Al dia siguiente fué D. Galo, como tenia de costumbre, á visitar á Sir
George, visita que miraba como obligatoria desde que las pistolas de
Manton habian aumentado su fina amistad con un fino agradecimiento. Este
le recibió con una de esas sonrisas _prestadas_, como dicen los
franceses, que era en el altivo _Gentleman_ la espresion de la suma
distraccion, que producian en él los entes de tal nulidad, que se
desdeñaba de desdeñar.
D. Galo, como es de inferir, estaba lleno de la gran noticia, que si
bien le habia contrariado, habia traido su contrapeso con la
satisfaccion que le habia procurado Clemencia eligiéndole por su primer
confidente, y por digno esparcidor de su confidencia. Así fué, que
apénas se hubo informado de su salud, cuando dijo á su amigo con una
sonrisa colosal:
-- El dios Himeneo prepara sus coronas, señor D. Jorge.
--¡Ah! ¿y cuáles son las bellas sienes sobre las que van á brillar?
respondió este.
-- Las de una amiga vuestra, contestó D. Galo, que lo que ménos soñaba
era que en esto tuviese interes Sir George.
D. Galo no dejaba de observar un obsequio ó un galanteo; una contradanza
y un wals bailado con el mismo compañero por una de las bellas, era cosa
grave y significativa para él; en cuanto al movimiento enérgico é
interno con que las pasiones agitan la sociedad, este no lo penetraba su
observacion benévola y superficial.
--¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos,
Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente
coronela Matamoros?
-- No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo,
buena como no otra.
-- Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y
tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas
señas quién pueda ser.
-- Pues os diré -- D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho -- que
es nuestra apreciable y querida Clemencia.
--¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa.
No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al
ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos
centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente.
--¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese malhadado esplin de
los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si
buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló...
¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso!
¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió
volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su
rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues
nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo:
-- No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y
ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto
aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia,
que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no
seria capaz de publicarlo.
--¿Ella os lo ha dicho?
-- Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y
serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado
Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un
tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para
regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge.