Pasad el umbral de la alcoba tapizada de seda: acercáos á la

OBRAS COMPLETAS

DE

EMILIA PARDO BAZÁN

CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES

CUENTOS DE LA PATRIA

CUENTOS ANTIGUOS

EMILIA PARDO BAZÁN

OBRAS COMPLETAS.--TOMO XXV

CUENTOS

DE NAVIDAD Y REYES

CUENTOS DE LA PATRIA

CUENTOS ANTIGUOS

[Illustration: colofón]

ADMINISTRACIÓN

_calle de S. Bernardo, 37, principal_,

MADRID

Es propiedad.--Queda

hecho el depósito que marca

la ley.

MADRID.--Est. tip. de I. Moreno, Blasco de Garay, 9.

_Teléfono 3.020._

ADVERTENCIA DE LA AUTORA

_En este volumen incluyo, bajo el título de_ CUENTOS DE LA PATRIA,

_algunos de los cuales cabría decir, como dijo el poeta del_ Canto á

Teresa, _que son un desahogo de mi corazón y el lector puede saltarlos_.

_Cuando en 1898 publiqué el titulado_ Vengadora, _me llamaron_ Soñadora

_los muy benignos_.

_Algo de realidad prestó á mi sueño el trágico fin del Presidente

Mac-Kinley..._

_Y si fuese soñar creer en la justicia inmanente, ¿qué mal habría? ¿qué

más inofensivo consuelo?_

_Emilia Pardo Bazán._

CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES

LA NOCHEBUENA DEL PAPA

Bajo el manto de estrellas de una noche espléndida y glacial, Roma se

extiende mostrando á trechos la mancha de sombra de sus misteriosos

jardines de cipreses y laureles seculares que tantas cosas han visto, y,

en islotes más amplios, la clara blancura de sus monumentos,

envolviendo, como un sudario, el cadáver de la Historia.

Gente alegre y bulliciosa discurre por la calle. Pocos coches. A pie van

los ricos, mezclados con los _contadinos_, labriegos de la campiña que

han acudido á la magna ciudad trayendo cestas de mercancía ó de regalos.

Sus trapos pintorescos y de vivo color les distinguen de los burgueses;

sus exclamaciones sonoras resuenan en el ambiente claro y frío como

cristal. Hormiguean, se empujan, corren: aunque no regresen á sus casas

hasta el amanecer--que es cosa segura,--quieren presenciar, en la

Basílica de _Trinitá dei Monti_, la plegaria del Papa ante la cuna de

_Gesú bambino_.

Sí; el Papa en persona--no como hoy su estatua, sino él mismo, en carne

y hueso, porque todavía Roma le pertenece--es quien, en presencia de una

multitud que palpita de entusiasmo, va á arrodillarse allí, delante de

la cuna donde, sobre mullida paja, descansa y sonríe el Niño. Es la

noche del 24 de Diciembre: ya la grave campana de Santángelo se prepara

á herir doce veces el aire, y la carroza pontifical, sin escolta, sin

aparato, se detiene al pie de la escalinata de _Trinitá_.

El Papa desciende, ayudado por sus Camareros, apoyando con calma el pie

en el estribo. Con tal arte se ha preparado la ceremonia, que al sentar

la planta Pío IX en el primer escalón, vibra, lenta y solemne, la primer

campanada de la media noche, en cada campanario, en cada reloj de Roma.

El clamoreo dramático de la hora sube al cielo imponente como un

_hosanna_ y envuelve en sus magníficas tembladoras ondas de sonido al

Pontífice que poco á poco asciende por la escalinata, bendiciendo, entre

la muchedumbre que se prosterna y murmura jaculatorias de adoración. A

la luz de las estrellas y á la mucho más viva de los millares de cirios

de la Basílica iluminada de alto abajo, hecha un ascua de fuego,

adornada como para una fiesta y con las puertas abiertas de par en par,

por donde se desliza apretándose el gentío ansioso de contemplar al

Pontífice,--se ve, destacándose de la roja muceta orlada de armiño que

flota sobre nívea túnica, la cabeza hermosísima del Papa, el puro diseño

de medalla de sus facciones, la forma artística de su blanco pelo

dispuesto como el de los bustos de rancio mármol que pueblan el Museo

_degli Anticchi_.

Entra por fin en la Basílica; cruza las naves, desciende la escalera

dorada que conduce á la cripta, y mientras á sus espaldas la guardia

brega para reprimir el empuje del torrente humano que pugna por

arrimarse á la balaustrada, en el recinto descubierto, más bajo que la

multitud, el Papa queda solo. Artista por instinto; con el andar rítmico

de las grandes solemnidades; con un sentimiento de la actitud que sólo

él posee en grado tal,--Pío IX se acerca á la cuna, junta las manos de

marfil, eleva al cielo un instante los ojos como si invocase la

presencia de Dios; se arrodilla, se abisma, y los paños de su cándida

vestidura se esparcen esculturales y clásicos cual los plegados de

alabastro de un ropaje de Canova.

El Niño, el _Bambino_, duerme desnudito, color de rosa, reclinado en su

rubio colchón de sedeña paja. En toda la Basílica no se escucha más

ruido que el chisporroteo suave de los cirios y el murmullo de la

oración que el Papa empieza á elevar.--A las primeras palabras, anímase

el Niño con vida fantástica: la escultura se hace carne. Sus ojos se

entreabren, sus puñitos se tienden hacia el Papa, como se tenderían

hacia un abuelo cariñoso, haciendo fiestas. Incorporado y sentado en la

paja, llama al Pontífice, que sigue orando, pero que cree percibir en

sus rodillas la sensación de que ya no reposan en los cojines de

terciopelo carmesí, en sus codos algo que los sube y aparta del

esculpido reclinatorio. Ligero y como fluído, su cuerpo no le pesa;

flota apaciblemente en una atmósfera de oro y luz, hecha de las

partículas de los cirios que se derraman ardientes y centelleantes.--La

cuna ha desaparecido; el Niño está de pie, alto, crecido ya, convertido

en adolescente; y en vez de la gracia infantil, en su cara se lee la

meditación, se descubre la sombra del pensamiento. Alrededor del Jesús

de quince años van juntándose, saliendo de las paredes de la cripta, que

parece trasudarlos, docenas de chiquillos, otros _Bambinos_, pero feos,

encanijados, sucios, envueltos en andrajos ó desnudos, mostrando la

enteca anatomía. Docenas primero; cientos después; luego millares,

millones, un hervidero tan incontable, un ejército tan infinito, que

estallan las paredes de la cripta, las de la Basílica, las de Roma, las

de todo cuanto pretendiese contener la expansión de la horda de

miserables. Extiéndese por una llanura sin límites, y su bullir de

gusanera rodea al _Gesú_, que ha ido insensiblemente transformándose en

hombre hecho y derecho: ya tiene barba ahorquillada y rizoso cabello

castaño, ya su rostro ha adquirido la gravedad viril. Y siguen acudiendo

desharrapados y con las carnes al aire, lisiados, enfermos, famélicos,

tristes, venidos de todos los puntos del horizonte, de todos los

confines de la tierra. Lloran de hambre; tiemblan de frío; gimen de

abandono; enseñan sus lacras; se cogen á la vestidura inconsutil de

Cristo; se quieren abrigar bajo sus pies, reclinarse en su seno,

agarrarse á sus manos pálidas y luminosas. Huelen mal, y su punzante

vaho de miseria envuelve y sofoca al Papa, siempre en oración.

La figura de Cristo se oculta un instante; densas tinieblas suben de la

tierra y caen del firmamento, reuniendo sus crespones. El Pontífice

siente miedo: la oscuridad le ciega, y entre aquella oscuridad vibran

maldiciones y palpitan sollozos. Un relámpago brilla; erguida en una

colina aparece la Cruz, sobre la cual blanquea el desnudo cuerpo del

Mártir, estriado de verdugones por los azotes y veteado de negra sangre.

Los labios cárdenos se agitan; el Papa interrumpe la plegaria, se

confunde, se deshace en adoración, quiere salir de sí mismo para mejor

escuchar y beber la palabra divina; y el Crucificado--señalando con

mirada ya turbia hacia el océano de criaturas que bullen allá abajo,

escuálidas, transidas, gimientes, dolorosas, maltratadas, ofendidas, en

el abandono--dice al Papa, en voz que resuena _urbi et orbi_:

--Por ellos.

LA TENTACIÓN DE SOR MARÍA

Siguiendo costumbre tradicional del convento, las monjitas de la

Santísima Sangre preparan, adornan y ofrecen á la adoración de los

fieles, en el altar mayor, á la hora en que se celebra la misa del

Gallo, el Misterio del pesebre y gruta de Belén, donde puede admirarse

la efigie del Niño Dios, obra maravillosa de un escultor anónimo.

Más que inerte imagen de madera, criatura viva parece el Niño de las

monjas. La encantadora desnudez de su torso presenta el modelado blando

y sólido de la carne. Mollas regordetas en cuello, piernas y brazos;

hoyuelos de rosa en carrillos, codos y rodillas; picardía angelical en

la expresión de los ojos y en la cándida risa; naturalidad sorprendente

en la actitud, que se diría de tender las manos al pecho maternal... así

es el Niño, y por eso las monjitas, cada vez que le visten y enfajan,

cada vez que le reclinan en la paja y el heno aromático de la humilde

cuna, exclaman enternecidas y embelesadas: «¡Ay mi divino Señor! ¡Pero

si es un pequeñito de veras!»

Turnan rigurosamente las monjitas en el oficio y honor de camareras del

Jesusín,--y aquel año correspondió la suerte á Sor María, monja profesa,

la más joven y linda de todas. Sor María ha dejado el mundo, no como

suelen dejarlo otras religiosas, por contrariados ó infelices amores,

por sufrimientos, desengaños ó escaseces de fortuna, sino en la flor de

sus veinte abriles, con el espíritu tan virgen como el cuerpo, y el

cuerpo tan hermoso como el porvenir que sin duda la esperaba al lado de

unos padres amantes y opulentos, y en un mundo donde todo la halagaba y

sonreía. Por su serena frente no ha cruzado ni una nube; no ha rozado su

sién ni un aliento de hombre, y su corazón no ha palpitado sino para

Dios. Su mística vocación fue tan firme, que resistió á la oposición

decidida y enérgica de una familia que no se avenía á ver sepultarse en

el claustro tanta hermosura y juventud. Pero Sor María demostró tal

júbilo al tomar el velo, que ya sus mismos padres la envidiaban,

creyéndola llegada al puerto de paz.

Sintió un gozo inexplicable Sor María al ser encargada de la grata faena

de vestir al Niño para depositarle en el pesebre. Jugar con aquel

sagrado muñeco había sido el sueño de la joven monja en los cinco años

que de profesa contaba.--«¡Cuando me toque á mí el Niño, verán qué

precioso le pongo!»--solía decir á menudo. Era llegado el instante: el

Niño la pertenecía por algunas horas, y ya sus manos temblaban de

emoción ante la idea de poseer la efigie del nene celestial.

¡Con qué esmero planchó Sor María los pañales por ella misma bordados y

calados! ¡Con qué diligencia recogió en el jardín rosas tardías y

frescas violetas oscuras, á fin de esparcirlas sobre la camita de paja

del Niño! ¡Con qué respeto tocó la escultura; con qué reverencia la

desnudó, con qué avidez miró sus formas inocentes y con qué ímpetu

repentino, de las entrañas, se inclinó para besarla, mordiéndola casi en

las mejillas, en los hombros, en el redondo ventrezuelo!

Algunas monjas, de las más ilustradas y benévolas, estuvieron conformes

en que nunca había salido tan mono y tan bien adornado el Jesusín; pero

las viejas gangosas, ñoñas y esclavas de la rutina, murmuraron que le

faltaban dijes de abalorio y talco y cintas de colores.--Y cuando Sor

María se recogió á su celda y se arrodilló para rezar antes de

extenderse en la pobre tarima, donde, sin regalo, casi sin abrigo,

dormía el sueño de los ángeles, sintióse de repente profundamente

triste, y le pareció que delante de ella se abría un abismo negro, muy

hondo, y que la entraban ganas vehementes de morir. No penséis mal, oh

escépticos, de Sor María. ¡No la creáis una monja liviana!

No era el amor profano y su deleitosa copa lo que el tentador hacía

girar ante sus ojos preñados de lágrimas de fuego. Tened por seguro que

la pureza de Sor María llegaba al extremo de ignorar si renunciando al

amor sacrificaba venturas. En el amor sólo sospechaba fealdades,

desencantos, humillaciones y groserías indignas de un alma escogida y

bien puesta. Lo que en aquel momento hacía sollozar á la monja era el

instinto maternal, despertado con fuerza irresistible á la vista y al

contacto del monísimo Jesusín...

Y mal de su grado, ofuscada por la insidiosa tentación (solo el Maldito

pudo infundirla tan trasnochados y estemporáneos pensamientos), Sor

María no estaba á dos dedos de renegar de los votos y de las tocas y de

los deberes que al convento la sujetaban. Nunca estrecharía contra su

infecundo seno una tierna cabecita de rizada melena; nunca besaría una

frente pura y celestial; nunca unos brazos mórbidos ceñirían su

garganta. La única criatura que le había sido dado tener en brazos y á

la cual pudo prodigar ternezas, era un chiquillo de palo, duro, frío,

que ni respondía á las caricias, ni balbucía entrecortado el nombre de

madre. Y Sor María, cada vez más hondamente desesperada, acordábase, en

aquella hora fatal, de su propio hogar que había abandonado, y pensaba

en el delirio con que su padre amaría á un nietezuelo, y lloraba con

llanto más amargo, con lágrimas sangrientas, como lloraría una virgen de

Israel, condenada á muerte, la esterilidad de su seno y la soledad

eterna de su corazón, sentenciado á no probar nunca el más intenso y

completo de los cariños femeniles...

Mas he aquí que al hallarse Sor María fuera ya de sentido y á punto de

rebelarse impíamente contra su destino y de romper su juramento de

fidelidad al Divino Esposo, cuentan las crónicas (no sé si protestaréis

los que lleváis sobre las pupilas la membrana del topo, la incredulidad)

que la celda se iluminó con luz blanca y suave, y que de súbito el Niño

del Misterio, no rígido é inmóvil en su invariable actitud, sino

animado, hecho de carne, sonriendo, gorgeando, acariciando, salió de una

nube ligera y se vino apresuradamente á los brazos de la monja.

--Soy yo, tu Jesusín, el que nació hoy á las doce--parecía balbucir la

criatura, halagando blandamente á Sor María. Y como ésta pagase con

besos los halagos, el chiquillo rompió á llorar tiernamente, y la monja,

olvidando sus propias lágrimas y su reciente desconsuelo, comenzó á

bailar para entretenerle, á arrullarle, á cantarle, á contarle cuentos,

y al fin le arropó en su cama, llegándole al calor de su propio cuerpo y

recostándole sobre su pecho tibio, que henchían activas corrientes de

vitalidad y de amor. Y allí se pasó la noche el pobre nene, hasta que la

blanca aurora, que disipa las sombras y ahuyenta las tentaciones, lanzó

sus primeras claridades al través de la reja, y la campana llamó al

templo á las monjas, que se pasmaron del resplandor extático que

brillaba en el hermoso semblante de Sor María...

Desde entonces Sor María hace prodigios de austeridad, mortificación y

penitencia. Sus rodillas están ensangrentadas, sus costados los

desuella el cilicio, sus mejillas las empalidece el ayuno, su boca la

contrae el silencio.--Pero todos los años, después de la misa del Gallo

y el Misterio del pesebre, se repite la visita del Niño á la celda

melancólica y solitaria, y por espacio de unas cuantas horas, Sor María

se cree madre.

LA NAVIDAD DEL PELUDO

Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía apuntar el _Peludo_

en su hoja de servicios; catorce años en que no hubo día sin ración de

palos y sin hambre. ¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio!

Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero trote, obligado por los

pinchazos del recio aguijón; aguantar picadas de tábanos y de moscas

borriqueras, enconadas, feroces con el sol y el polvo, en las llagas de

la reciente matadura; sufrir talonazos y ver cortar la vara de avellano

ó de taray que, silbadora y flexible, se ha de ceñir á su piel

averdugándola; probar la dentellada de la espuela y el sofrenazo

violento del bocado; recibir puñadas en el suave hocico y en los ojos,

en los dulces y grandes ojos cuya mirada siempre expresa mansedumbre;

doblegarse bajo la excesiva carga; arrastrarse molido y pugnar por no

caer al suelo antes de que se termine una caminata tres veces más

fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del vigor asnal;--todo

esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al _Peludo_, en cotejo de

pasar rozando una pradería verde como la esperanza, mullida y

aterciopelada como tapiz de seda, y no poder hartar la panza vacía,

redondear los ijares metidos y chupados y la tripa hueca como tubería de

órgano. Era tal la impresión que causaba al _Peludo_ la vista de la

hierba apetitosa, rociada, velluda, de los dorados pajares y de las

mieses en sazón; tal la rabia que sentía al oir el murmurio de la fuente

cuando secaba sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda pegajosa

del camino real; tal la violencia de su furioso apetito y el ímpetu de

su colosal gazuza, que más de una vez, él--el manso, el resignado, el

trabajador, el obediente--_pensó_ hacer una muy gorda y sonada: soltar

un rebuzno de guerra y arremeter á coces y á muerdos contra su

despiadado jinete, su espolique, su amo, su tirano... ¡Qué deleite

arrojar al suelo el lastre de sacos de harina, que pesan cual plomo,

patearlos, reventarlos; que la harina se esparciese por la carretera;

meter en ella el hocico, aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes!

Y si era mucha el ansia de comer, no menor la de revolcarse.

¡Revolcarse! ¡Cuánto tiempo, desde su tierna infancia, su época de

buchecillo retozón y candoroso, que no se revolcaba, con las cuatro

patas batiendo el aire y la gris barriga al sol, el _Peludo_!

Cruzaban estas ráfagas de emancipación por la deprimida mollera del

esclavo, pero no adquirían consistencia; eran aleteos pasajeros que

abatía al punto la convicción de su eterna servidumbre y de que la había

dispuesto la suerte, el _fatum_ que preside á la existencia del jumento.

Sí; lo peor del caso es que al _Peludo_ la desgracia le había hecho

fatalista; no esperaba nada de la Providencia, ni se atrevía á creer que

pudiese lucir para él jamás un instante de relativa dicha. Hiciese lo

que hiciese, lo mismo tenía que ser... Hambre y palos, palos y hambre...

Arriba con la carga; avante por la senda--y nada de protestas ni de

quiméricos ensueños.

Razón llevaba el paciente _Peludo_ en desconfiar de la suerte y en

prometerse mayores desventuras; su amo, en vez de mostrarle algún apego,

una pizca de consideración, á medida que el _Peludo_ perdía fuerzas,

agilidad y bríos, iba tratándole con mayor dureza y encomendándole las

tareas más rudas y bajas, los transportes más reventadores y las

jornadas á palo seco en todo el rigor de la frase. Por eso, la glacial y

lluviosa noche del 24 de Diciembre encontró al cuitado _Peludo_

sufriendo la intemperie con cachaza estoica, atado á una argolla de

hierro, á la puerta de la conocida taberna del _Pellejón_, una de las

varias que salpican las orillas de la carretera de Marineda á Brigos.

Otras veces no faltaba para el _Peludo_ en aquel templo báquico el

abrigo de una cuadra ó de un estercolero, ó siquiera de un cobertizo

cerquita del pajar; pero ésta era noche de bulla y parranda de regodeo y

jarros colmados de vino y aguardiente, y cuando el _Peludo_, al

trotecillo desmayado de sus provectas patas, se acercó á la taberna, no

quedaba sitio ni techo para él. De dos puntillones, el amo le pegó á la

pared, le amarró á la anilla, y allí se quedó el jumento, sin más techo

que un emparrado desnudo de follaje, cuyas ramas goteaban hilos de agua

llovediza, formando una charca bajo los cascos.

Veía el _Peludo_, al través de los vidrios de la ventana, la sala de la

taberna iluminada, alegre, llena de hombres que jugaban á los naipes,

disputaban, despachaban guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y

tinto. Mientras los racionales celebraban así la Navidad, el asno,

transido y empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y

desfallecido de necesidad, no tenía ánimos ni para exhalar un suplicante

y doloroso rebuzno pidiendo sustento y calor. Una nube veló sus pupilas;

sus corvas se doblaron. Iba á caer sobre el fango líquido, cuando

advirtió una claridad suave, muy diferente de la que derramaban las

pestíferas candilejas de la taberna, y divisó á su lado, con profunda

sorpresa, á otro borrico: un asno plateado, de luciente pelo, vivaracho,

cordial. ¡Qué compañía tan grata! «_¡Hi--ho!_» flauteó dulcemente el

caduco y asendereado jumento. Púsose el recién venido á roer con los

dientes la cuerda que al _Peludo_ sujetaba, y presto le dejó libre. Echó

á andar el argentado borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más

averiguaciones, el _Peludo_, ya regocijado y fuerte. A medida que

adelantaban, la noche se hacía transparente, estrellada, tibia; el

camino fácil, seco, llano, lindo. A derecha é izquierda, prados de un

tono de felpa verdegay, esmaltados de violetas y ranúnculos, convidaban

al _Peludo_ á saciar su apetito; arroyos cristalinos le brindaban con

qué apagar su sed. Y el _Peludo_, entrando á saco, descuidado, libre, se

entregó á la hierba jugosa; desde lejos podía oírse el ruido de molino

que al mascar producía su vieja dentadura. Bebió á su talante en los

manantiales; atracóse de trébol y hierba mollar, y al paso que devoraba,

redondeábase su panza como globo que se infla, hasta que de súbito

estallaron las cinchas que sujetaban la albarda, y quedóse en pelota,

feliz como un rey. ¡Ahora sí que no se sentía fatalista el _Peludo_! Tan

dichosa aventura le convertía en el mayor providencialista del universo.

En lontananza empezaba á despuntar la mañanica dorada y risueña; las

violetas del prado olían á gloria; todo incitaba á un revuelco

deleitable, y ¡zás! el _Peludo_ se dejó caer y se puso á nadar en aquel

golfo de verdura, impregnándose de olores floreales, recogiendo en su

pelambrera hojas de manzanilla. El asno se sentía victorioso, envuelto

en luces de gloria. Y allá en los aires, lejos, alto, voces misteriosas

repetían la profética cláusula: «Nos ha nacido un niño, y se llama

Emanuel...» El asno de plata, salvador del _Peludo_, le miraba entre

compasivo y amigable, y le rebuznaba bondadosamente: «_¡Hi--ho!_ ¿No me

conoces? Soy el que calentó con su aliento á Jesús en el establo... y el

que llevó á Egipto á María la Nazarena...»

A la puerta de la taberna, el amo del _Peludo_, al salir de madrugada

con los humos de la embriaguez muy densos aún, vió á su montura tendida

en la charca, los ojos vidriosos, las patas rígidas.--Rompióse la

cuerda--observó el tabernero.--No le dé patadas--agregó--que de poco

sirve; tiene la oreja fría; está difunto.--Pero el amo, con la terquedad

característica de los beodos, seguía descargando puntapiés al animal,

jurando, blasfemando y maldiciendo. Al fin, convencido de lo inútil de

sus esfuerzos, soltó una opaca risotada.--Para lo que

servía...--gruñó.--Ya ni podía conmigo...

JESUSA

El matrimonio vió al fin cumplidos sus deseos: la niña vino al mundo un

24 de Diciembre, circunstancia que pareció señal del favor divino;

pusiéronle en la pila el dulce nombre de Jesusa, y la rodearon de cuanto

mimo pueden ofrecer á su único retoño dos esposos ya maduros, muy ricos,

y que sólo pedían á la suerte una criatura á quien transmitir fortuna y

nombre. La cuna fue mullida con pétalos de rosa, y hasta el ambiente se

hizo tibio y perfumado, para acariciar el tierno rostro de la recién

nacida...

Todos hemos narrado alguna vez la triste historia de la niña pobre y

desamparada, que harapienta y arrecida, con el vértigo del hambre y la

angustia del abandono, vaga por las calles implorando caridad, hasta que

cae rendida y la nieve la envuelve en blanco sudario. El grito de la

miseria, el clamor del vientre vacío, es penetrante y humano... pero

también sufre el rico, y sus dolores, inaccesibles al fácil consuelo

que se reparte con un puñado de monedas, no hallan alivio sino en la

misericordia de Dios... El que compare á la chiquilla sin pan ni hogar

con la chiquilla envuelta en algodones y harta de goces y juguetes; á la

que jamás recibió un beso con la que agasaja en su seno una madre

idólatra,--se indignará contra la injusticia social y apelará de ella á

la justicia infalible.

Cruzad la calle, deslizad un socorro en la mano escuálida de la mendiga,

y penetrad después en la morada de la familia de Jesusa. El contraste,

al pronto, os parecerá hasta sacrílego. Cualquier chirimbolo de los que

decoran el gabinete, cualquier fruslería de rubia concha y cincelada

plata, de las mil esparcidas sobre las mesillas del tocador, vale más de

lo que costaría dar un año entero pan, luz y abrigo á la infeliz que

tirita allá fuera, en el ángulo de la manzana, de pie contra una

cancilla menos dura que algunos corazones.

Pasad el umbral de la alcoba tapizada de seda: acercáos á la camita

virginal, esmaltada de blanco y oro, y contemplad la cabeza que descansa

sobre la batista... Ved ese rostro transparente como alabastro, esos

ojos de violeta, tan infinitamente melancólicos. Si pudiéseis alzar la

sábana sin ofender el pudor de la niña--que ha cumplido sus once años

ya,--se ofrecería á vuestra vista algo sin nombre ni forma, uno de esos

cuadros que sobrecogen: una especie de insecto mísero: piernas como

hilos retorcidos, manos que semejan contraídas por la acción del fuego,

doble gibosidad en el pecho y la espalda, flacura de carnes secas y

consumidas por el padecimiento. ¡Y si la enfermedad se contentase con

haberla desfigurado! Pero son tan incesantes sus torturas, tan variadas,

tan horribles, que hay horas negras en que el padre susurra al oído de

la madre, en voz opaca:

--¡No sería mejor despedir á tanto médico... suprimir tanto remedio...

no agobiarla... dejarla que!...

Y la madre responde con acento en que tiemblan irrestañables lágrimas:

--No, no... Mientras hay vida...

En el martirizado cuerpo, la inteligencia vela, despierta desde muy

temprano. A los seis años, Jesusa decía de esas frases que cortan el

alma. Las tempranas intuiciones, las precocidades, si en el niño sano

regocijan, en el enfermo afligen con aflicción honda, como es hondo el

abismo del humano dolor.

--Mamá, ¿soy yo mala?--gemía la inocente.--No, eres muy buena, muy

buena.--Entonces, ¿por qué me castiga Dios?--No es castigo...--sollozaba

la madre.--Es que después, cuando te mejores, has de disfrutar mucho...

y es que ahora, si es verdad que estás malita, también tienes más cosas

bonitas que las otras niñas, más muñecas, más juguetes, más flores, unas

cajas preciosas...--Callaba la enferma un minuto, cerrando sus pupilas

de marchita violeta, y las abría luego para exclamar:--Pues dales todo

eso á los niños que no tienen... y ellos que me den no estar enferma un

día... ¡Mamá, siquiera un día!

Al correr del tiempo, al multiplicarse los fenómenos del extraño

padecimiento nervioso de Jesusa, arraigábase en su mente la idea de la

sustitución, y la creía posible ó segura, mejor dicho. ¿Por qué no la

complacían sus padres? ¿Había cosa más sencilla y natural? Que

repartiesen á los golfos y á los mendigos sus joyas y sus muñecos caros;

que les enviasen á cestos las golosinas; que les entregasen las sábanas

de encaje y el edredón de plumón de cisne..., y que ellos, á su vez, la

socorriesen con unas migajas de salud, de la riente salud que alegra el

mundo, que calienta la sangre, que resplandece como el sol y hermosea el

vivir. ¡Levantarse de aquella cama, andar, salir á la calle, respirar el

aire libre, sin dolores, lista, ágil, contenta!

A fuerza de hablar de la sustitución, Jesusa acabó por contagiar á su

padre. Los desgraciados tienen siempre los brazos abiertos para abrazar

á la quimera. La esperanza es ingeniosa y supersticiosa.--Verás, nena

mía... Voy á darte gusto, voy á socorrer á los niñitos pobres... Así que

les haga mucho bien, tú sanarás...--Y empezó su carrera de filántropo,

descubriendo cada día, en la inagotable mina de la miseria, nuevas vetas

que explotar, y soñando, á cada hallazgo, que allí podría estar la

curación de su enferma. Subió á muchas buhardillas, llevando la bolsa

llena y el médico prevenido; recogió y trajo en brazos, á las altas

horas de la noche, al golfo que dormía aterido y desfallecido de hambre

sobre un banco ó al través de una puerta, y se gozó en el golpe mágico

del despertar de la criatura ante una suculenta cena y con la

perspectiva de un mullido lecho; redimió de la abyección á niñas que aún

no tenían conciencia del pecado, y las llevó á establecimientos

benéficos, donde las inculcasen el trabajo y la honestidad; pagó

nodrizas á desvalidos huérfanos; desató un río de aceite de hígado de

bacalao para los chiquitines escrofulosos, y en verano envió á las

orillas del mar á hijos de obreros, devorados de anemia... Mas Jesusa,

enterada de tan santas acciones, no cesaba de mover su cabeza macilenta,

de cerrar dolorosamente las lánguidas violetas de sus ojos. No era

bastante; no se contentaba Dios todavía con eso.

Mayor sacrificio pedía sin duda... Prueba de lo estéril del esfuerzo,

era que Jesusa empeoraba, que redoblaban sus sufrimientos, que la fiebre

la consumía, que su piel se pegaba á los huesos abrasada por el mal, y

que en los accesos, á cada paso más frecuentes, sentía, ó como un ascua

en sus entrañas, ó como un enorme témpano de hielo en su corazón,

próximo á cesar de latir. ¿Iba á durar eternamente aquella infernal

tortura? ¿No se apiadaría Dios? ¿No la sanaría de repente del todo,

dejándola alzarse, fuerte y gozosa, en el ímpetu de la juventud, á

disfrutar de la existencia, á reir, á correr, á saltar como los pájaros

felices?

Llegó la Nochebuena, el cumpleaños de Jesusa. En tal día, sus padres la

abrumaban á regalos, inventaban caprichos para darse el gusto de

satisfacerlos. Se armaba el _belén_, renovado siempre, siempre más

lujoso, de más finas figuras, de más complicada topografía; pero aquel

año, suponiendo que la enferma estaba cansada ya de tanto pastorcito y

tanta oveja y tanto camello, discurrió la madre colocar un precioso Niño

Jesús, de tamaño natural, joya de escultura, en un pesebre, sobre un haz

de paja. La sencilla imagen atrajo á la abatida enferma. Parecía una

criatura humana, allí echada, desnudita. Y al mirarla, al pensar que

tendría mucho frío, Jesusa creyó adivinar por qué no la sanaba á ella

Dios... No bastaba dar á otros niños limosna y socorro: era preciso _ser

como ellos_, aceptar su estado, abrazarse á la humildad, á la necesidad,

imitando al Jesús que reposaba entre paja, sobre unas tablas toscas...

Afanosamente, la niña llamó á su madre y suplicó, trémula de ilusión y

de deseo:

--Mamá, por Dios... Haz lo que te pido y verás si sano... Ponme como

están los niñitos pobres... Echa paja en el suelo, acuéstame ahí... No

me tapes con nada, déjame tiritar...

Resistíase la madre, temblando de miedo á la idea de su hija con frío y

sobre unas tablas; pero, á pesar suyo, el loco ensueño también se

apoderaba de su espíritu. ¿Quién sabe? ¿quién sabe?... Las alas de la

quimera batían misteriosamente el aire en derredor... Alejó á los

criados, miró si nadie venía... y cargando el leve peso de la enferma,

la tendió sobre la paja esparcida, en el mismo pesebre donde sonreía y

bendecía el Niño; Jesusa abrió los ojos, miró ansiosamente á la imagen,

y después los cerró con lentitud. Su carita demacrada, crispada, expresó

de pronto la mayor serenidad; una especie de beatitud bañó las

facciones, iluminó la frente; un ligero suspiro salió de la cárdena

boca... La madre, aterrada, se inclinó, la llamó por su nombre, la

palpó... No respondía; el sueño se realizaba; los dolores de Jesusa

habían cesado; no volvería á sufrir.

NOCHEBUENA DE JUGADOR

El vicio del juego me dominaba.--Cuando digo el vicio del juego, debo

advertir que yo no lo creía tal vicio, ni menos entendía que la ley

pudiese reprimirlo sin atentar al indiscutible derecho que tiene el

hombre de perder su hacienda lo mismo que de ganarla. «De la propiedad

es lícito usar y abusar», repetía yo desdeñosamente, burlándome de los

consejos de algún amigo timorato.

No obstante mi desprecio hacia el sentimiento general, procuraba por

todos los medios que en mi casa se ignorase mi inclinación violenta.

Habíame casado, loco de amor, con una preciosa señorita llamada Ventura;

estrechaba más nuestra unión la dulce prenda de un niño que aún no

sabía, si yo le llamaba, venir solo á mis brazos; y por evitar á mi

esposa miedo y angustia, escondía como un crimen mis aficiones,

sorteando las horas para satisfacerlas. Precauciones idénticas á las que

adoptaría si diese á mi mujer una rival, adoptaba para concurrir al

Casino y otros centros donde se arriesga, al volver de un naipe, puñados

de oro; é inventando toda clase de pretextos--negocios bursátiles,

conferencias con amigos políticos, enfermos que velar, invitaciones que

admitir--cohonestaba mis ausencias y explicaba de algún modo mi

agitación, mi palidez, mis insomnios, mis alegrías súbitas, mis

abatimientos, la alteración de mi sistema nervioso, quebrantado por la

más fuerte y honda tal vez de las emociones humanas.

Hacía tiempo que no poseía sino lo que al juego me granjeaba. Dueño de

un mediano caudal, había ido enajenando mis fincas para cubrir pérdidas.

Vino después una larga temporada de prosperidad, pero invertí las

ganancias en valores fáciles de negociar, que ya mermaban recientes

descalabros. Nada de esto notaba mi Ventura, porque, á semejanza de casi

todas las mujeres, recibía de manos de su esposo el dinero sin preguntar

su origen. Segura de mi cariño, pasiva y feliz en su hogar, ni se la

ocurría ni quizás deseaba conocer el estado de nuestros intereses. En

las ocasiones felices, yo la traía ricas alhajas y la compraba lindos

trajes; en los momentos de estrechez, una indicación mía bastaba para

que ella redujese el gasto y aplazase los pagos, con instintiva

complicidad. Pero si mi esposa no me causaba inquietud y el

desorientarla me parecía facilísimo, otra persona de la familia me

inspiraba indefinible recelo.

Era esta persona el hermano mayor de Ventura, mi cuñado Bernardo, hombre

de entendimiento vivo y sagaz, de fogosa condición, á quien penas

ignoradas, quizás dolorosos desengaños, impulsaron á abrazar el estado

eclesiástico. Bernardo ejercía su ministerio con un celo abrasador, con

sed de sacrificio que le consumía, demacrando su cuerpo y encendiendo en

sus azules ojos perpetua llama. Los tales ojos, al fijarse en mí,

mostraban vislumbres de desconfianza y severidad. Indudablemente el

santo altruista, consagrado á hacer el bien, olfateaba en mí la egoísta

y desenfrenada pasión que teñía de un círculo de oscuro livor mis

párpados y hacía temblar febrilmente mi mano cuando estrechaba la suya.

Una desazón, un desasosiego parecido al del que con ropa sucia arrostra

la luz del sol en un paseo concurrido, me asaltaban al encontrarme

frente á frente con Bernardo. Este, que vivía fuera de Madrid, absorbido

siempre por empresas de beneficencia, fundaciones de Asilos y

Asociaciones caritativas, sólo venía á vernos dos veces al año; en

Pascua de Resurrección y en Navidades.

Acercábase precisamente esta solemne época del año, cuando la suerte,

que ya se me había torcido, comenzó á mostrarse airada, contra mí.

Soplaba la racha negra, y soplaba tan inclemente y dura, que arrebataba

mis esperanzas todas. Fallaban mis más laboriosas martingalas; se

malograban mis golpes de habilidad, mis corazonadas se desmentían y

naipe que yo tocase era naipe funesto. Encarnizado en el desquite, me

precipitaba con ciega cólera, obstinándome en despeñarme, agotando mis

recursos, desafiando al porvenir. La intuición de que se me venía encima

la catástrofe, redoblaba mi desesperada energía. Debiendo ya sobre mi

palabra crecida suma, busqué un prestamista--el más usurero, el más

infame--y sin vacilar, como quien cierra los ojos y se arroja á una

sima, me abandoné á sus uñas, firmando cuanto quiso, comprometiendo mi

honor á cambio de la inmediata posesión de la cantidad que necesitaba

para saldar mi deuda en el Casino y tentar el golpe supremo. Estaba

determinado á que no luciese para mí el día de confesarle á Ventura que

nos aguardaba la miseria y la afrenta además. Cierto que á veces se me

ocurría decirla: «Figúrate que yo era un negociante; he quebrado; es

preciso resignarse y trabajar.»--Pero inmediatamente comprendía la

imposibilidad, el absurdo de calificar de _quiebra_ los resultados de mi

desorden. Si caía á los pies de mi mujer revelando la verdad, tendría

que implorar perdón, como cumple al que faltó á sus deberes. Antes

morir, y morir me parecía la solución única del pavoroso conflicto. En

aquellos instantes veía tan claro como la luz que la muerte era precisa

y natural consecuencia de mi modo de entender la vida, y el derecho de

jugar, hermano del de suicidarse: ambos se reducían á uno solo... «Usar

y abusar»... Y morir sin miedo.

Con estos pensamientos volví á mi casa la tarde del día 24 de Diciembre,

llevando en el bolsillo la cantidad obtenida del usurero. No bien entré

en la antesala, sentí que me abrazaban á un tiempo por el cuello y por

las piernas. El primer abrazo era el de la mujer amante, que unía su

rostro al mío con arrebato mimoso; el segundo... ¿Quién puede abrazar

por más abajo de la rodilla, sino el nene, el muñeco que se ensaya en

romper á andar y aun necesita agarrarse á algo para no caer de bruces?

Sentí que el corazón se me hendía; sentí que me acudían lágrimas á los

ojos; y apartándome bruscamente, por disimulo, exclamé:

--¿Qué pasa? ¿A qué viene esto?

--Ha llegado Bernardo--respondió Ventura sorprendida de mi sequedad.

--Tío Nado--repitió mi pequeño, que acompañó esta gracia con una risa

estrepitosa.

--Pues toma--dije entregando á mi mujer un puñado de billetes,--prepara

una cena; pero una cena de verdad, como me gustan... y ahora déjame,

hijita, déjame un poco; quiero reposar, me duele la cabeza, y de aquí á

la noche espero mejorarme para charlar con Bernardo.

Ventura obedeció, y yo me encerré á escribir una especie de testamento y

despedida. Mis dientes castañeteaban; concluí la tarea, registré mis

pistolas, las cargué, me eché sobre el sofá y fumé nerviosamente,

cigarro tras cigarro, hasta que Ventura, solícita, vino á avisarme para

cenar. Era temprano, porque el niño no podía faltar de la mesa en noche

semejante y su madre evitaba tenerle despierto hasta las mil. Nos

dirigimos al comedor, iluminado por bujías rosa, alegrado por la

blancura de los manteles y el destellar del cristal y de la plata.

La sopa de almendra humeaba suavemente y trascendía á gloria; las frutas

raras se apiñaban en el centro de mesa, reflejado por una luna de espejo

circundada de rosas tardías; en las copas reía ya el Sauterne amarillo,

y mi mujer, engalanada, compuesta, sonriente, con el rizado pelo algo

fosco y las mejillas rubicundas, se acercó á mí y murmuró acariciándome

con la voz:

--¿No saludas al forastero? Ahí le tienes.

Abracé á Bernardo, y empezó la cena, animada al principio por las

genialidades del nene y las coqueterías de Ventura, empeñada en que

alabase su tocado y tan resuelta á conquistarme, que hasta apoyó sobre

mi pie el suyo chiquitín. Sin embargo, languideció la conversación bien

pronto; no era difícil notar que Bernardo y yo estábamos pensativos. A

las preguntas inquietas de mi esposa respondí alegando cansancio y

jaqueca; pero Bernardo, el de las chispeantes pupilas azules, declaró

categóricamente:

--Tu marido tendrá lo que guste, y no querrá enterarnos del por qué

parece un reo á quien le acaban de leer la sentencia ahora mismo; pero

lo que es yo... estoy así... porque me da vergüenza cenar tan bien, con

salmón, y ostras, y langostinos, y vinos añejos, y no poder ofrecer á

algunas familias pobres, ya que no estos festines de Lúculo, al menos el

pan del año, el fuego del hogar y ropa con que abrigarse las carnes. El

Apóstol enseñaba que los cristianos no deben encerrarse para comer

manjares suculentos. Nosotros nos saciamos de cosas ricas, y vamos á

brindar con un Champagne... que ya lo conozco de otras veces...

¡Clicquot! mientras los pobres... No puedo evitar esto, ni vosotros

podéis; pero allá dentro, hay un rincón de mi alma que llora. ¡Cómo ha

de ser! ¡No acierto á remediarlo!

Decir esto el sacerdote, y cruzar por mi imaginación el chispazo de una

idea, fue todo uno; ni dió tiempo á la reflexión, ni á que yo calculase

el efecto que en Bernardo iban á producir mis palabras. Me levanté,

llené una copa del Champagne que frío como nieve ya lucía en la jarra de

cristal tallado, y la tendí á Bernardo, exclamando de un modo

significativo:

--¡Pues brinda... ó reza! para que se logre un plan que tengo yo... Si

se logra, asegurarás el pan á algunas familias.

Bernardo echó mano á su copa, y antes de alzarla, fijó en mí las

fascinadoras pupilas. A mi parecer, me registraba el cerebro, me veía la

conciencia y me leía como se lee un abierto libro.

De pronto, con súbita decisión, tendió la copa, la acercó á la mía, las

chocó, y pronunció majestuosamente:

--Brindo ahora... Rezaré después. Deseo que se logre tu plan... pero una

vez sola ¿entiendes? Una sola.

Consideré sellado el pacto. En mi superstición de jugador lo había

ensayado todo, jitanas y _mediums_, amuletos y pueriles conjuros...

todo, excepto interesar á Dios por el cebo de la caridad, partiendo mis

ganancias con el Arbitro supremo, cuya previsión sirve al ciego azar de

invisible lazarillo. ¡Poner al cielo de mi parte! Sí, porque el cielo

tampoco podía _querer_ que yo ejecutase la resolución postrera y

definitiva, la única que cortaba el nudo infernal de mi destino...

Así que terminó la cena, me levanté, alegué una excusa, dejé á Ventura

malhumorada y á Bernardo meditabundo, y salí desalado, á jugar, no ya el

dinero, sino la honra y la existencia, la existencia que en aquel

momento me parecía tan seductora, tan digna de ser vivida, entre los

halagos de una mujer enamorada y la luminosa sonrisa de un querubín que

me pedía protección y ayuda para andar, cogiéndose á mis piernas...

Por las calles se oía tumulto de gentío, repique alegre de panderetas,

rasgueos de guitarrillo; en las casas, la luz se filtraba delatando la

reunión de los que se quieren en íntima fiesta; y yo pensaba, mientras

el coche que había tomado á mi puerta iba rodando hacia el Casino: «Si

marro, esta es mi Nochebuena última.»

¿Sabéis lo que se llama una suerte desatinada, increíble, loca? Pues así

la tuve yo desde el primer instante. Sobraban horas para jugar, y

estaban allí los puntos fuertes, los de repleta cartera y crédito firme.

Sin tregua los arrollé: no recuerdo vena igual: parecía cual si viese al

trasluz las cartas que iban á salir, ó un poder invisible me dictase la

puesta. Como si Dios se esmerase en cumplir el pacto, mi vena aumentó

desde que sonó la media noche.

Al regresar á mi domicilio, entré en el cuarto de Bernardo. El cura

estaba despierto; me esperaba sin duda.

--Acuéstate--le dije,--y duerme bien, que mañana tendrás con qué dar á

esas familias pobres el pan del año.

Vi en el expresivo rostro del sacerdote indicios de perplejidad y

zozobra. Comprendía perfectamente el origen del dinero que yo venía á

ofrecerle en cumplimiento del trato, y su conciencia batallaba con su

pasión de hacer bien, de consolar penas, de enjugar lágrimas. Débil, por

fin, vencido del deseo, sacudido por una trepidación interior que le

enronqueció la voz siempre sonora, me cogió las manos entre las suyas, y

murmuró:

--Acepto... Venga... Sólo que ¡acuérdate!... La condición...

--Hoy ha sido la última vez: palabra de honor--respondí adelantándome á

su ruego.

* * * * *

No sé si me creeréis, pero no he jugado más desde aquella Nochebuena. Al

principio se me crispaban los dedos y la cabeza se me desvanecía con el

ansia de volver á probar las amargas delicias del juego; después, poco á

poco, vino la calma: el olvido ¡nunca! Negocié, labré una fortuna, y

aprendí que puedo usar de ella, pero no abusar. Sé que soy depositario.

El dueño está arriba.

DE NAVIDAD

Este cuento pasa en el siglo XVI, en una de esas ciudades de Italia que

gobernaba un tirano. Llamémosle á la ciudad, si queréis, Montenero, y á

su tirano Orso Amadei.

Orso era un hombre de su época, feroz, desalmado, disimulado en el

rencor, implacable en la venganza. Valiente en el combate, magnífico en

sus larguezas y exquisito en sus aficiones artísticas, como los Médicis,

festejaba en su palacio á pintores y poetas y recibía en su cámara

privada á los sospechosos alquimistas de entonces, que si no

consiguieron fabricar oro, no ignoraban la fórmula de destilar activos

venenos.

Cuando á Orso le estorbaba un señor, le atraía, jurábale amistad,

comulgaba con él--¡horrible sacrilegio!--de la misma hostia, le sentaba

á su mesa... y en mitad del banquete el convidado se levantaba con los

ojos extraviados y espumante la boca, volvía á caer retorciéndose...

mientras el anfitrión, con hipócrita solicitud, le palpaba para

asegurarse de que el hielo de la muerte corría ya por sus venas.

Con los villanos no gastaba Orso tantas ceremonias: los derrengaba á

palos, ó los dejaba consumirse de hambre en un calabozo.

Orso era viudo dos veces: á su primera mujer la había despachado de una

puñalada, por celos; á la segunda, la única que amó, se la mató en

venganza Landolfo dei Fiori, hermano de la primera. Esta no había dejado

hijos: la segunda sí, una hembra y dos varones. Perecieron los varones

en un oscuro lance militar, una emboscada que tal vez preparó el mismo

Landolfo, y quedó la niña Lucía, para continuar la maldita familia de

Amadei.

Discurría ya su padre el Príncipe con quien desposarla, cuando Lucía

declaró que deseaba tomar el velo. Orso se desesperó, porque, á su

manera, adoraba á aquel último retoño de su raza; mas no hubo remedio;

la voluntad de Lucía se impuso, y la niña entró en un monasterio de la

Orden de Santo Domingo, en que había florecido Catalina, llamada

_Eufrosina_, á quien el mundo venera hoy con el nombre de _Santa

Catalina de Sena_.

La tierna juventud, la cándida belleza y la ilustre cuna de la hija del

tirano, aumentaron el asombro de su penitencia. En un siglo ya pagano,

renovó las duras penitencias de edades más fervorosas.

Su alimento era un puñado de hierbas cocidas; su cama dos quilmas sin

paja; su ropa interior un burdo tejido de Cilicia, que llagaba la

delicada piel; y cuando se levantaba á orar, en las noches de Enero,

después de tomar una hora de descanso sobre las losas húmedas, que

quebrantaban sus huesos todos, apenas podía sostenerse de debilidad y

las palabras del rezo se confundían en su boca.

Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no había nacido para la

mortificación y el dolor, sino para agotar las alegrías de la vida, para

recrearse en el grato sonido del bandolín, en el armonioso ritmo de las

estancias de los poetas, en la magia del color, en la dulce y misteriosa

calma de los jardines, donde sonreía la eterna hermosura de las estatuas

griegas,--y sólo el peso de ajenas culpas y el anhelo de la expiación la

habían arrojado palpitante de angustia y de terror al pie de los

altares, donde á cada minuto recordaba involuntariamente el mundo y sus

goces.

Como Catalina de Sena, más de una vez se vió asaltada por tentaciones

impuras y por imágenes engañadoras y burlonas; pero abrazada á la cruz,

resistió heroicamente; lloró, se hirió las carnes y, al fin, conoció su

victoria en la paz que descendía á su espíritu. Arrobos y dulzuras

inexplicables sucedieron á los desfallecimientos, y Lucía se sintió

consolada.

Llegó la Navidad, aniversario de su profesión. Vino la Nochebuena,

acompañada de mucha nieve; pero cuanto más espeso era el sudario que

cubría el huerto del convento, más calor notaba Lucía en su celda

solitaria; una ilusión singular le mostraba, al través de los

emplomados vidrios, que en lugar de copos de nieve llovían sobre las

ramas de los árboles y sobre la dura tierra millares de azucenas

nítidas, finas como plumas arrancadas del ala de los ángeles.

Sembrado de azucenas estaba todo, y la blancura del jardín despedía una

claridad que alumbraba la celda con rayos de luna, más vivos y lucientes

que la misma plata. De pronto, envuelto en olas de luz apacible, Lucía

vió á un precioso Niño; una criatura que sonreía, que tendía los

bracitos, y á quien la monja recibió enajenada en ellos.

--Esta noche--dijo el Niño amorosamente--he querido favorecerte, Lucía,

y en vez de nacer en el pesebre, naceré en la celda donde tantas veces

me has invocado.

Lucía permaneció algunos instantes fuera de sí; el favor era

extraordinario y, en su humildad, no se creía digna de él. Apenas pudo

recobrarse, juntó las manos y se postró implorando al Niño.

--Si quieres que sea dichosa tu sierva, Niño, mi Niño del alma...

concédeme lo que voy á pedirte. ¡Ah! Es cosa grande y difícil,--pero si

tú no puedes realizar imposibles, ¿quién los realizará? Acuérdate de lo

que he luchado, acuérdate de mis sufrimientos... y en vez de nacer aquí,

dígnate nacer en otro lugar oscuro, horrible, desolado... El corazón de

mi padre, Orso Amadei.

Halagando el Niño con sus manecitas el rostro de la penitente, la miró

lleno de tristeza.

Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos · 第 1 / 13 段