A la noche siguiente esperaba Clemencia á Sir George palpitando su
corazon mas que nunca. No obstante, cuando llegó, no quiso mostrarse
ansiosa en averiguar lo que saber deseaba.
Estraño era cómo una cosa causaba en una de las dos personas interesadas
un interes tan profundo y latiente, miéntras que era tan insignificante
para la otra, que la olvidaba. Sir George queria agradar é identificarse
con Clemencia; ponia todo su anhelo en conseguirlo. Lo lograba en cuanto
á su trato tan señor, á sus gustos tan distinguidos y conversacion
variada, entendida y entretenida; pero no le era dado ponerse al nivel
de Clemencia en la esfera del sentimiento, porque ni él comprendia los
de Clemencia, ni ménos hubiese atinado á espresar en su propio nombre lo
que le era desconocido.
Media hora pasó, y su interlocutor no tocaba el asunto que tanto
interesaba á Clemencia: entónces esta le dijo:
-- Sir George, ¿habeis cumplido mi encargo?
--¿Cuál? preguntó Sir George con no fingido sobresalto.
--¿Con qué habeis olvidado nuestra conversacion?
--¡Ah! ya caigo. No, no, señora, no he olvidado mi promesa, y la he
cumplido exactamente.
--¡Y bien!... preguntó Clemencia con el alma en los ojos.
-- Y bien, di limosna por mi propia mano cual os lo prometí. No soy
hipócrita, Clemencia, y no os mentiré á vos que sois la santa de mi
culto, y que me creeriais condenado por eso solo; francamente, no he
sentido ningun género de placer. Era un pobre sucio y feísimo: en
obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé
mis guantes que le tocaron; supongo que iria en seguida á emborracharse
á mi salud.
Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron á sus ojos.
Sir George las notó y le preguntó:
--¿Qué teneis, Clemencia?
-- Nada, contestó esta levantando su suave y sonriente cara.
--¡Así! ¡así! esclamó Sir George, queriendo besar su mano, que ella
retiró; sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! solo os
falta para llegar al apogeo femenino, el que ameis; como faltaba el rayo
de vida á la perfecta estatua de Pigmalion. ¿Porqué no amais?
--¡Pues qué! dijo sonriendo Clemencia, ¿no hay mas que amar así... á
tontas y locas? ¿No hay mas que darle rienda suelta al corazon sin saber
ántes á qué nos arrastra?
-- Vosotros, los españoles, dijo Sir George, que penetró las graves ideas
de Clemencia, entendeis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo
que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se
hastiaria y perderia su brillantez en las innecesarias trabas de la
obligacion. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y
caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo.
-- No pensé, repuso Clemencia con gravedad, que vos, Sir George,
pudieseis decir cosas tan en estremo vulgares; que pudieseis gastar el
lenguaje de D. Juan, completamente relegado, no solo al mal tono social,
sino al mal gusto literario; sobrepuja en ello lo ridículo á lo inmoral.
¿Estariais aun, por ventura, en ese período de lo romancesco
desenfrenado, que tira piedras á una union consagrada, y lodo al amor
esclusivo? ¡Oh! Aquí tenemos una opinion demasiado séria, sentida y alta
del amor para degradarlo al punto de mirarlo fria y sistemáticamente
como hijo del capricho y padre de la inconstancia. Aquí, Sir George, es
el amor mas grave, y por lo tanto, ménos estrepitoso que en otras
partes; aquí nunca pierde de vista esa obligacion de que os burlais;
porque la union consagrada, eleva el amor á toda su altura y á toda su
dignidad.
-- Habeis sido educada en un convento, ¿no es cierto? preguntó con todo
su serio sarcasmo Sir George.
--¿Decís eso porque abogo por el amor consagrado? contestó Clemencia con
su bondadosa risa.
-- No es por eso, señora; es por la admirable candidez de vuestras
doctrinas.
--¿Son cándidas? repuso Clemencia: ¡cuánto me alegro. La candidez es
hermana de la inocencia.
--¿No teneis, si no me engaño, en vuestras creencias un lugar propio
para esas gemelas?
-- Un corazon no corrompido; ese es, segun la mia, su asilo.
-- No, no, al que yo aludo se llama el Limbo, si no me engaño.
--¡Ay Sir George! repuso con bondad Clemencia, lo que yo creo es, que
ese triste lugar sin pena ni gloria, es para los que no son bastante
malos para serlo de hecho, ni bastante buenos para serlo de dicho.
Sir George comprendió claramente que Clemencia le creia mejor de lo que
era; pero esto paró tanto ménos su atencion, cuanto que estaba absorto
en la contemplacion del magnífico brazo y mano de Clemencia, que esta
levantaba en aquel momento para afianzar en su peinado una flor que se
habia desprendido.
¡Pobres mujeres! ¡cuán halagado puede estar vuestro corazon de las
causas que impulsan á ciertos hombres á amaros!
--¡Oh Clemencia! esclamó Sir George en un impulso arrebatado, sois mas
irresistible que la mas refinada Aspasia: me enseñaréis á ser un buen
marido; yo os enseñaré á ser una Lady perfecta. ¡Qué bella vida nos
espera!
--¿Qué queréis decir con eso?
-- Que os ofrezco mi mano y mi fortuna; no hablo de mi corazon,
Clemencia, porque harto sabeis que lo poseeis; pero como sé que no me
daréis el vuestro sino ante el altar, allí os llevaré.
--¿Por eso lo haceis, Sir George? dijo con triste y herida, aunque
disimulada, susceptibilidad Clemencia.
-- Por eso, sí. Y ahora, repuso alegremente Sir George, espero que no
tendréis inconveniente en admitir mi amor, y que no seréis, segun una de
vuestras usuales y bonitas espresiones, _premiosa_ para corresponderle y
hacerme dichoso.
-- Podria tenerlo, contestó con calma Clemencia; ¡por temor de no serlo
yo!
--¿Lo seriais quizas con el Vizconde? -- repuso Sir George con mal
disimulada altanería,--¿y heme engañado creyéndoos sincera? ¿Será el
instinto femenino mejor maestro aun en coquetería que el gran mundo?
--¡Oh! no, Sir George, contestó Clemencia con su inalterable dulzura y
falta de amor propio, no seria feliz con el Vizconde, aunque me amase,
lo que no creo.
--¿Ni conmigo?... ¡Sois, pues, insensible á todo amor, señora! Ya se ve,
cuando se disfrutan tantas felicidades como las que vos pregonais, se
puede ser insensible á las de un amor mutuo. No obstante, señora; en lo
delicado de vuestra moral deberiais comprender que la mujer que á todos
inspira amor, y que no lo siente por ninguno, es un ser escepcional y un
tipo poco bello.
-- No he dicho que no seria feliz por no serme posible amaros, Sir
George; lo he dicho porque tengo la conviccion de que unida á vos, no
podria ser sino idealmente feliz ó profundamente desgraciada.
--¿Y por qué desgraciada, Clemencia? Por mí comprendo tan poco la
desgracia á vuestro lado, como la oscuridad brillando el sol en el
cielo. Clemencia, la felicidad del amor es tan efímera, que no debemos
perder en metafísicos debates un solo dia de los que nos brinda.
--¿Y vos creeis que la felicidad del amor es efímera? ¿Pensais, pues,
que el amor se acaba?
-- Clemencia, contestó Sir George con jovial sinceridad, solo un
estudiante acabado de salir del colegio os sostendria lo contrario. El
amor, que es lo mas transitorio de la vida, es cabalmente lo que mas
pretensiones tiene á la inmortalidad; los amantes vulgares son los que
tienen la romancesca candidez de jurarse ese _eterno amor_, esa utopia,
ese mito, ese fénix, esa creacion fantástica.
-- Si el amor es tan efímero, si es un castillo de naipes que el primer
soplo del tiempo derriba, cuando ya no me ameis, ¿qué será de esa
felicidad que fundais en amarme?
-- Cuando ya no os ame, respondió Sir George en tono ligero, _vous
m’amuserez_, me entretendréis con esa gracia, ese talento, esa
originalidad, ese chiste, esa alegría que os son esclusivamente propias,
y que os dan el encantador privilegio de interesarme, sorprenderme,
entretenerme, y alegrarme.
--¿No entrais en cuenta mis virtudes, si es que creeis que algunas
tengo?
--¡Virtudes... ese es otro programa! contestó Sir George, que respeto
mucho, pero que pienso que modifiqueis en mi obsequio; pues hay algunas
virtudes por demas pueriles, Clemencia, que dan en la alta sociedad
cierto ridículo; y otras por demas severas, que hacen intolerantes, y la
tolerancia es la gran necesidad del siglo; por consiguiente, mi querida
Lady Percy, haremos algunas rebajas económicas en el presupuesto de
virtudes.
-- Entre estas, supongo que será la primera la constancia.
-- Clemencia, acordáos de las cartas sobre Lóndres del Príncipe Pückler
Muscau, ese aristocrático escritor, cuando describe el sello que halló
sobre la mesa de una de nuestras reinas de la moda, cuyo lema era _tout
passe, tout casse, tout lasse_; y no querais hacer de la vida real un
idilio ó una leyenda de Santos, sino impregnaos de las ideas y
sentimientos del mundo en que vais á entrar.
--¿Qué mundo?
-- El gran mundo de la sociedad de Paris y Lóndres, que es el único
teatro en que seréis apreciada todo lo que valeis. ¿Por ventura habeis
pensado vegetar siempre aquí? ¿Aquí donde no os comprenden siquiera?
-- Si no me comprenden, me sienten, lo que es muy preferible; esclamó
Clemencia. Si mi nunca olvidado tio sembró en mi inteligencia flores que
han florecido, tambien me dijo que era para que me hiciesen gozar, y no
para lucirlas, y que era mas grato el perfume que sin procurarlo
exhalaban teniéndolas ocultas. Os engañais, pues, si creeis que vegeto.
¡Oh! ¡yo vivo! vivo con el alma y el corazon, vivo con cuanto da de sí
una existencia cumplida. ¿Acaso, Sir George, llamais vida al ruido, á la
vanidad, al bullicio? Y si es así, ¿cómo es que la huís? será que no os
satisface.
-- No llamo vida á lo que pensais, Clemencia; llamo vida á la que
disfrutaréis en el elevado círculo de admiracion, simpatía y rendimiento
que os formarán superiores inteligencias y encumbrados personajes,
cuando en su alta esfera os hallen, y seais miembro de su jerarquía.
-- No apetezco esa vida, Sir George, y os aseguro que en ella no me
hallaria bien. Y aunque os parezca imposible, no es ménos cierto que
solo simpatizo con una vida quieta y tranquila, que precio mas que la
agitada, donde goce de la amistad, que prefiero á la admiracion; de la
paz que prefiero al ruido; de la naturaleza que prefiero al tropel del
mundo.
--¿Prefeririais quizá, dijo con celoso despecho Sir George, el ir á
_filer le parfait amour_, y á regar las flores de lis de la fidelidad
con el Vizconde en su castillo de Belmont?
-- Os he dicho que no, Sir George; y quien duda de mi veracidad, dudará
de todas mis demas virtudes.
En este momento se oyó llamar de un modo peculiar que ambos reconocieron
por el Vizconde.
-- Ese hombre, esclamó exasperado Sir George, se ha propuesto trastornar
mis planes y hacerme imposible estar solo con vos; es preciso,
Clemencia, que de una manera decisiva le demostreis que es importuna su
presencia á vos como á mí. Negáos.
--¡Imposible! ¿Desbarrais?
-- Escoged entre él y yo, dijo dando rienda suelta á todo su áspero
orgullo inglés Sir George.
-- Ya he elegido, Sir George, como lo hacen las señoras, sin escandalosas
y ridículas esterioridades.
Los pasos del Vizconde se oyeron en la antesala.
-- Clemencia, dijo furioso Sir George, yo no sufro rivales.
-- Ni yo exigencias despóticas, contestó en tono firme Clemencia.
-- Creo que despues de lo que acaba de mediar entre nosotros, señora,
tengo derecho á ser exigente.
-- Nada ha mediado entre nosotros que os autorice á hacerme salir de mi
carácter y de mi línea de conducta.
--¿Me rechazais?
-- Vos sois el que se aleja; no os rechazo yo.
En este instante saludaba el Vizconde á Clemencia.
--¿Mandais algo para Cádiz? dijo Sir George con la mas dulce y la mas
fina de sus sonrisas, al coger su sombrero.
La pobre Clemencia, que no sabia disimular, palideció y sintió un dolor
tan agudo en su corazon, que dijo en voz que se esforzaba en hacer
firme:
--¿Os vais?
-- Sí señora, me precisa.
--¡Buen viaje, Sir George! dijo Clemencia procurando sonreir. ¿Volveréis
pronto?
-- No depende de mí, señora.
Y saludando á Clemencia con frialdad, y al Vizconde con altivez, salió.