Fernando Guevara era pariente de D. Silvestre; por lo cual, habiendo
averiguado su intimidad con la Marquesa, al dia siguiente fué á verle
con la peticion de que le introdujese en casa de esta señora.
D. Silvestre, á fuer de ser su allegado, y con el plausible motivo de no
tener la molestia de decir que no, estuvo desde luego dispuesto á ello.
Así sucedió que al mismo dia fué presentado á la Marquesa, á la que
despues de los primeros cumplidos, pidió á Clemencia.
La Marquesa, que regularmente habria acogido muy mal al atolondrado
jóven y su brusca peticion, si se hubiese tratado de una de sus hijas,
acogió con suma satisfaccion al pretendiente de su sobrina. No se le
habia pasado por alto la impresion que habia hecho Clemencia en el
Marques de Valdemar, y lo ocupado que habia estado de ella la tarde
anterior, en que las graciosas provocaciones de Alegría no habian
bastado á distraerle; y como la señora no perdia la esperanza de que el
capricho negativo de Constancia se disipase con el tiempo y la razon,
veia con temor y recelo el que otra que su hija pudiese agradar al
Marques. Fernando Guevara era, segun aseguraba su amigo D. Silvestre,
caballero, noble y rico: ¿qué mas necesitaba saber la señora?
Así fué que otorgó llena de júbilo su demanda, sin poner mas condicion
que el beneplácito de sus padres.
-- No podeis dudar que lo otorguen; ni motivos hay para otra cosa, le
dijo Guevara. Desde que murieron mis hermanos, el mayor deseo de mis
padres es que me case y me retire. Mas por ahora solo pienso
complacerlos en lo primero, porque no me siento dispuesto á los veinte y
cuatro años á meterme en el villorro de Villa-María, á liarme en la
capa, á acostarme con las gallinas y á levantarme con los gallos, sin
acordarme mas de que hay un mundo alegre, y en él buenos compañeros.
Así, tened esa licencia por segura, y advertid que de aquí á ocho dias
he de estar casado, porque el regimiento pasa á Cádiz.
Cuando Guevara se hubo ido, la Marquesa llamó á Clemencia y le dijo que
se le presentaba una suerte brillante, pues habia pedido su mano un
jóven de arrogante figura, hijo y único heredero de un rico mayorazgo.
Que aunque no creia fuese necesario, le recordaba cuanto la tarde
anterior le habia dicho acerca de las niñas locas que despreciaban una
buena suerte, y que el que se presentaba se la traia.
-- Pero... ¿quién es y cómo se llama? preguntó atónita Clemencia.
--¡Pues qué! ¿no le conoces? repuso su tia.
-- No, señora, respondió la interrogada.
-- Se llama Fernando Ladron de Guevara. Es de Villa-María, y sirve en el
regimiento que está aquí de guarnicion. ¡Qué suerte! ¡Vaya; si estarás
contenta!
La Marquesa no aguardó la respuesta de Clemencia, en lo que hizo bien,
pues no dió esta ninguna. La dócil niña no sabia ni qué pensar ni qué
decir; nada sentia en favor ni en contra de este enlace, sino la
estrañeza de casarse con un hombre á quien no conocia.
La Marquesa mandó venir costureras y modistas, dió parte, compró sus
regalos, de modo que sin darse cuenta de lo que pasaba, á los ocho dias
Clemencia, vestida de blanco, coronada de rosas blancas y blanca cual
ellas, se hallaba frente á Guevara delante de un sacerdote, exhalando
como un débil eco del sí que pronunció Guevara, un sí maquinal, que
resumia todo lo que en aquellos dias habia hecho, como el lazo que reune
para formar un ramo, unas frias é inodoras flores artificiales.
Guevara, que solo habia gastado con la cortada Clemencia en los dias
anteriores algunas chanzas comunes, y dicho algunos cumplidos vulgares y
poco finos, que mas que halagar habian chocado la delicadeza instintiva
de Clemencia, nada habia hecho ni nada habia pensado hacer para
inspirarle cariño ni confianza; y así le era su marido tan estraño aquel
dia que los unia para siempre, como lo habia sido el primer dia en que
le vió.
--¿Es esto casarse? se decia asombrada la pobre niña. ¡Dios mio! ¡Yo que
pensé que habia de querer tanto á mi marido! Pero el trato engendra
cariño; ya le querré; así se lo he pedido á Dios esta mañana en la
iglesia.
Aquel dia cobró Guevara su apuesta, y aquel dia partieron los novios
para Cádiz, donde estaba ya el regimiento, que debia embarcarse en aquel
puerto para ir al teatro de la guerra del Norte.
Ninguna reflexion de sus padres ni de la Marquesa habian podido retraer
á Guevara de seguirle; era para él Villa-María una espantosa Siberia:
ademas, era bizarro, tenia pundonor, y nada le habria movido á pedir su
retiro en el momento en que su regimiento era destinado á ir á batirse.
No es posible pintar el desconsuelo de la pobre Clemencia al separarse
de su tia y de sus primas, y al verse sola con un hombre que le era
estraño, en un mundo nuevo, y entre gentes desconocidas.
Estílase en algunas partes, -- y lo singular es cabalmente en aquellas
donde mas se preconiza y ensalza en las jóvenes la inmaculada inocencia,
la infantil candidez, la austera reserva y la débil timidez, esto es, en
Inglaterra, -- el que una jóven acabada de casar se meta sola con su
marido en una silla de postas, y se vayan á viajar, haciendo de esta
suerte de una concurrida y ruidosa posada, en que sin respeto serán el
objeto de los chistes de los mozos y postillones, el lugar en que se
alce para ellos el tálamo conyugal, que el hombre delicado que ama,
quisiera alzar á las nubes, y la mujer que respeta el estado, deseara
santificar con un altar. Rompen de esta manera violentamente con la
ausencia los lazos con su familia, desechando así las hijas la dulce
sombra de su madre en los primeros momentos de su nuevo estado; en lo
que demuestran patentemente que todas aquellas pregonadas cualidades,
esas suaves plantas que germinan en el corazon y hacen que las que las
poseen se estrechen con fuerza como los blancos jazmines á sus naturales
sostenes; estas cualidades, decimos, se las echan, como dice una
enérgica frase vulgar, muy fácilmente á las espaldas. Esta repugnante
costumbre, que debe pertenecer á las de las _jóvenes emancipadas_, no se
conoce en España (con pocas y estranjeradas escepciones), España, á la
que se echa en cara no criar las jóvenes con la rigidez y reserva
debidas.
Esto nos lleva á repetir lo que otras veces hemos dicho; y es que
preferimos una natural y decente soltura, á una reserva afectada, á una
candidez hipócrita y á una timidez estudiada; sin que esto se oponga á
que consideremos como el tipo de la jóven cumplida, la que embellecen
una candidez sincera, una reserva natural y una timidez real, mas
interna que esterna, mas en las ideas que en el porte, y que mas bien se
disimule que se ostente.
Creemos que todo hombre delicado quisiera ver vacilar á la jóven que ha
elegido por compañera, entre el regazo de la madre que la retiene, y los
brazos del marido que la aguardan. Creemos que querria oir la dulce voz
materna decirle: «En breve ese hombre que aun te impone, te será íntimo
y querido como me lo es á mí tu padre; no llores, no llores; no atribuya
á falta de cariño hácia él el dolor que te causa la despedida á tu cuna.
Mira en el amante al compañero de tu vida, al padre de tus hijos, para
que no te imponga como estraño.»
Hay hombres como Guevara, que relegarian, si las oyesen, estas nuestras
opiniones al ridículo, ó cuando mas á un curso de moral, y no á reglas
de delicadeza; pero los mas de los hombres, y sobre todo, los que hacen
la debida diferencia entre una mujer legítima y una querida, piensan
como nosotros; y las jóvenes deberian atenerse á la opinion de estos, y
convencerse de que la mujer á la cual se recibe de las manos de su
madre, tiene doble valor y prestigio que la que se entrega.
Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus
lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á
su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas
no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada
habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su
parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar
de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía;
al que chocaban los sentimientos tiernos y suaves como afectaciones y
remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre.
Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan
contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas
naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse
mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y
Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon
humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que
este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer
cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando
algo en lo presente, preparar el porvenir.
Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las
pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y
Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de
sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos
femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la
especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus
amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en
ambos sexos.
Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como
aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y
se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no
habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el
repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido,
exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva
ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior.
Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su
falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que
él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su
corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer
propia.
Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no
existian simpatías, afinidades ni paridad alguna, y porque Guevara no
sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era
hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los
celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los
sufre, cuanto que no tiene compensacion.
Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez
con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y
con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo
esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se
llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para
ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de
mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia,
que era su único compañero en su soledad.
Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que
hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la
atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la
víctima mas débil y mas sufrida.
Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la _mujer
incomprendida_, ni la _heroina inapreciada_, ni la _víctima de un
monstruo_; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros
muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y
rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no
habia leido novelas, ni visto _dramas de pasion_, y conservaba intactas
las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos
sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin
transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas
religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese
suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia
sencillamente por estas máximas:
«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano.
»Recordemos que dice San Agustin: Agradamos á Dios, cuando su voluntad
nos agrada. Y que San Bernardo dice que es una vergüenza ser miembros
delicados, bajo un Jefe coronado de espinas.»
Releia á menudo en uno de sus libros de devocion aquellas palabras que
tratan de los deberes de las casadas, y se embebia de esta cita de San
Agustin, que así dice:
«Mónica obedecia á su marido como una sirviente á su amo, y se esmeraba
en ganarle á Dios, exhortándole con sus ruegos y con sus buenas
costumbres, cuya santa hermosura obligó á su marido á respetarla, y se
la hizo grata y admirable. Toleró por mucho tiempo la mala conducta de
su marido, sin hacerle reconvenciones, aguardando la hora de que obrase
en él la misericordia de Dios.»
¡Oh madres! dad buenos libros á vuestras hijas, y obligadlas á leerlos.
Si bien jóvenes y felices, los leerán con mas respeto que atencion, mas
por obligacion que por placer; no le hace; no desistais; porque el dia
de la prueba germinará en sus corazones aquella hermosa semilla, como el
trigo que se echó en tierra en un dia de sol crece vigoroso el dia de
los temporales.
Sucederá que aquellas palabras santas, leidas con infantil distraccion,
quedarán por el pronto invisibles en el corazon, como los caracteres
estampados con tinta simpática; pero llegada la hora de la prueba, cual
un fuego abrasador, saldrán claros, netos y enérgicos aquellos santos
testos, mitigando las llamas que solo habrán servido para purificarlos.
Personas hay en el mundo, de las que se cree que hacen el bien por
instinto, y no es sino por la virtud de aquel gérmen, puesto en sus
corazones en su niñez; gérmen tan rico y fecundo, que aunque sembrado
por una mano torpe y floja, y caido en un terreno ligero y seco, echa
raíces, como lo hace la yedra en una pared de piedra. ¡Y puede haber
quien dude que gérmen de tal naturaleza, y que tales frutos da aun sin
cultivarle, sea divino!
¡Cuántos jóvenes hay que dicen al perdonar una injuria, y favorecer á un
enemigo: Hago esto porque soy filósofo! -- No; lo haces, porque te criaste
católico.
Que dicen: Huyo del fango de los vicios, porque soy moral. -- No; lo
haces, porque te criaste religioso.
Que dicen: He hecho un sacrificio, me he privado de un goce, por tal de
aliviar una miseria, porque soy filántropo. -- No; lo has hecho, porque te
criaste cristiano.
Esto es si son sinceros en dar un noble orígen á sus acciones buenas, y
no ocultan bajo aquellas palabras la vanidad, el respeto humano, y la
hipocresía; pues solo la religion crió aquellas virtudes, hijas ingratas
que se emancipan, vuelven la espalda á su madre, y se unen á sus
enemigos para combatirla, todo por espíritu de rebeldía, ese frenesí del
entendimiento.
¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta
sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la
pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se
pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las
soberbias!
Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre
inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y
pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las
virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud
con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura
de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?»
Alguna vez, esta idea fija le abatia.
Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables
tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia
su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si
Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan
elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en
un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido
sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso
correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana.
Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se
retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á
su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos.
Una infinidad de esos pequeños lances de que se compone la vida
doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de
naturalezas.
Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de
esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,--¡tal es el poder de
la costumbre! -- Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada
sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas
prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En
casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio,
envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la
representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del
Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió
Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la
esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y
escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de
vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando
al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida
esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo
conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar
sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á
Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su
convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar.
Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra
_atroz_, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con
un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en
audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la
encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza
física.
Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella
misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento
cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á
hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y
tan dispuesta, pasaba sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre
paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que
es un consuelo grande.
Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á
Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela.
Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido.
Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado
de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de
ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese
volver á su lado.
El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella
permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con
amargo desconsuelo.
--¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace
gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es
un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen
encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí.
Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, _porque era su
marido_. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó
temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á
la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se
abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla
niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á
la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y
elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada
tiene viciosa la vejez.
¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de
amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por
las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas
repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que
eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta
la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á
denigrar con el nombre de _tibio_, los materialistas á burlar con el de
_platónico_; pero amor que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y
bendice el cielo, llamándolo santo!
Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar
allí á Clemencia bien acompañada.
La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su
debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le
produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo.
La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la
paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para
Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario,
pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le
haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la
felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida,
pudiese volver al convento!
La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo,
suspiraba por la tranquila soledad de su floresta.
Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena
naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la
noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa.
Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que
nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo
calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de
deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto.
Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan
importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la
misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga
que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que
dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia.
Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un
carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios
violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su
calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin
dejar mas rastro estas que el beneficio del rocío en la tierra, y
aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues,
considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo
fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia,
formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer,
cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya
impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de
Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender
sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se
puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á
obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese
atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á
nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union!