muerte, todos los egipcios desearon ser potentados. Hasta los
menestrales pasaban su vida haciendo economías para que los herederos
pudiesen pagar su entierro y su tumba. La momificación de un cadáver de
rico costaba un talento, cantidad que representa muchos miles de francos
oro en la moneda actual. Los cadáveres de pobres eran tratados con menos
atención, pero aun así consumía su embalsamamiento casi toda la herencia
legada por el muerto. Los indigentes, incapaces de satisfacer los
precios exigidos por los embalsamadores y de adquirir unos cuantos
palmos de tierra en la necrópolis común, debían renunciar á la esperanza
de conocer una vida más feliz, pereciendo por entero y para siempre.
El gran arte nacional fué el del embalsamamiento, y todos se preocupaban
de él. Creyeron primeramente los egipcios que cuando una persona muere,
algo de ella continúa viviendo, y á esta supervivencia le dieron el
nombre de «doble», imaginándola como una especie de sombra ó fantasma,
igual al cuerpo en sus líneas y colores, visible para los vivos, pero
completamente impalpable. Durante miles de años creyeron igualmente que
el «doble» sólo podía existir mientras el cadáver no sufriese
descomposición, y de aquí los cuidados que dedicaron al embalsamamiento,
consiguiendo que la momia se conservase entera siglos y siglos.
Luego triplicaron dicha concepción, reconociendo tres partes en cada
persona fallecida: el cadáver, el «doble» y el alma. El «doble» quedaba
dentro de la tumba viviendo al lado del cadáver, y el alma vagaba muy
lejos, en el llamado «reino del Oeste», después de probar ante Osiris
que merecía tal honor por las acciones benéficas y justas realizadas
durante su existencia terrenal.
Herodoto y otros viajeros antiguos relatan los trabajos de los
embalsamadores, presenciados por ellos, para impedir la descomposición
de los muertos. Cuando eran ricos les extraían, valiéndose de ganchos,
el cerebro y los intestinos, rellenando su interior con mirra, canela y
otros perfumes. Después de coser al cadáver lo bañaban en sal sosa
durante sesenta días, fajándolo últimamente con vendas de tela untadas
de goma. En los embalsamamientos de segunda clase se abstenían de sacar
las entrañas, poniendo tapones al cadáver para impedir la salida de sus
líquidos, y lo metían igualmente dos meses en sal sosa para que ésta
devorase sus carnes, no dejando más que la piel y los huesos. En este
embalsamamiento, y en el de tercera clase para los más pobres, no
quedaban los cadáveres envueltos en vendas, como las momias de los
ricos.
Eran cientos de miles los obreros que trabajaban en todo Egipto
preparando los muertos para que se mantuviesen sin deterioro en sus
tumbas. Esta industria empleaba grandes cantidades de estofas preciosas,
telas comunes, líquidos perfumados y antisépticos, substancias químicas,
gomas, materias bituminosas, sin contar los amuletos preciosos y los
ricos objetos sagrados cosidos á las vestiduras de los cadáveres.
Las vendas de tela fina que envuelven algunas momias de faraones tienen
á veces un kilómetro de extensión, siendo varias las empleadas en un
solo cadáver, y todas ellas fueron sumergidas previamente en líquidos
perfumados con aromas de la Arabia Feliz. Según dicen algunos
egiptólogos, la preparación y el cuidado de los muertos ocupaba en
Egipto á una mitad de los vivos.
Como la tumba iba á ser la casa del «doble» durante miles de años, todos
procuraban que resultase más amplia y rica que la poseída en vida por el
difunto, dedicando á ello la mayor parte de sus bienes. El «doble»
necesitaba ser alimentado, vestido y alojado lo mismo que el muerto
durante su existencia.
Empiezan las tumbas subterráneas por una capillita que tiene en el fondo
una losa de granito puesta verticalmente, á imitación de una puerta
cerrada. Delante de ella, una mesa baja servía para recibir las ofrendas
dedicadas al muerto. Esta capilla era la única parte del hipogeo donde
podían entrar los visitantes. Todo el resto pertenecía al difunto y á su
«doble», y por eso la puerta resultaba un simple adorno. Detrás del muro
infranqueable, partía un corredor estrecho y obscurísimo extendiéndose
hasta la verdadera tumba. Estas galerías fúnebres eran tan angostas, que
los griegos, comparándolas con un tubo de flauta, las llamaron
_siringas_, y con igual nombre las designan los egiptólogos.
Se colocaban en la primera _siringa_ las estatuas del muerto, que á
veces eran veinte. De este modo, si la momia quedaba destruída, la
reemplazaban las estatuas, y el «doble» podía seguir existiendo. Al
extremo del primer pasillo se abría un pozo en la roca, de quince metros
de profundidad ó de treinta, y en su fondo empezaba otra _siringa_
conduciendo á la verdadera mansión del muerto, cripta abierta en la
roca. El sarcófago se alzaba en su centro, de piedra bermeja, negra ó
blanca. Los sepultureros, al descender el cadáver, dejaban en torno de
él grandes vasijas de barro, con agua, dátiles, trigo ó pedazos de buey.
Luego levantaban un muro en la entrada del pasillo y rellenaban todo el
pozo con piedras y arena, abundantemente regadas para que formasen una
masa compacta, ocultando á los ladrones el modo de bajar á la tumba.
Teniendo en cuenta que las provisiones depositadas junto al sarcófago
sólo podían mantener durante unos meses al «doble», la familia visitaba
con frecuencia la capillita superior, quemando sobre la mesa frutas,
grasa y otros alimentos, para que sus olores llegasen á las estatuas
colocadas al otro lado del muro. Con el transcurso de los siglos fueron
modificando los egipcios sus ideas sobre los alimentos materiales, y
creyeron que bastaba dar á la momia la imagen de aquéllos. Por esto las
paredes de las tumbas aparecen cubiertas de pinturas á fajas
horizontales, que representan por medio de figurillas todo lo que se
quiere hacer llegar al muerto.
Para que tuviese pan en abundancia, se ven en dichas pinturas _fellahs_
medio desnudos que labran, siembran y cogen el trigo; menestrales que
cosen vestidos y fabrican zapatos; bailarinas y juglares que divierten
al difunto con sus juegos; matarifes que sacrifican un buey, cazadores
que persiguen venados en el desierto, pescadores que sacan peces enormes
de lagunas cubiertas de papiros, todo destinado á su mesa. Hasta en
algunas tumbas se preocuparon de proveer con otra clase de pinturas la
satisfacción de ciertas necesidades carnales que siguen á las
gastronómicas.
Muchas de las momias, á causa de algún defecto de su embalsamamiento,
corrían el peligro de pulverizarse, roídas por una especie de carcoma
que perfora los cuerpos como si fuesen madera. Para evitar tal
accidente, se colocaba junto al cadáver un repuesto de vendas nuevas y
de ungüentos. De tal modo, el muerto podía curarse dentro de la tumba
los desperfectos de su momia, volviendo á sumirse en su reposo
milenario.
Como ya he dicho, llegó un tiempo en que los egipcios dejaron olvidados
en su sepulcro al cadáver y á su «doble», creando el alma que se aleja
del cuerpo después de la muerte y va en busca de la divinidad. Inútil es
insistir sobre la importancia de esta innovación de los egipcios, que
tanto ha influído en las religiones nacidas después.
El alma iba á reunirse con las otras almas en el lugar por donde se
oculta el sol, país subterráneo llamado «reino del Oeste», del cual era
monarca Osiris. Este viaje lo hacía en barco por un río tenebroso,
encontrando al paso horribles demonios que intentaban despedazarla; pero
el dios Anubis, con cabeza de chacal, y Thot, con cabeza de ibis, la
protegían, llevándola ante una especie de jurado de cuarenta y dos
dioses presidido por el omnipotente Osiris. Estos jueces preguntaban al
muerto si había cometido alguno de los cuarenta y dos pecados
abominables para el egipcio; luego colocaban sus acciones en una
balanza, y según fuesen pesadas ó ligeras, el alma era condenada ó
absuelta.
En caso de condena la arrojaban á un abismo, donde recibía azotes y
dentelladas de escorpiones y serpientes; una tempestad la hacía pedazos,
y al fin perecía aniquilada. Este era el infierno egipcio. Si sus
acciones se consideraban meritorias, pasaba aún por las pruebas de una
especie de purgatorio. Tomaba la forma de un gavilán con alas doradas, y
había de escapar de los malos genios que la perseguían disfrazados de
cocodrilos ó serpientes. Cuando al fin era admitida cerca de los dioses,
llevaba una eterna existencia de felicidad, viviendo á la sombra de los
sicomoros, el árbol más frondoso del Nilo, en un ambiente refrescado
perpetuamente por las brisas del Norte, las más gratas del Egipto,
comiendo en la misma mesa que Osiris y respirando perfumes celestiales.
Para que el difunto no se turbase en presencia de Osiris y pudiera
defender su causa ante los cuarenta y dos jueces, colocaban al lado de
su cadáver un ejemplar de _El libro de los muertos_, en el que se indica
todo lo que un alma ha de decir y hacer. Ante todo debía alegar como
propias las principales virtudes de un egipcio: no haber cometido
fraudes contra los hombres, ni dicho mentiras; no haber matado, no haber
atormentado á la viuda, no haber quitado las provisiones y vendas á los
muertos, ni alterado las medidas de grano, ni usurpado la tierra, ni
vendido con pesas falsas, ni cortado un canal, etc.
Todos los muertos pretendían haber sido buenos y justos, y algunos, en
las inscripciones de sus tumbas, afirman á Osiris que defendieron
siempre á los débiles contra los fuertes. Resulta indudable que los más
de estos epitafios fueron audaces mentiras, como lo son igualmente las
relevantes virtudes y méritos que figuran en letras de oro sobre muchas
de las tumbas en los cementerios modernos. Pero tales epitafios sirven
para demostrar que los egipcios tenían ya una moral semejante á la de
los pueblos actuales y una conciencia de lo que es noble, equitativo y
bueno.
Añadamos que este pueblo, politeísta en apariencia y deificador de toda
clase de animales, llegó á poseer en el curso de los siglos una
concepción monoteísta. El pueblo y las clases ricas poco ilustradas
siguieron fieles al conjunto de supersticiones que constituían su
religión nacional. La gran masa de los sacerdotes fomentó igualmente las
diversas adoraciones del politeísmo egipcio, gracias á las cuales pudo
continuar poseyendo las mejores tierras del Nilo. Pero ciertos faraones
cultos y algunos sacerdotes de alta categoría guardaron entre ellos,
como si fuesen misterios, las concepciones de su mentalidad superior, y
los egiptólogos han encontrado en documentos de aquella época lo más
hermoso que se ha dicho por los antiguos sobre la existencia de Dios,
único y omnipotente.
Siento las molestias de una temperatura muy elevada cuando el carruaje
empieza á rodar por los desfiladeros que conducen al Valle de los Reyes.
Seguimos un camino de arena rojiza que apenas tiene la anchura necesaria
para que pasen dos vehículos á la vez. Las paredes en pendiente de las
colinas son igualmente rojas, con un tono de sangre seca. Parecen
absorber la luz y no devolverla; la transforman en un calor semejante al
de los carbones sin llama, que secan el ambiente de una habitación y no
añaden ninguna claridad.
Estos pasadizos de las colinas líbicas se van ensanchando hasta formar
una especie de olla roja, que es el llamado Valle de los Reyes. Ni un
árbol ni una planta; peñas nada más; derrumbamientos de piedra suelta
desde los filos de las colinas.
Unos gendarmes egipcios siguen con ojos vigilantes el trabajo de varios
obreros. Elevan éstos un estrado de madera, adornándolo con percalinas
floreadas y banderas nacionales. Mi cochero me explica que dentro de
unos días, ó de una semana, y bien pudiera ser pasado un mes, vendrán
altos funcionarios del Cairo para proceder á la apertura de una nueva
sala en la famosa tumba de Tutankhamen. Después añade que tal vez no
vengan nunca, á pesar del gran número de viajeros que llenan á estas
horas los hoteles de Luxor. El «snobismo» les ha hecho volver luego de
terminada la estación invernal, arrostrando el calor creciente. Hasta
príncipes reales y grandes personajes viven en Luxor esperando esta
segunda apertura de la tumba.
Creo que á la mayoría de ellos nada les importa Tutankhamen, rey de una
de las últimas dinastías tebanas, cuyo nombre ignoraban hace unos meses.
Pero ahora no se habla de otra cosa, y como el faraón está de moda, se
disputan el honor de entrar en su sepultura y esperan en Luxor,
aventándose las moscas, á que el gobierno egipcio decida una nueva
exploración para poder decir: «Yo estaba allí.»
Me enseñan la puerta de la célebre tumba: una boca de cueva dando acceso
á una _siringa_ en pendiente; ni más ni menos que las entradas de los
otros hipogeos. Lo extraordinario de ella hasta el presente son los
muebles encontrados, mas éstos se hallan ya en el Museo del Cairo y
podré verlos antes de transcurrida una semana.
Seguimos adelante, para conocer otras tumbas no menos completas y
famosas. La de Seti I, padre de Ramsés II, es el tipo perfecto del
hipogeo real. Sus _siringas_ oblicuas llegan á una gran profundidad. Hay
que pasar por puentecitos de madera sobre abismos abiertos
intencionadamente para que los exploradores se equivocasen y
descendiesen á ellos creyendo encontrar á su término la cámara
mortuoria.
Todas las tumbas del Valle de los Reyes son ahora fáciles de visitar. La
luz eléctrica brilla en los techos de salas y galerías; el camino desde
la entrada al final resulta directo; pero hay que imaginarse los
titubeos y desorientaciones que debieron sufrir los egiptólogos del
pasado siglo antes de poseer el secreto de estas sepulturas
subterráneas, cuyos constructores inventaron toda suerte de engaños y
obstáculos.
Son admirables las pinturas murales que adornan el hipogeo del padre de
Ramsés. Se alinean en ellas centenares de figurillas, con sus cabezas
siempre de perfil, representando ceremonias religiosas y funciones de la
vida ordinaria. El hipogeo está iluminado ahora con bombillas
eléctricas; pero los artistas que trazaron en el muro tales pinturas no
tuvieron para realizar su obra otra luz que la de las antorchas. Justo
es añadir que los pintores de las últimas dinastías tebanas, ó sea el
período en que Egipto apareció más rico y poderoso, eran artistas
rutinarios y trabajaban de un modo casi maquinal.
Escultores y pintores empezaron copiando directamente la Naturaleza.
Luego sus discípulos imitaron con minuciosidad lo que ellos habían
hecho, y de copia en copia se fué estilizando la representación de las
cosas.
Las obras más antiguas de Egipto son las más notables, las que
verdaderamente interpretaron el tipo nacional. La célebre estatua
_Cheik-el-Beled_ debe tal nombre á que en el acto de ser descubierta por
unos _fellahs_, éstos lanzaron gritos de asombro viendo su exacto
parecido con el alcalde ó _cheik_ de su pueblo. Por esto se da el nombre
de «Alcalde del pueblo» á dicha imagen de madera, la más antigua que se
conoce en el mundo. Después de varios miles de años, la semejanza
resulta perfecta entre un funcionario de las remotas dinastías
faraónicas y un _cheik_ de aldea de los modernos kedives. Lo mismo puede
decirse de otras estatuas de igual época que existen en diversos museos
de Europa.
En cambio, las imágenes colosales de piedra de los grandes faraones de
Tebas, esculpidas veinte siglos después, y las estatuas que representan
sacerdotes y altos funcionarios, son tan rígidas y monótonas que apenas
si se distinguen entre ellas. El arte bajo la influencia teocrática se
había hecho hierático, sin expresión natural, obedeciendo á un canon
rutinario.
Los visitantes de la tumba de Seti I la encuentran vacía. Su momia está
en el Museo del Cairo junto á la de su hijo Ramsés II. El cadáver de
éste y los de otros monarcas fueron descubiertos en un escondrijo, donde
los habían depositado muchos siglos antes, por miedo á los beduínos
ladrones que se dedicaban al saqueo de hipogeos en el Valle de los
Reyes.
La única tumba «habitada» es la de Amenofis II. Está la momia en el
centro de la cámara sepulcral y su sarcófago de piedra tiene una
tapadera de vidrio, para que se pueda ver el cadáver tendido de
espaldas. Una bombilla eléctrica pende de lo alto, junto al rostro del
faraón. Todos los días, en las horas fijadas para las visitas por el
director de Monumentos históricos del Cairo, este monarca del Alto y el
Bajo Egipto, deificado por sus sacerdotes, señor absoluto de sus
súbditos, dueño de sus tierras, constructor de templos, tiene que sufrir
la luz extraña y blanca que arde sin calor sobre su rostro, exponiéndolo
á la curiosidad de tantos miles de transeuntes de otras razas, que le
miran, sonríen, hacen comentarios, muchas veces irreverentes, y se
alejan siguiendo al guía, con un libro bajo el brazo y los gemelos en
bandolera. Para un hombre-dios que dió órdenes á millones de esclavos,
ésta es la más cruel é inesperada de las esclavitudes. Su «doble»,
afrentado de tal profanación, debe haber huido para siempre de la
caverna mortuoria, que ya no está cerrada por la losa de una puerta
fingida.
No por esto se encuentra solo el pobre faraón en sus horas de
obscuridad. Se llega hasta su sepulcro pasando por varios corredores, y
en uno de ellos vemos una capilla lateral con varias momias tendidas
sobre el pavimento, sin sarcófago, sin un ataúd siquiera de los que
imitan el contorno del cuerpo humano.
Fueron encontradas al descubrirse el hipogeo real y las dejaron en el
lugar que ocupan. Unos las creen de la familia del faraón; otros las
aprecian como de altos funcionarios de su servidumbre que quisieron
acompañarle en la muerte. Lo único indiscutible es que no pertenecen al
pueblo. Estos cadáveres tienen los cabellos largos como una mujer y
teñidos de rojo chillón.
El rubio y el rojo fueron los colores de pelo preferidos por la
aristocracia egipcia. Estos hombres cobrizos que se llamaban «rojos»
querían tener sus cabellos como los «Pueblos del mar», guerreros rubios,
de tez blanca, que desembarcaron algunas veces en el delta, y para ello
embadurnaban con pastas bermejas sus melenas intensamente obscuras, de
un negro casi azulado. Entre los sudaneses y en ciertas tribus del
África ecuatorial aún persiste esta costumbre del tiempo de los
faraones. Muchos guerreros negros cubren su cabeza crespa con una peluca
roja, que en días de gran calor esparce gotas sangrientas sobre su tez
de ébano pulido.
Lo que más sorprende en las momias es su pequeñez. Parecen cuerpos de
adolescentes y algunas veces de niño, si el difunto fué de baja
estatura. El embalsamamiento achica y adelgaza. Ramsés II, que conserva
en su féretro las dimensiones de un hombre de nuestra época,
medianamente alto, fué sin duda enorme. Amenofis II, en cuya tumba
estamos, también debió ser de aventajada estatura, aunque algo más
pequeño que el jactancioso Sesostris. Su rostro, á pesar de la tirantez
inexpresiva del embalsamamiento, tiene cierta serenidad majestuosa y
benévola.
Las momias caídas en la cripta próxima y resguardadas por una simple
lámina de cristal resultan horribles. Sus cabelleras teñidas de color de
fuego, que persisten después de tres mil años como madejas de polvo
endurecido, sus ojos con las cuencas vacías, que se conservan abiertos y
parecen mirar, la risa inmóvil de sus bocas con labios de herida
tumefacta, su estatura infantil, incompatible con unos rostros de
ancianos milenarios, hacen de ellas verdaderos demonios de pesadilla.
Seguramente han perseguido á muchos visitantes hasta el otro lado de la
tierra, reapareciendo en sus ensueños.
Acaba el viajero por fatigarse en el Valle de los Reyes bajando tantas
galerías en pendiente para remontarlas poco después. Las paredes de
siringas y salas fúnebres han sido libros abiertos para egiptólogos y
artistas. Muchas de las pinturas representan fragmentos de _Las letanías
del Sol_, _El libro de la abertura de la boca_, _El libro del que está
en el infierno_, _El libro de las puertas_, obras religiosas cuyos
papiros se colocaban junto á las momias. En ciertas tumbas de reyes se
ven pintadas escenas del mundo infernal, que contrastan con los risueños
episodios de los hipogeos particulares.
Una vez visitadas tres ó cuatro de estas tumbas faraónicas, el viajero
ansía nuevos espectáculos para su curiosidad. El calor hace agradable al
principio la permanencia en los hipogeos, palacios frescos y
silenciosos. Luego causan malestar este ambiente subterráneo que huele á
momia, esta luz blanca de lámparas eléctricas brillando en pleno día, y
se desea volver á las refracciones solares del valle líbico, comparable
por su color y su alta temperatura á un caldero de bronce rojo.
Renunciamos al Valle de las Reinas, para correr por la llanura cultivada
que se extiende entre las colinas y el Nilo. De esta llanura, ahora
verde por los trigales próximos á madurar, surgen columnatas y colosos.
Vemos el Ramaseum, templo que Ramsés II se erigió á sí mismo, depósito
de numerosas estatuas con el rostro de hermosura convencional que quiso
atribuirse. En el suelo hay otra estatua suya de proporciones
gigantescas, tal vez la más enorme de Egipto. Los temblores de tierra
sufridos por Tebas poco antes de la era cristiana, en su época de mayor
abandono, derribaron la efigie de este faraón insaciable de gloria, que
en los templos de la orilla derecha borró muchas veces el cartucho
heráldico de otros monarcas para grabar el suyo.
Existió igualmente en esta llanura el Amenofium, templo funerario de
Amenofis III. Sólo quedan de él dos colosos de piedra obscura que
flanqueaban la puerta de su pilón. Nada más ha sobrevivido de obra tan
enorme. Los _fellahs_ llevan centenares de años arando el limo de su
solar.
No consiguió siquiera el faraón autor del Amenofium que conservasen su
nombre los dos gigantes de piedra hechos á su imagen. Todo el mundo los
llama los colosos de Memnón.
Este guerrero mitológico, hijo del rey de los etíopes, marchó á Troya
para socorrerla, y se batió con Aquiles, sucumbiendo después de largo
combate. Cuando los viajeros griegos empezaron á explorar Egipto, ya
estaba despoblada Tebas y de este templo de Amenofis sólo quedaban en
pie los colosos. Se les ocurrió á algunos de aquéllos dar el nombre de
Memnón, personaje homérico, á una de las estatuas del rey olvidado, y la
otra estatua fué, por deducción lógica, su madre Eos ó la Aurora, la
cual pidió á Júpiter concediese á su hijo la inmortalidad. Desde
entonces fueron llamadas las dos imágenes de Amenofis «los colosos de
Memnón», y con igual nombre las conocieron los romanos.
La corriente de turistas que enriquece á Egipto actualmente no es una
novedad. Hace más de dos mil años venían aquí habitantes de Atenas y de
Roma para admirar las Pirámides, la Esfinge y los colosos de Memnón, lo
mismo que ahora.
Una leyenda se fué esparciendo por el mundo pagano. Rajó un temblor de
tierra la cabeza y el pecho de la estatua que representaba á Memnón, y á
partir de tal accidente se produjo un fenómeno asombroso para los
antiguos. Cuando los primeros rayos solares empezaban á dorar la
estatua, ésta resonaba, emitiendo el ruido de una lira que se rompe...
Era Memnón contestando al saludo de su madre.
El coloso fué restaurado después con argamasa, quedando en la forma que
aún conserva actualmente, y desde entonces cesó el fenómeno. Éste era
originado, según se ha dicho, por el paso del aire á través de los poros
y las roturas de la piedra. El caldeamiento de la atmósfera bajo la
primera luz del sol producía las vibraciones melodiosas.
Hasta hace pocos años, los dos colosos de Memnón se reflejaban en una
laguna que el Nilo dejaba en torno de ellos, al retirarse, después de su
crecida. Ahora el terreno ha sido levantado por los agricultores, y para
llegar hasta los colosos necesito abrirme paso á través de un campo de
trigo. Las varillas verdes agitan sus espigas todavía sin granar á la
altura de sus pies.
De cerca son dos gigantes heridos en las piernas y el torso con
profundos tajos. Sus caras parecen quemadas, y son tantas sus
cicatrices, que nada guardan ya de humano. Hacen recordar las figuras
monstruosas é informes que, por capricho de la Naturaleza, afectan desde
lejos algunos peñascos, en montañas y costas.
Tienen grabadas en sus piernas inscripciones y versos, pero no en
inglés, como se encuentran en todos los monumentos egipcios. Son en
griego y latín, y las trazaron hace veinte siglos excursionistas que
pasaban por aquí sin casco blanco, vistiendo túnicas de lino con grecas
de púrpura, cubriendo su cabeza, para librarse de una insolación, con la
punta de la clámide ó la toga.