Sufría una agitación honda cuando introdujo en ella el otro extremo del

llavín. ¡Aún dudaba! ¿Quién sabe? Tal vez, como buena andaluza apegada á

la tradición y creyente, _la Cordobesa_ no había querido pasar la noche

del 24 de Diciembre sin asistir á la Misa del Gallo, la más alegre y

tierna de todas las misas.--¡Qué dicha esperarla en el cuartito forrado

de felpa azul, y cuando regresase á la una, depositar en su regazo el

estuche con las calabazas de perlas, el último capricho!--Giró la llave

sordamente; el banquero sintió bajo sus pies la alfombra de la antesala.

Dió luz al tulipán, y al mismo tiempo oyó que salía del comedor algazara

y risa. De puntillas se coló en el ropero, que estaba á la derecha del

pasillo; quería saber á qué atenerse: iba á ver, á saber, á cerciorarse

de la infamia.--Del ropero se pasaba á un gabinete, y ya en éste, al

través de una puerta vidriera, era fácil distinguir cuanto en el

comedor sucedía. Rosálbez se agachó, entreabrió las cortinas... Enfrente

tenía á _la Cordobesa_, con mantón de Manila y flores en el moño; á su

lado, Planelles alzaba la copa.

El banquero retrocedió; reclinóse en un sofá, y creyó que una mano le

apretaba la nuez hasta asfixiarle. Era el desastre completo; era no

solamente la burla para él, sino el desprecio de su pobre Fanny, de su

hija. Las risas, las coplas, venidas del comedor, le azotaban como

látigos. Se levantó; á tientas buscó la salida, y se encontró de nuevo

en la antesala. Dejó la puerta abierta; en la calle tiró la llave al

primer agujero de alcantarilla; y subiendo á otro coche, dió las señas

de su palacio. Todavía estaban iluminados los salones; Fanny, en la

antesala, despedía á los convidados. Cuando desaparecieron, Rosálbez se

acercó á su hija, y cogiéndola de la mano tartamudeó:

--¡Valor! ¡No te sobresaltes!... Acabo de adquirir la prueba de que el

conde de Planelles no te merece; de que es un miserable, que te engaña

con la última de las mujerzuelas. Te lo juro; tu padre te lo jura, acaba

de cerciorarse de ello, positivamente... Jamás consentiré que vuelva á

poner los pies aquí.

Y Fanny, sin replicar, blanca como su traje, balbuceó:

--Entraré en las Reparadoras.

Rosálbez vió, mirando al porvenir, una larga serie de Navidades frías y

solitarias, inmenso agujero tétrico en su existencia...

LA NOCHEBUENA DEL CARPINTERO

José volvió á su casa al anochecer. Su corazón estaba triste: nevaba en

él, como empezaba á nevar sobre tejados y calles, sobre los árboles de

los paseos y las graníticas estatuas de los reyes españoles, erguidas en

la plaza. Blancos copos de fúnebre dolor caían pausadamente en el alma

del carpintero sin trabajo, que regresaba á su hogar y no podía traer á

él luz, abrigo, cena, esperanzas.

Al emprender la subida de la escalera, al llegar cerca de su mansión, se

sintió tan descorazonado, que se dejó caer en un peldaño con ánimo de

pasar allí lo que faltaba de la alegre noche. Era la escalera glacial y

angosta de una casa de vecindad, en cuyos entresuelos, principales y

segundos vivía gente acomodada, mientras en los terceros ó cuartos,

buhardillas y buhardillones, se albergaban artesanos menesterosos. Un

mechero de gas alumbraba los tramos hasta la altura de los segundos;

desde allí arriba, la obscuridad se condensaba, el ambiente se hacía

negro y era fétido como el que exhala la boca de un sucio pozo. Nunca el

aspecto desolado de la escalera y sus rellanos había impresionado así á

José. Por primera vez retrocedía, temeroso de llamar á su propia puerta.

¡Para las buenas noticias que llevaba!

Altas las rodillas, afincados en ellas los codos, fijos en el rostro los

crispados puños, tiritando, el carpintero repasó los temas de su

desesperación y removió el sedimento amargo de su ira contra todo y

contra todos. ¡Perra condición, centellas, la del que vive de su sudor!

En verano, cebolla, porque hace un bochorno que abrasa y los pudientes

se marchan á bañarse y tomar el fresco. En Navidad, cebolla, porque

nadie quiere meterse en obras con frío, y porque todo el dinero es poco

para leña de encina y abrigos de pieles. Y qué, ¿el carpintero no come

en la canícula, no necesita carbón y mineral cuando hiela? El patrón del

taller le había dicho, meneando la cabeza: «Qué quieres, hijo, yo no

puedo sacar rizos donde no hay pelo... Ni para Dios sale un encargo...

Ya sabes que antes de soltarte á ti, he _soltao_ á otros tres... Pero no

voy á soltar á mis sobrinos, los hijos de mi hermana..., ¿estamos? Ya me

quedo con ellos solos... Búscate tú por ahí la vida... A ingeniarse se

ha dicho...» ¡A ingeniarse! ¿Y cómo se ingenia el que sólo sabe labrar

madera, y no encuentra quien le pida esa clase de obra?

Un mes llevaba José sin trabajar. ¡Qué jornadas tan penosas las que

pasaba en recorrer á Madrid buscando ocupación! De aquí le despedían

con frases de conmiseración y vagas promesas; de allá, con secas y duras

palabras, hasta con marcada ironía... «¡Trabajo! Este año para nadie lo

hay...» respondían los maestros, coléricos, malhumorados ó abatidos. De

todas partes brotaba el mismo clamor de escasez y de angustia; doquiera

se lloraban los mismos males: guerra, ruina, enfermedades, disturbios,

catástrofes, miedo, encogimiento de los bolsillos... Y José iba de

puerta en puerta, mendigando trabajo como mendigaría limosna, para

regresar á la noche, de semblante hosco y ceño fruncido, y contestar á

la interrogación siempre igual de su mujer, con un movimiento de hombros

siempre idéntico, que significaba claramente: «No, todavía no.»

La mala racha les cogía sangrados, después de larga enfermedad, una

tifoidea de la chica mayor, Felisa, convaleciente aún y necesitada de

alimento substancioso; después de la adquisición de una cómoda y dos

colchones de lana, que tomaron el camino de la casa de empeños á escape;

después de haber pagado de un golpe el trimestre atrasado de la vivienda

y oído de boca del administrador que no se les permitiría atrasarse otra

vez, y al primer descuido se les pondría de patitas en la calle con sus

trastos... En ocasión tal, un mes de holganza era el hambre en seguida,

el ahogo para el resto del venidero año. ¡Y el hambre en una familia

numerosa! Nadie se figura el tormento del que tiene obligación de traer

en el pico la pitanza al nido de sus amores, y se ve precisado á volver

á él con el pico vacío, las plumas mojadas, las alas caídas... Cada vez

que José llamaba y se metía buhardilla adentro, el frío de los desnudos

baldosines, la nieve de la apagada cocina se le apoderaban del espíritu

con fuerza mayor; porque el invierno es un terrible aliado del hambre, y

con el estómago desmantelado muerde mil veces más riguroso el soplo del

cierzo que entra por las rendijas y trae en sus alas la voz rabiosa de

los gatos...

Cavilaba José. No, no era posible que él pasase aquel umbral sin llevar

á los que le aguardaban dentro, famélicos y transidos, ya que no las

dulzuras y regalos propios de la noche de Navidad, por lo menos algo que

desanublase sus ojos y reconfortase su espíritu. Permanecía así, en uno

de esos estados de indecisión horrible que constituyen verdaderas crisis

del alma, en las cuales zozobran ideas y sentimientos arraigados por la

costumbre, por la tradición. Honrado era José, y á ningún propósito

criminal daba acogida, ni aun en aquel instante de prueba; las manos se

le caerían antes que extenderlas á la ajena propiedad; pero esta

honradez tenía algo de instintivo; y lo que se le turbaba y confundía á

José era la conciencia, en pugna entonces con el instinto natural de la

hombría de bien, y casi reprobándolo. Él no robaría jamás, eso no...;

pero vamos á ver, los que roban en casos análogos al suyo, ¿son tan

culpables como parece? A él no le daba la gana de abochornarse, de

arrostrar el feo nombre de ladrón; unas horas en la cárcel le costarían

la vida; moriría del berrinche, de la afrenta; bueno; esas eran cosas

suyas, repulgos de su dignidad, que un carpintero puede tenerla también;

mas los que no padeciesen de tales escrúpulos y cometiesen una

barbaridad, no por sostener vicios, por mantener á la mujer y á los

pequeños..., ¿quién sabe si tenían razón? ¿Quién sabe si eran mejores

maridos, mejores padres? El no daba á los suyos más que necesidad y

lágrimas...

Gimió, se clavó los dedos en el pelo, y estúpido de amargura, miró hacia

abajo, hacia la parte iluminada de la escalera. Por allí mucho

movimiento, mucho abrir de puertas, mucho subir y bajar de criados y

dependientes llevando paquetes, cartitas, bandejas: los últimos

preparativos de la cena, el turrón que viene de la turronería, el

bizcochón que remite el confitero, el obsequio del amigo, que se asocia

al júbilo de la familia con las seis botellas de Jerez dulce y las rojas

granadas. Una puerta sola, la de la anciana viuda y devota, doña Amparo,

no se había abierto ni una vez; de pronto se oyó estrépito, una turba de

chiquillos se colgó de la campanilla; eran los sobrinos de la señora, su

único amor, su debilidad, su mimo... Entraron como bandada de pájaros en

un panteón; la casa, hasta entonces muda, se llenó de rumores, de

carreras, de risas. Un momento después, la criada, viejecita tan beata

como su ama, salía al descanso y gritaba en cascada voz:

--¡Eh, Sr. José! ¿Esta por ahí el Sr. José? Baje, que le quiero un

recado...

En los momentos de desesperación, cualquier eco de la vida nos parece un

auxilio, un consuelo. El que cierra las ventanas para encender un

hornillo de carbón y asfixiarse, oye con enternecimiento los ruidos de

la calle, los ecos de una murga, el ladrido del perro vagabundo... José

se estremeció, se levantó, y ronco de emoción contestó bajando á saltos:

--¡Allá voy, allá voy, señora Baltasara!...

--Entre...--murmuró la vieja.--Si está desocupado nos va á armar el

Nacimiento, porque han _venío_ los chicos, y mi ama, como está con ellos

que se le cae la baba pura...

--Voy por la herramienta--contestó el carpintero pálido de alegría.

--No hace falta... Martillo y tenazas hay aquí, y clavos quedaron del

año _pasao_; como yo lo guardo todo, bien apañaditos los guardé...

José entró en el piso invadido por los chiquillos y en el aposento donde

yacían desparramadas las figuras del belén y las tablas del armadijo en

que había de descansar. Entre la algazara empezó el carpintero á

disponer su labor. ¡Con qué gozo esgrimía el martillo, escogía la punta,

la hincaba en la madera, la remachaba! ¡Qué renovación de su sér, qué

bríos y qué fuerzas morales le entraban al empuñar, después de tanto

tiempo, los útiles del trabajo! Pedazo á pedazo, y tabla tras tabla, iba

sentando y ajustando las piezas de la plataforma en que el belén debía

lucir sus torrecillas de cartón pintado, sus praderas de musgo, sus

figuras de barro toscas é ingenuas. Los niños seguían con interés la

obra del carpintero, no perdían martillazo, preguntaban, daban parecer,

y coreaban con palmadas y chillidos cada adelanto del armatoste. La

señora, entretanto, colgaba en la pared unas agrupaciones de bronce y

vidrio para colocar en ellas bujías. Los criados iban y venían,

atareados y contentos. Fuera nevaba, pero nadie se acordaba de eso; la

nieve, que aumenta los padecimientos de la miseria, también aumenta la

grata sensación del bienestar íntimo, del hogar abrigado y dulce. Y José

asentaba, clavaba la madera, hasta terminar su obra rápidamente, en una

especie de transporte, reacción del abatimiento que momentos antes le

ponía al borde de la desesperación total...

Cuando el tablado estuvo enteramente listo, y José hubo dado alrededor

de él esa última vuelta del artífice que repasa la labor, doña Amparo,

muy acabadita y asmática, le hizo seña de que la siguiese, y le llevó á

su gabinete, donde le dejó solo un momento. Los ojos de José se fijaron

involuntariamente en los muebles y decorado de aquella habitación ni

lujosa ni mezquina, y sobre todo, le atrajo desde el primer momento una

imagen que campeaba sobre la consola, alumbrada por una lamparilla de

fino cristal. Era un San José de talla, escultura moderna, sin mérito,

aunque no desprovista de cierto sentimiento; y el santo, en vez de

hallarse representado con el Niño en brazos ó de la mano, según suele,

estaba al pie de un banco de carpintero, manejando la azuela y

enseñando al Jesusín, atento y sonriente, la ley del trabajo, la

suprema ley del mundo. José se quedó absorto. Creía que la imagen le

hablaba; creía que pronunciaba frases de consuelo y de cariño infinito,

frases no oídas jamás. Cuando la señora volvió y le deslizó dos duros en

la mano, el carpintero, en vez de dar gracias, miró primero á su

bienhechora y después á la imagen; y á la elocuencia muda de sus ojos

respondió la de los ojos de la viejecita, que leyó como en un libro en

el alma de aquel desventurado, deshecho física y moralmente por un mes

de ansiedad y amargura sin nombre.--Y doña Amparo, muy acostumbrada á

socorrer pobres, sintió como un golpe en el corazón: la necesidad que

iba á buscar fuera de casa, visitando zaquizamíes, la tenía allí, á dos

pasos, callada y vergonzante, pero urgente y completa. Alzó los ojos de

nuevo hacia la efigie del laborioso Patriarca, y bondadosamente,

tosiqueando, dijo al carpintero:

«Ahora subirán de aquí cena á su casa de usted, para que celebren la

Navidad.»

EL CIEGO

La tarde del 24 de Diciembre le sorprendió en despoblado, á caballo, y

con anuncios de tormenta. Era la hora en que, en invierno, de repente se

apaga la claridad del día, como si fuese de lámpara y alguien diese

vuelta á la llave sin transición, las tinieblas descendieron borrando

los términos del paisaje acaso apacible á medio día, pero en aquel

momento tétrico y desolado.

Hallábase en la hoz de uno de esos ríos que corren profundos,

encajonados entre dos escarpes; á la derecha el camino, á la izquierda

una montaña pedregosa, casi vertical, escueta y plomiza de tono. Allá

abajo no se divisaba más que una cinta negruzca, donde moría,

culebreando, áspid de carmín, un reflejo rojo del poniente; arriba,

densas masas erguidas, formas extrañas, fantasmagóricas; todo solemne y

aun pudiera decirse que amenazador. No pecaba Mauricio de cobarde, y sin

embargo, le impresionó el aspecto de la montaña; sintió deseos de

llegar cuanto antes al Pazo, del cual le separaban aún tres largas

leguas, y animó con la voz y la espuela á su montura, que empinaba las

orejas recelosa.

Arreció el viento y le obligó á atar el sombrero con un pañuelo bajo la

barba; el trueno, lejano aún, retumbó misteriosamente; ráfagas de lluvia

azotaron la cara del jinete, que ahogó un juramento. ¡Aquello era mala

sombra! ¡Justamente empezaba á llover á la mitad del camino! Al punto

mismo el caballo se encabritó y pegó un bote de costado: de entre la

maleza había salido un bulto. Echaba ya Mauricio mano al revólver que

llevaba en el bolsillo interior de la zamarra, cuando oyó estas palabras

en dialecto:

--¡Una limosnita! ¡Por amor de Dios que va á nacer... una limosnita,

señor!

Mauricio, tranquilizándose, miró enojado al que en tal sitio y ocasión

cometía la importunidad de pedir limosna. Era un hombrachón alto,

descalzo de pie y pierna, que llevaba al hombro unas alforjas, y se

apoyaba en recio garrote. La obscuridad no permitía distinguir cómo

tenía el rostro; la ancianidad se adivinaba en lo cascado de la voz y en

el vago reflejo plateado de las greñas blancas.

--Apártese--murmuró impaciente el señorito.--¿No ve que el caballo se

asusta? Si me descuido, al río de cabeza... ¡Vaya unas horas de pedir, y

un sitio á propósito para saltar delante de la montura! ¡Brutos!

El pordiosero se había quedado como hecho de piedra.

--¿Dónde está el río?--gritó con hondo terror.--¿No es aquí el camino de

la iglesia de Cimáis? Señor, por el alma de quien lo ha parido... Señor,

no me desampare... ¡Soy un ciego! ¡Nuestra Señora le conserve la vista!

¡Pobre del que no ve!

Mauricio comprendió. El viejo sin ojos se había perdido, ignoraba dónde

se encontraba, y para no despeñarse necesitaba un guía. Sí, convenido;

necesitaba un guía... ¿Y quién iba á ser? ¿Él, Mauricio Acuña, que desde

Orense regresaba á su casa en tarde de Navidad, á cenar, á pasar

alegremente la velada, jugando al julepe ó al golfo con sus hermanos y

primos, fumando y riendo? Si sujetaba el paso de su caballo al lento

andar de un ciego; si torcía su rumbo cara á la iglesia de Cimáis,

distante buen rato, ¿á qué santas horas iba á hacer su entrada en la

sala del Pazo de Portomellor? Un instante titubeó: pensaba que no podía

menos de sacrificar algunos minutos á colocar al ciego en la dirección

de Cimáis, y dejarle, ya orientado, arreglarse como Dios le diese á

entender. Sólo que era internarse en la _carballeda_, exponerse á

tropezar en los cepos y en los pedruscos, y sobre todo, era condescender

á los ruegos del mendigo, que no soltaría á dos por tres á su lazarillo

improvisado, y si le complaciese en lo primero exigiría lo segundo...

¡Estos pobres son tan lagoteros y tan pegajosos! «Más vale escurrirse»,

decidió; y sacando del bolsillo un duro, lo dejó en la mano temblona

que el viejo extendía, más para implorar que para mendigar; picó al

caballo y escapó como un criminal que huye de la justicia.

Sí, como un criminal--así definió su conducta él mismo, luego, en el

punto de refrenar á _Maceo_, su negro andaluz cruzado, y darse cuenta de

que había caído enteramente la noche.--Velada por sombríos nubarrones,

la luna se entreparecía lívida, semejante á la faz de un cadáver

amortajado con hábito monacal. La carretera se desarrollaba suspendida

sobre el río que, á pavorosa profundidad, dormitaba mudo y siniestro. El

viento combatía, haciéndolos crugir, los troncos robustos de los

árboles; un relámpago alumbró la superficie del agua, un trueno resonó

ya bastante cercano; Mauricio se estremeció. Le parecía escuchar ruidos

extraños, además de los de la tormenta. ¿Se habrá caído el viejo al

agua? Detrás, sobre la peñascosa senda, creía escuchar el paso de un

hombre que tentaba el suelo con un palo, como hacen los ciegos. Absurdo

evidente, pues con la galopada que _Maceo_ había pegado ya, quedaría el

mendigo atrás un cuarto de legua. Lo cierto es que Mauricio juraría que

le seguía _alguien_: alguien que respiraba trabajosamente, que

tropezaba, que gemía, que imploraba compasión. Invencible desasosiego le

impulsó á apurar nuevamente á su montura, para alcanzar pronto el cruce

en que la carretera se desvía del río, cuya vista le sugería el temor de

una desgracia. ¿Se habrá caído?...--Lo que á Mauricio le acongojaba era

la idea de haber abandonado á un ciego en tal noche. «Pero, ¿cómo fuí

capaz...? ¡Si parece mentira! Me lo contarían después y no lo creería...

Hoy no debí dejar solo á un infeliz...» cavilaba, hincando la espuela en

los ijares de _Maceo_. «Y lo más sucio, lo más vil de mi acción fue

darle dinero. ¡Dinero! Si á estas horas flota en el Sil su cuerpo..., el

dinero ¿de qué le sirve? Creemos que el dinero lo arregla todo...

¡Miserable yo! Estoy por volverme. ¿No viene nadie detrás?...»

_Maceo_ volaba: un sudor de angustia humedecía las sienes del jinete. El

zumbido de sus oídos y el remolino del viento, profundo como una tromba,

no le impedían oir, cada vez más próximas, las pisadas del que le

seguía, ya sin género de duda, y percibir la misma respiración

entrecortada, el mismo doliente gemido; y el caso es que no se atrevía á

volverse: porque si se volviese, quizás vería la figura del ciego

mendigo, alto, descalzo de pie y pierna, con el zurrón al hombro, el

cayado en la mano, y reluciente en la obscuridad la plata de sus blancas

greñas...

--¿Estaré loco?--pensó.--Ea, ánimo... Debo volverme...--Y no se volvía;

su garganta apretada, su corazón palpitante, le hacían traición: sufría

un miedo espantoso, sobrenatural. Apretó las espuelas, y el caballo,

excitado, aceleró el tendido galope, sacando chispas de los guijarros

del camino. La tempestad estaba ya encima: el relámpago brilló; un

trueno formidable rimbombó sobre la misma cabeza del señorito,

aturdiéndole. Alborotóse _Maceo_; giró bruscamente sobre sus patas

traseras, y se arrojó hacia el talud que dominaba el Sil. Vió Mauricio

el tremendo peligro, cuando otro relámpago le mostró el abismo y la

superficie del agua: cerró los ojos, aceptando el juicio de la

Providencia... y el caballo, en su vértigo mortal, arrastró al jinete al

fondo del despeñadero, tronchando en su caída los pinos y empujando las

piedras del escarpe, cuyo ruido fragoroso, al rodar peñas abajo,

remedaba aún los desatentados pasos del ciego que tropezaba y gemía.

LOS MAGOS

En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz de la Estrella,

los Magos, á fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las

murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de

olivos y setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les

movió á cambiar de propósito: la ciudad de Samaria era el punto más

peligroso en que podían hacer alto. Acababa de reedificarla Herodes

sobre las ruinas que habían hacinado los soldados de Alejandro el

macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que hacía poco

trocaron la espada corta por el arado y el bieldo: gente toda á devoción

del sanguinario Tetrarca, y dispuesta á sospechar del extranjero, del

caminante, cuando no á despojarle de sus alhajas y viáticos.

Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos sembrados de trigo,

evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaba la entrada

triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las

higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol, y en

las inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la

blancura de las rocas, quemaban los ojos. «Ahí no encontraremos sino

pozos y cisternas, y yo quisiera beber agua que brotase á mi vista»,

murmuró, revolviendo contra el paladar la seca lengua, el anciano rey

Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más aún que las fauces, y se

acordaba de los anchos ríos de su amado país del Irán, de la sábana

inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de Bactegán, en cuyas

sombrosas márgenes triscan las gacelas. La llanura, uniforme y monótona,

se prolongaba hasta perderse de vista: campos de heno, planicies

revestidas de espinos y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la

perspectiva del horizonte; en el cielo, de un azul de ultramar, las

nubes ensangrentadas del Poniente devoraban el resplandor de la

Estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el rey negro,

desciende de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos,

arrodillándose sin reparo de manchar de polvo su rica túnica de brocado

de plata, franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real, coge un puñado

de arena y lo lleva á los labios, implorando así:

--Poder celeste, no des otra bebida á mi boca, pero no me escondas tu

luz. ¡Que la Estrella brille de nuevo!

Como una lámpara cuando recibe provisión de aceite, la Estrella relumbró

y chispeó. Al mismo tiempo los otros dos Magos exhalaron un grito de

alegría: era que se avistaban las blancas mansiones y los grupos de

palmeras seculares de En-Ganim. En Palestina, ver palmeras es ver la

fuente. Gozosa se dirigió la comitiva al oasis, y al descubrir el agua,

al escuchar su refrigerante murmullo, todos descendieron de los camellos

y dromedarios y se postraron dando gracias, mientras los animales

tendían el cuello y el hocico, venteando los húmedos efluvios de la

corriente. Así que bebieron, que colmaron los odres, que se lavaron los

pies y el rostro, acamparon y durmieron apaciblemente allí, bajo las

palmeras, á la claridad de la Estrella, que refulgía apacible en lo alto

del cielo.

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 4 / 13 段