como dice el ramplón rimador del _Portrait Universel_; y como se

sorprendiese--¡Un americano que no fuma!--sostengo el honor de nuestro

continente citando a nuestros más ilustres fumadores, comenzando con el

general Mitre.

Le pregunto algo sobre la recepción en la Academia y cuándo se

verificaría.--«Vea usted--me dice--, ha sido costumbre generalmente

adoptada en este Instituto, que los académicos elegidos dejen pasar

tres, cuatro, cinco y hasta nueve años para ingresar en sesión pública

y pronunciar el discurso de reglamento. Yo pienso hacerlo probablemente

a principios de año, quizá en el próximo marzo. Y me salgo de la regla

por varias razones, y no es la menor el que sea D. Juan Valera quien

tenga que contestarme. Nuestro D. Juan está, aunque todavía fuerte, en

una edad muy avanzada, ciego: y una enfermedad a sus años, por leve

que fuera, le impediría ocupar su puesto en mi recepción. Confieso

que prefiero salirme de la costumbre académica a privarme de la honra

y el placer de que sea Valera quien me reciba al ocupar mi sillón.

Además... (y aquí no sé si sea indiscreto como amigo, aunque lleno

mi labor de periodista, al reproducir las palabras del Sr. Picón),

además, los neos se han portado muy mal conmigo en esta emergencia. Los

académicos que me apoyaban, habían anteriormente ayudado a la elección

de un candidato conservador, con la condición de que mi candidatura no

encontraría obstáculo de parte de aquéllos. Pues bien, ahora, si he

podido vencer, ha sido con la oposición de ellos, y gracias a que dos

votos que faltaban llegaron a tiempo, haciendo viaje exprofeso Galdós

de Santander y Sellés de Portugal, en donde a la sazón se encontraban.

Quiero, pues, entrar pronto y ocupar el puesto que me corresponde

entre los de filiación; contribuir a evitar algunas cosas y a realizar

otras...»

Yo miraba a aquel hombre nervioso, vibrante de intelectualidad, en lo

más firme de sus años, extranjero entre calvas y «pelucas», y recordaba

sus páginas valientes de arte y de idea; sus varios pinchazos a la

misma Academia, como aquella graciosa nota de un capítulo de _Dulce

y sabrosa_: «El autor había escrito _manguitos_. La Academia dice

_mangotes_. ¡Paciencia!»; su libertad de juicio, su continuo volar

hacia adelante sin perder por esto sus adoraciones antiguas y cultos

clásicos; sus declaraciones de partidario del progreso moderno y hasta

sus audacias de socialista; y frases como aquella que en un prólogo

suyo le declara «soldado raso, contra todas las ideas casi vencidas de

lo pasado y a favor de las esperanzas de lo porvenir, no triunfantes

todavía». No llega, pues, con las simpatías de los inmortales

ortodoxos. Mas puede decir al entrar las palabras de Warburton a lord

Sandwich: _Orthodoxy my Lord, is my doxy_.

--Lo que será reñido--le dije--, es la elección de presidente, que debe

estar próxima, pues el conde de Cheste enfermo, y cerca de los cien

años, deberá tener pronto reemplazante.

--Sí. Los neos querrán imponer a su candidato y nosotros haremos lo

posible por impedirlo.

--Pero usted atacaría a Menéndez y Pelayo--le pregunté, pensando en el

más meritorio del grupo conservador.

--No se trata de Menéndez y Pelayo. Marcelino, que, con su alto pensar

y su inmenso saber, no se ha sujetado al cenáculo intransigente, ni

se ha prestado a ciertas combinaciones, es ahora poco simpático a

una parte de los académicos de su partido. Así es que, al llegar el

momento de elegir sucesor al conde de Cheste, como habría disidencia al

tratarse de Menéndez y Pelayo, todos por unanimidad votarán a Pidal.

--Debe estar usted muy satisfecho de ir a ocupar el sillón de Castelar.

--Ciertamente, y en esto saldré también de los usos de la Academia:

en que no haré el exordio acostumbrado sino que, como «Castelar» es

el tema de mi discurso, entraré llanamente a hablar de Castelar y su

obra, tal como yo pienso del asunto. Para eso estoy leyendo todo lo que

sobre Castelar se ha escrito. Fuí muy amigo suyo. Ha sido el último de

nuestros grandes estadistas. Hombres, así, soñadores o no, nos hacen

falta...

Aquí la conversación entró en otro terreno. Dos diamantes de energía

pasaron por los ojos penetrantes. Era el hombre amante de su pobre

patria venida a menos; el conocedor de las desgracias actuales y de sus

causas.

--Ha venido usted a vernos en momentos terribles para España. Ha caído

nuestra amada y grande España muy abajo; y lo peor es la espantosa

enfermedad nueva aquí, que ha atacado a esta tierra: la conformidad,

la indiferencia con el desastre, el encogimiento de hombros ante la

ruina. Crea usted: aquí no nos hacen falta inteligencias, no estamos

necesitados de talentos que se encuentran a cada paso: lo que no

tenemos son voluntades, la abulia es la adolencia actual nuestra.

La antigua alma española ha sufrido como una transformación.

Antes se habría puesto el pecho al frente, se habría luchado por

la reconstrucción del perdido poderío; se habrían multiplicado

los esfuerzos. Hoy, apenas se oye el levantamiento de iniciativas

individuales. Y el primero en impedirlas es el Gobierno. Por un lado

apatía, por otro políticas dañosas y descuido de los verdaderos

intereses del pueblo español; saque usted la consecuencia.

Y nuestro eterno enemigo: ¡el expediente! El papelerio cierra el paso

a toda obra, desde la más elevada hasta la más modesta. ¿Cómo va a

prosperar España si lo primero que hay que pasar, para la menor cosa

que implique un adelanto, es una montaña de expedientes y ríos de tinta

oficinesca? Voy a contar a usted un caso:

En cierta provincia hubo un individuo que quiso dotar al pueblo de su

residencia con una cañería. Creyó que para hacer aquel bien municipal

le bastaría con su dinero y con su buena voluntad, y encargó los tubos

y materiales necesarios para llevar a cabo la obra. Pero sucede que,

junto al pueblo de que hablo hay una carretera, y precisamente bajo esa

carretera debía pasar la cañería que conduciría el agua a la población.

Comenzaron los trabajos, pero como había que remover el terreno de

la carretera, la Autoridad manifestó al vecino generoso que tenía

que pedir el permiso necesario para continuar la obra. Se dirigió al

Ministro y en el Ministerio se tardaron largos días para, por último,

ponerle «pase a la Junta consultiva»: la tal Junta consultiva envió

a su vez, después de un tiempo enorme gastado, el expediente a otra

Comisión, creo que de ingenieros oficiales. Allí la cosa tardó no sé

cuántos meses, para pasar después a la Junta y al Ministerio, y ¡no sé

a dónde más! Resumen: mientras los papeles iban de Herodes a Pilatos,

los materiales de la cañería se arruinaron; el pueblo no tuvo agua, el

vecino gastó su dinero y su paciencia; ¡pero triunfó el papel sellado!

Toqué el punto de la intelectualidad, del trabajo mental, de la

producción literaria. No se manifestó Picón muy optimista. Desde

luego, al hablar de la crítica expresó más o menos--con gran placer

de mi parte--, ideas, opiniones y observaciones iguales o semejantes

a las que os he comunicado ya. Pero, llamáronme bastante la atención

revelaciones como ésta: que aquí no puede haber crítica imparcial, o

con simples preocupaciones de arte, por razones de pura consideración

personal y a veces hasta de caridad... Un autor publica un libro,

cuando no es un escritor rico, para tener que echar algo al flaco

puchero de su casa. Ese autor tiene familia, mujer, hijos; conoce a

todo el mundo y todo el mundo le conoce, pues en el de las letras se

vive en Madrid como en familia, y el crítico que «pega un palo», como

dicen aquí, al libro de aquel autor, sabe que contribuirá al hambre de

muchos inocentes. (Desde luego, yo tenía deseos de observarle a este

propósito que en la campaña argentina se necesitan brazos y se hacen

fortunas.)

Lo propio que con los autores acontece con los cómicos. Una infeliz

tiple que sostiene con sus sacrificios artísticos a su familia, tiene

de su parte el buen corazón de la crítica, que no querrá evitarla los

garbanzos. Luego, críticos y autores se ven a cada paso y son más

o menos amigos. «Si _Clarín_ residiera en la Corte y no en Oviedo,

le aseguro que no escribiría con la independencia relativa con que

escribe.»

Y esto traía a mi recuerdo el aspecto de la mayor parte de los

«luchadores por la vida» o _struggleforlifers_ de la pluma que circulan

por Madrid en situaciones lamentables. La perpetua preocupación del

«sablista» en los artículos satíricos y caricaturas, las levitas

melancólicas, los sombreros imposibles, la indumentaria toda

amargamente reveladora en el gremio. ¡Ah! los felices que logran seis

duros en un periódico por un artículo. ¡Ah! los que hablan de cosas

fabulosas, entre envidiosos y asombrados: «¿Sabe usted cuánto le pagan

a Valera por artículo? ¡treinta duros!» «¿Sabe usted cuánto gana Cávia

al mes? ¡Una barbaridad!» ¿Y el joven que mira la suerte del autor de

teatro que logra triunfar, lo cual constituye ciertamente una verdadera

ganga, y se lanza a buscar su Eldorado de las tablas con una pieza que

no le han de representar nunca? ¿Y el soñador infeliz que tiene que

contentarse--¡y gracias!--con dejarse de literaturas y reportear largo

y tendido por doce o quince duros mensuales?

Tal pensaba al despedirme del nuevo académico, al salir de su

encantadora casita de rico, donde se da los lujos que le vienen en

antojo y compra estampas raras y ediciones _princeps_.

Su obra es ya considerable, desde sus _Apuntes para la historia de la

caricatura_, hasta su valioso volumen sobre Velázquez recién publicado,

en la crítica de arte, y desde _Lázaro_ hasta sus _Novelitas_. Pero

para mí, y para todo el que tenga el gusto de lo humano y de lo

pulcro, aparece como el más preciado fruto de su árbol literario esa

_Dulce y sabrosa_, manzana de Garcilaso, novela de maestro, figuración

llena de vida y hechizo. Libro es ese en que se nos presenta el deseo

incontenido de lo lejano, de lo que no poseemos, de lo difícil, antes

que el deseo de lo imposible, tan íntimo en los artistas. _Dulce

y sabrosa_ es la mujer amada, lograda y dejada; pero que luego en

poder ajeno despierta una nueva ansia de posesión y arrastra hasta la

locura por conseguirla. Todos hemos tenido nuestra Cristeta; todos

en lo hondo de nuestro pecho somos un poco Todellas. Y esa fabulación

sencilla y vestida de una realidad que admite una confrontación

inmediata, deja al gustarlo una grata sensación de descanso. Jamás un

final semejante ha establecido más bellamente la libertad del amor como

cuando acaba «esta entre verídica e imaginada historia, con el raro

ejemplo de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada». En

lo que respecta al estilo, Picón es castizo hasta la medula, pero con

una cultura moderna como la suya, junta a los donaires y elegancias

de sus viejos autores la manera de describir, por ejemplo, y de

sentir ciertas cosas, que poseen los maestros contemporáneos de las

literaturas extranjeras. Lo que constituye una característica suya,

su especialidad, es el modo cómo penetra el arte y cómo agrega, con

elementos plásticos, a la arquitectura de su obra, singulares bizarrías

y gracias. Tanto más que, por haber leído seguramente mucho a los

místicos españoles, hay en el alma de su discurso, casi a cada paso,

un ímpetu espiritual, un deseo de vuelo, un querer y un aspirar a la

altura, que en pocos escritores contemporáneos se pueden hallar en

España. No es un incrédulo este liberal. Cree, ¡al contrario!, en la

eterna Divinidad, esto es, en la eterna justicia, en la eterna bondad

y en la eterna belleza. Por eso se deleita en la construcción de sus

ensueños de regeneración social, quiere a los infelices de abajo, y

canta los besos y celebra las «batallas de amor en campo de pluma» con

las mujeres hermosas.

[Ilustración]

[Ilustración]

FRAY CRESCENTE ERRAZURIS

Esta cabeza religiosa está llena de cordura, de ciencia, de erudición y

de sutileza. Es una de las más fuertes de Chile. Si estáis ante él, sus

miradas agudas penetrarán hasta lo mas hondo de vuestras intenciones.

Si os enseña, tendréis que aprender mucho en saberes humanos y divinos.

Si queréis ser su contrincante, tendréis que prepararos a la derrota.

No solamente se ha ejercitado en disciplinas teológicas y de religión,

conforme con su vocación y estado, sino que se ha nutrido de letras

profanas, de acuerdo con San Buenaventura o San Gregorio Nacianceno,

San Juan Damasceno u Orígenes. Podría, como Sedulio, ser llamado _vir

scholasticissimus_.

Cuenta ya largos años de vida, y ha dado a su patria vigorosos

productos de su entendimiento, y habiéndola servido en el siglo,

continúa en el claustro dándole lustre y sana gloria.

Se dedicó a los estudios históricos, y ello me hace recordar el párrafo

en que Cicerón habla de que: «uno de los principales deberes de los

Pontífices máximos de la antigua Roma, era el escribir lo que se

llamaba «grandes anales», y ponerlos de manifiesto en su casa, para que

todo el mundo tuviese la libertad de tomar lo que quisiera de aquel

tesoro de la república».

La Memoria sobre _Seis años de la historia de Chile_, dió al P.

Errazuris fama de concienzudo narrador y escritor gallardo. El Sr.

Huneeus Gana dice de esta obra, en su libro sobre la producción

intelectual de Chile, que es «por su extensión, y también por su

prolijidad, uno de los libros de mayor erudición histórica que

conocemos, sobre sucesos parciales y épocas determinadas. Abraza la

narración fidedigna y comprobada, escrupulosa y completa, de los días

mas aciagos y sangrientos de toda la Era colonial (23 de diciembre de

1598 a 9 de abril de 1605), es decir, desde la muerte del lamentado

gobernador D. Martín García Oñez de Loyola, hasta la segunda llegada

del gobernador D. Alonso García Ramón». Y agrega con justificado

entusiasmo el Sr. Huneeus: «Esta narración, que atraviesa el campo

áspero y luctuoso de una de las epopeyas más sangrientas y heroicas

de la Humanidad, que refiere minuciosamente las jornadas homéricas y

casi increíbles de Curalaba y Cadeguala, y que narra con serenidad la

espantable destrucción de Villarrica, y las sublimes heroicidades que

allí desplegaron vencidos y vencedores; este libro, que resume, en

fin, el período álgido y crítico de la guerra inmortal entre españoles

y araucanos, y que parece más la obra de un valiente soldado escritor

que la de un fraile literato, debe considerarse, en justicia, como la

obra histórica de más empuje y de más vigorosa unidad que se ha escrito

sobre período alguno de nuestra vida colonial». Tales palabras se

justifican con el conocimiento de la labor fuerte, elegante y minuciosa

de ese estudioso admirable, a quien la soledad y el retiro dará mayor

concentración para sus actividades mentales. Ya sus _Orígenes de la

iglesia Chilena_, que le dan el puesto de un Baronio hispanoamericano,

afianzaron su autoridad y su prestigio. Fr. Crescente será más tarde

un clásico, por su estilo lleno de pulcritud y elegancia, y porque

todo en su obra es ordenado. El ha seguido bien la palabra de San

Agustín: _Illud a me accipiatis volo. Si quis temere de sine ordine

disciplinarum inrerum cognitionem audet irruere, pro studioso illum

curiosum pro docto credulum, pro cauto incredulum fieri._

En la Historia del pensamiento en Chile siempre surge alguna figura

sacerdotal. Desde el ocurrente P. López, el P. Escudero, Fr. Manuel

Oteira, cada cual con sus méritos y sus defectos de época y de

temperamento, el historiador P. Ovalle, el jesuíta P. Diego de Rosales,

Fr. Juan de Jesús María, el P. Suárez de Vidaurre, y los jesuítas

Pastor, Olivares, Bel, Ceballos, Ferrufino, Caldera, Rivadeneira,

Sobriño, el P. Miguel de Olivares, S. J. historiador, el famoso abate

Molina, que escribió en italiano, el obispo Lizarraga, los frailes Oré,

también obispos, como Fr. R. Jacinto Jorquera y Fr. G. de Villarroel,

el P. P. de Torres, Fr. Alonso Briceño, y otros cuantos notables, como

el P. Lacunza, Fr. Antonio Aguilar, el P. Parra y Fr. J. Ramírez,

citados por Huneeus, hasta el gran Fr. Camilo Henriquez, Fr. Melchor

Martínez, hasta los Eizaguirre, Valdivieso, Salas, Orrego, Casanova,

Fernández Concha, Donoso, Jara el crisóstomo, Taforó y otros más, la

Iglesia chilena ha tenido activa y aquilatada representación en la

intelectualidad del país. Y entre todos resalta con aspecto singular y

señalado Fr. Crescente Errazuris, con sus ancestrales cualidades vascas

y sus particularidades del carácter nacional, que hacen de él «un

hombre», incrustado en un ministro del catolicismo.

Y Chile, su patria le respeta y le admira.

[Ilustración]

[Ilustración]

EUGENIO GARZON

Caballeros, he aquí un caballero. Caballero probado en los combates de

su tierra uruguaya, caballero de la pluma, caballero de los salones; y

con todo eso: _quel charmant Garzón!_

Su padre fué un bravo, aquel general Garzón de las guerras patrióticas,

que en la historia del Uruguay es figura épica, y que ha pintado

tan bellamente la palabra del crisóstomo Zorrilla de San Martín.

El Sr. D. Eugenio Garzón nació para hermosas empresas, que ha

llevado a término con su carácter reflexivo y firme, y su talento

de diplomático prodigioso. Este último adjetivo no es mío, es de

ese famoso director de diario--¡saludad!--que se llama M. Gaston

Calmette... «Notre collaborateur mérite tous nos remerciements et tous

vos applaudissements. Son oeuvre patriotique est splendide, presque

feerique: il a rapproche deux continents! Il a uni les republiques

sud-americaines à la republique française, avec une même capitale:

Paris. Dont vous avez fait votre ville d'adoption, en même temps que

vous faisiez du _Figaro_ votre journal de predilection... Je vous

dedande de feter ce diplomate prodigieux...»

Diplomático prodigioso. Él ha contado su aventura figaresca en frases

de sabroso humor, en que vemos cómo su paciencia tesonera logra el

triunfo. ¡Y qué triunfo! El ilustre ministro de la República Argentina,

Sr. Rodríguez Larreta, ha dicho de la obra de Eugenio Garzón en el

_Figaro_, por cierto en un francés amable que intentaré traducir...

«es una obra de arte y una obra maestra de tacto, de noble sagacidad y

de previsión. No os extrañéis si ella produce en ciertos espíritus la

ilusión engañadora de la facilidad, como tantas otras obras maestras».

Una vez lograda la toma de la fortaleza de Villemessant, de Magnard, de

Calmatte, he allí a quien yo llamara en otra ocasión el gaucho-dandy,

en la prosecución de su proficua labor. Y ella es en su apariencia,

sencilla, y en sus resultados, formidable. Son unos pequeños

telegramas, llenos de cifras; unos pequeños telegramas que dicen al

mundo de los negocios y de las grandes empresas económicas, el estado

de progreso, de vitalidad, de las repúblicas hispanoamericanas,

especialmente de aquellas que han logrado grandeza y prestigio por

el desarrollo de su trabajo y de su riqueza. Y esos telegramitas se

ven en los mercados de Europa con un admirable termómetro financiero.

De cuando en cuando, un personaje de nuestros países llega a París,

y Eugenio Garzón conversa con él, y expone en el _Figaro_ miras y

proyectos patrióticos. Y hay en el expositor una serena ecuanimidad,

prudencia, mesura, tacto, claridad y habilidad. Luego Eugenio

Garzón es un solicitado elemento en la vida social de las colonias

hispanoamericanas. Sabidos son su don de gentes, su dandismo discreto,

sus facultades singulares de _causeur_ y la multiplicidad de sus

vinculaciones amistosas, pues quien le trata una vez queda sujeto al

_charme_ de ese gentil filósofo de «monocle» que nos favorece con el

bienhechor contagio de su optimismo.

¿Y el escritor? Probado ha sido en el Río de la Plata en los

entreveros de la polémica política, en las bregas del diarismo. Mas

siempre ha cultivado con esmero su jardín literario, y un libro

ruidoso, sobre el archiduque enigmático Jean Orth, le dió no hace

mucho tiempo renombre europeo, o, mejor dicho, universal. Tiene por

publicar _La entraña del boulevard_, libro parisiense escrito por un

psicólogo y un estilista que no ha perdido la savia criolla, a pesar

de sus asimilaciones de París. _Mundial_ publica un capítulo de esa

obra, y allí se podrán apreciar las condiciones de nervio y brillo

que caracterizan las prosas producidas por esa «cabeza». Su figura

es de aquellas que llaman la atención al presentarse, y nada podría

yo decir mejor de lo que contiene este párrafo del Sr. Larreta: «Su

persona evoca para mí todo lo que en la vieja España servía para

distinguir desde lejos la sangre noble y el honor. Creo ver a veces en

sus espaldas el negro manto de velludo, con la cruz de Santiago o de

Calatrava bordada sobre el lado izquierdo en seda roja. Cuando anda,

pienso en el rumor de las espuelas de oro de los antiguos caballeros de

Castilla; y si lleva ahora «monocle» es, sin duda, porque ese trozo de

cristal hace levantar la cabeza con el mismo gesto altivo e imponente

que suscitaba en el rostro la pluma caprichosa que rodeaba el sombrero

y caía hacia atrás». Ello vale por la figura de un soneto de Heredia; y

Eugenio Garzón es merecedor de tal homenaje.

Célibe--¡Garzón para su _garçonniere_!--es admirador de las damas

hermosas, gusta de las obras de arte, de las grandes empresas, de los

altos ideales, de la elegancia, de la cordura, de la distinción. Es

sobrio y abstemio. Y realiza este prodigio: tener sus mejores amigos

entre políticos, banqueros y poetas.

[Ilustración]

[Ilustración: POLÍTICOS]

[Ilustración]

S. M. EL REY DON ALFONSO XIII

Al entrar en el salón de recepciones--se lo explicará el lector

fácilmente--el poeta prevaleció sobre el ministro. Aquella pompa,

aquella ceremonia, aquel joven descendiente de los más gloriosos reyes,

fueron, por unos instantes, la Historia. Como es costumbre en la corte

de España--costumbre que, a pesar de todo, han infringido algunos

talentosos y verbosos hispanoamericanos--, no pronuncian discurso

ante el Rey sino los embajadores. Yo dije dos palabras para entregar

mis credenciales, y luego, pronto estuvo Don Alfonso en conversación

conmigo. ¿Podría juzgarlo por esa vez? Desde luego que no. Todos

sabemos las preparaciones del Protocolo. Pero, en otras ocasiones, sea

que hablase conmigo, sea que se dirigiese a otros diplomáticos al

lado mío, pude darme cuenta de la seguridad y cordura con que trata

cualquier asunto que inicia. El retrato que en pocas palabras ha

hecho de él un observador como el famoso M. Paoli, es de una absoluta

exactitud: «Sa haute et fine silhouette s'accusait avec une élégante

aisance dans un complet gris clair; un large sourire éclairait son

visage fortement hâle, son visage imberbe d'adolescent qu'ornaid un

grand nez à la barbe courbe bourbonienne, cumpé en bec d'aigle entre

deux yeux très noirs, pleins de flamme et de malice». Y luego la

impresión oficial: «Quelle ne fut pas ma surprise, ensuite, lorsque,

à Orléans, où l'on avait fixé la première étape officielle, je le vis

apparaître, cette fois, en gran uniforme de capitaine général, la

physionomie empreinte d'une singulière noblesse, la démarche altière,

imposant à toux le respect, par l'impressionnante dignité qui se

dégageait de sa personne, ayant le mot juste pour chacun, souceux des

moindres nuances de l'étiquette, évoluant, causant, souriant au milieu

des uniformes chamarrés, avec une aisance souveraine, montrant du

premier coup qu'il connaissait mieux que quiconque son métier de roi».

Su oficio de rey. Arduo oficio en los días actuales. Porque la mayoría

de las gentes no ven sino la parte dorada y legendaria de esas vidas

principales. No saben los cuidados y las inquietudes de hombres que hay

en esos personajes simbólicos que encarnan a los pueblos. Por eso es

absurda, sobre todo, la ciega preocupación anarquista.

Generalmente se quiere ver en el Rey de España un rey _sportmant_ por

su conocida afición a los ejercicios físicos. Ya he dicho en otra

ocasión a ese respecto lo siguiente:

Cabezas: Pensadores y Artistas, Políticos Obras Completas Vol. XXII · 第 3 / 6 段