Ya vestida y engalanada, pasó á un cuartito contiguo á la alcoba, donde

solía guardar baúles, pero que ahora presentaba aspecto bien distinto

del de costumbre. Tapizaban las paredes ricas colchas y cortinas de raso

y damasco; corría por el techo un cordón de focos eléctricos, y cubría

el piso blando tapiz. En el testero, como á una vara de altura, se

levantaba un tabladillo, y sobre él un Nacimiento, el Belén clásico

español, con su musgo en las praderías, sus pedazos de vidrio y de

hojalata imitando lagos y riachuelos, sus selvas de rama de romero, sus

torres puntiagudas de cartón, sus pastorcicos de barro, sus dromedarios

amarillos y sus Magos con manto de bermellón, muy parecidos á reyes de

baraja. Dos diminutos surtidores caían con rumor argentino, bañando las

plantas enanas en que se emboscaba el Portal. Isabel se detuvo á

contemplar los hilitos del agua, á escuchar el musical ritmo, y recordó

sus propias lágrimas, y sintió nuevamente preñados de ellas los ojos y

rebosante el corazón... La injusticia, la maldad, la mentira, lastimaban

á Isabel más aún que la ofensa. ¿Por qué la engañaban, á ella que era

incapaz de engañar, enemiga de la falsedad y el embuste? ¿Cabía salir de

casa despidiéndose con una sonrisa y una caricia, para ir á pasar horas

en compañía de otra mujer? Los surtidores goteaban, gimiendo bajito, é

Isabel también gimió; el son del agua que cae se adapta á la alegría lo

mismo que á la pena; para unos es concierto divino, para otros queja

desgarradora. Quejábase el alma de Isabel, pidiendo cuentas, exponiendo

agravios, alegando derecho y razón. ¿No había ella cumplido sus

promesas, lo jurado al pie de aquel altar, pedestal y morada de su Dios?

¿No había sido siempre fiel, dulce, enamorada, dócil, casta, buena en

fin? ¿Por qué su compañero, su socio en la familia, rompía secretamente

el pacto?

La mirada de la esposa de Revenga se fijó, nublada y húmeda, en el

Belén, y la luz de la estrellita, colgada sobre el humilde Portal, la

atrajo hacia el grupo que formaban el Niño y su Madre. Isabel lo

contempló despacio, y un cuchillo agudo de dolor se le hundió en el

pecho. «No pidas cuentas..., parecía decir la voz del grupo. No te

quejes... Tú no has dado á tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le

has dado el Niño...» La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el

Nacimiento, viendo sólo, en las tinieblas interiores de sus penas, lo

que cada cual, durante ciertos supremos instantes que deciden del

porvenir, ve con cruel lucidez: lo fallido de su existencia, el

resquicio por donde la desgracia hubo de entrar fatalmente... Suspiró

muy hondo, como para echar fuera toda la pesadumbre, y poco á poco se

apaciguó; su condición era resignarse, aceptar lo dulce, rechazando

mansa y tenazmente lo amargo. «El Niño Dios me está diciendo que hice

bien, muy bien...» La sonrisa volvió á sus labios, aunque sus ojos

estaban anegados en un llanto que no corría. En aquel mismo instante se

oyeron pisadas fuertes en el pasillo, y apareció Julio Revenga.

--¿Qué es esto?--preguntó con festiva extrañeza á su mujer.--¿Has hecho

un Nacimiento para divertirte?

--Para divertirme yo, no--respondió expresivamente Isabel, ya serena del

todo.--Tengo los huesos durillos para divertirme con Belenes... Es...

¡para divertir á una criatura!...

--¡A una criatura!--repitió maquinalmente el esposo.--¡No será nuestra

esa criatura!--añadió de un modo irreflexivo, que tal vez respondía á

sus íntimas preocupaciones.

--¡Qué sabes tú!--murmuró Isabel con calma.

Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabeza, desvió el rostro. Tales

palabras despertaban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había pronunciado

Isabel la sencilla frase!

--No entiendo...--tartamudeó el infiel, con raros presentimientos y

peregrinas sospechas.

--Ahora entenderás...--¿No tienes hijos, Julio?--interrogó ella

derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho

involuntario.

Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado, cayó sobre la

banqueta de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía encima: ¡lo

que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón,

disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel,

llegándose á su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada de

indignación, pero magnífica de generosidad.

--No se hable más del caso... Tranquilízate... Así como así, estábamos

muy solos, muy aburridos á veces en esta casa tan grandona. Yo tenía

muchas, muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no

afligirte. Hace catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las

esperanzas... ¡Qué se le ha de hacer! No es uno quien dispone estas

cosas... Vamos, no te pongas así, Julio, hijo mío... Alégrate. ¡Hoy nos

ha nacido una pequeña!...

Revenga, en silencio, besó las manos, besó á bulto la cara y el traje de

su mujer. Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento--es justo

decirlo--que de gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir

desatentadamente:

--¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo á esa mujer..., te juro que no,

que no la veo... Te juro que no me importa, que la detesto, que...

--Estoy bien informada--contestó Isabel un tanto desdeñosa,

apacible.--Me consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite

por tu abandono, fue enterarme de _todo_..., y por fin de fiesta,

enviarme la niña... Y ya que me la envía... ¡caramba!, no la he soltado,

¿sabes? Está en mi poder... La reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que

no le quede á _esa_ ningún derecho...

Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos, Revenga imploró:

--¡Tráemela!... No la conozco todavía...

PAGINA SUELTA

El destacamento había marchado toda la mañana, y después de un breve

alto, fue preciso seguir la caminata emprendida para acampar, ya

anochecido, como Dios dispusiese, en la linde del bosque. La lluvia

(rara en aquel clima durante el mes de Diciembre) no había cesado de

caer en hilos oblícuos, apretados y gruesos. Sorprendidos por el

capricho de las nubes, desprovistos de mantas y capotes, soldados y

oficiales se resignaron, ó mejor dicho, se chancearon con el agua; y era

preciso todo el azogue de la juventud, todo el ánimo del soldado, todo

el estoicismo del carácter peninsular, para no darse al mismo demonio al

sentirse empapados como esponjas. Hacía calor, y el chorreo del agua no

parecía sino que aumentaba la densidad de la temperatura pegajosa,

sofocante, y con la marcha, irresistible. ¡Sudar el quilo y mojarse á un

tiempo, caramba! Y no había otro remedio que seguir andando, á socorrer

al pueblecillo cercado por los insurrectos, donde hacían desesperada y

heroica defensa los moradores, capitaneados por el párroco, un fraile

dominico muy terne... La idea de salvar á españoles y españolas de la

muerte y de los ultrajes, alentaba al destacamento y le ponía alas en

los pies, aunque el barro, que subía hasta las rodillas, se los calzase

de plomo.

Por necesidad, porque no se veía, y también porque las fuerzas humanas

tienen un límite, se detuvieron á la entrada de la selva. Casi en el

mismo instante cesó el aguacero, cual si algún tifón lo hubiese barrido,

y apareció un trozo de cielo limpio de nubes. A buen presagio lo

tuvieron los españoles, que se dispusieron á acampar al pie de un copudo

y añoso tamarindo, cuyos frutos, de ácida pulpa, sabían que son seguro

remedio contra el cansancio y la fiebre. La luna, que filtraba ondas de

luz gris perla al través del espeso ramaje enredado de lianas y tupido

por los helechos colosales, fue acogida como una amiga; á su claridad

añadieron la llama de una hoguera que no quería arder, y soldados y

oficiales medio se secaron, abanicándose con hojas de cocotero, porque

aquel calor húmedo asfixiaba.

Colocados ya los centinelas, los soldados buscaron en el sueño, ó más

bien en un inquieto y pesado letargo, el descanso indispensable después

de tan fatigosa jornada; pero el capitán, alto, moreno, enjuto, apoyado

en el tronco del tamarindo, y el teniente, muy joven, aniñado, de dulce

cara femenil, se quedaron un instante en pie, abiertos los ojos, como

si interrogasen á la noche.

--Pepe--dijo de pronto el capitán,--¿sabes que me da el corazón que

cuando lleguemos se habrán rendido? Por mi gusto... ¡ahora mismo los

hago levantar á todos y monto á caballo, y seguimos, hombre, seguimos

para adelante!

--La tropa está que no puede con su alma--objetó el teniente, que se

caía de sueño.--Dicen que tienen los pies como carbones ardiendo y los

huesos calados...

--¡Bah! en cuanto dormiten un cuarto de hora, los azuzo y se enderezan

frescos como lechugas... ¡Si conoceré yo á mi gente! Son de hierro...

forjados en Eibar.

--¿Pero de dónde sacas tú que allá se han rendido? Hay armas,

municiones, y por sabido se calla, corazón; la iglesia y su torre son

fuertes; hay una buena empalizada de bambú y otra de tapial; con menos

que eso se resiste á un ejército; y los que quieren entrar en Arringuay

son cuatro gatos...

--Tienes razón--declaró el capitán,--menos en lo de los cuatro gatos,

porque son centenares y no sé si millares de gatos los que están allí;

¿pero sabes lo que más me desespera de esta parada? ¿Tú no te acuerdas

de la noche que es hoy? Como van ocho días que no sosegamos, como aquí

hace verano cuando allá invierno... qué, ¿no sabes que es...?

--¡Nochebuena!--exclamó con acento penetrado el teniente, cuyos ojos

garzos se velaron de nostalgia.--¡Nochebuena! ¡Y yo que no me acordaba,

chico! ¡Nochebuena! ¡Ay, quién comiese hoy la sopita de almendra y la

compota rajada de canela, en casa de tía Dolores! ¡Con las primillas, al

lado de Fanny! ¡Está uno tan harto de ver caras amarillas y juanetudas!

¡Olé las mujeres de nuestra España!

--España es también aquí--respondió seriamente el capitán.--¡Lo que es

el mundo! Tú te acuerdas de las muchachas... y yo de mi nene, que ha

nacido hace tres meses... No le conozco aún.

--¡Nochebuena!--repitió el teniente de la cara afeminada.--Mira tú; ello

será tontería ó chifladura... pero me acaba de dar por el alma no sé qué

cosa rara, chico, y me pasa como á ti... que me gustaría hacer algo

gordo esta noche.

--¡Para escribirlo allá!

--¡No, que sería para contárselo al emperador de la China!

Las manos de los amigos se buscaron y se estrecharon enérgicamente; la

hoguera, casi extinguida por la humedad del suelo, lanzó un reflejo rojo

sobre el semblante de los dos oficiales; y el teniente, despabilado,

electrizado, dijo en voz opaca y ardiente como un ruego:

--¡A despertarlos, chico, á despertarlos! Tres ó cuatro leguas que

faltan se andan pronto... El guía me ha dicho á mí que sabe un atajo...

Quince minutos después, ni uno más, ni uno menos, el destacamento

caminaba otra vez, mejor dicho, se arrastraba penosamente, cortando con

hachas las espesas lianas y los bejucales, hundiéndose en charcos donde

la amarillenta sanguijuela les adhería á las piernas su ventosa, y

oyendo deslizarse en la maleza la iguana y la venenosa serpiente palay.

Cubierta otra vez la luna por nubarrones, la obscuridad era casi total,

y la tropa avanzaba á tientas, riendo y renegando, pero sin quejarse,

sin echar de menos el interrumpido reposo. El que tropezaba en un tronco

de árbol y daba de bruces, juraba y se incorporaba, sin pensar siquiera

en enterarse del daño recibido. ¡Sí, para mimitos estaba el tiempo!

¡Cuando tal vez ardía Arringuay y destripaban á sus moradores los

condenados rebeldes! ¡A menear las patas! Y una calentura de voluntad,

de deseo, de abnegación, impulsaba los cuerpos exhaustos, despejaba las

cabezas cargadas de modorra, y prestaba fuerzas á los más endebles, á

los que menos podían consigo... Iban como se va en una pesadilla.

Media noche era por filo cuando avistaron al enemigo. Para decir verdad,

lo que avistaron fue un caserío envuelto en llamas, un grupo de chozas

de donde salían clamores: el capitán había adivinado: Arringuay se

encontraba ya en poder de los asaltantes. Parapetados en la iglesia

resistían aún algunos hombres, mandados por el párroco fraile; hacia la

plaza sonaban disparos; el pueblo, inerme ya, encontrábase entregado al

saqueo y á la matanza. Los españoles se precipitaron en él, y se luchó

confusamente entre las sombras ó á la luz del incendio, pisando muertos

lívidos, acribillados de heridas, vivos palpitantes aún, agarrándose con

los bandidos y cruzando con sus raras armas de salvajes, sus campilanes

y sus krises ondeados como sierpes, las leales espadas y las limpias

bayonetas. La pelea, sin embargo, duró poco; la horda, con exclamaciones

nasales, con atiplados chillidos, que delataban á la vez el despecho, la

ferocidad y la cautela, se comunicó la orden de retirada, y dejando en

la plaza y en las calles otra nueva hornada de cadáveres--porque la

tropa, cansada y todo, pegaba duro,--huyeron á la desbandada los

rebeldes, y los defensores de Arringuay, llorando de gozo, bajaron de la

torre, en cuyos escombros pensaron envolverse. El fraile, empuñando

todavía su Remington, corrió al encuentro del capitán, y aquellos dos

hombres que no se conocían, que no se habían visto nunca, pero que eran,

en el momento de encontrarse, una misma idea habitando dos cuerpos

diferentes, se abrazaron con esa efusión larga, ardorosa, con que sólo

se abrazan los que se quieren mucho...

La tropa, reanimada ya, ni pensaba en comer ni en dormir. Iban de casa

en casa ayudando á apagar el incendio. Y el fraile y el capitán,

comprendiendo que no era hora de entregarse á desahogos, se pusieron de

acuerdo en breves palabras, empezaron á dar órdenes y á ejecutarlas en

persona. Los moradores, como el rebaño después de la acometida del lobo,

juntáronse en la plaza: la madre buscaba al hijo, el hermano al hermano;

se llamaban, se contaban; algunos sacaban á cuestas á los heridos. Un

sargento trajo en brazos á un niño de pecho; acababa de encontrarlo en

una casuca que empezaba á arder, y donde sólo había una mujer muerta,

nadando en un charco de sangre. Era la criatura un muñeco amarillo, que

se descuajaba llorando; pero al capitán la vista del muñeco le avivó

deseos y afanes, con más viveza en aquella noche, en que especialmente

son sagrados los pequeñuelos; inclinóse y besó tiernamente al huérfano,

y el teniente, con bonita sonrisa juvenil, le alzó entre sus manos y le

enseñó á la multitud, diciendo humorísticamente:

--¡Miren qué Niño Dios nos cae hoy!

--Es bien feo el condenado, mi teniente--declaró el sargento.

--¡No tenemos otro...!

Y el niño, de raza malaya, fue festejado y compadecido, y chillado,

hasta que le tomó de su cuenta una china que le acercó á su seno

oblongo, y á la cual el capitán deslizó en la mano todo el dinero que

llevaba.

DOS CENAS

--Hoy es un día muy señalado y una noche en que no se debe cenar

solo--dijo Rosálbez el banquero á su amigo el joven conde de Planelles,

á quien encontró _casualmente_ en su misma calle, casi frente al

suntuoso palacio. Usted es soltero, no tendrá quizá comprometida la

cena... Si quiere hacernos el obsequio de aceptar... á las ocho en

punto... Yo apenas cenaré, me siento malucho del estómago; usted

despachará mi parte...

--Mil gracias y aceptado--respondió cordialmente el conde.--Pensaba

cenar con unos cuantos en el Nuevo Club. Les aviso y en paz... Aunque

casi no era necesario avisarles: al no verme allí...

--¡Perfectamente! Hasta luego--murmuró Rosálbez saltando á su berlinita

que le aguardaba, para llevarle, como todos los días, á una plazuela, y

de allí á pie á cierta casa, hasta la cual no le convenía que llegase el

coche. Era el secreto de Polichinela, como dicen nuestros vecinos los

franceses; nadie ignoraba en Madrid que Rosálbez protegía á aquella

rasgada moza, Lucía _la Cordobesa_, de tanta gracia y garabato, y que el

entretenimiento le salía carísimo--el que lo tiene lo gasta.

Ha de saberse que Rosálbez el opulento había llegado á los cincuenta y

seis años y empezaba á cambiar sensiblemente de genio y de gusto. En

otro tiempo no necesitaba la nota afectuosa en sus relaciones con

mujeres: sólo exigía que le divirtiesen un instante. Ahora, sin duda, el

desgaste físico de la edad reblandecía sus entrañas, y lo que buscaba

era agrado tranquilo, el halago suave de un mimo filial. Su hija

verdadera, Fanny, le demostraba un respeto helado, una obediencia pasiva

y mecánica, y Rosálbez aspiraba á encontrar en _la Cordobesa_

espontaneidad, calor amoroso, algo distinto, algo que removiese cenizas

y alzase suaves llamas. Con esta esperanza y este deseo, llamaba á su

puerta el día de Navidad.

Lucía estaba en su tocador. Vestía una bata de franela rosa. La

doncella, que le recogía con ancho peine la magnífica mata de pelo

ondulado, de un negro de azabache, al ver entrar al protector retiróse

discretamente.

_La Cordobesa_ sonrió; Rosálbez la tomó una mano, y acariciando con

reiterados pases la piel de raso moreno y los torneados dedos, la

interpeló así:

--¿Conque cenamos juntos esta noche, nena? ¿Conque tú misma irás á la

cocina y dirigirás la sopa de almendra y la compotita con rajas, al uso

de tu país?

Lucía entornó un instante los párpados pesados y sedosos, y su boca

pálida, en la cual refulgían los dientes como trozos de cuajado vidrio

frío y blanco, hizo un gesto de mal humor.

--¡Ay, hijo! ¡Pero qué caprichos gastas, vaya por San _Rafaé_! ¿Te lo he

de decir cantando ó _resando_? Ya sabes que está en Madrid mi prima la

de Écija, y quiere que la acompañe á la misa _el_ Gallo, á media noche.

Si te conformas con cenar á las ocho y largarte á las once en punto...,

santo y bueno; después... tengo compromiso.

Rosálbez se soliviantó; se inyectó de sangre su cráneo calvo.

--¡Compromiso! ¡Me gusta! ¿Y qué compromiso es más que yo para ti? A las

ocho se cena en mi casa; tal noche como hoy no he de dejar á mi hija

sola, y menos teniendo convidados.

--¡Hola! ¡Convidados! ¿Quién?

--Gente que no conoces. Los Ruidencinas, Mario Lirio, el conde de

Planelles...

Lucía se echó á reir. Su carcajada era vulgar (nada como el eco de la

risa delata la extracción, la educación y la calidad del alma).

--¿De qué te ríes?--exclamó el banquero impaciente.

--De ti--respondió ella con cinismo.--¡Mira tú que _empeñate_ en que no

conozco á esos! Conozco yo á _to_ el mundo.

--Aquella risa insolente y mofadora, que continuaba, le hacía daño á

Rosálbez. Hubiese pagado á buen precio una luz de melancolía en los

grandes ojos árabes de _la Cordobesa_, un aire de mansedumbre en su

morena faz.

--¿Me das de cenar ó no?--insistió secamente, sintiendo en las manos

como unas cosquillas, impulso de tratar con brutalidad á la reidora.

--A las _dose_... ni que te lo imagines, criatura,--declaró ella con la

misma desdeñosa inflexibilidad.

--Bien, hija--exclamó Rosálbez con laconismo, levantándose y

encaminándose hacia la puerta.

A medio pasillo sintió detrás de sí las pisadas y la voz de Lucía, que

le llamaba bromeando; pero en vez de volverse, apretó el paso, tiró

vivamente del resbalón de la puerta y bajó las escaleras á escape. Al

verse en la plazuela, recordó que había despedido su coche, y echó á

andar á pie, para calmar su agitación nerviosa. Claridad repentina

alumbraba su mente; comprendía lo que estaba sucediendo. Era, sin

ambajes, que se encontraba enamorado de Lucía, de _la Cordobesa_

agitanada é indómita. Hasta entonces la había mirado como un mueble ó un

objeto de lujo: indiferencia absoluta. Pero la crisis de su madurez,

ablandándole el corazón, hacía germinar en él un sentimiento

desconocido. Al acercarse la noche inmortal, consagrada al amor puro, en

que se desea reclinar la frente sobre el pecho de un sér amado, Rosálbez

soñaba que ese pecho sería el de _la Cordobesa_, y las proporciones de

su pena ante el desengaño le daban la medida exacta de su ilusión.

--¡Después de lo que hice por ella!--pensaba el banquero.--La he sacado

de la abyección y de la miseria; me debe hasta el aire que respira. La

he tratado mejor que á _nadie_; la he rodeado de bienestar y de lujo; la

he guardado incluso consideraciones... La quiero, la idolatro...

¡Ingrata!

La idea de la ingratitud de Lucía causó á Rosálbez una especie de

enternecimiento: sintió lástima de sí mismo; se tuvo por muy

desventurado. A aquella hora de su vida, ante la vejez amenazadora, con

la caja bien repleta y el alma completamente árida y obscura, Rosálbez

lo que echaba de menos, para tapar el negro agujero, era _cariño_. Su

mujer fue una dura vascongada, una rígida ama de llaves, una secatona

administradora, que no pensaba sino en cooperar dentro de casa, por

medio de una economía estricta, á las brillantes especulaciones del

marido. Cuando murió, Rosálbez notó su falta en que le robaron los

cocineros y subió bastante el gasto diario. Y Fanny, la única hija, algo

inclinada á la devoción, seria y callada por naturaleza, tampoco tenía

para su padre halagos. Hasta se diría que le miraba como á un amo que

manda, un superior, con quien no existe comunicación afectiva.

Actualmente, la absorbían del todo sus amoríos con el conde de

Planelles, no formalizados aún, Rosálbez lo sabía; y en el súbito acceso

de bondad que le había acometido, en el deseo de ver algún rostro que

le sonriese, al volver á casa se apresuró á entrar en el saloncito de

Fanny y darle la noticia de que estaba invitado Planelles á cenar.

Equivalía á decir: «Autorizo tus relaciones; ya tienes oficialmente

novio.»

Fanny, al recibir la nueva, se puso roja como una cereza, tembló, pero

sólo respondió:

--Está bien...

Rosálbez fantaseaba otra cosa; que le saltasen al cuello, que le

abrazasen estrechamente. Acababa de traslucir una solución para su vida:

unirse á su hija, crearse un hogar en el suyo, adorar y mimar á los

nietos que enviase Dios. Ya veía una larga serie de Navidades futuras,

de gozosas cenas de familia, con Arbol cargado de juguetes, con

sorpresitas retozonas y babosas del abuelo. Creía sentir sobre sus

rodillas el peso del «mayorcito» y en las barbas la sobadura de las

manos tibias de «la pequeña». ¡Ah, sí; aquello era lo bueno, lo honrado,

lo digno, lo que debía hacerse! Y conmovido, se acercó á Fanny y besó su

frente marmórea, bebiendo ansioso la nitidez virginal de la fresca piel.

Espléndida fue la cena, servida á las ocho en punto. En nada se pareció

á la que pretendía Rosálbez organizar en casa de _la Cordobesa_: ni hubo

sopa de almendra, ni besugo con ruedas de limón, ni compotita con rajas

de canela.--Esos platos clásicos, familiares, no suelen dignarse

presentarlos los cocineros de miles de pesetas de sueldo. Esos platos

son mesocráticos.--En cambio, desfilaron por la mesa del banquero los

peces y mariscos más suculentos, aderezados al genuino estilo francés,

y regados con vinos añejos, raros y preciosos. El triunfo del cocinero

fue un fingido jamón en dulce hecho de pescado prensado (no se podía

infringir el precepto de la vigilia), que engañaba, no sólo á la vista,

sino al paladar. Fanny, sentada á la derecha del que ya consideraba su

prometido, en la penumbra del centro de mesa formado de lilas blancas

forzadas en estufa y tallitos de combalaria alternando con camelias

rojas, le hablaba quedo. Rosálbez, que los miraba á hurtadillas, no pudo

menos de exclamar:

--Pero Planelles, ¡qué poco come usted!

A lo cual contestó el conde:

--Es que me siento malucho del estómago...

Tan sencilla frase hizo estremecerse al banquero. Era exactamente la

misma que él había pronunciado por la mañana, al invitar á Planelles,

cuando proyectaba reservarse para la otra cena, íntima, en casa de

Lucía, á las doce. Aquella singular coincidencia, no descifrada todavía,

heríale, sin embargo, como chispa lumínica el pensamiento. ¿Quién

averiguará por qué inmateriales hilos es conducida la leve sospecha que

precede á la entera revelación de la verdad? No fué el protector

apasionado de _la Cordobesa_, sino el padre de Fanny, quien calculó,

fijando los ojos en los del futuro yerno:

«A mí con esas. Tú ayunas para guardar apetito. ¡Ah! Yo te vigilaré.

¿Buscas en mi hija el oro ó el amor? ¡Cuidado conmigo!»

La impresión adquirió fuerza cuando, á pesar de que Fanny anunció que á

media noche justa, al dar las doce, serviría á los convidados una copa

de Champagne para celebrar el Nacimiento, el conde manifestó que se

retiraba.

Un cuarto de hora después que el conde, bajaba el banquero la escalera

de mármol blanco, y saltaba en el primer coche de punto varado en la

esquina. El simón destartalado se paró á la puerta de _la Cordobesa_. No

acudió el sereno á abrir: Rosálbez le daba muy generosas propinas porque

le dejase servirse de su llavín, sin oficiosidades importunas. Cruzó el

tenebroso portal, y girando á la izquierda y encendiendo un fósforo,

encontró la cerradura de la puerta del cuarto bajo.

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 3 / 13 段