CAPITULO III.

Sir George concurria con otras muchas personas á prima noche en casa de

Clemencia, donde permanecia hasta las nueve, hora en que

indefectiblemente iba esta, acompañada por D. Galo Pando, á casa de su

tia. Cuidaba aquel siempre de llegar ántes que ninguno, lo que le

proporcionaba el placer de estar algun tiempo solo con Clemencia, y en

verdad que estos ratos tenian para él un imponderable atractivo.

La candidez y alegría de Clemencia, esa hija de la naturaleza, parecia

fundir el hielo con que la vida artificial y disipada del mundo habia

apagado hasta la última centella del fuego sacro en el alma de Sir

George.

La naturalidad del trato de Clemencia, la sinceridad que respiraba todo

su ser, la rectitud con que sin esfuerzo, sin gazmoñería y sin estudio,

seguia siempre en cuanto hacia y decia la senda recta, le arrastraban á

deponer ese modo de ser artificial que se vuelve á veces una segunda

naturaleza en las gentes del gran mundo anglo-franco. Habia sentido y

aprendido el imponderable encanto peculiar al trato español, la

confianza, esa hija de la naturalidad y de la sinceridad: así era que al

lado de Clemencia cuando estaban solos, se sentia Sir George con

delicia, jóven, alegre y casi niño; reia con ella con una risa sincera é

inocente, desconocida mucho tiempo habia á sus labios; era casi sencillo

y cariñoso; descendia con placer á los mas pequeños detalles de la vida

de Clemencia; conocia á su tio, á su padre, á Villa-María, á sus flores,

á sus pájaros.

--¡Oh! solia decirle, sois delicada por naturaleza, culta

instintivamente, y poeta espontáneamente: ¿qué Hada os hizo, al nacer,

lo que sois?

-- No soy nada, Sir George, respondia con su incontestable sinceridad

Clemencia; mas puedo decir con el poeta de Oriente: No soy la rosa, pero

he vivido á su lado.

Era entónces él amable cual pocos; su conversacion, llena de

entendimiento y de chistes, arrastraba tras sí, seduciendo sobre todo á

las personas de talento é ilustradas; porque, como ha dicho tan bien el

ilustre literato Pastor Diaz, el talento subyuga con mas fuerza al

talento que á la ignorancia. Tambien subyugaba á Clemencia la alta

esfera en que se movia su amigo; pero algo triste le quedaba siempre,

despues que se ausentaba y cesaba el encanto, sin definir la causa; era

que su corazon no hallaba en aquel sol brillante pero frio, el calor que

hace brotar la fe y la confianza.

Si alguien entraba, Sir George era otro hombre; el que un momento ántes

atraia con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono,

aquella _morgue_, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que

entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio

que el de rebajar á los demas. Rechazaba igualmente por la constante

ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenian entera buena

fe, no siempre comprendian, pero que aun sin alcanzar toda su hiel, á

nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demas: así

era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba ó

entusiasmaba á todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que á

nadie llamaban la atencion: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni

el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba

con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato ajeno sentir con

tan usadas como socorridas paradojas.

Una noche mas que nunca habia sido amena y animada la conversacion de

Clemencia y de Sir George, vivificada con aquel delicioso sentimiento

que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; conviccion que cual un

benéfico genio parece soplar sobre el fuego de nuestro entendimiento

para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese

_enjouement_, como llaman los franceses á un estado de inocente, pura y

alegre escitacion. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye

en un jardin la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George

le descubria; Clemencia le ignoraba aun.

-- Clemencia, dijo Sir George con sincero entusiasmo; entre la niña que

encanta y el hada que admira, hay un ser encantador, -- y es la mujer que

se ama. ¿No preferís el serlo á los otros seres que alternativamente

sois?

-- Sir George, contestó Clemencia, no concibo la felicidad de ser amada,

á no ser por un solo hombre.

--¿Qué hombre, Clemencia?

-- El que yo amase.

-- Sois quizas la única mujer á quien esto sucede.

--¿Esto es decir que soy original? repuso Clemencia volviendo á su tono

festivo; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi

padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la

encuentra.

--¿Y vos no quereis amar, Clemencia? ¿Habeis quizas hecho un voto que os

lo impida?

-- No señor; pero el amar ó no amar, no consiste en querer ó no querer

amar.

-- Para naturalezas tan dóciles y sumisas á la voluntad como lo es la

vuestra, me temo que sí.

--¡Ojalá dijeseis verdad! repuso suspirando la sincera Clemencia, que

recordaba á Pablo.

Cuando Sir George, que dió otro sentido á la frase, enajenado iba á

contestar, se abrió la puerta y entró el Vizconde.

Sir George, que era siempre frio, irónico, escéptico y poco

comunicativo, y que á duras penas, y solo en la intimidad de una mujer

hermosa, levantaba su habitual estado de sitio, no necesitaba mas que

una leve contradiccion para volver á armar todas sus baterías. Así es,

que recibió al Vizconde, como es de suponer, con un frio glacial: una

dulce mirada de súplica con que casi le acarició Clemencia, templó algo

su acerba displicencia; pero acudió al silencio para dar á entender que

la presencia del Vizconde le era molesta. Faltaba en esto Sir George á

su delicada reserva; pero la indomable índole británica se revestia de

toda su áspera corteza.

El Vizconde notó esta falta de atencion, y comprendió lo que la

motivaba.

Si la conversacion de Sir George era chistosa, incisiva y picante, la

del Vizconde era en estremo fina, entretenida, á veces profunda, á veces

elevada, siempre instructiva y siempre amena. El Vizconde tocó varios

puntos, cautivando por entero la atencion de Clemencia, que le oia con

mucho placer. Sir George no alternaba en ella, y como todo ceñudo que se

encapota en su silencio, iba siendo olvidado.

--¡Vaya!... -- pensó con coraje, pues cuando no tenia á quien lanzar un

sarcasmo se lo aplicaba á sí mismo, -- yo estoy aquí haciendo el ridículo

papel que llaman los españoles, rabiar de celos aparte: ¿me iré?

Por suerte entró en este instante D. Galo.

-- A los piés de Vd., Clemencita. -- Señor Vizconde, beso á Vd. la

mano. -- Señor D. Jorge, soy su servidor. -- Hace un frio del polo.

--¿Del polo del Norte... ó del polo del Sur? preguntó Sir George, que

halló por fin la palabra con una de sus sérias y picantes burlas.

-- Del polo del Norte, ¡por supuesto! contestó D. Galo.

Sir George soltó una carcajada.

El Vizconde no hizo alto.

-- D. Galo, dijo Clemencia, ahora decíamos que cuáles son las cosas que

mas pueden agradar al corazon del hombre. Por mí pienso que la sensacion

del agrado está mas en el corazon del hombre que no en las cosas; y creo

que el corazon mas bien da el agrado, que no lo recibe.

-- Es muy cierto, señora, repuso el Vizconde; y si no observad cuánto

agradan á unos cosas sencillas é insignificantes; y cómo las mas

perfectas no son á veces capaces de agradar á otros.

-- Esto penderá, opinó Sir George, de lo esquisito del gusto.

-- No lo creo, repuso el Vizconde, he visto muy malos gustos

descontentadizos, y los he encontrado selectos, que como las abejas no

hallaban una flor de que no sacasen miel.

-- Magnífico instinto que admiro en ellas y en ellos, dijo con su fria

sonrisa Sir George. Señora, prosiguió, dirigiéndose á Clemencia, ¿cuál

es entre las cosas de la tierra la que tiene la dicha ó privilegio de

agradaros mas?

-- Las flores, contestó sencillamente Clemencia.

--¿Teneis, pues, gustos botánicos?

-- No señor, respondió Clemencia sin alterarse, no sé clasificar una sola

planta; pero las flores son la poesía palpable del mundo material. Desde

que el hombre cantó, entretejió con ellas sus cantos: nunca el espíritu

de innovacion, de oposicion y de paradoja, para el que nada hay sagrado,

que á todo ha tocado, se ha atrevido á ridiculizar la suave simpatía que

inspiran las flores, que en la naturaleza se renuevan siempre frescas y

lozanas, como las esperanzas en el corazon del hombre; inseparables de

la poesía, son compañeras de los sentimientos que lo inspiran. Así es,

que simpatizo con el jóven poeta que se ha hecho su cantor y tan bello

culto les rinde, sin cuidarse de que otro acerbo, como vos, le haga la

pregunta que me habeis hecho. Pero, prosiguió Clemencia alegremente,

dirigiéndose á D. Galo, ¿qué decís vos? ¿qué es lo que mas os agrada en

este mundo?

-- Lo que mas me agrada son las bellas, contestó D. Galo con su mas

satisfecha y galante sonrisa.

-- No puedo ménos de unir mi voto particular al de este caballero, dijo

el Vizconde.

-- A vos, señor D. Jorge, ¿qué os parece? ¿No digo bien? preguntó D. Galo

frotándose sus manos despiadadamente enrojecidas por los sabañones que

le producia su escribir constante en la fria oficina.

-- Por primera y única vez difiero de vuestro sentir, que admiro siempre,

contestó Sir George, que prefiero á las bellas las feas.

--¿Por no tener rivales? preguntó D. Galo con las mas ostensibles

pretensiones al gracejo; pues vos no deberiais temerlos.

--¡Oh! no los temo, D. Galo; confío demasiado en el mal gusto de las

damas. No es por eso. Pero es porque las feas son mas amables que las

bellas.

-- Señor, esclamó escandalizado D. Galo, ¿esto sosteneis en presencia de

Clemencita, que es la mas contundente refutacion de lo que decís?

-- Las escepciones no hacen regla, señor. Y entre las flores, prosiguió

Percy, dirigiéndose á Clemencia ¿cuál es vuestra predilecta?

-- La violeta, respondió Clemencia.

--¡Ya! la que lo fué de Napoleon: estas son simpatías.

-- No es porque lo fuese de Napoleon, es porque lo fué de la persona que

mas he amado en este mundo.

--¿De Fernando Guevara? preguntó D. Galo con su sencilla buena fe é

indefectible desmaña.

-- No, -- contestó Clemencia sonrojándose, porque temió haber faltado á la

delicadeza de casada, confesando que habia querido á otro mas que á su

marido; -- no gustaba Fernando de flores; eran predilectas las violetas de

mi tio el Abad, á quien todo, todo lo debo. Aun no las hay y lo siento:

su perfume es un recuerdo vivo como ellas son una imágen de aquel padre

tierno, de aquel sabio modesto.

De allí á un rato se levantó D. Galo para irse.

--¡Qué! ¿Os vais? preguntó admirada Clemencia.

-- Aunque me voy... me quedo.

-- Ciertamente, en mi memoria.

Don Galo se puso tan ancho, que en aquel momento no se hubiese cambiado

ni por un Rothschild, ni por un Apolo, ni por un Séneca, ni aun por el

jefe de su oficina.

--¡Pobre hombre! dijo Sir George, cuando hubo salido.

--¡Qué escelente sujeto! añadió el Vizconde. Señora, la amistad que le

demostrais, no solo hace favor á vuestro corazon, sino honor á vuestro

delicado tacto.

--¡Ah! dijo Sir George, yo no habia hallado en esa amistad, sino la

prudencia de una mujer jóven y bella.

-- Os habeis equivocado, repuso Clemencia, no elijo mis amigos por ningun

género de cálculo; en mi eleccion solo obra la simpatía. Tampoco soy

bastante presuntuosa ó tímida para buscar mi salvaguardia en la

insignificancia de las personas de mi intimidad. Siempre juzgais la

sociedad española por la estranjera, Sir George, y no acabais de

comprender que la independencia moral de las españolas acata yugos

santos, y no sufre andaderas pueriles.

Entró en ese instante Paco Guzman.

-- Clemencia, dijo este al cabo de un rato, ¿sabeis que hemos hecho creer

á D. Galo que Doña Eufrasia se casa con D. Silvestre? y ¡se lo ha

creido!... porque ese bendito se cree cuanto se le dice.

-- No hay mayor prueba de la sanidad de corazon que la credulidad, repuso

Clemencia: para dejar de dar fe á las palabras ajenas, es preciso dar

por supuesta la mentira; y hay corazones tan sanos que no la conciben.

Pero os confieso, Paco, que seria contra mi conciencia engañar aun en

broma á una persona de buena fe.

--¿Contra la conciencia, Clemencia? ¡Qué palabra tan magistral en un

asunto que lo es tan poco!

-- Pues poned en su lugar... delicadeza.

-- La conciencia y la delicadeza, opinó el Vizconde, se asemejan, pues

son para el hombre consejeros al obrar, y jueces despues. La delicadeza

tiene su orígen en la sociedad y en la cultura, y la conciencia en la

moral: así es la primera versátil y convencional; y la segunda, uniforme

é inmutable.

-- Decid en lugar de moral religion, esclamó Clemencia, pues, como decia

mi tio, ¿qué es la moral sino la luna que alumbra la noche que carece de

sol, recibiendo ella misma su pálido brillo del sol de vida de que es un

reflejo? ¿De dónde sino de esa fuente, ha sacado la moral sus

aspiraciones? ¿Quién hizo de la obediencia la primera virtud? ¿Quién

castigó la primera falta?

-- Sois una exaltada creyente, dijo Sir George.

--¿Acaso lo dudabais? esclamó asombrada Clemencia.

-- No tenia sobre esto un juicio decidido, señora. Por un lado

consideraba que sois mujer y española, cosas ambas propias á sentir toda

clase de exaltaciones y admitir todo género de supersticiones; por otro

lado, como sois tan ilustrada...

Clemencia hizo un marcado gesto de indignacion y de impaciencia.

-- Pero, señora, se apresuró á añadir Sir George: yo respeto todas las

opiniones, todas las creencias, todas las convicciones.

-- Poco os agradezco, pues, que respeteis las mias, repuso Clemencia con

animacion, y no puedo devolveros igual obsequio, pues en punto á las

religiosas condeno las que no son las mias. Porque sobre cuanto toca á

las cosas de los hombres, es este libre de su juicio y dueño de su fe;

en cuanto á las de Dios, la disidencia es la rebeldía.

-- Respeto tambien vuestro fallo condenatorio, repuso Sir George

impasible, con aquel orgullo, aquella soberbia y aquel desprecio del

impío que se trasluce al traves del simulacro de decoro y compostura que

tan mal los encubren.

-- Mas aprecio demuestra mi condena que vuestro respeto, Sir George, dijo

dolorosamente herida Clemencia.

--¿Cómo es eso, señora?

-- Porque dais el santo nombre de respeto á la indiferencia y quizas al

desden; y estos son nacidos de falta de fe y de la inepta duda.

--¿Por qué llamais, repuso Sir George sin alterarse, á la duda inepta?

Un autor muy favorito vuestro, Leon Gozlan, ha dicho que la duda es la

mas bella mitad de la conviccion.

-- Cuando es vencida, pero no cuando reina. Ademas, mis amigos y

favoritos, añadió Clemencia con viveza, pueden decir alguna vez grandes

_nonsense_, sin por eso dejar de serlo.

Al oir á Clemencia pronunciar esa palabra inglesa que significa

disparate, y que él mismo la habia enseñado; al sentir traslucirse en

esa frase la bondad angelical de Clemencia, al traves de su marcada

incomodidad, Sir George se sonrió con una infinita dulzura y delicadeza,

con que á veces sabia hacerlo.

-- Leed mas bien sobre estos puntos, prosiguió Clemencia, á otro autor

moderno frances, Octavio Feuillet, autor lleno de fe, y de fe genuina y

caliente, como por suerte nunca les ha faltado á los franceses. El os

dirá: «la duda es fácil y débil, es la impotencia y la puerilidad.» Y en

otro lugar: «todo es mas racional que la duda.»

--¿Habeis leido la novela que publica el Diario?... preguntó Paco Guzman

para cortar una conversacion que veia que agitaba á Clemencia, y en la

que él por indiferentismo, y el Vizconde por consideracion, no habian

tomado parte.

-- No me gusta, respondió Clemencia, porque su objeto, sin mala intencion

por parte del autor, pero por falta de buena, no es moral; y este fin ú

objeto que debe estar aun mas en el espíritu que en las palabras, es á

mi ver el que debe tener toda novela, segun lo practican los ingleses

generalmente.

-- Pero, esclamó Paco Guzman, vale mucho, tiene un magnífico estilo.

-- No digo que no, Paco, pero el hábito no hace el monje.

--¡Pues qué! ¿llamais al estilo un hábito, señora? ¿El estilo, que es

uno de los primeros dotes de un autor?

-- Antes de todo precisemos qué es lo que llamais estilo, pues creo esa

palabra, si no ambigua, al ménos de un sentido tan lato ó arbitrario,

que cada cual la entiende á su modo. ¿Es la manera peculiar de

espresarse del autor, ó es el modo correcto y gramatical de manejar el

idioma?

-- Señora, creo que el estilo lo forman en iguales partes la dialéctica,

la sintáxis y la lógica.

-- No le define así el grave y clásico Diccionario, cuando dice que «es

el modo y forma de hablar de cada uno,» repuso Clemencia. No lo define

así tampoco un crítico de gran entendimiento y de gran práctica

literaria, que, bajo el seudónimo de lector de las Batuecas, ha escrito

en el Heraldo, cuando dice: «Creemos que en materia de estilo, lo

esencial para un escritor es tener uno suyo propio, espontáneo, que no

se confunda con ningun otro, que viva por sí.» Yo os daré algunas obras,

Paco, en cuyo estilo están perfectamente observadas las reglas de

dialéctica, de la sintáxis y de la lógica, y apostemos un ramo de flores

contra una libra de dulces, á que no concluís su lectura. ¿Qué pensais

vos, Vizconde?

-- Pienso como vos, señora, que no es solo en España, donde cada cual da

un sentido, que varía, á esta voz. Sin cansaros con muchas citas,

referiré algunas para probar este aserto. El gran Buffon dice: _El

estilo es el hombre_, y creo es de las cosas mas poéticas y espirituales

que se han dicho. Y no entendais que quiero decir con esto _spirituel_,

palabra que he visto traducida de esa suerte, siendo así que lo que

entre nosotros se llama _esprit_, es una cosa que vosotros con vuestro

brillante caudal de voces, y como muy prácticos en la materia,

subdividís en las categorías de agudeza, gracia, chiste, chispa, talento

é ingenio, que todas forman parte ó son nacidas del entendimiento, que

es en frances _esprit_. Decia, pues, que al decir Buffon _el estilo es

el hombre_, en lugar de materializarlo en un objeto confeccionado por el

arte y las reglas, lo hace una inspiracion, y tan peculiar al hombre

como la bella voz que sale de la garganta del ruiseñor. Un escelente

crítico moderno lo define, «regla del buen gusto en el arte de

espresarse.» El eminente Balzac dice claramente, que «el estilo no está

en las palabras, sino en las ideas,» y creo que este gran escritor -- que

crecerá á medida que pase el tiempo como profundo y elevado árbol -- era

juez en la materia. Lamartine dice que «la mujer no tiene estilo, y que

esta es la razon por la que todo lo espresa tan bien,» de lo que se

puede inferir que si bien el estilo es cosa que se aprende y sujeta á

reglas, no es necesario para decir bien, al contrario, espresaria mejor

una idea la persona á quien no sujetase esta regla. Por lo que á mí

toca, entiendo que el estilo es á la espresion, lo que es la poesía al

pensamiento. Creo á ambos hijos de la inspiracion; y así como, segun

dice el afamado Bulwer, hay poetas que nunca han soñado en el Parnaso,

creo que hay estilos que nunca se han modelado en la Academia. El mismo

Voltaire, ese famoso Aristarco, ha dicho que el estilo de Mad. de

Sévigné es la mejor crítica de estilos _estudiados_.

-- Decís bien, Vizconde, y definís la idea que en mí vivia muda. La

versificacion es el arte, la poesía la inspiracion. Y así como por mas

que digan nuestros _grandes jueces_, hay, segun dice Bulwer, poetas que

nunca han soñado en el Parnaso, y eminentes versificadores que nos

admiran, sin ser por eso poetas; así tambien hay admirables lengüistas

con mal ó pesado estilo; y estilos que encantan por su gracia, su

elegancia, su originalidad y chiste, sin tener la ventaja del perfecto

lenguaje.

--¿Habeis visto el nuevo drama, Clemencia? dijo Paco.

-- No lo he visto, pero lo he leido, contestó esta.

--¿Y qué os parece?... ¿os gusta?

-- Me gusta y no me llena.

-- Es disparatado, opinó Sir George.

--¡Ya!... como que no es clásico. El Señor D. Jorge, Clemencia, es un

clásico intolerante, como vos una creyente idem: para el señor no hay

perfeccion en literatura, sino en lo clásico, como para vos no hay

perfeccion en la fe sino en la del carbonero.

-- Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte

imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George.

-- No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras

religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin

afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me

hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes

cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la

naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de

mujer, que se forma por impresiones mas que por exámenes artísticos; mi

sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la

penetra.

--¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia.

-- La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no

es una imitacion de la nuestra.

-- Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía.

-- Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los

cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en

España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil

hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la

española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se

imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de

gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la

imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado.

Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion,

con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera

posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia.

-- D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la

galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que

yo hubiese pagado á peso de oro?

-- Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se

halla un jardin en que sabia que las habia tempranas.

-- Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en

Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo.

--¡Qué! no por cierto, contestó este, aunque las habia pagado bien

caras.

-- Confieso que os envidio, señor de Pando, dijo el Vizconde.

-- Es una galantería clásica, una galantería modelo, añadió Sir George.

-- Yo no llamo á esto una galantería, opinó Clemencia; lo llamo una

delicada prueba de amistad, y como tal la agradezco. ¡Ir en una noche

como esta hasta aquel barrio tan estraviado! Así es que estais sin

aliento.

-- Es que he vuelto de prisa para llevaros á casa de la Marquesa; son ya

las nueve y media; Paco se va ya.

Efectivamente, este se despedia.

Sir George y el Vizconde no se movieron.

Hubo un rato de silencio, al cabo del cual dijo Clemencia á D. Galo:

-- Amigo mio, no saldré esta noche.

--¿No? ¿Y porqué?... ¿Estais indispuesta? preguntó este.

-- No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el

cañon de la chimenea.

El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra.

D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales,

interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y

observaba la noche.

--¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George,

volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso.

-- No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que

lo demuestre.

-- Gracias, señora, dijo friamente Sir George.

-- Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las

acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos.

-- Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las

españolas no sufria andaderas?

-- Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son

trabas, y lo que son santos yugos.

-- Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas

están en el cielo ménos dos.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 35 / 53 题