D. Galo ostentó su mas galante sonrisa.

-- Si en lugar de madrileño fueseis andaluz, habriais hablado de soles,

dijo Sir George con su séria burla.

--¡Cómo se nos va españolizando este hijo de la noble Inglaterra,

nuestra buena aliada! observó con satisfaccion D. Galo: no me inglesaria

yo tan pronto en Lóndres, no.

-- Esto me hace recordar, repuso con su impasible ironía Sir George, el

que en una ocasion un príncipe y un criado cambiaron sus papeles: el

criado no fué reconocido al hacerse príncipe; pero este lo fué al

hacerse criado, lo que prueba que es mas fácil subir que bajar.

--¡Luego dirán que los ingleses no son finos ni corteses! esclamó

admirado D. Galo, léjos de notar la ironía. Lo que decís es un cumplido

tan fino, que ni el Vizconde se hubiese esplicado con mas delicadeza.

Clemencita, si no venís, me retiro, aunque me pesa de veras dejar tan

buena compañía; pero la lotería estará impaciente con mi tardanza.

-- Mil veces os he dicho, Sir George, dijo Clemencia cuando estuvieron

solos, que gastais en balde vuestra refinada ironía; por desgracia yo

soy la sola á quien llegan y hieren sus tiros. Buenas noches, Sir

George.

-- Señora... ¿me echais?

-- A esta hora salgo ó cierro la puerta de mi casa.

--¿No quereis hablar conmigo un momento siquiera, libre de las trabas de

esos importunos, que me hacen estar en vuestra presencia frio como un

estraño, cuando solo quisiera estar á vuestros piés como el mas

apasionado amante? ¿Me aborreceis, pues, Clemencia?

Al ver á aquel hombre tan bello, tan superior, tan distinguido y tan

altivo, á sus piés, sintió Clemencia que le amaba; pero se retrajo, como

el que bajando una suave cuesta sembrada de césped, se para á ver, ántes

de seguir su impulso, á dónde le conduce; ó como el joyero que al

ofrecerle una alhaja que le deslumbra, se detiene ántes de pagarla para

averiguar si es falsa ó no.

-- Sir George, contestó trémula, aunque sintiese un profundo amor, nunca

este me llevaria á hacer una cosa que pudiese ser notada ó mal vista.

-- Eso es una cobardía, señora, esclamó á la vez irritado y desalentado

Sir George.

-- Calificadlo como gusteis.

-- No me gustan las mujeres cobardes, señora.

--¿Qué os pareceria, Sir George, si yo os dijese que no me gustan los

hombres valientes?

-- Que os burlabais de mí.

-- Pues puedo creer que eso mismo estais haciendo conmigo.

-- No es exacta la comparacion.

-- Son idénticos en su resultado, Sir George, la espada que defiende y el

broquel que resguarda.

--¡Qué dolor, Clemencia, esclamó este, que con vuestra superioridad y

talento, conserveis preocupaciones de convento!

-- No me pesan.

--¿Debo, pues, partir?

-- Sí, si no quereis mortificarme y obligarme á suspender el placer que

tengo en recibiros á mis horas señaladas.

Sir George salió sumamente mortificado, culpando la pusilanimidad de

Clemencia, indigna de una mujer de carácter; pero mas, no diremos

apasionado, sino mas engreido que nunca.

-- Tiene, se decia, unos principios de virtud sencilla y sin ostentacion,

pero fijos como el iman; nunca se dejará arrastrar por su corazon, ni

atenderá al hombre en quien no mire su marido: vos lo sabeis, Vizconde,

y estais en acecho; pues me creeis incasable; aguardais mi derrota ó mi

desistimiento; pero ignorais que me ama, y que soy tan buen apreciador

de joyas como vos. Señor Vizconde, el que ha de desistir sois vos.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 36 / 53 题