Tengo a la vista una serie de planchas coloreadas de esos he

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han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

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CABEZAS

[Ilustración]

RUBÉN DARÍO

CABEZAS

PENSADORES

Y ARTISTAS

POLÍTICOS

[Ilustración]

VOLUMEN XXII

DE LAS OBRAS COMPLETAS

ADMINISTRACIÓN

EDITORIAL «MUNDO LATINO»

MADRID

ES PROPIEDAD (Ilustraciones de E. Ochoa.)

PENSADORES

Y

ARTISTAS

[Ilustración]

[Ilustración]

JACINTO BENAVENTE

Cuando Jacinto Benavente entró a la Real Academia Española, se

preguntaron muchos: «¿A qué va Benavente a la Academia?» Contestaron

algunos: «A hacer lo que todos los académicos hacen; limpiar, fijar y

dar esplendor».

No, no iba a eso. En tal recinto, e intelectualmente hablando, para

limpiar, necesitaría la representación de Hércules; para fijar, la de

Minerva; para dar esplendor, la del mismo Apolo. Iba sencillamente

a demostrar que, por opinión general, quien había logrado todos los

triunfos populares merecía también todos los honores oficiales. He

dicho populares, porque, aunque Benavente sea un autor de _élite_ su

nombre es famoso en todas partes en donde se habla nuestro idioma y aun

en otras.

Benavente representa para España lo que un Capus o un Bernstein para

Francia, o mejor, lo que un Bernard Shaw para Inglaterra. Y aun, en

condiciones especiales, es el único que haya logrado dar verdadero

brillo y resonancia a las Máscaras castellanas.

Poco avisados los que le juzgan con el oído puesto al Boulevard. El

mundo en que se mueven sus tipos, en la mayor parte de sus comedias,

es ese mundo universal que tiene por norma, desde luego, más o menos

aplicada a sus medios respectivos, la vida parisiense; y si no, fijaos

en las escenas de los comediógrafos italianos del día. Ese mundo es _le

monde_. Mas los personajes benaventinos que se mueven y expresan en

el ambiente de Madrid, son de la legítima descendencia clásica; y sus

diálogos chispeantes del ingenio que les presta su creador, no son sino

los antiguos discreteos de Calderón o Lope modernizados.

Ni tan solo en lo cotidiano social y de lo mundano inmediato ha de

entretenerse este cultivador de agudas y frívolas filosofías. De cuando

en cuando le veréis salir con su cara de Shakespeare--pues es harto

semejante a algunos retratos del gran Will--impregnado de esencias

hamletianas, o húmedo de los rocíos de las florestas por donde vayan

las Rosalindas, las Perditas y las Cordelias.

[Ilustración: JACINTO BENAVENTE]

A pesar de su fama de amargor, confiaos a él. Hay entre sus macizos de

floridas espinas muy exquisitos de miel, mucho consuelo humano, mucha

ternura compensadora de desesperanza.

Entrad en su teatro de ensueño y en su teatro de bondad. Dejaos llevar

por la mano que sabe apartar los ramajes hostiles. Él os hará el regalo

de la poética dulzura, del rayo de luna, del canto cristalino del

ruiseñor; y como es conveniente, a su tiempo, en el instante preciso,

os hará una pirueta; y le daréis las gracias por el palmo de narices

con que os gratifique.

Y os dejará plantados. No le sigáis. Él se va, como murmurando, porque

sabe muchas cosas del cielo y de la tierra. No le sigáis. Podréis creer

por el movimiento de sus hombros que se va riendo, pero no podéis

afirmar que no vaya llorando. ¿No acaba de daros vida, vida brutal,

trágica, dolorosa, en esa _Malquerida_ en que ha concentrado todas las

fatalidades y el apocalíptico misterio de la mujer: _Misterium?_

El verdadero poder de Benavente consiste en que es un poeta, en que

posee la intra y supervisión del poeta, y en que todo a lo que toca le

comunica la virtud mágica de su secreto.

Su inquietud viene de la intensa vibración de su espíritu. Estará en

la soledad consigo mismo. Irá a pasar sus horas con sus amigos los

poetas. Luego--no lo dudéis--tras alguna cabriola, entrará a la casa

del Diccionario para hablar con las momias. Y las dejará aún más

estupefactas.

[Ilustración]

[Ilustración]

JOSE ENRIQUE RODO

El oficio de pensar es de los más graves y peligrosos sobre la faz

de la tierra, bajo la bóveda del cielo. Es como el del aeronauta, el

del marino y el del minero. Ir muy lejos explorando, muy arriba o

muy abajo, mantiene alrededor la continua amenaza del vértigo, del

naufragio o del aplastamiento. Así, la principal condición del pensador

es la serenidad.

En la América nuestra no hemos tenido casi pensadores; no ha habido

tiempo, todo ha sido fecundidad verbal, más o menos feliz, declamación

sibilina, _pastiche_ oratoria, expansión, panfleto. Con dificultad se

encontrará en toda la historia de nuestro desarrollo intelectual este

producto de otras civilizaciones: el ensayista.

José Enrique Rodó es el pensador de nuestros nuevos tiempos, y, para

buscar siempre el parangón en el otro plato de la balanza americana,

diré que corresponde a Emerson. Es Emerson latino, cuya serenidad viene

de Grecia, y cuya oración dominical es la salutación a Palas Atenea, la

plegaria ante el acrópolis. Y advertid que, a pesar de lo que se afirme

y comente, Rodó no es un renaniano, en el sentido que en el común

dialecto literario se da a esta palabra. Su tranquila visión está llena

de profundidad. El cristal de su oración arrastra arenas de oro de las

más diversas filosofías, y más encontraréis en él del más optimista de

los ensayistas, que del gordo cura laico biógrafo de N. S. Jesucristo,

abate de Jouarres, _in partibus infidelium_.

Desde sus comienzos, la obra de Rodó se concreta en ideas, en ideas

decoradas con pulcritud por la gracia dignamente seductora de un

estilo de alabastros y mármoles. Solamente que él pigmalioniza, y el

temor de impasibilidad, de frialdad desaparece cuando se ve la piedra

cincelada que se anima, la estatua que canta. Nació con vocación de

belleza y enseñanza. Enseñanza, es decir conducción de almas. A

tal pedagogía es a la que se refiere el Dante en un verso referente a

Virgilio. Cuando apareció su primer opúsculo, _Vida Nueva_, se vió el

surgir de un maestro en su generación, en la generación continental. Su

segundo opúsculo sobre el autor de _Prosas Profanas_, o mejor dicho,

sobre este libro de poesías, le afirmó virtuoso de la prosa, de la

erudición elegante, y en la última parte de su trabajo, profeta. Altas

y generosas especulaciones le ocuparon, y _Ariel_ señala un nuevo

triunfo de su espíritu y una nueva conquista de sus predicaciones,

por la hermosura de la existencia, por la elevación de los intelectos

hispanoamericanos, por el culto nunca desfalleciente ni claudicante

del más puro y alentador de los ideales. Definíase más y más su

personalidad, y se hubiera dicho un filósofo platónico de la flor del

paganismo antiguo, resucitado en tierras americanas. Y tuvo el más

bello de sus gestos, cuando, llevado a las controversias de la Prensa

y a las agitaciones de la Cámara, por los caprichos de la política,

el adorador de los dioses de la Hélade salió a la defensa de nuestro

pálido Dios Cristiano, Desterrado allá, como en Francia, de los lugares

de la Justicia, por obra de la roja cosa jacobina.

[Ilustración: JOSÉ ENRIQUE RODÓ]

Por último, aparece su obra magna hasta hoy, esos _Motivos de Proteo_,

aires mentales, sinfonías, de ideas que llevan dentro tanta virtud

bienhechora, libro que ha sido acogido en todas partes con entusiasmo

y con razonada admiración. Es un libro fragmentario, ¡pero cuan lleno

de riqueza! fragmentario ocasional o decididamente. Ello hace que

su prosecución sea indefinida, y que el encanto y el provecho se

prolonguen en la esperanza después de cada aporte. El tesoro está allí.

Cada vez que Aladino baje, estemos atentos.

[Ilustración]

[Ilustración]

GRAÇA ARANHA

Uno de los críticos que han estudiado la personalidad intelectual de

Graça Aranha--el señor Elysio de Carvalho--hace notar que antes de

que la gloria iluminase el nombre del autor de _Chanaan_, era éste un

escritor de cenáculos «apenas conocido de sus íntimos, que lo sabían

un talento peregrino, un espíritu culto, un artista de raza capaz

de realizar el gran sueño de arte que le acariciaba el alma». Hoy

Graça Aranha ha conquistado los más justos laureles, y es conocido y

celebrado en todo el mundo literario. Mas su universal renombre no ha

hecho más que hacer brillar mejor el puro diamante de su nacionalismo.

Él es brasileño ante todo. Con satisfacción y con orgullo, me decía

hace pocos días: «Me place más ser comprendido por el último de

los estudiantes de mi tierra, que por el primero de los escritores

europeos». Y en el Brasil se le devuelve su afecto con creces. Es de

los que encarnan el alma de la raza, es de los representativos. Él

ha expresado en una prosa impecable y admirable el ideal patriótico,

y ha pintado magistralmente el escenario fabuloso de ese vasto y

vigoroso país, animado como ninguno de las savias de la tierra y de

los fuegos fecundantes del sol. Muchos ilustres varones de pensamiento

tuvo el pasado imperio y tiene la joven república; pero ninguno

había expresado el espíritu nacional, ni tenido tan hermosamente, en

simbólicas figuras, la visión del porvenir, como el joven pensador que

llegaba señalando el rumbo de la vida nueva, y cuyo libro resonante

era--escribía el noble y grande José Verissimo--«nuevo por el tema,

nuevo por la inspiración y concepción, nuevo por el estilo».

_Chanaan_, que tuvo tan estupenda acogida en la patria brasileña,

en toda la América del Sur; y cuando presentada a los públicos de

Europa por el introductor de Ibsen, el diplomático y escritor ruso

conde Prozor--un gran señor de letras--, que fué quien la tradujo al

francés, _Chanaan_ fué conocida mayormente, y el talento del autor

adquirió fama y autoridad internacionales. Así al representarse en

París, por el teatro de l'OEuvre _Malazarte_, que interpretaron actores

como Lugne-Poe, De Max, y esa sutil y encantadora Greta Prozor, flor

teatral cultivada por la maga Suzanne Despres, ya se sabía quién era

el autor, que ofrecía a los exigentes lutecianos un ramo de sus rosas

radiantes y de sus orquídeas tropicales.

Yo he visto al glorioso novelista brasileño en París, en reuniones

en donde ha estado representado el pensamiento francés por sus

personalidades más eminentes; y le he conocido en su propio medio,

frente a aquel espectáculo de ensueño y de fantasía, que es la bahía

de la capital fluminense. El vapor en que íbamos los miembros de las

delegaciones de varios países a la Conferencia Panamericana, había

anclado. Iba con nosotros el ilustre embajador y poderoso intelectual,

que era Joaquín Nabuco. Llegaban a rodear nuestro barco _ferry-boats_

llenos de estudiantes y de músicas, que lanzaban al aire himnos y

vivas. Y un balandro apareció en donde venían varios caballeros de

distinción. Entre ellos me fué señalado por Nabuco uno:--«¡Vea usted,

aquél es Graça Aranha!»--me decía alegre y conmovido el magnífico

anciano, quien admiraba y quería al triunfante joven. Luego nos

presentó, y desde entonces he cultivado con el creador de _Chanaan_ la

más cordial de las amistades intelectuales.

El Brasil es un país de tradiciones aristocráticas, y la cultura

social se impone desde luego. Se ha aprovechado de todo lo que ha

producido la civilización europea, y se ha plasmado una característica

nacional inconfundible, que podría servir de modelo en otras naciones

del continente. Al núcleo principal pertenecen hombres como Graça

Aranha, en quien las distintas situaciones oficiales y sus condiciones

de intelecto y de civilidad han hecho uno de esos representantes

que tanto brillo han dado a la historia diplomática de su tierra.

Individualmente, junta el _gentleman_ al caballero; es esto decir que

su trato no se resiste de sequedad, antes bien, hace transparentarse la

buena fe, la cordialidad y la generosa nobleza. Cuando uno ha tenido la

feliz oportunidad de conocer a cancilleres como el barón de Río Branco

y el doctor Lauro Muller; a embajadores como Nabuco, y en la joven

diplomacia a representantes como Fontoura Xavier, como Barros Moreira,

como Belloso Rebello, como Graça Aranha, comprende cómo los estadistas

brasileños han querido que los que llevan el nombre y la autoridad del

Brasil al exterior, veteranos y nuevos, formen un cuerpo de excelentes,

una _élite_ que pueda, en todo y en cada uno, ser a la Patria motivos

de complacencia. Y Graça Aranha honra no solamente a su patria natal,

sino a su lengua, que es una más grande patria.

[Ilustración]

[Ilustración]

ZORRILLA DE SAN MARTIN

Hace veinte años que vi por la primera vez a este admirable uruguayo.

Los que le conocen me han dicho que, hoy como antes, anima un espíritu

encendido y palpitante aquel cuerpo que crece al resplandor de la frase

oratoria, aquella cabeza de tribuno, aquella cabeza de poeta. Y como

vive de fe y respira esperanza, se diría que una inagotable juventud

conserva firmes sus nervios, airoso su gesto, cálida y vivificante su

palabra, toda energía y ritmo.

Le recuerdo en días de triunfos y de gozos, entre fiestas y pompas

españolas. Las delegaciones de las repúblicas americanas contaban,

como era de razón, sobre todo las tropicales, con sujetos verbosos

y hábiles para el discurso; pero en conjunto, no podíamos presentar

delante de un Castelar, sino al delegado uruguayo, a la sazón ministro

de su país ante Su Majestad Católica. A su fama asentada de gran poeta

unía el dominante prestigio de una elocuencia, si a veces harto fogosa,

por lo mismo plenamente representativa de nuestros entusiasmos y

vivacidades continentales. Su negra y copiosa cabellera se agitaba en

la conmoción de las arengas; el brazo diestro se alzaba como arrojando,

como esparciendo, como regando las oraciones; los ojos, la máscara

toda contribuían a la conquista de los auditorios; y un común orgullo

nos producía a los neomundiales la victoria de aquel hombre generoso

y lírico, que había cantado al épico charrúa Tabaré, y saludaba en

vibradores y musicales períodos, en nombre de las naciones nuevas, a

la regia decaída y maternal España. Con _Tabaré_ y con la _Leyenda

Patria_--que celebraron poetas como Olegario Andrade, autoridades como

Paul Groussac--se colocó Zorrilla de San Martín en el escaso número de

los grandes líricos americanos. Se ha dicho que siempre en el poeta

aparece la amplitud, la exuberancia oratorias. No olvidemos que

ello es una característica de Víctor Hugo, y más cerca y no a tantas

alturas, de Núñez de Arce. Es una elocuencia llena de lirismo, y esto

lo admiramos hasta en el mismo viejo Esquilo. Cuando en mi primaveral

juventud llegó a mis manos el poema épico lírico del célebre uruguayo,

me impresionó por su belleza armoniosa, y por el contagio entusiástico

de lo que antaño se calificaba con el nombre de «inspiración». En

_Tabaré_--«ese extraño y hermoso poema, con el que acaso sean más

justicieras que las actuales las generaciones que vendrán», según el

decir de un meditativo y decoroso pensador que brilla en la juventud

uruguaya, Amadeo Almada--encontré en días en que imperaban endémicas

doctrinas, una novedad sana y un sentido de musicalidad honda y

trascendente, que venían de la influencia de un poeta «menor» pero de

los más dignos de admiración y amor en la España del siglo pasado:

Bécquer. «Mi Gustavo Bécquer, genio admirable y querido, despertador de

mi adolescencia poética», dice Zorrilla de San Martín en una confesión

reciente publicada en _Mundial_. Había, en efecto, un eco del arpa de

Bécquer, pero sinfonizado en un órgano que se diría hecho de las más

robustas y sonantes cañas y bambúes de nuestras selvas americanas.

_Tabaré_ fué celebrado en España y en toda la América latina con loas y

palmas merecidas.

Zorrilla de San Martín reconoce el perjuicio que posteriores

correcciones causaron a su obra... «Quise quitar, ¡pecado de mí!,

ingenuidades en una obra ingenua; quise razonar.» Sí, su obra es

ingenua como una planta, como una flor, como el agua de un manantial,

y ella guardará el frescor y el perfume de la más grata estación de su

existencia.

También ha citado estos conceptos de Carlyle referentes a Dante: «Si

vuestra composición es auténticamente musical, no solamente en la

palabra, sino en el corazón y en la sustancia, en los pensamientos

y articulaciones, en toda la concepción, entonces será poética; mas

no de otra manera. ¡Musical! ¡Cuánto se encierra en esta palabra! Un

pensamiento musical es el que ha penetrado hasta lo más íntimo del

corazón de las cosas, y puesto al descubierto lo más recóndito de sus

misterios...»

[Ilustración]

FRANCISCO GARCIA CALDERON

Un joven sabio; palabras difíciles de juntar en nuestra América. A

Francisco García Calderón siéntanle por igual manera los calificativos

de _savant_ y de _sage_. La gravedad espiritual, el desdén de las

literaturas fáciles, y diremos así de simple adorno, el alejamiento del

_dilettantismo_, y su copioso saber, sostenido por una inteligencia

fuerte y ponderada, le han dado un lugar especial en nuestra reciente

intelectualidad. Habita en París, y busca los jardines apacibles de

la filosofía, en vez de entregarse a las bellas y ligeras letras de

la luminosa capital del _esprit_. Cuando, por la fatalidad que pesa

sobre muchos de los escritores que aquí residimos, «hace periodismo», y

finge de corresponsal a diarios hispanoamericanos, se ocupa en Gabriel

Tarde; en el soliloquio platónico de Renouvier, en Brunetière que juzga

a Renan, en Menéndez Pidal y la cultura española, en los estudios

penales de Dorado Montero, en el fenómeno religioso de los Estados

Unidos, en los ideales de la vida, según William James, y en otros

tópicos semejantes. Como veis, todo eso está muy lejos del _boulevard_.

Sus relaciones intelectuales son las que convienen a semejante monge

laico, fraile de la filosofía. «Monsieur F. García Calderón est un

jeune peroubien qui connait admirablement la France, son histoire,

ses ecrivains, ses philosophes.» ¿Quién escribe esos conceptos? Es M.

Gabriel Seailles, profesor en la Soborna. «Esprit ouvert et curieux,

auditeur et auditeur attentif, ardent, consciencieux intelligent,

vous mettez votre effort et votre joie à penetrer dans la pensée,

dans l'âme des hommes que vous voluez connaître». «Donc s'assimiler

appliquer l'experience de l'âgé mur et même temps garder l'elan, la

foi et même les ilusions de la jeunesse, trover enfin le moyen de

réunir en un tout vivant et harmonieux ces deux ordres de qualités,

en apparence contradictoires, ce est le conseil que, for de vos études

et de vos reflexions, vous donnez à votre Patrie. Je crois bien que ce

conseil convient a tous les hommes, et qu'en tout pays on aura intérêt

et profit à lire un livre tel que le votre.» ¿Quién expresa tales

opiniones? Monsieur Émile Boutroux, del Instituto. Díme con quien andas

y te diré quién eres. Es raro, sí, muy raro, que en nuestros países un

espíritu joven y bizarro, como el de García Calderón, deje el verjel de

los lirios y los mirtos y los laureles para inclinarse al pozo de donde

se espera ver salir el blanco cuerpo de la verdad. Pocos van a las

honduras de los problemas espirituales, pocos se consagran al ejercicio

del pensamiento en los altos asuntos religiosos y morales.

Pocos visten el sayal pesado del estudioso y se encaran con las

gravedades de la vida y de la conciencia humanas. Francisco García

Calderón se ha dedicado a tales tareas. «_Vous n'etes pas mu par un

frivole esprit de diletanttisme_», le dice uno de los sabios que he

dictado anteriormente. Y él mismo declaraba en uno de sus primeros

libros el propósito de «levantarse sobre la parcialidad benedictina del

análisis, sobre la frivolidad estéril de la hora y dar a su espíritu

el grave recogimiento que conviene a la eclosión de futuras obras

durables.»

La obra fundamental, hasta ahora, de nuestro amable pensador, es la

que consagrara a su patria, _Le Perou contemporain_. Es una obra

fuerte de medula, y que indica un vigor de espíritu y un estudio tan

sólido y de trascendencia, que se diría de años mayores. La obra está

escrita, a pesar de la particularidad patriótica, bajo un concepto

universal, y puede ser leída con interés en cualquier parte, pues

su fondo filosófico, su hondura ideológica, llamarán la atención, a

no importa qué hombre de pensamiento, en todo lugar del mundo. La

sagacidad de intelecto de esta «cabeza», que no sólo pertenece al

Perú, sino a todo el continente, se une al vigor y a la rapidez con

que abarca y profundiza cualquier cuestión de interés humano. En tales

especulaciones, y siguiendo cada cual su ideal mental y su modalidad,

se junta con Rodó y con Sanin Cano.

Para contrapesar en la balanza psíquica el valor de tales

especialísimos _mediums_ habría que poner, es indiscutible, en el

platillo opuesto un buen número de toneladas de perlas y de rosas.

[Ilustración]

SANTIAGO RUSIÑOL

Ved aquí al catalán de los jardines, príncipe en el país de Bohemia, de

una Bohemia de oro, de lindos colores, de sutiles letras y de «hierros

viejos». Con su cabeza gris y su barba de _roi-chevalier_, atesora y

comunica juventud, y con su arte fino, su palabra suave y animadora a

un tiempo, su sonrisa fraterna con sus pares, subyugadora con todos, va

llevando su corona de gloria con la misma descuidada naturalidad que

su fieltro característico, en el cual no podríais suponer un invisible

penacho, sino una pluma de seda.

Pinta y escribe y sabe de muchas disciplinas, como los artistas del

Renacimiento. Y mucha música íntima y mucha poesía encuentra el

observador meditativo en su pintura, como mucha sutileza y gracia

pictórica en sus prosas, en que el pensador artista deja ver su alma

profunda y delicada.

Comunicar con Rusiñol es una fiesta para el espíritu. Yo me he

complacido con tales momentos, ya en su morada principesca de Sitges,

ya en la corte madrileña, ya en la divina isla de Mallorca, en la

múltiple Barcelona, en este París que él ama y que le ha sonreído.

¡Sus jardines de España! Los días pasados, Pérez de Ayala, que hace

cantos bellos, hizo uno muy bello. Como al tamborilero de Provenza, eso

debe habérsele ocurrido alguna tarde «que _vió_ cantar a Rusiñol...»

Pues cantan esos jardines de pintura con sus ramas de verde, sus

acordes de oros y rojos, sus árboles ojivales, sus fuentes en que vibra

el cristal fugaz de la pluma de agua.

[Ilustración: SANTIAGO RUSIÑOL]

Tengo a la vista una serie de planchas coloreadas de esos hechiceros

jardines, que son, como dice el gran Santiago el «_paisatge posat en

vers, i els versos escrits en plantes... versos vius, versos am saba

i amb aroma_» y se diría que en la transposición están la misma

vida, la misma armonía y el mismo perfume que en el propio paraíso

vegetal. Son los dulces vergeles mallorquines, con sus aguas, sus

arquitecturas, sus rosales, los edenes moriscos de Granada; arcadas,

templetes, floralias casi religiosas; árboles como ramilletes, como

pinceles, como obeliscos; macizos arcos como en el _Caminal de rosers_

de Aranjuez; bóvedas de verdura; «_les grands jets d'eau sveltes

parmi les marbres_», a la verlainiana caricia de la Luna, pues en

plena tierra del Mediodía pone Rusiñol, a veces, escenarios de fiesta

galante. La _Raixa_ de Mallorca que evoca algo de romano; visiones del

Generalife, con sus canales, sus arbustos en flor, sus tiestos como

cálices; o el _Pati de l'Alberca_, en Granada, en cuyo fondo, reflejado

por el espejo del estanque, parece fuera a surgir alguna figura de

Zobeida, de Leila, o de Lindaraja; o bien los viejos cipreses o los

_bouquets_ de almendros en flor, que primorosamente nieva o sonrosa la

primavera mallorquina; o esa _Glorieta_ de la bailarina, que es como

una decoración de poema; y el fantástico _Recó de boixos_ granadino; y

esa prodigiosa «arquitectura verde» de Granada, en donde parece que por

obra de Alah--¡sobre él la plegaria y la paz!--se animase una princesa

de las Mil y una noches, por ejemplo, Dulce Amiga, y recitase estas

estrofas del poeta:

«¿Vas a escapar lejos de mi, ¡oh, pura sangre de mi corazón! tú,

cuyo lugar está en este corazón adolorido, entre mi pecho y mis

entrañas?--¡Ah! te suplico, oh Tú, el Clemente sin límites, reunir lo

que está separado, Tú, el generoso que distribuyes a tu placer los

beneficios humanos.»

¿Y ese _Jardi del pirata_ en Mallorca, con sus terrazas vecinas, su

fuente redonda, su horizonte marino? ¿Y el _altar de flors_ y el _Jardi

clasic_ y la _Glorieta_ de Aranjuez, que recuerda el Templo del Amor

versallés; y _El Laberinte_ de Barcelona, con sus verdes en sordina,

sus azules angélicos, sus fanfarrias ocres del fondo, sus recortados

macizos y su ambiente al par lírico y galante? ¿Y tantos poemas que

siguen, todos un encanto para los ojos y para el alma?

En horas secas, complázcome en abrir esta provisión de sueños, y al son

de estas flautas y liras de la vista, por obra de Rusiñol, se me abre

un edén de ruiseñores, y mi instante aburrido florece y se encanta.

O bien, para pensar o sonreír, con razonada tristeza o gentil y

filosófico humor, leo algún libro o comedia del autor de _Oracions_ y

de _El Mistich_, en su catalán original, aunque haga algún esfuerzo,

por más que Gregorio Martínez Sierra haya realizado la difícil y

hermosa tarea de verter al castellano la prosa exquisita de nuestro

amigo victorioso.

[Ilustración]

[Ilustración]

FEDERICO GAMBOA

Paso a paso, ganado a puro cerebro y a puro carácter, Federico Gamboa

ha llegado a uno de los más altos puestos del Gobierno de su país: a la

Cancillería mejicana. Hablando de su desaparecido hermano José María, y

de él mismo, escribía hace años en su _Diario_: «Secreta satisfacción

de vernos él y yo ascendiendo por nosotros mismos, sin ayudas que nos

enrojezcan, ni apoyos que nos avergüencen o humillen».

No habrá uno solo de sus compatriotas que no aplauda su reciente

nombramiento, pues sus principios siempre han estado basados, ante

todo, en un profundo amor a su Patria. Oid sus palabras: «La idea de

Patria--la Patria en forma de carta geográfica a veces, y a veces en

abstracción luminosa--, acariciándome de lejos... Desligamiento con

gobernantes y partidos políticos...» Esto demuestra la razón de las

generales simpatías. Ni al César mismo--ese César anciano y fuera del

poder, a quien habrá que aplaudir por las enormes etapas de progreso

que hizo adelantar a Méjico--se acercó nunca Federico Gamboa con bajas

adulaciones o súplicas de granjería. El verdadero valor del nuevo

ministro de Relaciones exteriores de los Estados unidos mejicanos es

completamente individual: lo constituyen el talento, su nobleza de

espíritu, su voluntad, una limpia, larga y honrosa carrera diplomática,

y un alto nombre literario, que contribuye a la gloria de su país.

¿Quién que conozca al Sr. Gamboa no está seguro de que sus prestigios

morales e intelectuales no contribuirán a pacificar y a hacer brillar

en una nueva era la Nación, cuyos intereses internacionales hoy le

toca dirigir? Mas, hablaré de su obra literaria, que es lo que con mi

competencia mejor se aviene.

Es ante todo Gamboa independiente y personal: «Mis escritos y mis

actos siempre obedecieron a mis propias inspiraciones». Pocas páginas

autobiográficas más decisivas y más conmovedoras que la dedicatoria de

_Mi diario_: «PARA MI HIJO; PARA CUANDO SEPA LEER», páginas de gran

literatura y de gran corazón ordenado: _Le coeur a son ordre_, dice

Pascal.

Sabe del mundo, sabe de la vida, lo cual es decir que sabe de amor y de

dolor. Y una vasta piedad impregna toda su obra.

Yo le conocí en Buenos Aires, en la tertulia literaria de Rafael

Obligado. Ya había publicado sus _Esbozos contemporáneos_, _Del natural

y Apariencias_. Se encontraba al frente de la legación mejicana como

encargado de Negocios, por ausencia del ministro Sánchez Azcona. El

ingenio y el _charme_ personal de Gamboa le hacían grato a todos.

Allí dió a la imprenta su volumen de _Impresiones y recuerdos_.

Después vendrán, ya alejado de la República Argentina, _Suprema ley_,

_Metamorfosis_, _Santa_, _Reconquista_ y dos volúmenes del _Diario_.

En estos días debe aparecer _La llaga_, por la Casa «Renacimiento»,

de Madrid. Todo esto, recuerdos y novelas, fuera de su labor para el

teatro. En todo terreno ha recogido aplausos y laureles. Su estilo es

castizo en dicción y libre en ideas. Su filosofía es sana y alta; y si

alguna vez hubiese vacilado en sus creencias, la experiencia vital

y el misterioso influjo de lo divino le han apuntalado el alma. Por

ello, en el fondo de sus novelas, de sus obras dramáticas, hay mucho

de reconfortante. «Las novelas de usted me hacen meditar--le escribía

en una ocasión aquel brillante espíritu que se llamó Gustavo Baz--; y

guarde usted este elogio que, sobre ser sincero, viene de un lector

asiduo de Balzac y de un comentador escuchado de Stendhal.» Y el sutil

Domingo Estrada, entre otros entusiásticos juicios: «_Metamorfosis_, al

menos bajo ciertos puntos de vista, puede compararse con las mejores

novelas de Pereda, de Valera y de Pérez Galdós». Y más adelante: «El

secreto del encanto que su libro produce, y que hace que no se pueda

dejarlo de la mano una vez comenzada su lectura (yo me he pasado

cuatro noches sin poner un pie en la calle; ¡en París!...), finca

principalmente en el estilo. No conozco otro que sea más sencillo sin

vulgaridad, más imaginado sin pedantería, más elegante sin esfuerzo».

No es Federico Gamboa de aquellos pensadores meritorios de quienes

se pueda temer que por los cuidados y pasiones, por la política,

abandonen la labor mental, que constituye lo más característico de su

personalidad. El hombre de estado cumplirá como bueno sus tareas, y

su discreción y su conocimiento de los graves asuntos en que habrá de

ejercitar su pericia no han de quitarle ni la vivacidad y frescura del

ingenio, ni el pensamiento creador ni el _intelletto d'amore_ para su

pasión artística.

Otras obras vendrán, llenas de amor humano y de fe en la suprema

idea, que enriquecerán mayormente el acervo intelectual de su patria

mejicana, o mejor dicho de nuestra América, otras novelas, otras obras

para el teatro; y otros posteriores volúmenes de ese _Diario_, tan

lleno de ideas, tan interesantemente anecdótico y que fué dedicado

desde su primer tomo a un mi joven amigo que ya sabe más que _leer_...

el hijo amado, Miguel Félix Gamboa y Sagaceta.

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AMADO NERVO

En varias ocasiones he escrito sobre la singular personalidad de

Amado Nervo, y siempre con igual simpatía y con el mismo _intelleto

d'amore_. ¡Ha sido tan gentil compañero de sueños, en nuestro París

amado, hace ya tanto tiempo! ¡Y es tan sutil poeta, tan comprensivo

artista y tan dulce filósofo! Con decir que a pesar de los medios a

que necesariamente conduce la diplomacia, su espíritu y su corazón

de sensitivo no han sido contaminados por las promiscuidades de la

carrera...

Yo no leeré nunca sin cierta emoción el libro titulado _El éxodo y

las flores del camino_, en el cual, entre versos deliciosos y prosas

llenas del encanto de la juventud y del prestigio de un buen arte,

recuerda, en conceptos ya de humor, ya de melancolía, nuestras horas

parisienses, nuestra amistad con curiosos ejemplares de humanidad, y la

persecución de los favores de Nuestra Señora y Reina la Belleza.

La evolución de Nervo, desde _Místicas y Perlas Negras_

hasta sus últimas producciones de piadosa, o irónica--¡muy

suavemente!--filosofía, y sus poemas cortos y sentimentales en que un

gran dolor, de los íntimos y profundos, le ha hecho producir rítmicos y

trémulos sollozos y llantos, es de un gran interés en el conocimiento

de su personalidad intelectual. Una faz nueva se le ha reconocido:

sus aficiones a los estudios astronómicos, disciplina que se aviene

convenientemente con los vuelos líricos y las excursiones, en que el

pegásico ímpetu es el conductor.

Su antigua _fe_ había tomado en los últimos tiempos un vago tinte

dubitativo; mas el buen maestro Dolor le ha hecho de nuevo recordar

la senda azul. Y luego, siendo favorecido por la Lira, tendrá siempre

tiempo de ver reflorecer la primavera, con ojos, si conocedores de los

lacerantes duelos, siempre brillantes al resurgir de las auroras y

al inmortal llamamiento de las esperanzas. El poeta está intacto. No

es Amado Nervo el que la duquesa conoce, el que la marquesa invita a

almorzar, el que tiene ya honrosamente marchitos los oros de su casaca

diplomática. El sabe bien que en los salones, y sobre todo delante de

sus colegas--como no sean de la familia apolínea--no está bien confesar

intimidades con las Piérides, ni proclamar afección al viejo y sagrado

laurel, a menos de ser poeta como tal excelentísimo señor ministro,

que lo mismo confecciona un soneto circunstancial que pone asombro en

los más intrépidos jugadores de _bridge_. ¿Sabrá el _bridge_ ya Amado

Nervo?...

Lo que sí sabe y sabrá siempre, es infundir en sus versos, que

se visten de sencillez y de claridad como las horas de cristal

que anuncian la paz de los amables días, un misterio delicado y

comunicativo que nos pone en contacto con el mundo armonioso que crea

su voluntad intensa.

A veces, se creería en un desmayo de energía o en un desvío de forma.

No hay nada de eso. Los conocedores saben lo que hay que saber, para

llegar a conmover lo hondo de nuestro sensorio con los procedimientos

menos complicados, más simples y transparentes. Todo ello está, por

cierto, lejos de la pirotecnia verbal, y de los descoyuntamientos de

pianista que suelen tomarse como distintivos de una fuerza poética

incontestable, y que se achaca al influjo de un modernismo--llamémosle

así--que no hizo bien sino a quienes se lo merecían.

Una particularidad que he advertido en Amado Nervo, desde sus obras

de comienzo, es un vago soplo bíblico que suele hacerse percibir en

estrofas, que se dirían acompañadas de música sacra.

No olvidaré nunca la Semana Santa que pasara en París, allá por el

tiempo de la Exposición, en constante compañía del pintor Henri de

Groux, de otro pintor mejicano, de un joven gallardo aficionado al

teatro, también mejicano, y de Amado Nervo. Una noche, este soñador

se nos desapareció, y hartos de buscarle en los lugares que solíamos

frecuentar, se me ocurrió indicar que probablemente le encontraríamos

en una de las iglesias en donde, por las sagradas celebraciones,

se cantaba canto llano y se sonaban órganos sabios. Le buscamos,

pues, en varias de ellas, y por fin le encontramos, lleno de fervor

místico-artístico, en Notre-Dame, adonde había llegado después de

recorrer Saint-Severin, la capilla de la Sorbonne, Val de Grâce,

Saint-Sulpice, hasta que fué a recalar en la Catedral que, según un

hugólatra, es la _H_ del nom de Hugo.

Había que oir, en aquel tiempo, a Amado Nervo, a quien yo llamara

fraile, o monje del arte. Su unción, su saber de cosas religiosas,

su aire mismo, daban idea de un admirable oblato, de un seguidor de

Huysmans, a quien desde luego el mejicano ponía sobre su cabeza.

¡Todo pasa, en verdad, y la juventud más pronto que todo! De aquellos

años quedaron para el poeta los versos, imperecederos, y un amor,

perecedero, cual la triste carne que Dios nos dió como armadura, frágil

armadura, ante lo inevitable. El poeta ha clamado trenos y elegías.

_¡Mas es suya el alba de oro!_

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ENRIQUE RODRIGUEZ LARRETA

Cuando el autor de _La Gloria de Don Ramiro_ publicó, para gloria suya,

esa obra admirable que le dió fama rápida y triunfante en todo el

mundo literario, yo me llené de entusiasmo, y escribí en España, donde

a la sazón me encontraba, un artículo que expresaba mi sentir, ante

ese esfuerzo que honra, no sólo a la República Argentina, sino a todo

nuestro continente. Y decíale al Sr. Larreta, entre otros conceptos,

que las únicas cosas que le faltaban para la victoria completa eran la

hostilidad y el ataque consecuentes, y se diría indispensables, a toda

realización superior. Ello vino a su tiempo, y sin más consecuencias

que la de consagrar la solidez de la obra.

¿Qué más podría desear el autor de _La Gloria de Don Ramiro_? Encono de

letras semejante habría que buscarlo, en los últimos tiempos, en los

_panfletos_ contra la obra y la personalidad de Hugo, y que él resumía

en el dístico que comienza:

_Voici le triple aspect de cet homme féroce_...

Yo no conocía al Sr. Larreta, sino por haber conversado con él dos o

tres veces, hará cerca de veinte años, en el antiguo Ateneo de Buenos

Aires. Luego publicó una bella _nouvelle_ de reconstrucción histórica

en la _Biblioteca_, revista que dirigía la autoridad de M. Paul

Groussac. Ya en ese tiempo se hablaba de que tenía el joven escritor

una novela en preparación que le costaba largos estudios, y en la cual

aparecería la personalidad de Santa Rosa de Lima. El plan se llevó a

cabo más tarde. Ya sabemos que la mística flor peruana perfuma, en el

final de la obra combatida y victoriosa, la muerte de Don Ramiro.

Es notorio que el autor argentino es un gran señor y un diplomático

que ayuda al prestigio de su país. En París--le habré visitado, a

sus amables instancias, unas tres o cuatro veces--, sin descuidar

sus tareas oficiales, cultiva en sus vagares las letras y las artes.

He recordado a su propósito al autor de _Zanoni_, a un Irving, a un

Valera, a un Salvador Bermúdez de Castro. El Sr. Larreta, que es joven,

que tiene la felicidad en su noble hogar, en su alto puesto, en su

salud excelente, en su renombre universal, posee junto con su gran

talento una crecida fortuna. Ello es imperdonable. El _homo sapiens_,

que es el _lupus_ hobbesiano, se eriza ante semejante anomalía,

protesta y se indigna. Al hombre muy rico, o simplemente rico, se

le pueden admitir, cuando más, como a Chatelain o MM. de Rotschild,

obras mediocres. Lo demás es un abuso de la suerte o una parcialidad

manifiesta de la Omnipotencia. Pero el Sr. Larreta, que no tiene la

culpa de su excepción, debe sonreír y seguir adelante.

Escritores europeos como M. Remy de Gourmont, M. Maurice Barrés,

M. Henri Roujon, M. Paul Adam, etc., han dicho las excelencias del

único trabajo publicado en volumen por el señor Larreta. La versión

francesa hecha por el primero de esos escritores, da una idea al lector

extranjero de lo que puede ser fundamentalmente la novela en su idioma

original. Pero las calidades de esa escritura flaubertiana, de que

tanto se ha hablado, tan solamente las podemos apreciar los artistas y

conocedores de nuestra lengua.

Intelectualmente, el autor de _La Gloria de Don Ramiro_ está entre las

pocas dominantes figuras de Hispano-América. Su libro es, en su género,

con la honesta abuelita _María_ del colombiano Isaacs, lo mejor que en

asunto de novelas ha producido nuestra literatura neomundial. Hágase

algo superior, y Larreta pasará a segundo término.

Entre tanto...

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LEOPOLDO LUGONES

He visto los comienzos de este otro y americano _Spectacle magnifique_.

Enorme suma de condiciones geniales apoyadas por la más potente y sana

voluntad. Encontrábame en lo vivo de mi sabida campaña intelectual,

en la querida gran ciudad de Buenos Aires, cuando un día se presentó

en nuestra vibradora hermandad del Ateneo un joven que, al mostrar

sus credenciales rimadas, fué considerado ya triunfante. ¡Un astro!

nos comunicamos todos, con el gentil entusiasmo que allí animaba a

coetáneos y menores. Nuestra unanimidad vaticinó cosas grandes. Para

saludar tal orto escogí la más sonante y dorada de mis trompetas.

Y todas las previsiones tenidas se han ido cumpliendo. La obra de

Leopoldo Lugones es, según la expresión de uno de sus críticos, _vasta

y bella como una creación natural_, o bien, _como una vasta serie

panorámica de montañas_. En verdad, las que han atraído mayormente

en esa encantada cordillera, son, por el brillo de sus cumbres, por

la riqueza de sus entrañas, por más de un misterio cabalístico, o

miliunanchesco, _las montañas del oro_. Fijaos bien en las otras

alturas: hay amontonamientos de rocas, entre las cuales históricas

ruinas; hay colinas fértiles, con pequeñas ciudades, jardines y

quioscos de arte; hay aglomeraciones de fábricas con chimeneas y casas

de veinte pisos como las de los yanquis; hay intrincadas y sabias

arquitecturas, y abajo, la extensa pampa con sus bíblicos ganados.

Pero las Montañas del Oro, que conocen bien tan sólo los simbades del

castellano, montañas que consagrará la primavera, y en donde tiene

su palacio la juventud, digo en verdad que atraerán siempre a todos

los buscadores de milagro y cateadores de poesía. ¡Aureo, bravo, caro

Lugones! Vigoroso por temperamento, nutrido de los mejores saberes y

remiso en toda aplastadora apretura escolar, desde muy temprano supo

aprovechar el don, rarísimo si se mira bien, de la autocomprensión

y valorizamiento propio. Tal, por mayor suma de aristocracias,

se denunciara anarquista de los más encendidos. La violencia del

color--¡Aplaudido sea el profeta!--fué con el tiempo comida por el sol,

no sin que hoy subsista el nato combativo caza-coronas y amigo de la

República francesa, a pesar de las Españas ancestrales.

Antiguamente decían

a los Lugones, Lunones,

por venir estos varones

del gran castillo. Y tenían

de Luna los sus blasones.

Su genealogía mental--¡por Dios, siempre descendemos, o ascendemos de

alguien, y ha existido el Adán literario!--¿le emparenta con cuáles

antecesores? Pero ningún espíritu encuentro más fraternal para el suyo

que el de Edgar Poe--tanto en todo va buscando su equilibrio nuestra

balanza continental. ¿Mas, a donde no llega la vista, a cualquiera de

los puntos cardinales que se dirija, desde la cumbre de sus montañas?

Listo para todos los combates, apolíneo, hercúleo, perséico, davídico,

ello transmutado en sangre neomundial, su iniciación en la orden del

Arte, queda como un acontecimiento en la historia del pensamiento

hispanoamericano, y no es uno de mis menores orgullos el haberme tocado

ser, en días floridos, Anquises de tal Marcelo.

Todo conquistado: renombre, respeto y consideración en los propios

patrios sanedrines, admiración y afecto entre sus iguales. Todo,

hasta el denuesto regocijador y la parodia plausible. Todo, menos la

verdadera comprensión de ciertas cosas suyas al lado de las cuales se

ha pasado sin penetrar lo que dentro se contiene. Mas, ¿desde cuando es

comunicado a todos el _sckiboleth_?

La obra primigenia de tal héroe, cuyo análisis sea para estudiosos y

minuciosos críticos, háceme pensar en las adolescencias proféticas,

en una pérdida y encuentro, no en el templo entre los doctores,

sino en el bosque entre los leones. Hay allí, sobre todo, un infuso

conocimiento de cosas inmemoriales que se ha transmitido a través de

innúmeras generaciones, y que hace vagamente reconocerse, apenas, con

algún rarísimo _contemporáneo_, en un rápido choque de miradas, o en la

similitud de interpretación de un gesto, de un signo, de una palabra.

Ya en la tarea de ideas, revélase la inagotable mina verbal, la

facultad enciclopédica, el dominio absoluto del instrumento y la

preponderancia del don principal y distintivo: la fuerza. Propaganda

patriótica, ciencia civil, historia, cuento, enseñanza, discurso

ocasional, todo es pletórico, todo está lleno de vital y viril fuerza.

Verdad que oiréis un son de flauta en los Crepúsculos del Jardín.

Acordaos del Polifemo que canta Teócrito y Poussin pinta. Y luego:

_¿Quid dulcius melle et quid fortius leone?_ ¿No habían vibrado antes

en una lengua de potente amor versos capaces de encender estatuas?

No creo yo que en nuestras tierras de América haya hoy personalidad

superior a la de Leopoldo Lugones, quien antes de llegar al medio del

camino de la vida, se ha levantado ya inconmovible pedestal para el

futuro monumento. _Las Montañas del Oro_, _Los crepúsculos del jardín_,

_El imperio jesuítico_, _La guerra gaucha_, _Las fuerzas extrañas_,

_Lunario sentimental_, _Piedras liminares_, _Didáctica_, _Prometeo_,

_Odas seculares_.

Allá en la lejana Córdoba del Plata, una anciana tiembla aún de

temeroso gozo maternal. ¡Misia Custodia, qué nombre el de usted, para

ser llevado en la Catedral de las glorias argentinas!...

[Ilustración]

ENRIQUE GOMEZ CARRILLO

En una de las muchas cartas que conservo del Sr. Gómez Carrillo--de un

interés para más tarde--, hay una en que me agradece el haber venido a

París. ¿Cómo fué ello? Ya lo he contado alguna vez. Dirigía yo, allá

por el año de 1890, en Guatemala, un diario: _El Correo de la Tarde_.

Un día se presentó con unos trabajos un joven, muy joven, de un moreno

dorado, de copiosos cabellos y ojos de soñador, y que manejaba ya

cierta sonrisa caprichosa, con cuyas consecuencias habría de cargar yo

mismo pasando el tiempo. Intimamos. Y entonces yo señalé el camino de

París.

¡El camino de París! ¿Sabría Gómez Carrillo que era el de su tierra

prometida? Cierto que en él, por su madre, había sangre francesa;

pero su padre, historiador notorio y escritor de cepa castiza, era de

puro origen español, severo en dogmas de gramática y de bien decir, y

con entronques aristocráticos en la Península. Era, pues, quizás, el

camino de Madrid el que hubiese tomado, sin mi dichosa intervención, el

futuro autor de tanto libro de prosa danzante, preciosa y armoniosa,

que había de ser tenido después como un parisiense adoptado, y alabado

por escritores de renombre en esta capital de las capitales. Llegó

a París a luchas y luchó. Luchó primero en la inevitable Casa de

Garnier Frères. ¿Quién diría que el escritor sutil y libérrimo hubiera

colaborado en la seria y académica tarea de hacer un diccionario?

Pronto el guatemalteco se saturó de París. Su primera producción, una

_plaquete_ hoy inencontrable, a punto de que creo que el propio autor

no la tiene, suda el más amizclado y enfermizo de los Parises por todas

sus letras. Llegado en pleno hervor simbolista, Gómez Carrillo había ya

conocido a todos los dioses, semidioses y corifeos del movimiento. Era

amigo de Verlaine, de Moreas, de Reynaud, de Duplessis, de todos los

concurrentes a las comidas y reuniones de _La Plume_.

[Ilustración: ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO]

Su cultura aumentó día por día en este ambiente de arte; y, relacionado

con España, comenzó a escribir en la Prensa de Madrid, tan constante

y brillantemente, que le han llamado «Príncipe de los cronistas».

Entró con el tiempo a formar parte del cuerpo de corresponsales de _La

Nación_ de Buenos Aires, y su producción adquirió mayores quilates.

Se dedicó, por higiene, a la esgrima, y esas prácticas le convirtieron

en uno de los más conocidos duelistas parisienses. Conoce varias armas,

y creo que también el _box_.

En su obra pasada prevalecen, junto con un inesperado sentimentalismo

que se diría romántico, mucha modernidad, la euritmia, las elegancias

femeninas, la danza, los personajes de la «comedia» italiana, la

anécdota maliciosa, la conversación con sus amigos célebres, la ironía,

el halago, la perversidad, el goce, todo lleno de una sutileza francesa

de modo que se diría escrito, o por lo menos pensado en francés, en

parisiense.

Luego llegaron sus libros de viajes, que le hicieron considerar como

el Loti castellano, pues aparecieron dones de penetración, afinidades

filosóficas, calma y serenidad, además de sus condiciones de paisajista

y descriptor, dueño de una rica paleta, y siempre vibrante ante el

espectáculo artístico o la figura sugestiva. Su libro sobre Grecia

señaló principalmente la nueva manera. Y su libro sobre la Tierra

Santa, adonde hiciera recientemente una visita, es, a mi entender,

lo más firme, lo más sentido, lo más meditado y estudiado de toda su

obra; pues quizás, así fuese por un momento, influencias ancestrales

despertaron en él la verdadera emoción y la seguridad ideal, sin lo

cual nada se escribe de duradero y de firme. Y realizó un bello,

armonioso y erudito libro. Es un escritor dichoso.

¡Antes de aparecer su obra, un obispo de Colombia le ha excomulgado! Lo

cual hará para _Jerusalén y la Tierra Santa_ una singular propaganda.

Cabezas: Pensadores y Artistas, Políticos Obras Completas Vol. XXII · 第 1 / 6 段