CAPITULO II.

Clemencia, abrumada con los quehaceres que le proporcionaba el amueblar

y preparar su casa, distraida y atolondrada con el sinnúmero de visitas

que recibia la rica, hermosa y amable viuda, aunque habia pensado

escribir á Pablo, lo difirió. ¡Qué de cosas se dejan de hacer por

diferirlas! Diferir un buen propósito, es como diferir el socorro á un

necesitado; suele perecer este, merced á la omision, é invertirse la

limosna en otra cosa: tambien sucede que suele desmayar y desvanecerse

el buen propósito, gastarse el tiempo y la voluntad en otra cosa, como

aconteció con la limosna: sobreviene el olvido con su apagador, y sume

todo en el cáos.

Tan luego como Clemencia estuvo establecida en su hermosa y bien

alhajada casa, fué esta en estremo concurrida. Su dueña poseia el don

innato de _bien recibir_, puesto que este, así como todo lo fino y

delicado en el trato, tiene por base la bondad, y que esta era el fondo

del carácter de Clemencia y el primer móvil de sus acciones. Todas las

reglas de finura y delicadeza tienen por tipo la sencilla bondad, como

el arte coreográfico tiene por norma las gracias de la infancia. Su casa

se puso de moda, y la moda es una maga que nos convierte en una manada

de carneros, que lleva á su albedrío por montes y valles.

Entre las personas que fueron presentadas en casa de Clemencia, se

distinguian dos estranjeros de alta categoría, el uno inglés, el otro

frances, que habian venido á pasar el invierno en la primavera que

durante esta estacion goza Sevilla, la noble y destronada reina de

Andalucía.

El Vizconde Cárlos de Brian y Sir George Percy eran dos bellos tipos de

sus respectivas razas y países. Ambos eran altos. El Vizconde algo mas

grueso, tenia en sus maneras mas elegancia, Sir George mas distincion;

en su porte tenia el Vizconde mas nobleza, y Sir George mas dignidad; el

primero era mas airoso, el segundo mas natural. En su traje era de Brian

mas ataviado, y Sir George llevaba la bellísima sencillez del vestir

inglés á un estremo de indolencia, que le hacia no notar que se ponia un

chaleco de invierno en verano, lo que no impedia que fuese tan

esclusivamente pulcro y delicado en su ropa, que regaló á su ayuda de

cámara á la mañana siguiente de haberlo estrenado, un vestido de baile,

que por no traerlo en su equipaje, tuvo que mandar hacer al mejor sastre

de Sevilla.

Era Sir George inmensamente rico y espléndido sin fausto, por lo que le

llamaban en Sevilla Monte-Cristo, así como al Vizconde, en vista de su

estatura y de ser muy realista, le habian puesto Carlo-Magno.

Deploramos profundamente esta costumbre andaluza de poner apodos ó

sobrenombres, por distinguidas que sean y por mucho mérito que tengan

las personas; es esto contra la dignidad y la elegancia de una sociedad

culta y fina. No hay gracia que compense una chocarrería.

Precisamente eran hombres ambos los mas á propósito para poder apreciar

el gran mérito de Clemencia; ambos debian ser seducidos por la reunion

de ventajas que poseia esta, y que tan rara vez se halla en una misma

persona; así fué que ambos comprendieron desde luego que era Clemencia

un ente escepcional, ricamente dotado por la naturaleza y por la

cultura, cuyo mérito pocos sabrian comprender, ni ella misma sabia

apreciar en todo su valor.

Entablóse desde luego entre de Brian y Sir George una de esas secretas y

agrias competencias, tan hábilmente disimuladas por los hombres de

mundo, no bajo formas afables, sino bajo formas indiferentes. De esta

competencia resultó que la inclinacion hácia Clemencia subiese en Sir

George, hombre seco, gastado y frio, á un efervescente antojo; y que en

el Vizconde, hombre de corazon y de peso, se reconcentrase, temiendo la

vanidad francesa verse forzada á ceder en sus pretensiones ante un rival

mas afortunado. En esta circunstancia podia decirse que tanto por la

posicion de ambos hácia Clemencia, como por sus respectivos caracteres,

estaban trocadas en ellos las índoles de sus dos países, siendo Sir

George con Clemencia el hombre amable, obsequioso, espresivo y

subyugado, miéntras el Vizconde se mostraba el hombre comedido, tímido y

reservado hasta el punto de aparecer frio.

El Vizconde habia nacido aun en el destierro, de un padre que habia

perdido á los suyos en el cadalso. Vuelto á su patria, habia perdido á

su hermano por un puñal homicida en Roma, y á su padre á su lado

defendiendo el órden en las jornadas de febrero, y entonces abandonó

desesperado y abatido la patria que amaba, para no presenciar su

suicidio.

Sir George al contrario, habia nacido y vivido entre grandezas,

felicidades y riquezas, sin pensar mas sino en satisfacer su vanidad,

sus pasiones y sus caprichos. Así era que á los treinta y tres años se

sentia con despecho, hastiado de todo, seco de corazon, enervado de alma

y reducido á solo placeres materiales.

Fuese este retraimiento del Vizconde, ó bien fuese por la finura y

elegancia de los obsequios de Sir George, ó bien por aquel ciego impulso

cuyo orígen es inaveriguable, y que no toma sus aspiraciones de la

razon, de la paridad, ni de la simpatía, sino que nace espontáneo, crece

déspota y arrastra al corazon á pesar de aquellos, Clemencia, que era

muy niña para poder penetrar en las profundas simas del corazon de los

hombres criados en el gran mundo, se sintió arrastrada con vehemencia

hácia Sir George, cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustracion,

saber y gracia la encantaban. Y no es de estrañar que en unos instintos

tan delicados, en un gusto tan culto como era el de Clemencia, unidos á

un amante corazon, que hasta entónces habia respirado en una atmósfera

sencilla y sosegada, hiciese impresion un hombre como Sir George, en

quien brillaban en su mas alto grado las referidas ventajas.

Sir George sabia con una delicadeza de maneras, que solo se adquiere en

la mas alta y fina sociedad, obsequiar de un modo que no era rehusable;

obsequiaba á Clemencia en las personas que ella queria ó le eran

allegadas; habia mandado venir para la Marquesa un aparato ingenioso

para vendar su pecho; habia regalado á D. Galo unos gemelos de unas

dimensiones tan descomunales, que le era imposible á su entusiasmado

dueño, colocarlos ante su vista con una sola mano. Paco Guzman los habia

apellidado _Rómulo y Remo_.

-- Paco, hijo mio, contestaba D. Galo en sus glorias, me ha dicho el

Señor D. Jorge que el fabricante solo hizo tres como estos; uno para el

Príncipe Alberto, otro para el Gran Turco, y el presente, que teneis á

vuestra disposicion.

Hasta á D. Silvestre, cuya hostilidad á los caminos de hierro no le era

desconocida, habia regalado Sir George una chistosa caricatura inglesa

que representaba una procesion de viajeros, que ántes de entrar en los

coches y wagones del tren, pasaban ante la máquina quitándose el

sombrero y saludándola con las palabras con que los gladiadores romanos

saludaban al emperador ántes de ir al combate:

Clemencia: Novela de costumbres · 第 33 / 53 题