»Al empezar la representación, desde las primeras escenas, percibí un

estremecimiento. Yo no podía entender el idioma en que se expresaban los

actores, y que es una especie de dialecto persa muy literario y

arcaico--el habla misma, bella y sonora, que empleó el poeta

Firdusi;--pero aun sin inteligencia de las palabras, me parecía darme

cuenta del sentido, y hasta creía que era familiar para mí, como algo

que hubiese escuchado mil veces, y otras tantas llevado en mi corazón.

Las escenas del drama me recordaban cosas íntimas, vistas, por decirlo

así, al través de un vidrio turbio y roto que desfiguraba los objetos,

alterando sus colores y rasgos sin ocultarlos enteramente.--Al final del

primer acto (llamémosle así; la transición consistía en extender un

riquísimo paño por delante del escenario, y dejarlo caer á los cinco

minutos), y mientras nos presentaban amplias bandejas cargadas de

golosinas, refrescos y sorbetes, de súbito vi claro: el asunto del drama

no era sino la vida de Jesucristo, interpretada á estilo persa.

»Se apoderó de mí una tristeza involuntaria. Temía una profanación, una

burla, cualquier desmán que hiriese mis sentimientos, y hasta que

pudiese obligarme á faltar al respeto al monarca levantándome y

retirándome. En voz baja le pregunté si creía que me sería posible

permanecer allí; y el chá, con lenta inclinación de cabeza, me

tranquilizó; después, volviéndose hacia mí, murmuró seriamente, con toda

su oriental majestad:

--»No temas ofensa alguna para tu fe, ni para tu gran Profeta.

»En efecto, las páginas principales de la sagrada Vida iban

desarrollándose más ó menos ingenua y peregrinamente interpretadas, pero

con profundo sentido de veneración y de simpatía hacia el Salvador de

los hombres. Jesús aparecía niño, jugando en el atrio del templo;

después le veíamos predicar á las multitudes; presenciábamos la

tentación en la Montaña, el diálogo con Eblis, genio del mal, y por

último, en el tercer acto, penetrábamos de lleno en el drama de la

Pasión, al ser preso Jesús en el Huerto, no sin que se trabase ruda y

encarnizada batalla entre los discípulos y los sayones, que todos iban

armados hasta los dientes, con kanjiares, puñales, pistolas inglesas y

espingardas, y dispararon hasta agotar la pólvora, siendo esta parte de

la función, gracioso anacronismo, lo que más parecía entusiasmar al

auditorio. Era indudable que el papel de traidores lo desempeñaban los

enemigos de Jesús, lo cual se traslucía hasta en el modo de vestirse y

de caracterizarse los actores, siniestros y feroces, antipáticos de

veras.

»Al principiar el acto cuarto, que debía ser el último, el actor que

desempeñaba el papel de Jesús apareció atado á una columna de jaspe, y

empezó la escena de la flagelación, que desde el primer instante me

crispó los nervios. Supuse que se trataba de un juego escénico, pero así

y todo salté en el asiento, y me tapé los ojos con el pañuelo

disimuladamente. Era el actor un hombre joven, como de unos veintiocho

años, de noble tipo semítico; llevaba los negros cabellos crecidos y

partidos en bucles, y en la escena de la tentación, dialogando con

Eblis, había tenido acentos llenos de dignidad, de desdén y de dulzura,

conmovedores hasta para los que no entendíamos los conceptos. Ahora,

amarrado á la roja estela, con el torso desnudo y el rostro respirando

un entusiasmo misterioso, una sed de sufrir, revelábase sin duda como

trágico genial--tanta era la verdad de su ficción, la expresiva fuerza

de su actitud.--Por lo mismo no quería verle: me conmovía demasiado. El

silbido de las cuerdas y de los látigos rasgó el aire; escuché cómo

sonaban al herir la carne viva, y hasta oí un sofocado gemido, que

semejaba involuntario... Y la voz del chá, su acento de mando, grave y

sin embargo cortés, me obligó á atender á pesar mío, diciéndome en

inglés, con irónica entonación:

--»No te niegues á mirar. Lo que sucede ahí no es farsa, sino la

realidad misma. Persuádete de lo fácil que es padecer resignadamente y

hasta con gozo. El papel de tu Profeta lo está desempeñando á lo vivo y

sin protestar un _babista_ condenado á muerte... Ya le verás crucificar

después.

»El grito que exhalé debió de ser terrible; como que se detuvieron los

verdugos, y Nasaredino me fulminó una ojeada severa, tétrica, imponente.

Otra mujer se hubiese acobardado; pero una inglesa, en caso tal, saca de

su orgullo de raza y de su cristianismo fuerza bastante para no

arredrarse aunque se le viniese encima el mundo. No sé lo que dije al

chá: primero creo que le anuncié una cruzada de las naciones civilizadas

contra sus reinos y su poder, y le vaticiné venganzas humanas y cóleras

del cielo; mas como el tirano permaneciese impasible y aún firme y

aferrado á su crueldad, una inspiración me sugirió que la causa de Jesús

ha de sostenerse por medio de la piedad y de las lágrimas, y arrojándome

de súbito á los pies de Nasaredino, cogiendo sus manos llenas de anillos

magníficos, las besé, las mojé con llanto, las sujeté, las apreté, hasta

que una voz, á mi parecer descendida del cielo, murmuró casi en mis

oídos:

--»Levántate, extranjera. Serás complacida. Te regalo la vida de ese

perro.

»No sé lo que respondí. Debieron de ser extremos de júbilo tales, que el

grave y pálido rostro del chá se iluminó con una fugitiva sonrisa, y su

mano derecha, salpicada de mi lloro, que resplandecía sobre las sortijas

de piedras, se extendió en imperativo ademán, comprendido

instantáneamente por los que torturaban al desdichado, ya cubierto de

sangre. No era sólo la vida, era la libertad lo que le otorgaba aquel

gesto mudo, y en el exceso de mi alegría, echéme á llorar otra vez...»

Al llegar aquí guardó silencio la inglesa, y yo sólo acerté á preguntar:

--¿Y qué fue del hombre á quien usted salvó?

--Ese hombre...--balbuceó miss Ada,--dos años después... asesinó á

Nasaredino... ¡Sí, el mismo, el perdonado!... Ya ve usted cómo no hay en

el mundo sino una verdad, que es la verdad de Jesús... Para un

cristiano, sería sagrado el hombre que supo perdonar, siquiera una vez.

Y yo, desde entonces, particularmente estos días de Semana Santa, rezo

siempre por el que me regaló una vida; imploro á Dios como imploré al

rey absoluto, que al fin me escuchó y se ablandó... Tal vez sea una

ilusión rezar por Nasaredino, pero ilusión que me consuela.

--Y por el matador, ¿no reza usted?--interrogué cuando nos detuvimos

ante el bello pórtico de la catedral.

--¡También debo hacerlo!--exclamó miss Ada después de vacilar un

instante.

CUENTOS DE LA PATRIA

VENGADORA

En aquellos días de angustia y de zozobra, surcados por relámpagos de

entusiasmo á los cuales seguía el negro horror de las tinieblas y la

fatídica visión del desastre inmenso; en aquellos días que, á pesar de

su lenta sucesión, parecían apocalípticos, hube de emprender un viaje á

Andalucía, adonde me llamaban asuntos de interés. Al bajarme en una

estación para almorzar, oí en el comedor de la fonda, á mis espaldas,

gárrulo alboroto. Me volví, y ante una de las mesitas sin mantel en que

se sirven desayunos, vi de pie á una mujer á quien insultaban dos ó tres

mozalbetes, mientras el camarero, servilleta al hombro, reía á

carcajadas. Al punto comprendí; el marcado tipo extranjero de la viajera

me lo explicó todo. Y sin darme cuenta de lo que hacía, corrí á situarme

al lado de la insultada, y grité resuelto:

--¿Qué tienen ustedes que decir á esta señora? Porque á mí pueden

dirigirse.

Dos se retiraron tartamudeando; otro, colérico, me replicó:

--Mejor haría usted, barajas, en defender á su país que á los espías que

andan por él sacando dibujos y tomando notas.

Mi actitud, mi semblante, debían de ser imponentes cuando me lancé sobre

el que así me increpaba. La indignación duplicó mis fuerzas, y á

bofetones le arrollé hasta el extremo del comedor. No me formo idea

exacta de lo que sucedió después: recuerdo que nos separaron, que la

campana del tren sonó apremiante avisando la salida, que corrí para no

quedarme en tierra, y que ya en el andén divisé á la viajera entre un

compacto grupo que me pareció hostil; que me entré por él á codazos, que

la ofrecí el brazo y la ayudé para que subiese á mi departamento; que ya

el tren oscilaba, y que al arrancar con brío escuché dos ó tres

silbidos, procedentes del grupo...

Sólo entonces acudió la reflexión; pero no me arrepentí de mis arrestos,

y únicamente me pregunté por qué había metido en mi departamento á la

viajera, causa del conflicto. ¿Para protegerla mejor quizás?... ¿Quizás

para hablar con ella á mis anchas y esclarecer mis dudas, averiguando

si, en efecto, era una traidora enemiga? Lo primero que hice fue

examinarla despacio, mientras ella se acomodaba y colocaba su raído

saquillo en la red. Anglo-sajona, saltaba á la vista: la marca étnica no

podía desmentirse. Carecía de belleza: sus facciones sin frescura, sus

ojos amarillentos, su cuerpo desgarbado, su talle plano, la quitaban

toda gracia, perturbadora. Y para que me sedujese menos, bastó el

movimiento que hizo al volverse hacia mí y tenderme virilmente una mano

huesuda y rojiza, que estrechó la mía, sacudiéndola. Con voz, eso sí,

muy timbrada y dulce, la extranjera pronunció:

--Gracias, señor; mil gracias.

Confuso, disculpé mi rasgo:

--Yo no podía consentir aquella barbaridad. De seguro que usted no es

espía, señora; acaso ni es usted americana siquiera. Inglesa, ¿verdad?

--¡Ah! No, señor. Soy, en efecto, yanqui.

Y al notar que me estremecía, añadió alzando el brazo y cogiendo su

saquillo:

--Pero no soy espía. Vea mi álbum y mis dibujos.

Hojeé el álbum. Estaba atestado de apuntes arquitectónicos y croquis de

tipos pintorescos: una ventana florida, una reja salomónica, un

borriquillo, un paleto...

--¿Es usted artista?

--Muy poco... mera afición... Por mi oficio soy _tipógrafo_. Trabajo...

es decir, trabajaba en una imprenta de Boston... Ahora no sé qué haré.

Mi curiosidad se inflamó. Adiviné un misterio, y me prometí aclararlo.

La voz de mi protegida tenía tan blandas inflexiones, sus pupilas

estaban tan húmedas de gratitud al encontrarse con las mías, que pensé:

«Por un momento eres dueño de esta mujer. Aprovecha este instante y

sorprende su alma, desdeñando el barro que la envuelve; es más gloriosa

siempre una conquista del espíritu.» Con diplomacia suma, murmuré

inclinándome:

--No. Temo que crea usted que quiero cobrarme de tan insignificante

servicio como el que tuve la suerte de prestarla...

La extranjera calló; pero un tinte rosado, vivo, fluído, se esparció por

su marchito rostro, embelleciéndolo... Era un arrebol de alegría, de

ilusión, de agradecimiento pasional ante frases de galante respeto que

acaso por vez primera resonaban en sus oídos. La vi llevarse la mano al

corazón, y, fingiéndome distraído, noté que me miraba de un modo

expresivo, afanoso. La voz de plata se elevó conmovida:

--Pues prefiero contarle lo que me pasa, si no le molesta... Tal vez,

después de oirme, ya no me tendrá nunca por una espía.

Solícito y demostrando rendimiento me acerqué, no sin arrojar antes el

cigarro que acababa de encender en aquel instante.

--No soy espía--declaró ella lentamente--y no puedo serlo, porque

detesto el sentimiento patriótico, opuesto á la fraternidad universal.

La guerra entre naciones... la repruebo. ¡Los pobres luchando y

muriendo... los poderosos recogiendo el honor y el fruto...! Sin

embargo, señor... á esa gente que me insultaba, la perdono; comprendo su

ceguedad; casi admiro su furia... ¿Qué pensarían, si supiesen...?

Aquí se detuvo, y apoyando uno de sus dedos huesudos sobre los labios,

me recomendó discreción acerca de lo que iba á revelar.

--Si supiesen... que vengo trayendo un ramo de oliva al través del

Atlántico... á proponer la alianza de los oprimidos y los miserables de

allá á los de aquí! Mi conocimiento del español, debido á que pasé años

de mi niñez en Méjico, hizo que me escogiesen para esta misión... He

explorado el terreno en las comarcas obreras y mineras...

Después de breve pausa, prosiguió:

--Va usted á oir una cosa rara... En España casi he perdido la fe, _mi

fe_... No veo la urgencia de ciertas medidas que _allá_ aplicaremos

inmediatamente, antes que crezca el monstruo del militarismo y la fuerza

nos subyugue. Aquí no existen esas horribles desigualdades, esas

colosales desproporciones entre la suerte de los hombres. Aquí no noto

la tiranía del dinero ni la insensatez del gastar y del gozar, basada en

la brutalidad ciega del millón de millones. Aquí no hay Cresos que, como

nuestro Rockfeller... ¿no sabe usted? el rey del petróleo... ó Astor, el

rey de las minas... sudan oro y se burlan de Dios... En nuestro país

domina la abominación de la riqueza... se alza el ídolo de metal... y

allí, y no aquí, es donde la justicia debe hacer su oficio... ¡Y

justicia haremos! ¡Se lo prometo á usted! ¡Y pronto! ¡Ah! ¡España! Yo la

adoro... Es muy pobre, muy noble, muy simpática, muy sencilla... ¡Nada

contra España! Este será mi consejo, señor... Aquí no he encontrado la

miseria negra... No siento impulsos de destruir... ¡y soy tan feliz, tan

feliz! ¡Si usted supiese...!

Irradiaban las pupilas de la sectaria, y su pecho liso y sin morbidez

anhelaba, palpitaba de entusiasmo. Comprendí el error que había hecho

confundir á la fanática de la humanidad con la fanática del patriotismo,

á la _insatisfecha_ con la espía. Entretanto el tren avanzaba, tragando

estaciones, y caía voluptuosamente la bella tarde de Mayo; olor de

hierbas y matas florecidas entraba por la ventanilla abierta, y ya la

luna, dibujando sobre el verde fino y el oro amortiguado del cielo su

ligera segur de plata, añadía un toque poético á la deliciosa paz de la

Naturaleza, indiferente á nuestras agitaciones y nuestras luchas, á los

grandes dolores colectivos ó individuales... Mi compañera había

enmudecido, y vuelta, contemplaba el paisaje: nos acercábamos al cruce;

casi nos deteníamos... Ella se encaró conmigo, y exaltada, en pie ya

para bajarse, repitió:

--¡España! ¡Qué hermosa! ¡Vivir aquí... vivir aquí!

En rápido é imprevisto arranque, sentí su cara pegada á la mía, el calor

de sus mejillas halagando mi sién... Después empujó la portezuela, y al

saltar al andén, siempre muy agarrada á su raído saquillo, todavía me

gritó con la solemnidad de misteriosa promesa y el ceño fruncido por

sombría amenaza:

--¡Adiós... Vuelvo allá... vuelvo á mi tierra!

EL CATECISMO

Hasta las diez duraba la velada de familia, y Angelito regateaba siempre

cinco minutos ó un cuarto de hora, refractario á acostarse, como todos

los niños en la edad de seis á siete años, cuando empieza á alborear la

razón. Mientras Rosario, la madre, cosía sin prisa, levantando de tiempo

en tiempo su cabeza bien peinada, su cara sonriente, que la maternidad

había redondeado y dulcificado por decirlo así, Carlos, el padre, daba

lección al muchacho. «Si había de perder el tiempo en el café...» solía

responder como excusándose, cuando los amigos, en la calle, le

embromaban, soltándole á quemarropa: «Ya sabemos que te dedicas á

maestro de primeras letras...»

La verdad era que Carlos se había acostumbrado á la lección, á la

intimidad dulce de las noches pasadas así, entre la mujer enamorada y

contenta y el niño precoz, inteligente, deseoso de aprender. Fuera, la

lluvia caía tenaz, el viento silbaba, ó la helada endurecía las losas

de la calle; dentro, la lámpara alumbraba cariñosa al través de los

rancios encajes de la pantalla, la chimenea ardía mansamente, y la

atmósfera regalada y tranquila del gabinete se comunicaba á la alcoba

contigua, nido de paz y de ternura, tan diferente de las sombrías y

hediondas madrigueras donde solían agazaparse los amigotes de

Carlos,--los mismos que se creían unos calaverones y se burlaban

solapadamente del padre profesor de su hijo.

Aquella noche Angelito estaba rebelde, distraído, desatento á la

enseñanza. Al leer se había comido la mitad de las palabras, y obligado

á volver atrás y repetir lo saltado, su vocecilla adquirió esos tonos

irritados y chillones que delatan la cólera pueril. Al escribir hizo la

trompeta con el hociquito, engarrotó el portaplumas, echó más de una

docena de _calamares_ en el papel, y por último estrelló la pluma en un

movimiento precipitado, y la tinta saltó hasta la blanca labor de la

madre, que exhaló un grito de sorpresa y enojo. Carlos miró á su mujer,

y meneó la cabeza y se tocó la frente como significando: «No sé qué le

pasa hoy á esta criatura.» Y Rosario, levantándose, cogió al rapaz en el

regazo y le dirigió las inquietas interrogaciones maternales. «¿Qué

tienes, vida? ¿Te duele algo? ¿Es sueño? ¿Es pupa aquí, aquí?» Y le

acariciaba las mejillas y las sienes, tentando por si sorprendía el

fuego de la calentura. ¡Enferma tan pronto un niño!

No encontrando calor ni ningún síntoma alarmante, Rosario engrosó y

endureció la voz.

--Vas á ser bueno... Ya sabes que no me gustan los nenes caprichosos...

El pobre papá se pondrá malito si le haces rabiar; después tienes tú que

cuidarle á él y que llevarle las medicinas á la cama... Vamos, Angel, á

concluir las lecciones; aún te falta por dar el Catecismo...

Angel, sin responder, miraba fijamente á un rincón obscuro del cuarto.

La contracción de su carita, la inmovilidad de sus ojos de un azul

fluído y transparente, delataban una de esas luchas con ideas superiores

á la edad, que devastan y maduran á la vez el tierno cerebro de los

niños.

--Mamá--respondió por fin muy despacio, como si hablase en sueños:--¿y

el tío Alejandro, no viene nunca?

La madre se estremeció. El recuerdo del hermano que estaba en la guerra

con su regimiento la asaltaba también á Rosario muchas veces en medio de

su ventura doméstica, y se la envenenaba con el temor de que á la misma

hora en que ella descansaba entre limpias sábanas, cerca de unos brazos

amantes, pudiese Alejandro yacer cara al sol, con el pecho taladrado y

las pupilas vidriadas para siempre.

--¿No viene nunca tío Alejandro, mamá?--repitió el chico con ese acento

infantil que anuncia llanto.

--Vendrá si Dios quiere, hijo mío--respondió la madre con rota voz,

apretando contra el seno á la criatura.

--¿Cuándo vendrá? Papá, ¿cuándo? ¿Vendrá esta semana, di?

--No sé, querido--exclamó el padre.--A ver, la cartilla. Que es tarde,

muñeco.

--¿Pero cuándo? papá. ¿Por qué no lo sabes tú?

--Porque hasta que se acabe la guerra, mi cielo... hasta que se acabe,

tío Alejandro no puede venir.

Los ojos de turquesa del niño se obscurecieron á fuerza de concentración

y de ímprobo trabajo para entender.

--¿Cómo es la guerra?--exclamó por último.

--Pelear unos contra otros, á ver quién gana.

--¿Los buenos con los malos, papá?

--Sí; los buenos con los malos.

--Tío Alejandro es bueno--declaró Angel.--¿Y cómo pelean?

--Con fusiles, con espadas, con cañones.

El niño batió palmas.

--Me has de llevar, papá. Me has de llevar.

--¡Pobretín!--suspiró Carlos.--La guerra no es para chiquillos.

--¿Es para hombres grandes?

--Sí.

--Y entonces, ¿por qué no estás tú en la guerra? Tú eres grande, grande.

--Porque no soy militar--dijo el padre contrariado, algo mortificado,

(como si aquellas palabras no las hubiese articulado una lengua de seis

años,) y hablando para convencer.--Tío Alejandro es militar; ya sabes

que vino á enseñarte el uniforme. Los militares estudian para eso, para

defender á la patria...

--La patria...--repitió el niño, impresionado por el tono enfático y

grave con que Carlos pronunció la palabra.--La patria... ¿es aquí?

--Aquí... ¿dónde?

--En nuestra casita.

--No... es decir, sí... Nuestra casa está en la patria, pero la patria

es mucho más... son todas las casas que ves en el pueblo y en otros

pueblos, ¡tantos, tantos! Y es además la tierra, y los bosques, y las

aldeas, y Madrid, y todo...

--¿Y las iglesias también?--murmuró Angel con el tono con que decía sus

oraciones al acostarse.

--También.

--¿Y la Virgen? ¿Mamá del cielo?

--También la Virgen; sí, mamá del cielo es la patria.

--¿Y tío Alejandro quiere á la patria?

--Ya ves--interrumpió Rosario sin ocultar la emoción que empañaba sus

ojos.--El pobre tío la quiere mucho. Como que se expone á que le den un

tiro y á morirse así, de pronto, figúrate tú. Reza, hijo mío, reza, para

que no maten al tío.

El niño calló, reflexionando laboriosa, casi dolorosamente.

--¿Y los que no van á la guerra no mueren nunca?--preguntó al fin,

siguiendo el hilo de su temprana lógica.

--También mueren.

--Entonces quiero ir á la guerra cuando sea grande--declaró con energía

el pequeñuelo.--Y quiero que tú vayas, papá. Al fin hemos de morir, ¿no?

Pues morir por eso... por eso... Por mamá del cielo, ¡por la patria!

Un silencio siguió á las palabras del niño. Los padres se miraban,

mudos, penetrados de un respeto extraño, como si la voz del inocente

viniese de otras regiones, de más arriba. Y al cabo de unos instantes,

Carlos dijo á su mujer:

--Acuéstale. Son las diez largas.

--¿Y la lección del Catecismo?

--Hoy ya la ha dado--respondió el padre, besando á Angel con ardor sobre

el nacimiento de la rubia melena.

EL CABALLO BLANCO

Allá en el primer cielo, en deleitoso jardín, Santiago Apóstol,

reclinando en la diestra la cabeza leonina, de rizosa crencha color del

acero de una armadura de combate, meditaba. Mostrábase punto menos

caviloso y ensimismado que cuando, después de bregar todo el día en su

oficio de pescador en el mar de Tiberiades, vió que ni un solo pez había

caído en sus redes; sólo que entonces el consuelo se le apareció con la

llegada del Mesías y la pesca milagrosa. Ahora--aunque en tiempos de

pesca estamos--el hijo del Zebedeo, mirando hacia todas partes, no

adivinaba por dónde vendría la salvación, siquier milagrosa, de los que

amaba mucho.

Frente al Patrono, en mitad del campo, se elevaba un árbol gigantesco,

de tronco añoso, rugoso, de intrincado ramaje, pero casi despojado de

hoja, y la que le quedaba, amarillenta y mustia. Infundía respeto, no

obstante su decaimiento, aquel coloso vegetal; á pesar de que no pocos

de sus robustos brazos aparecían tronchados y desgajados, conservaba

majestuoso porte; su traza secular le hacía venerable; convidaba su

aspecto á reflexionar sobre lo deleznable de las grandezas. De las ramas

del árbol colgaban innúmeros trofeos marciales. Petos, golas, cascos,

grebas y guanteletes, con heróicas abolladuras y roturas causadas por el

hendiente ó el tajo, espadas flamígeras sin punta y lanzas astilladas y

hechas añicos; rodelas con arrogantes empresas; albos mantos que blasona

la cruz bermeja, trazada al parecer con la caliente sangre de una

herida; yataganes cogidos á los moros; turbantes arrancados en unión con

la cabeza; banderas gallardas con agujeros abiertos por la mosquetería;

el alquicel de Boabdil y la diadema pintorescamente emplumada de

Moctezuma... Al pie del árbol, sujeto á él con fuerte cadena de hierro,

se veía un sér hermosísimo, un corcel de batalla luminoso á fuerza de

blancura: el Pegaso cristiano, aquel ideal bridón que galopaba al través

de las nubes y descendía á traernos la victoria.

Los ojos del Apóstol se fijaron en el caballo, cual si no le hubiese

contemplado nunca. Notó la lumínica blancura del pelo, la fluída

ligereza y ondulación delicada de las crines, el fuego de las pupilas,

el aliento ardiente que despedían las fosas nasales, la delgadez de los

remos, finos cual tobillo de mujer, la especie de electricidad que

desprendía el cuerpo del generoso animal celeste. Con sólo advertir que

le miraba su jinete de antaño, el caballo se estremeció, empinó las

orejas, respiró el aire, hirió la tierra con el reluciente casco y

pareció decir en lenguaje de signos: «¿Cuándo llega la hora? ¿Vamos á

estar siempre así? ¿Por qué no me desatas? ¿Por qué no cruzamos otra vez

entre lampos y chispas el firmamento rojo, el aire encendido de las

campales batallas?»

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 7 / 13 段