Jean Moreas, Emile Faguet, Catulle Mendes, Vicenti, Cortón, quien
estas líneas escribe, y otros nombres más. ¡Si este diablo de hombre
quisiese, aun después de la excomunión, le prologaría ahora un cardenal!
El Gobierno francés le hizo caballero de la Legión de Honor.
[Ilustración]
RICARDO ROJAS
Poned a esta cabeza un turbante de seda, y diréis ser la de un joven
maharadja; un fez, y tendriais a un noble egipcio. De la India, del
Igipto, de Ceylán, de Oriente en su aspecto; y ello no os sorprenderá,
puesto que sabéis de las discusiones sobre las relaciones orientales
prehistóricas, entre los aborígenes americanos y los pueblos de
Oriente: La cabeza de Ricardo Rojas, la cabeza física, es la de un
cacique. A él ello le complace, pues alienta y vive de su América. Un
espíritu seductor y un poeta gentil, Eduardo Talero, cuando Ricardo
Rojas se preparaba para venir Europa, exclamaba: «¿El poeta Rojas en
Europa?... ¿Qué va a hacer? ¿Por qué exponerse a que las grisetas
del bulevar lo miren de hito en hito, sin sospechar que bajo el color
oliva de su rostro hierve el aceite de una lámpara de oro, y que bajo
esas fibras de carbón adusto al peine yacen en huacas de indio las
cristalizaciones del sol más linajudo de la tierra? A Rojas, como a
los demás poetas bien raigales, debía la República coronarles de roble
y ñandubay, y en vez de permitirles estas excursiones por Europa,
ponerles en lo mas intrincado de la selva a recoger mieles líricas
en los panales y los nidos, a ver de olvidar lo que aprendieron
en la escuela y a ponerse en acecho de los sátiros y mafirihadas
aborígenes».--«¡Ah!--Contesta Ricardo Rojas, desde París, no sin
tristeza siquier dominada por su preexistente carácter--¡si la
República coronara de roble y de ñandubay a sus poetas, no buscaran
ellos en el éxodo y las peregrinaciones azarosas el lenitivo de sus
secretas amarguras, ni recurrieran, para el sustento del camino a la
producción forzada y premiosa, que, si no malogra, retarda al menos
la obra donde florece el genio de una raza!»--Y luego... «Yo procuré
ser útil a mi patria y digno de ella en el extranjero. Yo no llevé mi
ofrenda de mirra salvaje a la casa de los pontífices literarios. Yo
desdeñé el elogio fácil de los _maîtres_ que ignoraban mi idioma. Yo me
acerqué a hombres y monumentos con tal independencia mental, que mis
opiniones de meteco sublevaron algo una protesta. Yo dije a públicos
del viejo mundo las esperanzas del nuevo. Yo torné más alto y puro mi
corazón ante las nobles figuras del arte clásico. Yo admiré de Europa
la razón secular de su cultura, e inspirándome en ella, prediqué a mis
lectores del Plata un evangelio de belleza...; la devoción al ideal
como contrapeso a los esplendores materiales. Ahí reside para mí la
diferencia entre las viejas y las nuevas civilizaciones, y al admirar
de estas sociedades la tradición civil de su cultura, no lo hice en
detrimento de las cosas nativas: antes bien, procuré dar nueva vida a
ese culto europeo del ideal como la pasión americana de mi alma, que
enardeció la ausencia.» Este es el hombre. Y al conocerle os conquistan
bondad y talento. Y la primera condición ¡cuán rara ahora en un
intelectual! Su pensar crece ampliamente. Consagrado al culto patrio,
lucha porque se mantenga el principio nacionalista a través de las
invasiones que el mundo todo envía a la proficua tierra argentina. Su
americanismo y su patriotismo tienen muchos puntos de contacto con los
del gran cubano Martí. El trabaja en lo que llama su «evangelización
idealista», y dotado del don pedagógico inculca sus enseñanzas en la
generación universitaria que le escucha. Todo eso en el comienzo de su
camino.
Hace cinco años, en el _manoir_ de Boultous, después de haber yo hecho
la presentación del poeta argentino al príncipe lírico de las analogías
y de las imágenes en lengua francesa, al grande y bueno Saint-Pol-Roux,
llamado el magnífico en los bellos tiempos del simbolismo francés,
nos pusimos a hablar, durante el almuerzo y a la hora del champaña,
de nuestras respectivas edades. Y al decir Ricardo Rojas la suya,
una palabra brota de labios del _maître_ de _réans_, de la señora
de Saint-Pol-Roux, linda y gentil, de los hijos, Divine, Coecilian,
Loredan; y esa misma palabra era: ¡Bravo! Se aplaudía, como un bello
verso o como una música amable, la confesión de la más lozana juventud.
En plena juventud, pues, trabaja ese cultivador de ideales y
constructor de sueños. La producción que ha dado ya, garantiza para
mañana copiosas y firmes obras. Pocos como él poseen igual suma de
inquebrantables y nobles deseos y esa virtud de consagración, sin
aportar constante brega o sacrificio para llegar al punto ambicionado,
que no es sino, en los señalados, una etapa que inicia nuevos caminos y
ascensiones.
Sus calidades de pensador y de estudioso y sus disposiciones
catedráticas, se advierte en obras como _La restauración nacionalista_,
la introducción a la _Bibliografía_ de Sarmiento, y el excelente libro
sobre el abolengo de los argentinos titulado: _Blasón de plata_.
Asimismo, en sus _Cartas de Europa_, hábil, documentada y nutrida labor
de periodismo, pero en donde, como en todo lo de Rojas, encontraréis de
pronto el poder lírico, el tender a la trascendencia, y una armoniosa y
aun elocuente riqueza verbal. Y a esto no dejéis de agregar la emoción,
pues él también es un sentimental, un sensible y un sensitivo.
En estas líneas, concentradas y sintéticas, no quiero ni puedo hablaros
de sus procedimientos, de sus parentescos mentales, de su técnica. Ello
conviene a otra clase de estudio. El poeta se inició con _La Victoria
del hombre_, obra poemal que no se avenía con mis gustos, pero en la
cual hallé, como me acontece con cualquier obra de cualquier escuela
o de cualquier autor, la parte de belleza que podía satisfacerme y
que podía admirar. Luego he leído _Los lises del blasón_, libro de
un excelente artífice, exquisito y frío, trabajado y pulido, y en el
cual se siente el dominio de la forma, erudición poética, y voluntaria
o involuntaria fuerza de asimilación. ¿Mas en quién, aun entre los
mas grandes, no encontrar un antecedente o semejanza en el prodigioso
universo de la Lira?
Este libro de poesías me ha hecho pasar gratos momentos; no seré yo
quien se detenga a señalar lo que por completo no satisfaga. Sólo
afirmaré que si peca, es por exceso en el deseo de perfección, o
por dilectantismo en los descuidos. Marmóreo, amador de lo clásico,
moderno, sapiente o «funambulesco», quien ha escrito esos versos es
un apolonida, un prestigioso tocador del instrumento divino. Yo me
precio de comprender su espíritu y de admirar su feliz consagración.
Mucho debo también a sus gallardos entusiasmos y a su afecto. Gongora,
Banville, Montesquieu, celebrarían más de una de sus ejecuciones. ¿Y
quién no alabará a quien en su retiro compuso esos poemas, varios como
las cosas y los días, en loa del Amor, de la Amistad, de la Belleza, de
la Patria, que fueron tregua y ornamento en medio de la vida amarga
y bella? Vendrán frutos de mayor jugo y más completa sazón; vendrán
productos más temperados y de vastas proyecciones; pero el frescor de
las horas primaverales permanecerá en las cosechas primigenias.
Hay un soneto final en el volumen en que me ocupo, que hace ver un
Ricardo Rojas supersticioso, como cumple a un verdadero interrogador
de los misterios del mundo. Tratan esos catorce versos de la
malhadada profecía de una gitana, que al probar en el poeta su saber
quiromántico, interpretó el fatídico signo de una muerte temprana:
Deme esa triste dicha de perecer mañana
La Lívida que acecha mi paso en el camino,
Cuando aún mi carne llore por el arte divino
Y arda mi alma en la lumbre de su pasión humana.
Corte el hilo invisible de mi vida su diente,
Antes que se marchite la rosa de mi frente;
Mas concédame, al menos, en mi destino raro,
Realizar en el mundo la visión de mis sueños,
Que es dejar a otra frente mi corona de ensueños,
Y mi amor en el ritmo de poema preclaro.
Las gitanas, como todas las sibilas, suelen con bastante frecuencia
equivocarse, y el poeta tiene posiblemente en su vigor de voluntad el
secreto de su vivir. Después de _Los lises del blasón_, después de _El
Libro de Perséphone_, después de _La Sangre del Sol_, dos libros, estos
últimos, que aun no conozco, han de venir otros más firmes y melodiosos
poemas. Y el patriótico idealista completará también la tarea para la
que ha nacido.
[Ilustración]
[Ilustración]
MANUEL UGARTE
El Sr. Manuel Ugarte, tan ventajosa y profusamente conocido en
la Prensa hispanoamericana, en España, en el elemento socialista
de Francia; que ha sido un ferviente adorador de las musas y de
las gracias; que recientísimamente ha publicado un libro de gran
resonancia, que ha tenido comentadores hasta en el lejano Japón, _El
porvenir de la América latina_, recorre hoy los países de nuestro
continente e islas castellanas, dando en conferencias voces de alarma,
señalando, _gesto_ complementario de su doctrina opuesta, el peligro
yanqui. Ya en Cuba, y a pesar de que ha mentado la soga en casa del
ahorcado, fué recibido con la usual ferviente gentileza que, para
los escritores extranjeros tienen los hombres de letras cubanos. Los
merecimientos de Manuel Ugarte harán, desde luego, que en todos los
países que visite sea acogido con fraternal cordialidad.
Supongo que las prédicas del nuevo cruzado expondrán y desarrollarán el
espíritu de su libro, que él llama sencillo, pero que no lo es tanto
como su modestia lo declara. Hay en él ideas, estilo, entusiasmo, y,
hasta el águila de la cubierta, que lleva en las garras el pabellón de
los Estados Unidos, había de llamar la atención sobre todo al yanqui.
Así fué que, en la tierra de los dólares, fué examinada o combatida
su obra, mayor y más detenidamente que en ninguna otra parte. Tal
libro es un libro _de buena fe_, que diría Montaigne, un libro que,
para el ideal que sostiene, hacía falta. El grito de alarma se había
dado ya líricamente. Vargas Vila, entre otros, había lanzado terribles
clamores; José Martí, más de una vez, había dicho cosas bellas y
proféticas sobre el acecho de los hombres del Norte. Yo mismo, hace
ya bastante tiempo, lancé a Mr. Roosevelt, el fuerte cazador, un
trompetazo, por otra parte inofensivo. Pero esas son cosas de poetas.
El volumen de Manuel Ugarte es trabajo de estudioso, con observaciones
felices, erudición, método, y, aunque el autor no lo quiera,
literatura. Y, sobre todo, ha sido un volumen _sensacional_. Todo ello
es hermoso, plausible y meritorio.
«Claro está--dice Manuel Ugarte--que todo grito de polémica tiene que
levantar objeciones. Unos censurarán la desconfianza que nace acaso de
la contradicción, entre el valor inapreciable de nuestro porvenir y la
debilidad que nos imposibilita para defenderlo. Sois, nos dirán, como
el niño que ha cogido una mariposa y la aprieta en el hueco de la mano
a riesgo de destruirla. Otros criticarán el optimismo, brote espontáneo
de una concepción batalladora y enérgica de la vida. Los más hostiles
pondrán en tela de juicio el interés del estudio. Los más hábiles le
darán un alcance que no tiene. Éstos le motejarán de antipatriótico.
Aquéllos verán en él un síntoma de imperialismo. Y condenada aquí a una
circulación silenciosa por las conspiraciones inútiles, levantada allá
por las olas confusas de las divergencias, la obra estará siempre lejos
de conseguir una aprobación unánime.» Yo no soy de los hostiles, y
digo: el libro es interesante, muy interesante. Aplaudo el optimismo,
porque es bello y saludable. Celebro la intención romántica y generosa.
Y después de aplaudir el libro, aplaudo el viaje. Pero... en cuanto
a los resultados, me declaro absolutamente pesimista. Unos pueblos
en donde el dólar impera ya, están contentísimos según parece. Y en
los otros, hay quienes tienen envidia a los primeros, y desean que el
monstruo les devore. «Conozco al monstruo porque he vivido mucho tiempo
en sus entrañas», decía José Martí, desde New-York. Y los _pueblos
enfermos_ parece que dijesen: «Señor monstruo, le damos las gracias,
puesto que nos va a comer en salsa de oro».
Por lo que toca al autor y oral propagandista, no es detalle secundario
lo que se diga de él. Y yo digo que, aunque el porvenir de la América
Latina sea el previsto fatalmente, Manuel Ugarte, con sus esfuerzos en
el libro, en la Sorbona y en el viaje, habrá ganado el mejor laurel
para su cabeza.
[Ilustración]
[Ilustración]
ANGEL ZARRAGA
Llegó de tierra mejicana a Europa joven, muy joven.
Escribía versos, pintaba cuadros, estaba lleno de ilusiones de gloria.
Los versos y las pinturas revelaban un hermoso y fresco talento, en el
cual se encontraba una cuidada cultura, la decisión y la pasión del
artista nacido y la chispa americana.
Se fué a la madre patria, a España; los versos fueron poco a poco
quedando en segundo término y Angel Zárraga, como poseído de su
verdadera vocación, buscó a los maestros pintores peninsulares, visitó
y estudió el Museo del Prado, entró al taller del admirable técnico
que es Sorolla; aprendió todo lo que pudo aprender; se relacionó con
los intelectuales, fué íntimo de Valle Inclán, de los Baroja; se unió
a los jóvenes que hoy brillan en el arte español. Luego fué a Bélgica,
ensayó tales o cuales novedades, neo-impresionismo, divisionismo; dejó
piafar su juventud ansiosa. La reflexión llegó, y cambió los nuevos
buscadores por los viejos maestros. Quintín, Metsys, Memling, todos los
grandes flamencos fueron admirados y comprendidos por el hijo del país
azteca, que lleva sangre vasca en las venas. En Holanda conoció y trató
a más de un raro de la pintura, como ese misterioso y singular Toorop,
sobre quien se diría ha soplado una ráfaga venida de las entrañas de la
antigua India. Luego, Angel Zárraga pasó a Italia, y fué encantado por
la más maravillosa y deleitable música de los ojos, con los poderosos
creadores del Renacimiento, con los príncipes del dibujo y reyes del
color, con los suntuosos y soberbios decoradores de iglesias y palacios
que dejaron a los siglos sus tesoros de gracia y fuerza pictóricas.
Mas no fueron solamente los italianos, sino otros grandes de otras
partes quienes prefiriera su deseo de perfeccionamiento. Y así ha
escrito Rodolfo Panichi: «Il Rembrandt, il Morone, il Tintoretto, il
Velázquez, il Goya, sono i veri maestri che lo Zárraga ha nell' ánima e
nell' ochio, ed egli si pone il principio che, coi mezzi meravigliosi
dei Veneti del decimosesto secolo e degli Spagnuoli del decimosettimo
si possa esprimere tutta la complessità e l'inquietudine della vita
contemporanea. Egli trascura pertanto ogni artificio di tecnica
moderna, riescendo ad ottenere una luminositá composta, una intonazione
gradevole e poetica, alla quale tuttavia i suoi studi sulla divisione e
sovraposizione del colore devono avergli giovato notevolmente. Cosi, se
c'e talora nei suoi lavori un senso di manierismo nella distribuzione
delle parti principali, e di convenzionalismo negli accessori che
ricordano le composizioni del nostro risorgimento, egli resta però
psicologicamente indipendente». Y es lo cierto que, de su incursión
por el espíritu del arte moderno, han resultado obras que tienen una
característica, un sello personal inconfundible en figuras magistrales,
sólo que, como lo hace notar el mismo Panichi, el tipo de los campos
es distinto, «es el país castellano, son los contornos de Toledo y
de Segovia los que el pintor siente y reproduce: un país lleno de
melancolía y de tristeza...» En España ha encontrado Zárraga muchas de
sus figuras. _La vieja que ora_, arrugada y triste de una pena secular;
_La mala consejera_, la celestina de cara de buho, junto a la muchacha
rozagante, carne de vicio; _La bailarina desnuda y la trotaconventos
maternal_; _La mendiga y la vieja del rosario_ y _El Tríptico_ de las
dos mozas ferrosas y el viejo del escapulario, apretado, amojamado,
pero viviente de su vida sórdida, devota y tradicional.
¡Y las lindas figuras femeninas de Angel Zárraga! La del _Don, Marta
y María_, ascetismo y voluptuosidad; el otro cálido desnudo de la
_Alegoría del Otoño_, cuadro digno de los buenos tiempos de Venecia;
un precioso retrato de adolescente; la dama arrodillada ante el San
Sebastián, un tanto paganizado del _Voto_, que se expuso en el pasado
Salón de Otoño; la hembra de _la femme et le pantin_; y, sobre todos,
esa maravillosa _Novia_, cuadro que con sus dos desnudos es un canto
misterioso a la _arcilla ideal_, al hechizo enigmático de la mujer, y
que, vagamente sugiere en la simbólica Granada entreabierta, el arcano
amoroso y la iniciación de las iniciaciones. Paso a paso, consciente y
con seguridad, va Angel Zárraga camino de la gloria.
[Ilustración]
ALBERTO DEL SOLAR
La Real Academia Española, que acaba de abrir sus puertas al escritor
chileno Alberto del Solar en calidad de miembro correspondiente, ha
realizado un acto de completa justicia. Ha tiempo que el autor de
tantos libros plausibles, que acaban de aparecer compilados en una
bella edición de _Obras Completas_, era merecedor de tal homenaje.
Fuera de sus méritos de novelista, de narrador, de poeta, de autor
dramático, ha sido siempre cultivador de la tradición castiza de
nuestra lengua, y no ha transigido ni aun con la singular costumbre,
que creo que se debe a D. Andrés Bello, de usar la i latina como
conjunción en los casos en que todos usamos la _y_ griega o _ye_.
Va bien, pues, Del Solar, entre los que tienen por especial misión
limpiar, fijar y dar esplendor al idioma castellano.
Una de las particularidades que distinguen a Alberto del Solar es su
americanismo, demostrado desde antaño. Desde sus recuerdos sobre la
guerra del Pacífico, en la cual, siendo muy joven, tomó parte por mar
y por tierra, hasta sus últimos trabajos, casi todos, todos puede
decirse, se refieren a nuestra América, y principalmente a Chile, su
patria, o a la República Argentina, patria de sus hijos.
En esos recuerdos a que me he referido brilla un vibrante amor de la
tierra natal, y de sus glorias, y se habla con palabras de verdad y de
entusiasmo--«yo vi, yo estaba allí»--del heroísmo del soldado chileno,
de su terribleza y de su resistencia. Y no hay, desde luego, ninguna
manifestación de odio o rencor al enemigo. En la novela _Huincahual_,
que pasa en tiempos del antiguo Arauco, y que habría regocijado a
Marmontel y logrado la aprobación de Chateaubriand, se trata de luchas
y amores entre personajes de las razas contrarias: la conquistadora
y la autóctona. La narración es clara, sencilla, con justa y precisa
erudición, como que se apoyaba el autor en documentos del eminente
americanista Medina, y de un interés sostenido y atrayente. «Me ha
gustado e interesado tanto, que pienso hablar de ella cuando hable de
otras novelas hispanoamericanas», escribía D. Juan Valera.
En _Rastaquouere_, otra novela, trabaja Del Solar en materia
contemporánea y graciosísima; está muy galanamente escrita, y contiene
muchas y muy saludables enseñanzas.
La novela _Contra la marea_, entusiasmó a poetas como Rafael Obligado,
cuando fué leída en reuniones literarias en casa de ese noble e ilustre
amigo; yo asistí a algunas durante mi permanencia en Buenos Aires. Es
también labor americana, de ambiente argentino, y en ella, como en
_El Faro_, otra novela escrita sin que conociese el autor _La Tour
d'Amour_, de Rachilde, aparece uno de los elementos que ejercen mayor
atracción en la facultad imaginativa y creadora de Alberto del Solar:
el mar.
En las concertadas líneas de esta «cabeza» no podría ni someramente
juzgar ni presentar toda la obra ya numerosa de mi eminente amigo.
Alguna vez--hace ya años--expresé mis elogiosos pensares en el prólogo
de uno de sus libros. Hoy podría agregar que ha contribuído a la
formación del teatro nacional argentino, con la presentación de más
de una obra celebrada a pesar de lo dificultoso de la empresa. De su
comedia _El doctor Morris_, que creo se ha representado también en
inglés, decía el poeta Díaz Romero: «Es una de las obras de teatro
más seductoras que se hayan representado en este país». Y de _El
Faro_, _Chacabuco_ y otros trabajos se han hecho los juicios más
satisfactorios.
Mucho habría que decir del crítico, del conferencista, de algún
excelente ensayo de historia; mas ello no cabría sino en líneas
mayores. Debo, sin embargo, hablar del poeta. Y aquí volveré a recordar
cómo aviva su fantasía, y le mueve a expresarse métrica, sonoramente la
vasta influencia oceánica, advertida desde su infancia en la pintoresca
y encantadora Valparaíso. Cuando aparecieron en _La Nación_, de Buenos
Aires, versos de Del Solar, el hecho causó asombro. Sus colegas de
la prosa se asombraron: ante los mundanos y ante los de los millones
perdió méritos; los poetas, celosos de su ciudad sagrada, le exigieron
el _schiboleth_. Con todos ellos supo entenderse; y al publicar
recientemente su poema _El Diamante azul_, en que siempre aparece la
prodigiosa Thalassa, se ha visto que se trata de un verdadero lírico,
conocedor de nuestro parnaso y de los grandes poetas ingleses, y cuya
factura de corte clásico no le impide vuelos muy modernos, pegaso y
aeroplano. Páginas entusiásticas se han escrito sobre ese hermoso
poema--entre ellas una notable de Luis Berisso--, y en ellas se alaba
el dominio de la expresión y la fuerza imaginativa. Yo he leído con
detención esos resonantes y ágiles versos que expresan un significativo
«mito» y que juntan la gracia de las ficciones y metamorfosis antiguas
a un tema que no puede ser más real, en las férreas y mecánicas
tragedias de nuestros días: el naufragio del _Titanic_. Una leyenda
comentada por los diarios a raíz de la pérdida de aquel colosal barco,
dió motivo a que Del Solar escribiese su conmovedora y musical obra, y
el poema surgió, digno del poeta y de la poesía.
[Ilustración]
[Ilustración]
JACINTO OCTAVIO PICON
La reciente elección de la Real Academia Española ha sido, con
justicia, muy bien recibida en los círculos intelectuales. El elemento
antineo se ha sentido con gran regocijo; pues hubo lucha en el reino
gramatical, y, sin la oportuna llegada de votos importantes como
Galdós y Sellés, es casi seguro que hubiera triunfado el candidato
conservador, el eminente anónimo D. Angel María Decarrete. Picón es un
espíritu simpáticamente vivaz, uno de los mejores escritores de su país
y un _gentleman_ cuya corrección se viste de amabilidad: hice, pues, mi
visita a Picón.
Yo no le conocía personalmente; no obstante, un académico siempre
tiene ante nuestra imaginación cierta gravedad doctoral: así, mi
sorpresa, al ser presentado, no pudo disimularse: nada de lo imaginado,
¡ni siquiera anteojos! En su _garçonniére_, donde preside el más
discreto y elegante gusto en el arreglo y decoración, vive entre libros
y obras de arte: viudo que parece más joven que sus hijos ya hombres.
Hidalgo antiguo con el aspecto de un clubman moderno: dedicado a sus
libros viejos para saber y decir cosas nuevas. Al mirar, los ojos finos
parecen que registran las intenciones; el ademán es franco y noble,
el apretón de manos da la sensación de la sinceridad. Es afectuoso y
varonil, sin melosidades falsas ni chinerías de fórmulas. A poco, ya
estamos viendo una nueva edición del _Quijote_ hecha en Inglaterra; y
con tal causa admiro su conversación erudita, su pericia de bibliófilo
y su seguridad crítica. Me muestra buena parte de sus libros raros, de
sus ejemplares preciosos, con orgullo de buen artesano que supiera la
calidad de sus útiles, con el aire de un maestro de armas que enseñase
sus mejores espadas y floretes. Ya es un curiosísimo libro de refranes,
ya un Quevedo que tuvo entre sus manos la censura de la Inquisición,
con versos y estrofas tachados, que en las ediciones posteriores,
o están reemplazados por puntos suspensivos, o suprimidos; o ya por
mostrar lo que es el lujo aristocrático de la tipografía española,
volúmenes de Monfort, de la imprenta real, o de Sancha.
--«¿Un cigarrillo?»
Tengo que confesar, con verdadero encogimiento, que me es extraño el
Agréable tabac, charmant amusement
Qui d'un langage muet entretient en fumant,