La mañana era despejada y radiante. Los rebaños de En-Ganim salían al
pastoreo, y las innumerables ovejas blancas, moviéndose en la llanura,
parecían ejércitos fantásticos. La proximidad de la comarca donde se
asienta Jerusalén se conocía en la mayor feracidad del terreno, en la
verdura del tupido musgo, en la copia de hierba y florecillas
silvestres, que no había conseguido marchitar el invierno. Baltasar y
Gaspar reflexionaban, al ritmo violento del largo zancajear de sus
monturas. Pensaban en aquel Niño, rey de reyes, á quien un decreto de
los astros les mandaba reverenciar y adorar y colmar de presentes y de
homenajes. En aquel Niño, sin duda alguna, iba á reflorecer el poderío
incontrastable de los monarcas de Judá y de Israel, leones en el
combate, gobernantes felicísimos en la paz; y la vasta monarquía, con
sus recuerdos de gloria, llenaba la mente de los dos Magos. ¡Qué
sabiduría, qué infusa ciencia la de Salomón, aquel que había subyugado á
todos sus vecinos, desde los Faraones egipcios hasta los comerciales
emporios de Tiro y Sidón; el que construyó el Templo gigante, con sus
mares de bronce, sus candelabros de oro, su terrible y velado
tabernáculo, sus bosques de columnas de mármol, jaspe y serpentina, sus
incrustaciones de corales, sus chapeados de marfil! ¡Qué magnificencia
la del que deslumbró con su recibimiento á la reina de Saba, á Balkis la
de los aromas, la que traía consigo los tesoros del Oriente y las
rarezas venidas de las tres partes del mundo, recogidas sólo para ella y
que ella arrojaba, envueltas en paños de púrpura, al pie del trono del
rey! Cerrando los ojos, Baltasar y Gaspar veían la escena, contemplaban
la sarta de perlas desgranándose, los colmillos de elefante ostentando
sus complicadas esculturas, los pebeteros humeando y soltando nubes
perfumadas, los monillos jugando, los faisanes y pavos reales haciendo
la rueda, los citaristas y arpistas tañendo, y Balkis, envuelta en su
larga túnica bordada de turquesas y topacios, protegida del sol por los
inmensos abanicos de pluma, adelantándose con los brazos abiertos para
recibir en ellos á Salomón... No podían dudarlo; el Niño á quien iban á
adorar sería, con el tiempo, otro Salomón, más grande, más fuerte, más
opulento, más docto que el antiguo. Sometería á todas las naciones;
ceñiría la corona del Universo, y bajo su solio, salpicado de diamantes,
se postraría la opresora ciudad del Lacio; sí, la ávida loba romana
lamería, domada, los pies de aquel Niño prodigioso...
Mientras rumiaban tales ideas, la Estrella desaparecía, extinguiéndose.
Encontráronse perdidos, sin guía, en la dilatada llanura. Miraron en
torno, y con sorpresa advirtieron que se había separado de ellos
Melchor. Una niebla densa y sombría, alzándose de los pantanos y
esteros, les había engañado y extraviado, de fijo. Turbados y tristes,
probaron á orientarse; pero la costumbre de seguir á la Estrella y el
desconocimiento completo de aquel país que cruzaban eran insuperables
obstáculos para que lograsen su intento. Ocurrióseles buscar un guía, y
clamaron en el desierto, porque á nadie veían ni se vislumbraba rastro
de habitación humana. Por fin, aparecióse un pastor muy joven, vestido
de lana azul, sujeto á la frente el ropaje con un rollo de lino blanco.
Y al escuchar que los viajeros iban en busca del Niño rey, el rústico
sonrió alegremente y se ofreció á conducirles.
--Yo le adoré la noche en que nació...--dijo transportado.
--Pues llévanos á su palacio y te recompensaremos.
--¡A su palacio! El Niño está en una cuevecilla, donde solemos recoger
el ganado cuando hace mal tiempo.
--Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias?
--Una mula y un buey le calientan con su aliento...--respondió el
pastor.--Su madre y su padre, el carpintero Josef de Nazareth, le cuidan
y le velan amorosos...
Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que descubría confusión, asombro y
recelo. El pastor debía de equivocarse; no era posible que tan gran rey
hubiese nacido así, en la miseria, en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si
pidiesen consejo á Melchor? Pero Melchor, envuelto en la niebla,
caminaba con paso firme; la Estrella no se había obscurecido para él.
Hallábase ya á gran distancia, cuando por fin oyó las voces, los gritos
de sus compañeros: «¡Eh, eh, Melchor! ¡Aguárdanos!» El Mago de negra
piel se detuvo, y clamó á su vez: «Estoy aquí, estoy aquí...»
Al juntarse por último la caravana, Melchor divisó al pastorcillo y supo
las noticias que daba del Niño rey. «Este pobre zagal nos engaña ó se
engaña--exclamó Gaspar enojado.--Dice que nos guiará á un establo
ruinoso, y que allí veremos al hijo de un carpintero de Nazareth. ¿Qué
piensas, Melchor? El sapientísimo Baltasar teme que aquí corramos grave
peligro, pues no conocemos el terreno, y si nos aventuramos á preguntar
infundiremos sospechas, seremos presos y acaso nos recluya Herodes en
sus calabozos subterráneos. La Estrella ya no brilla y nuestro corazón
desmaya.»
Melchor guardó silencio. Para él no se había ocultado la Estrella ni un
segundo. Al contrario, su luz se hacía más fulgente á medida que
adelantaban, que se aproximaban al establo. Y en su imaginación, Melchor
lo veía: una cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido con paja y
heno, una mujer joven y celestialmente bella agasajando á un niño
tiernecito, que tiembla de frío; un Niño humilde, rosado, blanco, que
bendice, que no llora. Lo singular es que la cueva, en vez de estar
obscura, se halla inundada de luz, y que una música inefable, apenas
perceptible, idealmente delicada y melodiosa, resuena en sus ámbitos. La
cueva parece que es toda ella claridad y armonía. Melchor oye extasiado;
se baña, se sumerge en la deliciosa música y en los resplandores de oro
que llenan la caverna y cercan al Niño.
--¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si debemos continuar el viaje... ó
volvernos á nuestra patria, por no ser encarcelados y oprimidos aquí.
--Y vosotros, ¿no oís la música?--repite Melchor, por cuyas mejillas de
ébano resbalan gotas de dulce llanto.
--Nada oímos, nada vemos...--responden los dos Magos, afligidos.
--Orad, y veréis... Orad, y oiréis... Orad, y Dios se revelará á
vosotros.
Magos y séquito echan pie á tierra, extienden los tapices, y de pie
sobre ellos, vuelta la cara al Oriente, elevan su plegaria. Y la
Estrella, poco á poco, como una mirada de moribundo que se reanima al
aproximarse al lecho un sér querido, va encendiéndose, destellando,
hasta iluminar completamente el sendero, que se alarga y penetra en la
montaña, en dirección de Belén. La niebla se disipa; el paisaje es
risueño, pastoril, fresco, florido, á pesar de la estación; claros
arroyillos surcan la tierra, y resuena, como en Mayo, el gorjeo de las
aves, que acompaña el tilinteo de la esquila y el cántico de los
pastores, recostados bajo los terebintos y los cedros, siempre verdes.
Los Magos, terminada su plegaria, emprenden el camino llenos de
esperanza y de seguridad. Una cohorte de soldados á caballo se cruza con
la caravana: es un destacamento romano, arrogante y belicoso; el sol
saca chispas de sus corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las
banderolas, los cascos de los caballos hieren el suelo con provocativa
furia. Los Magos se detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa á su
lado y no da muestras de notar su presencia. Ni pestañean, ni vuelven la
cabeza, ni advierten nada.
--Van ciegos--exclama Melchor;--y los Magos aprietan el paso, mientras
se aleja la cohorte.
SUEÑOS REGIOS
Es de noche. Temperatura, veinte bajo cero. Fuera no se escucha el menor
ruido: la nevada, cayendo en finos copos delicadísimos que mullen la
atmósfera, contribuye á sostener el silencio absoluto, ahogado, que pesa
sobre los jardines blancos con blancura fantástica. La nieve ha
perfilado primorosamente la traza de las calles de árboles, de los
macizos, de los bosquetes, de los estanques cuajados por el hielo, y
cuya superficie lisa rayaron los patines en la última sesión de patinaje
que tanto divirtió á la corte, porque el príncipe de Circasia se dió
unas costaladas regulares. Las estatuas parecen temblar y lucen aderezos
de carámbanos. Las coníferas son témpanos bordados y esculpidos. En el
alcázar, las cornisas, las balconadas, las torrecillas, la monumental
ornamentación de la fachada, el reloj, sostenido por Genios que
representan los destinos de la casa imperial venciendo al Tiempo, van
desapareciendo bajo la suave acolchadura blanca. Los centinelas, en su
garita, tiritando, sintiendo que el aliento se les cristaliza primero y
se les liquida después dentro del alto cuello de sus capotes militares,
hieren el suelo con el pie, se acuerdan del cuerpo de guardia donde arde
la estufa y se puede echar un trago de lo fermentado, y de tiempo en
tiempo lanzan, al través de la nieve, su «¡Alerta!» gutural. El
decorativo reloj da las doce, pausadamente, como si la hora contada por
él fuese más solemne que las otras. Al reloj de fuera contestan los de
dentro, desde las consolas; tienen vocecillas aflautadas y bien
moduladas de palaciegos.
El emperador se estremece y se incorpora en el gran lecho incrustado de
marfil, bajo las pieles rarísimas que lo mullen. Se le figura que una
mano acaba de posarse en su hombro; y en efecto, á la luz de la lámpara
de alabastro velada de encaje, ve una figura venerable, un viejo
aureolado por larguísima barba y melenas, donde la nieve se diría que
enredó sus vellones. La vestidura del viejo deslumbra; túnica de brocado
de oro, manto de terciopelo violeta orlado de armiño. Una especie de
mitra en que las perlas se apiñan sobre la filigrana, rodea sus sienes y
comprime y hace bufar su gran cabellera nevada, que se extiende
caudalosa por los hombros. En la mano lleva cincelado cofrecillo
abierto, lleno de polvo aurífero impalpable.
--¿Qué me quieres y quién eres?--pregunta el emperador al anciano.
--Como de casa. Baltasar, rey de los países de Oriente--contesta el
patriarca en voz temblona.
--¡Bienvenido, primo y señor! ¿Por qué viaja Vuestra Majestad en tan
cruda noche? Conviene á las testas coronadas no ponerse nunca en el caso
de sufrir las molestias que padecen los demás mortales. Dígnese Vuestra
Majestad descansar bajo mi hospitalario techo.
--No acepto sino breves instantes, aunque vengo rendido de atravesar los
dominios de Vuestra Majestad, á los cuales no se les ve el fin: deben de
cubrir buena parte de la superficie del planeta.
--¡Ah!--articula el emperador, satisfecho.--¿Los ha recorrido Vuestra
Majestad? ¿Se ha enterado de su extensión y riqueza? Todos los climas,
todas las producciones, todas las razas, reconocen mi soberanía. Cuando
paso revista á mi ejército, en él veo soldados blancos y rubios, de ojos
azules; soldados de morena tez; soldados de cutis amarillo y nariz
achatada; ropajes orientales y envolturas que preservan del rigor de las
estaciones en los países hiperbóreos. Mi imperio produce el trigo y el
zafiro, los minerales, las pieles y las maderas odoríferas; es un
gigante cuya cabeza, como la de Vuestra Majestad, se baña en las nieves
árticas, y cuyas manos se tienden hacia el Mediodía para abarcarlo. Y en
este Imperio yo soy Dios. A mi voz las frentes se inclinan, las
muchedumbres se prosternan, la plegaria por mí hace retemblar los
iconostasios. Mientras el soplo del huracán juega con los monarcas
occidentales, nuestros necios primos, yo, como un numen, me oculto en
santuario inaccesible.
--Conozco el poderío de Vuestra Majestad. Por eso sospecho si la tarea
que me ha sido encomendada resultará estéril; pero, obedeciendo, la
cumplo.
--¿Qué tarea es esa, primo y señor?
--La que me ordenó realizar el Niño. Vuelvo de Palestina; regreso á mi
patria, después del interminable viaje anual... ¡Es una maravilla lo
lindo que está el Niño y lo dulce y honesta que es la Madre! Nada perdió
su inmortal hermosura en los mil novecientos dos años transcurridos
desde que por vez primera les adoré. Como siempre, les he llevado mi
ofrenda: polvo de oro del Ofir. Y el Niño, después de extender sus
manitas, que besé, y bendecir el oro, me ha dicho que lo espolvoree por
el suelo, allí donde vea que el hombre atenta á la libertad del hombre.
--¿Conque esas mañas saca el Niño?--tartamudeó el emperador.--¡Por
cierto que lo educan bien mal su Madre y el carpintero, gente baja al
fin, aunque descienda de la casta de nuestros augustos primos los reyes
de Judá! Vuestra Majestad, con la experiencia que le dan los años, habrá
comprendido que no debe cumplírsele al Niño ese antojo.
--No es posible desobedecerle, primo y señor--declaró gravemente el
Mago.--He espolvoreado la enorme porción de tierra donde reina Vuestra
Majestad, aunque confieso que dudo de ver germinar cosa alguna sobre la
dura capa de hielo que la reviste. Sin esperanzas voy derramando
polvillo de oro; y la verdad, hace un instante, en los jardines de este
palacio, al caer el dorado polvillo, creí que el suelo se estremecía y
se agrietaba la capa de nieve. Tembló la tierra; me pareció que un ruido
cavernoso resonaba allá dentro. ¿Está seguro Vuestra Majestad de que no
se halla minado su palacio?
--Vuestra Majestad es quien lo mina, y será preciso impedirlo;--contesta
enérgicamente el emperador, hiriendo un timbre.
Aparece la guardia. El viejo toma una pulgarada de polvillo, lo arroja á
los ojos de los soldados y pasa por entre ellos libre y majestuoso.
* * * * *
Otro efecto de nieve sobre jardines y palacio real, pero nieve ya
cuajada y que empieza á derretirse formando un barro sucio y negruzco.
En el alcázar se ven todavía luces: ha habido en el comedor de diario
espléndida cena de familia, alegres y cariñosos brindis, y el emperador,
rendido de recibir toda la tarde felicitaciones, después de bendecir á
sus hijos, que uno por uno le han besado la mano respetuosamente, y de
abrazar con afecto á la fecunda emperatriz, se tiende en su estrecha y
dura cama de campaña, única donde concilia el sueño, á causa de la
costumbre.
Apenas empieza á aletargarse, le llaman con un _¡Pssit!_ muy bajo, y á
la claridad de la lamparilla divisa á un hombre en la fuerza de la edad,
envuelto en ropón de púrpura, bajo el cual se parece una armadura de
admirable trabajo. Rodea sus sienes una corona de picos; en su diestra
alza rico pomo de mirra de fuerte aroma, acre y embriagador.
--¿Qué desea Vuestra Majestad, señor rey Gaspar?--pregunta el emperador
que, conociendo al viajero, salta de la cama y saluda militarmente.
--Felicitar las Pascuas á Vuestra Majestad y confiarle un secreto.--Es
el caso que el Niño, ¿no sabe Vuestra Majestad? ¡el Niño, á quien todos
los años voy á visitar en su establo, para beber en sus ojos de violeta
la sabiduría! después de jugar con esta mirra que le ofrecí y de arrojar
sobre ella su aliento celestial, me manda que gota á gota la esparza por
el suelo de los países donde el hombre tenga sed de la sangre del
hombre. Y al caer gotitas de esta mirra, primo y señor, observo que la
tierra, encharcada y pegajosa, se esponja, se entreabre, y nacen y
surgen y crecen olivos, rosas, mirtos, centeno, lúpulo, viñas cargadas
de racimos. ¡Ah! Es un gran portento la tal mirra. Y á mí, señor y
primo, la armadura me asfixia, el corazón no me cabe en ella. Permítame
Vuestra Majestad que salpique de mirra su cabeza augusta.
--¡Qué diantre! ¡Cosas de chiquillos!--gruñó el emperador.--Cuando el
Niño crezca y se aparte de las faldas y del regazo materno, diferentes
serán sus caprichos. No hay nada más santo que la guerra. Dios mismo
guía á los ejércitos é infunde á los caudillos arrojo y tino para
asegurar la victoria. Sobre el campo de batalla se cierne el Arcángel
con sus alas salpicadas de rubíes y su gladio flamígero. El soplo
divino hincha mi pecho apenas lo cubre la coraza rutilante. Esto no se
les alcanza á los niños ni á las mujeres; convenido. Nosotros, pastores
de pueblos, jefes de razas, sonreímos ante ciertos arranques de
debilidad graciosa.
--Debo hacer lo que me mandan--insiste Gaspar.
Y tomando unas gotas de mirra, las dispara á la frente del emperador.
Este exhala un suspiro; se deja caer en el lecho de campaña, y ve en
sueños una pirámide de huesos humanos, blanca y pulida, altísima. Sobre
la cúspide, un cuervo grazna plañideramente, hambriento, erizado el
plumaje; y al pie, en las ramas de un olivo nuevo, dos palomas se besan,
juntando los picos.
* * * * *
En el patio del alcázar, sobre el gran pilón de pórfido sostenido por
leones, recae el agua, melodiosa, con dulce porfía. La luna ilumina las
arcadas afiligranadas, juega en las charoladas hojas de los naranjos,
descubre el reflejo pálido de sus pomas de oro. Dos esclavos velan el
sueño del emir, que reposa vestido sobre un diván, cubierto con una
manta de fina pluma de avestruz--porque la noche está algo fría y la
helada ha endurecido los caminos del desierto--y apoyando el pie en la
garganta de una mujer desnuda, que hace de cogín y presta calor más
grato que el de la manta.
Elegante figura se desliza por entre los esclavos, invisible. Es un
negro joven, esbelto, de robusta y acerada musculatura, de piernas
nerviosas encerradas en calzas prietas y salpicadas de lentejuelas como
las que ostentan los donceles en los cuadros de Carpaccio; una
sobrevesta de tisú de plata acusa sus formas; un cinturón de pedrería
sostiene sobre su vientre enjuto soberbio puñal; encima de sus cabellos
crespos se ladea un gorro de velludo carmesí, y bajo el ala luce diadema
de brillantes. El gallardo negro se inclina hacia el emir y le baña el
rostro con una bocanada del incienso que humea en un incensario calado,
pendiente de cadenillas de perlas. Sobresaltado, el emir despierta,
echando mano á su gumía.
--No temas, soy Melchor, que como tú ejerce el mando en tribus del
desierto y posee palacios misteriosos, que parecen labrados por los
genios del aire. Vengo á cumplir órdenes del Niño Yesuá, hijo de Leila
Mariem.
--¿Y qué te ordena ese profeta infiel?--exclama el emir con desprecio.
--Columpiar este incensario en todos los países donde el hombre trate á
la mujer como esclava y no como compañera.
Ríese el emir, mostrando sus blancos dientes de chacal entre la negra y
sedosa barba.
--Pues vuélvete á tierra de rumíes, Melchor. También allí necesitan el
perfume de tu incensario. Pero antes, reposa. Eres mi huésped; voy á
ordenar que te preparen un baño con agua de rosas dos bellas cautivas.
Y el Emir se incorpora, dando con el pie á la mujer en cuya garganta lo
tenía apoyado.
LA VISIÓN DE LOS REYES MAGOS
(_Los Reyes Magos regresan á su patria por distinto camino del que
vinieron, á fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la
estrella no les guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada
luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los
dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y á lo lejos
resuena el cavernoso rugir de un león._)
BALTASAR (acariciándose la nevada y luenga barba y moviendo la anciana
cabeza á estilo del que vaticina).--No sé lo que me sucede desde que me
puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al Hijo de la Doncella,
que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que
cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecí al Niño para
reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir!
Tributos percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos,
decenas de siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo
el universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán
para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco; apenas
llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se
ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se le erigen templos
de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro en torno de
los cuales oscilan blancos flábulos de plumas con mango de oro, y que
ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo también, incrustada de
diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la
tierra, corren á los pies del Niño: y lo más extraño es que el Niño los
contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno
de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le
agradará á la criatura celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que
mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.
GASPAR (enderezándose sobre su montura, requiriendo la espada,
frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos).--Patriarca de los
Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es vil
mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de
su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como
la arcilla que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo
complacer al primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca;
yo mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será
su mejor título. La mirra, amarga como el vivir y como el vivir sana y
fortificante; he ahí lo que conviene á quien ha de realizar obra viril,
obra de vigor y salud. ¿Creéis que se puede ser grande y noble y fuerte
sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis á mí, ¡oh, sabios!: he
combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones
horribles, me he visto mil veces en manos de mis enemigos y el soplo del
martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de
mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y
sabrosa amargura y quizás su balsámico perfume. Yo también veo al Niño,
Baltasar, pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando
dragones, sometiendo á su yugo á la humanidad, sufriendo y regando con
sangre una palma. Bien hice en traerle mirra.
MELCHOR (tímidamente, con humildad profunda).--Yo no sé si habré
acertado, y, sin embargo, por la alegría que me inunda, presumo que el
Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le
obsequiaste con oro, considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso
Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hombre. Yo, el último de
vosotros, el más ignorante, el etiope de negra tez, le ofrecí unos
granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.
BALTASAR y GASPAR, _atónitos_.--¡Dios!
MELCHOR (con fe y persuasión ardiente).--Sí, Dios. Ahora mismo, en medio
de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto
resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas á sus pies y
redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la
obscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet.
Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le
reconocéis así al pronto, porque es un Dios diferente de los Dioses que
van á morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia,
perdona, y sólo con acercarme á Él noto en mi corazón una frescura
inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica. Así que llegue á mi
reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos, condonaré los
tributos, daré libertad á mis concubinas y me pondré desarmado en medio
de la plaza pública á confesar mis yerros y á que mis enemigos, si lo
desean, tomen venganza de mí.
BALTASAR.--Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja á la
locura.
GASPAR.--No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada,
impropia de un Rey.
MELCHOR.--No sé defenderla con razones. Hago lo que siento.
BALTASAR.--Mi dádiva era preciosa.
GASPAR.--La mía era digna y noble.
MELCHOR.--La mía expresa mi pequeñez y sólo significa adoración.
BALTASAR.--Reuniendo las tres en una, quizas obtendríamos algo que
hiciese sonreir al prodigioso Niño.
GASPAR.--No puede ser. ¿Dónde habrá un don que convenga al Rey, al
Hombre y al Dios juntamente?
(_La luna brilla con claridad más suave, más misteriosamente dulce
y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el horizonte
se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente
vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta
la orla del traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de
ungüento de nardo, cuya fragancia se esparce é impregna la ropa de
los Magos y sube hasta su cerebro en delicados y penetrantes
efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados sobre el polvo
del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora
Magdalena._)
EL ROMPECABEZAS
El niño es una de esas criaturas delicadas y precozmente listas, que se
crían en las grandes poblaciones, privadas de aire, de luz, de
ejercicio, de alimento sólido y sano, víctimas de las estrecheces de la
clase media, más menesterosa á veces que el pueblo. Siempre limpito, con
su pelo bien alisado, formal, dócil y reprimido naturalmente, Eloy no da
en la casa quebraderos de cabeza. Verdad que si los diese, ¿cómo se las
arreglaría para meterle en costura su infeliz mamá, viuda, sola y
atacada de un padecimiento crónico al corazón? Precisamente la verdadera
causa del buen porte y conducta de Eloy es esa vehemente y temprana
sensibilidad que suele despertar en las criaturas el temor de hacer
sufrir á un ser muy amado, de entristecer unos ojos maternales, de
agravar una pena que adivinan sin poder medir su profundidad.