Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y
abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las
amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve
resfriado que habia tenido Clemencia, fué el que le sirvió para ir á
casa de esta una prima noche.
Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á
sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no
solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que
la erige casi en una elegante gracia social.
Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad
de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico
de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles,
sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que
ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los
hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su
elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares,
en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer
que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido
de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que
no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo
propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte;
hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y
que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres
temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos
los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que
cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un
interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y
toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al
infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en
castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon
ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia.
Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en
ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las
mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó
aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre
todo si estas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no
bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia
provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano.
Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que
se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la
profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio
que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y
ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad,
como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho
mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por
cuantos le conocian.
Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de
Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus
tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el
que Clemencia distinguia.
Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba
Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y
se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva,
pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia
no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro.
Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería
tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras
circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como
lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil
tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada
delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que
la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en
circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero
pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio
de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy
al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase
ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la
especie de Alegría.
La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra
clase de agasajos mas directos. No hubo pregunta que no le hiciese,
afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó
se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de
él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en
ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira,
armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se
estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en
el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin
faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á
que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas
y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre
predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el
hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su
prima.
Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido
que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo
hiciese una mujer casada.
Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su
hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy
sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y
animacion ficticia.
Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes
secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el
corazon, y Sir George, que se dijo:
-- Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar.
--¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo
D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña.
-- No estoy triste, D. Galo, pues gracias á Dios no tengo motivo para
estarlo, respondió Clemencia.
--¿Con que, dijo Alegría á Sir George, con que decididamente no vendréis
á Madrid?
-- No señora.
-- Si vinieseis yo seria vuestro cicerone, y os proporcionaria ver
cuántas bellezas y riquezas tiene la corte, que son de un mérito tal,
que se lo envidian vuestra soberbia Lóndres y el brillante Paris.
-- Señora, ha mucho tiempo que está estinguido en mí todo género de
curiosidad. Clemencia, prosiguió dirigiéndose á esta, ¿nunca habeis
estado en Madrid?
-- No señor, contestó esta.
--¡Oh! esclamó entusiasmado D. Galo, que, como sabemos, era madrileño,
es preciso que Clemencia vea á Madrid.
-- Sí, sí, D. Galo, es preciso hacer que vaya, dijo Sir George, pediréis
licencia, y acompañaremos á la señora en este viaje.
--¡Me place! esclamó Alegría riendo y fingiendo lo mejor del mundo
benignidad y buena fe: ¿con que rehusais lo que os brindo, y le ofreceis
eso mismo á mi prima?
-- Marquesa, lo he hecho, porque siendo sola la señora, podrian quizá
serle útiles mis servicios.
-- Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo
con inquietud: ¿os duele la cabeza?
-- No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras
noches, es porque escucho mas; no hay otra causa.
Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de
costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de
Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza,
aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato
y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la
delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene
sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las
emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante.
Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de
bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al
irse.
Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se
halló sola, cuando vió entrar á Sir George.
Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa.
--¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George;
perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado
de esa mujer, que cual una pesada nube ante el sol, se interponia entre
vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y
allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este
momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha
visto, no temais.
-- Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no
os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido...
--¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla,
pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia
entre vos y yo.
-- Sin mi consentimiento...
--¿Queriais que os lo hubiese pedido?
-- Sir George, dijo Clemencia con lágrimas en los ojos, abusais de mi
aislamiento: ¡no hubieseis hecho eso si yo tuviese padre ó hermano!
-- Clemencia, vuestro rigorismo escesivo os hace dar á las cosas un
colorido que no tienen, y vuestra frialdad os hace juzgarlo todo con la
severidad de un juez centenario. Sois libre, Clemencia; yo lo soy, os
amo: ¿quién, pues, puede impedirnos, ni qué deber de moral nos puede
retraer, á mí de decir que os amo, y á vos de escucharlo?
Clemencia aspiró cual si fuese á hacer una esclamacion; pero se detuvo y
calló.
--¿Me aborreceis, pues Clemencia?
Clemencia no contestó y bajó los ojos.
-- Si no me aborreceis ¿á qué pues hacerme infeliz con esa impasible
frialdad? ¿Qué os puede impedir amarme, si á ello os inclina vuestro
corazon por simpatía ó por lástima? ¿Amais por ventura á otro, y es esa
la causa de que seais tan inexorable?
--¡Ay! no, no, no, esclamó Clemencia á pesar suyo; á nadie amo.
-- Pues, entónces: decidme al ménos, ¿porqué me rechazais?...
Clemencia calló un instante, y dijo luego con voz tan queda que apénas
se oia:
-- Bien veis que no os rechazo.
-- Pues decid que me amais, esclamó enajenado Sir George.
Clemencia, tan conmovida que no acertaba á hallar palabras para espresar
su sentir, movió su cabeza en señal de negativa.
--¿Porqué no, Clemencia? preguntó Sir George con voz dulce y tono
suplicante.
-- Porque, contestó esta, no puedo pronunciar tan á la ligera una palabra
que decidirá del destino de mi vida.
Sir George disimuló á la perfeccion un movimiento de despecho, y dijo en
tono suave:
-- Agradeceré ménos lo que deba á la reflexion que lo que deba al impulso
del momento, Clemencia.
-- Decidme, Sir George, dijo esta al cabo de un momento de silencio, ¿qué
os conduce á amarme?
-- Vuestra sin par belleza.
Sir George no daba esta respuesta aturdidamente; la creia de buena fe la
mas lisonjera á la mujer.
En el semblante de Clemencia se estendió una profunda espresion de
melancolía al preguntar de nuevo con suave y triste acento:
--¿Y no me amais por nada mas, Sir George?
--¡Oh! sí, contestó este, os amo ademas porque nunca hallé unidos como
lo están en vos, la delicadeza en el sentir y la gracia en el pensar.
¡Cuánto lisonjean el corazon de la mujer las palabras del hombre á quien
ama aunque no llene sus exigencias! ¡Cómo rechaza la voz que desde su
íntimo ser le grita: _¡No es eso!_
La inocente razon de Clemencia no hallaba causa para desconfiar del amor
de Sir George, y no obstante, su instintivo sentir no estaba satisfecho.
En este tira y afloja en que se agitaba su alma, no hallaba ni motivo
que justificase un desvío que hubiese sido para ella un sacrificio; pero
tampoco hallaba concordancia que le inspirase confianza y arrastrase su
asentimiento.
--¿Puedo al ménos esperar? dijo Sir George con tono triste y desanimado.
Clemencia se sentia en aquel instante tan feliz y tan conmovida, que una
sonrisa tan dulce como alegre, embelleció su rostro al contestar con su
gracia benévola:
--¿No podéis esperar sin autorizacion? La esperanza es un deseo
consistente, que como tal no ha menester de estímulo; mas ahora, añadió
con gravedad poniéndose en pié, ahora partid, Sir George, si no quereis
que vuestras exigencias hagan mal tercio á vuestras esperanzas.
Sir George, satisfecho de las ventajas adquiridas, no quiso esponerse á
perderlas chocando con la delicadeza de Clemencia, y obedeció.
Miéntras mas trataba Clemencia á Sir George, y miéntras mas
reflexionaba, mas crecian los sentimientos encontrados que le inspiraba;
y entretanto que su amor ascendia á pasion, sus recelosas zozobras
llegaban á dolorosa angustia.
¿Quién decia á aquella _mujer niña_, que nada sabia de pasiones ni
concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no
ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni
introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter
al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas
aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera
pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La
gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas
difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de
ménos su reflejo.