CAPITULO IX.

Largo rato permaneció el Vizconde contemplando á Clemencia, marcando su

noble y espresivo rostro la mas profunda compasion. Ella estaba tan

abstraida que no lo notó.

--¡Pobre mujer! murmuró al fin.

Estas palabras sacaron á Clemencia de su enajenamiento.

--¿Porqué me decís eso? preguntó con su sonrisa dulce que quiso hacer

alegre, pero al traves de la cual, á pesar de sus esfuerzos, un

observador como el Vizconde entreveia lágrimas.

-- Lo digo, Clemencia, porque si en todas cosas sois superior á las demas

mujeres, en una sola les sois semejante.

--¿En cuál, señor?

-- En labraros vuestra desgracia por vuestras propias manos.

--¿Qué quereis decir?... ¿Yo?... ¿Cómo?

-- Con amar al hombre que ménos os ama y ménos os aprecia; con preferir

entre dos, al que ménos os merece; me atrevo á decirlo como una sencilla

verdad, que no dictan ni el amor propio, ni los celos.

--¡Señor Vizconde! dijo Clemencia con dignidad.

--¡Oh Clemencia! no califiqueis en mí de atrevimiento el echar esta

profunda mirada en vuestro corazon, abierto como una azucena, y en

vuestro porvenir patente á mis ojos, como lo está lo pasado. No es hijo

del atrevimiento lo que os digo; lo es de un interes tan intenso y de un

cariño tan tierno, que no puede ofender lo que ellos dicten la mas

susceptible delicadeza. Lo que habia provisto ha sucedido; ¡le amais!...

y ese hombre frio y gastado, duro y escéptico, ese hombre cuyo profundo

egoismo no halla tipo sino en Inglaterra, ese hombre, se ha hecho

amar... El cómo... ¡Dios lo sabe!

-- Señor Vizconde, dijo Clemencia, no hallo esos derechos á que apelais,

suficientes para penetrar en mis secretos, caso que los tuviese; ni

ménos para erigiros en mi censor.

-- Clemencia, por Dios, esclamó el Vizconde, dejad conmigo, con vuestro

mejor amigo, ese tono rechazador. El que os adora, el que se ha

identificado con vos, no necesita mas derecho para hablar con el corazon

en la mano, que la solemnidad de este momento que decide de su futura

suerte, y en el que se despide de vos, y con vos de la ventura... ¡para

siempre!

Clemencia calló inmutada.

-- Ese hombre, prosiguió el Vizconde, sin apreciarlo, me ha robado el

ideal que de la tierra hubiese hecho para mí el paraíso! Y ese ideal,

Clemencia, que yo buscaba, no era el de la fantasía, era el de la

perfeccion, que todo hombre honrado y caballero lleva en el pecho para

hacerlo su ídolo si lo halla. Yo os hubiera amado, Clemencia, como á

tal; ¡yo os hubiese labrado un trono, y hecho reina de las mujeres

felices! Y eso, Clemencia, no saben hacerlo Sir George ni sus

semejantes, que han llevado el mal á su último límite; esto es, el de no

comprender, no conceder y no apreciar el bien; hombres precoces y

desenfrenados en todos los vicios, cuya buena naturaleza resiste, pero

cuyo moral sucumbe. Clemencia, el corazon de ese hombre y el vuestro

unidos, son y serán como un cuerpo vivo y lozano puesto en contacto con

un cadáver. Si no lograis, lo que no os será dado, metalizar vuestro

corazon para que no se quiebre, pasaréis vuestra vida en lágrimas.

-- Pero, dijo Clemencia conmovida, mas procurando sonreir, ¿no veis que

haceis cálculos al aire? ¿No habeis oido que se ha despedido... porque

se va?

--¡Volverá! contestó el Vizconde con amargura y desden.

--¿Creeis acaso que yo le llame? dijo Clemencia, que con esta

esclamacion se hubiese vendido á sí misma, si aun le hubiesen quedado

dudas al Vizconde.

--¡Ah! no creo que haya una sola española que llamase á su lado al

hombre que sin razon se separa de ella; pero Sir George, para volver, si

es que se va, buscará pretestos y hallará razones. Yo le procuraré una

con mi ausencia.

--¡Qué! ¿tambien partís?

Aunque Clemencia dijo esto con pesar, por sus ojos asomó, cual la luz de

un fugitivo relámpago, una vislumbre de satisfaccion.

--¡Sí, Clemencia! mi suerte está decidida, respondió de Brian; con

luchar contra ella, solo conseguiria hacerla mas cruel, y á mí mas

importuno. Voy á América, ya que esta cobarde é inerte Europa amándolos,

deseándolos, ansiando por ellos como por su tabla de salvacion, abandona

á sus reyes, y no encuentra un leal y esforzado realista donde ir á

dejarse matar, no por la causa del _órden_, sino por la causa del

_bien_. No tardaréis en saber mi muerte, Clemencia. ¡Nadie me

llorará!... pues que mi pobre madre murió al darme el ser, mi adorado

padre por la bala de un revolucionario, mi hermano al golpe de un puñal

alevoso, y mis infortunados abuelos espiraron en la guillotina. Pero

vos, Clemencia, único amor que llevaré á la tumba, vos al ménos...

¡compadecedme!

El Vizconde quiso proseguir; pero no pudo, y escondió su rostro entre

sus manos.

--¡Oh Vizconde! dijo Clemencia, por cuyas mejillas caian lágrimas. ¡Cómo

me estais haciendo sufrir! ¿Porqué me habeis amado?

--¡Sí! decís bien, ¿porqué os he amado? Pero yo digo: ¿porqué os conocí?

pues conoceros y amaros eran una sola cosa. El amor hácia vos nació sin

que lo sembrase la voluntad, ni lo cultivasen esperanzas, como hace el

dia por la presencia del sol; porque vos, Clemencia, reunís cuantos

méritos y atractivos existen para inspirar amor. Os he amado, porque

resumiendo en vos todas las virtudes y todos los mas bellos dotes

femeninos, esparcís la felicidad que de ellos dimana, al rededor

vuestro, como una flor su fragancia; os he amado porque nunca vi juntas

tal inocencia y tanta madurez; os he amado porque unido á vos, mi vida

hubiera sido un encanto, ¡y porque á vuestro lado lo presente habria

sido tan bello, que habria olvidado llorar lo pasado y ansiar por el

porvenir!

-- Habeis hecho mal, Vizconde, en nutrir ese cariño; y lo que haceis

ahora es afligirme.

-- Lo conozco, -- repuso de Brian sacudiendo la cabeza y haciéndose dueño

de su dolor; -- lo conozco; porque no sois vos, no, de las mujeres que

gozan en ver sufrir á los hombres. En vos, Clemencia, todo es honrado y

sincero, hasta la confiada fe en el amor que inspirais; amor que haceis

nacer sin desearlo, que rehusais sin injuriarlo con el desprecio,

graduándolo de mentido; pues seria difícil precisar lo que en vos es mas

bello, Clemencia, si vuestra alma, vuestro corazon ó vuestra persona.

¡Sí! sois un ser privilegiado que conocí y aprecié por mi ventura, y del

que no he sabido hacerme amar por mi desgracia.

Diciendo esto de Brian, se levantó, se acercó á Clemencia, tomó su mano

que besó, y salió sin añadir mas que:

--¡Adios... Clemencia!

Clemencia quedó en un estado tan violento y nuevo para ella, que se

encerró en su cuarto y se puso á llorar amargamente.

--¡Dios mio! pensaba, ¿es este el amor cuya felicidad tan alto se

encomia, y el que tanto anhelan inspirar las mujeres? ¡Qué! esos hombres

que hubiesen sido mis amigos, ¿me huyen, y se convierten en tiranos solo

porque me aman? ¿Son estos comportamientos, Dios mio, hijos de cariño?

¿No lo serán mas bien de amor propio? ¿Son en estos hombres, estas

escenas amargas, este veneno vertido, hijos de ese sentimiento dulce, el

amor; ó lo son de sus caracteres? ¿Juzga el Vizconde en conciencia y

justicia á Sir George, ó por celosa malevolencia? ¿Son en Sir George las

cosas que dice, hijas de su habitual ironía, ó son hijas de su corazon?

¿Me pedirá que le perdone... ó ha fingido amarme? ¡Se va! ¿volverá, como

opina el Vizconde?

Pasó una noche agitadísima, y á la mañana siguiente recibia esta carta

escrita en frances.

(Esta esquela la habia escrito Sir George la noche ántes, al entrar en

su casa bajo la impresion de rabia y celos que le habia causado la

visita del Vizconde y la firmeza de Clemencia en no querer ceder á su

despótica exigencia. Su habitual indiferencia ó flema le habian

abandonado, y toda la dureza y altanería de su índole aparecian sin el

fino y delicado barniz con que su esquisito buen tono las encubrian.)

«Creo, señora, que el amor meridional lo han inventado los

novelistas para dar una pesada chanza y para crear decepciones; ó

bien será que las encantadoras hijas de Iberia, de puñal en liga,

se han transformado, gracias á la civilizacion, en vestales

cristianas, de rosario en mano.

«Vuestros favores son tan ascéticos, y los distribuís con una

imparcialidad y una gracia tan perfectas, que nadie puede tener

derecho de quejarse, y sí todos razon para agradecer: así con

vuestro candor monjil haceis ni mas ni ménos que las coquetas con

sus artificios mundanos.

«Señora, en vuestro país, patria genuina de los refranes, dichos y

chilindrinas, hay uno que dice _ó César ó cesar_, y del que os

suplico que hagais la aplicacion. Si me amais, que sea _esclusiva_

y _decididamente_, admitiéndome por marido ó por amante: para ambas

cosas me ofrezco; para cualquier cosa, ménos para un Tántalo

sentimental.

«Vuestro confesor os dirá que mi exigencia es en un todo conforme

al espíritu del Evangelio.

RIGHT

GEORGE PERCY.»

Al leer esta humillante, inconcebible y chavacana carta, dura é incisiva

como el acero aguzado, un espantoso temblor se apoderó de Clemencia; sus

oidos zumbaban, sus arterias latian, y cayó exánime sobre su sofá.

Bien podia haber pasado esa carta insolente entre las señoras del gran

mundo, que á fuer de merecerlas tienen que sufrirlas; bien podia tener

curso en aquella sociedad tan pulida en su esterior, tan corrompida

internamente, en que es proscrita la gansería, y admitida y practicada

la insolencia; pero en la esfera de Clemencia sucedia justamente lo

contrario. Clemencia indulgente á una inofensiva falta de finura, sentia

en sí y podia ostentar la dignidad que no tolera la insolencia; esto es

que tenia la conciencia de su propio valer é invulnerabilidad.

Clemencia, herida de la manera mas cruel é inesperada por esa carta, que

no hay pluma española que hubiese podido escribir, pretestó una

indisposicion, se encerró, y pasó las veinte y cuatro horas mas

terribles de su vida. Revisó con el esfuerzo de su razon las ideas y

sentimientos que en todos asuntos habia ostentado Sir George, y alzó con

valor el dorado velo con que su amor habia cubierto su corrupcion. Todo

lo analizó con firme é imparcial voluntad.

--¡Ah! pensó al concluir este cruel exámen, ¿iria yo despues de haber

sido unida al tipo de los vicios materiales, á unirme por propia

voluntad, y arrastrada por un amor que me echo en cara como una falta,

al de todos los vicios del espíritu? ¡No! ¡Qué bien ha dicho el Vizconde

que nuestras almas serian siempre en su contacto como la union de un

cuerpo vivo á un cadáver!

Así, pues, en esta lucha destrozadora que sufrieron su pasion y su

razon, la dignidad de la mujer se alzó fuerte y brillante como un faro,

á cuyos piés se estrellaron las olas de su corazon: del combate salió

serena y firme su dignidad, triunfantes sus nobles y elevados instintos,

irrevocable la resolucion que le sugirieron.

--¡Sí, padre mio! esclamó tomando una pluma, y poniéndose á escribir, en

mi corazon está impreso con tu recuerdo tu último consejo: ¡SI LUCHA HAY

HAZ QUE TRIUNFE LA RAZON! Y escribió con firme pulso y ánimo reposado la

siguiente carta:

«Convencida de la verdad del refran con que españolizais vuestra

carta, _ó César ó cesar_, opto por lo segundo.

«Há tiempo era esto un presentimiento; ayer fué un propósito; hoy

es un fallo.

RIGHT

CLEMENCIA PONCE.»

Al mismo tiempo escribió esta otra:

«Pablo, deseo verte; el porqué te lo dirá de palabra, si estimas

saberlo, tu prima

RIGHT

CLEMENCIA.»

Cuando Sir George, que como es de suponer no habia partido, supo por su

ayuda de cámara la ida del Vizconde, efectuada aquella mañana, se

arrepintió amargamente de la carta que habia escrito á Clemencia; carta

escrita en aquellos momentos en que el despecho y el amor propio herido

quitan todo artificio al hombre, que se muestra en ellos tal cual es. No

obstante, Sir George no graduaba lo profundo de las heridas que habia

causado á aquel corazon de que se sabia querido; estaba acostumbrado á

amazonas aguerridas, á quienes atraia el combate. No comprendia las

heridas hechas al corazon, y sentia solo las hechas al amor propio:

hubiera querido borrar con su sangre aquellas espresiones satíricas de

vestal cristiana con rosario en mano, candor monjil, y no haber chocado

con las ideas religiosas de Clemencia hablando de su confesor. No

obstante, se consolaba pensando al concluir de prisa su tocador: me ama,

y la mujer que ama no resiste á las lágrimas y súplicas del hombre á

quien quiere!--¡Pobrecilla! ¡esa sí que sabe querer! si no se hiciese

tanto de rogar. ¡Oh! si el amor que nos tienen no fuese cosa que

empalagase á la larga, y no trajese en pos de sí la sujecion, los celos

y las exigencias, ¡qué bella cosa seria!

Sir George corrió á casa de Clemencia, y recibió por respuesta que la

señora no recibia, por estar indispuesta. Esto le contrarió, pero

reflexionando pensó que le era quizas favorable, y que convenia dejar

pasar el primer ímpetu de indignacion.

A prima noche, á su hora acostumbrada, volvió y recibió la misma

respuesta.

Sir George sintió dos grandes contrariedades, la una la de no ver á

Clemencia, y la otra de no saber á qué parte ir á pasar la noche donde

no se aburriese; se volvió á su casa, se puso á leer los papeles

ingleses, y se quedó dormido.

A la mañana siguiente recibió la carta de Clemencia.

--¡Por fin! esclamó, el hielo se deshace.

Despues de leida, Sir George se quedó por mucho tiempo completamente

parado y aturdido. La carta no traia una queja, una lágrima, ni un

epíteto agrio.

--¡No comprendo! dijo. ¡Cosas de España! Le habrá puesto la carta su

director.

Sir George no podia parar; montó á caballo para hacer hora.

A las dos fué á casa de Clemencia; la señora habia salido.

Sir George no pudo disimular su despecho, y preguntó con indiscrecion

que dónde habria ido, pues le precisaba hablarla. Supo que en casa de su

tia la Marquesa de Cortegana, y corrió allí.

-- Estás pálida, decia Constancia á Clemencia en aquella hora: ¿te

sientes indispuesta?

-- No, no lo estoy, respondió esta; los semblantes, como el cielo, no

tienen siempre los mismos matices, Constancia.

--¡Ay, hija mia! ¡si sufrieses lo que yo! dijo la pobre Marquesa.

-- Si con eso os aliviase, tia, ¡con cuánto placer lo sufriria!

Abrióse la puerta entónces, y apareció Pepino con su aire diplomático.

-- Ahí está uno, dijo.

--¿Y qué quiere? preguntó Constancia.

--¡Toma! un ratito de conversacion.

-- Pero... ¿quién es ese?

-- El señor de Jesu-Cristo.

--¡Ay! ¡qué barbaridad! esclamó Constancia, tapándose con ambas manos la

cara.

--¿Pues no se llama _asin_? dijo Pepino que habia oido nombrar á Sir

George, Monte-Cristo.

-- No, hombre; ese caballero, es el señor D. Jorge el inglés.

--¿E qué le digu?

--¿Madre, le recibiréis?

-- No, hija, me siento hoy tan mala, que no puedo recibir á nadie.

-- Clemencia, ¿si tú quisieras recibirlo? dijo su prima con voz

suplicatoria.

-- Constancia, dispénsame; en otra cosa te complaceré; pero déjame aquí

acompañando á tu madre; que para eso he venido.

Constancia hizo un involuntario movimiento de impaciencia que refrenó en

el momento, y salió con apacible y grave semblante para ir al estrado,

donde fué introducido Sir George por Pepino, que le dijo:

-- Señor D. Jorge el inglés, tenga á bien de pasar adelante; pero

sacúdase su señoría los piés ántes de entrar. Sepa su señoría, prosiguió

Pepino sin que se le preguntase, que la señora está su señoría

_intercaliente_; señor, los médicos malditos y la botica se llevan un

dineral, porque lo que saben es recetar, eso sí; pero _cuidiau_ que no

saben curar.

La conversacion entre Sir George y Constancia no podia ménos de ser

lánguida: despues de preguntar con interes por la Marquesa, y asegurarse

mutuamente que hacia frio, el diálogo quedó cortado como con unas

tijeras.

Al cabo de un rato dijo Sir George poniéndose en pié, y viendo lo

infructuoso de esta su nueva tentativa por ver á Clemencia:

-- No quiero quitaros vuestro tiempo, que querréis dedicar todo á la

asistencia de la enferma.

-- Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las

gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de

su lado.

Sir George saludó y salió.

Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar,

el coraje y el temor.

Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de

sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas

instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en

un momento de celos y de despecho.

Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia desprestigiado con

ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso

pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas

falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua.

La venda habia caido.

Clemencia no contestó.

Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer

de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el

poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida

por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y

esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas

elocuente.

Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre.

Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en

aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era

posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida

habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes,

todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el

solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia

intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil,

su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus

sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la

vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia;

en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle.

¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de

reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo,

el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de

un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió

carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de

pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en

vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo

convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia.

Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos

eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su

corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj

estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó

por reirse con agrio desden de sí mismo.

--¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado!

¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando,

sino apagando la llama de la vida!

Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que

le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que

queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido

sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su

melodiosa arpa.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 42 / 53 题