Saladino ordenó la construcción de palacios y murallas que aún existen,

aunque considerablemente modificados, y algunos sucesores de él

levantaron numerosas mezquitas aprovechando los materiales de las obras

antiguas. La dominación musulmana completó la destrucción de las

ciudades egipcias inmediatas al Cairo, Memfis fué borrada por entero,

trasladando los musulmanes á su nueva capital portadas, columnas,

sillares y hasta la cimentación de los templos antiguos. Todavía,

durante el período progresivo de Mohamed-Alí, en 1820, fueron arrasados

varios monumentos faraónicos y arcos de triunfo de la época romana,

empleándose su piedra para hacer cal destinada á las explotaciones

azucareras del dictador mahometano.

Además, los berberiscos, grandes husmeadores de tumbas, encontraron las

entradas secretas de pirámides é hipogeos al ir en busca de tesoros

enterrados, y como para conseguir tales descubrimientos necesitaban

realizar muchas exploraciones preliminares, rompieron en ellas enlosados

y muros, sin aprecio para sus inscripciones. Los albañiles árabes

trituraron igualmente las piedras escritas, mezclando sus pedazos con

barro del río para hacer argamasa.

Antes de esta destrucción mahometana había ocurrido otra, la de los

primeros cristianos, monjes del desierto, que veían en las estatuas

egipcias representaciones del demonio y eran seguidos en sus delirios

por muchedumbres fanáticas. Se salvaron los monumentos de granito,

asperón y pórfido por la dificultad que tales materiales oponen á sus

destructores. También las arenas del desierto salvaron muchas

construcciones antiguas.

Hay que decir en justicia que otras obras del período faraónico han

llegado hasta nosotros gracias al cristianismo, aunque tal no fuese su

voluntad. Los sacerdotes del nuevo culto aprovecharon los templos

egipcios que se mantenían con techumbre para convertirlos en iglesias, y

cubrieron de cal los bajos relieves é inscripciones por creerlos obras

diabólicas. Este blanqueamiento ha servido para que los egiptólogos

encuentren ahora mejor conservados los textos milenarios de la historia

egipcia... Pero ¡qué de estatuas, papiros y otros documentos de fácil

destrucción fueron anulados para siempre por el fanatismo de los

primeros cristianos y por el fanatismo musulmán!

El pueblo egipcio, bajo la dominación de sus soldanes, acabó por

transformarse en un organismo nuevo, y ahora hay que rascar su

revestimiento mahometano para entrever lo que fué en la época faraónica.

El _fellah_ todavía posee un alma igual á la del cultivador de los

tiempos de Memfis y Tebas; la misma resignación, idéntica tendencia á

evitar el trabajo, ya que este trabajo nunca es justamente remunerado.

El rey de hace miles de años lo explotaba sin misericordia,

quebrantándolo á palos cuando no presentaba al recaudador el grano

exigido. Colonos griegos y romanos le trataron con idéntica crueldad.

Los señores feudales de la época musulmana no se mostraron con él más

dulces, y sólo en nuestro tiempo empieza á mejorar su situación,

aproximándose poco á poco á la de un agricultor de Europa.

Dentro de las ciudades es donde se nota la influencia moderna, en la

educación de las personas mayores, en la instrucción de los niños, en la

manera de vivir. Los musulmanes fanáticos, la clase media y el pueblo

conservan las antiguas costumbres, por creer que son las únicas de

acuerdo con las doctrinas del Profeta; pero la alta sociedad sigue los

usos de Occidente, aunque guarda por orgullo patriótico muchos resabios

orientales en su manera de vestir.

A pesar de la afluencia de viajeros durante el invierno, son

infinitamente más numerosos en las calles principales del Cairo los

transeuntes que van vestidos á la musulmana. Las esposas de altos

funcionarios, las damas de la clase media y sus hijas mezclan las galas

tradicionales de las mujeres de harén con los adornos europeos. La falda

extremadamente corta, que es de moda ahora en los pueblos occidentales,

la usan las egipcias del Cairo. Su _yabrah_, ó sea el dominó de seda

negro, que en las señoras mayores y en las musulmanas tradicionalistas

es amplio y largo como un saco, lo llevan las jóvenes muy corto y

abierto por la parte inferior, para que todos puedan ver su falda breve

á la moda de Europa y sus piernas con medias de seda y zapatos de alto

tacón. Por abajo parecen muchachas de París disfrazadas á la oriental;

por arriba conservan el misterio del tapujo, el velo estrecho y largo

que les sirve de máscara y sólo deja ver sus ojos agrandados por una

hábil combinación de líneas azules y negras.

La juventud masculina del Cairo copia con no menos fervor las modas de

Europa, pero en este momento extrema igualmente su nacionalismo, desea

emanciparse de la influencia inglesa, ve con indignación cómo pasan por

las calles de su capital piquetes de soldados británicos con el fusil al

hombro, y por esto, sea cual sea su traje, chaqueta, chaqué ó _smoking_,

conserva en la cabeza el _tarbuch_, gorro rojo de cono truncado, que los

egipcios usan más alto que los turcos. Los ulemas ó sacerdotes van

vestidos como los burgueses musulmanes, con túnica blanca ó azul,

entreabierta superiormente para que se vea el chaleco rayado de vivos

colores, y tocados con el turbante. Éste les sirve de distintivo. Los

que se creen descendientes del Profeta lo usan verde; los coptos, que á

pesar de sus creencias cristianas van vestidos como los mahometanos, lo

llevan de color negro.

Ofrece El Cairo una mezcla rara de orientalismo é influencia europea

mayor que la que se nota en Constantinopla. Sin embargo, conserva gran

parte de su carácter original, pues las construcciones de gusto moderno,

las calles amplias tiradas á cordel, las avenidas con árboles y las

casas de muchos pisos sólo existen en los barrios nuevos. Los

invernantes, al permanecer á veces muchos días en estos barrios del

Cairo, bailando en los grandes hoteles y volviendo á reunirse á la hora

del té en establecimientos á la inglesa, tienen que hacer un esfuerzo

mental para acordarse de que viven en Egipto.

El Cairo árabe es un dédalo de callejuelas que se entrecruzan, formando

ángulos y curvas, retroceden para continuarse á sí mismas paralelamente,

ó se cortan con brusquedad, convirtiéndose en callejones sin salida. El

plano de uno de sus barrios ha sido comparado á un árbol de ramas

torcidas y entrelazadas. Durante la expedición de Bonaparte á Egipto,

resultó frecuente que los destacamentos de soldados de la primera

República francesa, al circular por El Cairo, se extraviasen,

necesitando detener á uno de los transeuntes para que les sirviese de

guía.

Representan los cincuenta y tres _harah_ ó barrios de la ciudad árabe la

red urbana más complicada que existe. Para hacer más fácil su

circulación, la autoridad municipal ha dado recientemente nombres á las

calles y numerado las casas en los lugares más importantes; pero aun con

esta medida, el extranjero que circula solo por el verdadero Cairo puede

estar seguro de perder su rumbo.

La estrechez de las calles y sus frecuentes alternativas de sol y de

sombra resultan agradables en este país de temperatura cálida. Las casas

son altas, hallándose separadas solamente por los escasos metros de

amplitud que tiene la calle, y como los diversos pisos terminan en

miradores avanzados unos sobre otros, los últimos casi se tocan.

Para librar del sol á los transeuntes, se tienden en las vías más

anchas, de una terraza á otra, celosías horizontales de listones ó de

cañas con toldos multicolores, que dan al pavimento sombra y frescura.

Algunas están empedradas con guijarros; otras, más estrechas, con losas

de granito; pero esto sólo se ve en aquellas que tienen bazares ó

pequeños talleres domésticos. En la mayoría, el piso es de tierra y está

siempre húmedo á las horas de sol.

Posee la administración egipcia aparatos de riego para los barrios

modernos, iguales á los que emplean los municipios de las capitales más

progresivas; pero en la ciudad indígena, cuyas calles angostas no

permiten el paso de un vehículo, el riego lo hacen los _saqua_, llevando

un odre de macho cabrío en los brazos, cuya agua derraman lentamente

sobre el polvo.

En ciertos barrios donde se fabrican objetos árabes para los viajeros,

cada calle está ocupada por un gremio especial, que la da el nombre de

su profesión: calle de los Joyeros, calle de los Broncistas, etc. Muchas

de las tiendas son simples cuevas abiertas en el muro, á un metro de

altura. El dueño se muestra con las piernas cruzadas sobre una estera,

en medio de sus mercancías, que cuelgan del techo, de las paredes ó de

la fachada.

Tienen las tiendas más ricas en su exterior un empavesado de nave

antigua. Ondean como banderas y flámulas los chales de seda traídos de

Asia; grandes platos de cobre repujado brillan lo mismo que los escudos

de combate que se colgaban en fila de las bordas. Flota en el ambiente

un olor de rosa y de otros perfumes orientales, densos y persistentes.

Pastillas diversas humean sus aromas de harén á las puertas de los

almacenes, para atraer á los transeuntes.

Como en todos los países habitados por el musulmán, siempre predispuesto

á la inmovilidad y el ensueño, abundan aquí los cafés, con semicírculos

de silenciosos clientes sentados sobre esteras. En unos escuchan al

tañedor de _roubab_, violín de tres cuerdas; en otros peroran los

cuentistas verbales, rapsodas que relatan semanas y semanas los

innumerables episodios de una misma historia, añadiéndola cada vez

nuevos detalles. A estos novelistas, ignorantes del arte de escribir,

debemos que _Las mil y una noches_ hayan llegado hasta nosotros. El

viejo Cairo conservó la gran colección de cuentos orientales tanto como

Bagdad.

Sus monumentos árabes más dignos de aprecio son las mezquitas. La

Ciudadela ofrece un aspecto interesante contemplada de lejos, pero sus

edificios actuales, examinados de cerca, no merecen admiración. Los más

notables resultan copia de otros de Constantinopla. El palacio que

habitó Saladino está en ruinas. Sus columnas, caídas ahora en el suelo,

pertenecieron á los templos faraónicos de Memfis. En un patio de dicha

Ciudadela se abre el llamado «pozo de José», que la leyenda atribuye al

hijo del patriarca Jacob, no se sabe con qué fundamento. Las mezquitas

que sirven de tumbas á los soldanes tienen una elegancia fastuosa á la

turca, que las da aspecto de salones de recepción.

Lo mejor de la Ciudadela es lo que puede verse desde sus antiguos

baluartes, construídos por Saladino. El Cairo se extiende abajo, con

centenares y centenares de minaretes y cúpulas que parecen repartidos al

azar, aglomerándose en unos barrios y rarificándose en otros. Más allá

de la brillante lámina del Nilo se yerguen las tres pirámides de Gizéh,

y otras más pequeñas marcan el emplazamiento de la antigua necrópolis de

Memfis.

Esta ciudad, que es la más grande de Oriente después de Constantinopla,

tiene cuatrocientas mezquitas, según dicen los musulmanes, y de ellas

doscientas cincuenta alzan sus agudas torres en un cielo siempre azul.

Cincuenta gozan de cierta fama por la riqueza de su arquitectura, y las

tres más célebres son la del sultán Haasán, la de Tulun y la Universidad

religiosa de El-Azhar. Visito las dos primeras, templos mahometanos

suntuosos, pero que no se diferencian mucho de los que vi en

Constantinopla y otras ciudades musulmanas. Lo que deseo con impaciencia

es visitar la célebre Universidad religiosa, establecida desde hace

numerosos siglos--tantos como tiene de vida la ciudad del Cairo--en la

mezquita de El-Azhar.

Dicho nombre significa Mezquita de las Flores, y tal vez la llamaron así

los musulmanes por comparar las doctrinas que se enseñan en ella con las

fragancias de un jardín.

Se halla situada en el corazón de la ciudad árabe, y sus tres puertas

dan sobre otras tantas callejuelas, cuyas casas están ocupadas por

pequeños comercios é industrias de familia. Sus fachadas y sus esbeltos

minaretes amarillos, con fajas rojas horizontales, no se pueden ver en

conjunto, pues lo impide la aglomeración de edificios en torno de ella.

Es la mezquita santa por excelencia, el sacro colegio musulmán, al que

acuden todos los que quieren instruirse en la teología y las leyes

islámicas.

No hay nación mahometana que no tenga aquí su grupo de jóvenes. La

enseñanza es gratuita, no existen matrículas, el estudiante permanece en

ella mientras cree que aún le queda algo que aprender, se marcha cuando

considera terminados sus estudios, y algunos de fe insaciable se quedan

para siempre. Los profesores tampoco son en número limitado ni necesitan

títulos especiales. Todo el que quiere explicar un curso se presenta en

El-Azhar, y sentado en el pavimento de su patio ó junto á una de las

columnas del interior de la mezquita empieza sus explicaciones. Siempre

hay estudiantes para formar corro en torno á él. Le escuchan; si creen

que vale la pena seguir oyéndole, permanecen inmóviles. Si consideran

mediocres sus enseñanzas, se alejan, y el maestro acaba por desaparecer,

falto de discípulos.

Ningún profesor goza de retribución; los que no son ricos viven de las

lecciones particulares que puede proporcionarles su prestigio adquirido

en El-Azhar ó de hacer copias de libros antiguos.

El número de estudiantes ha fluctuado según las circunstancias políticas

de Egipto. Por término medio son unos siete mil, y los profesores, de

doscientos cincuenta á trescientos. Durante la dominación de los

madhistas en el Sudán disminuyó mucho la cantidad de estudiantes, por

estar cortado el camino entre Egipto y los pueblos musulmanes del África

ecuatorial.

Abarca esta enseñanza la gramática, la retórica y la versificación,

materias muy importantes para los pueblos de lengua árabe, propensos á

dar mayor aprecio al sonido de las palabras que á los pensamientos

expresados por ellas. Pero la verdadera ciencia de esta universidad, lo

que vienen á buscar sus alumnos desde los últimos confines del mundo

mahometano, es la exposición é interpretación de la doctrina coránica y

la jurisprudencia que se desprende de ella. Como una diversión

intelectual, algunos profesores enseñan además la aritmética, el

álgebra, los cálculos del calendario y ciertas nociones de Medicina,

todo con arreglo á la más estricta fe religiosa, lo mismo que se

enseñaba hace siglos.

Parece imposible que los maestros y estudiantes de El-Azhar sean

descendientes de tantos filósofos, médicos, astrónomos, matemáticos y

alquimistas sarracenos que durante la Edad Media, en España y Sicilia,

prestaron valiosos servicios á la ciencia universal, difundiendo los

tesoros de la sabiduría helénica y realizando descubrimientos que han

sido luego la base de otros cercanos á nuestra época, mientras la mayor

parte de la Europa de entonces vivía en supersticiosa barbarie.

Me cuentan que un profesor intentó hace pocos años explicar la

astronomía moderna á los estudiantes de El-Azhar y los demás maestros lo

obligaron á retirarse, viendo en tal enseñanza un atentado á la ciencia

indiscutible del Corán. En verdad, esta gran escuela del Cairo hace

pensar en Averroes y Avicena como hombres de distinta raza, sin ninguna

relación con sus actuales profesores y estudiantes.

Entro una tarde en la famosa universidad egipcia por la puerta llamada

de los Barberos, que es la principal. Lleva este nombre porque desde

hace muchos siglos penetran por aquí en determinado día de la semana los

barberos encargados de afeitar la cabeza á los alumnos para que les pese

menos el turbante, dejándoles en el occipucio una sola mecha de pelo.

Su vasto patio cuadrangular, con una pavimentación de losas de granito

que debieron pertenecer á algún templo faraónico, es la parte más

frecuentada. Como en El Cairo apenas llueve, aquí dan sus clases los

profesores, y los estudiantes repasan sus lecciones en grupos sueltos.

Paralelamente está la mezquita, de vieja techumbre y columnas

abundantes, descubierta por el lado del patio, lo que hace de ella una

continuación de éste. La mencionada techumbre es plana y nueve filas de

columnas sostienen sus artesonados de fina labor, pero tan viejos que

empiezan á pulverizarse. Ascienden las columnas á trescientas ochenta,

de mármol, granito ó pórfido, todas sacadas de monumentos egipcios de la

época ptolomea y romana. En su penumbra brillan continuamente mil

doscientas lámparas.

Muchos profesores y estudiantes prefieren el ambiente de la mezquita, y

establecen sus clases al pie de cualquiera de las columnas. Basta para

ello que haya un lugar libre y el maestro pueda tender sobre las losas

la esterilla de esparto ó la piel de cabra que le sirve de asiento.

El plano del edificio ha perdido su regularidad original por haberle

adosado, en el curso de diez siglos, oratorios, alojamientos y otras

construcciones necesarias para transformar la antigua mezquita en

escuela.

A esta hora de la tarde la mayoría de los estudiantes vaga por las

callejuelas del Cairo árabe, pero no obstante veo muchos grupos de ellos

sentados á la redonda sobre las piedras recalentadas por el sol. Unos

escuchan á los últimos profesores del día, otros repasan sus lecciones.

Los más, hombres ya cuajados, las recitan en voz alta, unas veces solos,

otras con un compañero enfrente que les advierte sus errores. Todos

permanecen en el suelo, sobre sus piernas cruzadas, y se mueven de

cintura arriba, á la izquierda y á la derecha ó adelante y atrás, como

si fuesen péndulos. Es una costumbre que adquieren los mahometanos desde

la escuela de primeras letras. Según ellos, la agitación rítmica del

busto facilita la memoria, y todas las enseñanzas que se dan aquí tienen

por base la memoria.

Se nota inmediatamente la gran variedad étnica de esta juventud

estudiosa. La mayor parte se compone de indígenas del Egipto Bajo y del

Alto, con rostro de _fellah_. Los hay de tez obscura, procedentes de la

Nubia y del Sudán; otros son de un negro de ébano, brillante y sudoroso,

venidos del África ecuatorial; y revueltos con ellos, árabes, turcos,

persas, marroquíes é indostánicos de los antiguos dominios del Gran

Mogol. Como ya dije, no hay país mahometano que no tenga estudiantes en

El-Azhar.

En torno al patio, en las tres alas de edificios que lo completan con la

mezquita, existen varias dependencias, divididas con arreglo á las

diversas nacionalidades de los estudiantes. Cada grupo posee su

departamento propio, pero no puede dormir en él, por ser

considerablemente mayor el número de sus individuos que el espacio de

que disponen. Dentro de dichas piezas sólo existen armarios divididos en

cajoncitos, y cada escolar guarda sus provisiones en uno de ellos. Tales

provisiones consisten en galletas duras y enmohecidas que envía la

familia todos los trimestres. A este pan añade el estudiante, cuando

puede, una cebolla ó un puñado de habas crudas. Las más de las veces

tiene que contentarse con el pan á secas.

Basta verles para darse cuenta de su sobriedad; mejor dicho, de su

energía firmísima para despreciar el hambre. Algunos ni siquiera reciben

pan de su familia, y se lo proporciona la dirección de El-Azhar,

parcamente, pero de un modo gratuito. Herencias dejadas á su muerte por

mahometanos piadosos aseguran el pan de los estudiantes pobres.

Estos indigentes, para procurarse el resto de su alimentación, sirven á

los compañeros menos miserables ó trabajan en la limpieza de la

mezquita, barriendo el suelo con ramas de palmeras.

El traje de todos ellos es modesto y popular; llevan una simple camisa

azul, babuchas y turbante. Algunos, venidos de lejanas tierras, van

descalzos, guardan todavía el garrote del viaje y un manto de raídas

pieles de oveja les sirve de asiento y cama.

Voy pasando entre los grupos que escuchan las lecciones ó estudian

aparte. Un franco menosprecio por el visitante infiel me acompaña á

través del patio y la mezquita. El profesor, sentado en el suelo,

levanta los ojos hacia el curioso que pasa, hace un gesto elegante de

indiferencia, y continua hablando, como si le hubiese distraído por

leves momentos una mosca ó una hormiga.

Algunos pasos más allá, un escolar que parece marroquí se ha dejado caer

en las losas tibias y duerme, falto de turbante, con la rapada cabeza

bajo los ardores solares, sin ningún apoyo que le sirva de almohada,

amenazado por la congestión. Pero, según parece, no es accidente de

temer para estas cabezas, que dan á nuestros ojos de occidentales una

impresión de dureza, de tenacidad invulnerable. Se cansó de escuchar la

explicación, y para no levantarse se ha tendido á dormir en el mismo

sitio, mientras el maestro continúa hablando.

Dentro de la mezquita llena de luces, que parece próxima á desplomarse

de puro vieja, se refugian los pájaros á millares. Su continuo piar se

une á los recitados monótonos y abundantes en jotas que murmuran los

estudiantes á solas, balanceándose sobre sus caderas como muñecos

desarticulados.

Muchos me miran con hostilidad, especialmente los mulatos y negros.

Tienen frentes estrechas, mandíbulas salientes, ojos ardorosos de

iluminados. Su gesto agresivo hace recordar al Mahdí.

Es una juventud dispuesta á morir por su fe y más dispuesta aún á matar

por ella. Estos escolares volverán á sus países, ostentando como título

de santidad su paso por El-Azhar. Serán escuchados por las muchedumbres

del interior de África como personajes inspirados por Dios. Aquí repiten

lecciones, recitan versos, aprenden los comentarios teológicos del

profesor sobre cada sura del Corán. Dentro de unos años, tal vez marchen

á caballo, entre banderas de cofradías fanáticas, con una cimitarra en

la diestra, proclamando la guerra santa.

Todas las revoluciones y motines del Cairo, originados las más de las

veces por un incidente de orden religioso, tuvieron como iniciadores á

los estudiantes de El-Azhar. De aquí partieron las manifestaciones

revoltosas, atravesando las callejuelas de la ciudad árabe, hasta el

palacio de los kedives. En el presente momento, dicha juventud, que en

su mayor parte no es egipcia, se une á los nacionalistas de Egipto y

figura en todas las asonadas contra las autoridades inglesas, que

persisten en «proteger» al país.

Me sirve de guía un empleado de la casa, algo así como un inspector,

encargado de velar por las buenas costumbres universitarias. Es pequeño,

de pelo rojizo, y contra el uso de los musulmanes tradicionalistas,

lleva el rostro afeitado, sin más que un pequeño bigote, mezcla de rojo

y blanco. Entre las cejas tiene una mancha herpética que parece de

sangre y sus ojos divagan con un estrabismo que le da cierta expresión

de astucia y disimulo.

Cruza algunas palabras con el guía que me acompaña, y como parece de

acuerdo con él, se digna enseñarme la universidad. Me doy cuenta

inmediatamente de su fanatismo. Es algo que se desprende de él, como el

olor natural de ciertos cuerpos.

Al entrar por la puerta de los Barberos, pasamos ante un pabellón que es

la biblioteca. He oído hablar muchas veces de la biblioteca de El-Azhar.

En ella se guardan manuscritos muy importantes de la historia árabe de

España. La célebre elegía del moro valenciano después de la toma de su

ciudad por el Cid, su poética lamentación al ver Valencia saqueada y

arruinada por el adalid cristiano, la guarda esta librería secular.

Manifiesto deseos de conocer su interior, y el musulmán hace un gesto de

escándalo, como si le propusiera un sacrilegio. Insinúo la posibilidad

de comprar algún libro de los publicados por los maestros de El-Azhar

para llevármelo como recuerdo, pero el fanático desprecia mi anzuelo

tentador. Ni biblioteca, ni libros.

Me va enseñando á toda prisa la parte pública de la universidad, ó sea

el patio y la mezquita.

Cuando el guía le dice que soy de España, alza los ojos con cierta

admiración religiosa é inicia un gesto de interés. Ha oído algo

indudablemente de este país remotísimo, al otro lado del mundo conocido,

que fué durante varios siglos musulmán. Pero recuerda tal vez nuevas

cosas, pues á continuación me lanza una mirada de ironía, de hostilidad,

de menosprecio, todo á un tiempo. Debe saber que sus hermanos, los

verdaderos fieles, fueron echados de mal modo de la mencionada tierra.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 24 / 26 段