Eloy estudiaba las lecciones al dedillo, porque su madre sonreía con

descolorida sonrisa cuando le oía recitarlas de memoria; Eloy cuidaba

mucho la ropa y el calzado, porque se daba cuenta de que su madre no

tenía para comprar y reponer lo manchado ó roto; Eloy se recogía á casa

al salir de la escuela, en vez de quedarse pilleando y haciendo

demoniuras con sus compañeros, porque su madre se alegraba al verle

volver, y el chiquillo, con la intuición del corazoncito cariñoso,

olfateaba que la melancolía de mamá se aliviaba con su presencia, y que

al enviarle á aprender, separándose de él por largas horas, realizaba un

sacrificio.

Recordaba Eloy, sin embargo, confusa y minuciosamente á la vez, como

recuerdan los niños, tiempos recientes en que su madre no se quejaba, en

que vivía gozosa. Es cierto que entonces un hombre joven, brioso,

animado, de pisar fuerte y negros bigotes, vivía en la casa.--¡El

papá!--Eloy asociaba su memoria á la de cabalgatas en las rodillas ó

sobre la punta del pie, violentos besos en los carrillos, un simpático

olor á cigarro fino, risas y juegos y humoradas como de otro muchacho...

Después... el papá desaparecía, y la mamá tenía á toda hora los párpados

hinchados y rojos. La casa se volvía callada y tristona, y Eloy sentía

escrúpulos, recelos de jugar ó de pedir alto la merienda, porque le

parecía estar dentro de una iglesia obscura ó de un sepulcro. Los

conocidos que encontraba le hablaban en tono compasivo al preguntarle

«si había noticias de papá, que estaba en la guerra» ¡En la guerra! Por

el acento con que madre y amigos modulaban la frase, comprendía Eloy

que la guerra era una cosa muy terrible, atroz, malísima. ¿Quizás en la

guerra papá se podía morir? ¡Ah! ¡vaya si podía! Como que una tarde, al

volver de la escuela, Eloy encontró a su madre con un síncope, á la

criada hipando, á las vecinas del segundo que se lo llevaron y le

atracaron de golosinas «para que no se impresionase, pobre pequeño...» Y

al otro día mamá le reclamó, le abrazó silenciosa, sin verter una

lágrima, y le vistió de negro; traje entero, desde las medias hasta la

boina... El muchacho no sabía definir, no acertaría á explicar en qué

consistía la muerte, pero estaba seguro de que era algo espantoso, y que

ese algo les impediría ya para siempre vivir contentos. Lloró á

escondidas por no afligir más á su madre, y rezó las oraciones que

sabía, muchas veces, «por el alma de papá». Desde entonces empezó á

empollar firme las lecciones, á no hacer nada malo, á doblar la

chaquetita antes de acostarse, á volver «al reloj» de la escuela, con

los libros atados bajo el brazo. El alma de papá de seguro aprobaba tal

proceder.

Sin embargo, el chico más juicioso es chico al fin, y Eloy, como oyese

en los primeros días del año las conjeturas de sus compañeros acerca de

lo que traerían los Reyes, y los proyectos de zapatos colocados en la

ventana ó la chimenea, no pudo menos de dar suelta á la imaginación.

También él deseaba que los Reyes le trajesen algo... ¿Por qué no se lo

habían de traer, señores? ¿No había sido bueno el año enterito? Si

pusiese su zapato en el alféizar de la ventana, ¿era justo que el zapato

amaneciese vano como avellana vieja?

Afortunadamente, la misma idea de equidad se había abierto camino en el

espíritu de la madre de Eloy. Ella, que jamás salía, que se ponía á

morir en las escaleras, se echó á la calle la tarde del 5 envuelta en su

modesto coleto de paño pasado de moda, y se detuvo en la tienda de

juguetes. Cuando volvió á casa llevaba escondida una cajita plana de

cartón. La escasez, al imponer el cálculo, destruye muchos gérmenes de

poesía. ¡Qué no hubiese dado aquella madre por traer á su niño el fogoso

caballo mecánico, la reluciente bicicleta, el caprichoso cinematógrafo,

la locomotiva de vapor con ténder y vagón, raíles verdaderos y caldera

de cobre! Pero ¡ay! eran caprichos de media onza, diez duros, quince, y

el bolsillo se encogía aterrado... No, no; convenía que el regalo de los

Santos Reyes Magos sabios y doctos no fuese una inutilidad, sino que

coadyuvase á la instrucción del niño... Y la madre adquirió por módico

precio un rompecabezas geográfico, nada menos que el mapa de España...

Así Eloy, jugando, aprendería mejor lo que ya había dado pruebas de no

ignorar, pues en geografía llevaba el número uno.

Levantándose á media noche, dejó el huérfano su zapato entre la fría

ceniza de la chimenea del gabinete, la única de la casa, encendida

rarísima vez. Por la mañana saltó de la cama, descalzo y tiritando, á

ver si los Reyes... ¡Sorpresa inolvidable! Sus majestades se habían

dignado venir: allí estaba la dádiva, el obsequio... ¿Qué encerrará

aquella cajita chata, tan mona con sus filetes dorados?... Eloy la cogió

afanoso, se volvió á la cama blanda y tibia, y allí, con los brazos

fuera y el tronco bien abrigado, desató la cinta y miró... ¡Anda,

corcho! Los Reyes le habían traído un mapa... Como les constaba el

comportamiento de Eloy, su costumbre de _sabérsela_... ¡De todos modos,

un mapa! ¡Pch!... ¿No valía más un aristón ó una linterna mágica igual á

la de Pepito Ponzano, que siempre la estaba refregando por las narices á

los otros?... Empezó Eloy á reconciliarse con los Reyes, al averiguar

que el mapita era de pedazos y se desbarataba y volvía á arreglarse... Y

ya levantado, tomado el café caliente, mientras mamá se preparaba para

ir á misa, Eloy se divirtió, armó y desarmó el país, barajó á España

cien veces, revolviendo á Zaragoza con Valladolid y á Salamanca con

Vigo...

De pronto, meditabundo, interrumpió su tarea, é interrogó inquieto á su

madre:

--Mamá, te han engañado... El juguete está incompleto. Falta aquí mucha

España. No encuentro la isla de Cuba. Ni á Puerto Rico... ¡Falta España!

Arrasáronse los ojos de la madre, y se quedó parada, con el velito á

medio prender. Por último, encogiéndose de hombros:

--¡Esas tierras estaban tan lejos!--dijo.--Y ya no son de España,

mira... Acierta el rompecabezas, porque... ya no son. ¡Allí murió tu

padre...!

Eloy calló: una tristeza mayor que las habituales, desmedida, que no

cabía en el alma de un niño, pesó un instante sobre su pensamiento. Y

con ademán expresivo apartó, rechazó el regalo de los Reyes.

EN SEMANA SANTA

A la cabecera del moribundo estaban Preciosa y Conrado, asistiéndole en

sus últimos instantes, temblorosos como el criminal que sube las

escaleras del cadalso. Y criminales eran--aunque criminales triunfantes

y coronados por el ciego destino--Conrado y Preciosa. El que, después de

largos sufrimientos, sucumbía en el cuarto impregnado de olores á

medicinales drogas, entristecido por la luz amarillenta de la lamparilla

que iba extinguiéndose al par que la vida del agonizante, era el esposo

de Preciosa, el protector y bienhechor de Conrado; y para los que de

común acuerdo le engañaron y ofendieron sus canas, no tuvo nunca aquel

honradísimo viejo, generoso y confiado como un niño, más que palabras de

dulzura y hechos de bondad y amor. Abierta siempre á Conrado su bolsa y

su casa; abiertos siempre los brazos y el corazón para Preciosa, cuya

juventud no quiso entristecer nunca con severidades de anciano y

melancolías de enfermo, el infeliz tenía derecho á la gratitud y al

respeto más tierno y grave..., ya que otros sentimientos vehementes no

pueda inspirarlos la senectud. Y ahora se moría, se moría lentamente...,

después de advertir á Preciosa que quedaba instituída su única heredera,

y que, si no sentía repugnancia por Conrado, á quien él miraba como

hijo, deseaba que ambos le prometiesen casarse á la terminación del

luto.

Cuando manifestó así su voluntad, en voz desmayada y flaca y apoyando

sus manos ya frías en las manos febriles de Conrado y Preciosa, los dos

se estremecieron, y sus ojos, como delincuentes que tratan de ocultarse

y no saben dónde, vagaron por el suelo, cargados con el peso de la

vergüenza. Preciosa, sin embargo, mujer y extremada en la pasión, fue la

primera que recobró ánimos, y reaccionando violentamente, trató de

atraer la mirada de Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. Pero

Conrado, como si sintiese picadura de víbora, se retiró al fondo de la

alcoba, y dejándose caer en la meridiana, escondió entre las palmas el

rostro. Un silabeo apenas perceptible del moribundo le llamó otra vez á

la cabecera del lecho. «Conrado, mira, soy yo quien te lo ruega en este

momento solemne... No dejes desamparada á Preciosa... Que sea tu mujer,

y quiérela y trátala... como la quise yo... Siquiera por el día en que

estamos..., dame palabra.» Y Conrado, balbuciente, sólo pudo barbotar:

«La doy, la doy...» Lució una chispa de contento en las apagadas

pupilas del moribundo; pero como si aquel esfuerzo hubiese agotado el

poco vigor que le quedaba, cayó en un sopor, nuncio del fin. Tal fue la

opinión del médico, que aconsejó se trajese la Extremaunción sin

tardanza; pero al llegar el sacerdote con los santos óleos, no había

calor vital en el cuerpo; Preciosa lloraba de rodillas, y Conrado,

agitadísimo, paseaba desesperadamente arriba y abajo por el gabinete que

precedía á la estancia mortuoria... El sacerdote, que salía, le tocó

suavemente en el hombro.

--No se aflija usted--dijo en tono afectuoso, confundiendo con un gran

dolor aquel acceso de remordimiento agudo.--Las virtudes de este señor

le habrán ganado un puesto en el cielo. Y después, la misericordia de

Dios, ¡especialmente en el día en que estamos!...

Era la segunda vez que esta frase resonaba en los oídos de Conrado; pero

ahora resonó, más que en los oídos, en el alma. ¡La misma del moribundo!

«El día en que estamos...» ¿Y qué día era? Conrado necesitó hacer

memoria, reflexionar... Recordó de pronto; un relámpago hirió su

imaginación fuertemente. El día era el Viernes Santo.

Pocos instantes después de haberse retirado discretamente el sacerdote,

que prometió volver á velar el cuerpo, acercóse Preciosa á Conrado de

puntillas y quedó espantada de su actitud, del movimiento que hizo al

verla tan próxima. ¡Qué desventura! Conrado ya no la quería; á Conrado

le infundía horror desde que la muerte había penetrado allí...

Adivinaba el estado de ánimo de su cómplice, y precaviendo el porvenir,

aspiraba á disipar aquella nube de tristeza, aquella alteración de la

conciencia impura. «Si esta noche vela el cadáver, se preocupará más; se

grabará doblemente en su espíritu esta impresión terrible...» Una idea

acudió á la mente de Preciosa, fértil en expedientes, atrevida--como

hembra apasionada y resuelta á lograr su antojo.--Entró en la estancia

mortuoria, y sobre el mueble incrustado, frente á la cama, buscó, entre

otros frascos, el que contenía poderoso narcótico. Una gota calmaba y

amodorraba; dos adormecían; tres ó cuatro producían ya un sueño largo,

invencible, muy duradero, semi-letal... Al poco rato, Preciosa se acercó

á Conrado nuevamente y le sirvió por su mano una taza de tila. «Bebe,

estás nervioso.» Conrado bebió por máquina; apuró la calmante

infusión... Cuando empezó á notar cierta pesadez incontrastable, le guió

Preciosa á su propio cuarto, le reclinó en el amplio diván, revestido de

raso y almohadillado de encaje, cubrióle con rico pañuelo de Manila, le

abrigó con edredón ligero los pies, le puso almohadas finas bajo la

nuca. «Duerme, duerme--pensó--y no despiertes hasta que esté fuera de

casa _el otro_...»

* * * * *

Conrado, entretanto, abría los ojos, sacudía el sueño de plomo que le

había postrado, y se restregaba los párpados, notando que el sitio en

que se encontraba no era el elegante dormitorio de su tentadora

Preciosa, sino una calzada en cuesta, empedrada de losas rudas y anchas,

sobre la cual caía á plomo un sol ardoroso y esplendente, como de

primavera en país cálido. Miró en derredor. A sus pies se extendía una

ciudad que le parecía conocer mucho: ¿dónde había visto él aquellas

puntiagudas torres, aquellos extensos baluartes, aquel recinto

fortificado, aquellas casas cónicas, aquel monumental templo, aquellas

puertas angostas, sombrías, bajo las cuales cruzaban dromedarios y

bueyes guiados por hombres de atezado cutis? La vestimenta de estos

hombres también se le figuró á Conrado, aunque extraña, _vista_ alguna

vez, no en la realidad, sino en esculturas ó cuadros: como que era la

indumentaria hebraica de la gente humilde en tiempo de Augusto--la

_chituna_ ó túnica ceñida, el _tallith_ ó manto, el _sudaz_ que rodea

las sienes, el ceñidor que ajusta el ropaje, y los pies descalzos, ó

metidos en gastadas sandalias de cuero.--Conrado pensó oir una voz

persuasiva, salida quizás de lo íntimo de su ser, que murmuraba

misteriosamente:

--Esa ciudad es Jerusalén.

¡Jerusalén! Conrado casi no se admiró. Jerusalén no era para él un lugar

exótico. ¡En Jerusalén había pensado tantas veces! Desde niño, por el

Nacimiento que preparaba su madre, se había familiarizado con

Jerusalén... En Jerusalén tenía hogar su espíritu, su fe tenía casa

propia. Lo único que sintió fue inmensa alegría... Imaginó volver de un

largo destierro.

Un grupo de gente que se apiñaba en la puerta fijó la atención de

Conrado. Instintivamente siguió al grupo. Por un camino que defendían á

ambos lados setos de chumberas y que orlaban palmas y vides, rosales de

Jericó é higueras ya cubiertas de hoja, dirigíase el grupo hacia áspero

cerrillo, que destacaba sus líneas duras sobre el horizonte color de

violeta. Bullía una muchedumbre en la colina; hormigueaban los de á pie,

y se mantenían inmóviles sobre sus recios corceles los legionarios,

cuyas lorigas y rodelas rebrillaban. Dominando la multitud, coronando la

escena, erizando el cerro, se erguían tres cruces negras, sobre las

cuales parecían estatuas de pórfido rosa, desde lejos, los cuerpos de

los tres ajusticiados...

Conrado, entonces, tampoco se asombró, tampoco se creyó juguete de un

delirio. Al contrario: se penetró de que estaba asistiendo, no á un

drama, á la representación de la verdad misma. Aquella escena, aquella

triple crucifixión, y sobre todo una de las cruces, la llevaba él dentro

desde los primeros días de la niñez. Si había sufrido, era cuando,

teniéndola en sí, no podía verla ni contemplarla; cuando se le

desvanecía, como se desvanece el rostro de una persona querida al querer

reconstruirlo cerrando los ojos... ¡Qué felicidad, poseer de nuevo la

visión--clara, concreta, firme, indubitable--de _la Cruz_; no una cruz

de oro, plata ni bronce, sino la Cruz viva, el madero al punto en que lo

calienta el calor del Cuerpo divino y lo empapa la Sangre redentora!

Conrado, sin aliento, de tan aprisa como iba, seguía al grupo, subiendo

la agria cuesta, hollando el seco polvo y los abrojos espinosos del

siniestro Gólgota, salpicado de blancos huesos humanos que calcinaba el

sol... Su afán era colocarse cerca de la Cruz, ver la cara del Salvador

en la suprema hora.

Era difícil la empresa. Bullía cada vez más compacta la muchedumbre.

Como sucede en sueños, á cada obstáculo que Conrado lograba vencer,

surgían otros mayores, insuperables. Nadie le quería abrir paso.

Pastores de la sierra, tratantes y tenderillos de la ciudad, mujeres

harapientas con niños famélicos en brazos, fariseos altaneros, esenios

pálidos y compadecidos, hijas de Jerusalén, modestas burguesas que

bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver las torturas del Maestro, y

por último, los soldados á caballo, enhiesta la lanza, se atravesaban

para impedir que nadie salvase el círculo de cuerda y estacas que

rodeaba los patíbulos. Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería

infiltrarse, llegar hasta la cruz central, más alta que las otras, donde

colgaba Jesús; quería verle vivo, antes del momento en que, doblando la

cabeza, exclamase: «Todo se acabó.» Una angustia profunda se apoderaba

de Conrado. ¿Lo conseguiría cuando ya el Salvador hubiese muerto? Y

bañado en sudor, anhelante, afanoso, corría, corría en dirección á la

cima del cerro, que siempre se le figuraba más distante.

Sus ojos divisaron entonces á una mujer abrazada al árbol mismo de la

Cruz; y sin reparar que la mujer estaba casi desvanecida de congoja,

fijándose sólo en que á aquella mujer _también la conocía_, gritó con

esfuerzo:

--¡María, María de Nazareth!, alárgame la mano, que quiero llegar hasta

tu hijo.

Y María de Nazareth, temblorosa, con los ojos inflamados, trágica la

actitud, se adelantó, alargó la mano, cubierta por un pliegue del manto,

y Conrado, inmediatamente, se halló al pie del madero, tan cerca, que el

ruido del afanoso resuello del moribundo se le figuraba un huracán. Sin

embargo, pensó con gozo:

--¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía!

Y alzando la frente, doblando las rodillas, poniendo la boca sobre el

palo ensangrentado, cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró:

--¡Jesús, Jesús, no me abandones!...

Y ¡oh asombro!; una voz dulce, empapada en lágrimas, respondió desde

arriba:

--Tú eres el que me abandonaste hace años, Conrado. ¿No te acuerdas?

Profundo sacudimiento experimentó Conrado. Un agudo cuchillo de pena, de

contrición, se clavó en su pecho. Miró hacia lo alto con ansia: Jesús ya

había inclinado la cabeza; el sol se velaba tras negrísima nube; la

tierra se estremecía convulsa; á las plantas de Conrado se abrió una

grieta horrible, casi un abismo... y el pecador, atónito, cayó con la

faz contra el polvo y las rocas descarnadas...

* * * * *

Al despertarse Conrado de su largo sueño artificial, Preciosa estaba

allí, vestida de negro, pero linda, fresca, reposada, espiando el

instante de estrechar en sus brazos al durmiente. Éste se incorporó,

aturdido aún, sin darse cuenta de lo que le sucedía... Preciosa,

sonriendo, quiso halagarle, ser para él la vida que renace al borde de

una sepultura. Conrado, sin aspereza, la rechazó; y á paso mesurado,

firme, sin tambalearse ya, despejada la cabeza, salió á la antecámara,

abrió la puerta, la cerró de golpe y corrió á la calle... Una brisa

suave acarició sus sienes. Era la mañana del Domingo de Resurrección.

LA ORACIÓN DE SEMANA SANTA

El último chá de Persia, que, según nadie ignora, murió á manos de un

fanático, tuvo en su historia una página de muy pocos conocida, y yo la

ignoraría también á no referírmela una viajera inglesa, de esas mujeres

intrépidas é infatigables que registran con emoción y curiosidad los más

apartados confines del planeta. Cómo se las arregló miss Ada Sharpthorn

(que así se llama la inglesita) para obtener la confianza y casi la

privanza del chá, y penetrar en la cerrada magnificencia de su palacio y

conocer íntimamente á sus allegados, áulicos, cortesanos y generales, es

punto de difícil investigación; pero seguramente, al aspirar á este

resultado, no se valió miss Ada de ningún medio reprobable, pues

compiten en esta valiente exploradora la decencia y pulcritud de las

costumbres con la austeridad del criterio moral y la delicadeza de la

conducta. Si miss Ada gozó privilegios desconocidos en Persia, debe

atribuirse á la tenacidad que sabe desplegar la raza anglo-sajona para

conseguir sus propósitos--tenacidad que va haciendo á esa raza dueña del

mundo.

Contóme miss Ada el episodio que voy á narrar la tarde del Jueves Santo,

mientras recorríamos las calles de Avila visitando Estaciones. En

aquellas calles que todavía recuerdan por varios estilos la Edad media

española, el nombre de Persia sonaba como el de un país fantástico, de

juglaresca leyenda ó de romance tradicional; costaba trabajo admitir que

existiese. Quizás la misma _irrealidad_ de Persia en la pacífica

atmósfera de la ciudad teresiana, acrecentó el interés de los extraños

recuerdos de viaje que evocaba miss Ada, y que intentaré trasladar al

papel sin alterarlos.

«Nasaredino--empezó la inglesa--era un monarca absoluto, á quien sus

vasallos llamaban _sombra de Dios_, y que disponía de haciendas y vidas,

con dominio incondicional. No sé si ahora se habrá modificado el régimen

interior de Persia; entonces--y son épocas bien recientes--no había allí

más ley que la omnímoda voluntad de Nasaredino. Para mayor desventura de

sus súbditos, el chá no conocía el cristianismo, ó por mejor decir, no

quería conocerlo, ni permitía que se propagase en sus Estados opinión

alguna que se apartase del código de Mahoma. Quizás comprendía que

Cristo nuestro Señor es el verdadero enemigo de los déspotas, y que la

libertad y la dignidad humana tuvieron su cuna en el humilde establo de

Belén.

»Esta misma intransigencia del chá con nuestra santa religión me incitó

á probar si le atraía al terreno de la controversia, á fin de combatir

sus errores. Aprovechando la rara amabilidad con que me acogía, me

dediqué á catequizar á Nasaredino, y buscando el flaco de su orgullo,

comencé por pintarle la gloria y prosperidad de naciones cristianas como

Francia y la Gran Bretaña, superiores en las mismas artes de la guerra á

las naciones sujetas al fanatismo musulmán. Mis argumentos parecían

hacer mella en el monarca; á veces le ví quedarse pensativo, acariciando

la negrísima y puntiaguda barba, con los rasgados ojos de pestañas de

azabache fijos en el punto imaginario de la meditación. No era un necio;

ciertas ideas le movían á reflexionar; ciertos problemas se le imponían

á pesar suyo, al través de su oriental indolencia y su soberbia de dueño

absoluto de muchos millones de seres racionales.--Despaciosamente, en

correcto inglés, solía, transcurrido un rato, contestarme, no sin alguna

inflexión de desprecio en su voz grave y bien timbrada:

--»Jamás me convenceré de que sean heroicas y viriles naciones que se

postran ante un Dios humilde, muerto en un suplicio afrentoso. El gran

atributo de Dios es _el poder_ y _la fuerza_. La única explicación que

encuentro á ese enigma es que vuestras naciones se llaman cristianas sin

serlo realmente, y cuando funden cañones y botan al agua barcos

blindados, niegan á su Dios con los hechos, aunque le reconozcan con la

palabra. Y porque lo niegan han logrado el predominio que ejercen. Si

se atuviesen á la letra de su fe, como nos atenemos nosotros á la

nuestra, nosotros les pondríamos la planta del pie sobre la garganta.

»Al hablarme así Nasaredino, dejábame confusa. Pertenezco á las _Ligas_

del desarme y de la paz universal, y confío más en la energía del amor y

de la fraternidad, que en todos los ejércitos de Europa reunidos. Mas

¿cómo hacer entender la verdad á un bárbaro, y á un bárbaro que se cree

un semidiós? Sin embargo, lo intenté. A mi manera, empleando los

razonamientos que me sugirió la convicción, le dí á entender que la

misma fuerza material necesita fundarse en la moral, y que sin base de

derecho y razón se derrumba toda soberanía. Y pasando á tratar de

nuestro Dios, le afirmé que precisamente el haber sufrido y muerto como

murió fue esplendorosa muestra de su sér divino. El chá, moviendo la

cabeza, me contestó entonces esta atrocidad:

--»De esa misma manera que pereció tu Profeta, sucumbe todos los días

alguno ó muchos de mis vasallos. Y ni aun así conseguimos acabar con la

perniciosa secta de los _babistas_, cuyas doctrinas se asemejan á las de

vuestros Evangelios.

»Lo confieso--exclamó miss Ada al llegar á este punto:--tan horrible

declaración me trastornó, y estuve á pique de prorrumpir en invectivas

contra el tirano. Me reprimí trabajosamente, y Nasaredino, de pronto,

como si se hubiese olvidado del giro de la conversación, me anunció que

al día siguiente se verificaría una representación teatral en los

jardines de palacio, y que me convidaba á ella.

»Son estas funciones dramáticas espectáculo favorito de los persas, y

todos los viajeros las describen: se celebran de noche, á la luz de los

farolillos y linternas y de las hachas encendidas, y el telón de fondo

lo da hecho la naturaleza: una cortina de árboles, un macizo de flores,

una fuente, un ligero kiosco, constituyen la decoración. Habituada á

asistir á tales funciones, me sorprendió, sin embargo, el aspecto del

escenario y el golpe de vista del concurso. En primer término, sillones

para el chá y los altos dignatarios: detrás, la servidumbre, la multitud

de funcionarios y parásitos que pululan en el palacio infestando sus

galerías, claustros, patios y salones. A la izquierda, una especie de

tribuna ó palco cerrado por rejas de madera dorada y pintada de

colorines--desde el cual presenciaban la función, ocultas á los ojos de

todos, las esposas de Nasaredino.--Con extrañeza noté que no se había

invitado á ningún diplomático; la única extranjera, yo. Mi sillón,

colocado muy cerca, aunque un poco atrás del soberano, era un puesto

altamente honorífico.

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 6 / 13 段