La Marquesa, que á pesar de lo absorta que habia estado su atencion la
noche anterior por el tresillo, por la mojadura de la vela y por la
mutilacion de su querido Mercurio, al que de tantas, solo un ala
quedaba, no habia dejado de notar la chocante conducta de Constancia
para con el Marques, tuvo con ella al dia siguiente una violenta escena.
-- No os canseis, madre, le dijo esta, ni vos ni nadie haréis jamas que
me case contra mi voluntad; tampoco me casaré contra la vuestra: esto es
todo lo que teneis derecho á exigir de mí.
De aquí no fué posible sacarla, ni con halagos, ni con ruegos, consejos
ni amenazas.
A la tarde deseó Alegría ir á paseo, y con gran sorpresa suya halló á su
madre muy dispuesta á llevarlas.
Pero cuando á la hora marcada salió la Marquesa de su cuarto, con su
mantilla puesta y lista para pasear, halló á Alegría elegante y
lujosamente adornada, y á Clemencia linda como un ángel, con su sencillo
velo de gasa blanca y unas rosas del tiempo en la cabeza; en cuanto á
Constancia estaba acostada con jaqueca.
Difícil seria describir lo que rabió la señora, y el estado de
exasperacion en que emprendió el paseo, tan fatigoso para ella, y que
habia perdido ya su objeto, que era facilitar una entrevista mas
desahogada que las que les proporcionaba la tertulia, á los presuntos
novios.
Alegría, al llegar al salon de Cristina, se cogió del brazo de una
amiga, y Clemencia las siguió dando el suyo á su tia.
-- Sépaste, Clemencia, iba esta diciéndole, que no hay una locura mayor
en las muchachas, que rehusar un buen partido cuando se les presenta.
Muchas y muy muchas conozco yo que así lo han hecho, y se han casado
luego con quien Dios ha querido. Si yo hubiese rehusado á tu difunto
tio, cuando mis padres trataron la boda, sabe Dios con quién estaria
casada á estas horas. Ten siempre presente -- lo que suelen olvidar muchas
niñas, -- que á la ocasion la pintan calva, y que la cabeza de chorlito
que rehusa un buen porvenir por capricho, por imprevision, por
desobediencia, merece que la encierren en San Márcos. ¡Vaya con las
niñas del dia! _¡Perlitas!_... como dice D. Silvestre. Un collar le
habia yo de hacer de estas perlitas; que como no pidiese alafia, por mí
la cuenta.
Encontráronse entónces con Valdemar que se reunió á ellas, saludando á
la Marquesa, á quien preguntó por Constancia.
-- La pobre está con jaqueca, respondió su madre: las padece; pero es mal
que se gasta con la edad.
Al dar la vuelta del paseo, el Marques ocupó el lado de Clemencia.
--¿Os gusta el pasear? le preguntó.
-- Sí, me gusta, contestó esta; pero todavía mas me gusta quedarme en
casa.
--¿Porqué?
-- Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran
diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama,
resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del
estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su
fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un
paraíso.
--¿Sin manzano, Clemencia?
-- Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin
culebra, que es mas.
-- Pero tambien sin Adan.
-- Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió
riéndose alegremente Clemencia.
-- Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de
cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta
encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus
desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor
del aspecto público?--¿Se ven en Madrid tales tarascas?
-- En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como
hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de
Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son
mujeres favorecidas por ella.
-- Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia
de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya
monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que
quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo.
-- Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad
la ventaja que le llevais!
-- Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su
lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha
enseñado en el convento á ser una hipocritilla.
--¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia.
-- Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no
quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas
secretas sobre los ambos y los ternos.
--¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia.
--¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques.
-- El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que
sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no
puede vivir sin él.
--¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar.
-- Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin
él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais
su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere,
incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser
burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal.
--¿Y vos, no sois burlona?
-- No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo
lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener
gracia, como la tiene mi prima.
-- Todo el que tiene entendimiento, y aun sin tenerlo, tiene la gracia
suficiente para la fácil espresion de la burla; pero esa facultad es
preciso con el uso aguzarla para que punce, y es necesario afilarla para
que corte. Ensayadlo, y veréis cuán pronto sobrepujais con ventaja á
vuestra prima.
-- Señor, ese es un consejo que no seguiré, y que estraño me deis.
--¿Y porqué?
-- Porque vos mismo no lo seguís.
El Marques se echó á reir.
-- Y vos, Clemencia, le dijo, me enseñais que vuestras leales armas
defensivas tienen mas poder en buena guerra que las agresivas armas
vedadas. Clemencia, la burla no la haceis vos por delicada bondad de
corazon; y yo no la hago, porque la proscribe el buen tono. Vuestro
móvil vale mas que el mio, pero el resultado es el mismo.
A los piés del paseo habia estacionado un grupo de oficiales y de
jóvenes de la ciudad.
Entre los primeros se notaba un capitan, que por su buena figura, su
hablar recio y aire descocado, llamaba la atencion. Era este Fernando
Guevara, hijo de una ilustre y rica casa de un pueblo de tierra adentro;
pero nada en su porte ni en sus maneras denotaba la distincion de su
cuna, ni la nobleza de su sangre, ni aun el buen porte del que sigue la
caballerosa y rígida carrera de las armas. Teníase mal, y hacia gala de
un desembarazo y desgaire, que rayaba en grosería; en fin, en todo su
continente, en su modo de mirar, en su hablar recio, en su risa
descompuesta, se pintaba el calavera descarado, para el que la moral,
la compostura, la elegancia y la finura, son cosas desconocidas. Aquel
hombre no tenia mas que una virtud, ó mejor dicho, una bella cualidad,
era en estremo bizarro. Tanto esta fama como su alcurnia y el mucho
dinero que derrochaba, le daban una buena posicion en los círculos de
los hombres; en cuanto á los de señoras, rara vez concurria á ellos,
pues en su chabacano _¿qué se me da á mí?_ preferia en punto á círculos
aquellos que estaban en su cuerda, y en los que sin sujecion podia
dejarse ir á sus groseras tendencias.
Los padres de Guevara habian condescendido gustosos á sus deseos de
entrar en la milicia, por no poder desde que era niño, sujetar ni sufrir
sus desmanes. Pero, habiendo tenido la desgracia de perder á dos hijos
mayores que Fernando, habia un año que insistian en que se retirase del
servicio, por ser ya el único representante y heredero de su rica casa.
Fernando, empero, se estremecia con la sola idea de meterse á los veinte
y cuatro años en un pueblo pequeño del interior, ó de renunciar á su
alegre y aventurera vida.
Venian en este momento acercándose Alegría y su amiga á este grupo.
Fernando, apoyado el cuerpo en su remo izquierdo, y cruzado de brazos,
las miraba con insolencia.
--¡Qué linda es! dijo uno de los presentes: no hay duda que es la mas
bonita de cuantas muchachas encierra Sevilla.
-- No tal, repuso Fernando Guevara; que lo es mucho mas la que le sigue
con esa señora, que será su madre.
-- No es su madre, es su tia, la Marquesa de Cortegana.
--¿Y la niña?
-- Se llama Clemencia Ponce.
-- No vi criatura mas hermosa, dijo Fernando.
--¿Te ha dado flechazo? le preguntó uno de sus compañeros.
-- Esas flechas de plumas de marabú, dijo otro, no dan flechazo á
Guevara; le hieren mas las flechas con plumas de pajarracos ménos
pulidos.
-- Mi gusto no está contratado, repuso Fernando; es libre como el aire.
-- Pues hombre, tú que no eres amigo de suspirar en balde, no debes picar
tan alto.
-- Es que si se me antoja suspirar, no suspiraré en balde, dijo Fernando.
-- Hombre, esclamó uno de sus compañeros, te sabia arrogante; pero no te
sabia fatuo.
-- Apostemos, dijo pausadamente Fernando.
-- Está loco, esclamaron todos á una voz.
-- Apostemos, repitió Guevara con la misma calma.
-- Fernando, te estás poniendo en ridículo; mira cómo se rien; estás
haciendo el oso, dijo á media voz un amigo suyo.
-- Apostemos, repitió por tercera vez Fernando; pero no una onza ni dos,
sino media talega: ¿quién la lleva?
-- Yo, dijo un rico jóven de Sevilla, indignado de la insolente
presuncion del oficial.
--¿Diez mil reales?
-- Diez mil reales.
-- Señores, sois testigos, dijo Fernando.
-- Es preciso fijar un plazo, advirtió el oponente.
-- Ocho dias, contestó Guevara.
-- Ocho dias, hecho; dijo el jóven.
Entretanto la hermosa y suave niña, que apénas habia entrevisto ni
parado la atencion en aquel grupo que tan osadamente la profanaba, decia
al Marques de Valdemar, que le preguntaba si estaba cansada:
-- Sí señor; y decididamente me gusta mas pasar la tarde entre mis
flores, los pájaros que cantan y el agua que corre y rie tan alegre, que
no entre tantas caras desconocidas, que todas miran de hito en hito, las
mujeres con un aire tan burlon, los hombres de un modo tan raro....