Le han prologado y alabado sus libros, escritores como Paul, Adam,

Jean Moreas, Emile Faguet, Catulle Mendes, Vicenti, Cortón, quien

estas líneas escribe, y otros nombres más. ¡Si este diablo de hombre

quisiese, aun después de la excomunión, le prologaría ahora un cardenal!

El Gobierno francés le hizo caballero de la Legión de Honor.

[Ilustración]

RICARDO ROJAS

Poned a esta cabeza un turbante de seda, y diréis ser la de un joven

maharadja; un fez, y tendriais a un noble egipcio. De la India, del

Igipto, de Ceylán, de Oriente en su aspecto; y ello no os sorprenderá,

puesto que sabéis de las discusiones sobre las relaciones orientales

prehistóricas, entre los aborígenes americanos y los pueblos de

Oriente: La cabeza de Ricardo Rojas, la cabeza física, es la de un

cacique. A él ello le complace, pues alienta y vive de su América. Un

espíritu seductor y un poeta gentil, Eduardo Talero, cuando Ricardo

Rojas se preparaba para venir Europa, exclamaba: «¿El poeta Rojas en

Europa?... ¿Qué va a hacer? ¿Por qué exponerse a que las grisetas

del bulevar lo miren de hito en hito, sin sospechar que bajo el color

oliva de su rostro hierve el aceite de una lámpara de oro, y que bajo

esas fibras de carbón adusto al peine yacen en huacas de indio las

cristalizaciones del sol más linajudo de la tierra? A Rojas, como a

los demás poetas bien raigales, debía la República coronarles de roble

y ñandubay, y en vez de permitirles estas excursiones por Europa,

ponerles en lo mas intrincado de la selva a recoger mieles líricas

en los panales y los nidos, a ver de olvidar lo que aprendieron

en la escuela y a ponerse en acecho de los sátiros y mafirihadas

aborígenes».--«¡Ah!--Contesta Ricardo Rojas, desde París, no sin

tristeza siquier dominada por su preexistente carácter--¡si la

República coronara de roble y de ñandubay a sus poetas, no buscaran

ellos en el éxodo y las peregrinaciones azarosas el lenitivo de sus

secretas amarguras, ni recurrieran, para el sustento del camino a la

producción forzada y premiosa, que, si no malogra, retarda al menos

la obra donde florece el genio de una raza!»--Y luego... «Yo procuré

ser útil a mi patria y digno de ella en el extranjero. Yo no llevé mi

ofrenda de mirra salvaje a la casa de los pontífices literarios. Yo

desdeñé el elogio fácil de los _maîtres_ que ignoraban mi idioma. Yo me

acerqué a hombres y monumentos con tal independencia mental, que mis

opiniones de meteco sublevaron algo una protesta. Yo dije a públicos

del viejo mundo las esperanzas del nuevo. Yo torné más alto y puro mi

corazón ante las nobles figuras del arte clásico. Yo admiré de Europa

la razón secular de su cultura, e inspirándome en ella, prediqué a mis

lectores del Plata un evangelio de belleza...; la devoción al ideal

como contrapeso a los esplendores materiales. Ahí reside para mí la

diferencia entre las viejas y las nuevas civilizaciones, y al admirar

de estas sociedades la tradición civil de su cultura, no lo hice en

detrimento de las cosas nativas: antes bien, procuré dar nueva vida a

ese culto europeo del ideal como la pasión americana de mi alma, que

enardeció la ausencia.» Este es el hombre. Y al conocerle os conquistan

bondad y talento. Y la primera condición ¡cuán rara ahora en un

intelectual! Su pensar crece ampliamente. Consagrado al culto patrio,

lucha porque se mantenga el principio nacionalista a través de las

invasiones que el mundo todo envía a la proficua tierra argentina. Su

americanismo y su patriotismo tienen muchos puntos de contacto con los

del gran cubano Martí. El trabaja en lo que llama su «evangelización

idealista», y dotado del don pedagógico inculca sus enseñanzas en la

generación universitaria que le escucha. Todo eso en el comienzo de su

camino.

Hace cinco años, en el _manoir_ de Boultous, después de haber yo hecho

la presentación del poeta argentino al príncipe lírico de las analogías

y de las imágenes en lengua francesa, al grande y bueno Saint-Pol-Roux,

llamado el magnífico en los bellos tiempos del simbolismo francés,

nos pusimos a hablar, durante el almuerzo y a la hora del champaña,

de nuestras respectivas edades. Y al decir Ricardo Rojas la suya,

una palabra brota de labios del _maître_ de _réans_, de la señora

de Saint-Pol-Roux, linda y gentil, de los hijos, Divine, Coecilian,

Loredan; y esa misma palabra era: ¡Bravo! Se aplaudía, como un bello

verso o como una música amable, la confesión de la más lozana juventud.

En plena juventud, pues, trabaja ese cultivador de ideales y

constructor de sueños. La producción que ha dado ya, garantiza para

mañana copiosas y firmes obras. Pocos como él poseen igual suma de

inquebrantables y nobles deseos y esa virtud de consagración, sin

aportar constante brega o sacrificio para llegar al punto ambicionado,

que no es sino, en los señalados, una etapa que inicia nuevos caminos y

ascensiones.

Sus calidades de pensador y de estudioso y sus disposiciones

catedráticas, se advierte en obras como _La restauración nacionalista_,

la introducción a la _Bibliografía_ de Sarmiento, y el excelente libro

sobre el abolengo de los argentinos titulado: _Blasón de plata_.

Asimismo, en sus _Cartas de Europa_, hábil, documentada y nutrida labor

de periodismo, pero en donde, como en todo lo de Rojas, encontraréis de

pronto el poder lírico, el tender a la trascendencia, y una armoniosa y

aun elocuente riqueza verbal. Y a esto no dejéis de agregar la emoción,

pues él también es un sentimental, un sensible y un sensitivo.

En estas líneas, concentradas y sintéticas, no quiero ni puedo hablaros

de sus procedimientos, de sus parentescos mentales, de su técnica. Ello

conviene a otra clase de estudio. El poeta se inició con _La Victoria

del hombre_, obra poemal que no se avenía con mis gustos, pero en la

cual hallé, como me acontece con cualquier obra de cualquier escuela

o de cualquier autor, la parte de belleza que podía satisfacerme y

que podía admirar. Luego he leído _Los lises del blasón_, libro de

un excelente artífice, exquisito y frío, trabajado y pulido, y en el

cual se siente el dominio de la forma, erudición poética, y voluntaria

o involuntaria fuerza de asimilación. ¿Mas en quién, aun entre los

mas grandes, no encontrar un antecedente o semejanza en el prodigioso

universo de la Lira?

Este libro de poesías me ha hecho pasar gratos momentos; no seré yo

quien se detenga a señalar lo que por completo no satisfaga. Sólo

afirmaré que si peca, es por exceso en el deseo de perfección, o

por dilectantismo en los descuidos. Marmóreo, amador de lo clásico,

moderno, sapiente o «funambulesco», quien ha escrito esos versos es

un apolonida, un prestigioso tocador del instrumento divino. Yo me

precio de comprender su espíritu y de admirar su feliz consagración.

Mucho debo también a sus gallardos entusiasmos y a su afecto. Gongora,

Banville, Montesquieu, celebrarían más de una de sus ejecuciones. ¿Y

quién no alabará a quien en su retiro compuso esos poemas, varios como

las cosas y los días, en loa del Amor, de la Amistad, de la Belleza, de

la Patria, que fueron tregua y ornamento en medio de la vida amarga

y bella? Vendrán frutos de mayor jugo y más completa sazón; vendrán

productos más temperados y de vastas proyecciones; pero el frescor de

las horas primaverales permanecerá en las cosechas primigenias.

Hay un soneto final en el volumen en que me ocupo, que hace ver un

Ricardo Rojas supersticioso, como cumple a un verdadero interrogador

de los misterios del mundo. Tratan esos catorce versos de la

malhadada profecía de una gitana, que al probar en el poeta su saber

quiromántico, interpretó el fatídico signo de una muerte temprana:

Deme esa triste dicha de perecer mañana

La Lívida que acecha mi paso en el camino,

Cuando aún mi carne llore por el arte divino

Y arda mi alma en la lumbre de su pasión humana.

Corte el hilo invisible de mi vida su diente,

Antes que se marchite la rosa de mi frente;

Mas concédame, al menos, en mi destino raro,

Realizar en el mundo la visión de mis sueños,

Que es dejar a otra frente mi corona de ensueños,

Y mi amor en el ritmo de poema preclaro.

Las gitanas, como todas las sibilas, suelen con bastante frecuencia

equivocarse, y el poeta tiene posiblemente en su vigor de voluntad el

secreto de su vivir. Después de _Los lises del blasón_, después de _El

Libro de Perséphone_, después de _La Sangre del Sol_, dos libros, estos

últimos, que aun no conozco, han de venir otros más firmes y melodiosos

poemas. Y el patriótico idealista completará también la tarea para la

que ha nacido.

[Ilustración]

[Ilustración]

MANUEL UGARTE

El Sr. Manuel Ugarte, tan ventajosa y profusamente conocido en

la Prensa hispanoamericana, en España, en el elemento socialista

de Francia; que ha sido un ferviente adorador de las musas y de

las gracias; que recientísimamente ha publicado un libro de gran

resonancia, que ha tenido comentadores hasta en el lejano Japón, _El

porvenir de la América latina_, recorre hoy los países de nuestro

continente e islas castellanas, dando en conferencias voces de alarma,

señalando, _gesto_ complementario de su doctrina opuesta, el peligro

yanqui. Ya en Cuba, y a pesar de que ha mentado la soga en casa del

ahorcado, fué recibido con la usual ferviente gentileza que, para

los escritores extranjeros tienen los hombres de letras cubanos. Los

merecimientos de Manuel Ugarte harán, desde luego, que en todos los

países que visite sea acogido con fraternal cordialidad.

Supongo que las prédicas del nuevo cruzado expondrán y desarrollarán el

espíritu de su libro, que él llama sencillo, pero que no lo es tanto

como su modestia lo declara. Hay en él ideas, estilo, entusiasmo, y,

hasta el águila de la cubierta, que lleva en las garras el pabellón de

los Estados Unidos, había de llamar la atención sobre todo al yanqui.

Así fué que, en la tierra de los dólares, fué examinada o combatida

su obra, mayor y más detenidamente que en ninguna otra parte. Tal

libro es un libro _de buena fe_, que diría Montaigne, un libro que,

para el ideal que sostiene, hacía falta. El grito de alarma se había

dado ya líricamente. Vargas Vila, entre otros, había lanzado terribles

clamores; José Martí, más de una vez, había dicho cosas bellas y

proféticas sobre el acecho de los hombres del Norte. Yo mismo, hace

ya bastante tiempo, lancé a Mr. Roosevelt, el fuerte cazador, un

trompetazo, por otra parte inofensivo. Pero esas son cosas de poetas.

El volumen de Manuel Ugarte es trabajo de estudioso, con observaciones

felices, erudición, método, y, aunque el autor no lo quiera,

literatura. Y, sobre todo, ha sido un volumen _sensacional_. Todo ello

es hermoso, plausible y meritorio.

«Claro está--dice Manuel Ugarte--que todo grito de polémica tiene que

levantar objeciones. Unos censurarán la desconfianza que nace acaso de

la contradicción, entre el valor inapreciable de nuestro porvenir y la

debilidad que nos imposibilita para defenderlo. Sois, nos dirán, como

el niño que ha cogido una mariposa y la aprieta en el hueco de la mano

a riesgo de destruirla. Otros criticarán el optimismo, brote espontáneo

de una concepción batalladora y enérgica de la vida. Los más hostiles

pondrán en tela de juicio el interés del estudio. Los más hábiles le

darán un alcance que no tiene. Éstos le motejarán de antipatriótico.

Aquéllos verán en él un síntoma de imperialismo. Y condenada aquí a una

circulación silenciosa por las conspiraciones inútiles, levantada allá

por las olas confusas de las divergencias, la obra estará siempre lejos

de conseguir una aprobación unánime.» Yo no soy de los hostiles, y

digo: el libro es interesante, muy interesante. Aplaudo el optimismo,

porque es bello y saludable. Celebro la intención romántica y generosa.

Y después de aplaudir el libro, aplaudo el viaje. Pero... en cuanto

a los resultados, me declaro absolutamente pesimista. Unos pueblos

en donde el dólar impera ya, están contentísimos según parece. Y en

los otros, hay quienes tienen envidia a los primeros, y desean que el

monstruo les devore. «Conozco al monstruo porque he vivido mucho tiempo

en sus entrañas», decía José Martí, desde New-York. Y los _pueblos

enfermos_ parece que dijesen: «Señor monstruo, le damos las gracias,

puesto que nos va a comer en salsa de oro».

Por lo que toca al autor y oral propagandista, no es detalle secundario

lo que se diga de él. Y yo digo que, aunque el porvenir de la América

Latina sea el previsto fatalmente, Manuel Ugarte, con sus esfuerzos en

el libro, en la Sorbona y en el viaje, habrá ganado el mejor laurel

para su cabeza.

[Ilustración]

[Ilustración]

ANGEL ZARRAGA

Llegó de tierra mejicana a Europa joven, muy joven.

Escribía versos, pintaba cuadros, estaba lleno de ilusiones de gloria.

Los versos y las pinturas revelaban un hermoso y fresco talento, en el

cual se encontraba una cuidada cultura, la decisión y la pasión del

artista nacido y la chispa americana.

Se fué a la madre patria, a España; los versos fueron poco a poco

quedando en segundo término y Angel Zárraga, como poseído de su

verdadera vocación, buscó a los maestros pintores peninsulares, visitó

y estudió el Museo del Prado, entró al taller del admirable técnico

que es Sorolla; aprendió todo lo que pudo aprender; se relacionó con

los intelectuales, fué íntimo de Valle Inclán, de los Baroja; se unió

a los jóvenes que hoy brillan en el arte español. Luego fué a Bélgica,

ensayó tales o cuales novedades, neo-impresionismo, divisionismo; dejó

piafar su juventud ansiosa. La reflexión llegó, y cambió los nuevos

buscadores por los viejos maestros. Quintín, Metsys, Memling, todos los

grandes flamencos fueron admirados y comprendidos por el hijo del país

azteca, que lleva sangre vasca en las venas. En Holanda conoció y trató

a más de un raro de la pintura, como ese misterioso y singular Toorop,

sobre quien se diría ha soplado una ráfaga venida de las entrañas de la

antigua India. Luego, Angel Zárraga pasó a Italia, y fué encantado por

la más maravillosa y deleitable música de los ojos, con los poderosos

creadores del Renacimiento, con los príncipes del dibujo y reyes del

color, con los suntuosos y soberbios decoradores de iglesias y palacios

que dejaron a los siglos sus tesoros de gracia y fuerza pictóricas.

Mas no fueron solamente los italianos, sino otros grandes de otras

partes quienes prefiriera su deseo de perfeccionamiento. Y así ha

escrito Rodolfo Panichi: «Il Rembrandt, il Morone, il Tintoretto, il

Velázquez, il Goya, sono i veri maestri che lo Zárraga ha nell' ánima e

nell' ochio, ed egli si pone il principio che, coi mezzi meravigliosi

dei Veneti del decimosesto secolo e degli Spagnuoli del decimosettimo

si possa esprimere tutta la complessità e l'inquietudine della vita

contemporanea. Egli trascura pertanto ogni artificio di tecnica

moderna, riescendo ad ottenere una luminositá composta, una intonazione

gradevole e poetica, alla quale tuttavia i suoi studi sulla divisione e

sovraposizione del colore devono avergli giovato notevolmente. Cosi, se

c'e talora nei suoi lavori un senso di manierismo nella distribuzione

delle parti principali, e di convenzionalismo negli accessori che

ricordano le composizioni del nostro risorgimento, egli resta però

psicologicamente indipendente». Y es lo cierto que, de su incursión

por el espíritu del arte moderno, han resultado obras que tienen una

característica, un sello personal inconfundible en figuras magistrales,

sólo que, como lo hace notar el mismo Panichi, el tipo de los campos

es distinto, «es el país castellano, son los contornos de Toledo y

de Segovia los que el pintor siente y reproduce: un país lleno de

melancolía y de tristeza...» En España ha encontrado Zárraga muchas de

sus figuras. _La vieja que ora_, arrugada y triste de una pena secular;

_La mala consejera_, la celestina de cara de buho, junto a la muchacha

rozagante, carne de vicio; _La bailarina desnuda y la trotaconventos

maternal_; _La mendiga y la vieja del rosario_ y _El Tríptico_ de las

dos mozas ferrosas y el viejo del escapulario, apretado, amojamado,

pero viviente de su vida sórdida, devota y tradicional.

¡Y las lindas figuras femeninas de Angel Zárraga! La del _Don, Marta

y María_, ascetismo y voluptuosidad; el otro cálido desnudo de la

_Alegoría del Otoño_, cuadro digno de los buenos tiempos de Venecia;

un precioso retrato de adolescente; la dama arrodillada ante el San

Sebastián, un tanto paganizado del _Voto_, que se expuso en el pasado

Salón de Otoño; la hembra de _la femme et le pantin_; y, sobre todos,

esa maravillosa _Novia_, cuadro que con sus dos desnudos es un canto

misterioso a la _arcilla ideal_, al hechizo enigmático de la mujer, y

que, vagamente sugiere en la simbólica Granada entreabierta, el arcano

amoroso y la iniciación de las iniciaciones. Paso a paso, consciente y

con seguridad, va Angel Zárraga camino de la gloria.

[Ilustración]

ALBERTO DEL SOLAR

La Real Academia Española, que acaba de abrir sus puertas al escritor

chileno Alberto del Solar en calidad de miembro correspondiente, ha

realizado un acto de completa justicia. Ha tiempo que el autor de

tantos libros plausibles, que acaban de aparecer compilados en una

bella edición de _Obras Completas_, era merecedor de tal homenaje.

Fuera de sus méritos de novelista, de narrador, de poeta, de autor

dramático, ha sido siempre cultivador de la tradición castiza de

nuestra lengua, y no ha transigido ni aun con la singular costumbre,

que creo que se debe a D. Andrés Bello, de usar la i latina como

conjunción en los casos en que todos usamos la _y_ griega o _ye_.

Va bien, pues, Del Solar, entre los que tienen por especial misión

limpiar, fijar y dar esplendor al idioma castellano.

Una de las particularidades que distinguen a Alberto del Solar es su

americanismo, demostrado desde antaño. Desde sus recuerdos sobre la

guerra del Pacífico, en la cual, siendo muy joven, tomó parte por mar

y por tierra, hasta sus últimos trabajos, casi todos, todos puede

decirse, se refieren a nuestra América, y principalmente a Chile, su

patria, o a la República Argentina, patria de sus hijos.

En esos recuerdos a que me he referido brilla un vibrante amor de la

tierra natal, y de sus glorias, y se habla con palabras de verdad y de

entusiasmo--«yo vi, yo estaba allí»--del heroísmo del soldado chileno,

de su terribleza y de su resistencia. Y no hay, desde luego, ninguna

manifestación de odio o rencor al enemigo. En la novela _Huincahual_,

que pasa en tiempos del antiguo Arauco, y que habría regocijado a

Marmontel y logrado la aprobación de Chateaubriand, se trata de luchas

y amores entre personajes de las razas contrarias: la conquistadora

y la autóctona. La narración es clara, sencilla, con justa y precisa

erudición, como que se apoyaba el autor en documentos del eminente

americanista Medina, y de un interés sostenido y atrayente. «Me ha

gustado e interesado tanto, que pienso hablar de ella cuando hable de

otras novelas hispanoamericanas», escribía D. Juan Valera.

En _Rastaquouere_, otra novela, trabaja Del Solar en materia

contemporánea y graciosísima; está muy galanamente escrita, y contiene

muchas y muy saludables enseñanzas.

La novela _Contra la marea_, entusiasmó a poetas como Rafael Obligado,

cuando fué leída en reuniones literarias en casa de ese noble e ilustre

amigo; yo asistí a algunas durante mi permanencia en Buenos Aires. Es

también labor americana, de ambiente argentino, y en ella, como en

_El Faro_, otra novela escrita sin que conociese el autor _La Tour

d'Amour_, de Rachilde, aparece uno de los elementos que ejercen mayor

atracción en la facultad imaginativa y creadora de Alberto del Solar:

el mar.

En las concertadas líneas de esta «cabeza» no podría ni someramente

juzgar ni presentar toda la obra ya numerosa de mi eminente amigo.

Alguna vez--hace ya años--expresé mis elogiosos pensares en el prólogo

de uno de sus libros. Hoy podría agregar que ha contribuído a la

formación del teatro nacional argentino, con la presentación de más

de una obra celebrada a pesar de lo dificultoso de la empresa. De su

comedia _El doctor Morris_, que creo se ha representado también en

inglés, decía el poeta Díaz Romero: «Es una de las obras de teatro

más seductoras que se hayan representado en este país». Y de _El

Faro_, _Chacabuco_ y otros trabajos se han hecho los juicios más

satisfactorios.

Mucho habría que decir del crítico, del conferencista, de algún

excelente ensayo de historia; mas ello no cabría sino en líneas

mayores. Debo, sin embargo, hablar del poeta. Y aquí volveré a recordar

cómo aviva su fantasía, y le mueve a expresarse métrica, sonoramente la

vasta influencia oceánica, advertida desde su infancia en la pintoresca

y encantadora Valparaíso. Cuando aparecieron en _La Nación_, de Buenos

Aires, versos de Del Solar, el hecho causó asombro. Sus colegas de

la prosa se asombraron: ante los mundanos y ante los de los millones

perdió méritos; los poetas, celosos de su ciudad sagrada, le exigieron

el _schiboleth_. Con todos ellos supo entenderse; y al publicar

recientemente su poema _El Diamante azul_, en que siempre aparece la

prodigiosa Thalassa, se ha visto que se trata de un verdadero lírico,

conocedor de nuestro parnaso y de los grandes poetas ingleses, y cuya

factura de corte clásico no le impide vuelos muy modernos, pegaso y

aeroplano. Páginas entusiásticas se han escrito sobre ese hermoso

poema--entre ellas una notable de Luis Berisso--, y en ellas se alaba

el dominio de la expresión y la fuerza imaginativa. Yo he leído con

detención esos resonantes y ágiles versos que expresan un significativo

«mito» y que juntan la gracia de las ficciones y metamorfosis antiguas

a un tema que no puede ser más real, en las férreas y mecánicas

tragedias de nuestros días: el naufragio del _Titanic_. Una leyenda

comentada por los diarios a raíz de la pérdida de aquel colosal barco,

dió motivo a que Del Solar escribiese su conmovedora y musical obra, y

el poema surgió, digno del poeta y de la poesía.

[Ilustración]

[Ilustración]

JACINTO OCTAVIO PICON

La reciente elección de la Real Academia Española ha sido, con

justicia, muy bien recibida en los círculos intelectuales. El elemento

antineo se ha sentido con gran regocijo; pues hubo lucha en el reino

gramatical, y, sin la oportuna llegada de votos importantes como

Galdós y Sellés, es casi seguro que hubiera triunfado el candidato

conservador, el eminente anónimo D. Angel María Decarrete. Picón es un

espíritu simpáticamente vivaz, uno de los mejores escritores de su país

y un _gentleman_ cuya corrección se viste de amabilidad: hice, pues, mi

visita a Picón.

Yo no le conocía personalmente; no obstante, un académico siempre

tiene ante nuestra imaginación cierta gravedad doctoral: así, mi

sorpresa, al ser presentado, no pudo disimularse: nada de lo imaginado,

¡ni siquiera anteojos! En su _garçonniére_, donde preside el más

discreto y elegante gusto en el arreglo y decoración, vive entre libros

y obras de arte: viudo que parece más joven que sus hijos ya hombres.

Hidalgo antiguo con el aspecto de un clubman moderno: dedicado a sus

libros viejos para saber y decir cosas nuevas. Al mirar, los ojos finos

parecen que registran las intenciones; el ademán es franco y noble,

el apretón de manos da la sensación de la sinceridad. Es afectuoso y

varonil, sin melosidades falsas ni chinerías de fórmulas. A poco, ya

estamos viendo una nueva edición del _Quijote_ hecha en Inglaterra; y

con tal causa admiro su conversación erudita, su pericia de bibliófilo

y su seguridad crítica. Me muestra buena parte de sus libros raros, de

sus ejemplares preciosos, con orgullo de buen artesano que supiera la

calidad de sus útiles, con el aire de un maestro de armas que enseñase

sus mejores espadas y floretes. Ya es un curiosísimo libro de refranes,

ya un Quevedo que tuvo entre sus manos la censura de la Inquisición,

con versos y estrofas tachados, que en las ediciones posteriores,

o están reemplazados por puntos suspensivos, o suprimidos; o ya por

mostrar lo que es el lujo aristocrático de la tipografía española,

volúmenes de Monfort, de la imprenta real, o de Sancha.

--«¿Un cigarrillo?»

Tengo que confesar, con verdadero encogimiento, que me es extraño el

Agréable tabac, charmant amusement

Qui d'un langage muet entretient en fumant,

Cabezas: Pensadores y Artistas, Políticos Obras Completas Vol. XXII · 第 2 / 6 段