yo nazca es más duro que la piedra, más sangriento que el cadalso, más
fétido que el sepulcro? ¿Sabes que para entrar allí tendré que apartar
con mi cuerpo desnudo los espinos, los abrojos y las ponzoñosas hierbas,
y sentir cómo se enroscan á mi cuello las víboras y cómo trepan por mis
piernas los fríos reptiles? ¡Yo he sabido morir del modo más afrentoso;
pero al tratarse de nacer, busqué dulzura y amor; nací entre sencillos
pastores, no entre lobos carniceros! En fin, Lucía, ya que has combatido
por mí, no he de negarte lo que deseas... ¡Esta noche mi establo de
Belén será el corazón de fiera de tu padre!
Al oir la promesa del Niño, Lucía experimentó tan subido gozo, que no lo
pudo resistir. Cayó inerte sobre las losas. La luz, la visión, el
perfume de las azucenas, todo desapareció, y al través de los emplomados
vidrios sólo se vió el huerto amortajado en nieve.
A aquella misma hora, Orso Amadei celebraba un festín en su palacio;
mejor que festín hay que decir orgía. No era una cena donde los dichos
agudos y las alegres historietas hiciesen volar las horas y en que la
presencia de las damas, incitando á la galantería, contuviese á la
brutalidad. De estas cenas había dado muchas Orso; pero también gustaba
de otras más desenfrenadas, á que sólo asistían sus capitanes
semi-bandidos, sus bufones y sus familiares, gente cínica y perversa.
Si se mezclaba con ellos alguna mujer, era la infeliz juglaresa
sorprendida en la plaza pública, y que, después de servir de ludibrio á
los convidados, aparecía al día siguiente con el cuerpo acardenalado,
medio muerta, arrojada en cualquier callejuela de la ciudad. Aquella
noche, Ridolfi, uno de los capitanes de Orso, había anunciado mejor
presa: justamente acababa de cazar á una joven muy linda, ¡peor para
ella si andaba á tales horas por la calle! Alborotáronse los bebedores;
Orso, riendo á carcajadas, ordenó que trajesen á la jovencita, que
entró, empujada por los soldados, temblorosa, desgreñado el rubio pelo,
y los hombres se engrieron al verla, porque era en verdad soberanamente
hermosa.
Orso clavó en ella sus ojos impúdicos; tendió la mano, apartó los rizos
de oro... y asombrado se echó atrás; en la niña desvalida, dispuesta
allí para ultrajarla, veía el rostro de su hija Lucía, las mismas
facciones, las mejillas, la frente, sonrojada de vergüenza.
--Soltad á esa mujer--gritó Orso.--Que la acompañen á su casa con el
mayor respeto. Que nadie la haga daño... ¡Ay del que toque á un cabello
de su cabeza! Que se la trate como á mi persona...
Los beodos, atónitos, obedecieron sin comprender. Continuó el festín;
pero Orso, preocupado y sombrío, no apuraba la copa. Deseoso Ridolfi de
animarle, hizo una seña, entendida al vuelo, y pocos minutos después,
un preso moribundo de hambre fué traído á la sala del banquete. Solían
divertirse en sacar de su mazmorra á uno de éstos, á quienes desde días
antes privaban de alimento; sentarle á la mesa, ofrecerle algún
exquisito manjar, y, cuando iba á engullirlo sollozando y aullando de
contento, se lo quitaban de la boca y le vertían en ella la ardiente
cera de los hachones que alumbraban la orgía.
El preso era joven, y Orso, bromeando, le tendió un plato de asado,
humeante, y una copa de _Lácrima_; mas al verle de cerca, profirió una
imprecación. Los ojos, que le fijaban con doloroso reproche desde
aquella extenuada faz de mártir, la boca que le daba gracias, eran la
boca y los ojos de Lucía, su propia mirada, que el padre no podía
desconocer, mirada de reflejo cariñoso, luz del alma que busca otra luz
igual.
--Que suelten á éste--mandó Orso.--Antes dadle bien de comer, cuanto
desee. Y regaladle dos jarros de oro, y vino á discreción... Que se le
trate como á mi persona... ¿lo oís? ¡como á mi persona!
Ridolfi, gruñendo, cumplió la orden. Casi al punto mismo en que salía el
preso, se presentó en la sala del festín una mujer vieja, con un
chiquitín en brazos:--«Piedad, gran señor--exclamaba,--piedad de la
criatura que aquí ves. Este pequeño es el hijo de tu cuñado Landolfo dei
Fiori, á quien aborreces, y unos soldados, por orden tuya, según dicen,
le quieren estrellar contra el muro. Tú no puedes haber dado tan cruel
orden, y yo le pongo bajo tu amparo.»--Al nombre odiado de Landolfo,
Orso se estremeció de furor, y desnudando el puñal, iba á atravesar la
garganta del pequeño... pero éste, apacible, le sonreía, y su sonrisa
era la sonrisa encantadora, inolvidable, de Lucía, cuando su padre la
acariciaba, en los días de la niñez.--Orso, vencido, cayó de rodillas, y
golpeándose el pecho empezó á acusarse en voz alta de sus pecados;
porque Jesús, fiel á su promesa, acababa de nacer en aquel corazón más
oscuro que el abismo infernal...
A la mañana siguiente, Orso recibió la noticia de que su hija había
espirado á las doce en punto de la noche.
El tirano se ató una soga al cuello, recorrió descalzo las calles de la
ciudad pidiendo perdón á los habitantes y, apoyado en un bastón, se
alejó lentamente. Nunca se volvió á saber de él. ¡Dichosos aquellos en
cuyo corazón nace el Niño!
JESÚS EN LA TIERRA
Voy á contaros un cuento de la gran Noche, que me refirió un viejo
peregrino, cansado ya de recorrer todos los caminos y senderos de este
mundo y deseoso únicamente de recostar la cabeza en una piedra y morir
olvidado. Si el cuento es algo sombrío, atribuidlo á la fatiga y á las
muchas desventuras del que me narró esta especie de sueño.
* * * * *
La noche de Navidad de uno de estos últimos años, habéis de saber que
nuestro Señor Jesucristo en persona quiso bajar á la tierra y
recorrerla, porque, como nadie ignora si ha leído el texto santo, las
delicias de Jesús son morar entre los hijos de los hombres.
Dejó, pues, su trono y su asiento á la diestra del Padre, y ocultando la
majestad y belleza de su aspecto bajo forma que no deslumbrase á los
ojos mortales y que á veces ni aun fuese visible para ellos, descendió
al mundo, deseoso de encontrar piedad, amor y fraternal regocijo. La
naturaleza parece asociarse á la solemnidad del día: en el firmamento,
claro como una bóveda de cristal, brillan los astros de oro y de
esmeralda pálida, titilando cual una mirada cariñosa: ni corre un soplo
de aire, ni una partícula de humedad condensada en figura de nubecilla
empaña la magnificencia de la hora nocturna.--En el polo, cuando se
apoya sobre la helada extensión el pie sagrado de Jesús, enciéndese
súbitamente, como para festejarle, una espléndida aurora boreal:
reflejos abrasadores, purpúreos y anaranjados, colorean la nieve y
arrancan de los enormes témpanos centelleo diamantino. Mas ¿qué le
importa á Jesús la magia del espectáculo? Lo que Él busca es luz de
aurora en los corazones; le atraen los fenómenos del alma, no los juegos
de un meteoro en las rocas insensibles y en las heladas estepas.--Y pasa
adelante.
El primer lugar donde encuentra hombres, es una llanura árida, el fondo
de un valle que altas montañas limitan y coronan. Hombres, sí, cubren el
suelo, apretados como la mies cuando la tumba la guadaña del segador;
pero hombres inmóviles, yertos, crispados, en posiciones violentas; y en
sus rostros lívidos vueltos hacia el cielo resplandeciente de dulce
claridad estelar, en sus ojos abiertos y sin mirada, una expresión de
rabia ó de espanto persiste, á despecho de la muerte... Porque son
cadáveres los que cubren la llanura, y la llanura es un campo de
batalla.--Jesús, pensativo, los contempla breves instantes. En los
pechos abiertos, las heridas bermejas parecen bocas; en las frentes
destrozadas, los negros coágulos de sangre mariposas fúnebres, de esa
horrible especie llamada _Atropos_, que lleva sobre el corselete la
figura de una calavera. Algunos de los hombres que yacen en la llanura
respiran todavía: prestando oído, se percibe su ronco estertor agónico.
Una mujer anciana, deshecha en llanto, amparando con la mano trémula
lucecilla, cruza inclinándose para ver los rostros: busca tal vez á su
hijo entre los muertos. Un caballo sin jinete pasa, olfateando la
carnicería y huyendo enloquecido...--Y Jesús sigue, se aleja.
Entra en una ciudad populosa. Por las calles circula gente alborozada,
gozando la deliciosa templanza de una noche tan apacible como las
primaverales. Voces vinosas entonan cantos desafinados; las guitarras
acompañan con su rasgueo procaz coplas equívocas; las panderetas repican
insensatamente, y discordes sonidos de rabeles, zambombas, chicharras,
carracas de metal, se enzarzan en el aire cual brujas volando al sábado.
La multitud, desparramándose por las calles, se arremolina ante los
cafés atestados, sofocantes de calor; á veces un grupo se cuela por la
puerta de alguna hedionda tabernucha, de donde salen pateos, algazara,
blasfemias y vaho de aguardiente.
Ante una de estas innobles guaridas se para el Nazareno. Ve allá en el
fondo un grupo alrededor de una mesa: dos hombres y una mujer. Ella da
cuerda á entrambos; los provoca, los enreda; ellos beben copa tras
copa, y disputan. El uno arroja un vaso á la cara del otro: el vaso se
hace pedazos, el hombre se incorpora chorreando heces de vino mezcladas
con sangre. Los demás bebedores intervienen, amonestan al sano, aplacan
al herido, le enjugan la faz, bromean, obligan á los adversarios á
reconciliarse, les incitan á que se abracen riendo; el sano tiende los
brazos, con cordialidad y sin recelo alguno; el herido desliza en el
bolsillo la mano abierta; corta el aire el relámpago de una navaja, y
cae un hombre con el pulmón partido.
Jesús se desvía, sigue andando, y ve un portal grandioso, iluminado,
sostenido en columnas de rojo mármol con capiteles de bronce. Sube la
escalera, que reviste densa alfombra y decoran nobles tapices de
batallas y cacerías, y penetra en una antecámara de vastas proporciones,
donde hacen la guardia criados de calzón corto y armaduras ecuestres
auténticas. La antecámara da acceso á un saloncito sin muebles,
alumbrado por centenares de globos eléctricos, y en el fondo del
saloncito, bajo celajes de tul fino batidos como espuma, aparece un
encantador Belén, un Nacimiento para niños millonarios, obra de arte más
que de ingenua devoción. Al través de los campos y los oteros imitados
con musgo y piedra pómez, salpicados de palmeritas enanas y de sicomoros
gentiles y diminutos, se deslizan murmurando riachuelos naturales, que
sin duda algún ingenioso mecanismo hidráulico hace correr. De los
montes de piedra pómez, en cuyas cimas reluciente polvo blanco remeda
la nieve, desciende el torrente Cedrón, y del césped verdadero de los
jardines se lanzan y se pulverizan en el aire enhiestos surtidores. Un
lago en miniatura refleja en su cristalino seno las torres de Jerusalem,
el circuito de sus murallas, las cúpulas del templo y los apretados
olivos del huerto de Getsemaní, que trepan por la ladera. Los mil
pintorescos detalles de los Nacimientos no faltan en éste, sólo que las
figuras, perfectamente modeladas, son muñecos primorosos, y desde el
grupo de pastores que se arrodilla como en éxtasis, hasta los Reyes
Magos que, caballeros en sus dromedarios, asoman por una garganta
salvaje, todo revela la mano de hábil escultor. El prodigio es la gruta;
hecha de cristales de roca menudísimos y cristalizaciones de amatista,
se irisa con múltiples cambiantes al herirla la luz del foco eléctrico
en forma de estrella, que, suspendido de un hilo de perlas, oscila á
gran altura. Y en la gruta deslumbradora, entre un asno y un buey de
plata cincelada, la Virgen, de oro, vela al Niño, de oro y esmalte
también, con la cabecita de madreperla. Para ostentar dignamente aquel
grupo, joya de la orfebrería florentina del Renacimiento, tal vez de
Benvenuto Cellini, aquellas efigies en que la riqueza de la materia
compite con lo inestimable de la ejecución, se ha armado, sin género de
duda, el Belén suntuoso, y han corrido los torrentes y las cascaditas
bajo las palmeras y los olivos.--Lo extraño era que no hubiese nadie,
nadie absolutamente, en el salón; nadie para admirar tal maravilla,
nadie para acompañar al niño Jesús de oro y piedras, á fin de que no se
helase en su gruta de cristalizaciones, entre los reflejos violáceos de
la amatista y los destellos multicolores de la diáfana roca... Y sin
embargo, el palacio no debía de estar desierto, sino al contrario, lleno
de gente: se notaba en la atmósfera esa vibración, esos efluvios tibios
que sólo produce el aliento de muchos hombres y mujeres reunidos para
una fiesta. Del fondo de una galería llegaba á veces prolongado
murmullo, las rotas cadencias de una música alada y sensual, el gorjeo
de las risas. Jesús adelantó y se encontró en la galería, bello jardín
de invierno, decorado por gigantescas plantas y árboles de remotos
climas, gomeros y lantanas de enormes hojas, cicas y pandanos de
complicada estructura semejantes á pagodas y obeliscos de porcelana
verde. Esparcidas por el jardín se veían las mesas donde cenaban alegres
grupos, mujeres engalanadas, acribilladas de pedrería, hombres que
ostentaban sobre la solapa de raso de su frac grana gardenias ya mustias
por el calor. La orquesta de cuerda, oculta en un kiosco árabe que
revestían floridas enredaderas, acompañaba suavemente el rumor de las
conversaciones y de las carcajadas melodiosas, el ticliteo de las
transparentes copas que el Champagne orlaba de espuma, y el levísimo
choque de los platos, que la destreza de los criados amortiguaba lo
posible. Era una lujosa cena de Navidad.--Jesús retrocedió, volvió al
salón del Nacimiento, donde se vió otra vez en el establo, niño y solo.
El roce de unos pasos sobre el pavimento de incrustaciones de madera se
dejó oir, y una mujer, una jovencilla, de ojos azules, de blanco traje
apenas escotado, penetró en el saloncito, fue derecha al Belén, y envió
una tierna sonrisa al Niño, que contempló despacio con amor. Después,
como el que tiene que ocultar una escapatoria, volvió precipitadamente á
la galería, donde tal vez la echasen de menos. Era la hija del dueño de
la casa. El Niño de oro ya no sentía tanto frío, y Jesús, extendiendo la
mano, bendijo á la doncellita, la única que se acordaba del Misterio...
Salió del palacio sin volver atrás la vista, y alejóse del pueblo, de la
gran ciudad corrompida y fangosa, como se había alejado del siniestro y
sangriento campo de batalla. Un cambio repentino en la atmósfera
presagiaba temporal: nubarrones densos y obscuros como plomo corrían por
el cielo: ráfagas de cierzo glacial azotaban los árboles, y se oía el
mugir pavoroso del mar rompiéndose contra los escollos. Jesús se
encontró en una aldea de pescadores, mísero grupo de chozas, colgado á
guisa de nido de gaviota en una escotadura de la costa salvaje. A pesar
de la hora, bastante avanzada para gente que suele economizar luz, nadie
duerme en la aldea: ábrense de golpe las puertas de las cabañas, y
hombres y mujeres, provistos de faroles encendidos y de largas pértigas,
de bicheros, de cestos y de sacos, se dirigen en tropel hacia la playa,
despreciando el viento que les azota el rostro y la lluvia que empieza
á caer sacudida por las rachas furiosas del huracán. Imponente aspecto
el del Océano: olas gigantescas, con cresta de espuma, se encrespan
descubriendo abismos, y el sulfuroso zig-zag de un relámpago alumbra en
el fondo de la sima á una embarcación que corre sin rumbo. Los ribereños
alzan las luces, las hacen brillar, y el barco, que en ellas cree
distinguir la salvación, el puerto amigo, maniobra hacia la costa, y,
precipitándose, va á chocar contra el bajío, donde se clava despedazado.
Los náufragos, que á la luz de otro relámpago habían podido verse sobre
el puente, en actitudes de terror y desesperación, se arrojan al agua
asidos á tablas, cogidos á cuerdas, montados sobre barriles; y luchando
con las monstruosas olas que los sacuden y los zapatean contra el
peñascal, nadan desesperadamente para alcanzar la playa, en que brillan
y corren las luces, en que ven agitarse seres humanos. Y entonces se
verifica algo espantoso: los que en la playa esperan á los náufragos, al
verlos llegar moribundos, con las pértigas, con los bicheros, con remos,
con palos, con cuchillos, los rechazan hacia el agua otra vez; pero
antes les despojan de la cintura de cuero en que salvaban oro y papeles,
de la cartera que se ataron bajo el sobaco al comprender el peligro, de
la ropa, de cuanto poseen; y por si las olas tardasen en hacer su
oficio, aturden á los infelices de un golpe en la cabeza, y así los
arrojan al piélago, inertes ya. Y danzando de júbilo, ó gruñendo como
canes por el reparto del botín, esperan la madrugada al pie de los
escollos, para recoger los despojos del buque que el mar escupirá bien
pronto, aprovecharse de la feliz albana, y celebrar después con grosero
y copioso banquete el día de la Natividad del Señor...
El Redentor ha huído de la playa: sus ojos están nublados, su alma
triste hasta la muerte, según estaba cuando sudó sangre en Getsemaní. Y
su corazón, abrasado de caridad como nunca, insaciable en amar á los
hombres, siente las espinas de la corona que se le clavan, agudas é
invisibles. ¡Para esta raza había nacido en el establo y había muerto en
la cruz!--Entrando en una de las cabañas que los pescadores dejaron
desiertas al salir á su horrible pesca de náufragos, divisa, en un
rincón, cerca del fuego, un niño arrodillado. Al verse tan solo, el
rapaz ha tenido miedo; se ha acercado al hogar buscando abrigo, y reza
buscando amparo y protección. Jesús le coge en brazos, le besa, le
acuesta, le pone la mano en los ojos y le deja tranquilamente dormido,
soñando con los ángeles. Y al ascender otra vez al cielo, se lleva Jesús
en el hueco de la mano cuatro perlas: las lágrimas de una madre que
buscaba á su hijo en el campo de batalla; el abrazo de un hombre que
pide le sea perdonado un agravio; la sonrisa de una doncella, y la
oración de un inocente.
EL BELÉN
De vuelta á su casa, ya anochecido, D. Julio Revenga--sentado en el
tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del
abrigado gabán con cuello y maniquetas de pieles--rumiaba pensamientos
ingratos. Su situación era comprometida y grave, doblemente grave para
un hombre leal y franco por naturaleza, y obligado por las
circunstancias á engañar y á mentir. ¡Qué cara pagaba una hora de
extravío! La tranquilidad de su conciencia, la paz de su casa, la
seriedad de su conducta, todo al agua por algunos instantes en que no
supo precaverse de una tentación.
Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche
despoblándose, Revenga daba vueltas á la historia de su yerro. ¿Cómo
había sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas:
tontamente. Si no es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no
tendría ocasión de ponerse en frecuente contacto con la hermana,
aquella Anita Dolores--mujer ya espigada en los treinta años, y más
desenvuelta que candorosa.--Ante la desgracia de la quiebra, Costavilla
perdió la energía y la esperanza; pero Anita Dolores, en cambio, se
reveló llena de aptitudes comerciales, dispuesta, activa, resuelta á
salvar la casa de cualquier modo. Para sus gestiones se asesoraba con
Revenga, le pedía auxilio, préstamos, celebraban conferencias que
duraban horas. Al manejar los papeles, al calcular probabilidades de
liquidación, establecíase entre los dos una intimidad chancera, que se
convertía de repente, por parte de Anita, en afición inequívoca. Al
sospechar Revenga lo que iba á sobrevenir, ya estaba interesado su amor
propio, encendida su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró poco: el
esposo leal, el hombre honrado é íntegro se dió cuenta de que era
preciso cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacrificó de
buen grado algunos miles de duros para sacar á flote á Costavilla, y se
apartó de Anita Dolores con propósito de no verla más.
No contaba con las fatalidades de la naturaleza. Ocultamente, en
apartado rincón de provincia, Anita Dolores dió al mundo una criatura.
Fue el castigo providencial, no sólo para ella, sino para Revenga, que
no había tenido prole de su matrimonio, ni esperanzas. Y al rodar del
tranvía que apresuraba su marcha, al vacilar de la luz de la linterna
que se proyectaba sobre los vidrios nublados por el hielo del aire
exterior, Revenga quería dominar una tristeza inconsolable, una
amargura que le inundaba como ola de hiel.--Nunca vería á su niña; nunca
la estrecharía, nunca la tendría sobre las rodillas ni la besaría
riendo... Anita Dolores, vengativa y tenaz, la había escondido, la había
hecho desaparecer. ¿Desaparecer?... ¡A cuántas conjeturas se presta este
verbo!
¿Qué era de la niña?... A aquella hora, cuando Revenga penetrase en su
morada lujosa, en su comedor que la electricidad alumbraba
espléndidamente y la leña de encina calentaba, intensa y crujidora;
cuando la intimidad del hogar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena
lisonjeasen su apetito, ¿dónde estaría la abandonada? ¿En qué casucha de
aldeanos, en qué glacial dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquiera?
¿Valía más que viviese?
Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello del gabán y caló
el sombrero. Desolación inmensa caía sobre su alma. Precisamente acababa
de saber en casa de unos amigos de Costavilla, donde solía preguntar
disimuladamente por Anita Dolores, noticias alarmantes. ¡Anita Dolores
se casaba! El nuevo socio de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto,
era el novio. No mortificaban los celos á Revenga; no le quitaban el
sueño memorias de lo pasado... Pensaba en la suerte de su niña, y
aquella boda obscurecía más aún el misterio de su destino. ¡Ah! ¡Pues si
creían que iba á quedarse así, con los brazos cruzados y mucha flema
británica! ¡Desde el día siguiente--desde temprano--que Anita Dolores se
preparase! ¡Allí iría, á reclamar la chiquilla, á escandalizar si era
preciso! El escándalo repugnaba á su carácter; el escándalo podía herir
de muerte á Isabel, á su mujer, enterándola de lo que debía ignorar
siempre... No importa, escandalizaría, ¡voto á sanes! Cantaría claro;
desbarataría la boda; pondría en movimiento á la policía, si era
preciso... pero le darían su pequeña, y la entregaría á personas que la
cuidasen bien, y la educaría y haría que de nada careciese..., y sobre
todo, la vería, la besuquearía, la llevaría juguetes en la Navidad
próxima... Con firme determinación cerró los puños y apretó los dientes.
¡Amanece, día de mañana!
Entretanto Isabel, la esposa de Revenga, acababa de adornarse en su
tocador. La doncella abrochaba la falda de seda rameada azul obscuro, y
prendía con alfileres la pañoleta de encaje, sujeta al pecho por una
cruz de brillantes y zafiros--el último obsequio de Revenga, traído de
París.--Con inocente coquetería se alisaba el pelo ondulado y se miraba
en el espejo de tres lunas, cerciorándose de que las señales de las
lágrimas se habían borrado del todo, después del lavatorio con colonia y
el ligero barniz de velutina. ¡El llanto no tenía para qué notarse!