que admirar por fragmentos: ya un fresco vasto, ya una estatua del
más blanco pentélico, ya un bajo relieve, en que las frases van como
ordenadas teorías de graciosas jóvenes o danzantes efebos. Fué un
gran cultivador del entusiasmo. Y si ya en los postreros años de su
existencia tuvo alguna vez que padecer tristezas y decaimientos, para
morir, viejo gladiador, supo esculpir su última actitud en el discurso
que cierra la diluvial serie comenzada el 1854 en el Teatro de Oriente,
discurso en que volvió a surgir su elocuencia empachada y sonora,
para mostrar el camino que hay que seguir, según su entender, a los
partidarios de la República. Su elocuencia cautivó a las generaciones
que escucharon el decir de sus labios de oro. Se recuerdan sus
discursos como hermosas manifestaciones de la Naturaleza, inusitados
iris o boreales auroras: «Yo le oí tal año». «Yo en tal otro». En el
tiempo de su aparición, el principio democrático era lo más avanzado,
lo más atrayente para los espíritus libres, la fórmula del progreso.
Él se consagró por tal manera, y con pasión tanta, que al saber su
muerte, los españoles demócratas no han podido menos de exclamar:
«¡La democracia ha muerto!» A aquel inconmovible individualista no
pudieron ganarle los mirajes aurorales del movimiento social de estos
últimos años; y discurso suyo hay en que combatiendo al socialismo,
maravilla su esfuerzo de soñador, al resonar delante del muro de la
verdad la suntuosa orquestación de sus líricos argumentos. Porque,
ante todo, fué el orador, el hombre que convence encantando, o que,
aunque no convence, canta y encanta. Parecía que, como en lo antiguo,
un flautista maestro acompañase sus oraciones, tal era la melodiosa
geometría, el hilo armónico, la sucesión de ondas verbales regidas por
un compás, en la musicalidad de los giros; y él propio se escuchaba
como deben hacerlo las aves de más fino canto y los poetas orgullosos
de haber visto cuanto es crespa y dorada la crin del Dios de arco de
plata. No olvidaré una noche, en una recepción dada por doña Emilia
Pardo Bazán, a los delegados americanos a las fiestas colombinas, el
año de 1892. Castelar había concurrido, y como en todas partes en donde
Castelar estaba presente, un corrillo se formó alrededor suyo, en uno
de los salones. Nadie hablaba, fuera de Castelar, porque es sabido
que en su presencia el primer deber era la atención. El tema de sus
palabras se relacionaba con la oratoria, y vino él a recordar a este
propósito a los distintos oradores que había oído en su vida. Y como
su excepcional memoria estaba siempre lista, ilustraba sus recuerdos
con citas y fragmentos de discursos. Así nos pintaba a Gambetta, de
tal guisa que le veíamos encarnado delante de nosotros, y luego decía
una parte de un discurso de Gambetta, a Víctor Hugo, y luego decía un
trozo de discurso de Víctor Hugo, y así de varios oradores extranjeros.
Después llegó a los españoles, y comenzando con Ríos Rosas, recorrió
buena parte de la lista de bravos oradores con que cuenta este país
de varones verbosos, explicando sus maneras y facultades hasta llegar
a él mismo, y entonces se nos transfiguró momentáneamente, se nos
presentó con sus atavíos reales. Y a pedido de un amigo circunstante,
trajo a su memoria una parte de su célebre discurso del 12 de abril
de 1869, pronunciado en ocasión famosa, y que hizo pensar a su propio
contrincante el cardenal Manterola si no tendría ante sus ojos un nuevo
Saulo. Aun veo los ojos iluminados y la mano como guiando el período:
«Grande es el Dios de Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña,
la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero
hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso
Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una
cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y
sin embargo diciendo: «Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos,
perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que hacen». Grande
es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor;
grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande
la religión del perdón misericordioso: y yo, en nombre del Evangelio,
vengo aquí a pediros que escribáis en vuestro código fundamental la
libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre
todos los hombres». Se recordarán sus discursos célebres, en lo futuro,
como hoy las históricas arengas de Demóstenes; desde el primero en
que se presentó como aeda y paladín de su amada Democracia, hasta el
último en que ya para morir, apóstol consecuente, dejó su disposición
testamentaria de política, fiel a su credo republicano; señalada la
larga carrera por las innumerables brillantes estaciones, entre las que
más resplandecen el discurso en favor de la libertad religiosa, que
es el de la redención de los esclavos de Cuba, y al cual se refería
cuando oí de su boca la frase admirable: «Yo he libertado a doscientos
mil negros con un discurso»; el del sufragio universal, de ágil y
elástica dialéctica; el de la entrada a la Real Academia de la Lengua,
lección colosal de un lirismo cósmico; el de París, en la Sorbona,
cuando los estudiantes le recibieron con el aplauso clásico, como a un
nuevo Lulio.
Lejos la oratoria amartillada de los hombres del Norte, en la suya
reventaba como una rosa de color perenne el sol Meridional; suya era la
profusión y la riqueza latinas, y nunca se escuchó, en lo inmenso de
los siglos, más rítmico y sonante torrente en cátedra o tribuna. Los
franceses, tan parcos con lo extranjero, le admiraron y celebraron,
en su francés claudicante, o en el español de bronce y plata que no
comprendían al oirle. ¿Qué importa que dijese, como en una ocasión: _La
France, cette «belle soeur» de l'Espagne_? Tras la sonrisa del oyente
venía la tempestad de la ovación, pues el orador soberano triunfaba
contra el mal políglota. Hugo le tenía en su alto valer, y sabida es
la anécdota en que el César de los poetas le ofreció, al sentarse a
su mesa, una silla imperial: «Os he señalado esta silla, en que se
sienta siempre D. Pedro del Brasil.--¡Pues no me siento!»--respondió
Castelar, fiel hasta en esto a su idealizada Aldonza Lorenzo. Nuestro
compañero Ladevese cuenta las acogidas respetuosas y afectuosas, en
casa de madame Adam, de Cernuschi, de la Rattazzi, las intimidades con
políticos como Thiers y Gambetta y Julio Simón. Francia, como el mundo,
veía en Castelar la encarnación de España; de la España caballeresca
e idealista, hidalga y pintoresca. Oxford quiso escucharle, invitó a
su «doctor» honorario para que fuese a dar conferencias, y él declinó
la honra. A América pensó ir en varias ocasiones, pero, por desgracia,
se cumplió lo que yo decía en 1892: «Castelar no irá nunca a América».
Y en América quizás más que en parte alguna, su palabra resonaba como
una campana de gloria. Los yanquis le avaluaban abiertamente: si la
Libertad de Bartholdi tiene la antorcha, Castelar «tenía la palabra».
Sus discursos niagarescos fueron más de una vez por el cable; los
_magazines_ no le quitaban la mira y los dólares venían sin regateo. En
nuestra América de lengua Castellana, no habrá pueblo o villorrio donde
no haya llegado su fama. Creo, sin equivocarme, que en la República
Argentina hay una colonia o villa que lleva su nombre. Y él amaba
a la América nuestra, agradecido. Es el momento de manifestar cómo
fué para ese continente gran parte de su producción, ya en tiempos
de destierro penoso, ya en el apogeo de su existencia, tan solamente
interrumpido su trabajo cuando se excusara con la dirección de los
diarios de que era corresponsal, por verse obligado a suspender la
labor «a causa de tener que ocupar la presidencia de la República
española»; y cómo tenía en el recuerdo de su gratitud a _La Nación_,
de Buenos Aires, y al _Monitor Republicano_, de Méjico, entre todas
las publicaciones que fueron honradas con su colaboración. Y América
toda fué con él siempre simpática, a pesar de aquel resentimiento
memorable, cuando el político lírico quisiera ser político práctico y
pronunciara la trascendente frase: «Antes que republicano soy español».
Pues fué siempre el levita fanático, inspirado ante el fatal resplandor
del ídolo Patria; y a la suya salvara, como se observa justamente
después de la reciente catástrofe, en ocasión en que ejerciendo la
presidencia de la República, estuvo en un cabello que no se rompieran
las relaciones entre España y los Estados Unidos por la cuestión del
_Virginius_. Jovellar estaba en Cuba y se resistía a la entrega del
apresado barco norteamericano, después de los fusilamientos de cubanos
y yanquis que tripulaban la nave revolucionaria, y entonces fué la
palabra de Castelar, jefe del Estado, haciendo entender al general
«que en España nadie comprende que, ni en pensamiento, se resistan a
cumplir un compromiso internacional del Gobierno, y no comprende que
quiera ser Cuba más española que España. Una guerra con los Estados
Unidos sería hoy una demencia verdadera, y aunque fuera popularísima
la guerra, para esto están los Gobiernos, para impedir la locura de
los pueblos. Recuerde V. E. lo que hizo Thiers cuando los franceses
gritaban: ¡A Berlín!; demostrarles que la guerra sería un desastre. Y
ahí se ha capturado un buque en alta mar, se ha fusilado españoles y
extranjeros, sin esperar a conocer el espíritu del Gobierno central,
que preveía grandes catástrofes, y ahora se quiere cometer la última
demencia desobedeciendo al Gobierno nacional. Todos los argumentos de
los Estados Unidos consisten en decir que España no manda en Cuba,
y van ahora a confirmar ese argumento. No se puede discutir un acto
del Gobierno. Hay que obedecerle. Inflúyase en la opinión; tomándose
las debidas precauciones, entréguese el _Virginius_ y la tripulación
superviviente, de la manera que menos pueda herir el sentimiento
público, pero entréguese sin dilación ni excusa. El mayor servicio que
puede prestarse a la Patria, es obedecerla ciegamente. No mencione V.
E. la dimisión mientras no estén cumplidas las órdenes del Gobierno.
Cúmplalas con rigorismo militar. Y no se vuelva a hablar de Bayona:
allí hubo reyes traidores que vendieron la Patria al extranjero; aquí
hay patriotas que quieren salvarla de las locuras de ahí, avivadas
por una incomprensible debilidad». Esto fué en 1873. Cuán distinto
veinticinco años después el criterio de un Gobierno de hombres _útiles_
que llevó al país a la derrota, al vencimiento y a la mutilación, del
criterio de aquel «poeta» que libró a España de un peligro seguro y
supo ser en sus obras y en sus sueños el primer patriota, el primer
español de su tiempo, el más español de los españoles. Porque desde su
Patmos, desde su Guernesey, desde su nube, desde su trípode, sabía ser
certero en su vistazo aquilino. No era tan iluso cuando dió su flecha
tantas veces en el blanco, cuando llegó bizarramente a la primera
magistratura del Estado, y cuando ya en su vejez, al ver con desilusión
que su república cuasi platónica no correspondía a su himno incesante,
se retiró de la lucha, no sin antes declarar su invariable fe en el
ideal por toda su existencia perseguido y su ningún contacto con la
monarquía. Jamás habló a la Reina Regente. Cuando murió su hermana, a
quien él amaba tanto, la Reina le envió su pésame. En San Sebastián un
día se encontró frente a frente Su Genio con Su Majestad. Su Genio se
quitó el sombrero y saludó. Hubo demócratas que murmuraron. ¿Quienes
fueron esos hidalgos que por tan mal lado tomaban la democracia? Aquel
caballero creía en la caballerosidad. Creía en la Patria. Creía en Dios.
En el liberal, en el hombre de «la fórmula del progreso» había un
creyente. Jesucristo aparecía a sus ojos a través de sentimentales
_vitraux_ en que estaban representados su España portadora de la
cruz y su infancia doméstica: la buena madre, quien a la continua es
nombrada por él como origen de sus creencias religiosas. Cuando habla
de asuntos de religión, su órgano se desborda en los más augustos
_magnificat_, o en los más profundos _misereres_. Sus conferencias
sobre la civilización en los cinco primeros siglos del Cristianismo, su
_Redención del esclavo_, muchos de sus discursos, son la glorificación
cristiana expresada por incesantes fervientes ondas de vocablos, de
frases, saturados de un cálido misticismo, de un misticismo español.
Casto como era, se pensó alguna ocasión en que, cuando cansado de
las fatigas de la vida civil quisiera recogerse en el reposo de su
espíritu, se ordenaría sacramentalmente. Y aun él mismo, al admirar un
día cierta antigua casulla de la Catedral de Avila, dió a entender, con
un decir, que no andaban muy en error los que tenían ese pensamiento.
Un poeta de América publicó una vez un futuro sermón de Castelar en San
Pedro de Roma, que al orador hizo amablemente sonreír. No hace mucho
tiempo su entrevista con el Sumo Pontífice avivó la general curiosidad;
y él propio confesó ser la conversación con el Papa de hondo interés,
pero que no estaba autorizado para publicar nada de ella hasta después
de la muerte de León XIII. Y él ha muerto antes, besando un crucifijo.
El Papa blanco ha podido todavía autorizar que se hiciesen, a pesar
de la liturgia, honras fúnebres a su interlocutor ilustre, en San
Francisco el Grande, con todo y ser las honras el día de San Fernando.
En la religiosidad de Castelar hay algo de profano como en la
religiosidad de Murillo. Sus pinturas de las gracias divinas son
como las pinturas de aquel pintor coloreadas de cierto sensualismo,
que en este caso se agrava con la castidad sabida del imaginativo
artífice de la palabra. Al pintar una virgen se nota en su verba cierta
complacencia humana, y sus ángeles imaginados en la gloria o juzgados
en los cuadros de los Museos, semejantes a esos ángeles voluptuosos que
animara Goya en sus frescos de San Antonio de la Florida, nos parecen
mujeres hechiceras, tan carnales como espirituales. La castidad de
Castelar, bien sabida y explotada por los bufones de copla y lápiz en
las enemistades de la política, fué uno de esos casos de absorción
cerebral en que todas las facultades humanas se condensan en la obra
del pensamiento; casos como el de Juan el del Apocalipsis, que Hugo
ha rememorado en página que no perece. ¿Qué unión, qué matrimonio
no habría podido efectuar este dueño de la fama? Célibe y casto
vivió, célibe y casto murió. Y aquí es de recordar al paso al hombre
privado. Supo pasar buenos años hermosamente, como debe vivir antes
que nadie todo artista aristocrático. Se le tacharon alguna vez sus
lujos y grandezas, sin saber que aquel hombre vivió siempre de su
trabajo apenas ayudado por la fraternal simpatía de señalados amigos;
y que si se regalaba con ciertos lujos, no cabía en ello vanidad
ninguna, sino la comprensión de la estética de la existencia, la cual
tiene obligación de procurar, quien como él poseía, como adorador
y sacerdote de la belleza, el don incomparable del gusto. Los que
fuimos favorecidos con la invitación a su mesa, sabemos lo que Luculo
comía en casa de Castelar. Tenía en esto, como en otras cosas, una
cualidad eclesiástica. Comía con el gusto de un _monsignor_ y con el
apetito de un abad. Tenía la amable costumbre que Quincey nos revela
de Kant; siempre había invitados a su mesa, y, siguiendo la regla de
lord Chesterfield, el número de los que se sentaban, él comprendido,
no era nunca inferior al de las Gracias ni superior al de las Musas. Y
el mejor condimento era su charla monopolizadora del tiempo, a la cual
ayudaba su memoria única con el más copioso anecdotario que sea posible
imaginar. Después en su salón, al conversar, según fueren los asuntos,
se dejaba llevar de su fuga tribunicia, y sus palabras se convertían en
párrafos de verdaderos discursos; y su vibración era contagiosa, y él
se trasladaba en un salto invisible, fuera del momento. Cuéntase que
un día aconteciole encontrarse en molestos apuros de dinero. Era en
invierno y la chimenea estaba encendida, como su conversación, sobre un
asunto político, delante de varios íntimos. Llega una carta de América,
con una letra por mil duros. Grata sorpresa que interrumpe un instante
su hablar. Pero continúa, con carta y letra en la mano; el discurso,
a poco, se precipita, y con una frase rotunda y un gesto supremo,
carta y letra hechos nerviosamente una pelota, ya están ardiendo en la
chimenea. Otra vez hizo aguardar largas horas a un personaje político,
cuya presencia en la antesala se le anunciaba repetidas veces, porque
le tenía asidos lengua y pensamiento una disertación sobre Botticelli
y los primitivos. Y de la casa en que aquel obrero tenía el obrador
mental puesto para servicio de tantos diarios y revistas del globo,
salía mucho bien, mucho favor personal, mucho consuelo a los pequeños,
apoyo intelectual a quien lo necesitaba, consejo o aplauso, y la ayuda
eficaz al pobre que le pedía, pues entre los humildes como entre los
grandes, entre las palmas y lauros sobre los cuales sobresalía su
calva cabeza pensadora, resplandecía la virtud moral de aquel hombre
sencillo, de aquel corazón bueno.
Por eso su muerte ha causado un doloroso estremecimiento en España
entera, paralelo al estremecimiento simpático del mundo. Había ido
Castelar a buscar vigor a la orilla del Mediterráneo--el mar tantas
veces cantado en sus hímnicas proas--; había ido después de su último
esfuerzo en la arena política, cuando los republicanos le rodeaban como
al hombre fuerte de las pasadas campañas, creyendo ver en él la salud
de la patria hoy tan maltrecha y extenuada. Pero así estaba el tribuno,
el que sufrió tanto con el gran desastre, y que sintiendo llegar su
última hora, comunicó en una carta a una amiga extranjera: «Muero
con la agonía de España». Una tarde, a la orilla del mar, ve a unos
pescadores y se acerca a ellos. Los peces que se asfixiaban saltando
sobre la tierra, fueron para él triste impresión: «¡Si iré a morir
como estos peces, faltos de oxígeno!» Y así murió. Al día siguiente
de la noticia, mientras el pueblo de Madrid comentaba ya la actitud
de un ministro incorrecto y falto de seso, cerca de la Puerta del
Sol tuve una sensación que jamás se borrará de mi memoria. Un ciego,
de esos que aquí andan por las calles pidiendo limosna, improvisando
coplas de actualidad al son de sus lamentables guitarras, cantaba en
tono doloroso delante de un círculo de transeúntes que aumentaba a
cada paso. Por curiosidad me detuve, al oir en el canto el nombre de
Castelar. El pobre coplero del arroyo, en versos muy malos decía cosas
sentidas y húmedas de llanto sincero; y aun no sé qué arte singular
hacía coincidir su pena con el decir ingenuo, el acompañar de las
cuerdas afónicas de aquel instrumento imposible. Cuando volví la vista,
las mujeres lloraban; los obreros tenían las caras serias y tristes. Y
la maligna política apareció, con el instinto popular que sabe soltar
su avispa certera para que pique en donde se debe, con estrofas como
ésta que recuerdo:
Don Emilio Castelar,
Que toda Europa conoce,
Quiso Dios que se muriera
Antes que abrieran las Cortes...
En la puerta del Sol, en los cafés, en las calles todas, el rumor se
acentuaba contra el Gobierno y en especial contra el ministro de la
Guerra, general Polavieja. Se acababa de publicar un decreto absurdo en
que se leía: «Resultando: que D. Emilio Castelar ha muerto en honrada
pobreza;--Artículo 1.º, los gastos que ocasionen su enterramiento
y honras fúnebres, serán de cuenta del Estado». Así, frío como
un compromiso, duro como una limosna. ¡Y esto en el país de las
prosopopeyas y fórmulas, en la tierra de «Beso a usted la mano» y donde
para nombrar a un ministro con sus títulos, se llena un medio pliego!
El pueblo irritado no contenía sus censuras. ¡En aquellos momentos,
las Cámaras italianas y portuguesas enviaban su pésame a ese mismo
Gobierno mezquino; el Senado de la República Argentina se ponía de
pie; el autocrático Gobierno ruso manifestaba su pesar; el Instituto
de Francia lamentaba a su ilustre miembro; la Prensa de la tierra se
enlutaba, el pensamiento universal estaba de duelo! Después se supo que
Castelar no tendría honores militares; que se había prohibido a los
artilleros reunirse para tributar homenajes al organizador del Cuerpo
de Artillería, al antiguo presidente que tanto hizo por el ejército;
después, que se autorizaba a los generales que quisiesen concurrir,
para que lo hiciesen con traje de diario y con banda. La Prensa cumplió
con su deber. Se habló claro; se dijeron verdades al rojo blanco.
Entretanto, el cadáver de Castelar llega a Madrid en doloroso triunfo;
y se deposita en el palacio del Congreso. Allí desfiló el pueblo, en
homenaje último al gran pastor de multitudes; por allí pasó, entre
tantas gentes, el ciego que yo oí cantar y de cuya visita al cadáver
habló _El Liberal_. Pues le preguntaron al verle con su guitarra bajo
el brazo, con sus ojos sin sol: «¿Para qué vienes, si no has de verle?»
Y él contestó: «¡Por mí le verá mi lazarillo!» ¿Y el obrero humildísimo
que llegó con su hijita de luto, la cual llevaba un pequeño ramo de
flores, y pidió permiso para ponerlo sobre el féretro, entre tanta
monumental corona?
Y llegó el entierro. Fluía en el ambiente de la tarde la dulzura de
un cielo de acuarela. Madrid se desbordaba como un hirviente vaso.
Suspendida la circulación por las calles que debía recorrer el fúnebre
cortejo, la concurrencia se aglomeraba, los balcones se tupían. La
calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la calle Mayor estaban inundadas
por el río humano. Desde temprano se esperó por largas horas. Por fin
apareció a lo lejos el pelotón azul de la Guardia civil de a caballo.
Se abre paso entre el espeso gentío, y comienza el desfile. Van,
precediendo, las profusas coronas; se destaca la de _El Liberal_,
enorme y negra, sobre un fondo de seda blanco; van los recogidos
del hospicio y del asilo de San Bernardino; los grupos de varias
asociaciones; los comerciantes, numerosos; la Academia de la Historia,
el Ateneo, el Círculo de Bellas Artes; ahí distingo a Núñez de Arce,
pálido y como nervioso; ahí va la barbilla canosa de Zapata, junto
al músico Bretón; allí Echegaray, con su aire enfermizo y gastado.
Ahí el todo Madrid de la celebridad: periodistas, artistas, sabios,
académicos. Y el clero, de sobrepelliz, anunciado por la manga de
la parroquia, embudo negro y oro. Y ahí va Castelar muerto, en su
carroza severa. Todo el mundo se descubre, todo el mundo le da su
último saludo. Sobre el féretro no se ve más que un aislado ramito de
flores... ¡es el ramito de la niña del obrero! La guardia de honor
sigue, de soldados de la Civil. De pronto se oye entre la muchedumbre:
«¡Bravo! ¡bien!» Son los militares que vienen, a pesar de la mezquindad
ministerial. ¡Bravo! ¡Bien! Es el penacho blanco de Martínez Campos,
el último gran guerrero, que asiste de toda gala; es Weyler, que viene
sin penacho, pero acorazado el pecho de condecoraciones y medallas,
Weyler, de fama terrible, pero que hoy se conquista por un momento las
simpatías, pequeño, acerado, ceñudo, apretada y reveladora la saliente
mandíbula. ¡Bien! ¡Bravo! Son los penachos, son los entorchados, son
los uniformes de otros tantos generales, de innumerables jefes y
oficiales que honran a Castelar a pesar de todo; es la comisión del
Cuerpo de artilleros, que lleva su ofrenda. ¡Bien! ¡Bravo! Es España
la antigua que aplaude a las espadas que no han echado en olvido la
hidalguía. ¡Viva España!
Y pasan más comisiones y los diplomáticos, llenos de oro, entre los
cuales resaltan el Nuncio y el embajador de China, vestido de seda,
con su botón de cristal y su pluma de pavón. Y luego la presidencia
del Consejo de Ministros, y la Guardia civil que cierra la procesión,
y detrás aún más gente, y más gente. Y el murmullo general se acentúa
contra quienes no han sabido honrar la memoria del más grande de los
españoles de su época, a quien sus mismos enemigos tienen una palma que
ofrecer cuando va camino de la eternidad, a quien no ha habido una sola
lengua española que no haya consagrado una palabra de admiración, como
al hijo que mejor supo sobre la faz del universo, honrar a su madre
patria. Y quienes han herido a esa amada patria con rencores inauditos
ante el cadáver de aquel que supo combatirles frente a frente en su
vida gloriosa y nobilísima, son los mismos que han contribuído a la
desgracia nacional por degenerados o débiles, o ciegos instrumentos de
errores y desidias; son los que han vuelto de la derrota con pasmosa
frescura y a quienes una voz, harto elocuente en el Congreso, condenó a
ser ahorcados con los fajines de sus uniformes... _Militaribus curis et
severitate morum_... ¿No era Castelar tan gran admirador de Tácito?