MORITURI TE SALUTANT.

Esta sátira habia entusiasmado cuanto era dable entusiasmar al calmoso

D. Silvestre: la habia llevado á todas las partes á que concurria,

mandándole hacer en seguida un suntuoso marco de caoba con una estrella

de metal dorado en cada ángulo, y colgado frente de un mueble que tenia

el nombre, y no el uso, de mesa de escribir; mesa que adornaba un

tintero de plata de purísimas entrañas, unido á una pluma vírgen sin

mancilla, cuyos desposorios eran tan nominales como los de Santa Cecilia

y San Valeriano.

No obstante, Percy no usaba con Clemencia hipocresía, no porque no fuese

muy capaz de valerse de todos los medios para ganarse su corazon, sino

porque en su escepticismo general se persuadia de buena fe que cuanto

elevado, ferviente, ascético é ideal existe, son voces muy literarias,

muy poéticas y muy sonoras, pero sin valor real; buenas libreas que

visten maniquíes sin alma y sin sentido. Así era que Sir George tenia la

buena cualidad de ser natural en la espresion de sus sentimientos y de

sus ideas, no por cinismo, sino porque las creia las generales, las

verdaderas fundamentales y la razonada reaccion, como él decia, de las

declamaciones filosóficas, de las puritanerías melifluas de la reforma y

de las aspiraciones ascéticas del espiritualismo católico, creyendo el

_Nego absoluto_ la verdad fundamental de la ciencia del mundo y del

corazon humano. ¡Oh! ¡y no es el solo! Es de ver con qué grosera

valentía de Alcídes pisan muchos hombres con su torpe planta, las

santas, ideales y suaves compañeras que las almas selectas buscan y

hallan en el cielo, en la poesía, en el ideal, que les hacen la vida

buena y dulce, y que guiándolas siempre hácia arriba, siembran con

flores las mas áridas sendas!

Mas á medida que pasó tiempo, brotó en el corazon de Clemencia, á la par

de este reciente amor una instintiva inquietud, como al lado de una

azucena nace una zarza, que la envuelve y espina con sus ramas.

En Sir George, al contrario, era cada dia mayor el encanto que ejercia

Clemencia. Si desde que la habia visto la vez primera se habia hallado

arrastrado por la seduccion violenta, que ejerce la hermosura sobre los

hombres viciosos en quienes solo domina el amor material; si la

competencia con un hombre de tanto mérito como lo era el Vizconde, habia

empeñado su amor propio en el triunfo, el trato de Clemencia á la vez

tan modesto y franco, su entendimiento á la vez tan culto y cándido, sus

sentimientos á la vez tan blandos y alegres, su modo de ver tan

original, sin que por eso se desviase un punto de la buena senda

trillada, habian acrecentado en Sir George esta seduccion con todo el

aliciente de lo nuevo y de la curiosidad, aliciente gastado y sin

estímulo hacia mucho tiempo en Sir George, pero que en esta ocasion

renacia y alcanzaba en él proporciones muy elevadas. Sir George conoció

que no lograria hacerse amar de Clemencia por ninguno de los medios

vulgares, y puso en juego cuantos á él para agradar le habian dado la

naturaleza, la cultura y el uso del mundo.

Ese hombre hastiado de todo, se halló agradablemente sorprendido al

notar que anhelaba algo con vehemencia, y al sentir un deseo cuyo logro

le escitaba. No entraba en este aliciente la vanidad ni un amor propio

vulgar. Habia pasado la edad en que lisonjeasen el suyo las conquistas.

Aunque solo contaba treinta y tres años, y su hermosa persona

representaba aun mucho ménos, el dictado de viejo Cupido, dado á un

ilustre Lord, le horripilaba. Ademas, los hombres de su categoría y de

su alzada desdeñan el brillar, porque desdeñan la opinion, y son

bastante sibaritas y delicados para preferir en sus amores, á lo

ostensible el encanto del misterio, y al triunfo el decoro de la

reserva. Uníase á esto el que los hombres como Sir George, á falta de

toda religion y de toda creencia, de toda fe y de todo culto, conservan

el del honor, levantando este culto terrestre á una altura que solo

compete al divino, lo que prueba que no hay orgullo, escepticismo ni

espíritu de independencia que alcancen á arrancar del corazon del hombre

la imperiosa necesidad de acatar, que puso Dios en él para recordarle su

dependencia.

Bien conoció desde luego el hábil fisiologista que la derrota podria

hundir para siempre la existencia de aquella jóven, que salia al mundo,

pura, suave y sonriendo como la aurora, confiada é indefensa como la

verdad; pero se decia:

--¡Bah! nadie se ha muerto de amor, y ella es muy católica para

suicidarse.

Si D. Galo hubiese podido penetrar los pensamientos de Sir George,

habria pensado:

--¿Quién hubiera dicho que D. Jorge, ese apreciabilísimo sujeto, fuese

tan fatuo?

El Vizconde habria pensado:

-- Mucho se espone el soberbio hijo de Albion, no á ser subyugado, pues

no es leon que se ate con cuerda de lana; pero sí á ser un César

incompleto y desairado.

En cuanto á Pablo, el honrado y enérgico español, á saber sus ideas, le

hubiese ahogado entre sus manos.

Desde la llegada del Vizconde, que por desgracia suya habia sido

posterior á la de Sir George, y sobre el cual habia hecho Clemencia una

impresion harto mas profunda y sincera que sobre su competidor, se

sentia el inglés sin querer confesárselo, celoso á pesar de que conocia

la preferencia que de él hacia la jóven viuda; pues al corazon de

Clemencia, si bien lo velaba la modestia, no lo disfrazaba el artificio.

Sir George no pudo ménos de conocer que era de Brian un competidor

temible. Sufrieron entónces sus sentimientos un notable cambio.

Solicitada y amada por un hombre como el Vizconde, le apareció Clemencia

por un prisma seductor; la inquietud que le causó la rivalidad con un

hombre como de Brian, fué como un galvanismo que dió una vida facticia á

sus muertos sentimientos. Entónces se obstinó impulsado por cuanto aun

vibraba en él, amor propio, deseo material, capricho y orgullo en no

dejarse á toda costa suplantar por un competidor.

-- Es preciso, se decia, que yo sea un buzo diestro y diligente para

sacar y apoderarme de su amor, esa perla que en tan profundo y sosegado

elemento duerme, que podría encerrarse en su concha, si enturbio el

agua, ó dormir profundamente, si no la muevo, ó ser arrebatada por otras

manos, si no me anticipo.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 34 / 53 题