CAPITULO VII.

A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar

propiamente una _tertulia_, voz que define el Diccionario de este modo:

_junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones

honestas_.

Entre estas _diversiones honestas_ estaba introducida, -- y la Marquesa la

tenia en gran estima, -- una respetable lotería, que la dicha señora

consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y

como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le

parecian muy preferibles á los _avant-deux_; los ambos á los de ligeras

piernas, y los números á las cabriolas.

La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la

decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg,

traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia

cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de

Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian

hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia

en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que

presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el _maestro Pino_,

que así se denominaba el número uno, el _abuelo_, así se denominaba el

noventa, y que hacia su servicio la _patrulla_, así se denominaba el

cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con

espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo.

La tertulia era bastante numerosa aquella noche--¡y cosa estraña y no

vista! -- habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia

hecho aun su aparicion.

D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el

complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números;

cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables.

Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la

bayeta verde en que se decidian los destinos de los ambos y de los

ternos, con la falta de su presidente.

La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia

renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo

aguacero de verano.--¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes. -- La vela...

el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las

estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá

ofendido el Marques con Constancia... Las macetas...

Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se

distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo.

-- Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar

pan.

-- Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan.

Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en

medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida

contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la

profanadora voz de _pendencia_; de que se habia valido para designar la

guerra _contra el frances_.

En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver

entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por

sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del

patio.

-- Señora, preguntó ¿_é_ adónde meto el Mercuriño?

-- Hombre, -- contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la

hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas, -- ponlo en

un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes

pormenores.

Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta

brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la

puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en

el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente

como un dormido murciélago.

La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion.

-- No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó

riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los

desposeidos piés contra la emplumada cabeza.

-- Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman.

--¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala,

aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones.

-- Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir

á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por

mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de

ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo.

Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando

con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre

Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la

mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia

un periódico.

En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia

preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la

divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos.

--¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no

viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá,

Clemencia?

-- Yo no sé, contestó esta sencillamente.

-- Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que

Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo

sin pedirle permiso.

-- No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que

ocasionó la ocurrencia de Alegría.

-- Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo

algun _deplorable_ ó _lamentable evento_, segun lo tétrico de tu gesto y

lo abatido de tu semblante, primo.

-- Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la

relacion de un naufragio.

--¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar

Alegría con risita burlona.

-- Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los

naufragios.

--¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría.

-- Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno.

--¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del

corazon.

--¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de

corderitos de bronce? dijo Alegría.

-- Napoleon lo fué, repuso Bruno.

-- Ese tilde de hereje le faltaba á ese Napoladron Malaparte, sonó el

vocejon de su ex-antagonista Doña Eufrasia.

--¿Le visteis alguna vez? preguntó Alegría.

-- Nunca; ya se hubiera guardado de ponérseme á tiro. ¡Vaya!

-- Señora, dijo Paco Guzman: el rey deberia haber añadido á vuestro

dictado de Coronela Matamoros, el de Condesa Mata-Franceses.

Afortunadamente en este momento entró D. Galo, que interrumpió la

esplosion de coraje de la heroina, esclamando:

--¡Dios mio! qué diluvio! ¡Cuál están los caños! Por atravesar la calle

me he metido hasta aquí, añadió señalando un tobillo.

-- Póngale Vd. una losa[1], dijo Alegría.

-- Cual otro Leandro, hubiera yo atravesado por veros, no el caño, sino

el mar Rojo, Alegría, hija mia, repuso D. Galo.

-- No tuvo esa suerte Faraon, dijo Paco Guzman, soltando una carcajada.

-- No le impulsaba el deseo de ver á las bellas, repuso D. Galo con una

sonrisa de media vara, y dirigiendo tres miradas succesivas, una á

Alegría y las otras dos á Constancia y Clemencia.

-- En lugar de hacer cumplidos á la griega, vaya Vd. á sacar los números,

D. Galo, _hijo mio_, le dijo Alegría; pues Clemencia se está

deshaciendo, y ha preguntado ya varias veces con mucha solicitud si le

habria sucedido á Vd. algun percance.

A pesar de esclamar Clemencia: «D. Galo, no lo crea Vd.,» este fué mas

ancho que una alcachofa á tomar su asiento al lado de Clemencia.

-- Ya están los reyes católicos en su trono, dijo entónces Alegría;

vamos, pues, á formarles el círculo de cortesanos.

Tambien Constancia se acercó á la mesa con su amiga, y se sentaron

frente al asiento en que permanecia Bruno, conservando siempre el diario

en la mano.

-- Estás muy poco sociable, le dijo Alegría; mira que ya en ese naufragio

se habrán ahogado hasta las ratas. Vamos, suelta esa _Esperanza_.

-- La conservaré miéntras pueda, -- respondió Bruno, dirigiendo, sin

mirarla, su respuesta á Constancia; -- aun no me han repartido cartones.

-- Aquí tiene Vd., hijo mio, le dijo D. Galo alargándole cartones.

A media hora de estar jugando, entró el Marques de Valdemar.

Habiendo saludado á todos y hablado un rato con la dueña de la casa, se

aproximó á la mesa.

Bruno palideció y desatendió completamente su juego.

Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion

de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un

témpano.

Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del

Marques.

--¿Quereis cartones? le preguntó Alegría.

-- Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la

contemplacion de Constancia.

¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada!

¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener

en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras

mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio

le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo

acabó por empalagar al pueblo de Israel!

Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con

pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien

amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos

de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de

sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del

jóven castellano que defendia su castillo.

Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con

injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se

los causaba.

Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se

movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad,

haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa.

--¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia.

-- Muy mala, contestó esta lacónicamente.

-- Es buena señal, porque la mala en el juego, la presagia buena en amor.

-- Así lo espero.

-- Me temo que la mala sea para el que os ame.

--¡Ojalá de ello se convenciera el que tan mal gusto tuviese!

--¿No habrá acaso escepcion? preguntó el Marques á quien las palabras

secas y el tono brusco de Constancia causaron estrañeza.

-- _¡Los espejuelos de Mahoma!_ dijo en voz grave y clara D. Galo,

sacando el número ocho.

-- Bruno, advirtió Constancia fijando sus grandes y brillantes ojos en su

inmutado amante, ¿no cubres el ocho, y lo tienes dos veces?

--¡Qué bien adaptados están los espejuelos de Mahoma á la vista de mi

hermana! observó Alegría.

-- Marques, añadió, ¿quereis cartones? Va de dos veces que tengo la

bondad de ofrecéroslos.

-- Y va de dos veces que os doy las gracias por vuestra atencion,

Alegría; no me divierte juego alguno.

-- Ni á mí tampoco, -- y ménos la lotería esta, pues D. Galo va tan de

prisa que no puedan seguirle sino sus afiliados, Clemencia y comparsa.

-- _¡El abuelo!_ sonó la clara voz de D. Galo al sacar el noventa, pues

D. Galo, acostumbrado á las chanzas, á veces poco delicadas de que era

objeto, no se dejaba distraer por ellas, y seguia impávido en su

inmutable tarea.

--¿No digo? esclamó Alegría.

-- _¡Las alcayatas!_ gritó D. Galo al sacar el setenta y siete.

-- D. Galo Pando, vaya usted siquiera al trote, dijo Paco Guzman. ¿Qué

significan las alcayatas? Esas metáforas numéricas no están á mi

alcance.

-- _¡Los patitos!_ dijo D. Galo por toda respuesta; sacando el número

veinte y dos.

-- D. Galo, usted habla en cifra, favorece á sus adeptos, y ha jurado mi

ruina. Protesto.

--¿No esperabais mi llegada, Constancia? le preguntaba entre tanto el

Marques. ¿No os previno vuestra tia? ¿No os ha hablado vuestra madre de

mis esperanzas?

-- Sí, respondió esta sin apartar la vista de su juego, así como deberian

haberos dicho á vos que no eran las mismas las mias.

--¡Qué obsequioso está el madrileño con Constancia! dijo una de las

muchachas á otra, á media voz. Tiene iman; mira tú cuánto mas bonita es

Clemencia, y cuánto mas graciosa Alegría; y ella que es tan huraña, tan

desabrida...

--¡Pues ahí verás! contestó la otra. Las mujeres son como el sol, que en

dias revueltos pica mas entre las nubes.

-- _¡La patrulla!_ sonó la inalterable voz de D. Galo, sacando el cinco.

--¡Qué de números hay en ese saco! dijo un oficial: esto es un fuego

graneado.

-- D. Galo hace á las callandas con esas bolas el milagro de pan y peces,

repuso su vecina.

-- Sus obsequios á las damas y sus números son sin número, añadió Paco

Guzman.

-- _¡El jorobado!_ cantó D. Galo sacando el dos.

-- Desde media hora tengo un cuaterno, dijo Alegría, y no acaba de salir

el número quinto. Lo hace al propósito ese traidor de D. Galo, para que

saque Clemencia la lotería; siempre sucede así.

--¿Y no os contentais con cuatro? preguntó á media voz Paco Guzman.

--¿De qué me sirven los cuatro, ni no me hacen lotería? respondió la

interrogada con descoco.

-- Por cierto, decia Valdemar á Constancia, que es estraño, y aun muy

cruel, que me hayan dejado una ilusion que tan pronto debia

desvanecerse.

-- Mi madre esperó convencerme.

--¿Puedo yo esperarlo tambien, Constancia?

-- No: que yo no engaño nunca.

-- Constancia, dijo el Marques, me retiro, me interesais, y os respeto

demasiado para importunaros. Desisto, Constancia, de mis mas gratos

deseos, con tanto mas pesar, cuanto que vuestro franco y leal proceder,

si bien me hiere dolorosamente, me llena de aprecio hácia vos.

-- _¡La horca de los catalanes!_ pregonó la voz incansable de D. Galo,

sacando el once.

-- Señor, esclamó Paco Guzman, ya no hay horcas por el mundo: poned

vuestros signos cabalísticos al nivel de los adelantos de la

civilizacion.

-- _¡El escardillo!_ sonó como el toque de un reloj la voz de D. Galo

sacando el siete.

-- D. Galo, aguarde Vd.

-- _¡El que tuerce!_ prosiguió impávido el presidente sacando el catorce.

-- Ese sois vos.

-- _¡Las sanguijuelas!_ prosiguió D. Galo sacando el cincuenta y cinco.

-- Pando, conspirais.

-- _¡Los canónigos!_ cantó este sacando el diez.

-- D. Galo, sois el inexorable Destino.

-- _¡La edad de Cristo!_

-- D. Galo, abusais de la presidencia.

-- _¡Los escapularios!_ dijo D. Galo sacando el cuarenta y cuatro.

--¡Lotería! esclamó con júbilo Clemencia, levantando su radiante

semblante, que hasta entónces habia tenido inclinado sobre sus cartones.

Al ver aquella cara tan estraordinariamente linda, el Marques de

Valdemar quedó admirado.

--¿Quién es esa jóven? preguntó á su vecina.

-- Es una huerfanita, sobrina de la Marquesa, que la ha recogido.

-- Es una divinidad, exclamó el Marques.

-- Sí, no es fea; es una infeliz, que ahí te puse, ahí te estés; una

palomita sin hiel, una leguita de convento, repuso su vecina.

La partida se habia vuelto á reorganizar; la cara de Clemencia habia

desaparecido como una celeste vision, y la voz de D. Galo se hizo oir,

diciendo al sacar el número cuarenta:

-- _¡La calavera!_

-- Ya salieron los números disfrazados como números de carnaval, esclamó

Paco Guzman. D. Galo de mis pecados, ¿qué número es al que habeis dado

el seudónimo de calavera?

-- Al cuarenta, hijo mio.

--¿Pues no fuera mejor que lo aplicaseis al veinte?

-- Si así lo reclamais como representante del veinte, Paco, hijo mio, se

atenderá á tan justa reclamacion, contestó D. Galo con la mas chusca y

satisfecha sonrisa. Entretanto, hagamos _la novena_, añadió sacando el

número nueve.

--¿A quién?

-- A _San Vicentico_, respondió D. Galo sacando el veinte y cinco.

--¿Habeis aprendido vuestra numeracion del sabio Confucio, D. Galo?

-- _¡El único!_ repuso este sacando el uno.

--¡El UNICO! repitió Constancia, cubriendo el uno en su carton, y

lanzando toda su alma en una furtiva mirada al desesperado Bruno, que

por dos veces durante su diálogo con el Marques habia hecho un

movimiento para levantarse de su asiento y alejarse, y dos veces se

habia hecho dueño de este primer impulso, quedándose en el potro de

tormento donde bebia gota á gota el cáliz de la amargura.

Es lo referido en este capítulo un bosquejo exacto de la vida social,

tal cual la hemos hecho; esto es, una fusion de juegos y risas frívolas

que se ostentan, y de pasiones y dolores profundos que se ocultan.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 10 / 53 题