--Sí--le contestó María.

--Ya les diré dónde voy a vivir.

Venancio estuvo dos veces en casa del doctor Aracil, y María comenzó a

visitar con frecuencia a su primo.

Alquiló éste una casa cuya parte de atrás daba al paseo de Rosales;

habilitó y dispuso, para vivir constantemente en ellos, los dos cuartos

más grandes y soleados; en uno arregló su gabinete de trabajo y en el

otro el de las niñas.

Puso su despacho sin pretensiones de lujo; sobre estantes de pino, sin

pintar, colocó piedras, fósiles, calaveras de animales, gradillas con

tubos de ensayo; en las paredes fué clavando fotografías de minas,

planos geológicos, lámparas de minero de nuevos sistemas, anuncios

de cables, de vagonetas, de sondas para perforar, de máquinas para

triturar piedras. Venancio era entusiasta de su profesión y le gustaba

rodearse de objetos y de estampas que le recordasen de continuo sus

aficiones científicas.

Pasados los primeros días, en que el ingeniero recibió algunas visitas

de parientes y amigos, no fué nadie por su casa. Cuando María encontró

este oasis tranquilo, comenzó a acudir a él y a cultivar el trato

de su pariente. El primo Venancio era hombre bondadoso e ingenuo.

Sus estudios y las lecciones que daba a sus hijas le ocupaban el día

entero. Venancio era un excursionista terrible; había subido a todos

los montes de España, y se había bañado en las lagunas de Sierra

Nevada, de Peñalara, de Gredos y del Urbión. Venancio se ocupaba casi

exclusivamente de cuestiones científicas; lo demás le interesaba poco;

la literatura le parecía una cosa perjudicial, y, en su biblioteca, las

únicas obras literarias que figuraban eran las novelas de Julio Verne.

--¿No las has leído?--le dijo una vez a María, a quien ya tuteaba, por

razón del parentesco--. No tienen gran valor científico, ¿sabes?, pero

están bien.

María se llevó las novelas de Julio Verne a su casa; la entretuvieron

bastante, y, además, le hizo mucha gracia encontrar cierto parecido

entre los tipos de sabios de estas novelas y su primo Venancio. Desde

entonces comenzó a llamarle, en broma, el _primo Benedicto_, recordando

un tipo caricaturesco de la novela _Un capitán de quince años_.

Se acostumbró a llamarle así, y algunas veces se lo decía a él mismo,

sin notarlo.

María y el _primo Benedicto_ se entendían muy bien.

Muchas tardes de otoño y de invierno iba ella a casa de su primo, y con

él y con sus niñas marchaba al paseo de Rosales. Se sentaban allá; las

niñas jugaban; Venancio y María daban a la comba, y venían otras chicas

y hablaban todas y corrían por aquellas cuestas.

El _primo Benedicto_ no dejaba de ser un guasón, a su manera. Un

domingo fueron a Cercedilla, Venancio con sus hijas, la tía Belén

con las suyas y María. Iban subiendo el pinar para comer en lo alto;

Venancio marchaba con su traje de franela, su sombrero de alpinista y

la botella de aluminio en el cinto. En uno de los altos de la marcha,

volviéndose a María, ingenuamente, le dijo:

--Esto es bastante tartarinesco, ¿verdad?

A María le dió tal risa, que tuvo que pararse para reír.

Venancio sonrió; sus observaciones plácidas tenían el privilegio de

regocijar a María.

Era el primo un hombre sincero, que llevaba a la práctica lo que

pensaba. Estaba dando a sus hijas una educación natural, aunque en

Madrid pareciese absurda. Los juguetes de sus niñas eran las brújulas,

las lámparas de minero, la cinta, las piritas de cobre cuadradas y

brillantes.

--Todas estas saben ya algo de Mineralogía--le dijo una vez Venancio a

María--. Pregúntales por cualquier piedra de las que hay aquí.

Cogió María un mineral con cristales cúbicos, de color gris.

--¿Qué es esto?--preguntó.

--Galena con láminas de plata--dijeron las tres chicas mayores.

El padre hizo un ademán afirmativo.

--¿Y esto otro amarillo?

--Blenda.

--¿Y estos cuadraditos dorados?

--Calcopirita.

--¿Y esto amarillo, de color de canario?

--Oropimente.

--Es veneno--añadió Maruja, la mayor--, porque tiene arsénico, y echa

olor a ajo si se quema.

María se echó a reír.

--Pero ¡son unas sabias estas chicas! ¿Y estas piedrecitas

azules?--siguió preguntando.

--Lapislázuli.

--¿Y estos cuadrados?

--Espato fluor.

--Ya es saber demasiado.

María llegó a tomar afición a aquellos minerales y aparatos de

ingeniería, y, bajo la dirección de Venancio, comenzó a estudiar

Química y la marcha general de análisis.

Como era muy atenta y estudiosa, en poco tiempo llegó a saber manejar

los aparatos, los ácidos, el soplete, los tubos de ensayo, y consiguió

analizar bien.

Su padre le aseguró que si arreglaba un pequeño laboratorio tendría

trabajo.

IV.

AMISTAD

No existía buen acuerdo entre el _primo Benedicto_ y el doctor Aracil.

La familia de Venancio no había visto con buenos ojos el matrimonio del

doctor con la madre de María, porque, al parecer, Enrique Aracil, antes

de casarse, y después de casarse también, tuvo sus veleidades de don

Juan. María notó que existía un marcado antagonismo entre su padre y

Venancio.

--Es un topo--decía Aracil--. De estos hombres que sirven para las

cosas pequeñas y que no pueden llegar nunca a las ideas generales.

Las ideas generales constituían el caballo de batalla de Aracil. En el

fondo, las ideas generales no eran para el doctor mas que las ideas de

moda, aderezadas con unas cuantas ingeniosidades y chistes.

Venancio no iba a la zaga en criticar a los hombres de las ideas

generales, y una vez, refiriéndose a un médico orador, dijo:

--Los hombres brillantes son la plaga de España. Mientras aquí haya

hombres brillantes, no se hará nada de provecho.

María fué evidenciando la hostilidad, al principio latente, entre su

padre y Venancio, y la achacó a divergencias de temperamento. Pensaba

que el ingeniero sentía también algunos vagos celos de los triunfos de

su padre. Sin embargo, le costaba trabajo atribuír una mala pasión a

Venancio, porque, a medida que le trataba, veía en él más claramente

un carácter limpio de intenciones tortuosas y de envidias. Venancio

alababa con entusiasmo a los compañeros que llegaban a conseguir

lo que él pretendía, y los alababa sin resquemor, con una buena fe

extraordinaria. Para él la ciencia era como una gran torre hacia lo

ignorado, que había que agrandar y completar, y casi le parecía lo

mismo que la completara y agrandara un hombre u otro.

Aracil, con un criterio diametralmente opuesto, consideraba la Ciencia,

el Arte o la Política como campos donde poner de manifiesto y destacar

la personalidad, y estimaba el _sum-mum_ de la vida de un escritor, de

un hombre de ciencia o de un artista el que el conjunto de las letras

de su nombre se escribiera cien, dos cientos, quinientos años después

de muerto.

En algunas cuestiones, Aracil y Venancio coincidían; pero era más

una coincidencia superficial que otra cosa. Ambos sentían el mismo

apartamiento por la vieja moral sancionada; pero, en Aracil, su

protesta le servía como motivo de charla, y en Venancio era una

convicción que llevaba a la vida.

Aracil no se había preocupado nunca seriamente de las ideas de su hija;

en el fondo, creía, como buen meridional, que las ideas de una mujer no

valen la pena de ser tomadas en serio.

En cambio Venancio, en el caso concreto de sus hijas, quería

desenvolver la personalidad de las niñas, buscando la manera de

armonizarla con el medio.

El hombre, según él, debía poner la vida entera en educar a sus hijos.

Siguiendo su teoría, Venancio estaba a todas horas ocupadísimo.

--Siempre se habla a los hijos de los deberes que tienen para con los

padres--decía él--. A quienes hay que hablar es a los padres de los

deberes que tienen para con sus hijos.

Y esto, sin ser una gran novedad, era ciertísimo.

Venancio no quería llevar al colegio a sus chicas.

--Entre el miedo al diablo, el hacer trabajar la inteligencia sobre el

vacío de estúpidas abstracciones y la falta de ejercicio, los colegios

españoles estropean la raza. No dan mas que dos productos, y los dos

malos: la mujercita histérica, mística o desquiciada, o la mujerona

gorda y bestial.

María no aceptaba siempre las ideas de Venancio, y solían discutir.

Fuera de las cuestiones filosóficas y literarias, de las cuales el

ingeniero tenía un concepto demasiado sumario, en lo demás era un

enciclopedista; una flor, una llave de luz eléctrica, un charco,

una nube, un trozo de piedra, le servía de motivo para una larga y

entretenida disertación científica.

María muchas veces le contradecía por oírle. Al principio de conocerle,

sintió por el primo Venancio un afecto mezclado de efusión y de ironía.

El ver que el ingeniero la consideraba, no como una niña ni como una

señorita impertinente, sino como una persona mayor, a quien se podían

consultar los asuntos más graves y serios, daba a María una impresión

de simpatía y de risa. Luego se fué acostumbrando a este trato de

seriedad, y experimentó una sensación de paz al hablar y discutir con

su primo.

Venancio poseía una gran calma y ecuanimidad; en caso de duda, siempre

se inclinaba en un sentido conciliador. Muchas veces María se rebelaba

contra la opinión sensata de su pariente, y replicaba con viveza alguna

frase irónica, por el estilo de las del doctor Aracil; pero cuando le

pasaba el pronto, convenía en que, casi siempre, Venancio tenía razón.

Muchas veces satirizaba la flema del ingeniero; pero lo cierto era que,

a su lado, sentía un agradable bienestar. En general, con las demás

personas, María era un poco burlona; la mayoría de las gentes conocidas

le excitaban a mostrarse ingeniosa y aguda. A Venancio no le gustaban

las frases chispeantes, que envuelven casi siempre desdén o mala

intención, y cuando elogiaba a María, era cuando se mostraba juiciosa y

humana.

--Me quiere--pensaba María--; pero me quiere como a una hija mayor.

Alguna vez sentía como un relámpago de coquetería, y, casi sin darse

cuenta, llevada por su instinto de mujer, hacía un gesto o dirigía una

mirada, que Venancio notaba en seguida, y, entre asombrado y confuso,

contemplaba a María, con una gran inquietud en sus ojos castaños, de

una mirada tímida y honrada.

--¿Por qué no me dice alguna vez que estoy bien, que soy

bonita?--pensaba ella.

Algunos días María se presentó en casa de Venancio con traje nuevo,

elegante, ágil y graciosa como un pájaro. En la calle oía elogios a su

gallardía, y ella pensaba:

--¡Y él no me va a decir nada!

Y, efectivamente, él no sólo no le decía nada, sino que, al verla tan

elegantona, desviaba la vista y le hablaba sin mirarla, como si sus

atavíos le produjeran cierta cortedad y turbación.

Siempre que tenía tiempo de sobra, María iba a casa de Venancio y

tomaba parte en las lecciones, y, cuando concluían éstas, se llevaba a

pasear a las niñas.

María y sus sobrinas conocían todos los grandes y los pequeños encantos

del paseo de Rosales.

Entre los grandes encantos de este paseo, podía considerarse como el

mayor la vista del Guadarrama, azul en las mañanas de invierno, con su

perfil hosco y sus crestas de plata; gris las tardes de sol, y violáceo

obscuro al anochecer. La Casa de Campo tenía también perspectivas

admirables, con sus cerros cubiertos de pinos de copa redonda. En

otoño, las arboledas de esta posesión real presentaban una gama de

colores espléndidos, desde el amarillo ardiente y el rojo cobrizo hasta

el verde obscuro de los cipreses. El Manzanares, después de las lluvias

otoñales, tomaba apariencias de un río serio, y se le veía brillar

desde lo alto de los desmontes y deslizarse por debajo de un puente.

Los pequeños encantos del paseo consistían en ver cómo trabajaban los

obreros en el parque del Oeste, en contemplar los estanques próximos

a la Moncloa, bordeados de cipreses, y en seguir, con la mirada, los

rebaños de cabras diseminados por los barrancos, en busca de la hierba

corta nacida entre los escombros. Y aun con éstos no se agotaban los

atractivos del paseo, pues quedaba todavía, como recurso, el presenciar

los ejercicios musicales de los cornetas y tambores, instalados en los

desmontes, y el ver cruzar los trenes, que se alejaban echando humo

blanco, que flotaba en el aire como una nubecilla.

Daba la impresión este balcón del paseo de Rosales de esos cuadros

antiguos y explicativos en los cuales el pintor trató de sintetizar

las actividades de la vida entera. Al mismo tiempo que el tren echando

humo, se veía cerca una casuca con un corral en donde los conejos

jugaban y las gallinas picoteaban en el estiércol; cerca de los

soldados, los golfos husmeaban en los alrededores de la antigua fábrica

de porcelana.

El paseo, en algunas ocasiones, se llenaba de gente, y en los días

de fiesta, de santos del rey o de la reina, había para los chicos el

espectáculo sensacional de ver disparar las salvas de artillería...

Una noche de verano, muy estrellada, estaban en el despacho Venancio

con sus hijas y María. Tenían el balcón abierto, y vieron cruzar el

cielo una estrella errática, que dejó un rastro luminoso. Venancio

quiso dar la explicación del fenómeno, y tuvo que remontarse hasta el

sistema del mundo. Desde la atmósfera de la Tierra, por la que cruzan,

incandescentes, los asteroides, pasó a hablar de los demás planetas:

de Marte, con sus canales y sus fantásticos avisos enviados a nuestro

mundo; de Venus y de Júpiter. Luego habló del Sol, de su tamaño, de

la cantidad de fuerza que representa su calor, de las hipótesis que

hay para explicar este incendio; después indicó esa estrella de la

constelación de Hércules, hacia donde marcha con el Sol todo el sistema

planetario; señaló la Osa mayor y menor, la constelación del Dragón,

Casiopea, Vega, que dista de la Tierra 42 billones de leguas; Arturo,

cuya luz tarda en llegar a nosotros veinticinco años, y, por último, se

perdió en conjeturas, hablando de la Vía láctea y del espacio...

María experimentaba como un vértigo al sumergir la mirada en aquel éter

desconocido, lleno de mundos ignotos... Las niñas se habían dormido;

Venancio seguía hablando y María escuchaba y miraba al cielo.

--Y eso, ¿para qué?--preguntó, de pronto, María.

Venancio sonrió.

--Aunque tuviera una razón, un objeto el universo--dijo--, los hombres

no lo podríamos comprender.

--¿Y si lo tuviera?--preguntó María, con ansiedad.

--Si lo tuviera, lo tendríamos también nosotros. Estaríamos dentro de

una intención divina.

--¿Y si no lo tiene?

Venancio se encogió de hombros.

--Si no lo tiene--agregó María, con viveza--estamos desamparados.

Y al decir esto sintió un escalofrío, del relente de la noche.

--No hay que tener demasiada ambición--dijo Venancio, pensativo.

--Me voy, es muy tarde--saltó diciendo María.

--Te acompañaré.

Salieron, y, sin hablarse, fueron hasta casa de Aracil.

Desde aquel día, el ingeniero tomó a los ojos de María un carácter de

sabio misterioso, que vivía trabajando en su laboratorio y observando

las estrellas.

Las visitas tan frecuentes de María a casa de su primo no pasaron

inadvertidas para sus tías.

--Chica, eso no se puede hacer--le dijo la tía Belén, hablando de esta

cuestión.

--¿Por qué no?

--¿Qué va a decir la gente?

--Que diga lo que quiera. ¡A mí qué me importa!

--¡No te importa! ¿No te ha de importar? Yo conozco a Venancio y sé

cómo es; pero otra persona puede pensar cualquier cosa mala.

--¡Psch! ¡Que piense!

--Es que esa indiferencia no se puede tener en sociedad. No se puede

ser así.

--Pues yo no pienso ser de otra manera. Venancio es mi pariente y mi

amigo; me da lecciones de cosas que a mí me sirven.

--Sí, y dicen que, mientrastanto, te hace el amor, que se ha enamorado

de ti.

--¡Bah! No diga usted tonterías. Venancio es muy bueno y yo le tengo

mucho cariño, y a sus hijas también. Y si la gente quiere creer otra

cosa, ¡qué le voy a hacer!, no voy a dejar de ver a las personas que

quiero, pensando en lo que dicen las que me tienen sin cuidado.

Este espíritu de independencia fué comentado entre los amigos y

parientes de la casa de doña Belén, y el tío Justo, el filósofo de la

familia, hombre muy casero, muy ordenado, muy indiferente y egoísta,

pero de una gran probidad en las palabras, dijo:

--Yo creo, la verdad, que con el tiempo, todas las mujeres de algún

corazón y de alguna inteligencia serán por el estilo de María.

La declaración cayó como una bomba, y la tía Belén afirmó que, aunque

fuera verdad, era una impertinencia decirlo delante de sus hijas.

El tío Justo, hombre de gran sentido práctico, sabía poner los puntos

sobre las íes, y a su audacia de expresión no arredraba nada. Alababa

siempre a María por su deseo de trabajar y por su espíritu de

independencia, pero solía decirle a quemarropa:

--Tu padre es un farsante--y añadía--: El que vale más de toda la

familia es Venancio.

María no sentía ningún afecto por este viejo cínico, ni por su

franqueza tampoco; porque, fuera de su juicio claro y exacto de las

cosas, no tenía nada digno de estimación, y aun su veracidad le servía

únicamente para ser lo más desagradable posible.

A consecuencia de estas visitas de María a casa de su primo, se habló

de que el ingeniero debía casarse, y un día en que los dos se reunieron

en casa de la tía Belén, ésta provocó la conversación del matrimonio de

Venancio.

La buena señora creía cumplir una misión providencial preparando

matrimonios, y apuró todos sus argumentos para convencer al ingeniero.

Él la oía, unas veces afirmando con ella, otras, negando.

--Y a ti, ¿qué te parece?--preguntó Venancio a María--, ¿que me debo

casar?

--No--contestó ella--; harías una barbaridad. Además, no vas a

encontrar quien quiera cargar con un viudo con cuatro chicas.

Venancio se turbó.

--Pues yo creo que debía casarse--insistió la tía Belén--. Si no, estas

niñas, ¿qué van a hacer cuando sean un poco mayores?

--Siempre estarán mejor que una con madrastra--replicó María.

--En fin, no sé--concluyó el ingeniero, pensativo--. Es difícil

decidirse. Además, no me querrían. Es indudable.

María comprendió que había ofendido a Venancio, y lo sintió en el alma.

Muchas veces pensó después en la manera de enmendar su salida de tono,

pero temía echarlo a perder. Sin embargo, veía que su frase había

herido a su pariente, y pensar que devolvía con una broma dura y cruel

las atenciones que tuvo siempre con ella, le llenaba de tristeza.

V.

ANARQUISMO Y RETÓRICA

Un acontecimiento, que tuvo una gran importancia en la vida de Aracil y

de su hija, fué una sencilla conferencia que dió el doctor en el Ateneo.

Algunos de sus admiradores de la docta casa le invitaron, con

insistencia, a hablar, y Aracil, después de resistir un poco, aceptó y

dijo que su trabajo versaría acerca de «El anarquismo como sistema de

crítica social».

El doctor recogió sus ideas sobre esta cuestión y escribió algunas

cuartillas, y una noche en que fué a visitarle Iturrioz, le leyó su

trabajo.

Aracil, que se conocía bastante bien y sabía hasta dónde alcanzaba su

decantada originalidad, consideraba a Iturrioz como un receptáculo

de originalidades en bruto y como un comprobador de sus ideas. Por

esta razón nunca había presentado a su amigo en los sitios que él

frecuentaba, y a Iturrioz, que era ingenuo y, como él decía, uno de

los defensores de la antiliteratura y del antihumanismo, no se le

podía ocurrir que sus frases toscas las luciera su amigo, un poco mejor

aderezadas, como ocurrencias chispeantes.

La tesis que defendió Aracil en su «Memoria» no era nueva ni mucho

menos: se reducía a sostener que el anarquismo es la forma actual del

análisis y de la crítica, y que los sistemas anarquistas o ácratas

conocidos no son, en el fondo, mas que formas caprichosas y sin ningún

valor del socialismo utópico.

Según Aracil, en el pensamiento existen siempre ideas y juicios

propios, individuales, e ideas y juicios prestados, impuestos,

aceptados por inercia espiritual. Las ideas adquiridas o heredadas

estaban reconocidas y sancionadas por el temor, por la inutilidad o

por la costumbre; las ideas individuales, propias, contrastadas por la

razón, nacían de una tendencia analítica; pero, en general, pugnaban

contra el ambiente. Estas tendencias analíticas, impulsos de nuevos

conocimientos, iban, históricamente, constituyendo la Filosofía, la

Crítica y la Ciencia, en último término.

Al descender la tendencia analítica desde la altura de los hombres

ilustres a la masa, había creado el anarquismo, llamando así a la

crítica pura, no a la arbitraria concepción de la sociedad sin Estado.

«Claro que es natural--leyó Aracil--que el hombre cuyas ideas estén

expuestas a una nueva contrastación, varíe sus ideales y hasta

modifique la noción central de su pensamiento. Esto carece de

importancia en el escritor o en el filósofo, pero la tiene grande

en el político, que debe poseer la habilidad de no dejar traslucir

sus desilusiones ni la variación de sus puntos de vista, pues la masa

no sigue la evolución de las ideas en un hombre, y atribuye siempre

a motivos interesados lo que puede ser sólo producido por motivos

intelectuales.»

Aracil siguió leyendo su «Memoria», y, cuando concluyó, mirando a su

amigo, dijo:

--¿Qué te parece?

--Bien.

--¿Lo encuentras razonado?

--Sí.

--Pero, bueno, ¿qué objeciones se te ocurren?

--Muchas--y el doctor Iturrioz quedó pensativo, mirando al fuego--.

Claro que me parece natural y lógico en toda persona joven, sana y

honrada, ser rebelde, inmoral y ateo. ¿No te molesto, María?

--No; por mí, puede usted hablar--dijo María, que bordaba a la luz de

la lámpara.

--Sí--murmuró Iturrioz, y sacudió con las tenazas las leñas que ardían

en la chimenea--; todo hombre fuerte, inteligente, que conserve sus

tejidos cerebrales jugosos, tiene que ser un negador en presencia

de la estupidez de las leyes y de las costumbres. Ahora, cuando va

viniendo el cansancio y el temor de no poder luchar contra el medio

social, estado que probablemente procederá de una atonía, quizá de la

esclerosis del sistema nervioso, entonces se va acabando la rebeldía,

se acepta la moral, se reconoce la legitimidad de la religión. Esto no

quiere decir mas que laxitud y fatiga. ¿Por qué he transigido yo en la

casa de huéspedes donde vivo con un cura imbécil que me molesta todos

los días? Por fatiga.

--¿Y tú crees--preguntó Aracil, viendo que el buen ogro de Iturrioz

divagaba--que debía sostener en mi «Memoria» francamente la anarquía?

--No; la anarquía es una necedad, una utopía ridícula y humanitaria,

indigna de un investigador--contestó Iturrioz--. Un hombre no es un

astro en medio de otros astros; cuando un individuo es fuerte, su

energía se extravasa e influye en los demás. ¿Es que yo creo imposible

la anarquía en el porvenir? ¡Psch!, no sé. La anarquía, o la acracia, o

algo parecido a una sociedad casi sin Estado, puede venir algún día, y

puede venir de la cultura, de la democracia y de la debilidad. El día

que los hombres elevados sean muchos y sus instintos débiles, nadie

querrá mandar. Pero si la acracia es posible en un porvenir lejano, no

lo es actualmente, y no vale la pena de preocuparse de la vida en lo

futuro, sino de la vida actual.

--Y, para la vida actual, ¿tú crees perjudicial el anarquismo?

--Perjudicial, no: al revés. Para mí, la vida española de hoy es como

una momia envuelta en vendas, o, mejor quizá, como una de esas figuras

de un escaparete de ortopédico, cojas, mancas, llenas de férulas, de

vendajes y de aparatos. ¿Qué se puede idear para que la figura se

mueva y ande? Yo creo que hay dos caminos: uno, el mejor, el de la

violencia, el de la lucha individual, echando a un lado la vieja moral,

la religión, el honor, todas esas preocupaciones que nos han aplastado,

reduciendo el Estado a un artificio mecánico, a una policía y a un

Código; otro, el de la nivelación de los hombres por el socialismo.

Para mí, la moral de España no debía ser otra que la de la excitación

del amor propio. Nada de patria, ni de religión, ni de Estado, ni de

sacrificio; al español no se le debía hablar mas que a su orgullo y a

su envidia. Ese ha hecho más que tú; tú debes hacer más que él.

--Sí; un individualismo salvaje, una concurrencia sin ley--dijo Aracil.

--Es que el individualismo, la concurrencia libre, no quiere decir la

desaparición absoluta de la ley y de la disciplina; quiere decir la

muerte de una ley para la implantación de otra, la derogación de una

ética contraria a los instintos naturales por el reinado de otra ética

en armonía con ellos.

--Y ¿cuál es la ética natural, según tú?

La dama errante La raza, Tomo I · 第 2 / 11 段