CAPITULO IV.

Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y

abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las

amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve

resfriado que habia tenido Clemencia, fué el que le sirvió para ir á

casa de esta una prima noche.

Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á

sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no

solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que

la erige casi en una elegante gracia social.

Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad

de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico

de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles,

sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que

ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los

hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su

elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares,

en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer

que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido

de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que

no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo

propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte;

hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y

que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres

temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos

los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que

cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un

interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y

toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al

infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en

castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon

ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia.

Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en

ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las

mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó

aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre

todo si estas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no

bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia

provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano.

Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que

se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la

profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio

que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y

ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad,

como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho

mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por

cuantos le conocian.

Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de

Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus

tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el

que Clemencia distinguia.

Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba

Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y

se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva,

pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia

no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro.

Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería

tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras

circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como

lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil

tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada

delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que

la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en

circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero

pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio

de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy

al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase

ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la

especie de Alegría.

La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra

clase de agasajos mas directos. No hubo pregunta que no le hiciese,

afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó

se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de

él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en

ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira,

armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se

estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en

el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin

faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á

que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas

y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre

predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el

hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su

prima.

Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido

que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo

hiciese una mujer casada.

Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su

hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy

sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y

animacion ficticia.

Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes

secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el

corazon, y Sir George, que se dijo:

-- Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar.

--¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo

D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña.

-- No estoy triste, D. Galo, pues gracias á Dios no tengo motivo para

estarlo, respondió Clemencia.

--¿Con que, dijo Alegría á Sir George, con que decididamente no vendréis

á Madrid?

-- No señora.

-- Si vinieseis yo seria vuestro cicerone, y os proporcionaria ver

cuántas bellezas y riquezas tiene la corte, que son de un mérito tal,

que se lo envidian vuestra soberbia Lóndres y el brillante Paris.

-- Señora, ha mucho tiempo que está estinguido en mí todo género de

curiosidad. Clemencia, prosiguió dirigiéndose á esta, ¿nunca habeis

estado en Madrid?

-- No señor, contestó esta.

--¡Oh! esclamó entusiasmado D. Galo, que, como sabemos, era madrileño,

es preciso que Clemencia vea á Madrid.

-- Sí, sí, D. Galo, es preciso hacer que vaya, dijo Sir George, pediréis

licencia, y acompañaremos á la señora en este viaje.

--¡Me place! esclamó Alegría riendo y fingiendo lo mejor del mundo

benignidad y buena fe: ¿con que rehusais lo que os brindo, y le ofreceis

eso mismo á mi prima?

-- Marquesa, lo he hecho, porque siendo sola la señora, podrian quizá

serle útiles mis servicios.

-- Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo

con inquietud: ¿os duele la cabeza?

-- No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras

noches, es porque escucho mas; no hay otra causa.

Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de

costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de

Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza,

aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato

y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la

delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene

sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las

emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante.

Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de

bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al

irse.

Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se

halló sola, cuando vió entrar á Sir George.

Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa.

--¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George;

perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado

de esa mujer, que cual una pesada nube ante el sol, se interponia entre

vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y

allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este

momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha

visto, no temais.

-- Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no

os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido...

--¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla,

pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia

entre vos y yo.

-- Sin mi consentimiento...

--¿Queriais que os lo hubiese pedido?

-- Sir George, dijo Clemencia con lágrimas en los ojos, abusais de mi

aislamiento: ¡no hubieseis hecho eso si yo tuviese padre ó hermano!

-- Clemencia, vuestro rigorismo escesivo os hace dar á las cosas un

colorido que no tienen, y vuestra frialdad os hace juzgarlo todo con la

severidad de un juez centenario. Sois libre, Clemencia; yo lo soy, os

amo: ¿quién, pues, puede impedirnos, ni qué deber de moral nos puede

retraer, á mí de decir que os amo, y á vos de escucharlo?

Clemencia aspiró cual si fuese á hacer una esclamacion; pero se detuvo y

calló.

--¿Me aborreceis, pues Clemencia?

Clemencia no contestó y bajó los ojos.

-- Si no me aborreceis ¿á qué pues hacerme infeliz con esa impasible

frialdad? ¿Qué os puede impedir amarme, si á ello os inclina vuestro

corazon por simpatía ó por lástima? ¿Amais por ventura á otro, y es esa

la causa de que seais tan inexorable?

--¡Ay! no, no, no, esclamó Clemencia á pesar suyo; á nadie amo.

-- Pues, entónces: decidme al ménos, ¿porqué me rechazais?...

Clemencia calló un instante, y dijo luego con voz tan queda que apénas

se oia:

-- Bien veis que no os rechazo.

-- Pues decid que me amais, esclamó enajenado Sir George.

Clemencia, tan conmovida que no acertaba á hallar palabras para espresar

su sentir, movió su cabeza en señal de negativa.

--¿Porqué no, Clemencia? preguntó Sir George con voz dulce y tono

suplicante.

-- Porque, contestó esta, no puedo pronunciar tan á la ligera una palabra

que decidirá del destino de mi vida.

Sir George disimuló á la perfeccion un movimiento de despecho, y dijo en

tono suave:

-- Agradeceré ménos lo que deba á la reflexion que lo que deba al impulso

del momento, Clemencia.

-- Decidme, Sir George, dijo esta al cabo de un momento de silencio, ¿qué

os conduce á amarme?

-- Vuestra sin par belleza.

Sir George no daba esta respuesta aturdidamente; la creia de buena fe la

mas lisonjera á la mujer.

En el semblante de Clemencia se estendió una profunda espresion de

melancolía al preguntar de nuevo con suave y triste acento:

--¿Y no me amais por nada mas, Sir George?

--¡Oh! sí, contestó este, os amo ademas porque nunca hallé unidos como

lo están en vos, la delicadeza en el sentir y la gracia en el pensar.

¡Cuánto lisonjean el corazon de la mujer las palabras del hombre á quien

ama aunque no llene sus exigencias! ¡Cómo rechaza la voz que desde su

íntimo ser le grita: _¡No es eso!_

La inocente razon de Clemencia no hallaba causa para desconfiar del amor

de Sir George, y no obstante, su instintivo sentir no estaba satisfecho.

En este tira y afloja en que se agitaba su alma, no hallaba ni motivo

que justificase un desvío que hubiese sido para ella un sacrificio; pero

tampoco hallaba concordancia que le inspirase confianza y arrastrase su

asentimiento.

--¿Puedo al ménos esperar? dijo Sir George con tono triste y desanimado.

Clemencia se sentia en aquel instante tan feliz y tan conmovida, que una

sonrisa tan dulce como alegre, embelleció su rostro al contestar con su

gracia benévola:

--¿No podéis esperar sin autorizacion? La esperanza es un deseo

consistente, que como tal no ha menester de estímulo; mas ahora, añadió

con gravedad poniéndose en pié, ahora partid, Sir George, si no quereis

que vuestras exigencias hagan mal tercio á vuestras esperanzas.

Sir George, satisfecho de las ventajas adquiridas, no quiso esponerse á

perderlas chocando con la delicadeza de Clemencia, y obedeció.

Miéntras mas trataba Clemencia á Sir George, y miéntras mas

reflexionaba, mas crecian los sentimientos encontrados que le inspiraba;

y entretanto que su amor ascendia á pasion, sus recelosas zozobras

llegaban á dolorosa angustia.

¿Quién decia á aquella _mujer niña_, que nada sabia de pasiones ni

concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no

ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni

introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter

al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas

aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera

pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La

gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas

difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de

ménos su reflejo.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 37 / 53 题