Para combatir la destrucción del cuerpo y sobrevivir ficticiamente á la

muerte, todos los egipcios desearon ser potentados. Hasta los

menestrales pasaban su vida haciendo economías para que los herederos

pudiesen pagar su entierro y su tumba. La momificación de un cadáver de

rico costaba un talento, cantidad que representa muchos miles de francos

oro en la moneda actual. Los cadáveres de pobres eran tratados con menos

atención, pero aun así consumía su embalsamamiento casi toda la herencia

legada por el muerto. Los indigentes, incapaces de satisfacer los

precios exigidos por los embalsamadores y de adquirir unos cuantos

palmos de tierra en la necrópolis común, debían renunciar á la esperanza

de conocer una vida más feliz, pereciendo por entero y para siempre.

El gran arte nacional fué el del embalsamamiento, y todos se preocupaban

de él. Creyeron primeramente los egipcios que cuando una persona muere,

algo de ella continúa viviendo, y á esta supervivencia le dieron el

nombre de «doble», imaginándola como una especie de sombra ó fantasma,

igual al cuerpo en sus líneas y colores, visible para los vivos, pero

completamente impalpable. Durante miles de años creyeron igualmente que

el «doble» sólo podía existir mientras el cadáver no sufriese

descomposición, y de aquí los cuidados que dedicaron al embalsamamiento,

consiguiendo que la momia se conservase entera siglos y siglos.

Luego triplicaron dicha concepción, reconociendo tres partes en cada

persona fallecida: el cadáver, el «doble» y el alma. El «doble» quedaba

dentro de la tumba viviendo al lado del cadáver, y el alma vagaba muy

lejos, en el llamado «reino del Oeste», después de probar ante Osiris

que merecía tal honor por las acciones benéficas y justas realizadas

durante su existencia terrenal.

Herodoto y otros viajeros antiguos relatan los trabajos de los

embalsamadores, presenciados por ellos, para impedir la descomposición

de los muertos. Cuando eran ricos les extraían, valiéndose de ganchos,

el cerebro y los intestinos, rellenando su interior con mirra, canela y

otros perfumes. Después de coser al cadáver lo bañaban en sal sosa

durante sesenta días, fajándolo últimamente con vendas de tela untadas

de goma. En los embalsamamientos de segunda clase se abstenían de sacar

las entrañas, poniendo tapones al cadáver para impedir la salida de sus

líquidos, y lo metían igualmente dos meses en sal sosa para que ésta

devorase sus carnes, no dejando más que la piel y los huesos. En este

embalsamamiento, y en el de tercera clase para los más pobres, no

quedaban los cadáveres envueltos en vendas, como las momias de los

ricos.

Eran cientos de miles los obreros que trabajaban en todo Egipto

preparando los muertos para que se mantuviesen sin deterioro en sus

tumbas. Esta industria empleaba grandes cantidades de estofas preciosas,

telas comunes, líquidos perfumados y antisépticos, substancias químicas,

gomas, materias bituminosas, sin contar los amuletos preciosos y los

ricos objetos sagrados cosidos á las vestiduras de los cadáveres.

Las vendas de tela fina que envuelven algunas momias de faraones tienen

á veces un kilómetro de extensión, siendo varias las empleadas en un

solo cadáver, y todas ellas fueron sumergidas previamente en líquidos

perfumados con aromas de la Arabia Feliz. Según dicen algunos

egiptólogos, la preparación y el cuidado de los muertos ocupaba en

Egipto á una mitad de los vivos.

Como la tumba iba á ser la casa del «doble» durante miles de años, todos

procuraban que resultase más amplia y rica que la poseída en vida por el

difunto, dedicando á ello la mayor parte de sus bienes. El «doble»

necesitaba ser alimentado, vestido y alojado lo mismo que el muerto

durante su existencia.

Empiezan las tumbas subterráneas por una capillita que tiene en el fondo

una losa de granito puesta verticalmente, á imitación de una puerta

cerrada. Delante de ella, una mesa baja servía para recibir las ofrendas

dedicadas al muerto. Esta capilla era la única parte del hipogeo donde

podían entrar los visitantes. Todo el resto pertenecía al difunto y á su

«doble», y por eso la puerta resultaba un simple adorno. Detrás del muro

infranqueable, partía un corredor estrecho y obscurísimo extendiéndose

hasta la verdadera tumba. Estas galerías fúnebres eran tan angostas, que

los griegos, comparándolas con un tubo de flauta, las llamaron

_siringas_, y con igual nombre las designan los egiptólogos.

Se colocaban en la primera _siringa_ las estatuas del muerto, que á

veces eran veinte. De este modo, si la momia quedaba destruída, la

reemplazaban las estatuas, y el «doble» podía seguir existiendo. Al

extremo del primer pasillo se abría un pozo en la roca, de quince metros

de profundidad ó de treinta, y en su fondo empezaba otra _siringa_

conduciendo á la verdadera mansión del muerto, cripta abierta en la

roca. El sarcófago se alzaba en su centro, de piedra bermeja, negra ó

blanca. Los sepultureros, al descender el cadáver, dejaban en torno de

él grandes vasijas de barro, con agua, dátiles, trigo ó pedazos de buey.

Luego levantaban un muro en la entrada del pasillo y rellenaban todo el

pozo con piedras y arena, abundantemente regadas para que formasen una

masa compacta, ocultando á los ladrones el modo de bajar á la tumba.

Teniendo en cuenta que las provisiones depositadas junto al sarcófago

sólo podían mantener durante unos meses al «doble», la familia visitaba

con frecuencia la capillita superior, quemando sobre la mesa frutas,

grasa y otros alimentos, para que sus olores llegasen á las estatuas

colocadas al otro lado del muro. Con el transcurso de los siglos fueron

modificando los egipcios sus ideas sobre los alimentos materiales, y

creyeron que bastaba dar á la momia la imagen de aquéllos. Por esto las

paredes de las tumbas aparecen cubiertas de pinturas á fajas

horizontales, que representan por medio de figurillas todo lo que se

quiere hacer llegar al muerto.

Para que tuviese pan en abundancia, se ven en dichas pinturas _fellahs_

medio desnudos que labran, siembran y cogen el trigo; menestrales que

cosen vestidos y fabrican zapatos; bailarinas y juglares que divierten

al difunto con sus juegos; matarifes que sacrifican un buey, cazadores

que persiguen venados en el desierto, pescadores que sacan peces enormes

de lagunas cubiertas de papiros, todo destinado á su mesa. Hasta en

algunas tumbas se preocuparon de proveer con otra clase de pinturas la

satisfacción de ciertas necesidades carnales que siguen á las

gastronómicas.

Muchas de las momias, á causa de algún defecto de su embalsamamiento,

corrían el peligro de pulverizarse, roídas por una especie de carcoma

que perfora los cuerpos como si fuesen madera. Para evitar tal

accidente, se colocaba junto al cadáver un repuesto de vendas nuevas y

de ungüentos. De tal modo, el muerto podía curarse dentro de la tumba

los desperfectos de su momia, volviendo á sumirse en su reposo

milenario.

Como ya he dicho, llegó un tiempo en que los egipcios dejaron olvidados

en su sepulcro al cadáver y á su «doble», creando el alma que se aleja

del cuerpo después de la muerte y va en busca de la divinidad. Inútil es

insistir sobre la importancia de esta innovación de los egipcios, que

tanto ha influído en las religiones nacidas después.

El alma iba á reunirse con las otras almas en el lugar por donde se

oculta el sol, país subterráneo llamado «reino del Oeste», del cual era

monarca Osiris. Este viaje lo hacía en barco por un río tenebroso,

encontrando al paso horribles demonios que intentaban despedazarla; pero

el dios Anubis, con cabeza de chacal, y Thot, con cabeza de ibis, la

protegían, llevándola ante una especie de jurado de cuarenta y dos

dioses presidido por el omnipotente Osiris. Estos jueces preguntaban al

muerto si había cometido alguno de los cuarenta y dos pecados

abominables para el egipcio; luego colocaban sus acciones en una

balanza, y según fuesen pesadas ó ligeras, el alma era condenada ó

absuelta.

En caso de condena la arrojaban á un abismo, donde recibía azotes y

dentelladas de escorpiones y serpientes; una tempestad la hacía pedazos,

y al fin perecía aniquilada. Este era el infierno egipcio. Si sus

acciones se consideraban meritorias, pasaba aún por las pruebas de una

especie de purgatorio. Tomaba la forma de un gavilán con alas doradas, y

había de escapar de los malos genios que la perseguían disfrazados de

cocodrilos ó serpientes. Cuando al fin era admitida cerca de los dioses,

llevaba una eterna existencia de felicidad, viviendo á la sombra de los

sicomoros, el árbol más frondoso del Nilo, en un ambiente refrescado

perpetuamente por las brisas del Norte, las más gratas del Egipto,

comiendo en la misma mesa que Osiris y respirando perfumes celestiales.

Para que el difunto no se turbase en presencia de Osiris y pudiera

defender su causa ante los cuarenta y dos jueces, colocaban al lado de

su cadáver un ejemplar de _El libro de los muertos_, en el que se indica

todo lo que un alma ha de decir y hacer. Ante todo debía alegar como

propias las principales virtudes de un egipcio: no haber cometido

fraudes contra los hombres, ni dicho mentiras; no haber matado, no haber

atormentado á la viuda, no haber quitado las provisiones y vendas á los

muertos, ni alterado las medidas de grano, ni usurpado la tierra, ni

vendido con pesas falsas, ni cortado un canal, etc.

Todos los muertos pretendían haber sido buenos y justos, y algunos, en

las inscripciones de sus tumbas, afirman á Osiris que defendieron

siempre á los débiles contra los fuertes. Resulta indudable que los más

de estos epitafios fueron audaces mentiras, como lo son igualmente las

relevantes virtudes y méritos que figuran en letras de oro sobre muchas

de las tumbas en los cementerios modernos. Pero tales epitafios sirven

para demostrar que los egipcios tenían ya una moral semejante á la de

los pueblos actuales y una conciencia de lo que es noble, equitativo y

bueno.

Añadamos que este pueblo, politeísta en apariencia y deificador de toda

clase de animales, llegó á poseer en el curso de los siglos una

concepción monoteísta. El pueblo y las clases ricas poco ilustradas

siguieron fieles al conjunto de supersticiones que constituían su

religión nacional. La gran masa de los sacerdotes fomentó igualmente las

diversas adoraciones del politeísmo egipcio, gracias á las cuales pudo

continuar poseyendo las mejores tierras del Nilo. Pero ciertos faraones

cultos y algunos sacerdotes de alta categoría guardaron entre ellos,

como si fuesen misterios, las concepciones de su mentalidad superior, y

los egiptólogos han encontrado en documentos de aquella época lo más

hermoso que se ha dicho por los antiguos sobre la existencia de Dios,

único y omnipotente.

Siento las molestias de una temperatura muy elevada cuando el carruaje

empieza á rodar por los desfiladeros que conducen al Valle de los Reyes.

Seguimos un camino de arena rojiza que apenas tiene la anchura necesaria

para que pasen dos vehículos á la vez. Las paredes en pendiente de las

colinas son igualmente rojas, con un tono de sangre seca. Parecen

absorber la luz y no devolverla; la transforman en un calor semejante al

de los carbones sin llama, que secan el ambiente de una habitación y no

añaden ninguna claridad.

Estos pasadizos de las colinas líbicas se van ensanchando hasta formar

una especie de olla roja, que es el llamado Valle de los Reyes. Ni un

árbol ni una planta; peñas nada más; derrumbamientos de piedra suelta

desde los filos de las colinas.

Unos gendarmes egipcios siguen con ojos vigilantes el trabajo de varios

obreros. Elevan éstos un estrado de madera, adornándolo con percalinas

floreadas y banderas nacionales. Mi cochero me explica que dentro de

unos días, ó de una semana, y bien pudiera ser pasado un mes, vendrán

altos funcionarios del Cairo para proceder á la apertura de una nueva

sala en la famosa tumba de Tutankhamen. Después añade que tal vez no

vengan nunca, á pesar del gran número de viajeros que llenan á estas

horas los hoteles de Luxor. El «snobismo» les ha hecho volver luego de

terminada la estación invernal, arrostrando el calor creciente. Hasta

príncipes reales y grandes personajes viven en Luxor esperando esta

segunda apertura de la tumba.

Creo que á la mayoría de ellos nada les importa Tutankhamen, rey de una

de las últimas dinastías tebanas, cuyo nombre ignoraban hace unos meses.

Pero ahora no se habla de otra cosa, y como el faraón está de moda, se

disputan el honor de entrar en su sepultura y esperan en Luxor,

aventándose las moscas, á que el gobierno egipcio decida una nueva

exploración para poder decir: «Yo estaba allí.»

Me enseñan la puerta de la célebre tumba: una boca de cueva dando acceso

á una _siringa_ en pendiente; ni más ni menos que las entradas de los

otros hipogeos. Lo extraordinario de ella hasta el presente son los

muebles encontrados, mas éstos se hallan ya en el Museo del Cairo y

podré verlos antes de transcurrida una semana.

Seguimos adelante, para conocer otras tumbas no menos completas y

famosas. La de Seti I, padre de Ramsés II, es el tipo perfecto del

hipogeo real. Sus _siringas_ oblicuas llegan á una gran profundidad. Hay

que pasar por puentecitos de madera sobre abismos abiertos

intencionadamente para que los exploradores se equivocasen y

descendiesen á ellos creyendo encontrar á su término la cámara

mortuoria.

Todas las tumbas del Valle de los Reyes son ahora fáciles de visitar. La

luz eléctrica brilla en los techos de salas y galerías; el camino desde

la entrada al final resulta directo; pero hay que imaginarse los

titubeos y desorientaciones que debieron sufrir los egiptólogos del

pasado siglo antes de poseer el secreto de estas sepulturas

subterráneas, cuyos constructores inventaron toda suerte de engaños y

obstáculos.

Son admirables las pinturas murales que adornan el hipogeo del padre de

Ramsés. Se alinean en ellas centenares de figurillas, con sus cabezas

siempre de perfil, representando ceremonias religiosas y funciones de la

vida ordinaria. El hipogeo está iluminado ahora con bombillas

eléctricas; pero los artistas que trazaron en el muro tales pinturas no

tuvieron para realizar su obra otra luz que la de las antorchas. Justo

es añadir que los pintores de las últimas dinastías tebanas, ó sea el

período en que Egipto apareció más rico y poderoso, eran artistas

rutinarios y trabajaban de un modo casi maquinal.

Escultores y pintores empezaron copiando directamente la Naturaleza.

Luego sus discípulos imitaron con minuciosidad lo que ellos habían

hecho, y de copia en copia se fué estilizando la representación de las

cosas.

Las obras más antiguas de Egipto son las más notables, las que

verdaderamente interpretaron el tipo nacional. La célebre estatua

_Cheik-el-Beled_ debe tal nombre á que en el acto de ser descubierta por

unos _fellahs_, éstos lanzaron gritos de asombro viendo su exacto

parecido con el alcalde ó _cheik_ de su pueblo. Por esto se da el nombre

de «Alcalde del pueblo» á dicha imagen de madera, la más antigua que se

conoce en el mundo. Después de varios miles de años, la semejanza

resulta perfecta entre un funcionario de las remotas dinastías

faraónicas y un _cheik_ de aldea de los modernos kedives. Lo mismo puede

decirse de otras estatuas de igual época que existen en diversos museos

de Europa.

En cambio, las imágenes colosales de piedra de los grandes faraones de

Tebas, esculpidas veinte siglos después, y las estatuas que representan

sacerdotes y altos funcionarios, son tan rígidas y monótonas que apenas

si se distinguen entre ellas. El arte bajo la influencia teocrática se

había hecho hierático, sin expresión natural, obedeciendo á un canon

rutinario.

Los visitantes de la tumba de Seti I la encuentran vacía. Su momia está

en el Museo del Cairo junto á la de su hijo Ramsés II. El cadáver de

éste y los de otros monarcas fueron descubiertos en un escondrijo, donde

los habían depositado muchos siglos antes, por miedo á los beduínos

ladrones que se dedicaban al saqueo de hipogeos en el Valle de los

Reyes.

La única tumba «habitada» es la de Amenofis II. Está la momia en el

centro de la cámara sepulcral y su sarcófago de piedra tiene una

tapadera de vidrio, para que se pueda ver el cadáver tendido de

espaldas. Una bombilla eléctrica pende de lo alto, junto al rostro del

faraón. Todos los días, en las horas fijadas para las visitas por el

director de Monumentos históricos del Cairo, este monarca del Alto y el

Bajo Egipto, deificado por sus sacerdotes, señor absoluto de sus

súbditos, dueño de sus tierras, constructor de templos, tiene que sufrir

la luz extraña y blanca que arde sin calor sobre su rostro, exponiéndolo

á la curiosidad de tantos miles de transeuntes de otras razas, que le

miran, sonríen, hacen comentarios, muchas veces irreverentes, y se

alejan siguiendo al guía, con un libro bajo el brazo y los gemelos en

bandolera. Para un hombre-dios que dió órdenes á millones de esclavos,

ésta es la más cruel é inesperada de las esclavitudes. Su «doble»,

afrentado de tal profanación, debe haber huido para siempre de la

caverna mortuoria, que ya no está cerrada por la losa de una puerta

fingida.

No por esto se encuentra solo el pobre faraón en sus horas de

obscuridad. Se llega hasta su sepulcro pasando por varios corredores, y

en uno de ellos vemos una capilla lateral con varias momias tendidas

sobre el pavimento, sin sarcófago, sin un ataúd siquiera de los que

imitan el contorno del cuerpo humano.

Fueron encontradas al descubrirse el hipogeo real y las dejaron en el

lugar que ocupan. Unos las creen de la familia del faraón; otros las

aprecian como de altos funcionarios de su servidumbre que quisieron

acompañarle en la muerte. Lo único indiscutible es que no pertenecen al

pueblo. Estos cadáveres tienen los cabellos largos como una mujer y

teñidos de rojo chillón.

El rubio y el rojo fueron los colores de pelo preferidos por la

aristocracia egipcia. Estos hombres cobrizos que se llamaban «rojos»

querían tener sus cabellos como los «Pueblos del mar», guerreros rubios,

de tez blanca, que desembarcaron algunas veces en el delta, y para ello

embadurnaban con pastas bermejas sus melenas intensamente obscuras, de

un negro casi azulado. Entre los sudaneses y en ciertas tribus del

África ecuatorial aún persiste esta costumbre del tiempo de los

faraones. Muchos guerreros negros cubren su cabeza crespa con una peluca

roja, que en días de gran calor esparce gotas sangrientas sobre su tez

de ébano pulido.

Lo que más sorprende en las momias es su pequeñez. Parecen cuerpos de

adolescentes y algunas veces de niño, si el difunto fué de baja

estatura. El embalsamamiento achica y adelgaza. Ramsés II, que conserva

en su féretro las dimensiones de un hombre de nuestra época,

medianamente alto, fué sin duda enorme. Amenofis II, en cuya tumba

estamos, también debió ser de aventajada estatura, aunque algo más

pequeño que el jactancioso Sesostris. Su rostro, á pesar de la tirantez

inexpresiva del embalsamamiento, tiene cierta serenidad majestuosa y

benévola.

Las momias caídas en la cripta próxima y resguardadas por una simple

lámina de cristal resultan horribles. Sus cabelleras teñidas de color de

fuego, que persisten después de tres mil años como madejas de polvo

endurecido, sus ojos con las cuencas vacías, que se conservan abiertos y

parecen mirar, la risa inmóvil de sus bocas con labios de herida

tumefacta, su estatura infantil, incompatible con unos rostros de

ancianos milenarios, hacen de ellas verdaderos demonios de pesadilla.

Seguramente han perseguido á muchos visitantes hasta el otro lado de la

tierra, reapareciendo en sus ensueños.

Acaba el viajero por fatigarse en el Valle de los Reyes bajando tantas

galerías en pendiente para remontarlas poco después. Las paredes de

siringas y salas fúnebres han sido libros abiertos para egiptólogos y

artistas. Muchas de las pinturas representan fragmentos de _Las letanías

del Sol_, _El libro de la abertura de la boca_, _El libro del que está

en el infierno_, _El libro de las puertas_, obras religiosas cuyos

papiros se colocaban junto á las momias. En ciertas tumbas de reyes se

ven pintadas escenas del mundo infernal, que contrastan con los risueños

episodios de los hipogeos particulares.

Una vez visitadas tres ó cuatro de estas tumbas faraónicas, el viajero

ansía nuevos espectáculos para su curiosidad. El calor hace agradable al

principio la permanencia en los hipogeos, palacios frescos y

silenciosos. Luego causan malestar este ambiente subterráneo que huele á

momia, esta luz blanca de lámparas eléctricas brillando en pleno día, y

se desea volver á las refracciones solares del valle líbico, comparable

por su color y su alta temperatura á un caldero de bronce rojo.

Renunciamos al Valle de las Reinas, para correr por la llanura cultivada

que se extiende entre las colinas y el Nilo. De esta llanura, ahora

verde por los trigales próximos á madurar, surgen columnatas y colosos.

Vemos el Ramaseum, templo que Ramsés II se erigió á sí mismo, depósito

de numerosas estatuas con el rostro de hermosura convencional que quiso

atribuirse. En el suelo hay otra estatua suya de proporciones

gigantescas, tal vez la más enorme de Egipto. Los temblores de tierra

sufridos por Tebas poco antes de la era cristiana, en su época de mayor

abandono, derribaron la efigie de este faraón insaciable de gloria, que

en los templos de la orilla derecha borró muchas veces el cartucho

heráldico de otros monarcas para grabar el suyo.

Existió igualmente en esta llanura el Amenofium, templo funerario de

Amenofis III. Sólo quedan de él dos colosos de piedra obscura que

flanqueaban la puerta de su pilón. Nada más ha sobrevivido de obra tan

enorme. Los _fellahs_ llevan centenares de años arando el limo de su

solar.

No consiguió siquiera el faraón autor del Amenofium que conservasen su

nombre los dos gigantes de piedra hechos á su imagen. Todo el mundo los

llama los colosos de Memnón.

Este guerrero mitológico, hijo del rey de los etíopes, marchó á Troya

para socorrerla, y se batió con Aquiles, sucumbiendo después de largo

combate. Cuando los viajeros griegos empezaron á explorar Egipto, ya

estaba despoblada Tebas y de este templo de Amenofis sólo quedaban en

pie los colosos. Se les ocurrió á algunos de aquéllos dar el nombre de

Memnón, personaje homérico, á una de las estatuas del rey olvidado, y la

otra estatua fué, por deducción lógica, su madre Eos ó la Aurora, la

cual pidió á Júpiter concediese á su hijo la inmortalidad. Desde

entonces fueron llamadas las dos imágenes de Amenofis «los colosos de

Memnón», y con igual nombre las conocieron los romanos.

La corriente de turistas que enriquece á Egipto actualmente no es una

novedad. Hace más de dos mil años venían aquí habitantes de Atenas y de

Roma para admirar las Pirámides, la Esfinge y los colosos de Memnón, lo

mismo que ahora.

Una leyenda se fué esparciendo por el mundo pagano. Rajó un temblor de

tierra la cabeza y el pecho de la estatua que representaba á Memnón, y á

partir de tal accidente se produjo un fenómeno asombroso para los

antiguos. Cuando los primeros rayos solares empezaban á dorar la

estatua, ésta resonaba, emitiendo el ruido de una lira que se rompe...

Era Memnón contestando al saludo de su madre.

El coloso fué restaurado después con argamasa, quedando en la forma que

aún conserva actualmente, y desde entonces cesó el fenómeno. Éste era

originado, según se ha dicho, por el paso del aire á través de los poros

y las roturas de la piedra. El caldeamiento de la atmósfera bajo la

primera luz del sol producía las vibraciones melodiosas.

Hasta hace pocos años, los dos colosos de Memnón se reflejaban en una

laguna que el Nilo dejaba en torno de ellos, al retirarse, después de su

crecida. Ahora el terreno ha sido levantado por los agricultores, y para

llegar hasta los colosos necesito abrirme paso á través de un campo de

trigo. Las varillas verdes agitan sus espigas todavía sin granar á la

altura de sus pies.

De cerca son dos gigantes heridos en las piernas y el torso con

profundos tajos. Sus caras parecen quemadas, y son tantas sus

cicatrices, que nada guardan ya de humano. Hacen recordar las figuras

monstruosas é informes que, por capricho de la Naturaleza, afectan desde

lejos algunos peñascos, en montañas y costas.

Tienen grabadas en sus piernas inscripciones y versos, pero no en

inglés, como se encuentran en todos los monumentos egipcios. Son en

griego y latín, y las trazaron hace veinte siglos excursionistas que

pasaban por aquí sin casco blanco, vistiendo túnicas de lino con grecas

de púrpura, cubriendo su cabeza, para librarse de una insolación, con la

punta de la clámide ó la toga.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 20 / 26 段