Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en
camino. -- Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun
pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe:
¡dichoso yo si puedo serle útil!
Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de
bien venida, cuando le dijo Clemencia:
-- Pablo, ¿me amas aun?
Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada
pregunta, que no contestó.
-- Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia.
-- No respondo, Clemencia, porque tú no me preguntas para saber mi
respuesta, dijo este al fin.
-- Será entónces para oirla.
--¿Y con qué objeto quieres oirla?
-- Con el objeto, caso de que sea afirmativa, de que me dé pié y ánimo
para decirte, Pablo, que aprecio tu amor, lo merezco, lo admito y le
correspondo.
--¿A qué debo atribuir este cambio? esclamó Pablo, cuya voz temblaba de
emocion. ¿Es ironía? ¿Es despecho?
-- No, Pablo, no; es profundo aprecio, íntimo cariño; y la conviccion de
que tú y solo tú eres el hombre á cuyo lado puedo hallar la felicidad,
segun yo la entiendo.
--¿Has amado á otro, Clemencia, y juzgas acaso así mis sentimientos por
comparacion?
-- Así es, no lo niego; con la misma sinceridad y verdad con que esto te
confieso, añado que el amor del hombre que amé no lo desprecio, pero lo
desdeño; su persona no la odio, pero me es indiferente. Mi amor, pues,
dejó de existir como estrella de la noche que apagó el dia; pues no
creas, Pablo, que en mí sea el amor una llama que encienden y atizan
ciegas pasiones, no; es un fuego santo que solo sostiene y alimenta lo
bueno y lo bello, como en el culto griego al fuego sacro solo lo
alimentaban las puras vestales. Es esto en mí instintivo, á la par que
razonado y previsor; y es ademas una conviccion que han madurado á la
vez mi esperiencia y la santa autoridad de nuestro tio, la que cual el
sol alumbra aun al traves de las nubes. No creo necesario, añadir,
Pablo, que cuando me ofrezco por tu compañera á tí que honro y venero,
me ofrezco pura; como debe serlo la que tú llames tu consorte.
Te he dicho la verdad, así como te hubiera descubierto una falta, si
tuviera la amarga desgracia de que sobre mi conciencia pesara, confiada
en que me la habrias perdonado, pues como decia nuestro sabio Mentor:
_la virtud sin clemencia, es orgullo_. Entre los dos, Pablo, no debe
haber nada oculto, ni lo habrá nunca: un misterio seria entre ambos una
profanacion de nuestra dulce confianza, una empañadura en la pureza de
nuestro amor, y una pared de cristal frio y duro, que aunque invisible,
nos separaria. He sufrido, Pablo; este es todo mi secreto.
--¡Oh! esclamó Pablo. En mala hora, pues, te viniste y me dejaste.
-- En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar
y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer
esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo
corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que
una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los
inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no
saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este
barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir
de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado
con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que
sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para
el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la
delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo
primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy
á ser con entusiasmo, eres lo segundo.
-- Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido
Pablo.
--¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno!
Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la
constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con
que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por
compañero ante Dios y los hombres.
-- Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos
para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el
cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad?
Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de
Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo
apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer.
-- Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un
capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme?
-- Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse:
es porque TU eres TU.
--¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que
te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen?
-- Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son
gratos y simpáticos y me seducen, porque SON TUYOS. Róbete un mal tu
hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te
amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria
muerta... como te he amado sin esperanzas!
--¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida,
apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles
manos de su primo.
Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con
ellos café.
Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando
despues de una corta tempestad le sonríe el sol.
--¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del
rico licor que se hace en el puerto de Santa María.
Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir
George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la
delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un
sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á
la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la
llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño.
Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y
tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un
áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que
contestó con sincera y alegre exaltacion:
-- Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis
_olimpiadas_. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser
sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué?
-- No atino, hija mia.
-- Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso:
no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo.
D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su
copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la
sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia
particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él
cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así
como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente
colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido.
Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del
casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea,
el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado:
--¿Que os casais? ¿De veras?
--¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las _sábias_, ademas de otras
desgracias, la de ser incasables?
-- Pero... -- dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y
esperando aun que lo dicho fuese una broma;--¿pero... quién es el
dichoso?
-- El dichoso,--¡porque á fe mia que lo será! -- es D. Pablo Ladron de
Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios.
Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo.
--¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo,
felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están
predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que
vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los
modernamente designados con la palabra inglesa _dandy_, se decia á sí
mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas
de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y
la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo
contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he
llevado chasco! -- no seré el solo.
-- D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero
que no me importa que todo el mundo lo sepa.
-- A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca
sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas.
Vamos, añadió para sí, -- echando con disimulo el lente á Pablo, que en
este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia
una carta á Villa-María, -- sobre gustos no hay nada escrito. Cuando
Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me
persuado que no está á la vista.
A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la
tertulia de la señora de la Tijera.
-- Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de
cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público.
Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas:
--¿Es triste ó alegre?--¿Pertenece á la alta ó baja política?--¿Es
jocosa ó fúnebre?--¿Es auténtica ó apócrifa?--¿Es de luengas
tierras?--¿Es indígena?--¿Es redonda?--¿Ha venido por telégrafo?
-- Es, respondió D. Galo, dejando que se restableciese el silencio, para
dar todo su peso y solemnidad á su respuesta, es inesperada, imprevista,
sorprendente y estraordinaria.
-- Ea pues, decidla, esclamó Lolita.
D. Galo calló, luciendo su mas resplandeciente sonrisa, prolongando así
el dulce momento en que era el punto céntrico de la atencion general.
-- D. Galo, dijo uno de los concurrentes, sois como el reloj de Pamplona,
que es fama que apunta, pero no da.
-- D. Galo, ¿quereis convertirnos en papanatas? esclamó impaciente la
curiosa Lolita.
-- No, opinó un jóven estudiante; Pando quiere ser diputado, y se ensaya
en el arte de _hacer efecto_.
-- Dejad á D. Galo Pando, á quien viene mal el nombre como á mí, que en
mi vida he tenido un dolor de cabeza, el de Dolores. Rojas, contadnos
qué tal hicieron anoche el tio Caniyitas.
Al oir mentar la zarzuela de moda, Rojas, que era un filarmónico, se
puso á talrarear:
Las solteras son de oro,
Las casadas son de plata,
Las vïudas son de cobre,
Y las viejas de hojalata.
--¡Pura adulacion á las solteras! dijo Lolita; el garabatillo de las
viudas es mucho mas atractivo que los famosos y nunca bien ponderados
quince abriles, que han inventado los poetas despechados, porque los
veinte mayos no les hacen caso.
-- En confirmacion de lo que decís, en cuanto á las viudas, hija mia,
dijo D. Galo, que aprovechó la ocasion que se le escapaba de lanzar á la
publicidad su famosa noticia, os diré que se casa una viudita.
D. Galo suspendió su comunicado, volviendo en torno suyo unos ojos, en
los que procuró poner toda la chuscada indígena.
--¿Quién es la infeliz? dijeron ellas.
--¿Quién es el engañado? añadieron ellos.
--¡Qué premioso sois! esclamó Lolita.
-- Le favoreceis... que es pesado, opinó Rojas.
-- Guarde Vd. su noticia para escabeche, dijo levantándose Lola.
D. Galo, que vió que por segunda vez perdia la oportunidad y la
atencion, repuso:
-- Pues sabed que se casa Clemencita.
--¿Con Monte-Cristo? preguntó volviéndose bruscamente la niña curiosa.
--¿Con Carlo-Magno? añadió otra.
-- No habeis acertado, hijas mias, contestó en sus glorias D. Galo.
-- Pues decidlo, señor; que si no, os vamos á dar el diploma de mayor en
el regimiento de la Posma. ¿Con quién es?... ¿Es con Vd.?
--¡Tanta dicha, no es para mí, Lolita, hija mia! contestó con buena fe
D. Galo, á la burlona pregunta; de sobra sabeis que tengo mala suerte y
solo hallo ingratas; ademas mi situacion no me permite...
--¿Es con su primo Cortegana, que dicen ha llegado.
-- No; es con otro, su primo de Villa-María, Pablo Guevara.
--¿Aquel lugareño que vi en su casa ayer, que lleva los guantes como
manojo de espárragos? ¡Dios nos asista! no sabe ni hablar: ¡mire Vd. con
quién fué á dar la _sábia_! ¡Yo que creí que se iba á casar con el
Liceo!
-- Quien ménos vale, mas merece, opinó uno de los presentes.
--¡Ya! ¡ya sabe la viudita! añadió una de las señoras mayores; Guevara
que heredó de su tio D. Martin y que tiene por su casa, es una gran
boda; ¡ya sabe!
-- Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos
justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion
el que _saben mucho_, en el sentido que se ha dado á esta frase comun,
que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal
y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de
aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar
sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las
otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán
ciertamente á otras causas que á su _saber_, en el sentido dicho. Quien
atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla.
-- Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la
señora de la Tijera.
-- Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd.,
Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos
elogios de V.
-- Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia
Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que
procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el
pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad.
-- No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo.
--¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la
Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad;
así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad.
-- Que era mucho, repuso D. Galo.
-- Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero
de la casa.
-- Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora.
-- Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia,
observó D. Galo.
-- Eso fué sembrar para recoger, repuso otra de las matronas.
--¡Una buena cosecha! esclamó soltando una carcajada Lolita.
¡Tales son los juicios y fallos del mundo! esta es la inconcebible y
malévola ligereza con que se juzga á las personas, se califican los
hechos y se les suponen móviles; esta la infame falta de conciencia, de
rectitud y de justicia, con que se pretende formar la cosa mas preciosa
que tiene el hombre, su opinion! Se echa en cara á la época el poco
precio que ponen los hombres á la opinion que gozan; mas esto ha debido
suceder desde que la malevolencia y la calumnia han usurpado á la verdad
y á la justicia su mision de formarla, ora sean aquellas guiadas en la
prensa por las pasiones políticas, ora en sociedad por el espíritu
hostil que en ella vive y reina.