labra su pedazo de tierra negra, preparando una segunda cosecha.
Es un beduíno de los que se dedicaron á agricultores en tiempos de
Mohamed-Alí. Lleva túnica á rayas, algo sucia, pero todavía de vivos
colores, y en la cabeza el _tarbuch_ rojo con una tela blanca arrollada
en forma de turbante. Su yunta no puede ser más extraordinaria. Un asno
grande, huesudo, y un camello viejo, zanquilargo, con la joroba blanda,
forman pareja tirando del arado. Esta yunta es digna de los colosos
sedentes, que la contemplan ir y venir, emergiendo como escollos sobre
el mar verdoso del trigo.
Tengo ante mí una visión clásica del Egipto: Memnón, estatua famosa que
cantaba hace dos mil años, y este beduíno que abandonó la vida errante
de sus abuelos para hacer germinar el limo nilótico, lo mismo que
hicieron las generaciones de hace treinta ó cuarenta siglos, cuyo polvo
forma parte de la tierra arcillosa pegada á nuestros pies.
¡Sencillo labriego egipcio, insensible á los cambios de gobierno y de
religión, atento únicamente al suelo de barro que lo sustenta!...
Contemplo con simpatía á este arador que aún guarda en su trabajo la
altivez y la elegancia natural del árabe. Le veo venir hacia mí
siguiendo al camello y al burro, empuñando la esteva, sereno el rostro,
con la noble gravedad del musulmán. Quisiera saber su lengua para
hablarle... Siento deseos de estrechar su mano callosa.
Él, como si adivinase mi pensamiento, inmoviliza su yunta, abandona el
arado, se aproxima, me saluda á estilo oriental, llevándose una mano á
la frente, abre la boca, y con voz algo bronca dice:
--_¡Bacshis!_
XIX
LAS PIRÁMIDES Y LA ESFINGE
Las ruinas de Memfis.--Camellos para retratarse.--«¡Al fin te
veo!»--Las pirámides de Gizéh.--Otras pirámides más antiguas.--La
Esfinge y su rostro enigmático.--Ponemos en lo que nos rodea el
misterio que llevamos dentro de nosotros.--Remotísima antigüedad de
estos monumentos.--La civilización todavía más remota que los
produjo.--Diversa duración de la historia egipcia y la historia
judía.--Imposibilidad de colocar la una dentro de la otra.--Las
Pirámides, saqueadas hace miles de años.--Inutilidad de estos
monumentos orgullosos.--Dos leyendas de la tercera
pirámide.--Nitokris, «la bella de las mejillas de rosa».--El
incesto faraónico.--Cómo Nitokris vengó á su esposo y luego se dió
muerte.--La cortesana Rodopis.--Su ascensión á faraona gracias á
una sandalia de papiro.--La novela, hermana mayor de la historia.
Vamos en automóvil por un camino ancho que tiene á ambos lados tierras
bajas, con el color negruzco del barro nilótico. Veo ante mí la línea
donde terminan los campos fértiles del valle y empieza el declive
arenoso del desierto Líbico. Este desierto no tiene aquí montañas.
Presenta un borde horizontal y regular, una arista de meseta
interminable. Únicamente á un lado de ella se alzan aisladas tres
montañas blancas, tan blancas, que á esta hora temprana parecen de sal ó
de nieve.
Las tres, de vértices desiguales, forman escalones según se alejan, y se
adivina que esto no es sólo un efecto de óptica. La más grande de las
montañas en triángulo es en realidad la más próxima, la que se alza á
continuación la mediana, y la última la de menos altura.
A nuestra espalda queda El Cairo. Hemos llegado á él con las primeras
luces del día, después de un viaje de veinte horas desde Luxor.
Estos campos, verdes de trigo ó negros y recién arados en espera de una
nueva siembra, sirvieron de solar hasta hace once siglos á Memfis, la
más antigua de las capitales egipcias y la que vivió más siglos.
En la época romana los viajeros iban ya á visitar Tebas como un lugar
solitario de ruinas interesantes, y en ese tiempo todavía existía
Memfis, sobreviviéndose ocho siglos más.
Fueron los musulmanes los que en el siglo II de su era, al fundar la
ciudad del Cairo, acabaron con Memfis, borrándola completamente de la
superficie de Egipto. Los restos de sus templos fueron llevados á la
nueva capital para construir mezquitas y palacios. Sólo se salvaron los
edificios mortuorios situados en el vecino desierto de Gizéh, unos por
ser macizos como las Pirámides y de larga demolición, otros por haberlos
cubierto la arena.
Memfis fué la ciudad más antigua de Egipto. Su fundación se pierde en
tinieblas remotísimas, seis mil años antes de nuestra era, cuando se
inicia confusamente la historia de este país y los relatos fabulosos
sólo hablan de gobiernos de dioses y de héroes.
La historia egipcia cambió de rumbo según la situación de su capital y
la hegemonía del Bajo ó el Alto Egipto. La inmovilidad que se atribuye á
este pueblo durante siglos y siglos es simplemente un error de los
griegos. Cuando llegaron por primera vez á Egipto lo vieron en
decadencia, dominado por los sacerdotes, sometido al faraón, dueño
absoluto de tierras y vidas, con una historia guardada en secreto para
que el pueblo no conociera su pasado, é imaginaron que siempre había
sido así.
Como todas las naciones, Egipto sufrió sacudimientos revolucionarios y
guerras de invasión, que cambiaron el emplazamiento de su capital, dando
orientaciones diferentes á su política y su cultura. Siempre que
dominaba Tebas, ciudad del Alto Nilo perdida en el interior del país,
Egipto era un mundo cerrado, refractario á las influencias exteriores,
oprimido por la presión teocrática, y su preponderancia política iba
acompañada de una regresión material y moral. Cuando dominó Memfis al
principio de la vida egipcia y otras ciudades del delta en los últimos
siglos de su independencia, Egipto estuvo en comunicación con el resto
del mundo por hallarse más cerca del mar, iniciándose períodos de
progreso y mayor libertad en las costumbres.
Empieza á rarificarse la vegetación á ambos lados de nuestro camino.
Vemos desmoronamientos de piedras rojizas procedentes de los acantilados
del desierto y capas de arena que el _kamsin_ dejó caer sobre los campos
alejados del Nilo.
Se detiene el automóvil en una especie de plaza, ensanchamiento de la
carretera rodeado de edificios. Aquí terminan los rieles de un tranvía
que hemos venido siguiendo desde El Cairo. Nos asalta una muchedumbre
igual á la que se encuentra en todos los lugares con ruinas célebres:
vendedores de fotografías, de escarabajos sagrados ó estatuillas
funerarias, guías, borriqueros y camelleros.
Cerca del Hotel Semíramis (¿por qué tal nombre en este lugar?) hay una
doble fila de camellos, más de cien, con la joroba oculta bajo el paño
rojo que cubre su silla. Se agolpan los camelleros en torno al
automóvil, enalteciendo cada uno á gritos las condiciones de su bestia y
su propia experiencia como guía.
Los más de los visitantes de las Pirámides consideran obligación ritual
instalarse aquí sobre la giba de un camello manso para subir la corta
pendiente que les separa de aquéllas. Saben que al pie de la Gran
Pirámide aguarda un enjambre de fotógrafos, prontos á retratarlos
montados lo mismo que si fuesen audaces exploradores del desierto, y
estas fotografías circulan después como documentos interesantísimos por
Europa y América.
En el momento de mi llegada veo muchos grupos de clientes de la Agencia
Cook en tratos con los camelleros. Se deshace la doble y larga fila de
animales pacienzudos y cuellilargos. Las familias se distribuyen estas
monturas exóticas, escogiéndolas con el pensamiento puesto en el
retratista. El padre ocupa una, la madre otra, y siguen tras ellos los
diversos hijos, riendo y dando gritos de entusiasmo á causa de esta
novedad ambulatoria. Varias _misses_ ríen también como niñas, mientras
los camelleros de ojos ardientes aprovechan la ocasión para ayudarlas á
montar, apoyando sus manos más abajo de las femeninas espaldas. Alemanas
de casco blanco, anteojos redondos y mechones de un rubio pálido
acompañan los movimientos de su camello balanceándose isócronamente al
compás de su cuello rojizo y su cabeza chata, que parten el aire como
una proa.
Prescindo de esta farsa «turística». No quiero hacerme retratar en lo
alto de uno de estos animales, ocupado solamente durante algunos
minutos. He montado por necesidad en camello más de una vez, y declaro
que su andadura resulta molesta, hasta el punto de dar un mareo peor que
el de los viajes marítimos á los que no estamos acostumbrados á tal
género de locomoción. Además, un escrúpulo que puede llamarse de respeto
histórico me impulsa á llegar hasta las Pirámides á pie, como los
viajeros de Atenas y de Roma que empezaron á visitarlas y á propagar su
fama en el mundo, hace veinticuatro siglos.
Subo en automóvil la cuesta que existe entre los postreros campos del
valle y la meseta líbica. En la última revuelta algo se interpone entre
mis ojos y el cielo blanquecino de luz: un cono inmenso, que parece
cubrir con su compacta solidez todo el horizonte. Las ruedas delanteras
del vehículo se hunden en la arena y continúan volteando entre
nubecillas rojas sin poder avanzar más. Abandono el carruaje y doy unos
pasos sobre el suelo caliente y blando. Tropiezo con piedras ásperas y
cortantes como la lava, pero á pesar de ello no miro abajo ni miro
tampoco horizontalmente ante mí. He echado mi cabeza atrás.
--¡Al fin te veo!...
Tengo ante mis ojos la Gran Pirámide. Para todos, este primer encuentro
representa una emoción inevitable, no por lo que se ve, sino porque al
fin se ha conseguido verlo.
Desde que nuestra razón empieza á formarse en la escuela de primeras
letras, nos enseñan á admirar ciertas maravillas, unas existentes, otras
que desaparecieron, pero igualmente célebres: las Pirámides, el Coloso
de Rodas, el Partenón, el Coliseo, etc. ¿Quién no ha pasado una parte de
su vida deseando ver, sea cuando sea, estas construcciones que admiramos
desde niños en los grabados de los libros y nos son tan familiares como
la casa de nuestros padres?...
Vuelvo á repetir mentalmente mi exclamación: «¡Al fin te veo!...», pero
camino con la prisa de un espectador que tiene conciencia de que se
halla mal colocado y desea cambiar de sitio.
Estoy á espaldas de la Gran Pirámide, en la cara donde se abre el
pequeñísimo túnel, á unos quince metros de altura, por el que se penetra
hasta la única cámara mortuoria que existe en sus entrañas. Desde aquí
sólo veo uno de los lados, y su masa oculta á las otras pirámides. Hay
que bordearla, pasando á la cara opuesta, que es donde se desarrolla el
verdadero paisaje clásico que todos conocemos: las tres pirámides,
alineadas por orden de altura, y delante de ellas, como si emergiese de
una excavación de arena, la colosal y misteriosa Esfinge.
Marcho unos minutos por el suelo movedizo y pasan junto á mí filas de
camellos con sus arrogantes jinetes de ocasión, así como muchas abonadas
de Cook montadas en borricos, lo mismo que la reina de Saba.
Dos _fellahs_ de larga camisa color añil se agregan á mí en espera del
_bacshis_. Me toman de los brazos como si fuese á caerme; uno me espanta
las moscas pegajosas con una rama de palmera; el otro saca mi pañuelo de
un bolsillo del pecho, me quita el casco y enjuga mi frente. ¡Simpáticos
ayudantes!... ¡Pensar que á la hora del _bacshis_, aunque les dé la
propina más inaudita, fingirán desilusión y enfado, corriendo
inmediatamente en busca de otros viajeros!...
Dejo atrás un ángulo de la pirámide, doblo luego un segundo ángulo, y
veo de pronto en la realidad lo que tantas veces contemplé en libros y
cuadros.
La pirámide más grande, á cuyo pie estoy, es la de Kheops; más allá se
alza la de Khefren, y en último término la de Micerino. Estos nombres de
los reyes que ordenaron tales construcciones no son exactos, pues los
desfiguró la traducción griega. En realidad, los tres monarcas de la
cuarta dinastía se llamaron Khufu, Khafra y Menkara.
Esta masa enorme, edificada por Kheops, tenía antes 144 metros de altura
y trabajaron en ella cien mil hombres á la vez, renovados cada tres
meses por un ejército de trabajadores de igual número. La obra duró
treinta años. Hubo que buscar bloques al otro lado del Nilo, en las
canteras del desierto Arábigo, construir caminos en rampa para su
arrastre basta la orilla fluvial, embarcarlos, traerlos en balsas á las
cercanías de Memfis, echarlos á tierra y empujarlos de nuevo á lo alto
de la meseta líbica. Para su colocación en esta montaña artificial se
construyó una calzada de suave pendiente, que iba ascendiendo por las
caras de la pirámide á medida que aumentaba su altura, y terminada
aquélla, hubo que demoler el camino arrollado á sus cuatro superficies
como una cinta ascendente.
Las tres pirámides de Gizéh resultan las más conocidas, las más
populares, pero existen muchas otras en el desierto paralelas al Nilo.
Estas tres son las obras más antiguas de piedra que existen en Egipto,
pero no por esto debe tenérselas por las más remotas de las
construcciones, como se cree generalmente. Antes de que á los
mencionados faraones se les ocurriese la edificación de unas tumbas tan
absurdas por su costo, otros reyes habían levantado ya pirámides para
sus cadáveres.
Es la pirámide una concepción primaria de los pueblos. A todos los
grupos humanos se les ha ocurrido colocar un montón de piedras sobre las
tumbas, y los egipcios pasaron de esto á la construcción de la pirámide
tal como la conocemos. Los remotos monarcas de la protohistoria egipcia
levantaron pirámides de ladrillos y en escalones, como las de los
sumerianos, los asirios y otros pueblos de la Mesopotamia.
Indudablemente existió una influencia sumeriana, tal vez ochenta ó
noventa siglos antes de nuestra era, en un período obscurísimo, más allá
de los datos presentes de la Historia, y los reyezuelos del Egipto Bajo,
deseosos de engrandecer la majestad faraónica, imitaron con ladrillos, ó
sea con lo que tenían más á mano, los monumentos de la civilización
mesopotámica, á la que dan algunos historiadores de diez mil á once mil
años de antigüedad.
Cuando los monarcas egipcios se vieron poderosos, gozando una autoridad
absoluta sobre su pueblo, consiguieron realizar las mismas obras, pero
en piedra, trayendo sobre trineos y balsas la calcárea del desierto
Arábigo y el granito rojo de más arriba de Assuan.
Debo confesar que las Pirámides, en el primer momento de su aparición,
no conmueven al visitante. ¡Las hemos visto tantas veces en libros, en
cuadros y hasta en pisapapeles antes de contemplarlas en la realidad!...
Sólo sabemos repetir en nuestro interior que son muy grandes,
absurdamente grandes.
Además, vista de cerca, la Gran Pirámide parece un simple amontonamiento
de piedras, formando escalones de unos setenta centímetros de
profundidad. En otro tiempo estaban recubiertos estos peldaños con
sillares de granito pulimentado, tan lisos que era imposible subir por
su pendiente y tan bien unidos que no se lograba introducir un palo
entre dos de ellos. Este revestimiento de piedra pulida fué arrancado
para emplearlo en otras construcciones, y sólo queda su enorme macizo de
albañilería completamente descubierto, lo que hace pensar en un
organismo monstruoso al que hubiesen arrancado la epidermis.
Los beduínos que ganan su vida como guías de la Gran Pirámide imitan á
los montañeses de los Alpes siempre que acompañan viajeros hasta la
cúspide de la montaña artificial. Tiran de sus brazos, los empujan por
las asentaderas ayudándolos á subir, y cuando llegan á la cumbre, hacen
rodar alguna de las piedras para que se aprecie su altura. Esto último
fué prohibido; pero el juego aún se repite, á pesar de que achicó á la
Gran Pirámide en más de siete metros. Actualmente sólo tiene ciento
treinta y siete, pero aún figura entre los monumentos de piedra como uno
de los más altos del mundo.
Las tres habían sido ya visitadas y robadas, hacía siglos, cuando los
primeros egiptólogos consiguieron, en nuestra época, descubrir las
angostas galerías que conducen á sus cámaras mortuorias. Durante la Edad
Media los soldanes del Cairo supieron desentrañar cuantos secretos
habían amontonado los faraones, dando finalmente con sus escondrijos
fúnebres para apoderarse de joyas y otros ornatos.
Ninguno de los tres reyes egipcios fué hallado en el interior de su
montaña de piedra. Los saqueadores, después de robar sus momias, las
dejaron perder tal vez en las arenas del desierto ó las hicieron
pedazos.
«Muy grande, absurdamente grande», seguimos pensando; pero la grandeza
de las tres montañas blancas acaba por infundir admiración cuando se
piensa en los ejércitos de trabajadores que se movieron aquí durante
treinta años, bajo la amenaza del palo, para levantar una de dichas
pirámides.
Asombra también la apreciación de las prodigiosas cantidades de piedra
acumuladas. Solamente la Gran Pirámide tiene una masa de veinticinco
millones de metros cúbicos, cantidad que bastaría para construir un muro
más alto que un hombre y largo de cuatro mil kilómetros.
El paisaje piramidista causa una impresión más honda cuando se bajan los
ojos, y olvidando momentáneamente las tres montañas triangulares, se
concentra la mirada en la Esfinge, enorme cabeza de piedra que emerge de
la arena como surgiría un monstruo prehistórico entre las espumas
amarillas del Océano en formación.
Es en realidad esta figura misteriosa la imagen del dios Harmakhis,
símbolo del sol naciente. El resto de su cuerpo está hundido en la
arena, pero las excavaciones revelan su contorno. La cabeza humana tiene
un cuerpo de león, tallado en la roca, descansando sobre las patas
encogidas.
No trajeron de lejos su piedra, como la de las Pirámides. Era un peñasco
perdido en el desierto, que tal vez por su rareza mereció honores
sagrados. En el lomo de la Esfinge existe una sepultura de incalculable
antigüedad, anterior indudablemente al tallado de dicha imagen.
Su cabeza tiene diez y nueve metros de altura, la de una casa de cinco
pisos, y la oreja todavía visible mide un metro. Excavaciones hechas en
el pasado siglo permitieron descubrir un templete colocado entre sus dos
garras. Ahora el templete ha vuelto á desaparecer bajo la arena, y en
realidad sólo vemos de la misteriosa imagen el pecho, la cabeza y una
parte de su lomo. Las olas de este mar seco y ardiente muestran una
tenaz voluntad de recobrarla. Varias excavaciones la han sacado á la luz
y poco después ha vuelto la arena á ocultarla bajo sus mareas
encrespadas por los soplos del _kamsin_.
El rostro de la Esfinge es de una fealdad monstruosa. Le falta la nariz,
y esto parece dar á sus ojos, que se conservan enteros y son de una
fijeza perturbadora, cierto aire de ferocidad, semejante al de los
guerreros tártaros, de cara achatada. Una larga contemplación va
desentrañando su gesto enigmático y hostil. El rostro del dios Sol fué
hermoso. Colocando en él imaginariamente la nariz que le falta y
rellenando las oquedades de sus cicatrices, cambian de forma los ojos de
la divinidad solar, son largos y pensativos, reflejando un espíritu
interior de bondad y tolerancia.
Hace dos mil años que poetas y filósofos desfilan ante la figura
enigmática, y cada uno interpreta su gesto con arreglo á sus creencias.
Tal vez esta roca no es más que un ídolo gigantesco y mutilado, como
creen algunos; también podría ser que guardase el gran secreto de
nuestro destino, como imaginan otros... ¿Quién sabe? Las más de las
cosas sólo contienen en realidad aquello que deseamos colocar en ellas.
Nuestro desdoblamiento puebla lo que nos rodea con partículas de
nosotros mismos y luego las admiramos como verdades exteriores. La gran
angustia de los hombres es saber de dónde venimos, por qué estamos aquí,
adónde iremos después; y como estas preguntas no las contestarán nunca
de un modo lógico y satisfactorio religiones ni filosofías, necesita la
debilidad humana creer que alguien posee dicho secreto, y deposita tal
esperanza en todas las imágenes revestidas de profundo misterio por su
remota antigüedad.
Esta antigüedad incalculable que se pierde en las brumas del amanecer
protohistórico se va apoderando de nuestro pensamiento y reemplaza la
primera y vulgar admiración de las dimensiones brutalmente grandes.
Las tres pirámides que se alzan ante mis ojos fueron construídas cuatro
mil años antes de nuestra era, y añadiendo mil novecientos después de
Jesucristo, resulta que estos monumentos los levantaron los hombres hace
sesenta siglos aproximadamente... Y la Esfinge es sin duda alguna
anterior á la construcción de las Pirámides, lo mismo que un templo
subterráneo encontrado cerca de ella. Son anteriores también al rey
Menés, personaje del que habla la tradición como fundador de Memfis,
contando que lo mató un hipopótamo en el Nilo luego de reinar sesenta y
un años.
Este Menés, el más remoto de los faraones, imperó sobre un Egipto que
conocía ya las labores agrícolas, las artes mecánicas necesarias para la
vida y era capaz de construir ciertos monumentos anteriores á las
Pirámides, cuyas ruinas acaban de descubrirse, así como diques para el
aprovechamiento del Nilo.
Como ha dicho el sabio orientalista Guimet, «la civilización del rey
Menés no es un principio, es un apogeo, y debe haber sido precedida
forzosamente de numerosos siglos de ensayos y progresos muy lentos. La
gran Esfinge es anterior al rey Menés, así como las pirámides de
Sakkara». (Dichas pirámides son las construídas en forma de gradas,
copiando la arquitectura de la civilización mesopotámica.)
Resulta, pues, que esta Esfinge tiene más de siete mil años. Los hombres
que la tallaron en la roca eran ya verdaderos artistas, y las artes sólo
aparecen y se desarrollan en los pueblos después que han realizado éstos
durante siglos y siglos todos los progresos necesarios para el
mantenimiento de la vida y conseguido las comodidades que favorecen el
pensamiento ó el ensueño.
Alguien ha comparado el desarrollo de una nación á la lentitud con que
se eleva un roble, extendiendo á lo lejos sus raíces en las
profundidades del suelo. Todo esto me hace pensar en los miles de años
que debieron transcurrir antes de los setenta ú ochenta siglos de vida
que lleva la Esfinge, y experimento la misma turbación, aunque en menor
escala, que causan las cifras astronómicas al fijar la lejanía de los
astros ó la velocidad de la luz.
Cada egiptólogo ha ido empujando ante él las fronteras de la historia.
Hay un límite entre el período histórico y el período mítico. La
historia egipcia abarca cerca de cinco mil años antes de nuestra era, ó
sea unos siete mil hasta el presente, pero en el período mítico (antes
de Menés) existía ya una gran civilización; las civilizaciones no se
crean de un golpe, son muy lentas, y esto da á la protohistoria egipcia
nuevos miles de años, sin límite visible.
Digamos de paso, para el lector que lo ignore, que esta historia egipcia
de tantos miles de años se apoya en textos antiguos, siendo los más
importantes de ellos las listas de Manethon y el llamado «papiro de
Turín».
Manethon fué un gran sacerdote de Heliópolis, que por encargo de
Ptolomeo Filadelfo, uno de los faraones egipcio-griegos de la XXXIII
dinastía, hizo las listas de las treinta y dos dinastías anteriores, ó
sea de toda la historia de Egipto á partir del rey Menés (primera
dinastía), cinco mil ochocientos años anteriores á nuestra era, unos
setenta siglos antes de nosotros.
La historia egipcia, con su amplitud enorme, mal conocida hasta hace un
siglo, ha puesto en penosa situación á muchos historiadores deseosos de
armonizar dicha cronología con la historia del pueblo judío, declarada
sagrada. El _Pentateuco_ no da más que tres mil ó cuatro mil años, según
los diversos comentaristas, á la vida de la humanidad entre el Diluvio y
el nacimiento del Mesías, principio de nuestra era. ¿Cómo explicar la
existencia histórica de las dinastías egipcias durante cinco mil
ochocientos años?
Los primeros faraones resultan muy anteriores al Diluvio, y como en sus
tiempos el pueblo egipcio había ya llegado á una civilización que exige
miles de años para su desarrollo, debemos admitir que cuando los
escultores nilóticos habían tallado ya esta Esfinge que ahora
contemplo, Adán y Eva aún no estaban en el Paraíso ni habían empezado á
desarrollarse en Asia los demás episodios preliminares de la interesante
leyenda de los hebreos.