--No digas eso. Madrid, entonces, era un pueblo raro, distinto a los

demás, uno de los pocos pueblos románticos de Europa, un pueblo en

donde un hombre, sólo por ser gracioso, podía vivir. Con una quintilla

bien hecha se conseguía un empleo para no ir nunca a la oficina. El

Estado se sentía paternal con el pícaro, si era listo y alegre. Todo

el mundo se acostaba tarde; de noche, las calles, las tabernas y

los colmados estaban llenos; se veían chulos y chulas con espíritu

chulesco; había rateros, había conspiradores, había bandidos, había

matuteros, se hacían chascarrillos y epigramas en las tertulias, había

periodicuchos en donde unos políticos se insultaban y se calumniaba

a otros, se daban palizas y, de cuando en cuando, se levantaba el

patíbulo en el Campo de Guardias, en donde se celebraba una feria, a la

que acudía una porción de gente en calesines. De esto hace veinticinco

o veintiséis años, no creas que más. Entonces, los alrededores de la

Puerta del Sol estaban llenos de tabernas, de garitos, de rincones, lo

que permitía que nuestra plaza central fuera una especie de Corte de

los Milagros. En la misma Puerta del Sol se podían contar más de diez

casas de juego abiertas toda la noche; en algunas se jugaba a diez

céntimos la apuesta. Los políticos eran, principalmente, chistosos.

Albareda se jactaba de no entender de política y de hablar caló. ¡Y

Romero Robledo! ¿Hay algún hombre ahora como aquél? ¡Qué ha de haber!

Don Francisco era un tipo magnífico. Siendo él un hombre honrado,

tenía una simpatía por el ladrón completamente ibérica. Protegía a

los bandidos andaluces y tenía en Madrid amistades con los mayores

truhanes. Sólo este episodio que os voy a contar retrata la época.

Solía dar don Francisco reuniones, a las tres de la mañana, en su

despacho del ministerio de la Gobernación, y entre los invitados

había desde gente riquísima hasta desharrapados, que se llevaban lo

que veían: tinteros, plumas, tijeras, todo. Una vez el ministro vió

que habían arramblado con un candelabro de más de un metro de alto.

Aquello le pareció excesivo; llamó al portero mayor, le preguntó si

sabía quién era el autor de la hazaña, y el portero dijo que uno de los

amigos del señor ministro había salido con un bulto enorme debajo de

la capa. Entonces don Francisco escribió una carta atenta a su querido

amigo, diciéndole que, sin duda, inadvertidamente, se había llevado el

candelabro; pero, como éste era necesario en el despacho, le rogaba que

lo devolviera. ¿Qué crees, tú, María, que hubiera hecho un ministro de

hoy?

--Llevarle a la cárcel al ladrón, probablemente--dijo ella.

--Con seguridad. Y entonces, no; había gusto por las cosas. Atraía

lo pintoresco y lo inmoral. A la gente le gustaba saber que el

Ayuntamiento de Madrid era un foco de corrupción; que un señor concejal

se había tragado las alcantarillas de todo un barrio, y se reía al oír

que los pendientes regalados por un matutero ilustre adornaban las

orejas de la hija de un ministro. Yo comprendo que aquella vida era

absurda; pero, indudablemente, era más divertida.

--Sí--dijo Aracil--; era más divertida.

--Luego, el que se creía austero y terrible, se hacía republicano.

Claro que era una ridiculez, pero era así. Y el hombre se entretenía.

Hoy la República no es nada.

--Sí; la verdad es que ha bajado mucho la pobre--exclamó Aracil--. Hoy

ya tiene las trazas de un ideal de porteros. A mí, cuando me hablan de

republicanos entusiastas, recuerdo siempre al conserje del hotel donde

viví en París, y le veo con su mandil y su gorro redondo, refiriéndome

anécdotas de Gambetta. Para mí, republicano y portero francés son cosas

sinónimas.

--Ya ves, en cambio, a mí--dijo Iturrioz--, cuando pienso en un

republicano, me viene siempre a la imaginación un fotógrafo de mi

pueblo, hombre muy exaltado. Y luego, cosa extraña, a todos los

fotógrafos que he conocido les he preguntado si eran republicanos, y

todos me han dicho que sí. Yo no sé qué relación misteriosa existe

entre la República y la fotografía.

--¿Y usted no es republicano, Iturrioz?--preguntó María.

--Yo, no; ni republicano ni monárquico; lo que soy es antiborbónico.

Para mí, eso de Borbón es una cosa arqueológica y deletérea, como una

momia que hiede; así, cuando me dicen: «Ahí va el príncipe tal de

Borbón», me dan ganas de taparme las narices con el pañuelo.

--Un rey que no sea Borbón será muy difícil en España--dijo María.

--Por eso le parece bien a Iturrioz--saltó Aracil--, porque es absurdo.

--Lo que en el fondo le gustaría al país--dijo Iturrioz--es el rey

caudillo, el rey guerrero; no reyes como los modernos, viajantes de

comercio, matadores de pichones, automovilistas... Esto es ridículo.

--Y, ¿para qué un rey guerrero?--dijo María.

--Daría un poco de prestigio y un poco de alegría a España. Un pueblo

no se puede regir por un libro de cuentas, y yo creo que si el español

se va enfangando en esta corriente de mercantilismo, se deshará, se

hará un harapo, perderá todas las cualidades de la raza.

--Pero, ¿usted cree que los españoles han cambiado de veras?--preguntó

María.

--Sí.

--¿En veinte o treinta años?

--Sí; ha cambiado su manera de pensar, que es lo que más pronto puede

variar en una raza. Un hombre del Norte discurre pronto como un

meridional, si vive en el Mediodía, o al contrario; el pensamiento

y la cultura se adquiere rápidamente; para que el instinto cambie,

ya es imprescindible mucho tiempo; para que el color del pelo varíe,

se necesita la vida de varias generaciones, y para que un hueso se

transforme, ya son indispensables eternidades. ¿Cuántos miles de

años hará que el hombre no mueve las orejas? Una atrocidad. Y, sin

embargo, los músculos para moverlas los tiene todavía, atrofiados,

pero existen. No; no hay que asombrarse de que los españoles hayan

variado de manera de pensar en pocos años. El germen del cambio está

ya en nuestro tiempo, y antes--siguió diciendo Iturrioz--mucha gente

encontraba aquella vida falsa y superficial. La sociedad española era

como un edificio cuarteado, pero que se iba sosteniendo. Viene la

guerra de Cuba y la de Filipinas, y, por último, la de los yanquis,

y se pierden las colonias, y no pasa nada, al parecer; pero la gente

empieza a discurrir por su cuenta, y el que más y el que menos dice:

«Pues si nuestro ejército no es, ni mucho menos, lo que creíamos; si la

marina es tan débil, que ha sido aniquilada sin esfuerzo; si estábamos

engañados en esto, es muy posible que estemos engañados en todo». Y

desde este momento empieza a corroer el análisis, y suponemos que

los escritores, y los políticos, y los oradores, y los ingenieros, y

los cómicos españoles deben ser tan malos, tan ineptos como nuestros

generales y nuestros almirantes; y suponemos que nuestros campos son

pobres y hay quien lo comprueba, y cada español, que ve y observa

por sí mismo, echa abajo toda la leyenda dorada de su patria. Y se

acostumbra la gente a la crítica, y así resulta que hoy los prestigios

nuevos no se pueden consolidar y los viejos han desaparecido. En

España, actualmente, hay estos dos criterios: el del conservador, que

lo mismo puede tener la etiqueta de íntegro como la de anarquista, que

dice: «¿Esta es la ciencia oficial, la política oficial, la literatura

oficial? Pues ésta, buena o mala, es la respetable». Y el del no

conservador, que es todo hombre que discurre, que ha llegado a tal

desconfianza por lo sancionado, que dice: «¿Esta es la literatura

oficial, la ciencia oficial, el arte oficial? Pues éste es el malo».

Entre uno y otro criterio no hay transacción posible. Así, no se afirma

nada en España. ¿Qué queda de nuestra época? Nada. ¿Quién se acuerda ya

de Castelar, ni de Cánovas, ni de Ruiz Zorrilla, ni de Campoamor, ni

de Núñez de Arce? Nadie. Todo eso parece un peso muerto que la memoria

de la gente lo ha echado ya por la borda, condenándolo al olvido.

Hoy se empieza negando, por lo menos dudando, tratando de buscar la

verdad, el positivismo..., y el poeta listo, el de la quintilla, que

hace veinte o treinta años hubiera vivido sólo con eso, hoy se muere

de hambre o tiene que entrar de escribiente; y el que se sintió chulo,

se pone a llevar baúles, porque la chulería no da; y el matón de la

casa de juego, se encuentra con que cierran todos los garitos; y el

que soñó con hacer su pacotilla de concejal, ve que el Ayuntamiento

se moraliza...; y el hampa se va..., y todo se va...; y así en España

tenemos, no ya fracasados de la virtud, de la gloria y del arte, como

en todas partes, sino fracasados de la inmoralidad, fracasados del

agio, fracasados del chanchullo, como en política tenemos lo último de

lo último: los fracasados del anarquismo.

--¿Y usted cree que eso es malo de veras?--preguntó María.

--Malo, no. A la larga es posible que sea la salud. Vamos hundiéndonos,

hundiéndonos... Alguno encontrará tierra firme y volveremos a subir.

Entonces renacerá España...

--_¡Incipit Hispania!_--exclamó Aracil.

--Y si cree usted esto, ¿por qué se queja?--preguntó María.

--¿No me he de quejar? ¿No ves que yo soy un hombre de otra época?

Antes decían que hay en todas las sociedades tres períodos: el

teológico, el metafísico y el positivo. Yo soy un tipo que está entre

el período teológico y el metafísico. ¿Qué voy a hacer en esta sociedad

positiva, como la que se intenta crear? ¿Me lo quieres decir, María?

¿No comprendes que quieren hacernos ingleses y somos españoles? No,

no; esto es grave. Estamos asistiendo a la ruina de un mundo, al final

de una sociedad romántica. Yo estoy asustado, y voy a hacer como dama

Javiera, una señorita vieja de mi pueblo.

--Y ¿qué hacía esa dama Javiera?--dijo María, riendo.

--Pues la dama Javiera era una señorita de setenta años, que venía

de tertulia a mi casa, cuando yo era chico. Dama Javiera, que ya

tenía esta maldita tendencia analítica, que nos ha perdido a todos,

jugaba a las cartas con mi abuela y con un cura viejo, que se llamaba

don Martín, y entre jugada y jugada le preguntaba al cura acerca de

cuestiones de religión: «¿Será posible esto, señor cura? ¿Podrá suceder

tal cosa?», le decía. Y don Martín contestaba sentenciosamente: «Dama

Javiera, conviene no escudriñar», y se apuntaba un tanto con una

habichuela encarnada o blanca. Yo antes me reía; pero empiezo a creer

que el consejo que daba a dama Javiera era muy exacto, y que conviene

no escudriñar.

--Lo que no es obstáculo para que usted esté escudriñando

siempre--repuso María.

--Es un defecto. Y tú, Aracil, ¿crees que este matrimonio cambiará algo

España?

--Según. Si la reina es inteligente...

--Debe serlo--dijo María--. Es inglesa, de una familia donde abunda la

gente lista.

--No; es medio alemana--repuso Iturrioz.

--¿Y usted no cree en las alemanas?

--No; en general, la mujer alemana es, poco más o menos, tan espiritual

como una ternera.

--¡Estás adulador, chico!--dijo Aracil.

--Es mi opinión. Pero, yo, ya te digo: me alegraría que no pasara

nada. Y no sólo para el porvenir, sino para mañana, se anuncian graves

acontecimientos. Se dice que han venido dinamiteros.

--¡Fantasías!--murmuró Aracil.

--Pues yo he oído decir que hay un canguelo terrible; que el niño

encuentra anónimos debajo de la almohada. A mí esto me indigna, te

advierto. Estamos molestando tanto a estos pobres reyes, que se van

a unir todos en apretado haz y se van a declarar en huelga. Y ¡a ver

entonces qué hacemos en España con los uniformes de los alabarderos!

Vamos tirando de la cuerda demasiado, y nos va a pasar con los reyes lo

que nos ha pasado con los santos.

--Y ¿qué nos ha pasado con los santos?--dijo María.

--Nada, que han cortado la comunicación con la tierra. En fin, que

esto se pone muy mal, y yo no pienso salir mañana, porque, chica, me

estoy haciendo viejo y muy miedoso; si pasa algo me cogerá en la cama.

Iturrioz siguió fantaseando sobre una porción de cosas, hasta que, al

dar las once, tomó su capa y se largó, después de dar las buenas noches

y de exhortar, bromeando, a que tuvieran prudencia.

VIII.

EL DÍA TERRIBLE

Al día siguiente, María pensaba ir con su primo Venancio y sus hijas

a Cercedilla, cuando se suspendió el viaje, porque la noche antes,

Paulita, la menor de las niñas del ingeniero, cayó enferma con el

sarampión.

Aracil fué a verla. El doctor tenía bastante trabajo por la tarde,

y estaba, además, invitado a comer en casa del marqués de Sendilla.

Había aceptado la invitación, creyendo que su hija iría de campo con

Venancio, y como la enfermedad de la niña imposibilitaba la excursión,

quedaron de acuerdo en que María, después de comer con el ingeniero,

iría a casa de doña Belén, en donde la recogería Aracil.

Paulita, la enferma, era la predilecta de María, y deseaba que su tía

estuviese constantemente a su lado, acariciándola y besándola.

--Yo no puedo permitir esto--dijo el ingeniero--; se te puede pegar la

enfermedad.

--¡Qué se va a pegar una enfermedad de niños!

--¡Ya lo creo que se pega! Nada, nada; no estés ahí--y Venancio

obligó a salir a la muchacha y a que se lavara con agua sublimada y

desinfectara las ropas.

Comieron; María se encerró en el cuarto con las niñas mayores; pero

la enfermita lo notaba y pedía que fuera a verla, y si no empezaba a

llorar.

--Mira, lo mejor es que te vayas--dijo Venancio, que estaba algo

preocupado con la enfermedad de la niña y con el temor de que su

sobrina se contagiase--. La criada te acompañará.

--¿Para qué? Iré yo sola--y María se despidió de las niñas y tomó el

tranvía rojo en el paseo de Rosales.

La tía Belén vivía en la calle del Prado; el tranvía llegaba hasta

cerca de su casa. Al paso notó María que en las calles se hablaba

animadamente, pero no prestó atención.

Serían las tres y media o cuatro cuando llegó a casa de la tía Belén.

Llamó, pasó al gabinete y se encontró con que todos reunidos allí

charlaban a la vez.

--¿Qué hay? ¿Qué ocurre?--preguntó.

--¿No sabes nada?

--No.

--Pues que han tirado una bomba.

--¿De veras?

--Sí.

--¿Y hay desgracias?

--Muchísimas. El tío Justo ha dicho que dos muertos; pero ahora dicen

que hay cinco y una infinidad de heridos.

--¡Qué horror!

Y María dijo esto con esa solemnidad superficial con que se comentan

los hechos que no se han visto ni sentido. Luego, de pronto, pensó en

su padre y se alarmó: «¿Dónde estaría en aquel momento? ¡Él, que era

tan curioso! Quizá habría ido al lugar del atentado.»

El tío Justo, la tía Belén, Carolina, unos señores y señoras que se

hallaban de visita se enredaron en una conversación de anarquistas y de

bombas, que a María comenzó a sobresaltar. Todos execraban el atentado,

pero consideraban el crimen de distinta manera.

--Para mí son locos--aseguraba el tío Justo.

--No, son fieras--replicaba otro señor, fuera de sí, que era

contratista de paños para el ejército, lo que le daba, sin duda, cierta

inclinación a la violencia--; y había que cazarlos.

--Yo creo lo mismo--agregó Carolina--, y aun no me contentaría con

cazarlos, sino que los haría sufrir antes.

--Yo no--y el tío Justo se paseó por el cuarto--; lo mejor sería

deportarlos; a todos los que tengan esas ideas, que no estén conformes

con la manera de vivir general, los llevaría a una isla y los dejaría

allí, con aparatos y máquinas, para que trabajasen y viviesen.

--¡Qué aparatos ni qué máquinas!--exclamó el pañero, furioso--;

hacerlos pedazos. «¿Es usted anarquista?» «Sí». «Pues tome usted», y

pegarle un tiro a uno. Porque esos crímenes son cobardes e infames.

Y el señor repitió estas palabras, como si en aquel instante hubiera

hecho un gran hallazgo.

--Sin embargo, ya verá usted--dijo el tío Justo--cómo se llega a hacer

también la apología de este crimen.

--Pues yo, al que hiciera esa apología, le pegaría un tiro.

--La verdad es que esa pobre gente--murmuró la tía Belén, con voz

plañidera--¿qué culpa tendrían? ¡Y esos pobres soldados! Porque yo

comprendo que vayan contra un hombre, como Cánovas, y que lo maten.

--¡Claro!--dijo cínicamente el tío Justo--. Eso es mucho menos

peligroso para nosotros, que no somos políticos.

María estaba cada vez más inquieta, pensando en su padre; la tía

Carolina sobre todo, y los demás también, al hablar de anarquistas se

referían a ella, reprochándole tácitamente que su padre tuviera tan

nefandas ideas.

En esto llegó el marido de doña Belén con nuevas noticias: los muertos

llegaban a diez. Había hablado con un amigo suyo, empleado en Palacio.

Los reyes habían vuelto impresionadísimos; ella estaba con convulsiones

y él lloraba emocionado.

--Es falso--gritó el pañero--. Ese señor le ha engañado a usted. El rey

no ha llorado.

--Pero, ¿usted qué sabe?--le preguntó el tío Justo.

--Lo comprendo, porque un rey no llora.

--¿Por qué no? ¿Eso qué tiene de extraño?

El marido de doña Belén añadió que su amigo le había dicho que sólo

uno de los grandes duques rusos, como acostumbrado a escenas de esta

índole, estaba tranquilo, y que el tal había aconsejado al rey que

saliera inmediatamente a dar un paseo por las calles, con lo que sería

ovacionado por el pueblo. Al parecer, el rey no se había decidido. En

cambio, el gran duque ruso había salido, de paisano, a ver la casa del

crimen, y como en su real familia habían muerto de atentado varios

individuos, y miraba ya, sin duda, con cierta familiaridad amable la

metralla anarquista, había pedido a un jefe de policía que le regalara

un trozo de bomba, porque hacía colección.

La tarde fué para María un verdadero suplicio. Tenía ganas de

marcharse, pero esperaba porque había quedado de acuerdo en que su

padre se le reuniría allí. Serían las seis cuando paró un coche delante

de la casa; María, atenta a todos los ruidos de la calle, escuchó con

ansiedad; se abrió la puerta del gabinete y una criada entró. A María

le dió un vuelco el corazón.

--Señorita, haga usted el favor de salir, que la espera su papá.

María saludó rápidamente a los parientes y amigos y bajó de prisa las

escaleras. Al ver a su padre comprendió algo grave. Aracil tenía el

rostro desencajado, el cuerpo tembloroso, los labios completamente

blancos. Llevaba un gabán al brazo, lo que en el era rarísimo.

--¿Qué hay? ¿Qué pasa?--fué a preguntar María; pero la voz expiró en su

garganta.

Aracil, sin contestar a la interrogación muda, tomó el brazo de su hija

y murmuró, casi sin aliento:

--Vamos.

--Pero ¿qué pasa?

--Que el que ha puesto eso es Brull.

--¿Él?

--Sí..., y me lo he encontrado..., y me ha pedido protección..., y le

he llevado a casa... No sé a qué vamos por aquí... ¿Dónde podríamos ir?

¡Oh, Dios mío!... ¡Estoy perdido!

María oprimió el brazo de su padre.

--Serénate--le dijo--. Vamos a ver qué hacemos... ¿Qué piensas? ¿Qué

quieres?

--No sé--exclamó Aracil--; no sé qué hacer... La cuestión sería que

pudiese meterme en algún lado, disfrazarme y huír.

--Y ¿dónde podríamos meternos?

--¿Dónde? ¿Dónde?... No sé.

--En el hospital, quizá...

--Sí, vamos al hospital... ¿Cómo se te ha ocurrido eso?... Vamos, sí,

vamos.

Tomaron por la calle del León, salieron a la plaza de Antón Martín y

bajaron por la calle de Atocha. El doctor miraba a un lado y a otro,

temblando de ser conocido. De pronto, Aracil apretó el brazo de su hija.

--¿Qué hay?--preguntó María, sobresaltada.

--¿No oyes? Un extraordinario con los detalles del atentado. Cómpralo.

No, no lo leamos aquí.

Llegaron al Hospital General. El portero no les salió al encuentro;

subieron por unas escaleras iluminadas con grandes faroles, muy

tristes. Una monja se acercó al doctor a hacerle una pregunta. Aracil

contestó como pudo y entró en el cuarto de guardia, seguido de su

hija; cerró la puerta, y, sentándose luego en una silla, murmuró:

--Estoy rendido.

--Pero, al fin, ¿qué ha pasado? ¿Cómo ha pasado?--dijo María--.

Cuéntalo todo.

--Pues iba por la calle de Fuencarral, después de comer en casa del

marqués, cuando, al entrar en la botica de don Jesús, un hombre me

agarró del brazo con una fuerza extraordinaria. Me volví. Era Brull.

«Acabo de echar una bomba al paso de la comitiva. Hay desgracias», me

dijo. Yo, al principio, no comprendí lo que decía, y tuvo que explicar

lo que había pasado. «Y, ¿qué piensa usted hacer?», le pregunté. «No

sé; iba a suicidarme, pero viendo que nadie me seguía ni intentaba

prenderme, he venido hasta aquí». «¿Tiene usted algún sitio donde

esconderse?». «No, y he pensado en usted. Protéjame usted, Aracil. Si

me cogen me van a hacer pedazos». Hemos subido a casa sin hablarnos. Yo

no comprendía entonces por completo la gravedad de las circunstancias.

Abrí la puerta, pasó él y pasé yo. El se abalanzó hacia el armario

del comedor y bebió con avidez dos vasos de agua. «Creo que lo mejor

es--le dije yo--que se esté usted aquí ocho o diez días». «¿Y usted»?,

preguntó Brull. «Yo le diré al portero que me voy». «No, no»; «yo me

voy con usted. Yo no me quedo. Usted me quiere denunciar y yo le pego

un tiro a quien me denuncie», y, rápidamente, sacó una pistola y la

blandió en el aire. En aquel momento yo no sentía tanto miedo como

ahora. Estábamos en esta situación, mirándonos con espanto, cuando

sonó el timbre. «Escóndase usted», le dije a Brull. Fuí a la puerta.

Era el cartero, que me entregó el periódico de Medicina. Cerré, llamé

al anarquista y, con tono decidido y casi burlón, que a mí mismo

me chocaba, le dije: «Aquí, en casa, viviendo conmigo, no se puede

usted quedar; mi hija, las criadas, los vecinos, todo el mundo se

enteraría. Si le parece a usted, hay ahí un cuarto independiente, con

baúles y trastos viejos, que da a un tejado. No entrarán; tengo ahí

un esqueleto, y las criadas, que lo saben, no se atreverían a abrir

esa puerta. Además, usted se puede quedar con la llave. Métase usted

ahí, enciérrese usted y estése usted quince días». «¿No me hará usted

traición, Aracil?» «No». «¿Me lo jura usted?», gritó él casi llorando.

«Se lo juro». Entonces Brull se ha metido en el cuarto y, al instante,

yo he pensado en huír. Pasé una media hora de angustia, porque decía:

«Si oye mis pasos y cree que intento escaparme, va a salir y a pegarme

un tiro». Estaba deseando que alguno llamara a la puerta, para

marcharme. En esto he oído unos pasos; alguien subía al piso de arriba.

He recordado que tenía allí el timbre cerca y he llamado yo mismo. He

ido a la puerta, he hecho una mojiganga como si hablara con alguien, he

entrado en el despacho, he abierto el cajón, he cogido todo el dinero y

he salido volando.

--Y ¿qué te pueden hacer por haber protegido a Brull?--preguntó María.

--¿Qué me pueden hacer? Pueden mandarme a presidio para siempre.

--¡Ca! Es imposible.

--No digas eso, María. Tú no sabes lo que es la justicia. Me

considerarán como cómplice, como encubridor. Quizá me condenen a

muerte. ¿Cómo demuestro yo que no tengo participación en ese crimen?

--Pero eres inocente.

--Sí; los de Montjuich dicen que también eran inocentes, y los

fusilaron y los atormentaron.

--Entonces no hay que esperar; hay que huír y disfrazarse... Córtate la

barba y el pelo; yo te lo cortaré.

Aracil sacó de un estuche unas tijeras y se sentó en la silla, sumiso

como un niño. María recortó el pelo a su padre.

--Ahora, lo mejor sería que te afeitaras.

Aracil se dispuso a afeitarse.

--Mira tú, mientrastanto, lo que dice el extraordinario--murmuró el

doctor.

María comenzó a leer la hoja con ansiedad. En el preámbulo, todos eran

lugares comunes, frases hechas a propósito para catástrofes de este

género; luego venía, de una manera confusa, el relato de lo ocurrido.

Había diez muertos y muchísimos heridos graves y moribundos. María, al

leer algunos detalles, palidecía y le temblaban las manos. La sangre

que corría en chafarrinones por la fachada de la casa, los trozos

de masa encefálica en las aceras... Aquellos detalles daban a María

la sensación real, el horror y la magnitud del crimen. Las noticias

estaban mezcladas con inoportunos comentarios, y el «inicuo», el

«cobarde» y el «salvaje» aparecían de cuando en cuando, esmaltando

simétricamente el texto.

No parecía sino que lo principal era encontrar un adjetivo exacto para

calificar el atentado.

Aracil, mientras se afeitaba, volvía de cuando en cuando la cabeza para

mirar a María, y preguntaba, pálido como el papel:

--Debe haber horrores, ¿eh?

--Sí, cosas terribles.

En esto, María echó una ojeada a las últimas líneas del extraordinario,

y lanzó un grito.

--¿Qué pasa?--preguntó Aracil, con la navaja en la mano.

María leyó:

La dama errante La raza, Tomo I · 第 4 / 11 段