No llevaba Alegría al salir de casa de Clemencia tan ofendido su amor
propio y tan picada su vanidad, como podria pensarse de una persona de
su índole y pasiones. Esta clase de mujeres tienen sobre las que carecen
de lauros y apasionados, la desventaja de sufrir á veces lo que no
tienen las otras, gran cosecha de desengaños, cuando no de desdenes ó de
ridículos.
Paco Guzman, con quien estaba en relaciones de amor, habia entrado en
casa de Clemencia ántes de haberse despedido Sir George; habia notado el
juego de Alegría, se habia encelado, y esto habia sido para ella un goce
que compensaba su _fiasco_ en la emprendida conquista.
Salió acompañada por él, á pesar que sabia que aun ántes de casarse, el
Marques habia tenido celos de este su apasionado.
Apénas se hallaron en la calle, cuando prorumpió Paco Guzman en amargas
quejas y recriminaciones.
Alegría se echó á reir, lo que exasperó mas á Paco.
-- No has mudado, no, esclamó irritado. Sí, tu placer ha sido siempre
reir del mal que causas.
-- Rio, repuso Alegría, de la idea de que pudiese semejante varal con su
cara de pero de Ronda gustarme á mí.
-- No has hecho sino dirigirle la palabra.
-- Porque me divierte en estremo oirle pronunciar el español; no me he
reido en sus barbas por la negra honrilla de dama de la corte.
-- Pero le has invitado á ir á Madrid.
-- Por hacer rabiar á Clemencia, á la que no creo le parezca el tarasco
costal de paja. Ademas, Paco, añadió Alegría con descarado cinismo, ya
sabes que soy coqueta; me gusta, sí, me gusta mucho que todos me miren y
se enamoren de mí; me gusta que rabien las demas: ¿qué te importa,
añadió con zalamería, si sabes que tú eres el hombre que llena mi
corazon, mi capricho, mi gusto y mi vanidad, al que solo he querido
siempre, quiero y querré? Nada borra un primer amor, Paco mio; mi madre
me casó con el alma de Dios de mi marido sin consultarme; cuando le
hablé de tí, quiso enviarme al campo como á Constancia; -- me
amedrentó; -- el escándalo me asombró; soy dócil,--¡cedí! pero ceder no
era arrancar de mi pecho mi primero, mi solo amor.
Todo lo antedicho era, como colegirá el lector, falso y mentido.
Alegría se llevó el pañuelo á los ojos.
-- Si vieras, añadió con voz de llanto, ¡qué de sinsabores me ha costado
el haber ido á tu cita la otra noche, y de qué mentiras he tenido que
valerme para disculpar mi larga ausencia! Tú nada de eso tienes que
sufrir; por eso siempre te dije que yo te queria mas que tú á mí, pues
de ello te doy mas pruebas.
Los amantes iban tan ensimismados y embebidos en lo que hablaban, que no
vieran á un hombre embozado, que parado habia estado frente al zaguan de
Clemencia, y los venia siguiendo.
Cuando entraron en casa de la Marquesa, estaban completamente
reconciliados. Alegría afectaba un airecito melancólico, como el de la
inocente víctima de una injusticia y de una triste suerte.
Paco Guzman estaba mas alegre, mas petulante que nunca.
Aquella noche la Marquesa no se habia recogido aun, y estaba sentada en
un sillon; á su lado estaba tranquila é impasible, como siempre, su hija
Constancia.
Alegría entró primero, pretestó dolor de cabeza y se sentó al brasero.
En seguida de ella entró Doña Eufrasia; poco despues Paco Guzman.
Al verle Doña Eufrasia, que le conservaba toda su ojeriza, dijo á
Constancia á media voz:
--¡Vaya un disimulo!... Con tu hermana venia; que yo los vi.
-- Nada de estraño tendria, contestó esta.
--¿Con que nada de estraño tendria? repuso la severa dragona: vamos,
hija mia, parece que tienes confesor de manga ancha. Sabes que su marido
no quiere que se acompañe con él; y la mujer que no hace lo que quiere
su marido, cate Vd. ahí un _divursio_.
-- Cambio de ministerio, dijo Paco Guzman despues de saludar y de
informarse del estado de la Marquesa.
--¡Qué me importa! contestó la pobre señora suspirando.
-- Salir de _sillas_ y entrar en _Caribes_, esclamó Doña Eufrasia, que
queria decir Scila y Caríbdis.
--¿Qué le han hecho á Vd. los ministerios que los pone de caribes?
preguntó Paco Guzman.
--¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! ¡el dia del juicio lo verán,
pícaros! ¡ladros! ¿Y vos los defendeis? Será por espíritu de
_contraposicion_.
-- Los defiendo á capa y espada; se ha hecho en estremo ganso y vulgar
criticar á los gobiernos. Nadie de buen tono lo hace. Pero vos, señora,
¿por qué armais contra ellos vuestras formidables baterías, de que habla
Napoleon en sus memorias? ¿Qué os han hecho los ministros, esos pobres
Atlantes?
Doña Eufrasia levantó al cielo sus redondos ojos sin contestar.
--¡Que no le pagan! claro está; dijo con impaciencia la Marquesa.
--¡Ah! ¡ya! ¿la viudedad? esclamó Paco Guzman. ¡Ah! ¡las viudas! ¡qué
plaga! ¡En el mundo hay un país con mas viudas que España! son estas
aquí innumerables, son inmortales, son dobles, pululan, se multiplican:
cada militar deja un ciento, cada empleado una docena! No hay
presupuesto que alcance á pagar las viudedades; son el pozo Airon de las
rentas del Estado; me desespero en pensar que las contribuciones tan
crecidas que pagamos, en lugar de ser para hacer carreteras, son para
tanta viuda, á cual mas inútil, que viven de nuestra sangre como
sanguijuelas monstruos. Deberia haber un sabido y económico Heródes que
dispusiese un degüello de inocentes viudas.
Fué tal el asombro é indignacion de doña Eufrasia al oir esto, que por
primera vez en su vida, depuso el aire marcial é indomable para tomar el
de víctima, y esclamó con énfasis:
-- Hasta ahora el huérfano y la viuda, si bien no habian sido pagados,
habian sido tratados en el mundo con gran consideracion y lástima; pero
en el dia hasta eso se pierde. ¡Señor, ya nada va á detener tus iras! y
el fuego del cielo caerá sobre España como sobre _Coloma_.
-- Señora, prosiguió Paco Guzman, cuando sea diputado, propondré, para
remediar la plaga de viudas que nos aflige, el establecer aquí la sábia
costumbre que existe en el Malabar.
--¿Y cuál es esa costumbre? preguntó Doña Eufrasia, á la que interesaba
en estremo todo proyecto concerniente á este asunto.
-- Señora, en aquel sabio país, cuando se muere un hombre que tiene
esposa...
-- Bien, ¿qué?
-- A esta interesante viuda...
-- Bien, ¿á esa interesante viuda?...
-- No vayais á pensar que se le busca otro marido, eso no.
--¿Pues qué se hace?
-- Se le enciende una hoguera.
--¡Una hoguera!!! ¡Vaya una idea! ¿Y qué se le remedia con eso?
-- Todos sus males.
--¿Sí?
-- Sí; pues en esa hoguera se quema ella.
--¡Jesus, María y José! esclamó Doña Eufrasia, poniéndose las manos en
la cabeza, ¡qué herejía! ¡qué barbaridad! ¡qué sacrilegio! Eso clamaria
al cielo si fuese verdad; pero como se miente hoy dia mas que lo que se
da por Dios, no hay que creerlo.
--¡Vaya, si es verdad! y es lo mas sabio que he oido en mi vida. En
aquel país, modelo de delicadeza conyugal, toda viuda honesta se
avergonzaria de sobrevivir á su marido.
-- Si se encendiesen las hogueras para los embusteros y fuesen allá por
grados, me parece que iria Vd. el primero, repuso Doña Eufrasia dejando
el ton sentimental y declamatorio.
-- No miente, mujer, -- dijo con displicencia la Marquesa, como para cortar
la disputa que le fatigaba oir; -- me han dicho que eso se hace allá entre
unos salvajes que no son cristianos.
--¡Ya! ¡cómo habian de serlo! esclamó Doña Eufrasia; pero no quita que
Paco Guzman, que tampoco lo es, sea capaz de aconsejarlo en esa
_Samblea_ de Madrid, á la que solo faltaba esto para coronar sus
herejías y disparates. ¡Y luego nos vendrán hablando de la Inquisicion!
Esa quemaba á los judíos; ¡bendito sea su alma! pero pensar en proponer
quemar á las viudas, porque eso se hace allá en _Malapar_ ó en los
quintos infiernos, hasta allí podia llegar el espíritu de _mitacion_.
¡Oh! si Matamoros viviese! ya veria esa _Samblea_ para qué ha nacido.
¡Herejes! ¡desalmados! Pues oiga Vd., Paquito, á Vd. no le disgustan las
viudas! y ahora un mes andaba Vd. tras de una que bebia los vientos; yo
todo lo sé, ¿está Vd.?
-- Pues ya se ve que me gustan las viudas: como que no soy ministro de
hacienda, me gustan siempre que sean posteriores á la guerra de la
_pendencia_, contestó Paco Guzman, al que no habia hecho gracia ninguna
la observacion de Doña Eufrasia, la que aludia á Clemencia.
-- Constancia, dijo la Marquesa, hoy me ha sentado mal el caldo; tenia
grasa.
-- Madre, yo misma lo colé por un pañito mojado.
-- Nunca para tí llevo razon en nada de lo que digo. Bien, no me volveré
á quejar, aunque me traigas agua sucia en lugar de caldo.
-- No, madre, no, mañana lo colaré por una bayeta.
-- Vamos á acostarme, que me siento muy fatigada; aunque le toca velarme
á Andrea, no te desvíes de mí, ¿estás?
-- El cuidado será mio, madre.
Constancia agarró el brazo de la enferma con el mayor cuidado y
suavidad.
--¡Jesus! ¡qué manos tan duras tienes! le dijo esta: ¡cómo me oprimes!
-- Temia que os cayeseis, madre: estais tan débil...
-- Ya: pero el remedio es peor que el mal. Eufrasia, dáme el brazo; que
mi hija es muy torpe.
Doña Eufrasia ayudó á Constancia; Alegría no se movió, y aprovechó el
rato que estuvieron solos para hacer una escena á Paco Guzman, á la que
dió motivo la alusion á la viuda que habia hecho Doña Eufrasia. Alegría
acertó que se referia á Clemencia, y dijo de su prima cuanta maldad se
le vino á las mientes.
Entraron en seguida D. Galo, D. Silvestre y las otras personas que aun
se reunian en casa de la Marquesa, las que aquella noche echaron ménos
al Marques de Valdemar, que no concurrió.
Alegría estaba inquieta.
--¡Es cosa rara! dijo de repente D. Silvestre.
--¿Qué cosa? preguntó escamada Alegría.
-- Que hace tres dias que no se ha visto el sol ni poco ni mucho.
-- Se habrá perdido, contestó con impaciencia Alegría.
--¿Qué teneis, Marquesa? Me parece que estais distraida: dijo D. Galo.
-- Puede que lo esté; es el estarlo el mejor modo de pasar una su tiempo
en Sevilla, repuso Alegría.
-- Vamos; que será porque tarda el Marques; no os inquieteis por eso:
algun amigo lo habrá entretenido en el casino: ¿quereis que vaya á
verlo?
--¡Pues eso faltaba! repuso Alegría. ¿Pensais acaso que tema yo que se
haya perdido, como parece temerlo D. Silvestre del sol, ó que padezca de
eclipse perpetuo? contestó con burlona y acerba risa Alegría.
A la mañana siguiente entró Alegría afectando buen humor en el cuarto de
la Marquesa.
-- Madre, dijo despues de haber tocado otros puntos, ayer recibió
Valdemar noticias de Madrid, que hacen allá su presencia urgente: así es
que ha partido esta mañana. Me encargó deciros que no se despedia, por
ser siempre tristes las despedidas, y mas en el estado delicado de salud
en que os hallais, y porque volverá conforme se lo permitan sus asuntos.
La Marquesa habia oido lo que decia su hija sin que le llamase
mayormente la atencion; pero Constancia palideció atrozmente.
--¡Dios quiera que vuelva pronto! dijo la enferma, pues me acompañaba
mucho y me velaba, lo que tú no puedes. ¿Porqué no me has traido los
niños?
-- Se los ha llevado, respondió Alegría.
--¡Que se los ha llevado! esclamó su madre.
-- Sí señora; así lo exigia su abuela que queria verlos, y como él se
pasa de buen hijo, ha complacido á su madre, aunque yo hubiese preferido
que se hubiesen quedado.
-- Se pasa de buen hijo, sí, y de buen yerno tambien, dijo la Marquesa.
Constancia se habia acercado á una cómoda en que se hallaba una botella
de agua, habia llenado un vaso, y se lo llevaba con mano trémula á los
labios. Lo tenia previsto ántes, y ahora lo comprendia todo.
Cuanto habia dicho Alegría era falso: Constancia tenia esa conviccion;
lo que era cierto y callaba era el contenido de esta carta que halló por
la mañana sobre su tocador.
«Señora:
»El hombre puede y debe perdonar: es el perdon virtud tan noble y
generosa, que por eso solo se practicaria aun cuando no fuese un
deber cristiano. Pero el hombre no puede volver á hacer suya la
mujer que lo ha sido de otro; el vínculo que fué profanado, dejó de
existir, autorizado el ofendido á disolverlo por las leyes humanas
y por las divinas, é impulsado á ello por su corazon, así como por
su honor.
»No quiero, no obstante, que en el caso presente lo publique un
escándalo, pues la sangre nada lava, nada borra, y mancha la
conciencia: tampoco quiero que lo disimule una hipócrita
ocultacion; la ausencia salva ambos estremos. Nada faltará á la
madre de mis hijos, sino el respeto de estos, á que no es
acreedora, y el aprecio de su marido de que no es digna.
RIGHT
VALDEMAR.»
Alegría, al leer la carta lloró mucho, no lágrimas de dolor, ni de
arrepentimiento, sino de despecho y coraje, porque perdia su bella
posicion; pero como mujeres del carácter de Alegría, ni aun cálculo
tienen, despues de desahogar su primera impresion de despecho, se
sosegó, y bajó serena, como se ha visto, al cuarto de su madre. Lo que
pintamos no parecerá verosímil ni ménos real... ¡y lo es! No es siempre
cierta la general creencia de que las maldades tengan hondas raíces; las
hay sin raíces, porque no las necesitan para medrar, siendo parecidas á
las plantas del coral; que crece por su propia virtud con nuevas
generaciones de pólipos que engendra, como aquellas con nuevas cáfilas
de maldades que brotan las unas de las otras.
Cuando el mundo ve efectos, cuyas causas ignora, se las supone
indefectiblemente desfavorables, aunque no lo sean: así no era de
esperar que la repentina ausencia del Marques que se llevaba á sus
hijos, ausencia tanto mas estraña en el estado en que se hallaba su
suegra, y en un hombre cuya alta posicion social le eximia de toda clase
de obligaciones, se interpretase candorosamente del modo que deseaba
Alegría. No solo se supo la verdad, sino que se adornó con todos los
requilorios que fragua la maledicencia.
Paco Guzman, desesperado por lo acaecido, partió por respeto humano para
Estremadura. Alegría se ofendió de esta prueba de consideraciones
sociales y de respeto á ella, y trató de buscar quien la consolase de
ausencias. Paco Guzman llegó á saberlo; se indignó, pero se afectó poco:
la razon le habia llevado á arrepentirse de sus criminales amores; la
noble conducta del Marques cuyo digno papel hacia en esta ocasion tan
despreciable y odioso el suyo, le habia avergonzado, y sobre todo la
ausencia le habia enfriado.
Pertenecia Paco á una clase de hombres poco comunes en España, pero que
no obstante, se encuentran. Era todo en él efervescente, y nada era
profundo: todo vehemente, y nada duradero. Pasaba su sentir en todas
cosas de la calentura al marasmo sin gradacion. En el primer momento se
dejaba llevar á todos los estremos buenos y malos; pasado aquel, cual la
vela á que falta el viento, caia inerte. No echando raíces en él ningun
sentimiento, no se habria hallado enemigo mas inofensivo; pero, como
amigo, dejaba mucho que desear; pues si no conocia el rencor, tampoco
conocia la gratitud, que es el sentimiento de raíces mas profundas. No
habia ninguno que tuviese ménos estabilidad, no solo en su sentir, sino
tambien en su pensar. Cada dia un observador habria notado en él una
nueva faz, no por cálculo ni estudio, como se ve en muchos que guian las
circunstancias ó la ambicion, sino por naturalidad, pues era sincero, y
aun cínico, así en sus afectos como en sus indiferencias, no honrando lo
bastante la opinion ajena para contrarestar con la fuerza de su
voluntad, ni la apatía ni los estremos á que se entregaba. Olvidan tan
de un todo estos hombres, lo que han hecho, dicho y pensado, si llega á
perder para ellos su interes y su actualidad, que estrañan, y se ofenden
que alguien, aunque sea el ofendido, pueda conservar el recuerdo de lo
que pasado ya, se sumió para ellos en la nada. En tales hombres, sin
lastre (y los hay que parecen hasta graves), nada malo se arraiga, y
nada bueno se estabiliza: así es, que instintivamente nunca inspiran á
los demas, ni repulsa acerba, ni confianza entera; por lo que jamas
tienen, ni enemigos encarnizados, ni amigos consagrados. Su buen
sentido, (si lo tienen), alcanza siempre una fácil victoria en estos
hombres, cuando lo escuchan; pero en cambio no conoce su corazon el
grande y verdadero contrapeso del mal, el solo que puede borrarlo, el
arrepentimiento; porque con la ligereza de su sentir, dan poco valor á
la maldad, y no gradúan lo profundo de las heridas que han hecho. Creen
que la ingenuidad y la buena fe que hay en confesar una culpa pasada,
basta para borrarla; y este es un error grande y grave. Ni Dios ni el
hombre bueno perdonan, si á la culpa no sigue el arrepentimiento.
El arrepentimiento es condicion precisa al perdon, y este gran mérito,
esa hermosa reaccion, este enérgico repudio á la culpa, es por
desgracia, muy poco comun. Y no se crea que es esto una paradoja, no. En
los unos, la gran ligereza le seca apénas nacido; en otros, el amor
propio lo ahoga en gérmen, y en otros, ¡ay! la falta de moral lo
desconoce y lo rechaza. Nuestra santa y sábia Madre, la Iglesia,
comprendió esto, y por eso instituyó el tribunal augusto de la
penitencia obligatoria, pues solo allí se siembra prácticamente la
verdadera, salutífera y productiva planta que purifica el corazon: solo
ese santo tribunal, cual la vara de Moises hace brotar de una dura peña
las aguas que han de lavar nuestra conciencia. Y dicen á esto los seides
del protestantismo y los flojos y frios apóstoles del
indiferentismo:--¿á qué santo ir á confesar sus culpas á otro hombre
como nosotros? Basta confesárselas á Dios. ¡O cortedad de vista del
orgullo! tanto mas deplorable, cuanto que es voluntaria en aquellos cuya
vista alcanza á poder divisar el elevado orígen de todas las
instituciones de nuestra santa religion católica, que cual el sol
atraviesa los siglos sin perder su eterna luz, su calor constante! ¡Y
llamarán los hijos del siglo de las ficticias luces, _reaccion_ á las
voces que gritan y gimen contra la tendencia que se afana en
desolemnizar cuanta creencia y culto conserva el hombre en su alma, y
cuanta poesía conserva en su corazon! ¡Dios santo! ¿dónde querrán
llevarnos los enemigos de la religion y de todo lo existente, que
empezando por los filósofos del siglo XVIII, y pasando por Marat,
Robespierre y Proudhon tremolan el rojo pendon?