--¿Qué leeis? preguntó Sir George una noche al hallar á Clemencia
sentada á su chimenea con un folleto en la mano.
-- Os responderé lo que Hamlet á Polonio, que le hacia la misma pregunta,
contestó Clemencia: ¡palabras! palabras! palabras!
-- Pero ¿qué palabras?
-- Un celemin... que contiene este impreso en favor de las modernas ideas
humanitarias.
-- Con las que debeis vos precisamente simpatizar, dijo Sir George, que
por mas que se proponia dejar con Clemencia su constante ironía, recaia
en ella por un irresistible impulso y por una inveterada costumbre.
-- No, Sir George, no, contestó Clemencia con dulzura.
--¿Cómo es eso, señora? ¿Pues no sois la ferviente abogada y la
constante protectora de los pobres?
-- Sir George, estais hablando con ironía, y sabeis que me es
antipática: por demas estais convencido de que por hermoso que me
parezca el oro, no me parecerá bien el puñal hecho con ese metal.
¿Quereis confundir la santa voz cristiana que dice al rico: dá, dá, tus
riquezas son un préstamo, y te abrirán la entrada en la mansion de los
justos, -- difícil como al camello el pasar por el ojo de una aguja, -- y la
voz que grita al pobre: ¡fuera la pobreza, aunque es tu herencia! ¡fuera
la santa conformidad, aunque es tu galardon, tu mérito y tu virtud!
¡fuera tu alegría y moderacion, que son tu instintiva filosofía! Hay
ricos ¡y tú no lo eres, pues rebélate, indígnate, desenfrena tus malas
pasiones, la envidia, la soberbia, la ambicion y la rabia! pierde todo
respeto... ¡roba! y si te lo impiden los gendarmes, roba con el deseo y
el propósito; que el mandamiento de Dios que lo hace delito, yo lo anulo
con mi gran poder? -- Pero Sir George, Dios permite que de cuando en
cuando se levanten hombres funestos del seno de las tinieblas, que son
una gran calamidad, como las pestes y las tempestades. Estos hombres
cual teas del abismo encienden una hoguera; esa hoguera alumbra á los
ciegos, alienta á los tibios, purifica á los prevaricadores, y de sus
cenizas, cual fénix, sale mas bella y mas lozana la eterna verdad que
yacia débil é inerte en el corazon del hombre; doblemos, pues, la
cerviz, ya que tales castigos merecemos. ¡Triste humanidad que decae y
se enerva, y que necesita de cuando en cuando que el fuerte brazo de
Dios la sacuda! Peleemos, pues, en esta gran lucha moral, pero con
nuestras armas, la caridad, la moderacion, el santo celo y valerosa
ostentacion de santas creencias y santas doctrinas. Bien por mal, Sir
George, bien por mal: ¿qué enemigo no desarma esta táctica?
--¡Cuántas gargantas que cantaban cánticos, como vos ahora, Clemencia,
fueron cortadas en Francia por la guillotina! Clemencia, cuando la
humanidad se levanta y da un paso adelante, nada puede retenerla; lo que
bajo su planta se halla, es triturado por ella; es un mal inevitable y
aun necesario.
--¿Con que, dijo con triste sonrisa Clemencia, lo que yo llamo altos
castigos y sacudimientos con que el brazo de Dios despierta á la inerte
humanidad, vos lo llamais pasos de adelantos de la humanidad?
¡Difícilmente se creerá que tales pasos sean dados en la senda del bien,
Sir George!
-- Señora, no os será desconocida la máxima de vuestros sabios jesuitas:
_alcanza el fin sin reparar en los medios_.
-- Sir George, no hagais de una máxima de política, -- generalmente seguida
por aquellos que pretenden hacer de ella un baldon á los jesuitas
achacándosela, y cuyo gran preste teneis en la era presente en vuestro
país, -- un precepto de moral, que son los que deben regir á la humanidad.
Pero, mi Dios, ¡cuán profanada es esa voz! Y la soberbia del hombre que
se emancipa de las leyes de Dios, ¡ha llegado en nuestros dias hasta
creer que puede arrebatar de las manos del que lo crió, el poder que
guia al universo! Pero gracias al cielo, nuestro bendito suelo no cria
Cromwells, Marats, ni Robespierres, esos acólitos de lo que llamais
_pasos de la humanidad_.
-- Cierto, cierto, vuestro país con raras escepciones no cria en cuanto á
hombres públicos sino perfectos egoistas, de que resulta una verdadera
anarquía que no quiere reconocer un jefe, como si hubiese partidos sin
jefes; así se suicidan por sus propias mezquinas rivalidades.
-- Pero señor, en vuestro país suceden cosas aunque en escala mayor,
parecidas: un gobierno popular se compone de estos elementos.
-- El gobierno de mi país, es detestable, señora; sus leyes, pésimas.
--¡Oh! no hableis mal de vuestro país, esclamó Clemencia con aquella
parcialidad, aquel entusiasmo que un corazon tierno y consagrado derrama
sobre cuanto pertenece á la persona que ama; ese país de grandes hombres
y de grandes cosas, alzado en su isla como un dominador en su solio, y
que ha llegado á su apogeo.
--¡Lugares comunes, señora! y una boca como la vuestra, Clemencia, debe
preferir agraciarse con una paradoja ó con un disparate, ántes que
vulgarizarse con una _banalidad_, repuso Sir George, y añadió alzando
los hombros: desde que tengo uso de razon, esto es, desde mas de veinte
años, estoy oyendo la misma cantinela y hemos avanzado. ¿Quién es capaz
de fijar el apogeo de las naciones? La prosperidad de la Inglaterra es
hija de las circunstancias, señora; nada mas: nadie se entusiasma por
ella sino algunos españoles.
-- No teneis amor patrio, Sir George, dijo tristemente Clemencia. ¡Oh!
¡qué fenómeno! ¡carecer de un sentimiento que abrigan hasta los salvajes
en sus bosques y desiertos!
-- Señora, la civilizacion que tiende á nivelar y á uniformar todos los
países, modelándolos en la misma forma, debe por precision estinguir un
sentimiento que seria una anomalía en la tendencia que aquella sigue.
Ademas, creed, señora, que el vociferado patriotismo no es ni mas ni
ménos, desde que con los siglos heróicos dejó de ser una virtud
primitiva y un sentimiento unánime, que un egoismo ambicioso y un amor
propio finchado de que se revisten pomposamente los partidos ó bandos
políticos, como con la túnica de Régulo, aunque muy poco dispuestos á
rodar como el romano en su tonel; pero sí en coche á costa de la
_adorada patria_.
-- Otro magnífico progreso, resultado de las modernas instituciones,
repuso sonriendo Clemencia. Desengañáos, Sir George, con el profundo
pensador Balzac, que dice en el prefacio de sus obras: «Escribo á la luz
de dos verdades eternas, la religion y la monarquía; dos necesidades que
los eventos contemporáneos volverán á aclamar, y hácia las cuales todo
escritor de buen sentido debe tratar de volver á atraer á nuestro país.»
Pero ya que no pensais así, decidme, ¿cuál es el gobierno que hallais
bueno?
-- Creo que no deberia haber ninguno, señora.
-- Vamos, estais mas que nunca de humor de paradojas. Aunque os piqueis,
os diré que ostentais una escentricidad de gran calibre. ¿Y el órden
social, señor?
-- Debe ser el fruto de la civilizacion, y hacer así inútil todo
gobierno.
--¡Qué utopia tan arcádica, Sir George, muy á propósito para regir en
los Campos Elíseos! ¿En el oásis de cuál desierto la habeis soñado,
ilustrado Platon? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos
observadores de sus preceptos, seria esto dable, pues el gran Bonald ha
dicho: _El Decálogo es la gran ley política y la carta constitucional
del género humano_, y dice igualmente el profundo Balzac: «El
cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo
de represion de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor
elemento de órden social. ¿Pero miéntras?...[10]
--¡Represion! ¡represion! esclamó Sir George interrumpiendo á Clemencia,
esto es! ¡Hacerse un anacoreta, un cenobita, empobrecerse aun mas la
vida de lo que ella en sí lo es! ¡Qué mezquino suicidio!
--¡Cuán distintamente pensamos sobre este punto, Sir George! dijo
Clemencia. Pues por mí no creo que el fin del hombre, sea hacer la vida
_divertida_, sino hacerla _buena_.
-- Se puede gozar sin ser malo, mi austera amiga; hay goces que son hasta
santos, y no los halla el hombre. ¿Sabeis, Clemencia, que hay veces en
que compraria un goce, aun un deseo, con la mitad de mi fortuna?
--¿Esto es, respondió ella, que no hallais los unos, ni sentís los
otros?
-- Así es.
--¡Pobre amigo! dijo con sincera compasion Clemencia; habeis pulido
vuestro sentir en pequeños y frívolos goces de seda y oro (goces que no
llegan al alma, ni satisfacen el corazon), hasta el punto de que sobre
él resbalan los verdaderos!
--¿Y cuáles son los verdaderos, Clemencia?
-- Son para mí tantos y tan variados, Sir George, que me seria difícil
enumerarlos.
-- Pero designadme algunos: os estudio como un ser raro y nuevo para mí,
con una curiosidad y un placer, que me hacen á veces sonreiros como á
inocente niño, y otras adoraros como un alto espíritu, pues de ambos
participais.
-- De ser espansiva me retrae vuestra ironía.
-- No, Clemencia, -- dijo Sir George, tomando á uso de su país la mano de
su amiga, que apretó con cordialidad, -- creed que el hombre viejo se
despoja de su saco impermeable á la puerta de vuestra estancia, y ante
vos se presenta el nuevo con su blanca túnica de lino.
-- No dudo que sea vuestra intencion, pero...
--¿Pero?
--¿Sabeis que dicen los franceses que por mas que se aleje lo que es
natural, vuelve á galope? respondió Clemencia.
--¿Hemos trocado nuestros papeles, Clemencia? ¿Vuélvese la paloma,
halcon?
-- No; pero la mosca que ve la red, le dice á la araña que la sabe
precaver.
--¿Me haréis arrepentir de haberme mostrado á vos indefenso y
desarmado?... ¿me obligais á volver á vestir el arnes?
--¿Cómo, Sir George, os obligaria yo á cosa que detesto?
-- No queriendo abrirme con espansion vuestra alma. Vamos, decidme, ¿qué
es lo que vos llamais goces?
-- Entre otros muchos, dijo al cabo de un rato de silencio Clemencia, los
que están al alcance de todos son los que brinda la naturaleza. Mirad
esas nubecillas blancas y brillantes, tan suaves que el aire les da
formas, y un soplo las guia. Mirad esas flores, que participan del suelo
que les da jugo, y del sol que les da fragancia, como el hombre comunica
con la tierra y con el cielo; ved esos lejanos horizontes en que se
esparce, y esos otros de limitado espacio en que se concentra el alma;
ved esas aguas, ora corran alegres, ora duerman tranquilas, siempre
brillantes como lo que es puro, siempre transparentes como lo que es
sincero; ved ese mar, que anonada en su inmensidad y fuerza la pequeñez
y debilidad del hombre y sus obras...
-- No prosigais, dijo Sir George, no prosigais, Clemencia. He recorrido
los Alpes, los Andes y el Bósforo; he visto el Gánges, el Niágara, el
Rhin; he cruzado el mar Pacífico, el Atlántico y el del Sur, y en ellos
observado sus tempestades y sus fenómenos, y nada de todo esto he podido
admirar _gozando_; nada en relacion con mi íntimo sentir: solo ha
surgido en mí este pensamiento: ¡_Qué de afectacion hay en los poetas!_
--¿Y los goces de la familia? preguntó Clemencia, sin querer darse
cuenta del por qué su corazon se le oprimia.
-- Sabeis, respondió sonriendo Sir George, que soy soltero, pues los
hombres no se deben casar hasta que tengan mucha esperiencia del mundo y
de las cosas.
--¿Es esta esperiencia mucho mas necesaria á los casados que á los
solteros? preguntó Clemencia.
-- Sin duda: los franceses, que confesamos son nuestros maestros en todo,
han marcado bien esto, llamando al casamiento _hacer un fin_.
-- Esto es: cuando la juventud se va y entran achaques, escoger una jóven
que empieza á vivir, por enfermera, ¿no es esto?
-- Así es: cuando no se puede ser otra cosa mas divertida, se hace uno
padre de familia.
Clemencia sintió partirse su corazon con cuanto agudo tiene el dolor y
amargo la humillacion; pero volvió sobre sí y siguió preguntando:
--¿Pero no teneis madre?
--¡Ah! sí.
--¿Y no la amais?
-- Lo mismo que ella á mí.
--¿Y dónde está?
-- No sé, creo que viaja ahora por Italia.
--¿Y padre?
-- Mi padre, que era general, murió en la India, despues de robar á
Tipoo-Saib una inmensa fortuna.
Un vivo carmin subió al rostro de Clemencia á pesar suyo. Nunca era
bella ni honorífica una fortuna de pillaje, por mas que lo autorizasen
las bárbaras leyes de la guerra; pero oir calificar á un padre por su
hijo de ladron, era una _despreocupacion_ que llenó de espanto á la
sencilla Clemencia.
Sir George prosiguió sin notarlo:
-- Un brillante estraordinario que llevaba Tipoo-Saib en el puño de su
sable, me cupo en herencia; no sé que hacer con él, ni sé si mi ayuda
de cámara me lo habrá robado: si lo encuentro, ¿querréis, Clemencia,
admitirlo como una pequeña memoria de un amigo?
-- Gracias, respondió Clemencia: aprecio poco toda memoria de un amigo
que no queda en el corazon.
-- Mirad que os lo ofrezco, como dicen los franceses, de muy buena
voluntad, en vista de que no me sirve; tomadlo para engalanar con él una
de las Vírgenes de vuestra devocion: así cuando oreis y la contempleis,
os acordaréis de mí, Clemencia.
-- Sir George, sin ser gazmoña, os diré que hablais con irreverencia.
-- Tomadlo al ménos como una imágen de vuestro corazon, pues es tan
bello, tan puro, tan apetecido y tan imposible de ablandar como él.
-- Conservadlo vos, respondió Clemencia riendo, miéntras se parezca á mi
corazon.
-- Recibidlo, os lo suplico, insistió Sir George, como imágen de la
firmeza, de la constancia y del fuego del amor que me habeis inspirado;
ya que este rechazais, conservad al ménos su imágen.
-- Dejemos esto, Sir George, dijo severamente Clemencia, pues hasta la
voz regalo me desagrada, y si no fuera por no parecer orgullosa, diria
que me humilla. Volvamos á anudar el hilo de nuestra conversacion.
-- Sí, sí, hablemos de goces, aunque en esta conversacion alterne yo como
el ciego en la de los colores. ¿Qué mas goces hallais vos? Veamos.
-- Muy dulces en la amistad. ¿No teneis amigos?
-- Sí, en el parlamento, en la embajada francesa, un cardenal en Roma, un
gran señor turco en Constantinopla, y D. Galo Pando, porque lo es
vuestro; pero Clemencia, francamente, ninguna de estas amistades me ha
proporcionado ningun goce.
--¿No habeis, pues, podido prestar servicios á ninguno de ellos?
-- Servicios no, dinero sí, ménos al turco y al cardenal, que eran mas
ricos que yo, y á D. Galo, que no me lo ha pedido: yo tendria un gran
placer en que vuestro amigo me proporcionase la satisfaccion que los
otros.
-- Pando no ha tomado en su vida dinero de nadie, contestó Clemencia: eso
de pedir prestado es una cosa demasiado _fashionable_ para un hombre
oscuro y honrado como él: mas si llegase ese caso, amigos tiene mas
antiguos que lo sois vos, Sir George, que se ofenderian de que os diese
la preferencia.
--¿Cuánto es su sueldo?
-- Siete mil reales.
--¿Os chanceais?
-- No por cierto.
Sir George soltó una carcajada tan sincera y tan prolongada, que
Clemencia le dijo, riendo tambien, por ese irresistible contagio que
tiene la risa de corazon: Pero ¿me querréis esplicar, Sir George, qué
cosa risible encierra en sí el número de siete mil?
-- Señora, contestó Sir George, es exactamente la mitad del salario que
doy á mi ayuda de cámara. ¿Y hay hombres bastante inertes para
condenarse muy satisfechos á patullar toda su vida en tal charco? ¿Tan
inactivos, que se conformen en moverse en tan poco espacio? Me rio,
ademas, Clemencia, del atrevimiento que tienen tales entes, oficinistas
de escalera abajo, de presentarse y visitar vuestra casa y otras de
igual rango, y de alternar, por vuestra inconcebible tolerancia, con lo
mas encopetado de vuestra sociedad.
-- No cambio, esclamó con calor Clemencia, vuestra crítica en esta parte
por el mas bello elogio. ¡Bendito mil veces! el país, que sin falsas
mentiras y disolventes teorías, tiene tan bellas, llanas y sencillas
prácticas, y donde por suerte no existe ese altivo, insultante y
despreciativo espíritu aristocrático que da márgen á las revoluciones.
-- Aristocracia es, en efecto, una palabra vana de sentido en vuestro
país; podeis borrarla de vuestro diccionario usual. Vuestros grandes y
algunos magnates de tierra adentro, que podrian formarla si reuniesen lo
que la constituye, esto es, primera nobleza, una gran fortuna y una
sábia cultura, no reunen estas cualidades; y los que las reunan, con
contadas escepciones, no juegan en la política, ni se cuidan del bien
del país: así es que es inútil y aun ridículo que se afanen en querer,
porque así sucede en otros países, crear una aristocracia. La
aristocracia en vuestro país es un gran partido influyente que aquí no
existe; vuestras cámaras, como vuestro senado, son populares, divididos
en opiniones mas personales aun que políticas; en cuanto á la sociedad,
es fina, elegante, sobre todo amena, pero deplorablemente mezclada.
-- Pero señor, en Inglaterra...
-- No digo que no, señora; pero hay un puente que pasar, hecho de tantos
millones, como esprimidos nos tienen todos vuestros banqueros.
-- Lo que teneis, Sir George, es un orgullo demasiado tosco para poder
siquiera jactarse de fundarse sobre una base intelectual.
-- El orgullo, señora, es una coraza que miéntras mas tosca, como llamais
al nuestro, es mas fuerte; es ademas una buena arma defensiva.
-- Y ofensiva tambien, Sir George, y agresiva... y tan ufana por herir,
que á veces para lograrlo, coloca al que la usa en muy desventajosa
posicion y en muy mala luz. Pero vos, señor, continuó Clemencia con
alguna susceptibilidad, vos que formais parte de ese Olimpo
aristocrático, ¿porqué bajais de él y dejais sus diosas para solicitarme
á mí, pobre anticulta española?
-- Clemencia, respondió riendo Sir George, todas las mujeres entran de
hecho y de derecho cuando son bellas, en todo _Olimpo_. Mas vos
entrariais con todos los derechos; lo que yo quisiera es, que no
tuvieseis ninguno, para abriros, como el ángel á la Peri en el poema de
Moore, si no el Paraíso, ese Olimpo, como vos decís, no por una
lágrima, -- sabeis que las aborrezco, -- sino por una sonrisa. Pero decidme,
¿habeis concluido el catálogo de esos goces parvulitos que tanto
encomiais?
Clemencia calló un rato.
--¿No habeis gozado nunca con los consoladores y exaltados sentimientos
religiosos? dijo al fin con el alma en sus dulces y serenos ojos.
-- No hablemos de religion, Clemencia.
--¿Y porqué? Aguardo con viva curiosidad la respuesta.
-- Porque la religion es el secreto mas esclusivamente suyo que tiene la
conciencia del hombre, señora.
-- Yo pensaba al contrario, que no era su secreto, sino su galardon, el
que mas alto llevaba, el que mas recio proclamaba. Solo concibo dos
móviles á esa punible pretension al misterio ó á la reserva: el uno
malo, que es tener en poco sus creencias; el otro peor, que es el no
tener ningunas, y ser de esta suerte el silencio, como dice la
Rochefoucauld de la hipocresía, un homenaje que la impiedad rinde á la
religion. Sabeis que el Dios del universo, cuando á salvar y á
enseñarnos vino, dijo entre sus sobrias y santas sentencias que
alcanzaban todos los desbarros presentes y futuros del espíritu humano:
EL QUE NO ESTA POR MI, ESTA CONTRA MI.
-- Lo que con eso quereis decir, Clemencia, ¿es que me creeis condenado
por no pensar como vos, segun os lo enseña vuestra religion?
-- Mi religion no me enseña, sino me prohibe fallar individualmente sobre
quién es ó no condenado; solo me enseña y manda creer que el que reniega
de la salvacion que el Señor nos ha dado y se separa de la grey de sus
Apóstoles, no alcanzará esa redencion.
-- Ademas, prosiguió Sir George con su acerba ironía, como vos sois buena
y yo malo; como vos teneis ideas muy santas, y yo muy mundanas, vos
seréis la bienaventurada, y yo el condenado.
-- No, Sir George, contestó Clemencia con su no desmentida dulzura; ántes
temo ser tratada en el tribunal supremo con mas rigor que vos.
--¿Por qué, señora? ¡Esto sí que es estraño!
-- Porque tanto será exigido de la afortunada á quien cupo la dicha de
abrir los ojos de la razon en un santo convento, y los del entendimiento
al lado de un santo Mentor, rodeada de buenos ejemplos y santas
prácticas; como mucho será disculpado al que, como vos, tuvo la
desgracia de criarse entre infieles y formarse entre herejes, rodeado y
embebido de la atmósfera corrompida de ese gran mundo filosófico y
escéptico, que osado se erige en enemigo de la religion; que supone en
los placeres el fin de la existencia, y condena la represion y la
abnegacion cual mezquinas boberías solo propias de los pobres de
espíritu.
-- Pero, Clemencia, -- preguntó Sir George, frio á toda la misericordia,
dulzura y uncion de las palabras de Clemencia,--¿de qué goces religiosos
hablais? ¿De los ascéticos, de los iluminados, de los que hallan en los
cilicios y penitencias los católicos, ó de los del paraíso de Mahoma? Si
sois vos la Hurí que promete en su paraíso, me inclino á la religion del
Alcoran.
-- Sir George, respetad la gravedad ajena con el silencio, ó combatid sus
argumentos con iguales armas como leal.
--¿Quereis, Clemencia, repuso en tono cariñoso y festivo Sir George,
despues de hacerme vuestro admirador, vuestro apasionado y vuestro
esclavo, hacerme vuestro prosélito?
-- No lo he intentado, Sir George; lo que decia era parte integral del
asunto que tratábamos; pero está terminado; pues he visto que tambien
esa primera y santa fuente de vida está exhausta en vuestra alma. ¡Dios
mio! ¡Dios mio! pensó Clemencia, ¡qué! ¿nada vibra ya en su corazon? Ni
la religion, ni la naturaleza, ni el amor patrio, ni el amor á la
familia, ni la amistad, ni la caridad!! A pesar de los dotes que le
distinguen, de ese talento, esa nobleza, esa generosidad, ese
caballerismo, que le son innatos, ¡nada siente! ¡Oh! ¡qué devastado
Edén! ¡Qué asolado yermo! ¡Qué arrasada floresta! Y no obstante, este
hombre que tiene una inteligencia superior, que es altamente culto, y
que se ha formado alternativamente en los dos países que pretenden
llevar el paso á los demas en todo progreso moral y material; este
hombre que ha adquirido sus aspiraciones en el hogar del nuevo sol del
siglo XIX, este hombre que todo lo ha visto, todo lo conoce y todo lo ha
juzgado, en esta nueva era, que se denomina ilustrada, no sé con qué
títulos ni con qué derechos, ni con qué ventajas á las anteriores; este
hombre, tipo del espíritu de la época, ¿este es el fruto que ha sacado
del moderno adelanto del espíritu humano? ¿Así desencanta, pues, su frio
escepticismo la vida? ¿Así desprestigia la necia y orgullosa sabiduría
del hombre las magníficas creaciones de Dios? ¿Así despoetiza el
corazon, así seca y rebaja el alma? ¡Espanta y aterra, Dios mio! Pero
esto debió ser el resultado de alejarse de tí, Criador y Legislador
nuestro, y querer la débil criatura crearse ella misma, como los judíos
en el desierto cuando desoyeron la voz de tu enviado Moises, sus propias
creencias y sus propias leyes, renegando de las que manando de tí, los
habian regido hasta entónces. ¡Ay! ¡sí! Sir George es el tipo del hombre
que ha abjurado y roto toda relacion con lo pasado, y que marchando sin
faro hácia lo desconocido, sigue una senda que proclama por verdadera, y
que no sabe dónde le lleva.
Así fué que la distancia inmensa que separaba sus almas, y que cada dia
le parecia dilatarse, hoy se abria ante Clemencia como un abismo; pero
su amor á Sir George era demasiado intenso para que le fuese fácil
retroceder: era aquel hombre fatal su primer amor; sus lágrimas _caían
por dentro_ ardientes y corrosivas. No es posible, pensó, luchar con
argumentos y razones con quien tiene mucho entendimiento, mucha práctica
de controversia, y en ellas guarda toda la calma y lucidez de la fria
indiferencia. ¡Si pudiese vencer la detestable lógica de su razon,
despertando sus buenos sentimientos! ¡Dios mio! ¿habrá acaso un corazon
en que no puedan estos resucitar de entre sus cenizas?
Así fué que despues de mirar un rato á la llama que ardia tan clara,
pura y vivaz como los elevados sentimientos en su alma, fijó sus francos
y espresivos ojos en el hombre á quien amaba, y le dijo:
-- Sir George, ¿nunca habeis hecho el bien?
-- Creo que sí, contestó este; mas no lo tengo presente. Ya sabeis,
añadió con su seriedad irónica, lo que recomienda la máxima: «Que la
mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» Pero para tranquilizar
la timorata conciencia de mi amiga, le diré que ahora recuerdo haber
encargado á mi intendente afiliarme en las sociedades filantrópicas: es
preciso que todos contribuyamos á poner remedio á la espantosa lepra
del pauperismo.
-- No es eso, Sir George; deseo saber si habeis hecho el bien de motu
propio, con vuestra propia mano.
-- No creo que esto sea preciso.
-- No digo que lo sea; os pregunto si lo habeis hecho.
-- No, ¿á qué? El pobre quiere ser socorrido; no le importa por quién ni
cómo. ¿Teneis pobres? ¿Me quereis dar el placer de contribuir al bien
que les hagais? preguntó Sir George, que no era capaz de comprender la
causa de la preocupacion de Clemencia.
-- Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en
este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á
pedir, -- en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para
recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así
como para mover nuestros corazones á lástima, -- es que deis mañana
limosna al pobre mas infeliz que halleis.
--¿Os complazco en ello?
-- Sí.
--¿Es una órden?
-- No, una súplica.
-- Es lo mismo.
-- Prefiero la complacencia á la obediencia.
--¿Pero para qué lo deseais?
-- Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en
hacerlo.
-- Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que
cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais.