no se reconoció. Afeitado el bigote; cayendo á ambos lados del

rostro las melenas de la peluca--era un retrato antiguo bajado del

lienzo. La apostura arrogante; la boca desdeñosa; el diseño de las

facciones viril y adamado á un tiempo,--convertían al duque en _doncel_,

y la raza hirvió en su sangre, causándole la nostalgia de la edad

heroica. «¡Si nazco entonces!» murmuró con orgullo. «¡Pero ahora...

claro! No hay medio...» Aumentaba su engreimiento el que la armadura le

venía un poco estrecha. «Soy más hombre que el paladín...»

Al bajar las escaleras sus ideas tomaron otro giro. Si no le ayudan los

criados, de cabeza al portal. Y precauciones infinitas para meterse en

el coche, para sentarse, para salir, para subir á la regia morada de

Cardona, por peldaños de mármol, entre doble fila de lacayos empolvados,

de azul librea y calzón corto. En cambio, la entrada, de sorprendente

efecto. Destacándose sobre los trajes, que al fin eran disfraces de

relumbrón, la armadura se imponía por el arte, por la verdad, por la

seriedad y la extrañeza. Un guerrero se alzaba del sepulcro; una estatua

yacente se había incorporado. Como animada figura debida al cincel de

Pompeyo Leoni, avanzaba el duque, levantando á su paso murmullos de

admiración. Los inteligentes tasaban aquel noble despojo y lo valuaban

en cifras sonoras, con el impudor del hábito de que todo se venda. Los

artistas, transportados, clamaban elogios. Los preciados de eruditos

recordaban timbres de la casa de Lanzafuerte, y una vez más desfilaba la

clásica lista de nuestros triunfos: San Quintín, Pavía, Orán, Cerinola.

Y el choque del acero, al andar el duque, tenía un eco romántico, algo

parecido al son de los escudos en la cabalgada wagneriana. Sólo una voz

burlona, casi en la misma cara de Lanzafuerte, pronunció: «Se ha

disfrazado de héroe para que no le conozca ni su madre...»

Por fin la maravillosa armadura se confundió entre el bullicio del

baile, en un remolino de zíngaros, andaluces, _gigerls_, marquesas Luis

XV, rosas, libélulas y japonesitas de cejas pintadas. El paladín de

Carlos V empezaba á notar indefinible molestia, que fue acentuándose,

convirtiéndose en declarada fatiga.

No podía dudarlo: le pesaba y le apretaba la maldita armadura... ¡Qué

idea, haberse metido en semejante caparazón! Ni poder bailar, ni

siquiera estar de pie... ¿Sentarse? ¿Y cómo? ¿Que á lo mejor saltasen

las escarcelas y se quedase allí en calzón de punto? Imposible... Un

sudor de angustia humedeció sus sienes. Irse era exponerse á la

chacota... Por fatalidad, la bella Inés Puenteancha vino á rogarle que

hiciese vis en un rigodón. ¿Rigodón? ¿Andar, volverse, inclinarse?

Lanzafuerte, acongojado, se excusó lo mejor que supo... Pidió en el

comedor un vaso de ponche helado y experimentó momentáneo alivio. La

Puenteancha le preguntó risueña si estaba malo. «No es nada... calor...»

Y á manera de quien huye, pálido, escalofriado, se escabulló á la

_serre_, casi desierta, y con paso trabajoso se dirigió á la antesala.

Los lacayos le socorrieron, le bajaron en vilo, avisaron á un coche.

Dentro cayó el guerrero, produciendo temeroso ruido. ¡Uff! ¡Por fin! En

casa le arrancarían la horrible armadura.

--¡Fuera todo esto, fuera!--gritó cuando estuvo en manos de sus

servidores, que se miraban sorprendidos y descontentos... ¡Ellos que se

prometían una noche de libertad! Y además... ¡qué compromiso!

--¡Fuera todo, volando!--repetía el duque, abriendo los brazos otra vez,

esparrancando las piernas.

Quitáronle gola, escarcelas, quijotes, grevas, brazales, cubos,

guanteletes... Al llegar á la coraza, se pararon.

--¿Qué aguardáis?--interrogó furioso.--¡Si esto es lo que más me oprime!

El ayuda de cámara, tartamudeando, se disculpó. ¿No se acordaba el señor

duque? Su coraza, por faltarla el hebillaje y correas, estaba soldada á

fuego.

--¡A fuego! ¡Es verdad! ¡Maldita sea! ¡Volando!... ¡El armero!... ¡Ya

estáis aquí con él!

Nuevas excusas. Confusión. ¡El armero! Si el señor duque lo deseaba

irían... pero inútil buscar á nadie, á la una de la noche del Domingo de

Carnaval. Hasta la mañana siguiente...

Ante una orden á rajatabla salieron á caza del armero, con la convicción

de no encontrarle, y quedóse el duque embutido en la coraza, echado

sobre la cama, sin poderse revolver, ni resollar. La opresión de su

pecho, la sensación de asfixia, eran ya tormento insufrible. Y pasaban

las horas de la noche con cruel lentitud, y comprimía sus pulmones,

hasta ahogarle, una mano de plomo. ¡Armadura odiosa! ¡Cuánto daría el

descendiente de los paladines por verse libre de ella, por tenerla

colgada en la pared, en panoplia decorativa, luciendo sus labores

riquísimas, sus figuras paganas del más puro Renacimiento! ¡En la pared,

sí; en el pecho, no! ¿Qué sugestión diabólica había sido aquella?

Incrustarse en el molde de otros siglos... ¡y no poder salir! Sentir

sobre un costillaje débil, sobre un corazón sin energía, la cáscara del

heroísmo antiguo... ¡y no romperla! ¡Prisionero en una armadura! El

golpe de sus arterias remedaba el trotar de bridones; el zumbido de la

sangre era el fragor de la batalla...

--Así verás que no es tan fácil disfrazarse de abuelo de sí mismo--dijo

soltando la carcajada Perico Gonzalvo, que, según costumbre, subió á

casa de su amigo al retirarse del baile, y penetró en la alcoba de

Lanzafuerte tocando una trompeta de cotillón, toda guarnecida de

cascabelitos dorados. ¿Parecerse á la gente de _entonces_? ¡Hombre! Ni

en guasa...

Y como Lanzafuerte gimiese medio muerto (ya ni respirar podía), añadió

el gomoso:

--¿Sabes qué me ocurre? España está como tú... metida en los moldes del

pasado, y muriéndose porque ni cabe en ellos ni los puede soltar...

Bonito simbolismo, ¿eh? Vaya, voy en persona á traerte alguien que te

libre de ese embeleco... Porque ¡si esperas á los criados!...

EL TORREÓN DE LA ESPERANZA

¿Conocéis por tradiciones y descripciones el torreón fatídico desde cuya

plataforma la infeliz Isaura, séptima esposa de Barba Azul, aguardó con

sudores de agonía á sus hermanos, que venían á libertarla de la muerte?

Aferrada á una almena como si ya se defendiese instintivamente del

cuchillo, Isaura, con el rostro del color de la cera y el cuerpo

tembloroso, no tenía ánimos ni para seguir avizorando el horizonte. Su

esposo y verdugo, después de sorprender la delatora mancha de sangre en

la llave del terrible gabinete, mandó á Isaura subir á lo más alto de la

torre para encomendarse á Dios, advirtiéndola que de allí á media hora,

sin remisión, iría á degollarla. Isaura, flaqueándole las piernas,

nublados por el miedo los ojos, sólo acertaba á preguntar de minuto en

minuto, con voz á cada paso más apagada y desfallecida: «Hermana Ana,

¿no ves nada? ¿no viene nadie?» Y Ana, dolorosamente, respondía: «Sólo

veo la hierba que verdea y el camino que blanquea.» Cuando ya faltaban

pocos instantes para cumplirse el plazo; cuando Isaura, crispadas las

manos, se agarraba á las piedras creyendo sentir en la garganta el frío

del cuchillo, Ana exhaló un grito loco, delirante: «¡Allí vienen, allí

vienen!» y disipada la nube de polvo que arremolinaba el galope de los

corceles, Isaura reconoció á los paladines que volaban á salvarla...

Mucho se ha escrito y discutido acerca del torreón de Barba Azul. La

opinión más general es que yace en ruinas, y que si los medrosos

subterráneos, con sus mazmorras y pozos donde aparecen aún hoy, al

excavar y registrar, huesos y calaveras humanas, se conservan intactos,

el torreón de la Esperanza se vino á tierra.--Mejor informada, puedo

asegurar que el torreón existe.--Es tan fuerte y sólido, sus piedras

están tan bien trabadas, con cemento tan indestructible; su gorguera de

elegantes almenas posee una resistencia tal, que ni las tormentas, ni la

lluvia, ni el aire, ni siquiera el transcurso del tiempo y el abandono,

han podido dar cuenta de él. Hay más todavía. No sólo no ha sufrido

deterioro el torreón, sino que actualmente es visitado por innumerables

peregrinos y viajeros de todos los países del mundo, que acuden allí

como en romería, atraídos por la leyenda. Esta asegura que encaramándose

al torreón de la Esperanza y aguardando con paciencia--sin dejar de

implorar el auxilio del cielo,--cada cual acaba por ver venir, alzando

la indispensable nube de polvo, una representación de su porvenir y su

destino. Ya se adivina si estará concurrida la plataforma de la torre, y

si los que se agarran á sus almenas--las mismas á que Isaura se abrazó

en trance apretadísimo--sentirán latir el pecho de ansiedad, á veces de

dolor, á veces de suprema alegría.

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 8 / 13 段