La educación del Rey fué como correspondía. Se procuró, sin fatigar su

espíritu, darle una cultura apropiada, y teniendo muy en cuenta la poca

fortaleza de sus primeros años, se tendió a su mejoramiento progresivo

físico, al cultivo prudente y eficaz del _corpore sano_. De ahí que

desde niño se haya aficionado a toda clase de deportes, sin menoscabo

de sus condiciones intelectuales y sin descuido de una instrucción

tan metódica como variada. Los principales principios científicos

y literarios, la historia y las disciplinas militares le fueron

inculcados. Inútil decir que la religión tuvo la mejor parte, en quien

debía ostentar el hispánico y consagrado título de S. M. Católica, y en

quien tuvo por padrino al Pontífice León XIII. Una vez en el caso de

tomar esposa, eligió a la bella princesa protestante que, convertida

al Catolicismo, trajo sus prestigios y encantos al Palacio de Madrid.

Entre la reina Cristina, maternalmente amorosa, austera y tradicional,

y la reina Victoria, primaveral, reina de cuento azul, se alza la

figura del rey joven, mirando hacia el porvenir en los comienzos del

siglo XX. Es un rey caballero. Es un rey _gentleman_. No es un rey

fanático, ni un rey del pasado. Es de su instante histórico, sin perder

natural y felizmente el antiguo e invariable concepto de la jerarquía,

base de todo Gobierno monárquico. Ama el aire libre, la agilidad, el

vigor. Dichosamente libre de la oratoria, en otros soberanos tan puesta

de manifiesto, sabe hablar cuando la ocasión llega, y sabe conversar.

Posee algo que atrae a las muchedumbres: la simpatía, y algo que seduce

al mundo: el valor. Es uno más de la serie de los ilustres Alfonsos de

España.

Para el soberano de España no haré nunca mejor que repetir la

enumeración de un mi pasado capítulo de mi _España contemporánea_,

sobre los ilustres Alfonsos españoles:

«El I, férrea flor de Covadonga, todavía con la pura savia goda,

fuerte como un roble de sus bosques, lancero formidable de Cristo,

terror de la morería, y en el corazón primitivo un diamante de nobleza;

el II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales,

hombre de lecturas y meditaciones, Alfonso _el Casto_; el III, _el

Magno_, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud, terror

del mogrebita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más

tarde el César Carlos V buscaría en un monasterio la tranquilidad

espiritual; el V, el de los buenos fueros, legislador y espíritu de

Consejo, también luchador feliz con los infieles y sostenedor de la

fe; el VI, que aparece soberanamente a su lado la figura del mío Cid

el rey de la conquista de Toledo, y que tuvo la previsión de ver hacia

abajo y favorecer al pueblo con leyes bondadosas y fueros justos; el

VII, Alfonso _el Emperador_; el VIII, que perpetuó el nombre suyo en

las Navas de Tolosa; siendo después, al propio tiempo que caballero de

combate, amante de la Sabiduría el IX; el X, formidable figura, cerebro

y brazo, el rey de las Partidas, alquimista y poeta, astrónomo y

filósofo, cuya palabra aun se escucha y se escuchará en los siglos, ya

comience: «Ficieron los omes...», o inicie los balbuceos encantadores

de sus toscas estrofas; el XI, que juntó la habilidad política al

vigor militar, monarca de largas vistas y uno de los más amantes de

sus súbditos; «y a quien verá muy cerca--agregaba--animado por la

palabra maternal, por el inmediato eco de su vida; será su padre. Será

para él el rey modelo y honrará la memoria de _el Pacificador_. A él

le ha tocado un tiempo de decadencia de todo ideal, de despertamiento

de odios, de exacerbamiento de pasiones y violencias sociales, de

locuras colectivas que se traducen en furiosos ímpetus aislados;

de ansia de goces, agonía de esperanzas y luchas terribles por la

consecución del dinero. El Dinero, el Dios de la época. El bíblico

Becerro del Sinaí, multiplicado en los toros auricoronados que se

apacientan en el Far West y en las Pampas, y que se propagan por toda

la redondez de la Tierra entre una creciente desbandada de águilas y

cisnes». Acontecimientos posteriores han puesto a la vista del mundo,

en muy hermosa luz, la figura de ese excelente príncipe, que ha podido

dignamente encarnar la España moderna, conservando las dos virtudes

tradicionales de su país: inteligencia y valor. Recordé al comenzar

este artículo a M. Paoli, el veterano conductor de reyes. Concluiré

con una frase suya referente a Don Alfonso XIII; _C'est un charmeur_.

¿Y cómo podría ser de otro modo puesto que es hijo de aquel rey querido

del pueblo que se llamó Don Alfonso XII y de Doña María Cristina, que

junta a la amabilidad personal más exquisita, la dignidad de las más

rígidas aristocracias?

[Ilustración]

[Ilustración]

EL GENERAL D. RAFAEL REYES

La política suele velar con nubes engañosas las proporciones de las

altas figuras. No sean esos vapores transitorios un obstáculo para el

buscador y ensalzador de las bellas verdades.

He conocido a un ex presidente de Colombia, que ha demostrado, antes

de ocupar el más elevado puesto de su patria, como en la tradicional

tierra de los talentos literarios la acción es también demostrativa de

la fuerza vital de tan glorioso país. Reino de sueños, pero asimismo,

con sus héroes y trabajadores, república de energías. Hubiera habido

paz desde luengos años, y ya vería allí el mundo otro emporio de labor

y riqueza hispanoamericano.

Al tratar al general D. Rafael Reyes uno encuentra, desde luego,

esa cultura colombiana, distintiva y propia, que hiciera antaño de

Bogotá la primada de las letras de América, algo como el _Alma mater_

continental. Se sabe que se habla con un militar, con un explorador,

con un varón de hechos, y sin embargo, surge el hombre diserto, el

conversador sagaz, el estudioso y el cultivado; y si se han leído las

narraciones de ese bravo _pioneer_, que supo de bregas y de penas en

el corazón de ásperas selvas, hay que saludar a un descendiente de

aquellos conquistadores, hierro y fe, que asombran a la Historia.

Hablando de tales hazañas del general Reyes, ha escrito estas palabras

Santiago Pérez Triana: «...recorrió en su juventud aquellas inmensas

selvas (las marañas amazónicas) realizando en ellas, en compañía de sus

hermanos D. Néstor y D. Enrique, labores de explorador dignas de los

más heroicos esfuerzos en ese fecundo campo de la actividad humana,

de cuantos registra la historia americana desde las atrevidas y cuasi

temerarias empresas de los conquistadores hasta nuestros días. Cuando

se escriba la historia, cualesquiera que sean los veredictos que ella

pronuncie sobre los hechos de su vida, respecto de los de cualquier

hombre, que en lo general poco pueden vaticinar los contemporáneos,

seguramente habrá una hermosa página en que se consignen los esfuerzos

hechos para llevar la civilización a aquellas regiones de la patria

colombiana, tan remotas de los centros habitados por el general Reyes

y por sus dos hermanos, esfuerzos consagrados, como si fuera por el

martirio, ya que dos de los exploradores pagaron con su propia vida su

atrevida incursión en la selva primitiva».

Pues la obra de este colombiano eminente es de aquellas que en

países europeos se vinculan a la propia grandeza de la Patria, y la

que ha hecho el renombre y el reconocimiento debido a los Brazza, a

los Shakleton, a los Marchand. Las Sociedades geográficas del mundo

han sabido apreciar la labor del general Reyes, y el nombre de este

prestigioso americano ha sido honrado con el elogio de los sabios

europeos.

Cuando, lejos de los combates de partido y las malezas políticas--más

llenas de azares y peligros que las de las florestas vírgenes--el

general Reyes ha venido al viejo continente, ha sido recibido en todas

partes con la imparcial justicia que es debida a sus merecimientos.

Y ha sido sobre todo en la Madre patria, en la tierra de las

hidalguías y de los nobles heroísmos, donde se le han hecho mayores

manifestaciones de cordialidad y de aprecio, como si se viese en

él, a quien, como he dicho antes, es un vástago de los audaces y

luchadores caballeros que hicieron en América poemas de vida y de

acción, cantos de gesta realizados. Nada tiene que ver el consenso

universal de intereses, de pasión, de disensiones de hermanos, en las

interioridades de un país, de un Gobierno o de un partido, cuando

la personalidad tiene sobre las circunstancias del momento altura y

brillo individuales, que aislan el mérito, poniéndole bien lejos de las

lluvias de dardos que casi siempre caen sobre la cabeza de los hombres

públicos, en nuestras arduas y crespas democracias.

La justicia se hace definitiva, con la sanción inapelable del tiempo,

y la Patria no ve sino los hechos meritorios que señalan en el

recuento a los hijos preclaros y beneméritos. Colombia, entre todos

nuestros países americanos, si ha sido caldeada por tantas hogueras de

guerra y agitada por tantos contrarios huracanes de odios fraternos,

de violencias luctuosas, ha sabido siempre tener el orgullo de sus

_élites_, de la progenie que ilustra sus historias y fastos. Y

tened por cierto, que en el futuro, cuando se hable de las energías

memorables que se han dirigido en pro del verdadero progreso y del

engrandecimiento de la patria colombiana, el nombre del general D.

Rafael Reyes quedará ante los ojos de las generaciones futuras, en su

definido, indestructible prestigio.

[Ilustración]

[Ilustración]

CANOVAS DEL CASTILLO

Medalla ocasional.

Preciso es no haber conocido a Cánovas del Castillo para asombrarse del

incidente de corte que hoy preocupa a Madrid.

Cánovas es la energía, muy mucho, y un poco la violencia.

Populares son por la caricatura sus ojos, sus espejuelos, sus bigotes y

su imperante gesto.

Cuando Cánovas ocupa la presidencia del Consejo de Ministros, el gran

Palacio Real, rico y legendario, adquiere su verdadera alma; mientras

la honrada y buena reina extranjera recuerda, el pequeño rey juega, y

la infanta Isabel, distinguida _sportsman_, monta a caballo, inicia

fiestas o caza.

Cánovas es de la raza de aquellos fuertes ministros antiguos que eran

verdaderos tutores de los reyes. Y ese andaluz de Andalucía, ese

andaluz «andalucísimo», tiene un orgullo del peso de su talento.

Si no es cierta, es bien inventada la frase que se asegura dijo al

rey Alfonso XII, en ocasión en que este monarca, a quien él había

colocado en el Trono, le manifestó deseos de agraciarle con el título

de príncipe que ostentara antaño el memorable Godoy: «No se preocupe

Vuestra Majestad de eso. ¡Príncipes los hago yo!»

* * * * *

No es el tiempo ya en que la pobre francesa Isabel pasaba por las

torturas de la más apretada e inflexible de las cortes, pero si

hay algún país del mundo en donde la etiqueta sea conservadora y

estricta, es en el país de Felipe II. Y Cánovas, gran cortesano y

gran conservador, tiene el don que hace la fuerza de los hombres: el

carácter.

En vida de Alfonso XII, Cánovas, en sus tiempos de gobierno, fué

siempre el absoluto imperante.

Asimismo profesaba al joven rey un afecto profundo y una lealtad

inquebrantable. A la muerte de Doña María de las Mercedes, y cuando

la reina Doña María Cristina llegó a ocupar su puesto en el trono

de España como nueva esposa de Alfonso, Cánovas fué grande amigo de

la Reina desde el primer momento. Y el anecdotario de esa época es

copioso. Y no es la nota menos saliente el excelente humor del hijo de

Isabel II, que gustaba de la broma, alegre y atrayente Borbón.

Cuéntanse en la corte muchas de esas anécdotas que no sabemos si

quedarán más tarde confirmadas por algún Saint-Simon de la época.

Entre ellas, esta: Cuando la reina Doña María Cristina llegó a Madrid,

y fué esposa de Alfonso XII, no hablaba casi español, y lo comprendía

muy poco. Su real consorte era su profesor.

Un día le dice ella: «Deseo saludar a Cánovas con una frase española

que le agrade, cuando venga mañana».

--«Bien--dice Don Alfonso--dile sencillamente: ¡Qué chispero estás,

Cánovas!»

Al día siguiente, el primer ministro llega y se dirige a besar la mano

de la Reina.

Y ella, arrastrando las erres germánicamente:

--«¡Qué chispeggo estás, Cánovas!»

No se dice lo que contestó el andaluz, pero sí que Alfonso tuvo para

muchos días de buen humor.

* * * * *

Cánovas vive en su mansión de La Huerta, como un potentado. Muchas

veces se ha hablado de esa rica morada en donde vive el primer

estadista del mundo actual, según opinan algunos.

Su _serre_ es famosa, la biblioteca mucho más: todo el recinto es

un encanto, y la emperatriz de todo eso y de D. Antonio además,

es la dama elegante y vivaz a quien los amigos de la casa llaman

concisamente «Joaquina»--doña Joaquina de Osma, una espléndida peruana,

exuberante de vida, hermosa y culta, que habla el español con la _erre_

parisiense. Cierto es que en las recepciones de Cánovas lo que más se

oye hablar es francés.

En casa de Cánovas llama la atención de quien observa la profusión de

los desnudos.

Entre tanto rico mueble y obra de arte, mármol, bronce, _bibelot_, el

desnudo se impone. En cada salón os llamará la atención ese detalle.

Sobre todo, en el jardín, si os acercáis a una magnífica gruta,

adornada de enredaderas verdes y frescas, en donde el agua cae y gotea

armoniosamente, veréis una ninfa de tamaño natural, blanca, de mármol

puro y línea admirable y de una gracia mastoidea y calipigia que os

hará pensar en muchas mitologías.

Entre todas esas elegancias, la dueña de casa discurre llenando con su

amable presencia y animando con su conversación los grupos de invitados

en las recepciones.

En esas fiestas el talento del viejo Cánovas chispea.

Quien estas líneas traza, hale visto y oído entre un sinnúmero de

personajes de distintas nacionalidades, con un tacto que revelaba la

frecuencia de la vida cortesana y diplomática, hablar a cada cual

de lo que más de cerca le interesaba, sin olvidar nombres, detalles

personales, títulos de libro, cuestiones, anécdotas y toda suerte de

asuntos. Y el viejo Cánovas, con la firmeza de quien conoce su poder,

vibraba, iba y venía, tan lleno de una brava y contagiosa juventud.

* * * * *

En su mesa solía reunir, en la época a que se refieren las anteriores

palabras, a algunos americanos. Sus preferidos eran el mejicano Riva

Palacio, el argentino Quesada, el centroamericano de Peralta, y algún

otro.

Siempre tiene extranjeros notables invitados.

Su mesa es de primer orden; aunque no iguale a la luculeana mesa

de Castelar. Allí, al amor de los mejores vinos, se oye un alegre

brotar de ideas, de ocurrencias, de alusiones, de anécdotas en que

el anfitrión muestra toda su Andalucía, y doña Joaquina su Lima, su

París y su Madrid. Y uno ve al vigoroso ministro, lleno de vida, con

sus cabellos blancos, relampagueándole los ojos, gesteando como un

dominador.

Y se explica que en el Palacio Real Su Majestad la Reina Regente se

apresure a presentarle sus excusas después de un caso como ese de la

salida al balcón.

Doña María Cristina no ha leído las cartas de Isabel de Francia.

20 mayo 1897.

[Ilustración]

JOSE PEDRO RAMIREZ

Es en la vida pública como en la privada, este gran repúblico uruguayo,

como en su credo político y en el civismo que nos muestra en la

historia contemporánea de su nación, algo suave que se desliza por

senderos cercanos a vergeles revestidos de paz y de amor.

Obediente sólo a los deberes de su conciencia, alerta siempre a las

naturales exigencias y necesidades de su patria, toda su existencia la

encamina al cumplimiento del deber; y con facilidad traspasa, alta la

frente, tranquila la mirada, todos los escollos de todas las miserias

sociales por las que pasó, como tantos otros prohombres, como son

concusiones, ignominias y hasta crímenes, que pudieron atajar su paso

por la vida política.

Pero esto pasó ya, y obtuvo gallardamente sus reivindicaciones. Así, en

cierta ocasión, el presidente Batlle, que por cierto estaba de él algo

distanciado, dijo, para hacer callar a determinados murmuradores:

«A fin de que la actitud del Dr. Ramírez no se despoje de la majestad

que le rodea, es necesario no se falte al más humilde de los habitantes

de la República, y el que tal haga, o será castigado o derribará

a dicho ministro, porque su política no es de mañas ni astucias,

sino política de actitudes francas y decididas.» Cuando estalló la

guerra civil, calamidad perniciosa que sufrieron la mayoría de las

jóvenes repúblicas americanas, y después de varias tentativas para

el restablecimiento de la normalidad, que, claro está, resultaron

infecundas, se recurrió a él, como caso extremo. Enfermo como estaba,

prometió su decidido concurso, y lo cumplió con sagacidad y fe. Salió,

pues, a través de campos verdes, que bien podían simbolizar para él

esperanzas; enarbolaba la bandera de paz, y a poco de comenzadas las

negociaciones, por doquiera que pasaba, surgían los vítores y saludos;

y los labradores abandonaban las armas y tornaban a los aperos, y

las mujeres y los niños agitaban sonrientes sus pañuelos en señal

de albricias. Al encontrarse con un regimiento mandado por Mesa, los

bravos soldados, estimulados por sus jefes, levantaban sus quepis y le

saludaban, como debe saludarse a un varón bienhechor, porque ya todos,

militares y revolucionarios, el pueblo entero, parecía aspirar al

consuelo de la paz.

Pero anotad esto también. Más tarde ¡acaso seis años después! la

República hierve nuevamente en otra guerra civil; y de ahí a poco, el

Sr. Ramírez es de nuevo requerido. Noble y lealmente, lleno de bondad y

bríos humanos, se lanza a calmar el estallido que amenaza.

La labor es más costosa, su gestión más ardua; pero al fin logra vencer

dificultades, y si hubo de luchar por conseguir el éxito, mayor es la

gloria que, como nimbo, corona sus esfuerzos; y mayor es la ansiedad

pública, por explotar de júbilo ante el hombre ya dos veces benemérito

de su patria.

Y es de ver en esta ocasión, como en la pasada, al pueblo de todas

las ciudades que corre a amontonarse a su encuentro, vitoreándole,

abrazándole, atropellando a éstos los otros que les siguen; y cómo

desde las terrazas y azoteas, en aceras y balcones, no se ven sino

flores que caen a su paso y llenan su coche, ni se oyen más que

palabras gratas, llenas de sonoridades, que celebran al mensajero de la

concordia.

El Dr. Ramírez presidió en 1886 el ministerio de la Conciliación.

Nadie como él ofreció testimonio más alto de patriotismo e integridad.

Desde entonces, su nombre es popular, su prestigio aumentó, y su

moralidad fué saludable. Pues, ¿quién pudo añadir al ardoroso ímpetu

que señalan sus grandes entusiasmos iniciales, la serenidad equilibrada

y heterogénea que se sobrepone al espíritu, al contraste en la lucha?

Fué periodista, y en el periodismo pasó la parte más agitada de su

existencia; y las páginas más intensas de la vida nacional uruguaya

nacieron de su pluma.

Por esto pláceme mucho, en ocasión en que acaba de ser glorificado por

su patria, ofrecer al prestigioso representante del alma de su país,

a esa figura respetable y respetada, ajena en la actualidad a las

pasiones del momento, un homenaje, la confirmación del reconocimiento

de tan gran patricio, cuyos títulos cívicos y méritos intelectuales

y morales testifican su personalidad política y bienhechora en la

República Oriental del Uruguay.

[Ilustración]

CASTELAR

No hace mucho tiempo he hablado de mi entrevista con Castelar. Debía

ser la última. Ya reposa en San Isidro, junto a los huesos de su

hermana. Su caída ¡buen roble! conmovió al mundo. Cuando le vi, cuando

le hablé por la postrera vez, ya estaba señalado por la Intrusa,

pálido, enflaquecido, viejo, él que fué todo juventud y vida. Partió

al imperio silencioso de lo no sabido, después de haber clarineado su

verbo de poeta de las multitudes hacia los cuatro vientos del espíritu.

Y España queda hoy sin su representativo emersoniano, sin el hombre

noble que fué en su siglo lengua y gesto de su raza, como Italia sin

Garibaldi, Inglaterra sin Gladstone, Alemania sin Bismarck y Francia

sin Hugo. En su tierra ardiente y sonora fué el crisostómico parlante y

el caballero de su ideal. Ahí queda la inmensa Mancha democrática por

donde cabalgó en su pegaso-rocinante; ahí los molinos de viento, ahí

las armas de su lírica grandilocuencia, que nadie moverá; ahí Dulcinea,

sin más enamorado verdadero que el frío y analizador Pi y Margall.

Español de España, español netísimo, con toda España en el corazón y

en el cerebro, era la concreción del orbe cervantino; en el generoso

combate de su ilusión no se ocultaba Don Quijote; como Sancho mismo,

no dejaba de comparecer en su célebre buen apetito. Cuéntase que Taine

en una ocasión, al verle en la redacción del _Journal des Débats_,

preguntó desdeñoso: «¿Es ese el famoso canario español?» Cierto, un

alma de pájaro de Floreal, como el ruiseñor Lamartine, pero a quien no

faltaba la fuerza para la realización de obras enormes, así la libertad

de los negros de las Antillas. Quedará en los siglos el recuerdo de

esta singular figura en el décimonono la más alta de España entre las

altas de la tierra; y aparecerá, a medida que el tiempo vuelque su

urna, rodeado del resplandor que tan solamente ofrece a los preferidos

suyos la divina Poesía. Fué uno de los más potentes órganos de la

Humanidad. Por su boca habló el espíritu de su patria, y, siempre

en obra de bien, si algunas veces no le prestó su apoyo la Verdad,

jamás dejó de escudarle con sus alas mágicas la Belleza. Sus mismos

errores caían vestidos de púrpura. Era el apolonida de la Democracia,

el decorador de sus ambiguos y confusos laberintos. Hermosa llama

latina, de esas llamas guías de pueblos que el Sol de Dios enciende en

las naciones para que señalen los saludables rumbos, o para que a su

rededor se junten los hombres y realicen hechos grandes. Aquella alma

venía de Atenas, cuando fué a encarnarse un día en la fenicia Cádiz;

venía de Atenas, después de haberse impregnado de Oriente; de este

modo explico la pompa asiática de su discurso y el amor a las bellas

líneas, la pasión pitagórica de los celestes números y el imperio de la

música bajo el cual hacía galopar sus cuadrigas de ideas y sus tropas

de palabras. En su huerto, junto a las flores andaluzas, se alzaba un

esbelto y reverdecido plátano, rama un tiempo del que movieran las

brisas de Academo, mientras fluía, como el agua de la fuente de mármol,

la doctrina platónica.

Cabezas: Pensadores y Artistas, Políticos Obras Completas Vol. XXII · 第 4 / 6 段