Al mediodía, Aracil y su hija se acercaron a Brunete: lo perdieron

pronto de vista y siguieron adelante, hasta detenerse en un ventorro,

llamado de Los dos Caminos, levantado en un alto y en el cruce de dos

carreteras.

Era la venta una casuca baja, de tejado terrero, colocada en un lugar

solitario y triste. Aracil lo diputó seguro y tranquilo para ellos.

Con el ensayo de la noche anterior, le pareció muy peligroso quedarse

en el campo. Llamó a la ventera, le dió la liebre, encargándole que la

guisara, y pidió paja y cebada para las caballerías.

Se calentaron padre e hija al amor de la lumbre, y ya confortados

salieron al raso de la venta y se sentaron en un banco de piedra. El

campo era allí desolado y yermo. El anochecer fué muy triste. Algún

carromato pasó despacio, dando barquinazos por la carretera. El aire

estaba frío, y silbaba el viento con violencia por aquellos descampados.

Ya de noche, llegó el ventorrillero seguido de su perro, y se sentó a

la lumbre; la mujer sacó la liebre, guisada con arroz, en una cazuela,

y Aracil y María comieron con gran apetito. Los chicos del ventorro les

miraban comer con cara de golosina, y apiadada María de ellos, les dejó

una buena ración, que devoraron con verdadera ansia.

Estaba María calentando agua para el te, cuando se presentaron dos

guardas de uniforme. Eran de la finca de un ricacho de Brunete, y se

daban tono de autoridades; llevaba cada uno su escopeta y su canana

llena de cartuchos. Tomaron los guardas unas copas, charlaron un rato,

y se fueron.

--Todos estos son unos matones--dijo el ventero, señalándolos.

--Sí, ¿eh?

--El que no es algo peor.

--¿Son mala gente esos guardas?

--Muy mala.

--El ventero cerró la puerta de la casa y luego estuvo contando a

Aracil escenas de la guerra carlista, en la que había tomado parte como

soldado. María dormitaba, y el ventero, comprendiendo el cansancio de

sus huéspedes, tomó el farol y les acompañó al pajar.

El viento gemía en el silencio de la noche.

Se quitaron padre e hija las botas, metieron los pies entre la paja, se

tendieron a lo largo, cubiertos con la manta, y quedaron dormidos.

XV.

SAN JUAN DE LOS PASTORES

A la mañana siguiente, cuando salieron del ventorro de Los dos Caminos,

amanecía. El cielo, bajo y gris, se disolvía en una lluvia fina y

tenue. A la hora de salir de la venta, la llovizna se convirtió en

chaparrón, y Aracil y María se guarecieron debajo de un puente echado

sobre un arroyo.

Al acercarse a la orilla a cobijarse bajo el puente se encontraron con

dos hombres de aspecto vagabundo, que descansaban sentados en la arena.

Les saludó Aracil, contestaron ellos con indiferencia al saludo, y,

reunidos, esperaron a que escampara la lluvia. En esto aparecieron en

la orilla del río los dos guardas que habían estado la noche anterior

en el ventorro de Los dos Caminos, y uno de ellos, dirigiéndose a los

vagabundos, les dijo:

--¡Hala! Fuera de aquí.

--Las orillas de los ríos no tienen dueño--murmuró el viejo, con acento

irritado.

--Pues esto es de mi amo--replicó el guarda--, y haga usted el favor de

marcharse de aquí.

--Así se trata a la gente honrada--exclamó el viejo con tono

enfático--. Así va España. Pues sepa usted que yo, a pesar de venir a

recogerme debajo del puente, soy un hombre conocido, sí, señor, y hasta

ilustre...; soy Musiú Roberto del Castillo.

--¿Y a mí qué me cuenta usted?--dijo el guarda, con una grosería

bestial--. Basta de conversación, y fuera de aquí.

--Bueno; ahuecando--dijo el pequeño.

Los dos vagabundos se levantaron; el uno tomó su zurrón y el otro un

fardel de lienzo en la mano, y salieron de debajo del puente y echaron

a andar en medio de la lluvia.

--¿No se puede estar aquí?--preguntó Aracil con voz agria.

--Sí, ustedes pueden quedarse.

Aracil no quería deber ningún favor a aquella gente grosera y

despótica, y cuando el chaparrón amenguó un poco, sacó los caballos de

la orilla del arroyo, ayudó a montar a María y se pusieron los dos en

camino.

--¡Qué canallas!--exclamó Aracil--. ¡Qué ganas tiene todo el mundo de

ser déspota! ¿Eh?

--Sí. Es una cosa antipática.

--Si yo fuera como esa gente pobre, todos los días tiraría una tapia y

mataría un guarda. Al cabo de diez años de este sistema la tierra sería

de todos.

--Aracil empezaba a sentirse bravucón. Hablando de estas cosas iban

al paso, cuando notaron que comenzaba a variar y a elevarse el suelo.

Entraban en terreno más agrio y riscoso. A un lado y a otro se veían

enormes peñascos de granito, algunos colocados sobre otros, como

grandes dólmenes. Iba tomando el campo aire de sierra. En la dirección

de Madrid se veía una inmensa planicie; había salido el sol entre nubes

y refulgía su luz en los campos verdes, y se destacaban las hondonadas

en sombra, como pinceladas obscuras.

Estaban contemplando la vasta llanura cuando por una senda llegaron a

la carretera los dos vagabundos del puente. El viejo vestía un levitón

largo, una gorra y una bufanda, lo que le daba un aspecto extravagante

para andar por el campo; el otro, bajito, afeitado, con una barba de

diez o doce días, llevaba una chaqueta raída, un pantalón azul de

mecánico, un gorro redondo, que antes debió de pertenecer a un soldado

de caballería, alpargatas blancas y un fardelillo en la mano.

--Qué brutos han estado esos guardas con ustedes--dijo Aracil--; no

tenían derecho a echar a nadie de allí.

--Aquí no importa nada tener derecho o no--dijo vivamente el viejo, con

acento extraño.

--¿Van ustedes lejos?--preguntó Aracil.

--A la feria de La Adrada--contestó el pequeño--. Este señor es

francés, y va luego a Portugal a embarcarse para América.

--|Ah! Es francés.

María creyó que su padre tenía ganas de entrar en conversación con

aquel hombre, y, por lo bajo, murmuró:

--Papá.

--¿Que?

--No hables en francés con este hombre.

--Aracil miró a su hija, extrañado, viendo que había comprendido su

intención, y luego, dirigiéndose al viejo, le preguntó:

--¿De manera que es usted francés?

--No, señor; soy español, vendo específicos; pero, como he estado mucho

tiempo en Argelia, me llaman todos Musiú Roberto del Castillo, o el

_Musiú_.

--Y ¿qué específicos vende usted?

--Todos de mi invención. Tengo un elixir para las tenias.

--Hombre, ¿y de qué se compone?--preguntó Aracil, en tono de chunga.

--Aunque se lo dijera no lo comprendería usted, buen hombre.

El doctor botó en la silla; hubiese entablado una discusión con el

inventor del elixir, para reírse de él, pero tuvo prudencia, y dejó que

el _Musiú_ lo tomará por un palurdo y lo despreciara.

--También tengo unos polvos para el cáncer--agregó el inventor.

--Quizá de arsénico--repuso Aracil.

--¡Ca! Hombre, no diga usted disparates--y el _Musiú_ se echó a reír a

carcajadas--. El arsénico es un veneno, hombre.

--Pero un veneno puede ser medicina--argulló Aracil.

--¡Calle usted, hombre! ¡Calle usted!--replicó el _Musiú_--; vale más

que no hable usted de lo que no entiende.

Aracil, picado con las contestaciones del viejo, se dirigió al joven, y

le dijo:

--La verdad es que esos guardas son muy brutos y no saben tratar a la

gente.

--Pues éstos son canela fina al lado de algunos otros.

--¿Hay otros más brutos todavía?

--¡Uf! ¡Ya lo creo! Ya ve usted, yo soy el _Ninchi_; no sé si habrá

usted oído mi nombre en los periódicos, porque me han llevado algunas

veces de quincena por blasfemo. Pues bien: hace un año me pescaron unos

guardas subido a una tapia cogiendo fruta, y me dieron una paliza de

órdago. Ya ve usted, me han dejado manco--y el _Ninchi_ mostró el brazo

anquilosado e inútil.

--Y, ahora, ¿no podrá usted hacer nada?--preguntó María.

--Nada. No sé cómo no me mataron. ¡Me dieron una de palos! Verdad es

que yo soy más fuerte de lo que parezco.

--Pero es una salvajada--dijo Aracil.

--Así va España; así va esta desgraciada nación--saltó diciendo Musiú

Roberto del Castillo.

--El _Musiú_ es un sabio--dijo el _Ninchi_, con ironía; luego añadió--:

Si nos dieran ustedes unas perras para tomar algo aquí--y señaló un

ventorrillo--, nos harían un favor.

Aracil le dió unos cuartos al _Ninchi_, y éste y el _Musiú_ quedaron en

el ventorro, y el doctor y su hija siguieron su camino.

Arreciaba la lluvia, y los viajeros se desviaron de la carretera, y se

encaminaron, por una senda, a un pueblo que se veía a poca distancia.

--¿Qué pueblo es éste?--preguntó Aracil a un zagalillo, que volvía con

unas cabras.

--Chapinería.

Llegaron a la posada y entraron en la cocina. La ventera, una mujer

gorda, embarazada, de mal genio, hablaba con una comadre, sin mirarle a

la cara. Aracil y su hija se secaron a la lumbre y pidieron de comer.

La posadera, con muy mal gesto, les hizo la comida, consistente en un

guisado de patatas, y comieron al mismo tiempo que un zapatero remendón

y vagabundo, que andaba de pueblo en pueblo echando medias suelas.

En esto entró en la cocina un hombre charlatán y sabihondo, algún

notable del pueblo, y, a las primeras de cambio, dijo con orgullo que

era masón y socialista. El hombre, curioso como un diablo, después de

interrogar al zapatero, quiso seguir su interrogatorio con Aracil, pero

éste le contestó secamente que era guarda de la Casa de Campo, y que

iban de viaje.

Después, aunque seguía lloviendo, advirtió a María que iban a continuar.

El charlatán masón y socialista dijo, para que le oyeran, que todos los

guardas de las posesiones reales tenían más orgullo que don Rodrigo en

la horca, y Aracil, haciéndose el ofendido, pagó la cuenta y salió de

la posada.

Dejaron Chapinería, volvieron a tomar la carretera y cruzaron por un

pueblecillo bastante bonito, llamado Navas del Rey. A la salida del

pueblo, un soldado joven de la Guardia civil les saludó amablemente, y

quedó contemplando a María con gran entusiasmo.

--¡Has hecho estragos en la benemérita!--dijo Aracil, irónicamente, a

su hija.

--Sí; me parece que sí--contestó ella, riendo.

Comenzaron a bajar una gran cuesta, entre dos vertientes cubiertas

de pinares. El cielo, violáceo en una zona y plomizo en otra, se

presentaba amenazador; las masas de pinos se ensanchaban sombrías y

negruzcas en las laderas del monte. Por la carretera, cubierta de

pinocha, pasaba alguno que otro carro de bueyes, cargado de maderas;

una nube pizarrosa se extendió por el cielo. Comenzó a llover; el

camino se puso resbaladizo y peligroso; luego, el tiempo se cerró

definitivamente.

Bajaron despacio la cuesta, que trazaba varias curvas en espiral, hasta

llegar, ya caída la tarde, a un ventorro largo y estrecho, construído

con piedras gruesas, que se levantaba junto a un arroyo. El ventorro se

llamaba de San Juan de los Pastores.

Dejaron Aracil y su hija los caballos, y se metieron en la cocina, al

lado del fuego, que despedía un humazo que impregnaba las ropas y hacía

llorar. Un zagal, con los pies desnudos, renovó unas rajuelas de tea

que ardían en una hornacina labrada en la pared, de piedra, y la luz se

extendió más fuerte por la negra cocina.

Se habían acogido en el ventorro unos cuantos pastores trashumantes,

y María y Aracil los estuvieron contemplando. Uno de ellos era un

tipo flaco, aguileño, con aire triste de antiguo siervo. Venía de

Extremadura con su rebaño, y marchaba a Castilla.

Llevaba como zagal a su hijo, un chiquillo enfermizo, rubio y

delgado, con un tipo de príncipe. Éstos dos pastores melancólicos,

los dos montañeses, con sus ojos azules claros y su porte soñador,

aristocrático, se distinguían en medio de los otros, plebe de la

llanura, de nariz chata y pómulos salientes.

Entrada la noche, se presentó el ventero con cuatro guardianes de los

pinares. El ventero era de Torrelodones, alto, jaquetón, de bigote

negro. Le llamaban el _Mellado_; hablaba en un tono muy chusco, entre

desdeñoso y agresivo, y decía a cada paso: «¡Mardita sea la pena!» El

_Mellado_ era hablador, y dijo que había sido amigo de _Frascuelo_, por

lo cual ya creía que entendía más de toros que nadie. Los guardianes

también tenían su opinión en cuestiones de tauromaquia, y hubo entre

ellos y el _Mellado_ una larguísima discusión acerca de todos los

maletas y novilleros de Madrid; se hicieron cábalas acerca del porvenir

de estos futuros toreadores, y María tuvo el gusto de oír por primera

vez el nombre del _Polaca_, del _Mondonguito_, del _Guaja Chico_, del

_Patata_ y de otra porción de superhombres desconocidos para ella.

Por si uno de estos era mejor que otro se entabló una agria discusión

entre el _Mellado_ y uno de los guardianes, y éste se permitió decir al

ventero que era un blanco.

--A mí no me dice eso nadie--gritó el _Mellado_, con tono trágico--,

porque por menos que eso mato yo a un hombre.

--¡Qué has de matar tú! ¡Boceras!--saltó la mujer--. Anda, que hay que

ver si se encuentra sitio para el rebaño de estos pastores.

El _Mellado_ no debía ser tan fiero como quería dar a entender, pues,

dejando la discusión, salió de la cocina con el farol, y volvió al poco

rato.

Después de comer, el ventero brindó con el pajar a María y al doctor, y

él, con los guardianes de los pinos, se dedicó a jugar a la brisca y a

seguir hablando de toros.

María y Aracil se tendieron en el pajar. Había ratas allí y se las

oía correr por el suelo. María, asustada, temía que algún animal de

aquellos le mordiera. Desvelada con tal preocupación, estuvo con

los ojos abiertos, pensando en las mil peripecias que todavía les

reservaría el viaje, y después de cavilar mucho se quedó dormida.

XVI.

LA VENTA DEL HAMBRE

Por la mañana, con un día obscuro y nublado, salieron del ventorro.

Cruzaron una aldea llamada Pelayos, pasaron por San Martín de

Valdeiglesias, y a la salida de este pueblo comenzó a llover.

Se les reunió en la carretera un viejo campesino, que iba con un burro

cargado con dos sacos de trigo. Tenía este viejo la cara llena de

grietas, que parecían surcadas en madera, y hablaba en un castellano

arcaico, empleando unos giros desusados y unas palabras extrañas.

Aracil y María se entretuvieron en hacerle preguntas y ver cómo las

contestaba.

A la hora de salir de San Martín, el viejo se desvió para tomar el

atajo de un molino.

--¿No hay por aquí una venta?--le dijo Aracil.

--Sí; ahí mediata la tienen--contestó el viejo--; si toman por el

atajillo, más aína la encontrarán.

Celebraron padre e hija la indicación, e iban de prisa, aguantando la

lluvia, cuando vieron una casa medio derrumbada, oculta entre unos

chaparros, cuya chimenea arrojaba al aire un vaho débil de humo. El

campo que a la casa rodeaba era yermo y adusto; sólo un ermitaño o un

asceta hubiera podido escoger aquel páramo para vivir en él.

Llamaron en la casa, y Aracil preguntó si les podían dar hospedaje y

comida. Una vieja de negro, escuálida y amarillenta, hizo un gesto de

resignación, indicándoles que pasaran, y un mozo flaco y espiritado,

tomó de las riendas las caballerías y las llevó a la cuadra.

Pidió Aracil algo con qué matar el hambre, y no había mas que pan seco;

encargó al mozo que echara un pienso a las caballerías, y el mozo dijo

que les daría hierba, a ver si querían comer, pues no había paja ni

cebada. Aquella venta era la Venta del Hambre. Aracil y María entraron

en la cuadra y vieron que los pesebres estaban limpios. Sacaron los

caballos al campo, y al anochecer se les volvió a llevar a la cuadra.

Estuvieron padre e hija aburridos, paseando arriba y abajo por la

cocina. En un cuarto próximo, que tenía los honores de sala, había un

espejo envuelto en una gasa azul, llena de moscas muertas, y dos viejas

litografías, una de Malek Adel, el héroe de madama Cottin, llevando a

caballo a su dama, y la otra de Poniatowski, en el momento de meterse a

caballo en el río.

--Es raro--dijo María--que hayan llegado estas cosas a rincones tan

apartados.

--Sí, es raro.

--Y lo moderno, en cambio, no llega--añadió ella.

--Eso no es chocante--repuso Aracil--. Hoy la vida es industrial, y el

mundo civilizado, en vez de enviar a las aldeas litografías de un héroe

verdadero o falso, envía una máquina de coser.

Charlaron padre e hija de una porción de cosas. Pidieron de comer

varias veces, y después de rogada mucho, el ama hizo unas sopas de ajo

para los huéspedes, y les trajo una cosa negra y fría, que parecía

hígado, y una jarra de vino. Aracil notó que no había gato ni perro en

la casa.

El plato de la cosa negra, que no quisieron comer Aracil y su hija, la

vieja lo retiró y lo guardó en un armario, con gran aflicción de todos

los individuos de la familia.

Luego, la vieja, con sus tres hijas vestidas de negro, dos ya mayores,

y una muchachita, todas a cual más héticas y tristes, se sentaron al

fuego; se les reunió después el mozo flaco y espiritado, y se pusieron

a rezar el rosario. Estaban todos mustios, callados y cabizbajos. De

cuando en cuando bostezaban de hambre y se persignaban sobre la boca

abierta, y la vieja, tras de bostezar, suspiraba y decía:

--¡Ay, Señor, qué pena de vida! ¡Para cuatro días que ha de vivir una

en este mundo! ¡Ay, qué mundo más desengañado y más triste, que todo

son lágrimas, enfermedades y dolor! ¡Ay, qué inútil es trabajar y

cuánto más valiera haber ya muerto!

La vieja, después de una retahíla de éstas, miraba a sus huéspedes,

como pidiéndoles colaboración en su idea desacreditadora del mundo.

El doctor estaba entristecido y malhumorado; María se asombraba de ver

tanta pobreza.

Después de rezar, toda la familia de escuálidos desapareció, y la

vieja, gimoteando, vino con un jergón, que tendió en la cocina, delante

de la lumbre, y mal que bien se arreglaron para dormir allí Aracil y su

hija.

Por la mañana, al amanecer, el doctor aparejó los caballos, pagó al

mozo lo que le pidió, y al apuntar el alba los dos fugitivos salieron

de la venta triste.

--¡Qué horror! ¡Que casa!--exclamó Aracil--. Ahora respiro--murmuró, al

encontrarse en la carretera.

--Y estos pobres caballos no han comido nada desde ayer--dijo María.

--Veremos si hoy tienen más suerte.

Siguieron por la carretera, y unas horas después comenzaron a subir una

escarpa del monte. El cielo estaba nublado; el sol, perezoso, hacía

alguna que otra salida lánguida; la tierra blanqueaba, húmeda de rocío.

En lo alto de la cuesta vieron las mojoneras de la provincia de Ávila.

Se cruzaron en el camino con una porción de carros, algunos llenos de

chicas vestidas de fiesta, que iban a la feria de La Adrada.

Pasaron por Sotillo, dieron de comer y beber a los caballos y siguieron

el camino con los que iban a la feria. En esto, en una revuelta,

se toparon con una tropa de gitanos que regresaba del mercado, con

sus mujeres y sus chicos. Iban las mujeres de dos en dos, en mulos

escuálidos y en borricos flacos y extenuados, llenos de alifafes

y esparavanes; algunos chiquillos sacaban la cabeza de entre las

albardas, y los hombres, a pie, marchaban ligeros y jaquetones.

Un viejo de patillas, con una gran vara, se acercó al doctor y le

propuso comprarle la yegua; Aracil le dijo que no. Entonces le preguntó

si quería cambiarla, y un gitano joven y marchoso vino en ayuda del

viejo; hizo nuevas proposiciones, que fueron rechazadas, y decididos

el viejo y el joven, de mal ceño y requiriendo la compañía y ayuda de

otros dos cañís con la mirada, tomaron un aire amenazador, y uno de

ellos advirtió:

--Vaya, apéense y dejen las caballerías, que es lo mejor para ustedes,

que si no va a haber aquí la de Dios es Cristo.

Quedó Aracil parado al oír la amenaza, y María, que creyó que el

peligro no era serio, enarboló su vara y al mozo que se le acercaba

a sujetarle por las piernas le soltó un varazo en la cara. Varios de

los gitanos echaron mano a las tijeras que llevaban en la faja, y no

hubiera sido fácil saber lo que hubiese pasado a no presentarse en

aquel momento un carro lleno de muchachas que se dirigía hacia la feria.

Al verlo, los gitanos cambiaron de actitud; hombres y mujeres pidieron

una limosnita para los churumbeles, y el doctor sacó unas cuantas

monedas de cobre y las tiró al suelo, con lo cual quedó desembarazado

el camino y pudieron, Aracil y su hija, seguir adelante.

XVII.

LA «GILA»

Se acercaron al lugar donde se celebraba la feria, entre jinetes,

carros y ganado, que llevaban a vender. Al entrar en el pueblo se

oía un murmullo de colmena, y rasgaba el aire, de cuando en cuando,

el sonido de una corneta. En las calles, el barro alcanzaba más de

un palmo. En la plaza había puestos de hierro, de alforjas y de

mantas, de sombreros de Pedro Bernardo, de pañuelos, telas y bayetas

de abigarrados y vivísimos colores, desconocidos en el mundo de la

civilización.

En una barraca de un cinematógrafo tocaba el _Ninchi_ a la puerta. No

le conocieron María ni el doctor, pero él se encargó de llamarles, y

les recomendó una posada, donde comieron opíparamente.

Dijo Aracil al posadero que era guarda de la Casa de Campo, en Madrid,

y que iba a Arenas de San Pedro. Hablaron entonces de la caza y de las

cabras monteses de la sierra de Gredos, y el posadero explicó que en la

parte más alta, en la Peña de Almanzor, existía una laguna misteriosa

y sin fondo, en cuyas aguas moraban unos animales tan terribles, que si

caía un buey lo devoraban inmediatamente y no dejaban de él mas que los

bofes, que sobrenadaban en la superficie del lago.

María pensó en su primo Venancio, en aquel sonriente destructor de

leyendas, que se había bañado en la laguna de Gredos y buceado en sus

aguas, sin pescar ni el terrible monstruo, ni la más modesta ondina, ni

aun siquiera un ligero catarro.

Estuvieron Aracil y María, por la tarde, en una sesión del

cinematógrafo del _Ninchi_, y poco después salieron de La Adrada. Al

cruzar por una aldea, llamada Piedralabes, encontraron dos mujeres y un

hombre que iban por el camino. El hombre era un tipo flaco, amojamado,

de gorrilla, gabán viejo, con el cuello subido, y una guitarra a la

espalda. Las mujeres iban vestidas de claro; una era chata, fea, de

colmillo retorcido; la otra era una niña, pálida y anémica.

Les extrañó al doctor y a su hija estos tipos, y se quedaron, al pasar,

mirándolos con curiosidad.

El hombre de la guitarra les saludó y comenzó a seguirles y a contar

sus cuitas. Dijo que él y las dos mujeres habían ido a La Adrada

contratados para bailar en un cinematógrafo; él era tocador de guitarra

y ellas bailarinas, y por una tontería no quisieron aceptarlos; habían

salido a pie y sin una perra y estaban reventados de andar. Tenían los

pobres un aspecto desdichado. Mientras hablaba el hombre, la chata

gruñía y la jovencita anémica, a la que le quedaban manchas de colorete

en la cara, pálida y azulada, se quejaba al andar. Llevaba, según

dijo, zapatos de tacón alto, los mismos que les servían para bailar,

y le hacían mucho daño. El de la guitarra preguntó al doctor si no

les podría dar alguna cosilla para comer. Con una peseta les bastaba.

Aracil se la dió y, dejando en el camino a los infortunados histriones,

llegaron María y su padre, ya de noche, a Casa Vieja, y entraron en una

posada.

Pasaron por un corredor muy largo hasta la cocina, en donde dos mujeres

charlaban sentadas al borde del fogón; saludó Aracil, no contestó

ninguna de ellas; preguntó si había posada, respondieron, displicentes,

las mujeres, y el doctor, olvidándose de su situación, dijo que

hicieran mejor en tener un poco de cortesía con los viajeros.

La huéspeda, que oyó esto, se irguió del borde del fogón en donde se

hallaba sentada y, con muy malos modos, dijo a Aracil que se fuera, que

ella era reina en su casa y que no necesitaba de nadie para vivir.

Terció María con gran suavidad y logró amansar a la ventera y

convencerla de que les dejara allí y de que, además, les preparase qué

cenar.

La huéspeda pasó pronto del enfado a la simpatía; se dispuso a hacerles

una modesta cena, y, mientras cocinaba, habló de sus padres y de su

marido; contó su historia y dijo que se llamaba la _Gila_. Puso luego

una mesa pequeña y coja y sirvió a sus huéspedes la cena, que consistía

en unas sopas, adornadas con una capa de pimentón de un centímetro o

más de espesor, y un guisado de cerdo con su correspondiente manta roja.

De noche se presentó una muchacha muy linda, y besó la mano de todos

los que estaban allí. María preguntó a la _Gila_ qué significaba

aquello, y la ventera explicó que su hija había ido a confesarse, y el

cura, sin duda, le puso como penitencia que besara la mano a todos los

que se encontraran en la casa al llegar a ella.

La dama errante La raza, Tomo I · 第 7 / 11 段