Seguimos caminando entre los grupos sentados en el patio. Uno de estos

corros, compuesto de estudiantes muy jóvenes, adolescentes los más,

escucha en silencio á un narrador que es todavía un niño, pero con

cierto aire de pilluelo del Cairo.

Parece haber nacido en la ciudad, se adivina en su vestimenta. No lleva

camisa larga ni turbante; usa calzoncillos blancos y chaqueta del mismo

color sobre la piel rojiza de su tronco desnudo. La cabeza de mono

malicioso la cubre con un gorrito blanco y redondo, semejante al de los

mercaderes.

Su familia habita tal vez en el barrio y lo envía á la universidad

próxima para librarse de él. También es posible que la frecuente de un

modo espontáneo, por parecerle divertida tal visita. Los otros

estudiantes escuchan su charla con una expresión de lugareños asombrados

y regocijados á la vez.

Al pasar nosotros junto al corro, el pilluelo vestido de blanco levanta

la cabeza, me mira, sonríe descaradamente, y avanzando una mano grita:

«_Bacshis._»

¡Pedir _bacshis_ en el patio de El-Azhar!... El oleaje ascendente de los

infieles, la influencia desmoralizadora del viajero cristiano, entró ya

en el corazón de esta escuela santamente tradicionalista é inmutable,

ocupada en enseñar las mismas verdades que hace once siglos.

Ahora siento lástima y simpatía por el fanático que me acompaña. Ha

dudado entre caer con la mano en alto sobre este pilluelo del Cairo,

deshonroso para el Islam, ó fingir indiferencia, como si nada hubiese

oído. Al fin opta por lo último, y sigue adelante, mostrándome cosas que

ya he visto, tal es su turbación.

Balbucea; se nota que tiene el pensamiento muy lejos de las palabras que

va profiriendo. Hace esfuerzos para ocultar su cólera y su vergüenza.

Y yo, mientras me finjo igualmente distraído, sufro con él.

XXII

FIN DEL VIAJE

Las fértiles tierras del delta.--Alejandría.--Monumentos

desaparecidos.--Lo que fué Alejandría en la historia intelectual

del mundo.--Judíos alejandrinos.--Explotación de momias egipcias en

la Edad Media.--La carne de momia, medicamento

europeo.--Fabricación de momias falsas.--El Mediterráneo.--Islas

napolitanas que pertenecen á la historia española.--La cúpula de

San Pedro.--Despertar frente á Monte-Carlo.--«¿He soñado mi

excursión alrededor del mundo?»--Un equipaje que asombra y hace

reir.--La plaza del Casino.--«¡Todo está igual!»--Curiosidad y

preguntas.--Hago el resumen de lo que he visto en mi viaje.

Atravesamos el delta por su parte occidental, siguiendo la línea férrea

entre El Cairo y Alejandría.

El lector sabe indudablemente que «delta» es una de las letras del

alfabeto griego. Como está representada por un triángulo, los griegos

dieron su nombre á las tierras de la desembocadura del Nilo que más allá

del Cairo actual se abren en esta misma forma, un vértice en el interior

y los otros dos frente al mar, formando una línea de doscientos

kilómetros. Desde entonces todas las tierras de aluvión esparcidas en

las desembocaduras de los ríos recibieron el nombre de la letra «delta».

Vemos desde la ventanilla del vagón la parte más fértil y rica de

Egipto. Los campos no son aquí dos filas de tierras emergidas, tan

angostas que pueden abarcarse con la vista: dos aceras de barro fecundo

que flanquean la avenida navegable del Nilo. Ya no se ve el río nutridor

con su homogénea corriente. Se partió en numerosos brazos, ríos

secundarios, amplios canales navegables, que á su vez se subdividen en

nuevas vías líquidas, como el ramaje de un árbol gigantesco va pasando

de los brazos gruesos á las ramas secundarias y finalmente á las

varillas que sustentan las hojas.

Además, en el delta todo es planicie, no se ven montañas ni tampoco las

colinas amarillentas que sirven de pedestal al desierto arenoso. Sobre

el verde perpetuo de los campos se extiende el telón de un cielo siempre

sereno, ardoroso y sin nubes. Esta llanura rayada de canales y cultivada

hasta en sus últimos rincones recuerda la huerta de Valencia y otras

vegas famosas. Pero la tierra es aquí barro negro, el célebre limo

nilótico, y negras se muestran igualmente las casas, cubiertas de

carrizos.

Las techumbres no son en caballete y á dos aguas. Como en este país

apenas llueve, los _fellahs_ colocan sobre sus viviendas un tejido de

cañas sin pendiente, imitando la horizontalidad de las casas de las

ciudades, todas con una terraza en vez de tejado.

Están separadas las tierras por altos malecones de limo duro. Los

canales, en esta época de aguas bajas, deslizan su corriente profunda

entre dos muros negros, altos como diques. Tales obstáculos, que

contienen y dirigen las aguas cuando llega la inundación, sirven ahora

de caminos. Pasan por su borde superior filas de asnos, camellos y

bueyes de larguísima cornamenta en forma de lira, que ayudan al _fellah_

en sus labores. Las mujeres de manto negro y larga cola parecen monjas.

Muchas conservan la máscara que les llega á las rodillas, mientras

caminan llevando sobre sus cabezas, verticalmente, ánforas de barro ó

estrechos cestos.

Tienen los pueblos aspecto de minas á causa de la ligereza de sus

techumbres. No se ven éstas á cierta distancia, y parece que los muros

sean de construcciones á las que un vendaval arrancó sus cubiertas.

Sobre los grupos urbanos del delta, lo único sólido y grato á la vista

son las mezquitas, con sus cúpulas de barro blanqueado y sus minaretes

que surgen airosos por encima de las palmeras.

Como vamos hacia el Norte, la temperatura desciende agradablemente. Ya

se puede permanecer al sol mucho tiempo sin sentir quemada la epidermis.

En las estaciones pasean egipcios de aspecto acomodado, usando gabanes

en pleno día. Para ellos indudablemente hace frío.

Cada cuarto de hora pasa el ferrocarril sobre un canal navegable. Vemos

barcos en todos ellos con las lonas izadas ó escuadrillas al ancla

frente á los caseríos. La marina fluvial es enorme. Debe constar de

miles y miles de veleros, que llevan los productos á las grandes

ciudades ó hacen el cabotaje entre las numerosas aldeas del delta.

Avanzan á través de los campos muchos buques invisibles. Se desliza su

gran velamen triangular sobre el verdor de la tierra, quedando el casco

con sus tripulantes hundido en el profundo canal.

Llegamos á Alejandría, ciudad famosa que nada guarda de su pasado. Para

los que vienen de Europa y desembarcan en ella, puede representar un

engañoso é incompleto avance de la vida oriental. Ven por primera vez la

muchedumbre pedigüeña y tramposa, compuesta de berberiscos, judíos,

griegos, etc., aglomerada en el puerto y los barrios populares; conocen

igualmente los cafés egipcios, con sus parroquianos perezosos, sus

músicos y cuentistas, y los bailes de almeas, que no resultan mejores ni

peores que los del Cairo. A los que vienen del interior de Egipto les

parece Alejandría una ciudad casi europea, semejante á otras muchas de

Levante, con sus tiendas cosmopolitas y su vecindario de griegos é

italianos. De su pasado sólo le queda como monumento una simple columna,

que los del país llaman de Pompeyo y perteneció en realidad á

Diocleciano.

Tal vez fué Alejandría la ciudad que reunió durante siglos mayor número

de monumentos célebres; pero hace más de mil años que dejaron de

existir, habiendo desaparecido hasta sus restos. Aquí estuvo «el Faro»,

una de las siete maravillas del mundo, torre de cien metros con una

hoguera en su cima durante la noche y un espejo de pulido acero que

reflejaba en las horas diurnas la imagen de los buques desde que

aparecían en el horizonte. Hoy, unos bloques de mármol y unos pilares de

granito que se ven á través de las aguas, en el Puerto Nuevo, es todo lo

que subsiste de esta obra maravillosa del primero de los Ptolomeos.

Aquí el Museum, con la famosa biblioteca de Alejandría, la más grande

del mundo en aquellos tiempos, poseedora de 700.000 volúmenes

procedentes de todos los países, y que Julio César quemó cuarenta y

siete años antes de nuestra era, al incendiar en el puerto la flota de

los alejandrinos rebeldes. El Serapeum era, después del Capitolio de

Roma, la más famosa de las construcciones. Este templo á Serapis,

situado donde ahora se yergue la que llaman columna de Pompeyo, fué

destruído el año 389 por los cristianos, que al saquearlo quemaron los

100.000 volúmenes guardados en su biblioteca. El Poseidon, gran templo

de Neptuno, el palacio de los Ptolomeos y otros monumentos célebres de

Alejandría han desaparecido igualmente, sin dejar huellas.

Durante los tres siglos anteriores á nuestra era fué la metrópoli

comercial é intelectual del mundo. Fundada por Alejandro el Grande, su

teniente Ptolomeo, al ocurrir la muerte de éste, se declaró rey de

Egipto, dando principio á una dinastía de trescientos años, que terminó

con Cleopatra y fué el último gobierno independiente del país.

Los Ptolomeos, griegos hábiles, amigos de las letras y las ciencias,

hicieron de Alejandría el depósito de las riquezas de Oriente, el centro

de las transacciones entre Asia y Europa, el lugar de encuentro de los

sabios más ilustres y los artistas más célebres.

Una gran parte de la herencia griega, recibida por los pueblos modernos,

no vino directamente de las pequeñas repúblicas helénicas; fueron los

habitantes de Alejandría quienes guardaron y aumentaron el tesoro de la

sabiduría antigua, transmitiéndolo luego á la Europa occidental.

La célebre escuela de Alejandría es la última gran escuela de la

antigüedad. Esta filosofía alejandrina, llamada neoplatónica,

representaba un eclecticismo filosófico, producción digna del

emplazamiento geográfico en que nació. Alejandría llegó á unir el mundo

griego y el mundo oriental. Gracias á ella, los griegos, hasta entonces

rebeldes á lo vago y lo místico, se asimilaron con su curiosidad

inteligente el pensamiento de los pueblos orientales. Plotino representó

la doctrina de esta escuela en su período más culminante. Jamblico,

Porfirio y otros la sostuvieron en épocas menos gloriosas.

También ofreció un ambiente favorable al pueblo hebreo. La prosperidad

mercantil de los judíos y su importancia social empezaron en Alejandría.

Los más emprendedores de ellos, al encontrar estrecho para sus

actividades el pequeño reino de Judea, se trasladaron paulatinamente á

Alejandría, y al fin, resultó más considerable el número de judíos en la

ciudad greco-egipcia que en Jerusalén.

Filón estima que en su tiempo los judíos de Alejandría llegaban á un

millón, haciendo de esta capital la más poblada del mundo después de

Roma. Desempeñaban todos los empleos administrativos, cobraban los

impuestos, poseían los más altos cargos militares. Los últimos

Ptolomeos, incluso Cleopatra, tuvieron á su servicio cuerpos mercenarios

de judíos, y también pertenecieron á la misma nacionalidad y religión

los generales más importantes de sus tropas.

El apoyo dado por los monarcas greco-egipcios á los personajes hebreos,

el odio que inspiran siempre los encargados de exigir el pago de las

contribuciones, así como los mercaderes hábiles en sus negocios,

motivaron varias sublevaciones antijudías del populacho alejandrino. Al

extinguirse los Ptolomeos, sus inmediatos sucesores los Césares de Roma

dictaron crueles decretos contra los judíos de Alejandría y éstos

intentaron resistir, pero sus revueltas quedaron ahogadas en sangre.

Fué tal la extensión de la actividad hebrea en Alejandría, que la mayor

parte de su flota estuvo mandada por capitanes de dicha raza. También

los intelectuales de Palestina sintieron la influencia de la metrópoli

de los Ptolomeos. Antes de su fundación, el Oriente y el Occidente eran

dos mundos enteramente cerrados el uno para el otro. Cuando aquélla

irradió su luz atractiva, acudieron los judíos cultos, adoptando, lo

mismo que sus correligionarios comerciantes, la lengua griega, y

olvidando casi enteramente el hebreo. Puede afirmarse que, con sus

lecturas asiduas de Homero, Platón y todos los poetas y filósofos

griegos, estos judíos estudiosos se embriagaron de helenismo. A su vez,

difundieron en la sociedad pagana algunos de los principios

fundamentales de su religión: la unidad de Dios y la fe en una justicia

superior, con lo cual prepararon en cierto modo el advenimiento del

cristianismo.

Su actividad literaria les llevó á traducir la Biblia en griego, versión

que resultaba necesaria, pues la mayor parte de los judíos alejandrinos,

acostumbrados á tratar en griego sus negocios, no conocían ya su lengua

propia. Esta traducción de la Biblia, que es famosa bajo el nombre de

«Versión de los Setenta», costó mucho tiempo, empleándose en ella varias

generaciones. Obra de los traductores alejandrinos fueron la historia de

Susana y otros relatos bíblicos.

La rivalidad entre griegos y hebreos y la envidia inevitable del pobre

hacia el rico dieron nacimiento en dicha capital á la mayor parte de las

calumnias y hechos inverosímiles atribuídos á los judíos, invenciones

que sirvieron luego de pretexto para persecuciones y grandes asesinatos

en la Edad Media, y han llegado hasta nuestros días en forma de fanática

propaganda antisemítica.

Acabó la influencia creciente de los cristianos en Alejandría por

expulsar al vecindario judío. El lector conoce seguramente cómo fué el

populacho fanático de dicha ciudad durante los primeros siglos del

cristianismo. Los eremitas ferozmente devotos que vivían en el desierto,

considerando á Alejandría por su lujo y sus artes como un lugar de

abominación, entraban á veces en ella con el garrote en alto, predicando

el exterminio de las obras del demonio, y siempre encontraban

muchedumbres egipcias prontas á seguirles por fanatismo ó por ansia de

robar y destruir, seguras de que al mismo tiempo que satisfacían sus

malos instintos podían ganar el cielo.

Así fueron pulverizados los monumentos de la civilización

heleno-egipcia; así murió asesinada y hecha pedazos la joven Hipatia,

última representante de la cultura griega.

Volvieron los judíos á la ciudad cuando los musulmanes se apoderaron de

Egipto, pero ya había pasado la época del esplendor alejandrino. La

capital de los Ptolomeos no era más que un simple puerto. Los soldanes

habían creado una nueva metrópoli, El Cairo, y el movimiento exterior

penetraba por los canales hasta el Nilo sin detenerse en aquélla.

Todavía los judíos pobres de Alejandría ejercieron un comercio

importante en los siglos XV y XVI: la exportación de momias.

Una de las mayores injusticias es reirse de la farmacopea de los pueblos

exóticos, como si nosotros no hubiésemos incurrido nunca en iguales

extravagancias. Dije algo de esto al describir los remedios que venden

los boticarios chinos. En nuestra civilizada Europa, hace menos de dos

siglos todavía se usaba la carne de momia egipcia, llamada «droga de

momia», para curar muchas enfermedades. Este polvo de cadáver era

precioso en caso de herida ó contusión. «El nitro y el betún obtenido de

las momias--decían muchos doctores de aquellos tiempos--restablecen la

circulación de la sangre y la expelen del cuerpo cuando se coagula en el

estómago.»

Con las momias se fabricaban polvos, bálsamos, tinturas, aceites, y este

medicamento fúnebre, cuyo empleo fué iniciado en 1300 por un médico

judío de Alejandría, duró hasta fines del siglo XVIII, casi nuestra

época. Todas las naciones de Europa lo usaron. No hay libro antiguo de

Medicina en que no se le encuentre. En España lo mencionan diversas

obras de farmacopea, y un doctor, Félix Palacios, en su _Palestra

Farmacéutica_, publicada en 1737, habla extensamente de él, llamando

_mumia_ á la momia, y diciendo así: «La mumia es una substancia negra,

dura y resinosa, que tiene su origen de los cuerpos muertos conservados

con bálsamos y arométicos.»

Tan grande fué su consumo en Europa, que el populacho de Alejandría se

dedicó en los siglos XVI y XVII á la destrucción de las necrópolis

antiguas, sacando de sus sepulcros las momias egipcias para venderlas á

los comerciantes judíos. Éstos las enviaban á sus numerosos

corresponsales en los mercados de Europa, que pedían con urgencia un

artículo tan precioso para la salud.

El macabro saqueo agotó los depósitos de momias en Alejandría. Las

autoridades musulmanas prohibieron al fin con severas penas que

continuase tal profanación, pero con ello dieron nacimiento á otra

industria no menos extraordinaria: la de fabricar momias falsas. Los

exportadores emplearon todos los cadáveres recientes de pobres y de

esclavos, dándoles inyecciones de betún y dejándolos secar al sol

durante un par de meses. Luego los empaquetaban y embarcaban como si

fuesen contemporáneos de cualquier dinastía faraónica.

Guías y cocheros, en la ciudad actual, hablan al viajero de las llamadas

catacumbas como de algo maravilloso. Son criptas abiertas por los

antiguos egipcios para que les sirviesen de necrópolis; pero al quedar

muchas de ellas más abajo del nivel del mar, las filtraciones acabaron

por destruir sus bóvedas, sumergiéndolas en gran parte. Los cristianos,

durante sus épocas de persecución, se refugiaron en los lugares secos de

estas cavidades subterráneas.

Lo más curioso que puede verse en las catacumbas de Alejandría es una

imagen de Jesús grabada en la pared, con los adornos y atributos de

Osiris, lo que demuestra la confusión de la doctrina naciente para

muchos de sus adeptos.

Encontramos otra vez al _Franconia_ en el puerto de Alejandría. Se

reanuda nuestra existencia marítima, fresca, cómoda, entre blancuras

higiénicas.

Terminaron las moscas pegajosas, acostumbradas á vivir en torno á la

boca y los ojos del indígena, el polvo, la arena que invade los vagones,

las turbas de mendigos que parecen cultivar sus llagas y sus harapos

para infundir más interés... ¡todas las plagas de Egipto!

Pero esta vida marítima sólo va á durar una semana. Mientras navegamos

por el Mediterráneo, bajo la frescura de una primavera que conocimos ya

adelantadísima en otros países y ahora empieza á iniciarse en la Europa

meridional, se nota en nuestro buque un movimiento semejante al de las

familias cuando van á mudarse de casa.

Pasillos y salones se estrechan diariamente con nuevas barricadas de

cofres y maletas. Muchos pasajeros se hablan con cierta melancolía

pensando en la próxima separación. Unos tomarán el tren en Nápoles para

visitar Italia, otros desembarcarán en Mónaco, yendo luego á París. Sólo

una mitad sigue directamente hasta Nueva York sin abandonar el buque,

haciendo el viaje redondo.

Un atardecer, cuando el sol fugitivo da un color anaranjado á pueblos y

cumbres, pasamos entre la Italia continental y el macizo abruptamente

montañoso de Sicilia. En el fondo vemos emerger de un mar violeta, como

si fuesen llamas de oro, varios pitones volcánicos: las islas cónicas de

Lipari.

A la mañana siguiente nuestro palacio flotante está pegado á un muelle

del puerto de Nápoles. Permanecemos tres días en esta ciudad. Mis

compañeros corren la ribera del golfo hasta Sorrento, pasan al otro lado

del promontorio cubierto de limoneros y naranjos, visitan Amalfi y

Salerno ó ascienden por los senderos de la isla de Capri, que fué toda

ella un palacio.

Durante los tres días me quedo en el buque leyendo ó paseo por la

ciudad. ¡He visto tantas veces estos paisajes!...

Terminó el viaje para mí. Aún paso en el _Franconia_ un día más de

navegación. Hemos salido de Nápoles al amanecer, y vamos siguiendo la

costa italiana todo lo más cerca que puede marchar un paquebote de gran

calado.

Esta navegación representa una novedad para mí. Contemplo las numerosas

islas alineadas á lo largo de la costa napolitana, cuyos nombres

recuerdan episodios de la historia española y de la dominación de los

reyes aragoneses: Ponza, Ischia, Prócida, etc.

Luego vemos Gaeta, vasto caserío rojizo al pie de un promontorio, cuyo

lomo ocupa su fortaleza, célebre en otros tiempos. Cuando estamos frente

á Ostia, una noticia circula por el buque, y la gente corre á agolparse

en las barandillas de las diversas cubiertas por la parte de estribor.

Los oficiales nos muestran una especie de pelota blanca destacándose

sobre la costa, por encima de la línea negra ó rojiza en la que chocan

las ondulaciones del mar. Este pequeño globo pálido á ras de tierra, que

se mueve según avanzamos, es la cúpula de San Pedro.

Su aparición inesperada emociona á muchos pasajeros. Piensan que es Roma

lo que se ve, y siguen con ojos de histórica veneración el globito que

va pasando sobre colinas, golfos y promontorios, siempre paralelo á

nosotros, hasta que al fin se cansa, lo mismo que un corredor falto de

aliento, va quedando atrás, se esfuma y desaparece.

Al cerrar la noche nos hablan las luces de los faros, despertando

nuestros recuerdos. Cada parpadeo rojo en la sombra representa una

evocación histórica ó literaria: Elba, Monte-Cristo, Caprera.

Cuando despierto á la mañana siguiente, noto que el buque permanece

inmóvil. Miro por el ventano del camarote y veo frente á mí el Casino de

Monte-Carlo. A un lado está Mónaco, al otro Cap Martin, tapando con su

lomo verde el golfo de Mentón y su dilatadísimo caserío. En el estrecho

espacio de mar que existe entre el buque y la ribera se deslizan los

audaces velámenes de una regata de balandras lujosas.

Permanezco dudando unos momentos: «¿Será verdad mi viaje alrededor del

mundo, ó lo he soñado y acabo de despertar?...»

Las exigencias del desembarco cortan mis vacilaciones. Bajamos á tierra.

Algunos de mis compañeros de viaje desean ver Niza cuanto antes. Otros

muestran impaciencia por entrar en los salones del Casino de

Monte-Carlo. Todos quieren conocer de un golpe la Costa Azul entera.

¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós, tal vez para siempre!...

Quedo en el muelle con veintitrés cajas grandes y varios bultos de mi

equipaje personal. Los desocupados y los funcionarios de la Aduana

contemplan con risa y asombro toda mi impedimenta. He ido adquiriendo

vajillas enteras, trajes exóticos, imágenes de diversas religiones,

libros, espadas, lanzas, metales repujados, ¡qué sé yo!...

Abandono todo esto á los que vinieron á recibirme y subo en mi

automóvil la cuesta que conduce á Monte-Carlo. Al atravesar la plaza

siento el deseo de echar pie á tierra y detenerme unos momentos en el

Café de París, frente al Casino.

¡Todo está igual! Las gentes entran en el palacio policromo para jugar.

En los bancos de la plaza y las mesillas del café veo los mismos tipos

de medio año antes. Están esperando la hora de la suerte decisiva, que

nunca llega.

Saludo á dos damas en una mesa inmediata. Son inglesas, rusas ó

escandinavas; da lo mismo. En realidad, son de Monte-Carlo, pues aquí

pasan la mayor parte del año, como muchas otras, perdiendo dinero,

lamentándose de haberlo perdido y volviendo á jugar.

--¿De dónde viene usted?--me pregunta una de ellas--. Hace mucho tiempo

que no le vemos.

--De dar la vuelta al mundo. Acabo de desembarcar.

Las dos sonríen con alegre incredulidad. Adivino que van á llamarme

bromista, pero una de ellas contiene á la otra y cesa de sonreir.

Recuerda haber leído algo de este viaje. Después afirma que está

perfectamente enterada de él por los periódicos.

Un ambiente de curiosidad me rodea instantáneamente. Otros conocidos que

abandonan el café y van hacia el Casino se detienen junto á mí al saber

la noticia. Todos me acosan con sus preguntas. Quieren saber qué es lo

que considero más interesante de mi viaje...

Estos sedentarios del juego han permanecido aquí seis meses, colocándose

todos los días ante una enorme mesa verde, para mirar las mismas caras.

Mientras yo corría el mundo, los únicos episodios de la existencia de

estas señoras han sido estrenar dos ó tres vestidos y otros tantos

sombreros, perder mucho dinero y recobrar un poco de él, celebrando

dicho éxito engañoso con una vanidad infantil.

La gente sigue entrando en el Casino.

Una de las damas insiste en preguntar cuál es la idea resumen de mi

viaje, la enseñanza concreta que me ha proporcionado ver tantos pueblos

distintos, tantas creencias religiosas, tantas organizaciones sociales.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 25 / 26 段