Clemencia, abrumada con los quehaceres que le proporcionaba el amueblar
y preparar su casa, distraida y atolondrada con el sinnúmero de visitas
que recibia la rica, hermosa y amable viuda, aunque habia pensado
escribir á Pablo, lo difirió. ¡Qué de cosas se dejan de hacer por
diferirlas! Diferir un buen propósito, es como diferir el socorro á un
necesitado; suele perecer este, merced á la omision, é invertirse la
limosna en otra cosa: tambien sucede que suele desmayar y desvanecerse
el buen propósito, gastarse el tiempo y la voluntad en otra cosa, como
aconteció con la limosna: sobreviene el olvido con su apagador, y sume
todo en el cáos.
Tan luego como Clemencia estuvo establecida en su hermosa y bien
alhajada casa, fué esta en estremo concurrida. Su dueña poseia el don
innato de _bien recibir_, puesto que este, así como todo lo fino y
delicado en el trato, tiene por base la bondad, y que esta era el fondo
del carácter de Clemencia y el primer móvil de sus acciones. Todas las
reglas de finura y delicadeza tienen por tipo la sencilla bondad, como
el arte coreográfico tiene por norma las gracias de la infancia. Su casa
se puso de moda, y la moda es una maga que nos convierte en una manada
de carneros, que lleva á su albedrío por montes y valles.
Entre las personas que fueron presentadas en casa de Clemencia, se
distinguian dos estranjeros de alta categoría, el uno inglés, el otro
frances, que habian venido á pasar el invierno en la primavera que
durante esta estacion goza Sevilla, la noble y destronada reina de
Andalucía.
El Vizconde Cárlos de Brian y Sir George Percy eran dos bellos tipos de
sus respectivas razas y países. Ambos eran altos. El Vizconde algo mas
grueso, tenia en sus maneras mas elegancia, Sir George mas distincion;
en su porte tenia el Vizconde mas nobleza, y Sir George mas dignidad; el
primero era mas airoso, el segundo mas natural. En su traje era de Brian
mas ataviado, y Sir George llevaba la bellísima sencillez del vestir
inglés á un estremo de indolencia, que le hacia no notar que se ponia un
chaleco de invierno en verano, lo que no impedia que fuese tan
esclusivamente pulcro y delicado en su ropa, que regaló á su ayuda de
cámara á la mañana siguiente de haberlo estrenado, un vestido de baile,
que por no traerlo en su equipaje, tuvo que mandar hacer al mejor sastre
de Sevilla.
Era Sir George inmensamente rico y espléndido sin fausto, por lo que le
llamaban en Sevilla Monte-Cristo, así como al Vizconde, en vista de su
estatura y de ser muy realista, le habian puesto Carlo-Magno.
Deploramos profundamente esta costumbre andaluza de poner apodos ó
sobrenombres, por distinguidas que sean y por mucho mérito que tengan
las personas; es esto contra la dignidad y la elegancia de una sociedad
culta y fina. No hay gracia que compense una chocarrería.
Precisamente eran hombres ambos los mas á propósito para poder apreciar
el gran mérito de Clemencia; ambos debian ser seducidos por la reunion
de ventajas que poseia esta, y que tan rara vez se halla en una misma
persona; así fué que ambos comprendieron desde luego que era Clemencia
un ente escepcional, ricamente dotado por la naturaleza y por la
cultura, cuyo mérito pocos sabrian comprender, ni ella misma sabia
apreciar en todo su valor.
Entablóse desde luego entre de Brian y Sir George una de esas secretas y
agrias competencias, tan hábilmente disimuladas por los hombres de
mundo, no bajo formas afables, sino bajo formas indiferentes. De esta
competencia resultó que la inclinacion hácia Clemencia subiese en Sir
George, hombre seco, gastado y frio, á un efervescente antojo; y que en
el Vizconde, hombre de corazon y de peso, se reconcentrase, temiendo la
vanidad francesa verse forzada á ceder en sus pretensiones ante un rival
mas afortunado. En esta circunstancia podia decirse que tanto por la
posicion de ambos hácia Clemencia, como por sus respectivos caracteres,
estaban trocadas en ellos las índoles de sus dos países, siendo Sir
George con Clemencia el hombre amable, obsequioso, espresivo y
subyugado, miéntras el Vizconde se mostraba el hombre comedido, tímido y
reservado hasta el punto de aparecer frio.
El Vizconde habia nacido aun en el destierro, de un padre que habia
perdido á los suyos en el cadalso. Vuelto á su patria, habia perdido á
su hermano por un puñal homicida en Roma, y á su padre á su lado
defendiendo el órden en las jornadas de febrero, y entonces abandonó
desesperado y abatido la patria que amaba, para no presenciar su
suicidio.
Sir George al contrario, habia nacido y vivido entre grandezas,
felicidades y riquezas, sin pensar mas sino en satisfacer su vanidad,
sus pasiones y sus caprichos. Así era que á los treinta y tres años se
sentia con despecho, hastiado de todo, seco de corazon, enervado de alma
y reducido á solo placeres materiales.
Fuese este retraimiento del Vizconde, ó bien fuese por la finura y
elegancia de los obsequios de Sir George, ó bien por aquel ciego impulso
cuyo orígen es inaveriguable, y que no toma sus aspiraciones de la
razon, de la paridad, ni de la simpatía, sino que nace espontáneo, crece
déspota y arrastra al corazon á pesar de aquellos, Clemencia, que era
muy niña para poder penetrar en las profundas simas del corazon de los
hombres criados en el gran mundo, se sintió arrastrada con vehemencia
hácia Sir George, cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustracion,
saber y gracia la encantaban. Y no es de estrañar que en unos instintos
tan delicados, en un gusto tan culto como era el de Clemencia, unidos á
un amante corazon, que hasta entónces habia respirado en una atmósfera
sencilla y sosegada, hiciese impresion un hombre como Sir George, en
quien brillaban en su mas alto grado las referidas ventajas.
Sir George sabia con una delicadeza de maneras, que solo se adquiere en
la mas alta y fina sociedad, obsequiar de un modo que no era rehusable;
obsequiaba á Clemencia en las personas que ella queria ó le eran
allegadas; habia mandado venir para la Marquesa un aparato ingenioso
para vendar su pecho; habia regalado á D. Galo unos gemelos de unas
dimensiones tan descomunales, que le era imposible á su entusiasmado
dueño, colocarlos ante su vista con una sola mano. Paco Guzman los habia
apellidado _Rómulo y Remo_.
-- Paco, hijo mio, contestaba D. Galo en sus glorias, me ha dicho el
Señor D. Jorge que el fabricante solo hizo tres como estos; uno para el
Príncipe Alberto, otro para el Gran Turco, y el presente, que teneis á
vuestra disposicion.
Hasta á D. Silvestre, cuya hostilidad á los caminos de hierro no le era
desconocida, habia regalado Sir George una chistosa caricatura inglesa
que representaba una procesion de viajeros, que ántes de entrar en los
coches y wagones del tren, pasaban ante la máquina quitándose el
sombrero y saludándola con las palabras con que los gladiadores romanos
saludaban al emperador ántes de ir al combate: