llevaban encima. Una de las preocupaciones del doctor Aracil fué la de
curtirse al sol para quedar más desconocido; tenían padre e hija la
cara blanca de los que no andan a la intemperie, y todos los días los
dos se pasaban largos ratos al sol, para ir ennegreciendo.
Entre la comida, el tomar el sol y discutir proyectos de fuga,
tuvieron, al principio, ocupación bastante.
El segundo día, el señor Isidro les dejó por la mañana un periódico.
Lo leyeron, y renovó en ellos las tristezas y las angustias. No habían
cogido todavía a Brull, y se perseguía como cómplice al doctor.
Las noticias más interesantes para Aracil publicadas por los diarios
eran éstas:
«_En casa del doctor Aracil._
»Esta mañana se ha presentado un inspector de policía en casa del
doctor don Enrique Aracil, pues está plenamente demostrado que el
doctor era amigo del anarquista Brull. Se ha llamado repetidas veces en
casa del señor Aracil, y, viendo que nadie contestaba, ha habido que
buscar un cerrajero para que abriese la puerta. En la casa no había
nadie. Interrogada la portera, ha dicho que vió salir al doctor Aracil
a eso de las seis de la tarde del día del atentado. Se le preguntó si
no le pareció extraño el ver la casa cerrada, y dijo que no, porque muy
frecuentemente el doctor Aracil y su hija salían de Madrid sin avisar
a nadie. Mientras el inspector hablaba con la portera, una muchacha,
sirviente en un cuarto del mismo piso en donde vive el señor Aracil,
ha dicho que ayer oyeron en la habitación del doctor el ruido de una
fuente que corría. Preguntó a una de las criadas del señor Aracil:
«¿Están tus señoritos?» Y ella dijo: «No». «Pues he oído el ruido de
la fuente».
»Por el examen de la casa y por la declaración de esta muchacha, hay
motivos para creer que Nilo Brull estuvo en casa del doctor Aracil, y
que después los dos, juntos o separados, han huído.»
«_El cochero que condujo al doctor Aracil._
»Se ha presentado el cochero del coche número 1.329 en el Juzgado de
Palacio. Ha declarado que llevó a un hombre de las señas de Aracil,
elegante, de barba negra, con anteojos, gabán al brazo, desde la calle
de Fuencarral a la del Prado.»
«_La familia de Aracil._
»Don Venancio Arce, ingeniero de minas, llamado por el juez del
distrito de Palacio, ha dicho que su sobrina María Aracil estuvo el día
del atentado en su casa, y que fué a visitar a una hija del ingeniero,
enferma del sarampión. El señor Arce cree que su pariente Aracil
conocía a Brull; pero que se puede tener la seguridad absoluta de que
el doctor no tiene participación en el atentado. Pensar otra cosa le
parece una locura.
»Doña Belén Arrillaga dijo que su sobrina María, hija del doctor
Aracil, estuvo en su casa el día del atentado, desde las tres a las
siete de la tarde, hora en que fué a recogerla su padre.»
«_Sor María, del Hospital General._
»Sor María, de la sala de enfermos que está a cargo del doctor Aracil,
ha declarado que la tarde del atentado vió entrar al doctor con una
mujer. Le hizo la hermana una pregunta a Aracil respecto al tratamiento
de un nefrítico, y luego no le vió más. Un mozo del hospital vió salir
al doctor Aracil, con su hija, a eso de las siete o siete y media de
la noche; habló un momento con ellos, pero el doctor no tenía ganas de
conversación.
»Desde este momento nadie ha visto al doctor Aracil y a su hija.»
«_Señas de los anarquistas._
»Se han dado órdenes telegráficas a las estaciones de todas las líneas
con las señas de Nilo Brull, del doctor Aracil y de su hija. Se duda
que consigan salir de España.»
«_El doctor Aracil._
»El doctor Aracil tiene cuarenta y dos años, es de mediana estatura,
delgado, de barba negra. El doctor es médico del Hospital General, y
goza de justa fama. Su clientela, numerosa, no es mayor, según dicen,
porque él mismo no la cultiva. Es uno de los médicos más ilustres e
inteligentes de Madrid. Su hija María es una linda muchacha de diez y
ocho años, muy conocida en la sociedad madrileña.
»Los amigos del doctor Aracil afirman que es un absurdo suponer que
el doctor tenga complicidad en el atentado Brull. Sin embargo, parece
confirmarse que Aracil se hallaba relacionado con los anarquistas, a
quienes favorecía con su influencia y su dinero.»
«_Una rusa._
»Se dice que una señorita rusa, afiliada al terrorismo, en compañía
de un significado anarquista de Barcelona, que ha desaparecido, y de
Brull, estuvieron en casa del doctor Aracil conferenciando con él. Por
algunas personas se asegura que el doctor Aracil ha sido el inductor de
este atentado, y que Brull ha obrado sólo como un instrumento.»
* * * * *
Cuando Aracil leía estas noticias, en el rincón de la Casa de Campo, se
estremecía de terror.
--La verdad es que esto--pensaba--parece una pesadilla, un sueño de
fiebre.
Al cuarto día, la excitación que reflejaban los periódicos iba en
aumento. Se detuvo a un italiano, tomándolo como anarquista, y estuvo
a punto de ser linchado, pero demostró claramente su inocencia. Ni
el criminal, ni el encubridor parecían. En los periódicos, Aracil
tomaba una personalidad siniestra; se le quería complicar en la bomba
de París y en las de Barcelona, y se suponía que era el jefe de una
asociación terrorista. Desde Londres enviaron a Madrid una información
folletinesca de lo más absurdo posible. Según esta información, en el
Centro Anarquista Internacional de Londres se había celebrado una gran
reunión, en donde se había discutido y aprobado la muerte de los reyes
de España. Brull, que asistió a la reunión, dijo que él, en compañía
de un señor don José, iría a España a dinamitar a los reyes. El relato
tenía el aspecto de una filfa, y el fantástico y anarquista señor don
José parecía salido de la ópera _Carmen_, más que de la realidad.
Para fin de fiesta, el doctor Iturrioz comenzó a contar una de
historias que acabaron de embarullar por completo el asunto. Iturrioz
habló de un millonario extranjero que protegía a su amigo Aracil, y
cuyo automóvil rojo había visto pasar a toda velocidad el mismo día
del atentado, y pintó tales misterios, siempre diciendo que no sabía
nada, que no tenía dato alguno, sino que suponía, pensaba, que puso
en movimiento a toda la policía y la lanzó sobre una serie de pistas
falsas.
--¿Para qué hará eso Iturrioz?--preguntaba Aracil a María.
--Para engañar a la policía, seguramente.
--Eso debe ser. Lo que a mí me preocupa es Brull. ¿Qué hace ese hombre?
Al quinto día, un periódico afirmó que Aracil estaba ya en París, y la
noticia le hizo pensar al doctor.
--¿Qué te parece--le dijo a María--, si escribiera a mi amigo Fournier
para que diga que me han visto allí?
--Muy bien.
Escribió una nota Aracil, firmándola.
--¿Y si alguno del correo la ve?--preguntó María.
--No van a abrir las cartas.
--¡Fíate! Por si acaso, convendría no firmar. ¿No podrías decir algo a
tu amigo que le indicase que eras tú quien le escribías, sin poner tu
nombre?
--Sí; pondré esto: «El antiguo compañero del número siete del hotel
Médicis.»
--Sí, es lo mejor. También estaría bien ponerlo en un idioma que no lo
comprendiesen.
--Fournier sabe el inglés.
--Pues escribiré yo en inglés.
--Sí, es buena idea. Además, le voy a decir que haga unas tarjetas con
mi nombre y las deje en cuatro o cinco sitios.
Tradujo María la carta al inglés, la copió Aracil y escribió ella
el sobre. El señor Isidro echó la carta, con grandes precauciones,
comprando primero el sello, y luego pegándolo él mismo.
XII.
LA DESPEDIDA DE BRULL
Tres días después de enviada la carta, los periódicos trajeron una
noticia sensacional: la muerte de Brull. Una mañana, al amanecer, se
oyeron dos tiros en una casa de la calle de San Mateo. El sereno y
los guardias de servicio llamaron en la casa en donde se habían oído
las detonaciones; despertaron a la portera y reconocieron todos los
cuartos. Ya se iban a marchar, cuando uno de ellos vió que por debajo
de la puerta de una guardilla deshabitada salía un reguero de sangre.
Descerrajada la puerta, los guardias encontraron el cuerpo de Nilo
Brull, que acababa de expirar. El anarquista se había suicidado. Junto
a él, en un cuaderno escrito con lápiz, encontraron los guardias una
carta de despedida del anarquista, que publicaron y comentaron los
periódicos.
Decía así:
_«A los españoles._
»Momentos antes de morir, frío, tranquilo, con el convencimiento de
mi superioridad sobre vosotros, quiero hablaros.
»Durante toda mi vida, la sociedad me ha perseguido, me ha
acorralado como a una fiera. Siendo el mejor, he sido considerado
como el peor; siendo el primero, se me ha considerado como el
último.
»Daría los motivos de mi Gran Obra de Altruísmo, si los españoles
pudieran comprenderme; pero tengo la seguridad de que no me
comprenderán, de que no pueden comprenderme. Los esclavos no se
explican al rebelde, y vosotros sois esclavos, esclavos todos,
hasta los que se creen emancipados. Unos del rey, otros de la
moral, otros de Dios, otros del uniforme, otros de la ciencia,
otros de Kant o de Velázquez.
»Todo es esclavitud y miseria.
»Yo sólo soy rebelde, soy el Rebelde por excelencia. Mi rebeldía no
procede de esas concepciones necias y vulgares de los Reclus y de
los Kropotkine.
»Yo voy más lejos, más lejos que las ideas.
»Yo estoy por encima de la justicia. Mi plan no es mas que éste:
empujar el mundo hacia el caos.
»He realizado mi Gran Obra solo. Quizá no lo crean los imbéciles
que suponen que los atentados anarquistas se realizan por complot.
»Sí; he estado solo; solo frente al destino.
»Si hubiese tenido necesidad de un cómplice, no hubiera llegado
al fin. En España no hay un hombre con bastante corazón para
secundarme a mí. No hay dos como yo. Yo soy un león metido en un
corral de gallinas.
»Hubiese escrito con gusto un estudio acerca de la psicología del
anarquista de acción, para dedicárselo a la Sociedad de Psicología
de París, pasándome en observaciones mías interesantísimas, pero no
hay tiempo.
»Durante estos últimos meses tenía la idea vaga de llevar a cabo mi
Gran Obra. Cuando me convencí de la necesidad de ejecutarla, mis
vacilaciones desaparecieron y viví tranquilo, estudiando el momento
y la manera de conducirla al fin.
»Viví tranquilo, y la vida que me escamotearon los demás la viví
enérgicamente en el tiempo en que preparaba mi obra.
»¿Se puede comparar la intensidad extraordinaria de mi vida con la
existencia ridícula de los sibaritas de la antigua Roma o con la no
menos ridícula de los cortesanos de Versalles?
»Sólo en cualquier noche antes del atentado, cuando tiraba desde
el balcón una naranja, para ver dónde caía en la calle, y poder
precisar el modo de echar la bomba, tenía yo más emociones que
todos ellos.
»Sí. Me he resarcido en grande.
»En el último momento, al tomar la bomba entre las manos, y al
inyectarle la nitrobencina, temblaba: «Tiembla, grande hombre, me
dije a mí mismo; tienes derecho a eso y a más.»
»¡Y cuando la lancé, rodeándola con flores! Al estallar, creí que
se me desgarraban las entrañas.
»Algo semejante debe sentir la mujer al parir. Yo acababa también
de dejar en el mundo algo vivo.
»Antes de mí, en España no había nada. ¡Nada! Después de mi Gran
Acto vivía ya un ideal: la Anarquía. Yo lo acababa de echar al
mundo en aquel momento terrible.
»Si hubiese posibilidad de comparación entre el autor de un
hecho individual obscuro y sin trascendencia y el autor de un
acontecimiento que habrá conmovido el mundo, diría que mi estado
de automatismo cerebral, desde que pensé mi Obra hasta que la
realicé, era idéntico al de Raskolnikof, en _Crimen y Castigo_, de
Dostoievski.
»Creo que pocos hombres hubieran tenido mi serenidad. En el momento
terrible, cuando estaba en el balcón con la bomba en la mano, vi en
la calle unas cuantas muchachas que reían. Sin embargo, no vacilé.
Implacable como el Destino, las condené de antemano a la muerte.
Era necesario.
»He realizado mi Gran Obra y la he realizado solo y con éxito.
»Creo que mi atentado es el más grande de cuantos se han cometido.
Todos los españoles, si no fueran cretinos, debieran agradecerme,
todos, el rey, porque he dignificado su cargo; la burguesía, porque
ante el peligro parece menos egoísta y vil; el pueblo, porque ha
aprendido de mí la forma más eficaz y más enérgica de la protesta.
»He tenido un instante de debilidad, es cierto, al acogerme en casa
del doctor Aracil. No me arrepiento. Este instante pasajero de
flaqueza me ha permitido tener, en el último momento, la conciencia
de mi vida y de la magnitud de mi obra.
»Me voy a hundir en la nada incrustándome una bala en el corazón.
Deshacer mi cerebro, disparar contra él, me parecería un
sacrilegio. Además, no lo podrían estudiar los médicos, y como este
cerebro no encontrarán muchos.
«Adiós.
NILO BRULL.»
Aracil, al leer esta carta, quedó pensativo.
La parte teatral, enfática, el bello gesto de mediterráneo que había
dejado Brull, le producía cierta envidia.
--La verdad es que era todo un hombre--murmuró.
Luego, volviendo sobre su sentimiento, pensó en la fuerza de ilusión
que tiene el hombre para convertir las acideces de su estómago y las
irritaciones del hígado en motivos idealistas y metafísicos...
Se pudo seguir el camino llevado por el anarquista, saltando tejados
desde el cuarto de la casa del doctor Aracil, hasta allí.
Ya resuelto el desenlace del actor principal del drama, aunque no a
satisfacción de la justicia ni del público, los periódicos comenzaron
a zaherir y a burlarse de la policía y del Gobierno porque no lograba
coger a Aracil.
Algunos aseguraban que el doctor había salido de España en automóvil,
en el célebre automóvil rojo del millonario, visto por Iturrioz; otros,
que en el tren, disfrazado; pero la mayoría opinaba que el doctor y su
hija se hallaban escondidos en Madrid.
En esto, a los cinco días de enviar Aracil la carta a su amigo de
París, trajeron los periódicos la siguiente noticia con letras grandes:
«El doctor Aracil en París», y a continuación una serie de telegramas.
El doctor había estado en la redacción de _El Intransigente_ a saludar
a Rochefort, y en su conversación con uno de los redactores de dicho
periódico había dicho que Nilo Brull, sin duda se dirigió a su casa a
pedirle protección por ser su amigo. El doctor no podía desampararle
ni protegerle, y había optado por abandonarle la casa. Aracil había
pasado la frontera en el automóvil de un amigo y se disponía a marchar
a América, pero no tenía inconveniente en volver a España, cuando
se calmara la efervescencia del momento, para probar su absoluta
inocencia. Aracil había estado en casa de los corresponsales de los
periódicos madrileños en París, dejando su tarjeta.
La campaña estuvo lo bastante bien hecha para que nadie dudara. Se
intentó averiguar quién había salvado al doctor, pero no se puso nada
en claro.
Se discutió la cuestión de la extradición de Aracil, y a los cuatro o
cinco días los periódicos comenzaron a dar este asunto por terminado.
_La Epoca_ dijo: «Los anarquistas pueden estar satisfechos; han dado la
batalla sin pérdidas por su parte».
XIII.
LA PARTIDA
A las dos semanas de encierro, Aracil se sentía aplanado por la soledad
y el silencio.
--Creo que debíamos marcharnos ya--dijo Aracil a su hija, después de
pensarlo varios días--. Isidro no puede vivir en paz teniéndonos a
nosotros aquí.
--¿Por qué?
--Porque ya es molestar demasiado.
--No; es algo más que molestar. Pero a Isidro no le importa. Por él
podemos estar aquí un año si queremos.
Y era verdad. El guarda tenía una abnegación extraordinaria. El
devolver el beneficio al doctor Aracil, que le había curado su hija, le
producía tal júbilo, que rebosaba de contento.
A pesar de esto, Aracil quería marcharse; se sentía abatido, achicado
de encontrarse solo, y necesitaba verse entre gente, en un sitio donde
poder hablar y lucirse.
María era partidaria de pasar allí todavía un par de meses y luego
marcharse en el tren, sin tomar precaución alguna; pero Aracil confesó
que no podía más, que estar metido en aquel rincón le era insoportable.
--Bueno, pues nos iremos--dijo María.
Decidieron la marcha. Lo más prudente era que Aracil fuese solo,
aprovechando trenes de ferias, y que esperase a María en la frontera;
pero el doctor aseguró que temía la soledad, pues era capaz de hacer
cualquier tontería. Yendo juntos era una locura tomar el tren, estando
todavía tan reciente el atentado y las órdenes dadas a la policía.
Lo mejor era ir a caballo. De acuerdo padre e hija en este punto,
discutieron por dónde intentarían salir de España. Aracil creía lo más
sencillo encaminarse directamente a Francia. María encontraba mejor
marchar a Portugal.
--En primer término, el viaje es más corto--dijo ella--; luego, la que
hay que cruzar es tierra más despoblada y seguramente camino menos
vigilado.
María había oído hablar de este viaje varias veces a su primo Venancio.
Consultaron con Isidro, y éste fué partidario de la marcha por Portugal.
--Nada; pues vamos por Portugal--dijo el doctor.
Se comenzaron a hacer los preparativos; Isidro compró dos caballejos
baratos y los dejó en una cuadra de un amigo suyo de las Ventas de
Alcorcón. Trajo ropas de campesino usadas; para Aracil una especie de
marsellés, faja y pantalones de pana, y un refajo y una chaqueta para
María.
María cosió unos cuantos billetes de Banco, el capital con que
contaban, en el forro de la americana de su padre después de haberlos
envuelto en un trozo de hule, y se quedaron con unos duros y unas
pesetas sueltas para el camino.
El señor Isidro enseñó a Aracil, en un borrico que tenía, la manera
de echarle las albardillas y ponerle la cincha y el ataharre. Luego
compró el guarda una manta y una alforja, en donde metió unas cuantas
libras de chocolate, un queso, una bota y pan, por si algunos días no
encontraban comida en el camino. María le mandó comprar una tetera, un
bote de té y una maquinilla de alcohol.
El señor Isidro se agenció un plano de España, y, por último, le dió al
doctor su cédula y sus papeles.
--Usted se llama como yo, Isidro García; es usted guarda de la Casa de
Campo y va usted con su hija a San Martín de Valdeiglesias. Desde San
Martín dicen ustedes que han ido hasta allá en tren, y que van a la
Vera de Plasencia.
Hicieron una lista de los pueblos por los que tenían que cruzar, y ya
decididos, fijo el día de salida y dispuesto todo, a media noche se
presentó el señor Isidro, les hizo salir de su encierro, y los tres,
cargados con una porción de cosas, y por entre las matas, cruzaron
gran parte de la Casa de Campo hasta un lugar frontero a la aldea de
Aravaca.
Al llegar a este punto, Isidro cogió una escalera de mano y la apoyó en
la tapia. Subió, miró a derecha e izquierda, y dijo:
--¡Hala! Vengan ustedes.
Subieron María y Aracil. La tapia, por el otro lado, apenas levantaba
un metro del suelo; así que de un brinco quedaron fuera.
--Ahora sigan ustedes bordeando esta tapia--dijo el señor Isidro--; yo
voy a adelantarme para traerles a ustedes los caballos.
El guarda desapareció en un instante; Aracil y María continuaron solos.
La noche estaba negra; en el suelo, mojado por la lluvia, se hundían
los pies. No se cruzaron con nadie. Clareaba ya el alba cuando llegaron
a las Ventas de Alcorcón.
En la carretera les esperaba el guarda, teniendo de la brida a los dos
caballos.
--¡Ea, vamos allá!--dijo el señor Isidro. La yegua de usted, don
Enrique, se llama _Montesina_, y el jaco de la señorita, _Galán_.
Hábleles usted, porque estos animales obedecen muchas veces mejor a la
palabra que al palo.
Prometió hacerlo así Aracil. El guarda ayudó a montar a padre e
hija, dió una varita a cada uno de ellos, les estrechó la mano
afectuosamente, y les dijo:
--¡Vaya, filando! Adiós, y buena suerte.
XIV.
SE ALEJAN DE MADRID
El doctor y María comenzaron a marchar por la carretera hacia el
Campamento de Carabanchel. Iba haciéndose de día. Madrid se destacaba
sobre un fondo rojo de llamas; salía el sol por encima de la ciudad, y
a poniente el cielo azul obscuro se velaba con nieblas blancas.
Se cruzaron Aracil y María con gran número de traperos, en sus carros,
y lecheros que trotaban en pequeños caballejos peludos camino de Madrid.
No habían hecho mas que pasar del campamento, cuando la yegua de
Aracil, comprendiendo, sin duda, la falta de condiciones ecuestres del
jinete, se paró, sin querer andar más.
--¡Vamos, _Montesina_! ¡Vamos!--le dijo el doctor varias veces:
Todos los razonamientos suaves y persuasivos fueron inútiles. Era la
yegua endiablada y terca, y parecía clavada en tierra; el doctor bajó
del caballo, para hacerle andar tirándole del ronzal, pero no consiguió
nada. Así estuvieron cerca de una hora, cuando un chiquillo que venía
caballero en un rocín, encaramado entre cántaros de leche, se paró y
dijo:
--¿Qué, no quiere andar?
--No.
El chico bajó de su caballo y le dijo al doctor:
--Suba usted, ya verá usted cómo anda.
Aracil subió; el muchacho cogió la vara con las dos manos y le arrimó
un estacazo a la yegua, que le hizo tomar por aquella carretera un
trote cochinero. Aracil se agarró a la albardilla, y estuvo a punto de
caerse, pero consiguió guardar el equilibrio.
El pobre animal, con el recuerdo del garrotazo, ya no volvió a pararse.
Llegaron al mediodía a Alcorcón, y, como no querían preguntar nada a la
gente, por no infundir sospechas, tomaron, por inspiración de Aracil,
el camino de Móstoles, en vez del de Villaviciosa.
Ya llegaban al pueblo del célebre alcalde que declaró la guerra a
Napoleón, cuando encontraron un mendigo desharrapado, de barba negra y
mirada huraña.
--¿Es este pueblo Villaviciosa, buen hombre?--preguntó Aracil.
--No. Éste es Móstoles. Para coger el camino de Villaviciosa tienen
ustedes que volver a Alcorcón y tomar la carretera de la izquierda, que
parte de enfrente de unos alfares.
Volvieron grupas hasta encontrar el camino, y por la tarde pasaron por
delante de Villaviciosa. Comieron pan y chocolate, y, como estaban
molidos y cansados por la falta de sueño de la noche anterior y por
la falta de costumbre de montar, subieron, con los caballos de las
riendas, a un bosquecillo de robles e hicieron allí alto. Aracil ató
las caballerías a un árbol y después fué a buscar agua con una botella
a un riachuelo que corría en el fondo de un barranco. Mientrastanto,
María encendió una hermosa hoguera con ramas secas; y, cuando vino su
padre, los dos se tendieron cerca del fuego, envueltos en la manta. Por
la mañana se despertaron, ateridos de frío; María revolvió las cenizas
de la hoguera y encendió un poco de lumbre. Calentó agua e hizo té, y
estaban tomándolo cuando vieron, con gran susto, saliendo de entre la
espesura, un hombre embozado en un tapabocas, con una escopeta en la
mano.
--¿Qué hay?--le preguntó Aracil temblando.
--¿Qué hacen ustedes aquí?
--Vamos a San Martín, y hemos descansado un rato.
--¿Son ustedes de Madrid?
--Sí. Yo soy guarda de la Casa de Campo.
--¡Ah! ¡Demonio! Tiene usted buen carguito.
--¡Psch!
--¡Ya lo creo!
--Y ¿por qué venía usted con tantas precauciones?--preguntó el doctor.
--Es que cuando he visto fuego, he pensado si serían ustedes húngaros.
Y cuando veo esa gente voy preparado. Por si acaso. Porque a mí no me
engaña ningún chato.
--Pues de chatos no tenemos nada, compadre--dijo Aracil, más tranquilo.
--Ya lo veo. Qué, ¿me quiere usted comprar una liebre,
compañero?--preguntó el guarda.
--Según como sea.
--Ahí la tengo, en una casa de aquí cerca.
El guarda de Villaviciosa bajó los dos caballos a la carretera,
luego ayudó a montar a María, y, hablándola de tú, le dedicó algunas
galanterías montaraces.
Anduvieron un cuarto de hora los tres juntos hasta llegar a una
casucha, en donde el guarda entró, y salió luego con una liebre en la
mano.
--¿Cuánto es?--dijo Aracil.
--Dos pesetas.
--Es cara.
--¡Como ustedes la tienen de balde! En fin, se la daré a usted por seis
reales.
Pagó Aracil.
--¿Pasarán ustedes pronto por aquí?--preguntó el guarda.
--Dentro de tres o cuatro días.
--Pues, adiós. ¡Adiós, chica!
--¡Adiós, tú!--dijo, con desenfado, María. Luego le preguntó a su
padre--: ¿Por qué le has dicho que la liebre es cara, si es baratísima?
--Para que no sospeche que uno no es aldeano--contestó Aracil
irónicamente--. Cuanto más roñoso, más carácter tiene uno de campesino.
--Sí, es verdad.
Pasaron varios automóviles por la carretera, levantando nubes de polvo
y dejando una peste de petróleo.
--Esta es la riqueza española--murmuró el doctor--; no sirve mas que
para ensuciarnos y dejar mal olor en el camino.