catalán apellidado Brull, llegado hace tres días a una fonda de la
calle Mayor. El anarquista ha tenido tiempo de huír, valiéndose de
la confusión general. Al entrar en el cuarto desde donde lanzó la
bomba, se ha encontrado sobre un lavabo una jeringuilla y un frasco
a medio llenar de nitrobencina. La maleta del criminal contenía
solamente un gabán de verano, dos botellas grandes, vacías, una cajita
con bicarbonato de sosa y dos libros, el uno en francés, titulado
_Pensamiento y Realidad_, de A. Spir, y el otro, la «Memoria» del
doctor Aracil, _El anarquismo como sistema de crítica social_, dedicada
a Brull por su mismo autor.»
--¡Oh!--murmuró Aracil, con desaliento--. Me ha matado--y dejó caer la
navaja sobre la silla.
--No--exclamó María--. Lo que hay que hacer ahora es no perder tiempo.
Sabemos que nos buscan o que nos van a buscar. Hay que darse prisa.
Acaba de afeitarte, y marchemos.
--Vámonos, sí--dijo él--. Tú debías dejar el sombrero aquí, para no
llamar la atención.
María se quitó el sombrero, lo deshizo con las tijeras en varios
pedazos, y los envolvió en un periódico.
Tenía miedo el doctor de que advirtieran, al salir, su cambio de
aspecto, y su hija le recomendó que, al bajar las escaleras, aunque no
hacía frío, se levantara el cuello del gabán y se tapara la boca con el
pañuelo. La luz era demasiado escasa para que se notara su cambio de
fisonomía.
--Adiós, don Enrique--le saludó un mozo, al pasar por el corredor.
--Adiós; buenas tardes.
--¿Ha visto usted eso?
--Sí; es terrible.
--¿Qué tiene usted?
--Que me he puesto un poco malo. ¡Adiós!
--Buenas, don Enrique. Y aliviarse.
Salieron del hospital, y padre e hija fueron por el Prado.
--Quítate los anteojos--dijo María.
Aracil se los quitó y los guardó en el bolsillo.
--Estás completamente desconocido.
--¿De veras?
--Por completo.
El ilustre doctor, afeitado y rapado, tenía todo el tipo de un hortera.
Se sentaron los dos en un banco del Prado y discutieron. ¿Qué iba
a hacer? Meterse en el tren era peligroso. María pensó en el primo
Venancio; pero desechó inmediatamente esta idea. Le comprometerían sin
resultado. Había que hacer algo, pronto, en seguida. Pero, ¿qué? No
querían moverse de allí sin tener algún plan. Pasaron revista a todos
los amigos que podían esconder a Aracil.
Ninguno había que, de prestarse a ocultarle, no infundiese sospechas.
De pronto, María exclamó:
--¿Y el guarda de la Casa de Campo a quien curaste la niña?
--¿Isidro?
--Sí.
--Es verdad. Eso sería lo mejor. Allí estaríamos seguros. Es una idea,
una idea magnífica. ¡Nadie puede sospechar de él! Pero, ¿cómo entrar en
la Casa de Campo?
--Podemos ir mañana.
--Pero ¿mientrastanto...? ¿Esta noche?
--Podríamos ir... ¿Adónde podríamos ir, Dios mío?
--No sé; no sé.
--¿Adonde van los hombres con las mujeres alegres?
--A Fornos..., a la Bombilla.
--Pues vamos a la Bombilla.
--¿A la Bombilla?
--Sí; precisamente está cerca de la Casa de Campo, y por la mañana
podemos ir a ver al guarda.
La idea era buena, tan buena que al doctor le pareció inmejorable. Dejó
María el paquete, con los trozos de su sombrero, debajo del banco.
Salieron del Prado a la calle de Alcalá. Resplandecían los focos de luz
eléctrica en el aire limpio de la noche; por la ancha calle en cuesta
brillaban, como estrellas fugaces, los discos de color de los tranvías
y los faroles de los coches. Iban marchando entre la multitud, cuando
Aracil reconoció delante de él a uno de sus amigos de la tertulia del
Suizo.
--Aracil debe estar en la cárcel--decía.
--¿Cree usted?--preguntó otro.
--Sí, hombre.
--Pero, ¿conocía a ese Brull?
--¡No le había de conocer! ¡Si era amigo suyo!
Al primer movimiento de asombro, siguió en Aracil un terror espantoso.
--Tranquilízate--dijo María--; no te conocen.
Pero Aracil seguía temblando. Su hija le contempló con asombro. Le
chocaba que su padre fuera tan cobarde. Le había dado siempre la
impresión de hombre enérgico y decidido, y lo había sido, sin duda,
alguna vez, pero en su centro, entre los suyos; solo, separado de sus
amigos y jaleadores, era pusilánime como un niño enfermizo.
Llegaron a la Puerta del Sol; la plaza rebosaba gente; no se podía dar
un paso; reinaba un gran silencio y un pánico sordo. Cualquier ruido
producía una alarma, y la multitud, inmediatamente, se disponía a huír.
Tomaron padre e hija por la calle del Arenal y luego por la de Arrieta.
En el solar de la antigua Biblioteca se bailaba; una banda tocaba
en un tablado, adornado con guirnaldas de papel; los bailarines se
contoneaban a los acordes de un pasodoble, pero no había animación
ni alegría. En los portales, en los corros, la gente hablaba del
atentado; por encima del pueblo entero parecía pesar la tragedia del
día, llevando a la masa el estupor y la desolación. La gente sentía la
desarmonía de aquel zarpazo brutal del anarquismo con la placidez del
ambiente. ¡En Madrid! En este pueblo tranquilo, correcto, insensible
a la exaltación colectiva; en este pueblo de los señoritos discretos
e ingeniosos, de las muchachitas inteligentes y escépticas, de los
hambrientos resignados, ¡una bomba! Era absurdo, incomprensible,
inexplicable. Se daban explicaciones fantásticas para aclarar esta
discordancia: quizá los carlistas, quizá los jesuítas... ¿A quién podía
convenir aquello? Y no se aceptaba la explicación más sencilla, el caso
del hombre solo, enfermo, teatral en su desesperación, a quien antes
que la bomba, le había estallado el cerebro dentro del cráneo...
Se sentaron Aracil y María en un banco de la plaza de Oriente, donde no
daba la luz de los faroles. Al lado, dos viejas vestidas de negro, una
de ellas con un niño, charlaban.
--Ya no hay religión--decía una--; crea usted, señora, que el mundo
está muy perdido; ¿ha visto usted?, ahí cerca, en esa calle, están
bailando.
--Deje usted que se diviertan.
--Sí, pero en un día como el de hoy, que ha habido tantas víctimas...
¡Crea usted que cuando lo pienso...! Yo, si supiera quiénes son, los
haría pedazos.
--Pues mire usted, señora; yo creo que han hecho muy mal, y que los que
han puesto esa bomba son muy infames; pero eso también de pasear toda
la corte y la aristocracia llena de alhajas en medio de la gente pobre,
con la miseria que hay en Madrid... ¡Vamos, eso también...! Porque
usted no sabe, señora, la pobreza que hay aquí.
--¡Dígamelo usted a mí, que vivo en barrios bajos!
Aracil, impaciente, se levantó.
--¿Quieres que tomemos un coche?--preguntó a María.
--No, no.
--Y si vamos solos por el camino de la Bombilla ¿no infundiremos
sospechas?
--Lo mejor será tomar el tranvía.
IX.
EN LA BOMBILLA
Bajaron a la plaza de San Marcial. Voceaban los vendedores los
periódicos de la noche. Compró María _La Correspondencia_ y el
_Heraldo_, y montaron Aracil y su hija en un tranvía lleno que iba a la
Bombilla.
--Así, con tanta gente--pensó el doctor--, no se fijarán en nosotros.
En el trayecto, un señor siniestro, de bigote negro y algo bizco, se
dedicó a lanzar miradas asesinas a María, y, por último, le preguntó,
en voz baja, si podía hablarla. Ella volvió la cabeza y no hizo caso.
Bajaron en la estación del tranvía. El señor bizco, al ver a María
cogida estrechamente del brazo de Aracil, desapareció.
Siguieron un poco más adelante padre e hija, y llegaron a la parte
ancha del camino, que tenía a un lado y a otro unos merenderos
iluminados fuertemente por luces de arco voltaico.
Entraron en uno de éstos; pasaron a un vestíbulo grande, con un
mostrador y varias mesas. Enfrente de la puerta de entrada se abría
un patio con árboles, donde tocaba un organillo; de ambos lados del
vestíbulo partían dos escaleras.
--Yo quisiera un cuarto--dijo Aracil a un mozo viejo que les salió al
encuentro.
Subieron por una de las escaleras, y el mozo les llevó a un balcón
galería, dividido por persianas, que daba al patio con árboles, en
donde bailaban, al son del organillo, unas cuantas parejas.
En otro cuarto de la galería, separado del departamento donde entraron
el doctor y su hija por una persiana verde, había un hombre grueso,
rojo, de sombrero cordobés, en compañía de una mujerona brutal.
--¡Vaya canela!--dijo el hombre gordo a María, con voz ronca, echándose
el sombrero hacia la nuca--, y ¡olé las mujeres en el mundo!
María se volvió a mirar a este hombre con severidad, y él la dijo:
--¡No me mire usted así, niña, que me vuelve usted loco! ¡No sabe usted
lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio!
A María le dió ganas de reír la ocurrencia. Aracil, iracundo, salió
rápidamente al pasillo y le dijo al mozo:
--Hombre, a ver si hay otro cuarto más aislado, porque se están
metiendo con nosotros.
--Usted querrá--dijo el mozo, desgranando socarronamente las
palabras--un cuarto de los escondidos, de los recónditos, vamos.
--Sí, señor.
--Bueno, bueno. Vengan ustedes conmigo--y el mozo guiñó los ojos con
malicia; les guió luego por un largo pasillo, con puertas pintadas de
gris a los lados, y abrió un cuarto y encendió la luz eléctrica. Se
sentía allí un olor de vino y de coñac tan fuerte, que María creyó
marearse.
--¿Van ustedes a cenar?--preguntó el mozo.
--Sí.
Mientras hacía Aracil la lista de los platos, entró una florista con
una cesta de claveles rojos, y ofreció sus flores a María.
--¿Quiere usted?
--Bueno.
María tomó dos claveles grandes y rojos, y como había visto a todas las
pendonas que danzaban por allí con flores en la cabeza, se las puso
ella también, para parecer una de tantas. Luego se asomó a la ventana;
Aracil hizo lo mismo, y pasó la mano por la cintura de su hija. Estaban
así, como protegidos el uno con el otro, cuando el mozo llamó:
--¡Eh, señorito, que está la cena!
María se volvió, y la expresión del camarero le hizo ruborizarse.
¡Qué opinión tendría de ella aquel hombre! Pero, en fin, esto era
precisamente lo que se deseaba, que los tomaran por enamorados. Se
sentaron a la mesa; ninguno de los dos sentía el menor apetito, y
como Aracil pensaba que cualquier cosa podría servir de indicio para
descubrirles, fué cogiendo la comida y tirándola por la ventana. No
hicieron mas que beber agua y tomar café con coñac. Cuando terminó la
cena el camarero se retiró, y María cerró la puerta. Ya solos, Aracil
comenzó a leer un periódico; pero se excitaba de tal manera, que se
ponía a temblar, y le castañeteaban los dientes.
--¿Para qué lees?--le dijo María--; hay que tener serenidad. Vamos a
ver el baile.
Se oía algazara de palmas y de gritos, que llegaba del patio. Se
asomaron a la ventana. Enfrente, en un cuarto galería, a la vista del
público, una mujer y un hombre bailaron un zapateado al son de la
guitarra. Debían de ser profesionales, a juzgar por la perfección con
que se zarandeaban.
--¡Olé! ¡Venga de ahí!--gritaban unos cuantos sietemesinos, golfos y
galafates, que formaban la reunión.
Un bárbaro, con una voz monótona de borracho, empezó a cantar, de un
modo estúpido, una canción de cementerios y de agonías, cuando otro,
imperiosamente, le dijo:
--¡Calla, imbécil!
Después, a ruego de la gente, el que tocaba la guitarra, un hombre
pequeño, ya viejo, se dispuso a cantar; los señoritos y chulapones
formaron un corro, y el cantador comenzó, con una voz muy baja, de
recitado, y como si tuviera prisa, el tango del _Espartero_:
La muerte del _Espartero_,
en Sevilla causó espanto;
desde Madrid lo trajeron,
desde Madrid lo trajeron
hasta el mismo camposanto.
Luego, la voz del cantador subió en el aire, como una flecha, hasta
llegar a un tono agudísimo, y en este tono cantó el entierro del
torero, las coronas que llevaba, las dedicatorias de los compañeros, la
tristeza del pueblo, y, al terminar esta parte, la guitarra animó el
final con unos cuantos acordes, como para no dejarse entristecer por la
muerte del héroe.
Después, el cantador terminó el tango en tono de salmodia, con estas
palabras:
Murió por su valentía
aquel valiente torero,
llamado Manuel García
y apodado el _Espartero_.
En el circo madrileño
toreó con mala suerte;
la afición, que no dormía,
le llorará eternamente.
Y el cantador dió fin con un rasguear furioso de la guitarra, y la
gente del cuarto y la del patio aplaudió con entusiasmo. Pidieron que
repitiese la misma canción, y volvió el hombre a cantarla de nuevo.
Aracil y María escuchaban absortos. En medio de la noche, aquel canto
de fiereza, de abatimiento, de brutalidad y de dolor, producía una
impresión honda y angustiosa.
--¡Qué país más terrible el nuestro!--murmuró Aracil, pensativo.
--Sí, es verdad--dijo María.
--Esa canción, ese baile, las voces, la música, todo chorrea violencia
y sangre... Y eso es España, y eso es nuestra grandeza--añadió el
doctor.
Padre e hija tuvieron que dominarse con un esfuerzo sobre sí mismos,
para volver a sus preocupaciones. Discutieron la hora de encaminarse a
la Casa de Campo.
--Cuando esto acabe y ya no haya por aquí gente, creo que será lo
mejor--dijo María.
--Y ¿por dónde iremos?
--Por ahí; por ese puente que se llama de los Franceses.
--Pero yo creo que hay una estacada.
--La saltaremos.
--¡Qué valiente eres, María! Yo envidio tu serenidad; yo soy un
cobarde, un harapo.
--¡Ca! Déjate de eso. Cree, por lo menos durante unas horas, que eres
el mismo Cid.
Estuvieron sentados en el diván, mirando el suelo, sin decir nada; de
cuando en cuando María preguntaba: «¿Qué hora es?» Aracil sacaba el
reloj. No parecía sino que se habían paralizado las agujas; tan lentas
pasaban las horas para ellos.
Al dar las doce, el doctor suspiró:
--Todavía tenemos dos o tres horas para estar aquí. ¡Qué horror!
--Si quieres, vamos.
--¿Te parece bien?
--¿Por qué no? Anda. En marcha.
--Bueno. Vamos.
--El doctor llamó al mozo, le pagó y le dió una buena propina; tomó
otra copa de coñac, y padre e hija salieron del merendero, y, dando
la vuelta a la casa, entraron en la parte de la Florida, obscura y
desierta. A María le resonaban sin cesar en los oídos las notas del
tango que acababa de oír.
X.
BUSCANDO EL CAMINO
Hacía una magnífica noche; el cielo, estrellado, resplandecía entre el
follaje. Avanzaron los dos fugitivos a prisa, recatadamente; cruzaron
un camino hondo y llegaron a la valla que limitaba la vía del tren.
--Por aquí debe haber un paso--dijo Aracil.
--Pero en la caseta habrá un guarda. No vayamos por ahí.
Siguieron a lo largo de la estacada, que era más alta que un hombre,
buscando el sitio mejor para saltarla. Cerca del Puente de los
Franceses, la vía estaba a mayor nivel que el terreno de ambos lados,
de tal modo, que la altura de la estacada era grande por fuera, pero,
en cambio, era pequeña por dentro. La caída, al saltar el obstáculo, no
podía ser peligrosa.
Encontraron un punto en donde se levantaba un árbol al borde de la vía,
embutido entre las estacas de la empalizada.
--Este es el mejor sitio--dijo María--. Vamos. Mira a ver si anda
alguno por ahí.
--No, no hay nadie.
Aracil cruzó las dos manos fuertemente, para que sirvieran de estribo;
María puso en ellas el pie izquierdo y se agarró al árbol. Al primer
intento no pudo encaramarse; las faldas le estorbaron; pero luego, con
decisión, apoyó el pie derecho sobre las estacas y saltó al otro lado,
sin lastimarse ni desollarse las manos.
--¿Te has hecho daño?
--No. Nada. Anda tú ahora.
Aracil intentó subir a la valla, pero no pudo; se martirizaba las
manos, y, convulso y jadeante, forcejeaba, hasta que, aniquilado por el
esfuerzo, se sentó en el suelo, sollozando.
--Descansa, descansa un rato--dijo María--, y luego vuelves a intentar.
--¿Y si viene alguno?
--No, no vendrá nadie.
Estuvieron sentados en el suelo, a los lados de la valla. De pronto se
oyó el trepidar lejano de un tren, que se fué acercando con rapidez.
--Ocúltate--dijo Aracil.
--¿En dónde?
--Junto al árbol.
Se ocultó María; Aracil se tendió en el suelo, y el tren avanzó
despacio, con un estrépito de hierro formidable. Aparecieron las luces
de la locomotora, y comenzaron a pasar vagones. De pronto, la máquina
lanzó un silbido estridente y echó una bocanada de humo negro, llena de
chispas, que saturó el aire de olor a carbón de piedra.
--Vamos a ver ahora--dijo María, cuando se perdió de vista el tren.
--Parece mentira que sea uno tan botarate--murmuró Aracil.
--Mira. Espera un momento--y María, sentándose en el suelo y tirando
con violencia, arrancó el volante de su vestido.
--¿Qué haces?
María no respondió; hizo un nudo con las dos puntas del volante y lo
colocó en una estaca, como un estribo. Resultó demasiado bajo, y Aracil
tuvo que hacer otro nudo. Luego apoyó el pie y vió que se sostenía; se
agarró al tronco del árbol, y, con alguna dificultad, logró saltar, no
sin desollarse las manos y lastimado un pie. Al asalto, el gabán del
doctor cayó fuera de la vía.
--Vamos--dijo Aracil.
--No; hay que coger el gabán. Si lo dejamos en el suelo, pueden
averiguar por dónde nos hemos escapado.
Con ayuda del bastón recobraron el abrigo, guardaron el volante roto
y echaron a andar por la vía. Comenzaron a cruzar despacio el Puente
de los Franceses, pasando por encima del camino de la Florida y de
la carretera del Pardo. Abajo, en un merendero, se zarandeaban unas
parejas al son de un organillo. Atravesaron el río, pasaron por delante
de la casilla, iluminada, de un guardagujas y entraron en la Casa de
Campo. Nadie les salió al encuentro. Avanzaron por la posesión real
rápidamente, subieron el talud de la trinchera por donde iba la vía,
cruzaron la estacada, en la cual faltaban varias estacas, que dejaban
hueco de fácil paso, y salieron a terreno de árboles y matas.
Marchaban los dos entre la maleza, desgarrándose las ropas, sin querer
tomar el camino. Aracil iba callado; María tarareaba, sin querer, el
tango que acababa de oír. No podía olvidar esta canción; la obsesionaba
y perseguía de una manera fastidiosa y molesta.
Perdían mucho tiempo marchando por entre los árboles. Además, era
imposible orientarse. No tuvieron más remedio que salir al camino, y,
después de andar mucho, Aracil, manifestando un profundo desaliento,
dijo:
--La casa de Isidro no está por este lado de la vía, sino por el otro.
Tendremos que bajar y volver a subir, y yo estoy rendido.
--No, no es necesario; hay un puente allá.
Efectivamente, había uno por encima de la vía. Lo atravesaron
rápidamente, y, poco después, vieron a una pareja de guardias civiles.
Se ocultaron María y Aracil entre los árboles; cuando los guardias se
perdieron de vista, siguieron andando, pero sin atreverse a marchar por
el camino.
Ya comenzaba a clarear; las estrellas palidecían, las ramas de los
árboles iban destacándose más fuertes en el cielo, todavía obscuro.
Aracil se ponía los anteojos, miraba a un lado y a otro y se orientaba.
Se acercaron a la tapia de la posesión real, y el doctor reconoció
la casa de Isidro el guarda: una casa pequeña, que tenía un gran
emparrado. La puerta aun no se había abierto.
--¿Qué hacemos?--preguntó Aracil--. ¿Llamaremos?
--No; habrá que esperar a que abran.
--Sí; será lo mejor. Vamos a ocultarnos por aquí.
Se tendieron en la hierba húmeda de rocío, entre los árboles y frente
a la casa del guarda, y, una vez uno y otra vez otro, aguardaron a que
se abriera la puerta. Estuvieron así más de media hora; el cielo se
aclaraba por instantes, los pájaros piaban en la espesura. De pronto,
María dijo:
--Han abierto una ventana.
Luego, al cabo de poco tiempo, se abrió la puerta.
--Ahora ha aparecido un hombre en mangas de camisa.
Aracil se puso los anteojos y miró: era Isidro. El guarda abrió un
corral, de donde salió una nube de gallinas.
--Creo que ya debes ir--dijo María.
Aracil, con el corazón palpitante, se levantó y se acercó al guarda.
Este, al ver a aquel hombre lívido y destrozado, se detuvo, sin
reconocerlo.
--Soy Aracil. Enrique Aracil, el médico, que viene huyendo--dijo el
doctor, con voz lastimera como un sollozo--. Vengo a que usted me
proteja.
El guarda agarró del brazo al doctor y, empujándolo violentamente, lo
metió por la puerta del corral, que acababa de abrir.
--Entre usted ahí--le dijo al mismo tiempo.
María, al presenciar lo ocurrido, se sobresaltó.
--¿Qué pasará?--se dijo.
La brusquedad del guarda quedó pronto explicada, porque, un momento
después, una mujer, con un cesto de ropa en la cabeza, salió de la
casa, y, tras una corta charla con Isidro, se fué. Entonces el guarda
volvió a buscar al doctor.
--Ahí está mi hija--le dijo Aracil.
Isidro fué a su encuentro, y les hizo pasar a los dos a un corralillo.
--¿Cómo han venido hasta aquí? ¿No les ha visto nadie?
--Nadie--y María contó lo que habían hecho para llegar.
--Muy bien--exclamó el guarda.
Aracil quiso explicar lo ocurrido con el anarquista, pero balbuceaba,
sin encontrar las palabras.
--No me tiene usted que decir nada, don Enrique--interrumpió el señor
Isidro--; usted me necesita a mí, y yo tengo la obligación de servirle
a usted. Y si usted pide la vida, también. ¿Que usted no ha querido
denunciar a un amigo? El mismo rey no hubiera podido hacer otra cosa.
Vale más ir a presidio para toda la vida que no denunciar a un hombre.
El señor Isidro tenía sentimientos hidalguescos. Era lógico en un
español, y quizá en todo hombre sencillo que considerase la ley de la
hospitalidad como una ley superior a toda otra social o ciudadana.
Luego de exponer sus ideas acerca de este punto, el guarda añadió:
--Ahora, que van a pasar aquí una mala temporada.
--Peor la pasaríamos presos--dijo María.
--También es verdad. Yo les llevaría a mi casa; pero hay mujeres, y
algunas son blandas de boca.
--En cualquier lado estamos bien--replicó Aracil.
--Bueno, pues aquí se quedan ustedes--contestó el guarda--. Y no hay
que apurarse, que para todo hay arreglo en este mundo. Ahora, sí; van
ustedes a tener que dormir en el pajar.
--Muy bien--dijeron padre e hija.
--Hay otra cosa; que no podrán ustedes salir de este corralillo en todo
el día.
--Nos conformaremos con todo--murmuró Aracil.
--Respecto a la comida, hay que ver cómo nos arreglamos. ¿La señorita
sabe guisar algo?
--Sí.
--Pues yo les traeré unos cuantos celemines de habichuelas y de
garbanzos, y todos los días matan una gallina o dos.
--No, no hay necesidad--dijo María.
--Bueno; pues yo enviaré un trozo de cecina para hacer una miaja de
puchero. Aquí tienen ustedes leña.
--Muy bien. ¡Muchas gracias!--exclamaron padre e hija a la vez con
efusión.
--Las gracias a ustedes--contestó el señor Isidro--. Bueno; pues ahora
vengo con todo. Yo tengo la llave del corral, y aquí no entra nadie...
Y, paciencia, que las cosas del mundo conforme sean se toman.
El señor Isidro salió del corralillo, y María y Aracil se hicieron
lenguas de la nobleza de este hombre. Ciertamente, su cara no indicaba,
ni mucho menos, su bondad; tenía un tipo de facineroso para dar miedo
a cualquiera. Estaba curtido por el sol, y gastaba bigote y patillas
de boca de hacha, ya grises. Llevaba sombrero blanco, traje de pana y
polainas.
Volvió el señor Isidro al poco rato, y en varios viajes llevó lo que
necesitaban los fugitivos, y encendió fuego.
--Ahora, lo que deben ustedes hacer es dormir. Y tranquilidad, que no
dan con ustedes ni con podencos. Yo echaré un vistazo a la comida, y
ustedes a descansar.
Y el guarda tomó una escalera de mano y la apoyó en la pared de una
casucha encalada que había en el fondo del corralillo. Aracil y María
subieron por ella y entraron por una ventana en el pajar. Ninguno
de los dos pudo dormir en paz. Aracil se despertaba a cada momento,
hablando; María soñó que estaba en un pueblo ceniciento, en donde todo
el mundo huía sin saber de qué, y, de cuando en cuando, en alguna calle
o plazoleta, había un hombre cantando una canción, y la canción era
siempre la misma: el tango oído por ella en el merendero.
XI.
LO QUE DIJERON LOS PERIÓDICOS
La vida en aquel rincón fué para los dos fugitivos muy extraña y
distinta de la normal. Se levantaban de madrugada, cuando oían al señor
Isidro llamando a sus gallinas, y desde aquellas horas comenzaba para
ellos una serie de operaciones que les distraía.
Por la mañana, Aracil, con una paciencia inaudita, machacaba entre dos
piedras granos de cebada y avena, y con la especie de harina gruesa
que quedaba hacía una pasta, que les servía, como un puré, para el
desayuno. Después, sólo con el cuidado de hacer hervir la olla se
pasaban toda la mañana.