Algunos autores llevan realizados grandes esfuerzos para justificar esta

incoherencia histórica, pero resultan tan inútiles como pretender vestir

á la Esfinge con mezquinas ropas humanas.

Lo primero que se les ocurrió fué declarar errónea la cronología de

Manethon. Efectivamente, las tablas del gran sacerdote de Heliópolis

contienen inexactitudes, como todas las obras que abarcan períodos de

miles de años; pero tales equivocaciones, si por un lado dan mayor

duración á ciertas dinastías, disminuyen en cambio los años de otras,

que recientes descubrimientos arqueológicos hacen más extensas. Estos

errores sólo significan una diferencia de quinientos años para los

observadores imparciales. Mas los que desean á toda costa encerrar la

inmensa historia egipcia dentro de los tres mil ó cuatro mil años de la

historia de los judíos, sin otra razón que la de haber sido declarado

sagrado este pequeño y obscuro pueblo de la antigüedad, llegan á

suprimir catorce siglos en la cronología de Manethon con argumentos

arbitrarios, desmentidos continuamente por los descubrimientos de la

arqueología.

Pero aunque la crónica de Manethon resultase en realidad mil

cuatrocientos años más corta, no por esto dejaría de ser la historia

egipcia infinitamente más larga que la del pueblo judío. Antes de las

dinastías consignadas por Manethon existe el período mítico, los miles y

miles de años que fueron necesarios para que los cultivadores del Nilo

modificasen las tierras pantanosas y crearan una civilización capaz de

producir la Esfinge y las Pirámides.

Este período prehistórico tiene un testimonio: el «papiro de Turín»,

llamado así porque lo guardan en la Biblioteca de dicha ciudad. Dicho

papiro divide el Egipto remotísimo en tres períodos, que abarcan juntos

diez mil años, época mitológica de dioses y héroes, simbolizando los

trabajos y penalidades de los primitivos egipcios al cultivar y

civilizar lentamente el valle del Nilo.

Las Pirámides impresionaron algunas imaginaciones á causa de sus masas y

el esfuerzo inexplicable representado por ellas, hasta el punto de dar

origen á una especie de culto religioso. Hombres de espíritu elevado

quisieron atribuir una significación espiritual y misteriosa á estas

piedras amontonadas por el «inepto orgullo» de varios faraones.

En Inglaterra ha existido una escuela «piramidista» con hombres de

verdadero mérito, que pretendieron encontrar en las Pirámides secretos

matemáticos, astronómicos y religiosos. Para ellos, cada una de dichas

tumbas gigantescas guardaba una gran lección de la misteriosa ciencia

egipcia. En realidad, los creadores de estas obras absurdas é imponentes

sólo buscaron satisfacer su inmenso orgullo, siguiendo á la vez los

instintos de todo déspota, inclinado á sospechar de cuanto le rodea.

Quisieron que sus monumentos fúnebres se viesen de muy lejos á causa de

la potencia de su masa, aumentando su esplendor con templos secundarlos,

avenidas de esfinges y pilones triunfales. Al mismo tiempo desearon que

su cadáver, divinizado, quedase tan hábilmente oculto que nadie pudiera

descubrirlo.

Así se explica la absurda invención, que tanto desorientó á los

comentaristas de las Pirámides, de construir toda una montaña maciza

para abrigar una estrecha galería, casi comparable por su pequeñez á un

tubo de chimenea, conduciendo á una cámara funeraria igualmente

insignificante en parangón con el inmenso resto de la obra. La cripta

para el cadáver de Kheops en la Gran Pirámide representa como relación

de tamaños menos que la pepita de una manzana en el interior de dicha

fruta.

El miedo á que profanasen sus tumbas les hizo adoptar tan exageradas

precauciones. Era grande en Egipto el respeto á la muerte, pero aún era

mayor la miseria del pueblo, y durante miles de años muchedumbres

famélicas miraron con envidia las tumbas de unos reyes cuyos nombres

habían olvidado, y en cuyo interior existían tesoros perdidos rodeando á

sus momias.

Se hablaba, por tradición, de «salas de oro» donde los sacerdotes y las

concubinas de los faraones habían depositado todo lo que les perteneció

en vida, armas, joyas, muebles y trajes. En ciertos períodos de hambre,

cuando por una crecida defectuosa del Nilo resultaba mala la cosecha,

bandas armadas asaltaron dichas tumbas, descubriendo con husmeos hábiles

de indígena todos los secretos de su entrada.

Antiguos papiros hablan de muchos robos de sepulturas reales. En tiempos

de Estrabón ya habían sido saqueados cuarenta sepulcros de faraones y

desaparecido sus cadáveres, quedando abiertas á todo el mundo las

galerías minuciosamente disimuladas durante miles de años. Los turistas

de Grecia y de Roma entraban en ellas con toda libertad para cubrir sus

muros de inscripciones, lo mismo que los visitantes actuales.

Al penetrar por primera vez los exploradores de nuestra época en la Gran

Pirámide la encontraron vacía. Muchos siglos antes, los musulmanes

habían descubierto su entrada. Lo único que vieron en su interior fué el

nombre de Kheops marcado en los sillares con tinta roja. En la segunda

pirámide, ó sea la de Khefren, descubierta en 1818, la exploración de

su interior tampoco dió resultado. Sólo encontraron un sarcófago vacío,

y en los muros de la cámara sepulcral una inscripción árabe declarando

que ya había sido visitada por un soldán del Cairo, sucesor de Saladino,

sin descubrir nada digno de consideración. Esto fué sin duda porque la

habían registrado y robado muchos siglos antes los bandoleros indígenas.

La tercera y más pequeña de las Pirámides, la del faraón Micerino, es

superior á las otras por la finura del trabajo y guarda una parte de su

bello revestimiento. Cuando fué descubierta su entrada por un explorador

italiano y un coronel inglés, éstos se convencieron inmediatamente de

que también la habían robado los antiguos egipcios. Sin embargo, todavía

encontraron en ella un hermoso sarcófago de piedra y un ataúd de momia

hecho de cedro, con el nombre de Menkara, que es, como ya dijimos, el de

Micerino. Este hallazgo único de las Pirámides tuvo mala suerte. Lo

embarcaron para Inglaterra, y el buque naufragó frente á las costas de

España, á la altura de Cartagena. Como el sarcófago pesaba tres

toneladas, se fué al fondo del mar. El ataúd del faraón, con su cubierta

imitando la forma de la momia, flotó sobre las aguas y lo recogieron

algunos días después, figurando actualmente en el Museo Británico.

Esta pirámide de Micerino es la única que tiene su leyenda. Las otras

dos son mudas.

Micerino fué un héroe de novela gracias á la mujer que le acompañó en el

trono, durante su corta existencia.

Dos historias van unidas á su nombre y á la tercera pirámide. En una de

ellas Micerino figura casado con su hermana Nitokris, unión que nada

tiene de extraordinaria. Casi todos los faraones fueron incestuosos. La

etiqueta real exigió durante miles de años que el rey de Egipto se

casase con una hermana suya, para que no viniesen hembras extrañas á

profanar la pureza de la dinastía. También el dios Osiris estaba casado

con su hermana la diosa Isis. El incesto se encuentra al principio de

todas las historias religiosas, absolutamente de todas. Oportuno es

recordar que los hijos de Adán se casaron con sus hermanas las hijas de

Eva.

Nitokris, «la bella de las mejillas de rosa»--tal es el significado de

su nombre--, recibió un día la noticia de que su fraternal esposo

Micerino había sido asesinado por orden de los principales personajes de

la corte. Éstos, deseosos de gobernar el país indirectamente, ofrecieron

el trono á Nitokris, y ella lo aceptó pensando en su venganza. Hizo

edificar una sala subterránea cerca del Nilo y con el pretexto de

inaugurarla invitó á un gran banquete á cuantos próceres habían tramado

el asesinato de su esposo. Todos acudieron, y los ahogó derrumbando

sobre el banquete las aguas de un canal abierto ocultamente.

Añade la leyenda que en los siete años de su reinado hizo construir esta

pirámide, dándola su costoso revestimiento de sienita, que tanto

admiraron después griegos, romanos y árabes. Cuando hubo terminado la

obra depositó en su cámara central el cadáver de Micerino, y juzgando

sin finalidad su existencia, se dió la muerte arrojándose á un

subterráneo lleno de cenizas.

El recuerdo de la faraona Nitokris, indiscutiblemente bella, pues todos

los documentos del Egipto de entonces hablan de sus «mejillas de rosa»,

va tan unido á la tercera pirámide, que durante muchos siglos se la

designó con su nombre y no con el de su esposo. Los árabes han creído

durante mil años, casi hasta nuestra época, que la hermosa Nitokris

habita su pirámide y se aparece algunas veces en lo alto de ella,

atrayendo á los hombres con sus cantos y su desnudez. Pero el bello

fantasma, después de enloquecerlos de amor, les quita la vida.

La otra leyenda es menos lúgubre. En ella Nitokris se llama Rodopis,

nombre de cortesana que le dieron los griegos.

Rodopis era una hermosa joven del pueblo, una especie de almea de la

antigua Memfis, y mientras estaba bañándose en el Nilo, un águila

arrebató una de sus sandalias. Luego de volar con ella mucho tiempo, la

dejó caer en las rodillas del faraón Micerino, ocupado en administrar

justicia al aire libre.

Fué tal su asombro ante la pequeñez de dicha sandalia, que dió orden

para que buscasen á su dueña por todo Egipto; y cuando trajeron la joven

á su presencia la encontró tan interesante como su ligero calzado de

papiro, acabando por casarse con ella. El joven Micerino murió al poco

tiempo, y la reina mostró su amor y su desesperación levantando la más

graciosa de las tres pirámides.

Como se ha dicho muchas veces, la historia es una novela que fué y la

novela una historia que pudo ser. Pero en todas partes la novela aparece

antes que la historia, dando un ambiente poético á los tiempos en que

ésta no ha nacido aún.

Los hombres prefieren instintivamente la novela á la historia, y hacen

bien. Es su hermana mayor.

XX

EL MUSEO DEL CAIRO

Cómo nació la egiptología.--El joven Champollion y la famosa piedra

de Rosetta.--Los descubrimientos de Mariette.--Trabajos de

Maspero.--La policromía egipcia.--Setenta siglos encerrados en un

palacio blanco.--La escultura, superior á la pintura.--Nunca

existió una religión egipcia.--Infinita variedad de dioses y

cultos.--Los dioses triunfando ó decayendo según la suerte política

de la ciudad en que nacieron.--Los animales sagrados.--Vida

compleja y contradictoria de los egipcios, falsamente tenidos por

un pueblo inmóvil.--El misterio científico de los

sacerdotes.--Pararrayos en los templos.--Vuelta á la alegría de la

vida, después del período tebano.--La momia de Ramsés II viejo y de

su padre joven.--Cómo Sesostris resucitó, después de tres mil

quinientos años, para dar á los empleados del Museo el mayor susto

de su vida.

La egiptología es una ciencia moderna, de origen francés.

Hasta principios del siglo XIX sólo podía saberse del antiguo Egipto lo

que habían contado los griegos á partir de Herodoto, y éstos conocieron

el país bajo la dominación de los persas, después de extinguidas las

dinastías faraónicas.

Además, ninguno de ellos consiguió leer la escritura egipcia, y todo lo

que dijeron fué por relatos orales, incurriendo en grandes errores que

han llegado hasta nuestra época.

Un ejército de la República francesa, mandado por el joven general

Bonaparte, conquistó á Egipto en 1798. Varios sabios agregados á dicha

expedición trajeron á Europa descripciones y dibujos de las ruinas

egipcias, pero ninguno pudo descifrar los _jeroglíficos_, palabra griega

equivalente á «escritura sagrada». La escritura egipcia era un muro de

misterio contra el cual venían chocando inútilmente las hipótesis de los

hombres de estudio.

Fueron tres en realidad las escrituras creadas en diversas épocas,

recibiendo los nombres de jeroglífica, hierática y demótica. La más

antigua ó jeroglífica consistía en la representación de los objetos

mismos que se deseaba mencionar, dibujando un hombre para escribir

hombre, una silla por silla, lo que hizo de todo escrito una serie de

pequeños dibujos. Más adelante, para dar mayor extensión y flexibilidad

al lenguaje, las figuritas representaron letras. Un gavilán significaba

E, un león L, etcétera, y algunos dibujos equivalían á palabras enteras.

Así se formó la escritura llamada hierática. A partir de la XXI

dinastía, las necesidades comerciales de los egipcios les obligaron á

abandonar estas dos escrituras representadas por bestias, personas y

objetos, é inventaron una tercera, de mayor sencillez para su

contabilidad, formada con letras, que se tituló demótica, más fácil de

escribir que la jeroglífica, y más abundante en dificultades para su

lectura.

Cierto joven francés llamado Champollion se sintió repentinamente

interesado por todo lo referente al Egipto misterioso, y estudiando, á

los catorce años, en el Liceo de Grenoble, adquirió una gramática de la

lengua copta, derivación del antiguo egipcio, que aún se hablaba en todo

el valle del Nilo por ser el idioma de los cristianos. En 1807, antes de

su salida del Liceo, este joven de diez y siete años escribió un

trabajo histórico sobre Egipto, trasladándose luego á París para

estudiar las piedras é imágenes depositadas en el Museo del Louvre por

los sabios de la expedición de Bonaparte.

Un oficial de artillería de la mencionada expedición había encontrado en

Rosetta, junto á la desembocadura occidental del Nilo, una piedra

triangular conteniendo tres inscripciones: en griego, en lengua demótica

y en lengua jeroglífica. Los sabios, valiéndose del griego, habían

llegado á traducir la inscripción demótica, pero no pudieron entender

una sola frase de la jeroglífica. Champollion se dedicó á descifrar la

piedra de Rosetta en 1821, con la firme voluntad de no desistir de dicho

trabajo hasta obtener completo éxito.

Primeramente estudió los nombres rodeados de un cartucho, por ser bien

sabido que los que tenían por adorno tal emblema heráldico eran de

reyes, y cuando los hubo desentrañado, le dieron todo el alfabeto

jeroglífico. Además se convenció de que la lengua jeroglífica se parecía

mucho á la copta, aprendida por él. Como les ocurre á todos los

innovadores, algunos sabios viejos, representantes de la ciencia

oficial, pusieron en duda los descubrimientos de Champollion. Éste hizo

un viaje á Egipto, escribió una gramática jeroglífica, y extenuado por

su inmenso trabajo mental murió á los cuarenta y un años de edad, en

1832.

Al conocer las reglas para la lectura de los jeroglíficos, muchos se

consagraron al estudio de las antigüedades faraónicas, y gracias á

Champollion nació la ciencia de la egiptología. La piedra de Rosetta fué

la llave mágica que abrió una puerta inaccesible durante veinticinco

siglos. Surgieron egiptólogos en varias naciones, yendo todos al valle

del Nilo para desenterrar monumentos, explorar pirámides é hipogeos, ir

descifrando una historia nueva en piedras y papiros. Hoy pueden leerse

con exactitud los textos egipcios, y los niños de las escuelas conocen

una historia de este pueblo más cierta que la que relataban los sabios

hace menos de un siglo.

La egiptología, nacida en Francia, siguió recibiendo de ella sus hombres

más importantes. Franceses han sido Saulcy, Rougé, Mariette y Maspero.

Tranquilo profesor en el Liceo de Boulogne, su ciudad natal, Mariette se

sintió tentado por el misterio del Egipto en fuerza de contemplar una

momia que existía en la biblioteca de dicho centro de enseñanza. Sus

primeros estudios los hizo como Champollion, examinando las antigüedades

egipcias del Louvre. Después consiguió que el gobierno de Francia le

enviase á hacer excavaciones en Egipto.

Una buena suerte, siempre fiel, acompañó sus trabajos. Al poco tiempo de

iniciarlos descubrió el Serapeum de Memfis, panteón donde se guardaban

las momias de los bueyes Apis. Este hallazgo le hizo célebre, y el

kedive de Egipto, luego de darle el título de bey, le encargó la

dirección de todas las excavaciones arqueológicas del país. Durante

treinta años, Mariette-bey exploró el Egipto en varias direcciones,

limpiando de arena los monumentos de Memfis y de escombros los grandes

templos tebanos. Con todos sus hallazgos creó cerca del Cairo el Museo

de Boulaq, extraordinario para su época, pero que después ha resultado

malsano por su emplazamiento junto al Nilo y pequeño para contener los

hallazgos de sus sucesores.

Mariette-bey murió en 1881, siendo enterrado como un egipcio del tiempo

de los faraones, á la entrada del Museo de Boulaq, en un sarcófago de

granito, entre dos esfinges.

Otro francés continuó su obra, Gastón Maspero, antiguo profesor del

Colegio de Francia, que acabó por ser director general de las

Antigüedades de Egipto, con toda clase de facultades concedidas por el

gobierno del país. Bajo su dirección, hasta hace pocos años, en que

ocurrió su muerte, y bajo la de su sucesor, continúan sin descanso las

excavaciones, saliendo á luz nuevos monumentos y papiros.

Hoy, todo el producto de la cosecha milenaria, realizada por los

egiptólogos, ya no está en el Museo de Boulaq. Maspero creó en pleno

Cairo el llamado Museo Egipcio, vastísimo palacio rodeado de jardines,

que tiene frente á su fachada un monumento á Mariette.

Este museo del Cairo es la construcción más extensa y hermosa de dicha

capital. En ninguno de los de Europa se preocuparon los arquitectos de

la comodidad de los visitantes y buenas condiciones para su respiración

como en este edificio, casi reciente. A pesar de que existen en su

interior tantos cadáveres, tantos objetos que permanecieron miles de

años en la lobreguez de las tumbas, no se nota el más leve hedor. Su

ambiente es más puro que el de los museos de cuadros y de estatuas.

Sin embargo, la elegante é higiénica blancura de sus escalinatas y la

aireada amplitud de sus salones únicamente se aprecian en los primeros

momentos, al entrar en el museo. En seguida nos asalta el pasado, nos

envuelve el misterioso encanto de este país que se resistió á dejarse

conocer durante el curso de dos milenarios, y ahora, repentinamente, en

menos de un siglo, entrega con una prontitud que puede llamarse violenta

todo el secreto de su pasado.

Ya dije al hablar de Tebas que las ruinas actuales dan una falsa idea de

lo que fueron las construcciones antiguas. No se ve en aquéllas más que

la piedra, algunas veces áspera porque la labraron para mantenerse

oculta bajo suave revestimiento. La mayor parte de los edificios del

antiguo Egipto fueron multicolores. Las columnas estaban pintadas y sus

capiteles de loto tenían cubiertas las hojas de diversas tintas y de

oro.

Es en este museo donde puede conocerse directamente el arte multicolor

de los egipcios. Junto al Nilo, en las ruinas de templos y pirámides,

perdura el esqueleto de su civilización; aquí, bajo techo, se guardan

sus músculos, su carne, sobre todo su epidermis maravillosa.

Vemos por todas partes oro y colores. Hasta las estatuas de madera ó

alabastro están pintadas, con una frescura de tintas tan maravillosa que

hace dudar de su origen remoto. Casi todas las cabezas tienen ojos de

vidrio, con un redondel de ébano y metal que imita la pupila, dándola

una fijeza enigmática é inquietante. Parece que estos personajes de

sesenta ó setenta siglos guardan aún fragmentos de un alma que ha podido

presenciar la mayor parte de la historia humana.

Menciono tal cantidad de siglos porque las figuras más expresivas, más

cerca de la realidad, son las antiguas, las de la época memfita,

contemporáneas de las Pirámides y de los primeros faraones.

Además de la policromía de estatuas, muebles y joyeles, la piedra

empleada por los antiguos artistas da una variada gradación de colores

naturales á este museo de siete mil años, que guarda desde el punzón de

oro tallado perteneciente al tocador de una dama de Memfis, hasta

colosos de varios metros que tocan con su mitra faraónica el techo de

los salones. La diorita, el alabastro, la calcárea blanca y amarilla, el

asperón rojo, los granitos rosa y gris, el esquisto verde, extraídos de

las diversas canteras vecinas al Nilo Alto, al Nilo del Sudán ó las

costas del mar Rojo, alternan con el alabastro y la madera como materias

estatuarias.

Encontramos sarcófagos en abundancia: unos pesadísimos, de sobria

ornamentación, imponentes por las toneladas que representa su masa de

una sola pieza; estelas con estatuas destinadas á guardar la puerta

fingida de todo hipogeo egipcio; bajos relieves con centenares de

personas siguiendo al faraón triunfante--el monarca siempre gigantesco y

los simples mortales tan pequeños que apenas le llegan al tobillo--;

columnas de floridos capiteles imitando al loto y á la palmera; escribas

leyendo ó arrodillados, en actitud de estenógrafo; servidores amasando

el pan, vigilando el asador, llevando las sandalias de su amo; escenas

cinceladas en el granito que representan las flotas egipcias en sus

avances por el mar Rojo, ó á la princesa negra Ponuit, de grotescas

posaderas, saliendo al frente de sus tribus para ofrecer árboles de

incienso á los marinos faraónicos; y esfinges, muchas esfinges, con

rostro de mujer y cuerpo de león.

Resulta interminable la asamblea de faraones y princesas reunida en

estos salones blancos. Hasta hay estatuas de enanos que indudablemente

hicieron reir con tristes bufonadas á reyes y reinas en los tiempos que

aún estaba empezando la historia del pueblo hebreo. Vemos dioses

fluviales con los pies apoyados en cocodrilos; episodios de guerra,

burilados con una paciencia admirable en las piedras más duras y

difíciles de ser trabajadas; sangrientos choques, que deben llamarse de

«carretería», pues en ellos los adversarios no van á caballo y se lanzan

flechas desde lo alto de sus carros de combate.

Admiramos los muebles recién salidos de la tumba de Tutankhamen. Tienen

la misma brillantez y frescura que si fuesen imitaciones modernas. La

permanencia de varias docenas de siglos en la lobreguez de una tumba

parece haber rejuvenecido sus oros. Examinamos numerosos sillones que

fueron tronos, igualmente dorados, con el cuero cubierto de figuras

multicolores y los brazos en forma de pantera; cofres que tienen en sus

cuatro superficies y su tapa cóncava interminables historias

representadas por un mundo de figurillas; lechos por cuyos costados

desfilan también procesiones de hombres y animales diminutos.

Alineada en armarios de cristal existe toda una humanidad de estatuitas

talladas en madera. Egipcios rechonchos, de cara jocunda, celebran

banquetes al aire libre y se divierten con varios juegos; filas de

mujeres llevan ofrendas á los dioses; pequeñas barcas, exactamente

parecidas á las del Nilo, permanecen inmóviles en mitad de las vitrinas,

con la vela izada, los bogadores encorvados sobre los remos y un niño en

la proa que tiene los brazos en alto y la boca abierta en actitud de

gritar. Los personajes caricaturescos se mezclan en este mundo de

muñecos egipcios con plañideras de trágica actitud.

Más allá vemos paisajes ingenuos pintados en láminas de alabastro ó de

barro. La pintura no progresó en Egipto como la escultura. Cortó su

desarrollo la influencia sacerdotal, exigiendo una actitud hierática al

cuerpo humano, un convencionalismo de pintura sagrada en las escenas de

la vida ordinaria. Todos los personajes están en fila, tienen la cara de

perfil, el tronco de frente, con los dos hombros iguales, y brazos y

piernas igualmente perfilados.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 22 / 26 段