Hay carros faraónicos en estos salones que aún se mantienen sobre sus

ruedas, mesas de ofrendas dedicadas á los muertos, estatuas para

prolongar la vida del «doble», tumbas sostenidas por gacelas de piedra,

cuya forma ligera contrasta con la mole de granito rojo convertida en

sarcófago, y una variedad desconcertante de ataúdes antropomórficos,

cajas de madera pintada, que todos hemos visto en los museos de Europa,

imitando el contorno del cuerpo humano y en la parte correspondiente á

la cabeza una copia policroma de la cara del difunto. Pero aquí estos

féretros son de faraones ó altos personajes de su corte, resultando

admirable la frescura de sus colores y dorados.

Las joyas de ciertas reinas llenan vitrinas enteras: collares de ristras

múltiples, sortijas, pendientes, anchos brazaletes. Los faraones también

usaban alhajas, y algunas de las más admirables pertenecieron al

fastuoso Ramsés II.

Abundan platos y copas de oro. El Egipto antiguo apenas conoció la

plata, no habiéndose encontrado hasta ahora ningún objeto de dicho

metal. Todo es oro y bronce, y los artífices del país llegaron á forjar

puñales y espadas con una flexibilidad comparable á la de las hojas de

acero.

El Egipto posterior á los faraones, el sometido á la influencia de

griegos y romanos, está en las salas del piso bajo. Descendiendo á ellas

se cree haber saltado en unos minutos numerosos siglos. La momia, la

estela, el faraón sentado, el dios con cara de animal, quedan lejísimos.

Aquí encontramos sirenas pulsando liras, la imagen de Serapis, la de

Afrodita, cabezas de prisioneros gálatas, estelas del cristianismo

egipcio, vírgenes coptas de un tallado ingenuo y rudo, capillas que

recuerdan el arte bizantino, con más rudeza en sus trazos; todo lo que

los anticuarios descubrieron en el convento de San Apolo, en Baouit,

fundado durante los primeros tiempos del cristianismo triunfante.

Pero la historia cristiana del Egipto sólo tiene un interés secundario

para los que visitan el país. Esta tierra es la de los faraones, y todos

desean conocer lo que se mantuvo en el misterio hasta mitad del siglo

pasado, la historia del Egipto clásico remontándose desde la dinastía

XXIII á la protohistoria, vagorosa entre las nieblas de la fábula.

En ningún otro sitio puede abarcarse como aquí la interminable y confusa

variedad de las divinidades egipcias.

Verdaderamente no ha existido una religión egipcia, organizada y única,

como es por ejemplo el catolicismo. Durante cuarenta siglos sólo hubo

numerosos cultos locales. Unos adquirieron importancia según la

protección de los faraones ó sus propios milagros; otros fueron

eliminados por una selección religiosa.

Los egipcios, conservadores por naturaleza, se preocuparon más de

guardar todos los cultos que de escoger entre ellos para formar una

religión única. Por su parte, los sacerdotes, en vez de trabajar para

suprimir dicha confusión religiosa, sólo pensaron en establecer una

jerarquía entre los numerosos dioses, respetándolos á todos. Cada uno

procedió así por el interés de su provincia y de su dios especial. Los

sacerdotes de inteligencia elevada vieron en los innumerables dioses una

emanación particular de un dios único, más poderoso que todos; pero tal

concepción monoteísta solamente la poseyeron los egipcios de casta

superior.

De esta masa de dioses, confusa é imposible de describir minuciosamente,

se elevaron con triunfante superioridad, por ser divinidades

particulares de pueblos dominantes en la historia de Egipto: Horus, Ra y

Osiris. Cuando Tebas prevaleció sobre Memfis, el dios tebano Ammón

recibió culto en todo Egipto bajo el nombre de Ammón-Ra, para

identificarlo con el dios particular de Heliópolis, que era Ra, el Sol.

Otro dios nacido en una provincia se extendió por todo el Egipto: el ya

mencionado Osiris, dios de la luz, enemigo de su hermano Set ó Tifón,

demonio de las tinieblas. Brilla durante el día, y Set lo mata á

traición y lo despedaza todas las noches. Su mujer Isis llora sobre su

cadáver mientras Set reina en la tierra y la cubre de sombras. Pero el

triunfo de la iniquidad dura poco. Horus surge en el horizonte y venga á

su padre.

En realidad, Osiris, símbolo de la luz, acabó por ser el más popular de

los dioses egipcios. El hierro era considerado vil porque Set había

matado á Osiris con un arma de dicho metal. Cuando se oxidaba el hierro,

cubriéndose de manchas rojas, los egipcios creían ver en ellas la sangre

de Osiris.

Los diversos cultos locales empezaron á representar sus primeros dioses

con cuerpo de animal y cabeza humana, como en la gran Esfinge. Siglos

después, fué más frecuente que los dioses se mostrasen representados con

cuerpo humano y cabeza de animal. Horus aparece con cabeza de gavilán,

Isis con cabeza de vaca, y los demás dioses con cabeza de ibis, chacal,

leona, etc.

Como lógica deducción de esta manera de representar á sus dioses,

acabaron los egipcios por rendir culto á ciertos animales. Los

consideraron divinos por el hecho de que sus cabezas servían para las

imágenes. Estos animales divinizados fueron el león, el cocodrilo, el

buey, el carnero, el chacal, el gato, el gavilán, el ibis y el

escarabajo.

Unos pocos de ellos nada más consiguieron ser adorados en todo el

Egipto. Los restantes sólo eran tenidos por dioses en determinadas

ciudades, mientras recibían en otras los peores tratos, por rivalidad

provincial. En Tebas, por ejemplo, tributaban honores divinos á los

cocodrilos, y en la isla de Elefantina, situada á corta distancia, los

mataban.

Era peligroso tocar á un animal sagrado dentro de la población que le

rendía culto. En Alejandría, ciudad casi griega, bajo el reinado de los

Ptolomeos, faraones mestizos de heleno, la muchedumbre ejecutó á un

soldado romano, cien años antes de nuestra era, por haber matado á un

gato sin intención preconcebida, sólo porque el gato era sagrado en

dicha ciudad.

Mantenían los templos animales vivos, que los fieles adoraban,

ofreciéndoles comida y adornos, dando motivo dicho totemismo á grandes

burlas de los primeros escritores de la Iglesia cristiana. En Shodú,

donde eran tan abundantes los cocodrilos sagrados que los griegos la

llamaban Crocodilópolis, así como en los templos de Tebas, guardaban los

sacerdotes muchas bestias de tal especie, adornando sus orejas con

anillos de oro y sus patas con brazaletes. En Heliópolis adoraban á un

ave de paso, que los griegos llamaron en su lengua fénix, inventando

acerca de ella varias fábulas que han llegado hasta nosotros y hecho

popular el nombre del ave fénix.

De todos los animales sagrados, el más famoso fué el buey Apis. Vivía en

Memfis y necesitaba condiciones muy especiales para ser promovido al

rango de dios. Debía ser negro, con una mancha blanca sobre la frente en

forma de triángulo, la figura de un águila en el lomo, una marca en la

lengua semejante á un ala de escarabajo, y los pelos de su cola dobles.

Los sacerdotes le creían engendrado por un rayo caído junto á una vaca.

Cuando encontraban á este animal extraordinario, luego de convencerse de

la existencia de todas las señales mencionadas, lo instalaban en su

capilla, mostrándolo al pueblo.

Su reinado divino sólo duraba veinticinco años. Si vivía más, los

sacerdotes lo ahogaban en una fuente sagrada, buscando á otro. Todos los

Apis eran embalsamados, y Ramsés II dedicó á sus cuerpos una gruta

excavada en la roca, el Serapeum. Por espacio de dos mil años recibió

este panteón las momias de los Apis, siendo al fin cubierto por la arena

y olvidado cuando Egipto aceptó el cristianismo, hasta que Mariette-bey

lo descubrió en 1851, perfectamente intacto.

Como el período de mayor dominación faraónica fué el de las dinastías

tebanas, Ammón, dios de Tebas, ascendió de simple divinidad provincial á

figurar como el primero de todos los dioses, poseyendo los templos más

enormes. Sus sacerdotes le llamaron «padre de los padres y madre de las

madres», perfecto, eterno y todopoderoso, habiéndolo creado todo y no

habiendo sido creado jamás. Los otros dioses eran el mismo con diverso

nombre, y lo representaban navegando por el cielo en una barca, un dios

secundario en la proa armado de lanza, otro dios en el timón, y moviendo

los remos las almas de los hombres más virtuosos y eminentes.

Pero todo esto no es más que una síntesis ligera de la gran masa de

religiones egipcias, que nunca constituyeron una creencia homogénea;

selva tropical, enmarañada y obscura de dioses y diosas, animales

deificados, demonios y magias.

Este pueblo de tantos miles de años tuvo una existencia más compleja que

la imaginada por los sabios cuando aún les era imposible leer su

escritura. Abundan contrastes y contradicciones en su historia

religiosa. Adoraban los animales, les daban muerte cuando habían

cumplido cierta edad, y á continuación los embalsamaban, convirtiéndolos

en dioses.

Durante los faraones de origen egipcio, los diversos cultos se

mantuvieron en las orillas del Nilo; luego mostraron una extraordinaria

fuerza de expansión, en la época griega de los Ptolomeos y bajo el

Imperio romano. Desde las costas del Asia Menor hasta las Galias y las

Islas Británicas se han encontrado estatuillas de dioses egipcios ó

imitaciones locales de dichas imágenes. Sacerdotes vagabundos de Isis

llevaban á todos los pueblos los cultos de su diosa, de Serapis y de

Anubis.

Dichos sacerdotes de Isis--poco recomendables á causa de sus

costumbres--ofrecían el engañoso consuelo del milagro que ha deseado

siempre la pobre humanidad desde sus primeros tiempos, siendo con ello

simples precursores de imágenes omnipotentes creadas después por otros

cultos más modernos. Curaban valiéndose de prodigios; eran adivinos y

exorcistas, y las cofradías formadas por ellos en muchos lugares de

Europa lloraban una vez al año la muerte de Osiris, celebrando con gran

estrépito su resurrección.

Empezaba á extenderse el cristianismo por el mundo, precisamente en el

momento de la mayor expansión religiosa de los egipcios, y miró con odio

especial á estos sacerdotes de Isis, curanderos y milagreros, que

pretendían rivalizar con la nueva doctrina. A fines del siglo IV,

Teófilo, patriarca cristiano de Alejandría, impulsó á las turbas á

quemar el Serapeum de dicha ciudad, gran centro de las creencias

egipcias.

El animismo del antiguo Egipto, que dió importancia de dioses á todas

las cosas naturales, «desde los cuerpos celestes y el Nilo, hasta los

más humildes sicomoros de sus orillas», proporcionó al mismo tiempo á

los hombres la noción de la inmortalidad del alma, noción que ha servido

de base á todas las religiones posteriores.

Por un lado, parece que los egipcios pensaban mucho en la muerte. Un

escritor romano dijo de ellos que consideraban sus viviendas como

moradas de paso y sus tumbas como moradas eternas. En sus banquetes, fué

costumbre presentar á los comensales un pequeño féretro, para que no

olvidasen en medio de su regocijo que debían morir. Pero á la vez amaban

no menos la vida, como observa Salomón Reynach, y tal era su pasión por

ella, que desearon conservarla más allá de la muerte, guardando, gracias

al «doble», en el interior de su tumba las mismas sensualidades y

apetitos que los vivos.

Resulta indudable la existencia en Egipto de una aristocracia

intelectual, poseedora de conocimientos guardados en el misterio para

que no los adquiriese la muchedumbre. Se han exagerado mucho estos

conocimientos, pero con mayor ó menor amplitud es cierto que existieron.

Algunos templos estaban construídos de un modo que facilitase la

observación de las estrellas, pudiendo notar sus posiciones relativas.

Ciertos pasillos y puertas eran empleados, á causa de su orientación,

como tubos de telescopio para estudiar el cielo.

De sus descubrimientos, el más indiscutible es el uso del pararrayos.

Esto no quita ningún mérito á Franklin. La autenticidad de su invención

nadie la pone en duda; pero como ha ocurrido muchas veces en la historia

de la ciencia, lo que él descubrió lo habían descubierto miles de años

antes los sabios egipcios.

En el pilón de todos los templos, las dos torres macizas que lo componen

estaban rayadas por dos huecos verticales, adaptándose á cada uno de

ellos un mástil que se remontaba muy por encima del edificio. Al fin de

este mástil ondeaban cuatro banderolas con los colores sagrados: rojo,

blanco, azul y verde. Según escritos de la época, dichos mástiles, que

se ven en todas las representaciones de portadas elevándose hasta

treinta metros, y que muchos creyeron simples portabanderas, tenían su

punta final forrada de cobre. También los obeliscos de piedra erguidos

ante los templos guardaban su punta bajo un casquete del mismo metal.

Los textos egipcios dicen expresamente que dichos palos eran elevados

para «cortar la tempestad en las alturas del cielo». Otros escritos

añaden en forma simbólica que eran las dos hermanas divinas Isis y

Nepthys, las cuales con sus grandes alas protegían á su hermano Osiris

contra las violencias de Tifón, dios de las sombras, deseoso de darle

muerte.

Fué la ciencia en Egipto un monopolio de los sacerdotes; pero á

semejanza de lo ocurrido en otros pueblos, acabó por salir del secreto

de los templos, se hizo laica durante las últimas dinastías y ejerció

una influencia benéfica sobre los conocimientos del pueblo griego. Y

como los griegos fueron los maestros del mundo actual, debemos

indudablemente una parte de nuestros conocimientos y nuestra manera de

apreciar la vida á remotos sacerdotes egipcios, cuyos nombres

probablemente no conoceremos nunca.

La inmovilidad milenaria de Egipto resulta una falsa apreciación de los

escritores helenos. Este pueblo ha tenido avances y reacciones, como

todos. Bajo las primeras dinastías llevó una vida patriarcal. Los

faraones no habían acaparado aún la tierra del país y poseían los

labriegos la independencia y el decoro que proporciona un régimen de

pequeña propiedad.

El período tebano fué el del apogeo faraónico, y al mismo tiempo el de

más despotismo político y mayor influencia teocrática. Los sacerdotes de

Ammón acabaron por ser reyes ó creadores de reyes. Las pinturas de las

tumbas eran horripilantes. La presión del sacerdote se extendía hasta

más allá de la muerte.

Luego, al perecer el Imperio tebano y filtrarse en el valle del Nilo

ideas exteriores con la llegada de pueblos navegantes, empieza á

hablarse una lengua olvidada, la de los tiempos de la protohistoria

egipcia. Ansias de vida gozosa y libre se mezclan con la antigua

preocupación de la muerte, penetrando hasta en los hipogeos como un rayo

de sol. Así se comprende, dice Reclús, que poco antes de la conquista

romana un gran sacerdote que había perdido á su esposa grabase una

inscripción solemne en su tumba, semejante á las antiguas, pero

añadiendo como exhortación final: «No te canses en la otra vida de

comer, de beber, de embriagarte, de hacer el amor; no dejes que la pena

penetre en tu corazón.»

Buscan todos los visitantes del Museo Egipcio la momia de Ramsés II. No

es solamente por las glorias exageradas y sonoras que se atribuyeron al

gran Sesostris; tal predilección tiene por origen una leyenda

terrorífica formada en torno á su cadáver.

Este gran fabricante de templos y toda clase de construcciones

laudatorias para los dioses y para él, que en una inscripción llama

«piedras eternas» á las de sus edificios, no ha conocido el respeto

eterno para su gloria, hábilmente falsificada, pues la crítica histórica

la desmenuzó, restableciendo la verdad. Tampoco ha conocido el respeto

eterno para su cadáver. Muchos siglos después de su muerte, alarmados

los sacerdotes por los frecuentes saqueos de tumbas reales, juntaron

cierto número de momias faraónicas, entre ellas la de Ramsés II, para

ocultarlas en un escondrijo. Pero el mencionado depósito fué descubierto

por los egiptólogos hace algunos años, viniendo á parar aquí el cadáver

embetunado y cubierto de vendas del gran Sesostris.

Se halla tendido en un ataúd que tiene por cubierta una lámina de

cristal. Dicho féretro está colocado horizontalmente á la altura de una

mesa, y el visitante puede inclinarse sobre él, examinando su contenido

á pocos centímetros de distancia.

Al lado de Ramsés, en otra caja de cristal, vemos á su padre, Seti I.

Murió más joven que Sesostris, era de menos estatura, y al contemplarlos

juntos parece imposible que el jovenzuelo momificado pueda ser padre del

otro, viejo feroz, extremadamente narigudo, que murió á los noventa años

y guarda una expresión de altivez jactanciosa, de vanidad real.

Treinta y un siglos y medio después de su muerte, todavía se dió el

gusto de asustar una vez más á los egipcios.

Su cadáver fué colocado por orden de Maspero en esta caja de cristal.

Tenía los dos brazos, con sus envoltorios de vendas, cruzados en aspa

sobre el pecho y las manos tocando sus hombros.

No se sabe cómo se realizó el prodigio. La explicación más verosímil es

suponer que, después de un encierro de tres mil años, en absoluta

obscuridad, los brazos del cadáver, cubiertos de una capa de betún, al

recibir un rayo solar á través del vidrio, sufrieron la dilatación que

produce el calor sobre ciertas materias, moviéndose espasmódicamente uno

de ellos.

Lo cierto es que la momia de Ramsés II, sin perder su inmovilidad

yacente, levantó una de sus manos, dando una bofetada á la cubierta de

cristal. Se la ve todavía con el desarreglo de dicho movimiento: un

brazo cruzado sobre el pecho, con la mano junto al hombro; el otro brazo

separado del tronco, la mano levantada y los dedos vendados junto al

vidrio.

Todos los guardianes egipcios del museo, que habían mirado con cierta

alarma la llegada del terrible personaje, no perdiéndole de vista un

momento en su nueva instalación, se dieron cuenta inmediatamente del

despertar de Sesostris.

Estaban seguros de que al fin haría una de las suyas; pero tal

convicción no les impidió sufrir el susto más grande de su vida.

Corrieron despavoridos hacia las puertas, luchando por quién escaparía

el primero. Algunos rodaron escaleras abajo; á otros hubo que curarlos

por haberse arrojado de cabeza á través de las vidrieras de los

ventanales, cayendo en el jardín inmediato.

Esta fué la última victoria de Sesostris.

XXI

LA UNIVERSIDAD DE EL-AZHAR

Una esposa cristiana de Mahoma.--Jacobitas y bizantinos.--Los

árabes se apoderan fácilmente de Egipto.--Fundación del Cairo,

llamada Babilonia durante la Edad Media.--Saladino y los

sarracenos.--Destrucción definitiva de Memfis.--Los egipcios

modernos.--Falda corta, á la moda de Europa, y manto de harén.--Las

intrincadas calles del Cairo árabe.--La Ciudadela.--La Universidad

de El-Azhar.--Libertad absoluta de estudiantes y

profesores.--Musulmanes de todos los países.--Pobreza de los

escolares de El-Azhar.--Futuros agitadores del Islam.--Lecciones

recitadas con balanceos.--Un guía fanático.--Ni biblioteca, ni

libros.--Inesperada petición surgida de un corro de futuros

teólogos.--Cólera y vergüenza de mi guía.

Cuando Mahoma venció á sus enemigos y todos los árabes reconocieron su

autoridad, envió un mensaje á los gobernantes de los países inmediatos,

que él titulaba «los reyes del mundo» por ignorar la existencia de otras

naciones más apartadas, dándoles á escoger entre la guerra ó la

aceptación de la fe musulmana.

Estas proposiciones, dignas de la simplicidad de un exaltado convencido

de su misión sobrenatural, no obtuvieron respuesta. Sólo el prefecto

indígena de Egipto, el _moqauqis_ que gobernaba el valle del Nilo á

nombre del emperador de Bizancio, le envió como presentes una mula, un

asno y una mujer, María la Copta, cristiana egipcia que Mahoma hizo su

esposa. Esto fué en 628. Diez años después, los musulmanes se

apoderaban del Imperio de Persia y de toda la Siria, viendo en la

conquista de Egipto el complemento de esta expansión periférica del

pueblo árabe.

Egipto no era más que una provincia del Imperio bizantino. Su población,

amalgama de razas, dejaba ver sobre tal mezcolanza étnica dos clases

bien determinadas: la de los melkitas y la de los jacobitas. Los

melkitas eran los gobernantes, los griegos llegados de Bizancio para

explotar el país como funcionarios administrativos ó militares, como

cobradores de impuestos y cultivadores en grande de las tierras del

Nilo, mostrándose insolentes y sin entrañas con la masa popular. Además,

todos ellos practicaban la religión ortodoxa-griega.

Los jacobitas, descendientes de los antiguos egipcios, eran los coptos,

agricultores y artesanos, acostumbrados desde tiempos remotos á sufrir

la tiranía de sus gobernantes. Se llamaban jacobitas porque su

cristianismo era la herejía de los monofisitas, propagada en el valle

del Nilo por Jacob Baradet, que murió obispo de Edessa en 578.

No era posible el acuerdo entre ambas poblaciones. A los antagonismos

sociales y de raza se unían las intransigencias religiosas de los dos

grupos, igualmente fanáticos, excomulgándose mutuamente y aprovechando

los bizantinos todas las circunstancias favorables para aumentar la

servidumbre de los coptos.

Esta situación supo aprovecharla uno de los caudillos de la expansión

árabe, Amribn-El-As, invadiendo el territorio egipcio. El avance de los

musulmanes hasta el Nilo fué un simple paseo. Las autoridades griegas y

los colonos del mismo origen huyeron sin oponerles resistencia, y toda

la población copta los recibió como libertadores. La antigua Memfis,

llamada finalmente Menf, era la capital copta del Egipto, y los

musulmanes entraron en ella sin ningún esfuerzo. Alejandría, capital

griega, opuso una resistencia que duró catorce meses, pero al fin cayó

también en poder de Amribn, el general del califa Omar, y según una

tradición, este califa dió orden de que fuesen quemados todos los

manuscritos existentes en su biblioteca. Pero ningún documento prueba la

autenticidad de tal destrucción.

Acabaron los musulmanes por hacerse dueños de todo el Egipto, y una vez

más fué engañado el pobre _fellah_. El primer caudillo árabe concedió

toda clase de libertades y derechos á los indígenas. Jamás se habían

visto los coptos tan respetados y considerados. Al iniciarse la

dominación musulmana aumentaron los recursos del país como una

consecuencia de tal libertad; pero á los transigentes caudillos de la

invasión sucedieron ávidos gobernadores enviados por el califa de

Bagdad, y volvió á ser Egipto un pueblo explotado y esclavizado, como en

tiempos de los peores faraones.

Una gran parte de la población nilótica se hizo mahometana, buscando de

este modo mejorar su suerte. Los _fellahs_ cultivadores de la tierra

abandonaron en masa el cristianismo, y actualmente siguen fieles al

Islam. Los cristianos de las poblaciones, menos sumisos que el _fellah_,

se mantuvieron leales á su religión, siendo sus descendientes los coptos

de ahora. Éstos monopolizan el comercio y las pequeñas industrias en las

ciudades, habiendo llegado á poseer algunos de ellos considerables

fortunas.

La historia musulmana de Egipto resulta monótona y poco interesante. Fué

al principio un simple reflejo de las variaciones sufridas por el

Imperio de los califas de Bagdad. Luego, al declararse independientes

los egipcios, su vida política consistió en guerras civiles para

obtener ciertos caudillos árabes la dignidad de sultán ó soldán.

El año 969 de nuestra era, un califa dió á su gobernador en Egipto la

orden de fundar una capital junto al Nilo, cerca del sitio donde éste se

abre en ramas, formando la gran copa del delta. La nueva ciudad tomó el

nombre de El-Kahirah, «la Victoriosa», que los europeos convirtieron en

El Cairo. Dicho título se lo dieron para celebrar un triunfo del

mencionado califa sobre un rival suyo, habiéndose desarrollado la

batalla junto á la aldea de Fosta, población del tiempo de los faraones,

á la que daban los autores griegos el nombre de Babilonia. A causa de

esto, los escritores de la Edad Media confundieron los dos nombres,

llamando muchas veces Babilonia al Cairo.

Primero fué capital de Egipto y finalmente de todo el Imperio árabe de

los fatimitas, realizando el califa El-Mansur y sus sucesores grandes

obras para su embellecimiento. En pocos años tuvo 300.000 habitantes,

cifra que no sobrepasó nunca, ni aun en la época actual, si únicamente

se aprecia su vecindario indígena.

Después de la caída de los fatimitas, el personaje más importante del

Egipto musulmán fué el califa Salah-ed-Din, el Saladino de las Cruzadas,

y sus jinetes llamados _serradjin_ son los sarracenos, nombre que se dió

luego por extensión á todos los musulmanes.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 23 / 26 段