convertido en dios de todo Egipto, el poderoso Ammón, cuyo trono era una
barca llevada en hombros por sacerdotes. El pontífice de Ammón pasó á
ser rey muchas veces, y durante las invasiones llegadas por el Norte, él
y sus sacerdotes se refugiaron en la Nubia, creando las monarquías
teocráticas de Meroe y de Napata.
Aquí desfilaban igualmente los brillantes séquitos de los reyes tebanos.
Nietos de simples príncipes, feudatarios de Memfis, se habían
transformado en hijos del dios Sol, y el pueblo llamaba á cada uno de
ellos «Poderoso Horus», prosternándose en su presencia y erigiéndole
templos. Tal era su orgullo, que algunas veces se reverenciaban á sí
mismos. Ramsés II aparece en una pintura haciendo oración ante otro
Ramsés II sentado entre dos divinidades.
Estos dioses monárquicos, dueños absolutos de sus reinos, poseedores de
todos los campos cultivados por el _fellah_, disponían igualmente de los
habitantes, pudiendo ordenarles el trabajo que mejor les placiese. Una
dominación sin límites les permitió edificar tantos monumentos,
destinados en apariencia á los dioses, pero en realidad á mantener vivo
el recuerdo de sus personas.
En las grandes ceremonias abandonaban su palacio, donde vivían rodeados
de su harén y una muchedumbre de servidores. Entre sus altos dignatarios
los dos más principales eran los espantamoscas, que se mantenían á su
derecha y su izquierda moviendo los abanicos de plumas para ahuyentar á
dichos insectos. Como el faraón necesitaba tenerlos siempre á su lado
para que le librasen de las moscas, estos dos cortesanos acababan por
conocer todos sus secretos, siendo sus favoritos más íntimos.
Luego venían el portaquitasol, el depositario del arco real, el jefe de
la Guardia, el intendente de los palacios, el de las construcciones, el
encargado de los caballos, el de los libros, el de la música, el
inspector de los graneros, el de los rebaños reales y el tesorero.
Además tenía siempre pronta en el Nilo una flota de barcas con los
cascos dorados y las velas bordadas de colores. Ante él marchaban
veintidós sacerdotes llevando á hombros la barca del dios Ammón, otro
con un incensario para perfumar al rey, y un escriba con una proclama
ensalzando las glorias del faraón, que iba leyendo al pueblo. Salía
siempre el monarca en un trono con dosel, llevado por doce próceres
ricamente vestidos, en torno á su persona marchaban los altos palaciegos
ya mencionados, y detrás los príncipes y las tropas de la escolta real.
Todos los reyes tebanos protegían á los sacerdotes y éstos á su vez los
apoyaban á ellos, considerando necesaria la alianza de la religión y la
monarquía. Algunas veces, en el curso de la historia egipcia--la más
larga de todas las conocidas--, surgieron conflictos entre lo que
podríamos llamar hoy la Iglesia y el Estado, venciendo alternativamente
una ú otra de las dos instituciones.
Los sacerdotes encargados de cuidar los templos de los dioses y
ofrecerles sacrificios vivían de las extensas tierras que los faraones
donaban á las divinidades. Todos los campos del valle del Nilo
trabajados por los _fellahs_ eran de los dioses ó del faraón. Cada
templo tenía un gran sacerdote, un inspector del edificio, un escriba
administrador de los numerosos bienes, un encargado de las vestiduras
sagradas, otro de los sacrificios, un astrólogo, médicos,
embalsamadores, guardias armados y domésticos para dar de comer á los
animales sacros. El sacerdote debía lavarse dos veces de día y dos de
noche, afeitarse cada tres días todo el cuerpo, incluso las cejas,
vestir únicamente ropas de lino, calzar sandalias de papiro y no comer
carnero, cerdo, pescado ni judías. Necesitaba estar puro á todas horas
para comparecer ante su dios, ayunaba con frecuencia, y no tenía más que
una mujer.
El pueblo, que se arrodillaba ante el faraón y los sacerdotes,
cultivando los campos de todos ellos para entregarles la mayor parte del
producto, estaba aguardando á todas horas algún llamamiento del
gobernador de su provincia, pregonado de aldea en aldea. El rey, según
dicho pregón, deseaba para su mayor gloria construir un templo, abrir un
canal, levantar un dique, y á las veinticuatro horas todos los hombres
debían partir hacia la cantera con provisiones para quince días ó un
mes, consistentes en unos cuantos panes y un puñado de cebollas y habas.
Arquitectos y capataces se distinguían de los trabajadores por el
garrote que llevaban en la diestra, empleándolo á cada momento.
La batuta directora de la actividad egipcia fué el palo. Muchas pinturas
sepulcrales contienen escenas de campesinos ú obreros, y en ellas
siempre se ve algún funcionario que da garrotazos á un hombre del pueblo
tendido de bruces, sujeto de pies y manos por otros camaradas para que
no escape al vapuleo.
Recibir palos era accidente ordinario en la vida egipcia. Los soldados
llevaban marcado todo el cuerpo con las señales de las palizas
recibidas, y sus oficiales no se libraban de tan bárbara corrección.
Un libro egipcio llegado hasta nuestra época, en el cual, un escriba,
para convencer á su discípulo de que su profesión es la mejor, le pinta
las penalidades de las otras profesiones, cuenta que el oficial de
infantería tiene las cejas partidas y le han abierto varias veces la
cabeza á palos, viviendo tan golpeado «como si fuese un papiro». Cuando
los _fellahs_ convocados para un trabajo recibían licencia finalmente
por la llegada de una nueva remesa de hombres, nunca volvían á sus casas
en igual número; siempre quedaban algunos enterrados al pie de la obra.
Gracias á un clima cálido y seco, el pueblo egipcio podía vivir al aire
libre, contentándose para dormir con sus chozas frágiles. Tampoco
necesitaba vestido. Los más de los trabajadores sólo llevaban un lienzo
de la cintura á las rodillas y las mujeres una simple camisa, tales como
aparecen en las pinturas de los hipogeos. Los niños iban completamente
desnudos, siendo su único adorno una trenza de pelo caída sobre una
oreja. El alimento general consistía en legumbres, tallos de papiro y
sorgo.
Todos los años debían llevar la mayor parte de su cosecha á los graneros
del rey, y el escriba autor del libro de consejos describe á su
discípulo la suerte del labriego al comparecer ante el recaudador
faraónico.
En torno á su temible persona había agentes armados de palos ó
ejecutores negros con varas de palmera cortantes. Si el _fellah_ no
presentaba la cantidad de granos mencionada en el libro del cobrador, lo
tendían en el suelo, lo ataban, arrastrándolo hasta el canal más
inmediato para meter su cabeza en el agua, y en los intermedios del
tormento de la inmersión le iban dando palizas. Otras veces cortaban la
nariz ó las orejas á los malos pagadores.
Vive mejor el _fellah_ de ahora, aunque la suerte de los que siguen
cultivando la tierra nilótica no sea extraordinariamente dichosa. Los
hijos de muchos de ellos han abandonado el cultivo en los últimos años
para vivir á costa de los invernantes. En los dos primeros tercios del
siglo XIX, el progresivo déspota Mohamed-Alí y sus herederos imitaron á
los faraones, tiranizando al _fellah_ para que trabajase á golpes en
obras civilizadoras. Luego la oleada de viajeros que todos los inviernos
se extiende sobre Egipto ha ido libertando y elevando á los indígenas en
los lugares visitados por tan rica inmigración.
Los habitantes de Luxor, Karnak y la orilla de enfrente, llena de
tumbas y ruinas, viven de los miles y miles de curiosos que vienen á
conocer el vasto emplazamiento de la antigua Tebas. Son domésticos en
los hoteles, borriqueros, cocheros, guías. Los más jóvenes aspiran á la
gloria de guiar un automóvil y todos ejercen el comercio de antigüedades
falsificadas. Ofrecen con misterio escarabajos sagrados de piedra verde,
diosecillos de fingido basalto, un sinnúmero de objetos «históricos»,
que fabrican á centenares otros egipcios, simples _fellahs_ como ellos.
Únicamente en Karnak, alejado del Nilo un kilómetro, cultivan los
indígenas los campos de esta sección de la ribera.
Visito durante un día entero los monumentos de la orilla derecha
comprendidos entre las dos antiguas aldeas árabes, que hoy son
poblaciones modernas, habiendo acabado por juntar su caserío. No voy á
describir la famosa sala hipóstila del templo de Karnak, cuyas ciento
treinta y cuatro columnas son tan gruesas como la columna Vendôme de
París, con una altura de veintitrés metros, lo que las hace parecer aún
más robustas. Cada una de ellas es una torre cubierta de relieves y
jeroglíficos.
Esta sala, que tiene más de cien metros de longitud, permanece como
estaba hace tres mil años, con todas las columnas erguidas, conservando
en algunos sitios sus vigas de granito, pues los egipcios, aunque
conocían el arco, cubrieron siempre sus monumentos con superficies lisas
de piedra. Este templo y el que existe en Luxor imponen respeto y
admiración á causa de sus proporciones colosales. El visitante se siente
humillado por su pequeñez al pasar junto á estas columnas-torres que
forman un bosque compacto de granito.
Sin embargo, esto no es más que un esqueleto, y hay que darle carne y
epidermis con un esfuerzo imaginativo. Sólo se ve el color rojo y
amarillento de la piedra. Jeroglíficos y figuras se marcan con un
relieve obscuro en las columnas y los pilones. El arte egipcio fué
policromo. Toda esta piedra estuvo cubierta de estucos y los relieves
humanos ó de bestias los animaron los artistas remotos con tintas
brillantes. Cada templo fué un libro de páginas de alabastro, con
figuras que sirven de letras y escenas de la vida ordinaria
graciosamente coloridas.
Las murallas que faltaron siempre á las ciudades egipcias existieron en
torno á sus templos. Un muro de ladrillo, alto y muy grueso, ponía la
morada del dios á cubierto de ladrones é impuros. Junto á estas murallas
estaban los almacenes de granos, frutas, aceite y cerveza destinados al
personal del templo, las panaderías que fabricaban pan para los
sacerdotes y tortas sagradas para los dioses, los talleres de vestidos y
otros adornos, los laboratorios de perfumes dedicados á la divinidad
local.
Una avenida enlosada de granito, con dos filas de esfinges, casi siempre
leones rematados por cabezas humanas, conducía á la puerta del templo.
Esta puerta, de forma cuadrangular, tenía á ambos lados dos torres
enormes y macizas, dos pirámides truncadas cubiertas de relieves é
inscripciones: el famoso pilón.
Ante él se alzaban dos agujas de granito, los obeliscos, de veinte á
treinta metros de altura, con un casquete metálico en su remate, que
muchos creyeron simple adorno y otros han supuesto de gran valor
científico, como diré más adelante. Dos colosos sentados en las jambas
de la puerta representaban al monarca que había ordenado la construcción
del monumento.
Atravesando la puerta del pilón se entraba en el patio, dedicado á las
procesiones durante las grandes fiestas. En el fondo, otra puerta de
madera preciosa con chapas de oro daba acceso al verdadero templo.
La primera sala era llamada de «la Aparición», y las columnas cubiertas
de pinturas que sostenían la techumbre afectaban en sus capiteles la
forma de la flor del loto ó de las hojas de la palmera. Una luz difusa,
favorable á las visiones extraordinarias, se introducía por el techo.
Los fieles depositaban aquí sus ofrendas y los sacerdotes hacían sus
sacrificios. Más allá se abría la «Cámara del misterio», donde sólo
podían entrar los sacerdotes importantes, y en ella reposaba la imagen
del dios, muchas veces sobre una barca de madera con adornos de oro.
Desde el pilón hasta el santuario final, cada una de las salas era más
alta que la anterior, de modo que el visitante iba subiendo siempre
entre columnas rojas, azules y doradas. Los techos estaban adornados con
estrellas y enormes gavilanes de alas abiertas.
Raro era el templo que no poseía animales vivos, á los cuales se
tributaban por tradición honores sagrados, cual si fuesen dioses. Desde
el buey Apis, divinidad nacional, hasta pequeñas bestias caseras, todos
eran mantenidos por los sacerdotes y adorados y regalados con presentes
alimenticios por parte de los devotos.
Muchas de las actuales ruinas sagradas, al mismo tiempo que evocan los
períodos de mayor esplendor egipcio, hacen recordar sus épocas de
completo abandono, cuando aún no existían las dos aldeas árabes de Luxor
y Karnak.
Habían acabado por huir los cultivadores de estas riberas del Nilo tan
abundantes en bosques de columnas, en colosos sentados que miran con
terrorífica insistencia, en tumbas subterráneas, en ídolos de testa
humana y cuerpo de león, ó al contrario, iguales al hombre desde el
cuello á los pies y con cabeza de gavilán, de tigre ó de león. Los
chacales vivían tranquilamente en edificios levantados por faraones
ávidos de gloria, como Ramsés II y otros. El desierto se extendía por
las dos riberas del Nilo. La arena de las mesetas, trasladada por el
soplo ardiente del _kamsin_, se iba depositando sobre los monumentos de
granito, subía á las rodillas de los colosos, ocultaba bajo su
amarillento sudario las inscripciones jeroglíficas.
Durante los primeros tiempos del cristianismo, la soledad fué absoluta.
Un día, la metrópoli muerta de piedra volvió á ver hombres, pero
aislados, avanzando por las avenidas orladas de esfinges, como
supervivientes de un mundo desaparecido ó como avanzadas de una
humanidad nueva.
Iban casi desnudos, crecidas en salvaje libertad sus barbas y
cabelleras, insensibles á las crueldades de la temperatura, encontrando
su sustento en lugares donde no podían mantenerse las bestias más
acostumbradas á privaciones. Eran los primeros eremitas, los cristianos,
ansiosos de soledad y sufrimientos, que iban á imitar, sin saberlo, lo
que hacían desde muchos siglos antes los contemplativos de la India,
llamados después faquires, y otros santos asiáticos.
Necesitaban huir del mundo por un deseo de sacrificio, por libertarse de
la esclavitud de las conveniencias sociales, para no presenciar la
abominación que ofrecían las grandes poblaciones egipcias, como
Alejandría y otras, donde el cristianismo triunfante se había
corrompido, viviendo en alegre transigencia con el paganismo, opulento y
todavía poderoso por la fuerza de la tradición.
Aquí, San Pablo de Tebas, el primero de los eremitas, pasó, según la
leyenda piadosa, noventa y siete años metido en una gruta solo con
Dios, y para que no muriese de hambre, un cuervo le traía todos los días
un pan en el pico. Aquí también, según la misma leyenda, vivió Santa
María de Egipto, célebre solitaria, que encontró Zozimas después de
cuarenta y ocho años de aislamiento, con el cuerpo quemado por el sol y
vestida solamente de sus largos cabellos blancos.
Pero el héroe de la Tebas abandonada fué San Antonio. Deseoso de mayor
soledad, avanzaba por los páramos de la Tebaida, internándose cada vez
más en el desierto, y una muchedumbre de ascetas jóvenes, atraídos por
la fama de sus virtudes, seguía sus pasos para instalarse en torno á su
refugio. Dormían en los sarcófagos de los antiguos idólatras; evitaban
todo contacto con las esfinges porque tenían cara y pechos de mujer; los
dioses tebanos y los colosos faraónicos perturbaban sus noches como
apariciones del diablo.
Algunos de estos anacoretas, para aislarse de un mundo infernal que
parecía hablar á las horas meridianas, cuando el sol dilata la piedra, ó
gesticulaba en la noche azul por obra de la luna, que hace contraerse
los rostros de las estatuas, se instalaron en lo más alto de columnas
solitarias, y puestos de rodillas sobre el capitel en forma de loto,
permanecían en oración, lo mismo que un faquir.
La inmensa ciudad inmóvil, con su pueblo de imágenes colosales y sus
muros cubiertos de figuras y bestias, ofrecía un ambiente de hechizo,
favorable á los mayores extravíos imaginativos. Aquí se comprenden las
tentaciones de San Antonio--ridiculizadas luego por la ingenua devoción
popular y los cuadros de los pintores cristianos--, las astucias
inútiles del demonio corruptor, relatadas de buena fe por otros santos
entusiastas del célebre anacoreta.
Tan numerosos fueron los solitarios en la Tebaida, que acabaron por
juntarse en grupos, levantando á guisa de templo una cabaña y
sometiéndose á una disciplina para las necesidades generales. De esta
suerte, los anacoretas que buscaban la soledad terminaron por ser
cenobitas, formando asociaciones.
Pacomio, antiguo soldado recluído voluntariamente en el desierto por
consejo de un discípulo de San Antonio, dió á los miles de anacoretas
una organización militar, ordenando sus chozas ó celdas bajo el mismo
plan que el campamento de las legiones romanas, sometiendo á los
solitarios á una disciplina guerrera basada en la obediencia absoluta.
Así se fundó el primer monasterio. Los ascetas venidos á las ruinas de
Tebas por odio á las cosas mundanales, por librarse de las imposiciones
de la sociedad, volvieron al mundo y á la sociedad, pero en masa,
organizados como una fuerza que desde el desierto egipcio se desparramó
por todo el mundo de entonces, y aún hace sentir su influencia en
algunos pueblos después de transcurridos más de mil quinientos años.
Al retirarse los eremitas, cayó Tebas otra vez en el abandono y el
silencio. Pasaron siglos sin que sus ruinas viesen otros hombres que los
barqueros del Nilo navegando de largo ante ellas. Después, varios
labriegos egipcios hechos musulmanes vinieron en busca de tierras y de
vida libre, lejos de los califas del Cairo, y fundaron los dos pueblos
de Karnak y Luxor.
Otros siglos más de olvido y silencio.
Un día llegaron Nilo arriba grandes barcazas llenas de combatientes.
Iban tocados con sombreros de dos picos, y sobre sus fusiles el sol
egipcio hacía arder las bayonetas lo mismo que llamas. Al desembarcar se
desplegó sobre ellos una bandera de tres colores, y algunos, para hacer
más viva su marcha, entonaron un canto llamado la _Marsellesa_.
Eran los soldados de Bonaparte y de Kleber.
Al ver de pronto la columnata gigantesca de Karnak enmudecieron. Un
estremecimiento de emoción circuló por las filas, y los guerreros de la
República francesa, apoyando el fusil en su pecho para tener libres las
manos, empezaron á aplaudir lo mismo que si estuviesen en un teatro de
París...
El decorado escénico merecía la ovación.
XVIII
EL VALLE DE LOS REYES
La Tebas de la orilla izquierda.--Cuatro kilómetros de
sepulturas.--El cadáver y su «doble».--Cómo los embalsamadores
preparaban las momias.--Arquitectura de los hipogeos.--Astucias de
los constructores para desorientar á los ladrones de tumbas.--La
comida del muerto y de su «doble».--Los egipcios añaden el alma á
estos dos seres encerrados en la tumba.--El tribunal de Osiris y la
balanza para pesar las almas.--La primera concepción del Infierno y
del Purgatorio.--Una aristocracia intelectual guardando en el
misterio su monoteísmo.--El Valle de los Reyes.--El «snobismo»
esperando ante la puerta del faraón puesto de moda.--La tumba del
padre de Ramsés.--Amenofis II obligado á recibir diariamente una
muchedumbre irrespetuosa.--Las horribles momias de cabellera
bermeja.--Los colosos de Memnón, que nunca representaron á este
personaje mitológico.--Cómo les dieron tal nombre, y el saludo
musical de Memnón á su madre.--Arando con un camello y un asno.--Lo
que me dijo el dueño de esta yunta extraordinaria.
El segundo día de mi permanencia en Luxor, atravieso el Nilo para
visitar las ruinas de su orilla izquierda, llamada por los viajeros
ingleses «la ribera del Oeste».
Entro en un lanchón movido por ocho remeros y con la vela plegada en lo
alto del mástil. Algo mayores que él, y con una cámara baja en la popa,
eran los barcos que remontaban el río desde El Cairo antes de que se
estableciese la navegación á vapor, deteniéndose en los numerosos
lugares de ambas orillas merecedores de interés. Este viaje, unas veces
á remo y otras á vela, consumía seis ú ocho semanas entre la ida y el
regreso, igualándose la excursión por el Nilo á una travesía de alta
mar.
Ahora varias agencias ofrecen al público un servicio continuo de
vapores-hoteles, semejantes al que nos trajo de la segunda á la primera
catarata. Estas flotillas del Nilo clásico, entre la primera catarata y
el delta, siempre tienen algún buque amarrado en el muelle de Luxor,
acabado de llegar ó que se dispone á partir.
Se desliza nuestra lancha entre dichas naves, que parecen casas, con el
casco casi á ras del agua y varios pisos superpuestos. Apenas salimos al
río libre, los remeros entonan su cántico ritual. La travesía es muy
corta, pero necesitan cantar como una justificación de lo que va á
ocurrir así que nos aproximemos á la otra orilla. Uno de ellos
abandonará el remo para presentar su gorro rojo como un platillo:
_Bacshis_. La barca ha sido alquilada; su dueño, que está en tierra,
cobrará el precio á la vuelta. No importa: _Bacshis_. En estos países
orientales, desmoralizados por la afluencia de visitantes, las cosas hay
que pagarlas dos veces y todo empleo se aprecia más por el _bacshis_ que
por su sueldo fijo.
Al saltar á tierra subo por un declive de barro seco y ocupo un carruaje
de dos caballos, que guía un beduíno de altísimo _tarbuch_. Esto sólo lo
consigo después de librarme de la horda de cocheros, borriqueros,
vendedores de escarabajos sagrados é idolillos que está acechando desde
el amanecer á los grupos de excursionistas que pasan el Nilo para
visitar los colosos de Memnón, el Valle de los Reyes, las estatuas del
Ramaseum y otras ruinas milenarias.
Siento cierta emoción al verme en la antigua Tebas de la orilla
izquierda.
Como Egipto vivió con el pensamiento puesto en la muerte, sus habitantes
se ingeniaron para hacer durar los cadáveres de un modo inaudito,
amontonando por millones de millones las momias en el reducido espacio
de las dos riberas nilóticas, de tal modo que en algunos lugares la
tierra que se pisa es en realidad polvo humano. No hay un rincón en el
antiguo valle del Nilo que no sea tierra sagrada.
Frente á la antigua Tebas ya he dicho que se extiende el desierto
Líbico, con una cadena de montañas cuyas paredes abruptas forman
anfiteatros paralelos al Nilo. Entre estos baluartes calcáreos y la
ribera descienden muchas colinas rojas, y es en ellas donde los
habitantes de la antigua Tebas depositaron sus muertos, extendiéndose la
montañosa necrópolis cuatro kilómetros á vuelo de pájaro. Los reyes
imitaron á los particulares que podían pagar una tumba y un
embalsamamiento y abrieron sus hipogeos en los mismos declives.
No intentaron los monarcas tebanos levantar pirámides sobre sus tumbas,
como lo hicieron los reyes de Memfis dos mil años antes. La vida egipcia
había cambiado. Los monarcas ya no podían dedicar todos los hombres y
las riquezas del país á la construcción de su sepultura, igual que en
tiempos de Kheops. Y como las Pirámides no son en realidad otra cosa que
montañas artificiales en cuyas entrañas se ha abierto un pasadizo
terminado por una cámara sepulcral, los reyes de Tebas perforaron las
mismas habitaciones en la roca de las montañas naturales.
Así se fué extendiendo, siglo tras siglo, el enorme panteón faraónico,
disimulado exteriormente y repleto en sus salas interiores de imágenes,
objetos sagrados y muebles lujosos, que se conoce con el nombre de Valle
de los Reyes.
En los desfiladeros de estas colinas rojas no existen solamente tumbas
reales. Las hay en número infinito de sacerdotes, altos funcionarios,
jefes del ejército y gentes de la clase media.