extraordinario. No, no tengo tanta ambición. Hoy, además, la ética está
en un período constituyente; por eso no pretende ser una valoración,
sino que se contenta con ser una explicación. Antes, el moralizar tenía
dos formas: el elogio y el vituperio; hoy no puede tener mas que una:
el análisis. Pero, transitoriamente, yo creo que, para la moral, se
puede tomar como norma la vida misma. Debemos decir lógicamente: «Todo
lo que favorece la vida es bueno; todo lo que la dificulta es malo.»
--Es que lo que favorece la vida individual puede perjudicar la vida
colectiva, y al contrario--arguyó Aracil.
--Cierto. En esto se separan dos civilizaciones y dos razas: la latina,
entusiasta del derecho; la bárbara, entusiasta de la fuerza.
--Y tú eres un bárbaro, amigo Iturrioz.
--En último término, todos somos bárbaros. Para mí, el hombre siempre
tiene razón en contra de los hombres. La idea del derecho empapa
también su raíz en la fuerza. La vida se nutre de violencia y de
injusticia, no porque la vida sea mala, sino porque los hombres han
soñado con la dulzura y la justicia, sin contrastarlas con la vida; han
soñado los lobos que eran corderos, y ¡claro!, todo lo que no sea un
sueño de Arcadia les parece malo. Y eso es lo que yo creo que hay que
hacer: vivir dentro de la vida natural, dentro de la realidad, por dura
que sea; dejar libre la brutalidad nativa del hombre. Si sirve para
vigorizar la sociedad, mejor; si no, habrá, por lo menos, mejorado el
individuo. Yo creo que hay que levantar, aunque sea sobre ruinas, una
oligarquía, una aristocracia individual, nueva, brutal, fuerte, áspera,
violenta, que perturbe la sociedad, y que inmediatamente que empiece
a decaer sea destrozada. Hay que echar el perro al monte para que se
fortifique, aunque se convierta en chacal.
--Eres un salvaje.
--¿Por qué no? En España todos tenemos un gran fondo de salvajismo.
Aquí no hay espíritu cívico, social, de humanismo. No lo ha habido
nunca.
--Desgraciadamente.
--O afortunadamente. Aquí no hay mas que tres cosas: un patriotismo de
Madrid, burocrático y falso; un regionalismo, que es una cursilería;
un provincialismo infecto, y luego la barbarie natural de la raza.
Esto es lo español. Y no lo comprenden. Estamos aquí empequeñecidos,
aminorados, queriendo vivir con las leyes, cuando aquí debemos vivir
contra las leyes. Este espíritu legalista ha producido en España una
subversión completa de las energías. Así, que en todos los órdenes de
la vida triunfa lo mediocre, y lo mediocre se apoya en lo que es más
mediocre todavía. Toda nuestra civilización actual ha servido para
reducir al español, que antes era valiente y atrevido, y convertirlo en
un pobre diablo. Y luego no es sólo la mezquindad de la vida, sino que
es también su irrealidad. La vida española no tiene cuerpo, no es nada.
Los instintos vegetativos y una serie de impresiones en la retina, esa
es toda nuestra existencia, nada más. Somos mejores para figurar en
las vitrinas de un museo arqueológico que para luchar; vivimos hechos
unos animales domésticos, no fuertes y bien cebados, sino canijos y
tristes, con el aire débil y lánguido que tienen los animales cuando
se los encierra. Porque hay que ver hasta dónde hemos llegado de
pequeñez, de mezquindad, de cursilería. Antes creíamos que los cursis
eran los pobres, y no, en España los cursis son los potentados, los
aristócratas, los duques, los escritores, los políticos; lo cursi
es el Congreso, las redacciones de los periódicos, los saloncillos
de los teatros, el Ateneo, los lunes del Español...; las casas de
huéspedes no son mas que pobres, y los que vivimos en ellas unos
miserables desdichados. Desde los miembros de la familia real, que
por lo virtuosos y económicos más parecen formar parte de una honrada
familia de estanqueros, hasta el último empleadillo madrileño, todos
los españoles tenemos las trazas de unos conejillos mansos.
--Sí; todo eso está bien. Es posible que sea cierto. Pero consecuencia,
consecuencia. Negar es muy fácil. ¿Que se saca de lo que dices? ¿Que
solución?
--¿Qué es lo que quieres, una solución práctica?
--No; una solución concreta y posible. Porque a una Humanidad decaída,
agotada, que no puede vivir mas que a la defensiva, con estimulantes,
tirarle todas sus medicinas por el balcón y decirle: «Hay que vivir
en el monte, entre la nieve», le parecerá absurdo. «¿Y el frío?»,
preguntará.
--Que lo resista--exclamó Iturrioz.
--¿Y el calor?
--Que lo resista también.
--Se necesita mucha fe para vivir, espiritualmente, a la intemperie, y
a esta gente que se constipa con sacar la cabeza por la ventana, no la
convencerás de esto.
--Fe, sí--dijo Iturrioz--. Eso es lo indispensable. Fe en el hombre, fe
ciega, fe inquebrantable. Pero, ¿se puede desarrollar la fe? Yo creo
que sí. Engendrada la fe, la violencia nos libraría del mal.
--También yo creo lo mismo, que se necesita fe. Pero no creo, como
tú, que se pueda producir en un momento, sino en años. Pero, ¿es que
tenemos prisa? Nada más ridículo que esa idea, que han echado a volar
unos cuantos, de que España, como nación, peligra. Ni Inglaterra, ni
Francia, ni Alemania intentarían destruír España.
--¡Bah! Claro que no. El peligro de España no es un peligro exterior.
--Es que hay gente que supone que existe un peligro exterior, y no lo
hay, ¡qué ha de haber! Y, por lo mismo--siguió diciendo Aracil--, es
necesario tomar todo el tiempo indispensable para digerir la época
y absorberla y asimilarla y formar un ideal. Estamos rodeados de
escombros; hay que ver lo que sirve y lo que no sirve, con calma, sin
precipitaciones, que nos podrían llevar a un desastre. Y para esta
obra hay que echar a reñir en la calle a todas las ideas, a todos los
sistemas, y como base hay que apoyarse en el socialismo, como sistema
crítico para la trasmutación de los valores económicos, y en el
anarquismo como sistema crítico para la transformación de los valores
morales y religiosos. ¿No te parece?
--Sí; me parece una solución lógica, lo cual no quiere decir que
sea buena. Yo, en el caso particular de España, tengo alguna fe en
el hombre; pero nuestro ambiente es infeccioso, es mefítico. Aunque
hubiera aquí una invasión de raza joven, nueva, no podría resistir
lo morboso del ambiente. Allí donde llega esta seudo-civilización que
se irradia de nuestras ciudades, allí se pudre en seguida todo. La
península entera está gangrenada.
--Y, ¿qué dirías del anarquismo activo, del anarquismo de la dinamita?
--Diría que ha perturbado el anarquismo. Sólo la idea destruye; sólo la
idea crea. La bomba, como venganza, me parece absurda, y como medio de
protesta, también. Si con una bomba se pudiera suprimir el planeta...,
entonces sería cosa de pensarlo. Pero matar unas cuantas personas es
horrible; porque todo puede ser lícito, menos llevar la muerte en medio
de la vida. La vida es la razón suprema de nuestra existencia.
--Sin embargo--exclamó Aracil--, a veces, esos atentados tienen un aire
de ejemplaridad.
--¡Claro, como todas las catástrofes!
--Yo, hasta creo que tienen su belleza. Un dinamitero me parece un
artista, un escultor, bárbaro y cruel, que modela en carne humana.
--Papá bromea--saltó diciendo María.
--No, no.
--Hay algo de verdad en lo que dice--replicó Iturrioz--; tu padre,
María, tiene el virus estético metido en las venas; no en balde procede
del Mediterráneo.
Pasaron a otro asunto; pero Aracil no desaprovechó los puntos de vista
señalados por su amigo para comentarlos en su «Memoria».
Llegó el día de la conferencia; Aracil se preparó su público y
alcanzó un gran éxito. Su mayor habilidad fué mezclar con lo serio
notas humorísticas y cómicas; tuvo frases pintorescas para definir
gráficamente el modernismo, la pedagogía, el género chico, el
automóvil, la filosofía de Nietzsche, la política hidráulica y el
baile flamenco, muy celebradas. De ademanes y de accionado estuvo
inmejorable; supo subrayar unas cosas y atenuar otras con verdadera
maestría.
--Es un cómico este Aracil--exclamó Iturrioz.
--Muy brillante, muy ingenioso--dijo el primo Venancio--, pero sin una
afirmación práctica.
La opinión general consideró la conferencia como un éxito; los
periódicos le dedicaron más de una columna, y algunas revistas
ilustradas publicaron el retrato de Aracil.
María discutió varias veces con su primo acerca de la «Memoria» de su
padre. Ella la defendía, como es natural; Venancio consideraba lo dicho
por Aracil como una fantasía literaria, como un juego mental divertido.
Venancio era enemigo de la política y de las fórmulas teóricas. Un
día le dijo a María que, para él, el único propósito serio que podía
haber en España era que, desde San Sebastián hasta Cádiz, y desde
La Coruña hasta Barcelona, se pudiese ir entre árboles. Todos esos
otros sistemas metafísicos y éticos, como el anarquismo, le parecían
vueltas a concepciones pedantescas y a paparruchas semejantes al
krausismo. En cambio, un ideal concreto, práctico, de un país lleno
de árboles, suponía una transformación de la vida, convirtiéndola, de
áspera y ruda, en civilizada y humana. Para llegar a esto, pensaba que
actualmente en España no había camino; ingresar en cualquier partido
constituía una estupidez. Su plan era individualismo y trabajo, plantar
árboles y mejorar la tierra.
María, en el fondo, estaba conforme con él, pero le llevaba la
contraria por defender a su padre y para oírle.
VI.
LOS FARSANTES PELIGROSOS
Hay en un libro viejo, cuyo nombre no recuerdo, un capítulo acerca
de la vanidad, a la cual llama el autor: «La hija sin padre en los
desvanes del mundo».
En estos desvanes del mundo hay, según el inventor de esta frase,
chimeneas de todas formas por donde sale el humo de las cabezas
vanidosas y huecas. Hay chimeneas grandes y campanudas, otras estrechas
y angostas, y muchas que se comunican con algunos hombres ilustres
españoles, cuyo fuego no se ve ni su calor se nota, y que sólo se
distinguen por sus humaredas.
En uno de estos desvanes tenía, con seguridad, su chimenea Aracil, y no
era de las menos humeantes.
Con motivo de la conferencia del doctor, hubo discusiones en los
periódicos avanzados. Un día un joven catalán, llamado Nilo Brull, se
presentó en casa de Aracil con unos artículos, escritos en un periódico
de Barcelona, en los cuales se defendía y se comentaba la conferencia
del doctor.
Aracil experimentó una gran satisfacción al verse tratado de genio, y
no tuvo inconveniente en presentar en todas partes y proteger a Brull,
que se encontraba en una situación apurada.
Le dió dinero, le llevó a su casa y le convidó varias veces a comer.
María, desde el principio, sintió una gran antipatía por Brull. Era
éste un joven de veintitrés a veinticuatro años, de regular estatura,
moreno, con los pómulos salientes y la mirada extraviada. Hablaba con
un acento enfático, hueco y estrepitoso, y tenía una inoportunidad y un
mal gusto extraordinarios. Lo más desagradable en él era la sonrisa,
una sonrisa amarga, que expresaba esa ironía del mediterráneo, sin
bondad y sin gracia.
En el fondo, toda su alma estaba hinchada por una vanidad monstruosa;
quería llamar la atención de la gente, sorprenderla, pero no con
benevolencia ni con simpatía, sino, al revés, mortificándola. Tenía
ese sentimiento especial de las mujeres coquetas, de los Tenorios, de
los anarquistas y de algunos catedráticos que quieren ser amados por
aquellos mismos a quienes tratan de ofender y de molestar. En algunos
países en donde la masa es un poco amorfa, como en Alemania y en Rusia,
se da el caso de que los hombres que más denigran su país son los más
admirados; en España, esto es absolutamente imposible.
María sintió desde el principio una profunda aversión por aquel
farsante peligroso, y se manifestó con él indiferente y poco amable.
Brull tenía, como Aracil, cierta originalidad retórica y un ansia
por el último libro, la última teoría, el último sistema filosófico,
completamente catalana. Una palabra nueva, terminada en ismo, que no la
conociera nadie, era para él un regalo de los dioses.
Si, por ejemplo, hablaban de ideas filosóficas, y el uno aseguraba su
materialismo y el otro su espiritualismo, saltaba Brull, y exclamaba:
«Yo soy partidario del filosofismo.» Y cuando sus interlocutores
quedaban un poco asombrados, Brull salía con una explicación
pedantesca, disertando acerca de un pensador llamado Filosofoff, de
la Laponia o de la Groenlandia--sabido es que la civilización y la
filosofía huyen del sol--, que había aparecido hacía un mes y tres
días, y demostrado la falsedad de todos los sistemas filosóficos
europeos, americanos y hasta de los catalanes.
Brull era anticatalanista furibundo, lo cual no impedía que estuviera
hablando continuamente de la psicología de los catalanes, de la manera
especial que tienen los catalanes de considerar el mundo, el arte y
la vida. Los italianos del Renacimiento no eran nada al lado de los
catalanes de ahora; al oírle a Brull, cualquiera hubiese dicho que la
preocupación de la Naturaleza, cuando estaba encinta, embarazada con
tanto mundo, embrionario, no era saber en qué acabaría su embarazo, si
no pensar qué haría con los catalanes.
Al dar tanta importancia a los catalanes, tenía que dársela también,
por exclusión y por comparación, a los demás españoles, y así resultaba
que, siendo España en conjunto, según Brull, la última palabra del
credo, a pedazos, era el cogollo de Europa.
Brull no convencía, pero hacía efecto; tenía el don de lo teatral: su
argumentación y su fraseología eran siempre exageradas y brillantes.
A un interlocutor sencillo le daba la impresión de un hombre
extraordinario.
Toda idea de superioridad individual, regional o étnica halagaba la
vanidad de Brull. Contaba una vez a Iturrioz, con fruición maliciosa,
que uno de sus amigos, separatista, llamaba a España la Nubiana; e
Iturrioz, que le escuchaba muy serio, le dijo:
--Eso no tiene mas que el valor de un chiste, y de un chiste malo. Es
lo mismo que lo que me decía un profesor vascongado.
--¿Qué decía?
--Decía que en España no se puede hacer mas que esta división: vascos y
maketos, y añadía que maketo es sinónimo de gitano.
Brull sintió casi una molestia al oírse llamado por un mote
despreciativo. Era el catalán hombre de una susceptibilidad y de
una violencia grandes, que se irritaba por las cosas más pequeñas;
así, que experimentó una ira feroz al ver a María Aracil que no sólo
no se interesaba por él, sino que le huía. Esto a Brull le ofendió
profundamente, y le maravilló hasta tal punto, que un día, viéndola
sola, le dijo, con su sonrisa amarga de mediterráneo:
--¿Qué tengo yo para que me odie usted de ese modo?
--Yo no le odio a usted.
--Sí, que me odia usted. Tiene usted por mí verdadera aversión.
--No es verdad.
Brull, para tranquilidad de su soberbia, necesitaba suponer en María
mejor una aversión profunda que una fría indiferencia.
--¿Es que yo le he hecho a usted algo?--siguió preguntando Brull.
--Sí, está usted arrastrando a mi padre a que haga alguna tontería.
--¡Bah! No tenga usted cuidado--y Brull se echó a reír con su risa
antipática--. El doctor no es de los que se sacrifican por la idea.
La risa de Brull hizo enrojecer a María.
--¿Y usted, sí?--dijo con desprecio.
--Yo sí--contestó él con una violencia brutal.
--Pues peor para usted--contestó María, asustada.
Unas horas después, Brull envió una carta a María. Era una carta
petulante, con alardes inoportunos de sinceridad. Decía en ella
que él no había querido a ninguna mujer, porque consideraba a las
españolas dignas de ser esclavas; pero si ella quería hacer un ensayo
con él, para ver si sus dos inteligencias se comprendían, él no tenía
inconveniente alguno. De paso, en la carta citaba una porción de
nombres alemanes y rusos que María supuso serían de filósofos.
María, que no hubiese sido cruel con otro cualquiera, pensando en que
Brull se había reído de su padre, le devolvió la carta, pidiéndole, de
paso, que no le volviera a escribir, porque no le entendía.
Brull debió de manifestar al doctor la aversión que le demostraba
María, y Aracil preguntó a su hija:
--¿Por qué le tienes ese odio a Brull?
--Porque es un majadero y un farsante, y, además, malintencionado y
peligroso.
--No, no. Es un hombre desgraciado, que no tiene simpatía, pero es un
cerebro fuerte. Su historia es muy triste; parece que su madre es una
señora rica de Barcelona que tuvo un hijo, fuera del matrimonio, con un
militar vicioso y perdido, mientras el esposo de esta señora estaba en
Filipinas, y al hijo lo tuvieron en el campo y luego lo educaron en un
colegio de Francia. Y ahora los hermanos de Brull son riquísimos, y él
vive de una pensión modesta que le dan por debajo de cuerda.
--De manera que se ha hecho anarquista por envidia.
--No, no. Eres injusta con él. Brull es un hombre de ideas. Parece que
de niño era aplicado y quería hacerse cura, hasta que supo su origen
irregular y leyó un libro con las atrocidades cometidas en Montjuich,
y se sintió furibundamente anarquista. Lo primero que dice al que le
conoce por primera vez es que él es hijo natural, y asegura que tiene
orgullo en esto. Es irritable porque está enfermo. Yo le digo que se
cuide, pero no quiere... Y lo que pasa en Madrid, que creo que no
ocurrirá en ninguna parte.
--Pues, ¿qué ha pasado?
--Que Brull ha conocido en el café a dos viejecitos que, al oírle
contar sus aventuras, le dan algún dinero y le quieren proteger.
--¿Y él no quiere?
--No. Él se ríe de ellos. Pero la verdad es que sólo aquí, en este
pueblo débil y misericordioso, se encuentran estos protectores en la
calle.
--Vete a saber lo que les pasará a esos viejecitos. Quizá les recuerde
Brull algún hijo que hayan perdido.
--¿Quién sabe?
Aracil estimaba mucho a Nilo Brull, y María llegó a creer que le tenía
miedo. Un día, el doctor vino por la noche un poco alarmado.
--Esta tarde ese Brull me ha hecho pasar un mal rato--dijo.
--Pues ¿qué ha ocurrido?
--Estaba yo a la puerta del Suizo, hablando con Brull, cuando se para
delante, en su coche, el marqués de Sendilla. «¿Tiene usted algo que
hacer ahora?», me ha dicho. «Nada, hasta las siete.» «Pues suba usted
y daremos un paseo.» «Es que estoy con este amigo.» «Pues que suba su
amigo también.» Hemos subido y hemos ido a la Casa de Campo. La tarde
estaba magnífica. De repente, se cruzan en el camino el rey y su madre
en coche, y da la coincidencia de que se paran delante de nosotros,
y le veo a Brull, con una mirada extraña, que se lleva la mano al
bolsillo del pantalón como buscando algo. ¡He llevado un rato! El
marqués no lo ha notado. Hemos seguido adelante, y, a la vuelta, el
marqués nos ha dejado en la Puerta del Sol. Al bajar del coche le he
dicho a Brull: «¡Me ha dado usted el gran susto!», y él se ha reído,
con esa risa amarga que tiene, y ha dicho: «Yo no soy cazador como él.
Respeto la vida de los hombres y la de los conejos.» Pero, ¿qué sé yo?
Tenía una expresión rara.
--Lo que debías hacer es no andar más con Brull.
--Sí, sí; es lo que haré. En la Casa de Campo he visto a Isidro, el
guarda, el padre de aquella chica que curé en el hospital.
--¡Ah, sí!
--Me ha saludado con gran entusiasmo. Es una buena persona.
--Pues tiene todas las trazas de un bandido.
--Sí, eso es verdad; sin embargo, yo creo que ese hombre haría por mí
cualquier sacrificio.
Un día, Brull presentó al doctor Aracil dos compañeros que venían de
Barcelona: el señor Suñer, catalán, y una señorita rusa.
El señor Suñer, hombre de unos cincuenta años, de figura apostólica,
se creía un lince y era un topo. Quería hacer propaganda libertaria, y
todo el que le oía renegaba para siempre del anarquismo. Completamente
vulgar y completamente hueco, el señor Suñer se disfrazaba de santón
del racionalismo, y los papanatas no notaban su disfraz. Como era rico,
el buen señor se daba el gustazo de publicar una pequeña biblioteca,
escogiendo, con un criterio de galápago, lo más ramplón y lo más
chirle de cuanto se ha escrito contra la sociedad.
El señor Suñer intentaba demostrar en su conversación que, como
crítico de los prejuicios sociales, no tenía rival, y lo único que
demostraba era cómo pueden ir juntos, mano a mano, la pedantería con
el anarquismo. Hacía este Kant de la Barceloneta los descubrimientos
típicos de todo orador de mitin libertario. Generalmente, esos
descubrimientos se expresan así: «Parece mentira, compañeros, que haya
nadie que vaya a morir por la bandera. Porque, ¿qué es la bandera,
compañeros? La bandera es un trapo de color...» El señor Suñer era
capaz de estar haciendo descubrimientos de esta clase días enteros, sin
parar.
La bandera es un trapo de color, la Biblia es un libro, las armas
sirven para herir o matar, etc., etc. El señor Suñer era un pozo de
ciencia y de profundidad. La señorita rusa era una judía que iba
rodando por el mundo en busca de un nombre que explotar. Esta señorita,
fea, vanidosa, petulante, sin inteligencia, tenía aire doctoral, cara
de mulato, color de dulce de membrillo y lentes.
Aracil habló con Suñer y con la señorita rusa, y discutieron acerca de
la acción directa. La judía decía que, con el tiempo, los anarquistas
rusos se darían la mano, por encima del Rhin, con los italianos y los
españoles.
El señor Suñer pidió un libro a Aracil para su biblioteca; un libro
pequeño, de consejos médicos.
--Esto no le hace a usted solidario con nosotros--dijo Suñer.
--Lo soy. Donde otro vaya iré yo.
Suñer, Brull y la rusa estrecharon con fuerza la mano de Aracil. Era un
pacto, un compromiso solemne y teatral, al que no le faltaba mas que
música.
--Si esperan que yo haga algo--dijo Aracil, cuando se vió solo y se
sintió frío y prudente--, están divertidos.
Al cabo de algún tiempo, María recibió una carta de Brull, fechada en
París, una carta larga, inquieta, exasperada y artística. Terminaba
diciendo: «Alguna vez oirá usted hablar de mí. ¡Adiós!»
--¡Adiós!--dijo María, y rompió la carta con disgusto. Aquella gana de
tomar la vida siempre en trágico le molestaba. Además, creía que Nilo
Brull, sobre ser desagradable y antipático, era un farsante.
VII.
EL FINAL DE UNA SOCIEDAD ROMÁNTICA
La víspera de la fiesta, por la noche, el doctor Iturrioz fué a casa
de Aracil; se sentó en su butaca, paseó la mirada por el cuarto, y,
después de hacer la observación, que no olvidaba nunca, de que Aracil y
su hija vivían muy bien, pidió a María una copa de coñac.
--¡Ah! ¿Pero puede usted tomar alcohol?--preguntó María, riendo y
levantándose para servirle la copa.
--Hoy sí. Hasta el veintiuno de junio. Desde el veintiuno de junio en
adelante no tomaré ya alcohólicos hasta el año que viene.
Luego, con la copa en la mano, dijo:
--¿Y qué os parece de este matrimonio? Vamos a ver cosas buenas en
España.
--Yo creo que no pasará nada--aseguró Aracil.
--¡Qué sé yo! Hay un dato que a mí me intriga.
--¿Y es?--preguntó María.
--Es, con vuestro perdón, que el urinario que hay en la calle de la
Beneficencia, delante de la capilla protestante, lo van a quitar.
--¿Y eso qué importa?--dijo, riendo, María.
--Mucho. Eso indica que los protestantes empiezan a tener fuerza. Ahora
quitan el urinario, mañana quitarán la fe católica. El catolicismo
va a marchar mal. ¡Una reina que ha sido protestante! Es grave. La
verdad es que los reyes son siempre muy religiosos, pero, cuando les
conviene, cambian de religión como de camisa. A nuestra aristocracia,
tan católica, no le gusta nada la boda, y doña Dientes debe estar que
echa las muelas.
--Eres un fantástico, Iturrioz--murmuró Aracil, que hojeaba un
periódico de la noche.
--No; soy un hombre previsor.
--¡Bah!
--Pero vosotros no notáis lo que cambia Madrid. Toda la vieja España se
derrumba.
--Yo no veo que se derrumbe nada--replicó María.
--Sí, sí; hay muchas cosas que se derrumban y que no se ven. Tú no
sabes, María, cómo era el Madrid que hemos conocido nosotros. Todos
eran prestigios. ¿No es verdad, Aracil? Echegaray, Castelar, Cánovas,
_Lagartijo_, Calvo, Vico, Mesejo, ¡qué sé yo! Era un pueblo febril, que
daba la impresión de un tísico que tiene la ilusión de sentirse fuerte.
Y ahora nada, todo está apagado, gris. Se dice que todo es malo..., y
es posible que tengan razón.
--Yo no encuentro tanta diferencia--replicó Aracil.