CAPITULO VI.

Una de las tertulias que frecuentaba D. Galo á prima noche, era la de la

señora Doña Anacleta Alcalde de la Tijera.

Era la dueña de la casa una de las mujeres que su mal instinto lleva á

complacerse en hablar mal de todo el mundo, como lleva el suyo al

vampiro á nutrirse de la sangre que ávidamente absorbe, sin saciar su

ansia.

El que llevaba una censura, una murmuracion, un chisme ó una calumnia á

casa de la señora de la Tijera, era recibido por ella en palmas, así,

como aquel que se atrevia á sacar la cara en defensa de un amigo ó de la

verdad, era contradicho con acritud y recibido con burla.

La noche despues de los sucesos que anteceden, entró D. Galo en casa de

la referida señora, y se sentó al lado de su hija, que era una linda

jóven de quince años, ofreciéndole su corazon, á pesar que Paco Guzman

lo habia calificado de _don rehusado_.

-- D. Galo, -- dijo la jóven con esa gran ligereza en el hablar que tienen

la mayor parte de nuestras jóvenes,--¿qué me dice Vd. del lance de

Alegría Cortegana?

-- Nada sé, hija mia, contestó D. Galo.

-- Podrá Vd. desentenderse; pero no puede humanamente negar el hecho.

-- Ni afirmarlo tampoco, hija mia.

-- Sois muy prudente.

-- Decid mas bien ignorante, Lolita.

-- Vd. no sabe lo que no quiere saber.

--¡Ojalá! así no sabria por mi mal, que una niña tan bella y tierna como

sois, Lolita, hija mia, pueda tener un corazon tan insensible, tan cruel

y tan inflexible.

-- D. Galo, miéntras esteis con lo sensible, y lo flexible á pleito, os

pronostico que no bailaréis bien la polka.

--¿Por qué no, hija mia?

-- Porque lo sensible y lo flexible tienen malos resultados en las

piernas, y se caerá Vd. como la otra noche en aquella galope de funesta

memoria.

-- No fué culpa mia. Bien sabeis que Paco Guzman atravesó su baston para

hacerme perder el equilibrio. Paco siempre es el mismo; no piensa sino

en travesuras, como cuando estaba estudiando; por cierto que era el mas

sobresaliente escolar de la universidad.

-- Solo que ahora son de marca mayor las travesuras, repuso riendo

Lolita, aludiendo al lance de Alegría.

Entraron en este momento algunas personas, entre las que venia un

oficial de lanceros, ayudante del coronel del regimiento.

-- No se habla en todas partes, dijo este despues de haber saludado, sino

del lance de la Marquesa de Valdemar.

Aquí hizo el oficial una relacion exagerada con escandalosos pormenores,

supuestos, de lo acaecido que sabemos ya.

-- No es cierto, dijo pausadamente D. Galo.

--¿Es, pues, decir que yo invento? preguntó el oficial que no era de los

mas urbanos.

--¡Dios me libre de pensar en semejante cosa! repuso D. Galo; solo

quiero decir que os han inducido en error.

-- Un error de que unánimemente participa toda una ciudad, es difícil de

combatir.

-- Si todos lo creen y repiten como vos lo haceis, solo por oidas, es

fácil concebir el error; y cuando se tiene el convencimiento de que es

falso, no es difícil combatirlo.

-- Sea como sea, no reconozco el derecho que podais tener á contradecir

cosas de notoria publicidad que son del dominio de todos.

--¿Con que la calumnia, segun vos, es del dominio de todos, y por lo

tanto tan autorizada, que los amigos de los que ataca no tendrán derecho

á combatirla?

-- Si calumnias son, que busquen las fuentes para atajarlas.

-- Esas fuentes, señor mio, dijo D. Galo siempre en tono moderado y

atento, son inaveriguables como las del Nilo.

-- Pues entónces, repuso el oficial bruscamente, que dejen al Nilo

correr, puesto no les será posible atajar su corriente.

Diciendo esto, volvió la espalda á D. Galo con poca finura.

--¡Dejaria Pando de sacar la espada por una elegantona! dijo la señora

de la Tijera; se muere por ser abogado de malas causas.

-- Siempre ha sido Alegría una de las muchas santas de vuestra devocion,

D. Galo, dijo Lolita.

-- No digo que no; cuando soltera, habria sido yo dichoso si me hubiese

correspondido.

-- Si todas aquellas á quien se lo ofreceis admitiesen vuestro corazon,

tendriais que repartirlo en dósis homeopáticas, D. Galo.

-- Lolita, hija mia, si lo quereis, seréis reina despótica y absoluta,

sin cortes, senado, asamblea, ni cámaras.

-- No lo quiero, D. Galo, respondió Lolita; pues no sé lo que me empalaga

mas, si los corazones ó los merengues.

--¿Saben Vds., dijo en recia voz D. Galo al cabo de un cuarto de hora,

lo que he oido decir? Que el coronel del regimiento de lanceros acaba de

tener un choque vivísimo con el capitan general, en que este le acusa

hasta de insubordinacion.

--¿Quién ha dicho eso? esclamó el oficial saltando de su asiento, y

fijando en D. Galo sus airados ojos.

-- La voz pública.

--¿Y vos lo repetís sin mas exámen?

-- Las cosas públicas son del dominio de todo el mundo, segun vos mismo

afirmais, señor mio.

-- Esto es dicho con sorna y con la mira de darme una leccion, ¿no es

eso? Pero tened entendido que entre militares y hombres de honor se

pesan las palabras ántes de proferirlas, y el que las dice es

responsable de ellas.

Viendo al oficial tan montado, intervinieron varias personas, queriendo

dar otro giro á la conversacion; pero el oficial, que era violento é

íntimo del coronel, no desistia, y aseguró á media voz que D. Galo le

daria una satisfaccion.

-- Muy pronto estoy á darla, dijo sin alterarse D. Galo que lo oyó; pero

no como el señor lo entiende. Yo defiendo á mis amigos; pero no me bato

sin motivo: ademas, un hombre de bien no puede defender con honor sino

una buena causa, y la mia no lo seria. Mi satisfaccion es esta: lo que

he dicho, lo acabo de inventar, pues nunca he oido sino elogios del

bizarro y pundonoroso jefe que manda el regimiento de lanceros, y lo

inventé solo y únicamente para tener el placer de hacer patente que el

señor es un verdadero y leal amigo que no otorga con su silencio, ni

autoriza con no desmentirla, la calumnia con que se ultraja en su

presencia á un ausente amigo suyo.

¡Con cuánto placer estamparíamos aquí que un silencio conmovido siguió á

estas palabras, y que el oficial se acercó á su antagonista y apretó su

mano, concediéndole de esta manera un noble triunfo de sentimiento!

Empero como no inventamos, y somos sencillamente pintores de la

realidad, tenemos que decir que no fué así. En nuestro país mas se

conoce y se simpatiza con el heroismo que con la sensibilidad bien

entendida; en él se halla mas elevacion de alma que delicadeza de

corazon, á no ser en los afectos de amor y en los religiosos.

Así sucedió, que una alegre risa fué la que acogió las palabras de D.

Galo, en la que fué el primero el finamente lisonjeado oficial,

celebrando todos lo ingenioso, y no sintiendo lo conmoviente del ardid

de que se habia valido D. Galo para defender su causa.

D. Galo, que obraba por su buen instinto, y no analizaba sus bellas

inspiraciones, quedó plenamente satisfecho con el pequeño triunfo de

amor propio que le cupo al oir las risas y el clamor que por todas

partes se levantaba, en estas y otras esclamaciones:

--¡Bien, bien, Pando! eso se llama un ardid de buena ley para batir á un

contrario.

-- La palma á D. Galo, que ha desprestigiado á Hércules, probando que

vale mas maña que fuerza.

--¡Bravo, Pando! esclamó un estudiante; la sociedad de la paz os va á

votar una corona de copos de lana.

-- Campeon de ausentes, dijo un aprendiz de diplomático; sois un

Talleyrand virtuoso, un Pozzo di Borgo sensible, y un Metternich

arcádico.

-- D. Galo, dijo Lolita, David va á romper las cuerdas de su arpa por

rabiosa envidia.

-- Señor de Pando, esclamó el oficial, me teneis vencido y agradecido,

cosa de que solo vos y las buenas mozas se han podido jactar.

D. Galo habia entreabierto aun mas las solapas de su chaleco, se sonreia

con satisfaccion y se abanicaba furiosamente con un abanico de caña.

Existe una cosa estraña en nuestra sociedad, que no sabemos si atribuir

á superficialidad ó á injusticia; y es que rebaja en la opinion á la

persona que tiene un ridículo; y sin mas motivo que este se le trata con

una superioridad estravagante por aquellos mismos que tienen sobre sí

vicios, maldades y hasta deshonra. Un ridículo no rebaja á nadie, sino á

ojos miopes. ¿Quién de nosotros no tiene un ridículo? ¿A quién de

nosotros, caso que no lo tenga, no se le puede dar? ¿A cuál no se lo

tiene, por ventura, la vejez guardado como una de sus muchas finecitas?

Si aquel pisaverde con botas de charol, con sus afectadas frases

francesas; si aquella elegante, luciendo en su lánguida persona todas

las exageraciones de la moda, se metiesen como la oruga en un capullo

para resucitar mariposas al cabo de algun tiempo, ¿acaso no se hallarian

que al reves de esta se encapullaron mariposas, para resucitar orugas?

Es decir, que solo la ligera influencia y la menospreciable importancia

de la moda les condenarian entre la falange, su esclava, al mas

portentoso ridículo. Casi todos los hombres sabios y notables han tenido

ridículos de marca mayor; y al gran Voltaire mismo, ese tipo del

burlador y del satírico, ¿no le hicieron pasar los pajes traviesos del

Rey de Prusia por un mono vestido, regresando ese maligno frances, uno

de los inventores del _Vaudeville_, furioso contra los calmosos y

graves alemanes, que se emancipaban hasta el punto de dar al gran preste

y repartidor de ridículos una muestra de la ley del talion?

Seamos tolerantes con los ridículos ajenos, pues el mote que puso ese

mismo Voltaire al pié de una estatua del amor, se le puede aplicar al

ridículo: «cualesquiera que seas, hé aquí tu amo; lo fué, lo es y lo

será.» No influye un ridículo en el valor intrínseco de las personas, ni

nos debe mover á menosprecio, siempre que no sea nacido de malas

pasiones ó peores tendencias.

Estamos por decir que los ridículos inofensivos y que no dimanan de

malos precedentes, nos simpatizan y nos hacen gracia, pues suelen ir

unidos á un buen fondo y á una índole sencilla; y casi estamos por dar

las gracias á la persona que nos proporciona el tan grato é inocente

pasatiempo de observarlos con benévola risa.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 39 / 53 题