llavín. ¡Aún dudaba! ¿Quién sabe? Tal vez, como buena andaluza apegada á
la tradición y creyente, _la Cordobesa_ no había querido pasar la noche
del 24 de Diciembre sin asistir á la Misa del Gallo, la más alegre y
tierna de todas las misas.--¡Qué dicha esperarla en el cuartito forrado
de felpa azul, y cuando regresase á la una, depositar en su regazo el
estuche con las calabazas de perlas, el último capricho!--Giró la llave
sordamente; el banquero sintió bajo sus pies la alfombra de la antesala.
Dió luz al tulipán, y al mismo tiempo oyó que salía del comedor algazara
y risa. De puntillas se coló en el ropero, que estaba á la derecha del
pasillo; quería saber á qué atenerse: iba á ver, á saber, á cerciorarse
de la infamia.--Del ropero se pasaba á un gabinete, y ya en éste, al
través de una puerta vidriera, era fácil distinguir cuanto en el
comedor sucedía. Rosálbez se agachó, entreabrió las cortinas... Enfrente
tenía á _la Cordobesa_, con mantón de Manila y flores en el moño; á su
lado, Planelles alzaba la copa.
El banquero retrocedió; reclinóse en un sofá, y creyó que una mano le
apretaba la nuez hasta asfixiarle. Era el desastre completo; era no
solamente la burla para él, sino el desprecio de su pobre Fanny, de su
hija. Las risas, las coplas, venidas del comedor, le azotaban como
látigos. Se levantó; á tientas buscó la salida, y se encontró de nuevo
en la antesala. Dejó la puerta abierta; en la calle tiró la llave al
primer agujero de alcantarilla; y subiendo á otro coche, dió las señas
de su palacio. Todavía estaban iluminados los salones; Fanny, en la
antesala, despedía á los convidados. Cuando desaparecieron, Rosálbez se
acercó á su hija, y cogiéndola de la mano tartamudeó:
--¡Valor! ¡No te sobresaltes!... Acabo de adquirir la prueba de que el
conde de Planelles no te merece; de que es un miserable, que te engaña
con la última de las mujerzuelas. Te lo juro; tu padre te lo jura, acaba
de cerciorarse de ello, positivamente... Jamás consentiré que vuelva á
poner los pies aquí.
Y Fanny, sin replicar, blanca como su traje, balbuceó:
--Entraré en las Reparadoras.
Rosálbez vió, mirando al porvenir, una larga serie de Navidades frías y
solitarias, inmenso agujero tétrico en su existencia...
LA NOCHEBUENA DEL CARPINTERO
José volvió á su casa al anochecer. Su corazón estaba triste: nevaba en
él, como empezaba á nevar sobre tejados y calles, sobre los árboles de
los paseos y las graníticas estatuas de los reyes españoles, erguidas en
la plaza. Blancos copos de fúnebre dolor caían pausadamente en el alma
del carpintero sin trabajo, que regresaba á su hogar y no podía traer á
él luz, abrigo, cena, esperanzas.
Al emprender la subida de la escalera, al llegar cerca de su mansión, se
sintió tan descorazonado, que se dejó caer en un peldaño con ánimo de
pasar allí lo que faltaba de la alegre noche. Era la escalera glacial y
angosta de una casa de vecindad, en cuyos entresuelos, principales y
segundos vivía gente acomodada, mientras en los terceros ó cuartos,
buhardillas y buhardillones, se albergaban artesanos menesterosos. Un
mechero de gas alumbraba los tramos hasta la altura de los segundos;
desde allí arriba, la obscuridad se condensaba, el ambiente se hacía
negro y era fétido como el que exhala la boca de un sucio pozo. Nunca el
aspecto desolado de la escalera y sus rellanos había impresionado así á
José. Por primera vez retrocedía, temeroso de llamar á su propia puerta.
¡Para las buenas noticias que llevaba!
Altas las rodillas, afincados en ellas los codos, fijos en el rostro los
crispados puños, tiritando, el carpintero repasó los temas de su
desesperación y removió el sedimento amargo de su ira contra todo y
contra todos. ¡Perra condición, centellas, la del que vive de su sudor!
En verano, cebolla, porque hace un bochorno que abrasa y los pudientes
se marchan á bañarse y tomar el fresco. En Navidad, cebolla, porque
nadie quiere meterse en obras con frío, y porque todo el dinero es poco
para leña de encina y abrigos de pieles. Y qué, ¿el carpintero no come
en la canícula, no necesita carbón y mineral cuando hiela? El patrón del
taller le había dicho, meneando la cabeza: «Qué quieres, hijo, yo no
puedo sacar rizos donde no hay pelo... Ni para Dios sale un encargo...
Ya sabes que antes de soltarte á ti, he _soltao_ á otros tres... Pero no
voy á soltar á mis sobrinos, los hijos de mi hermana..., ¿estamos? Ya me
quedo con ellos solos... Búscate tú por ahí la vida... A ingeniarse se
ha dicho...» ¡A ingeniarse! ¿Y cómo se ingenia el que sólo sabe labrar
madera, y no encuentra quien le pida esa clase de obra?
Un mes llevaba José sin trabajar. ¡Qué jornadas tan penosas las que
pasaba en recorrer á Madrid buscando ocupación! De aquí le despedían
con frases de conmiseración y vagas promesas; de allá, con secas y duras
palabras, hasta con marcada ironía... «¡Trabajo! Este año para nadie lo
hay...» respondían los maestros, coléricos, malhumorados ó abatidos. De
todas partes brotaba el mismo clamor de escasez y de angustia; doquiera
se lloraban los mismos males: guerra, ruina, enfermedades, disturbios,
catástrofes, miedo, encogimiento de los bolsillos... Y José iba de
puerta en puerta, mendigando trabajo como mendigaría limosna, para
regresar á la noche, de semblante hosco y ceño fruncido, y contestar á
la interrogación siempre igual de su mujer, con un movimiento de hombros
siempre idéntico, que significaba claramente: «No, todavía no.»
La mala racha les cogía sangrados, después de larga enfermedad, una
tifoidea de la chica mayor, Felisa, convaleciente aún y necesitada de
alimento substancioso; después de la adquisición de una cómoda y dos
colchones de lana, que tomaron el camino de la casa de empeños á escape;
después de haber pagado de un golpe el trimestre atrasado de la vivienda
y oído de boca del administrador que no se les permitiría atrasarse otra
vez, y al primer descuido se les pondría de patitas en la calle con sus
trastos... En ocasión tal, un mes de holganza era el hambre en seguida,
el ahogo para el resto del venidero año. ¡Y el hambre en una familia
numerosa! Nadie se figura el tormento del que tiene obligación de traer
en el pico la pitanza al nido de sus amores, y se ve precisado á volver
á él con el pico vacío, las plumas mojadas, las alas caídas... Cada vez
que José llamaba y se metía buhardilla adentro, el frío de los desnudos
baldosines, la nieve de la apagada cocina se le apoderaban del espíritu
con fuerza mayor; porque el invierno es un terrible aliado del hambre, y
con el estómago desmantelado muerde mil veces más riguroso el soplo del
cierzo que entra por las rendijas y trae en sus alas la voz rabiosa de
los gatos...
Cavilaba José. No, no era posible que él pasase aquel umbral sin llevar
á los que le aguardaban dentro, famélicos y transidos, ya que no las
dulzuras y regalos propios de la noche de Navidad, por lo menos algo que
desanublase sus ojos y reconfortase su espíritu. Permanecía así, en uno
de esos estados de indecisión horrible que constituyen verdaderas crisis
del alma, en las cuales zozobran ideas y sentimientos arraigados por la
costumbre, por la tradición. Honrado era José, y á ningún propósito
criminal daba acogida, ni aun en aquel instante de prueba; las manos se
le caerían antes que extenderlas á la ajena propiedad; pero esta
honradez tenía algo de instintivo; y lo que se le turbaba y confundía á
José era la conciencia, en pugna entonces con el instinto natural de la
hombría de bien, y casi reprobándolo. Él no robaría jamás, eso no...;
pero vamos á ver, los que roban en casos análogos al suyo, ¿son tan
culpables como parece? A él no le daba la gana de abochornarse, de
arrostrar el feo nombre de ladrón; unas horas en la cárcel le costarían
la vida; moriría del berrinche, de la afrenta; bueno; esas eran cosas
suyas, repulgos de su dignidad, que un carpintero puede tenerla también;
mas los que no padeciesen de tales escrúpulos y cometiesen una
barbaridad, no por sostener vicios, por mantener á la mujer y á los
pequeños..., ¿quién sabe si tenían razón? ¿Quién sabe si eran mejores
maridos, mejores padres? El no daba á los suyos más que necesidad y
lágrimas...
Gimió, se clavó los dedos en el pelo, y estúpido de amargura, miró hacia
abajo, hacia la parte iluminada de la escalera. Por allí mucho
movimiento, mucho abrir de puertas, mucho subir y bajar de criados y
dependientes llevando paquetes, cartitas, bandejas: los últimos
preparativos de la cena, el turrón que viene de la turronería, el
bizcochón que remite el confitero, el obsequio del amigo, que se asocia
al júbilo de la familia con las seis botellas de Jerez dulce y las rojas
granadas. Una puerta sola, la de la anciana viuda y devota, doña Amparo,
no se había abierto ni una vez; de pronto se oyó estrépito, una turba de
chiquillos se colgó de la campanilla; eran los sobrinos de la señora, su
único amor, su debilidad, su mimo... Entraron como bandada de pájaros en
un panteón; la casa, hasta entonces muda, se llenó de rumores, de
carreras, de risas. Un momento después, la criada, viejecita tan beata
como su ama, salía al descanso y gritaba en cascada voz:
--¡Eh, Sr. José! ¿Esta por ahí el Sr. José? Baje, que le quiero un
recado...
En los momentos de desesperación, cualquier eco de la vida nos parece un
auxilio, un consuelo. El que cierra las ventanas para encender un
hornillo de carbón y asfixiarse, oye con enternecimiento los ruidos de
la calle, los ecos de una murga, el ladrido del perro vagabundo... José
se estremeció, se levantó, y ronco de emoción contestó bajando á saltos:
--¡Allá voy, allá voy, señora Baltasara!...
--Entre...--murmuró la vieja.--Si está desocupado nos va á armar el
Nacimiento, porque han _venío_ los chicos, y mi ama, como está con ellos
que se le cae la baba pura...
--Voy por la herramienta--contestó el carpintero pálido de alegría.
--No hace falta... Martillo y tenazas hay aquí, y clavos quedaron del
año _pasao_; como yo lo guardo todo, bien apañaditos los guardé...
José entró en el piso invadido por los chiquillos y en el aposento donde
yacían desparramadas las figuras del belén y las tablas del armadijo en
que había de descansar. Entre la algazara empezó el carpintero á
disponer su labor. ¡Con qué gozo esgrimía el martillo, escogía la punta,
la hincaba en la madera, la remachaba! ¡Qué renovación de su sér, qué
bríos y qué fuerzas morales le entraban al empuñar, después de tanto
tiempo, los útiles del trabajo! Pedazo á pedazo, y tabla tras tabla, iba
sentando y ajustando las piezas de la plataforma en que el belén debía
lucir sus torrecillas de cartón pintado, sus praderas de musgo, sus
figuras de barro toscas é ingenuas. Los niños seguían con interés la
obra del carpintero, no perdían martillazo, preguntaban, daban parecer,
y coreaban con palmadas y chillidos cada adelanto del armatoste. La
señora, entretanto, colgaba en la pared unas agrupaciones de bronce y
vidrio para colocar en ellas bujías. Los criados iban y venían,
atareados y contentos. Fuera nevaba, pero nadie se acordaba de eso; la
nieve, que aumenta los padecimientos de la miseria, también aumenta la
grata sensación del bienestar íntimo, del hogar abrigado y dulce. Y José
asentaba, clavaba la madera, hasta terminar su obra rápidamente, en una
especie de transporte, reacción del abatimiento que momentos antes le
ponía al borde de la desesperación total...
Cuando el tablado estuvo enteramente listo, y José hubo dado alrededor
de él esa última vuelta del artífice que repasa la labor, doña Amparo,
muy acabadita y asmática, le hizo seña de que la siguiese, y le llevó á
su gabinete, donde le dejó solo un momento. Los ojos de José se fijaron
involuntariamente en los muebles y decorado de aquella habitación ni
lujosa ni mezquina, y sobre todo, le atrajo desde el primer momento una
imagen que campeaba sobre la consola, alumbrada por una lamparilla de
fino cristal. Era un San José de talla, escultura moderna, sin mérito,
aunque no desprovista de cierto sentimiento; y el santo, en vez de
hallarse representado con el Niño en brazos ó de la mano, según suele,
estaba al pie de un banco de carpintero, manejando la azuela y
enseñando al Jesusín, atento y sonriente, la ley del trabajo, la
suprema ley del mundo. José se quedó absorto. Creía que la imagen le
hablaba; creía que pronunciaba frases de consuelo y de cariño infinito,
frases no oídas jamás. Cuando la señora volvió y le deslizó dos duros en
la mano, el carpintero, en vez de dar gracias, miró primero á su
bienhechora y después á la imagen; y á la elocuencia muda de sus ojos
respondió la de los ojos de la viejecita, que leyó como en un libro en
el alma de aquel desventurado, deshecho física y moralmente por un mes
de ansiedad y amargura sin nombre.--Y doña Amparo, muy acostumbrada á
socorrer pobres, sintió como un golpe en el corazón: la necesidad que
iba á buscar fuera de casa, visitando zaquizamíes, la tenía allí, á dos
pasos, callada y vergonzante, pero urgente y completa. Alzó los ojos de
nuevo hacia la efigie del laborioso Patriarca, y bondadosamente,
tosiqueando, dijo al carpintero:
«Ahora subirán de aquí cena á su casa de usted, para que celebren la
Navidad.»
EL CIEGO
La tarde del 24 de Diciembre le sorprendió en despoblado, á caballo, y
con anuncios de tormenta. Era la hora en que, en invierno, de repente se
apaga la claridad del día, como si fuese de lámpara y alguien diese
vuelta á la llave sin transición, las tinieblas descendieron borrando
los términos del paisaje acaso apacible á medio día, pero en aquel
momento tétrico y desolado.
Hallábase en la hoz de uno de esos ríos que corren profundos,
encajonados entre dos escarpes; á la derecha el camino, á la izquierda
una montaña pedregosa, casi vertical, escueta y plomiza de tono. Allá
abajo no se divisaba más que una cinta negruzca, donde moría,
culebreando, áspid de carmín, un reflejo rojo del poniente; arriba,
densas masas erguidas, formas extrañas, fantasmagóricas; todo solemne y
aun pudiera decirse que amenazador. No pecaba Mauricio de cobarde, y sin
embargo, le impresionó el aspecto de la montaña; sintió deseos de
llegar cuanto antes al Pazo, del cual le separaban aún tres largas
leguas, y animó con la voz y la espuela á su montura, que empinaba las
orejas recelosa.
Arreció el viento y le obligó á atar el sombrero con un pañuelo bajo la
barba; el trueno, lejano aún, retumbó misteriosamente; ráfagas de lluvia
azotaron la cara del jinete, que ahogó un juramento. ¡Aquello era mala
sombra! ¡Justamente empezaba á llover á la mitad del camino! Al punto
mismo el caballo se encabritó y pegó un bote de costado: de entre la
maleza había salido un bulto. Echaba ya Mauricio mano al revólver que
llevaba en el bolsillo interior de la zamarra, cuando oyó estas palabras
en dialecto:
--¡Una limosnita! ¡Por amor de Dios que va á nacer... una limosnita,
señor!
Mauricio, tranquilizándose, miró enojado al que en tal sitio y ocasión
cometía la importunidad de pedir limosna. Era un hombrachón alto,
descalzo de pie y pierna, que llevaba al hombro unas alforjas, y se
apoyaba en recio garrote. La obscuridad no permitía distinguir cómo
tenía el rostro; la ancianidad se adivinaba en lo cascado de la voz y en
el vago reflejo plateado de las greñas blancas.
--Apártese--murmuró impaciente el señorito.--¿No ve que el caballo se
asusta? Si me descuido, al río de cabeza... ¡Vaya unas horas de pedir, y
un sitio á propósito para saltar delante de la montura! ¡Brutos!
El pordiosero se había quedado como hecho de piedra.
--¿Dónde está el río?--gritó con hondo terror.--¿No es aquí el camino de
la iglesia de Cimáis? Señor, por el alma de quien lo ha parido... Señor,
no me desampare... ¡Soy un ciego! ¡Nuestra Señora le conserve la vista!
¡Pobre del que no ve!
Mauricio comprendió. El viejo sin ojos se había perdido, ignoraba dónde
se encontraba, y para no despeñarse necesitaba un guía. Sí, convenido;
necesitaba un guía... ¿Y quién iba á ser? ¿Él, Mauricio Acuña, que desde
Orense regresaba á su casa en tarde de Navidad, á cenar, á pasar
alegremente la velada, jugando al julepe ó al golfo con sus hermanos y
primos, fumando y riendo? Si sujetaba el paso de su caballo al lento
andar de un ciego; si torcía su rumbo cara á la iglesia de Cimáis,
distante buen rato, ¿á qué santas horas iba á hacer su entrada en la
sala del Pazo de Portomellor? Un instante titubeó: pensaba que no podía
menos de sacrificar algunos minutos á colocar al ciego en la dirección
de Cimáis, y dejarle, ya orientado, arreglarse como Dios le diese á
entender. Sólo que era internarse en la _carballeda_, exponerse á
tropezar en los cepos y en los pedruscos, y sobre todo, era condescender
á los ruegos del mendigo, que no soltaría á dos por tres á su lazarillo
improvisado, y si le complaciese en lo primero exigiría lo segundo...
¡Estos pobres son tan lagoteros y tan pegajosos! «Más vale escurrirse»,
decidió; y sacando del bolsillo un duro, lo dejó en la mano temblona
que el viejo extendía, más para implorar que para mendigar; picó al
caballo y escapó como un criminal que huye de la justicia.
Sí, como un criminal--así definió su conducta él mismo, luego, en el
punto de refrenar á _Maceo_, su negro andaluz cruzado, y darse cuenta de
que había caído enteramente la noche.--Velada por sombríos nubarrones,
la luna se entreparecía lívida, semejante á la faz de un cadáver
amortajado con hábito monacal. La carretera se desarrollaba suspendida
sobre el río que, á pavorosa profundidad, dormitaba mudo y siniestro. El
viento combatía, haciéndolos crugir, los troncos robustos de los
árboles; un relámpago alumbró la superficie del agua, un trueno resonó
ya bastante cercano; Mauricio se estremeció. Le parecía escuchar ruidos
extraños, además de los de la tormenta. ¿Se habrá caído el viejo al
agua? Detrás, sobre la peñascosa senda, creía escuchar el paso de un
hombre que tentaba el suelo con un palo, como hacen los ciegos. Absurdo
evidente, pues con la galopada que _Maceo_ había pegado ya, quedaría el
mendigo atrás un cuarto de legua. Lo cierto es que Mauricio juraría que
le seguía _alguien_: alguien que respiraba trabajosamente, que
tropezaba, que gemía, que imploraba compasión. Invencible desasosiego le
impulsó á apurar nuevamente á su montura, para alcanzar pronto el cruce
en que la carretera se desvía del río, cuya vista le sugería el temor de
una desgracia. ¿Se habrá caído?...--Lo que á Mauricio le acongojaba era
la idea de haber abandonado á un ciego en tal noche. «Pero, ¿cómo fuí
capaz...? ¡Si parece mentira! Me lo contarían después y no lo creería...
Hoy no debí dejar solo á un infeliz...» cavilaba, hincando la espuela en
los ijares de _Maceo_. «Y lo más sucio, lo más vil de mi acción fue
darle dinero. ¡Dinero! Si á estas horas flota en el Sil su cuerpo..., el
dinero ¿de qué le sirve? Creemos que el dinero lo arregla todo...
¡Miserable yo! Estoy por volverme. ¿No viene nadie detrás?...»
_Maceo_ volaba: un sudor de angustia humedecía las sienes del jinete. El
zumbido de sus oídos y el remolino del viento, profundo como una tromba,
no le impedían oir, cada vez más próximas, las pisadas del que le
seguía, ya sin género de duda, y percibir la misma respiración
entrecortada, el mismo doliente gemido; y el caso es que no se atrevía á
volverse: porque si se volviese, quizás vería la figura del ciego
mendigo, alto, descalzo de pie y pierna, con el zurrón al hombro, el
cayado en la mano, y reluciente en la obscuridad la plata de sus blancas
greñas...
--¿Estaré loco?--pensó.--Ea, ánimo... Debo volverme...--Y no se volvía;
su garganta apretada, su corazón palpitante, le hacían traición: sufría
un miedo espantoso, sobrenatural. Apretó las espuelas, y el caballo,
excitado, aceleró el tendido galope, sacando chispas de los guijarros
del camino. La tempestad estaba ya encima: el relámpago brilló; un
trueno formidable rimbombó sobre la misma cabeza del señorito,
aturdiéndole. Alborotóse _Maceo_; giró bruscamente sobre sus patas
traseras, y se arrojó hacia el talud que dominaba el Sil. Vió Mauricio
el tremendo peligro, cuando otro relámpago le mostró el abismo y la
superficie del agua: cerró los ojos, aceptando el juicio de la
Providencia... y el caballo, en su vértigo mortal, arrastró al jinete al
fondo del despeñadero, tronchando en su caída los pinos y empujando las
piedras del escarpe, cuyo ruido fragoroso, al rodar peñas abajo,
remedaba aún los desatentados pasos del ciego que tropezaba y gemía.
LOS MAGOS
En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz de la Estrella,
los Magos, á fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las
murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de
olivos y setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les
movió á cambiar de propósito: la ciudad de Samaria era el punto más
peligroso en que podían hacer alto. Acababa de reedificarla Herodes
sobre las ruinas que habían hacinado los soldados de Alejandro el
macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que hacía poco
trocaron la espada corta por el arado y el bieldo: gente toda á devoción
del sanguinario Tetrarca, y dispuesta á sospechar del extranjero, del
caminante, cuando no á despojarle de sus alhajas y viáticos.
Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos sembrados de trigo,
evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaba la entrada
triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las
higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol, y en
las inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la
blancura de las rocas, quemaban los ojos. «Ahí no encontraremos sino
pozos y cisternas, y yo quisiera beber agua que brotase á mi vista»,
murmuró, revolviendo contra el paladar la seca lengua, el anciano rey
Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más aún que las fauces, y se
acordaba de los anchos ríos de su amado país del Irán, de la sábana
inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de Bactegán, en cuyas
sombrosas márgenes triscan las gacelas. La llanura, uniforme y monótona,
se prolongaba hasta perderse de vista: campos de heno, planicies
revestidas de espinos y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la
perspectiva del horizonte; en el cielo, de un azul de ultramar, las
nubes ensangrentadas del Poniente devoraban el resplandor de la
Estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el rey negro,
desciende de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos,
arrodillándose sin reparo de manchar de polvo su rica túnica de brocado
de plata, franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real, coge un puñado
de arena y lo lleva á los labios, implorando así:
--Poder celeste, no des otra bebida á mi boca, pero no me escondas tu
luz. ¡Que la Estrella brille de nuevo!
Como una lámpara cuando recibe provisión de aceite, la Estrella relumbró
y chispeó. Al mismo tiempo los otros dos Magos exhalaron un grito de
alegría: era que se avistaban las blancas mansiones y los grupos de
palmeras seculares de En-Ganim. En Palestina, ver palmeras es ver la
fuente. Gozosa se dirigió la comitiva al oasis, y al descubrir el agua,
al escuchar su refrigerante murmullo, todos descendieron de los camellos
y dromedarios y se postraron dando gracias, mientras los animales
tendían el cuello y el hocico, venteando los húmedos efluvios de la
corriente. Así que bebieron, que colmaron los odres, que se lavaron los
pies y el rostro, acamparon y durmieron apaciblemente allí, bajo las
palmeras, á la claridad de la Estrella, que refulgía apacible en lo alto
del cielo.